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AtraBesando. El amor incondicional

Versión 2

 

Cuando veo que soy todo, eso es Amor.

Sri Nisargadatta Maharaj

 

 

 

En estas horas, anda la mirada secreta rondando, susurrando, desvelando, atraBesando. Si, atraBesando-me. Porque la mirada secreta ama incondicionalmente y hasta ahora no me había dado cuenta.

Me atraviesa. Es como si no me viera. ¡Qué paradoja decir que la mirada no me ve! En verdad, me ve mejor de lo que yo o nadie me ha visto. Me ve atraBesando mi cuerpo, mi personalidad, mis creencias, mis gustos y disgustos, mis capacidades o incapacidades. Ella no ve nada de esto. Yo no sé lo que ve. Pero sé que la mirada secreta no me piensa, no piensa en mi ni en como soy o dejo de ser, ni en como me relaciono o dejo de relacionarme. Ella me atraviesa. Atraviesa lo que en mi es objetivable o juzgable -que es lo mismo-. Me ve como nadie me ve. Y por eso me ama incondicionalmente.

¿Que cómo lo se? Porque siempre está Aquí. Siempre que me abro a ella, me regala su presencia y así, durante esta comunión, puedo ver yo también más allá de lo objetivable o de lo juzgable -que sí, me dice, ¡que es lo mismo!-.

Hoy he visto como sin darnos cuenta, rechazamos la manera de ser del otro. Lo he visto y eso ha producido un silencio por el que se ha colado mi querida mirada secreta. Allí ha empezado a hacer su trabajo -cuando hacemos nuestro verdadero trabajo, no hay esfuerzo alguno…- Y me ha ido mostrando un amor nuevo.

Me ha enseñado dos cosas por ahora. Dos cosas que en verdad son inseparables.

Tantas veces oímos hablar del amor incondicional. Me parece que está un poco de moda. Amar sin condiciones. ¿Sin condiciones con respecto a qué? Parece como si pensáramos que podemos llegar a amar sin condiciones siendo quienes somos. Hoy he visto que no.  Hoy he descubierto que

el amor que siento hacia el otro depende del estado en el que estoy yo y no del otro.

Siempre había pensado que el amor que le tenía a alguien dependía de como era el otro, y sobre todo, de como me trataba. Pero hoy la mirada secreta me ha mostrado que no es así. Que el amor que doy es el amor que tengo. Y no puedo dar más amor que el que tengo. Cuando me siento radiante, lleno de amor, entonces parece que como el otro actúe ya no me molesta. Así que

lo incondicional tiene que empezar por mi.

Para amar incondicionalmente tendría que estar lleno de amor, siempre, siempre, siempre.

Entonces de lo que se trataría es de amarme mucho, de tener muy buena autoestima… Si. La autoestima también está en moda desde hace algún tiempo pero quizás tendríamos que investigar de que va eso de la auto-estima. La mirada ya sonríe. Y es que ¿cómo es posible esto de amarse a uno mismo? ¿Acaso me puedo dividir en dos: uno que ama a otro? Y la mirada, implacable siempre, me dice que

la autoestima es la relación que hay entre la idea que tengo de mi y el ideal que tengo de mi

¡Listos! Hay mucha autoestima cuando la idea que tengo de mi ha subido puntos hacia el ideal. Eso es todo. ¿Cómo va a tener este invento psicológico algo que ver con el amor incondicional?

No es posible ningún amor incondicional mientras la fuente del amor que quiero ser se viva con millones de condiciones. De hecho estoy todo el día juzgándome. Entonces ¿cómo va a brotar de mi un amor incondicional?

De mi no puede brotar amor incondicional como tampoco puedo amar incondicionalmente mientras crea que el amor es algo que se ha de merecer según los criterios a los que doy verdad. Ni me puedo amar ni te puedo amar incondicionalmente.

Entonces ¿no podemos acceder al amor incondicional? Si, dice la mirada. Sólo hay un camino. Y es descubrir quien eres, de qué estás hecho, que es eso de la vida. Antes, no te lo plantees- me dice. Porque si lo haces, agravaras tus juicios.

Vale. Pero mientras no lo descubra ¿qué puedo hacer?.- le pregunto.

Dejate ser. Y deja ser a los demás.

Sin querer nada porque el amor incondicional no quiere nada

Por eso, el verbo de hoy es atraBesar. Atrevete a Ser, atraBesando cada juicio, dirigido a ti mismo o a los demás, no importa.

AtraBesando sin condiciones.

¡Feliz Ahora!

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La pieza y el rompecabezas

… “no sé” es la única afirmación verdadera que puede hacer la mente

Sri Nisargadatta Maharaj

Deforestan para unir los campos en un único campo inmenso en el que podrán entrar las máquinas. Están cortando decenas de árboles. El rincón de la Ternura está siendo desnudado… Y ella me mira con esos ojillos llenos de luz y de alegría. No hay nada que decir. Me explica que no puede juzgarlo porque esa acción no está separada de la totalidad de los movimientos de la vida. Esos bosques que ahora serán campos no pueden separarse del resto del planeta, del resto del universo. Su mirada me dice que todo está en continuo cambio, que todo es impermanente, y que nadie puede saber porque acontecen los movimientos que conforman la vida…

Todo esto me dice su mirada. Y, desde su mirada, ve la mirada secreta

Siempre que juzgo es porque he separado.

La mente, -y por lo tanto “yo”- he creado artificialmente una pieza bien delimitada de Aquello que es indivisible… Pero, ¿por qué lo hago? Porque este “yo” se vive separado: de piel para adentro soy yo y de piel para afuera no… Y así construyo todo mi mundo…

…Nos separa todo lo que enriquece el lenguaje: los adjetivos, los adverbios, los pronombres… El lenguaje, fiel reflejo del pensamiento, no puede más que separar. De hecho, los pocos sabios que en el mundo han sido han tenido que recurrir a metáforas, parábolas, poesía, música, etc, para expresar el Uno, porque el lenguaje plano no puede más que apuntar al Uno, pero no puede describirlo. Y eso ocurre porque la mente no puede comprehender la Totalidad.

La Totalidad sólo puede ser evidenciada antes de que entren los pensamientos, en el silencio de la mente.

Cuando estudiamos, cuando los científicos estudian, siempre estudian algo bien acotado, aunque sea tan grande como el universo (ahora parece ser que el universo no está sólo sino que hay más de uno…). Estudiamos profundamente un objeto creyendo que así lo conoceremos bien. Pero en realidad es como estudiar la pieza de un rompecabezas ignorando el rompecabezas. O como estudiar un brochazo de un cuadro sin conocer el cuadro completo…

No sabemos cómo ha llegado a convertirse “eso” en una pieza y en muchos casos, ni siquiera sabemos que es un recorte. Creemos que es completa en si misma, que tiene todo el sentido tal cual, separada del resto. La mente ha recortado eso del resto, lo ha limitado a si mismo arbitrariamente.

Al crear los límites rígidos de algo, creamos una pieza, separándola de la Totalidad.

Pero la pieza es artificial, es un artificio mental porque la pieza sólo existe en relación a algo más. No existe por si sola. Por ejemplo, este “yo”.

Todo lo que nombramos ha sido antes conceptualizado de una forma concreta en nuestra mente. Empezando por el pronombre en primera persona. “Yo” no existiría tal como lo entiendo, si no existiera el “tú” y a la inversa.

Si miramos bien, quizá descubramos que todas las particularidades creadas por la mente existen en un “campo”, en un “espacio”. Ese “campo” es la totalidad, el rompecabezas completo, el cuadro y no es separable. Este “campo” lo único que Es en sí mismo, sin necesitar de otro elemento para ser.

Pero ese “campo”, ese rompecabezas, es más que la mente. La mente también está en ese “campo”. Por eso, la mente no lo puede conocer.

La mente estudia lo que puede, otros objetos que también están en ese espacio. Y a nivel práctico, es útil. De hecho, es muy útil. Pero sólo a ese nivel de relaciones. Sin embargo, el estudio del recorte es validado como una verdad absoluta.

Cuando la mente absolutiza los conocimientos que extrae de la pieza, deja de ser inteligente.

Eso es lo que se ve tan claro en medicina. Cada vez hay especialidades más acotadas. El experto en pulmón conoce muy bien el pulmón pero no ve a la persona -al cuerpo, a la mente/emociones-. Y la persona es el “campo” del pulmón y afecta al pulmón en todo. Parece que contra más especialista es uno más sabe, pero ¿es así?

La mirada secreta no puede juzgar, solo mira:

Quizá si no viviéramos dando realidad a la mente pensante, no habrían piezas.

Quizá si viviéramos dando realidad al rompecabezas, encajarían todas las piezas que la mente crea.

Quizá…

¡Feliz Ahora!

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La guerra de los fantasmas

“Para saber lo que Ud. es, antes debe investigar y saber lo que no es.”

Sri Nisargadatta Maharaj

 

Yo creo que soy de una manera concreta: soy así y así y así y no soy asá ni asá ni asá.

Cuando digo que me conozco muy bien, en realidad lo que conozco son mis patrones de pensamiento/emoción/comportamiento repetitivos, o dicho de otra manera, mis reacciones y mis formas de manipular el entorno. Lo que conozco bien está todo circunscrito al mundo mental, al mundo psicológico. De hecho cuando actúo de una manera que no encaja con como creo ser, enseguida aviso: “yo no soy así”.

Sin embargo, yo no me puedo conocer muy bien en la espontaneidad, en la creatividad, en la intuición, en la inspiración… Porque eso cuando se dá, -que se dá, a pesar de la idea que tengo de mi-, siempre es nuevo y sorpresivo, igual que la vida es nueva a cada segundo aunque mi mente no me permita darme cuenta de ello. Y eso nuevo, desconocido, sorpresivo no lo introduzco en quien creo ser. Es como si no tuviera nada que ver conmigo. Y eso ocurre porque no encaja con quien creo ser, con lo archiconocido en mi, viejos patrones condicionados que funcionan automática y mecánicamente, y que nunca me sorprenden. Así que lo que conozco muy bien es un robot psicológico, el yo condicionado con el cual yo me he identificado.

Cuando los demás dicen que me conocen muy bien, ellos también conocen ese robot psicológico. De hecho, ¡nada más puede ser conocido!

Pero, ¿quién soy yo realmente? Eso yo no lo puedo conocer porque no puedo dividirme en dos: el yo que conoce al yo que se supone que soy…

Quien soy yo realmente, no lo puedo conocer, sólo puedo serlo.

Es por eso que ¡¡todo lo que creo ser, no soy!!

Quien soy yo, sólo puedo serlo plenamente cuando me libero de lo que no soy, de ese yo condicionado que fué formandose desde los primeros años, superponiéndose al yo que había nacido, modelado por las circunstancias externas, igual que un trozo de arcilla es modelado. Yo-arcilla me he confundido con yo-forma de arcilla. He creído que soy esa forma, cuando nunca he dejado de ser arcilla. Y ahora me vivo como la forma, conozco más o menos bien la forma y sin embargo soy arcilla y la forma que adopto sigue cambiando… La idea de mi es la idea de la forma. Ese es el primer fantasma.

Por otro lado, no sólo tengo una idea de quién soy yo, sino que tengo también una imagen de cómo debería ser. Ese es el segundo fantasma. Y no me he dado cuenta de que esa imagen también viene de lo condicionado, de lo que me han enseñado que es lo mejor, algo que va cambiando con las épocas.

La idea de cómo debería ser, es una moda social.

Por ejemplo, ahora está muy de moda ser emprendedor, independiente, tener opiniones propias muy marcadas, ser seguro de sí mismo. En la época de mis abuelos, lo que era maravilloso era ser cumplidor, estable, obediente y responsable. Ese ideal que tengo de mí mismo, que también viene del exterior como creencias que yo asumo sin revisar, está todo el día jugando dentro de mí con respecto a quien yo creo ser, a la idea que tengo de mí. Así que

hay una contínua lucha entre quien creo ser y cómo creo que debería ser.

Ninguno de los dos conceptos lo he construído yo. Ambos me han sido impuestos desde fuera y jamás se me ha ocurrido ponerlos en duda.

Y esa lucha se extiende a mi relación con el mundo entero:

la relación que yo tengo con el mundo, con las personas, es un reflejo directo de la relación que tengo conmigo mismo.

Con los demás es lo mismo: tengo una idea de como son y una idea de cómo deberían ser: los amigos, los hermanos, los padres, los hijos, los políticos, los países, las leyes, … Y esos son los miles de fantasmas hijos de los dos anteriores.

En esa lucha eterna, que está circunscrita en el mundo de las ideas y que no tiene nada que ver con la realidad, yo vivo.

Es la guerra de los fantasmas: del fantasma de lo que yo creo que es y el fantasma de lo que yo creo que debería ser. Fantasmas que no tienen ninguna realidad, ninguna consistencia. Sólo son ideas. Ideas que al darles verdad, me impiden ver la realidad tal como es. Ideas que ponen un filtro espeso delante de mi mirada y deforman completamente la visión, tanto que cuando un día ves sin filtro no puedes comprender como habías estado tan ciego.

A los fantasmas no se les puede manipular, no se les puede cambiar, no se les puede matar. No se puede luchar contra los fantasmas porque no tienen consistencia. Porque no son reales. He aquí su poder.

Y para acabar con los fantasmas, sólo tenemos un camino: ¡encender la luz!

Cuando se enciende la luz, los fantasmas desaparecen.

Y ¿qué quiere decir “encender la luz”?.

Encender la luz es darnos cuenta.

Ese es el camino: darnos cuenta. Darnos cuenta de que no somos quienes creemos ser, de que no tenemos que ser de otra manera porque ya somos de ninguna manera concreta. Que eso es sólo una idea que hemos comprado. Que todo lo que Es, ya Es. Que todo lo que existe es lo que es. Que las personas no son como son sino que son lo que son.

Que

yo no soy como soy, sino que soy lo que soy.

Y que en ese viaje de darme cuenta, los fantasmas desaparecen y con ellos, la guerra.

En ese viaje de darme cuenta de aquello que no es real, acaba la guerra y con el fín de la guerra, resurge la Paz.

¡FELIZ AHORA!

Especialmente a las mariposas :)

 

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DESPERTANDO VOY

“Las mas bellas energías se encuentran alrededor y dentro de nosotros, ¿cómo es posible que sea tan difícil encontrarlas, sentirlas y vivirlas?”

Nativo Americano de la tribu Navajo

Hoy la mirada secreta me baja a la tierra, al cuerpo, a la vida manifestada.

El gran sabio hindú Nissargadatta dijo que la persona es una amalgama de tres sustancias: consciencia, aire y alimento. La respiración y los alimentos crean este cuerpo y la consciencia se dá cuenta de la vida.

Sin embargo, que poquito cuidamos las tres sustancias que nos permiten vivir…

No sé por qué.

Estamos tan dormiditos que no nos damos cuenta que

somos parte integrante de la naturaleza.

No nos damos cuenta del

milagro que es estar vivo

y del

respeto que la vida se merece.

Si pudieramos ver el poder, la grandeza, el amor infinito que sostiene este cuerpo con vida, este planeta con vida, andaríamos descalzos, sin hacer ruido, reverentemente. Y llevaríamos el corazón hinchado de agradecimiento infinito.

Hoy la mirada secreta me baja a la tierra, al cuerpo, a la vida manifestada. Y en un soplo, inventa una canción…

Para tí, Tierra de todos, que nos sostienes y alimentas…

Despertando voy
Caminando voy
Saltando yo voy
Corriendo yo voy
Vuela bien alto mi corazón
Al son de este ton
Mar y rio soy
Airecito soy
Sol y fuego soy
Tierra y barro soy
Vibra bien alto mi cuerpecito
Al son de este ton
Titiriti titiri tiririti tiiiii
Titiriti titiri tiririti tiiiii
(es una flauta)

Na narana na nara
naran naran nara
(es un tarareo)

Respirando hoy
Voy cantando hoy
Amando yo voy
Viviendo yo soy
Despierta hermano y late conmigo
al son de este corazón
Abre los brazos
honra la Tierra
con esta canción.

 

¡FELIZ FELIZ AHORA!

 

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La noche sin luna

     La verdad está en el descubrir y no en lo descubierto.
Sri Nisargadatta
Andaba una tibia noche de invierno con el corazón tranquilo y la mirada serena, paseando bajo un cielo que de tan negro sólo podía intuirse por la refulgente belleza de los millones de estrellas que en él reposaban.
A mis pies, el silencio de unos pasos sobre la oscuridad hecha de arena.
Ni el más leve sonido. Tan grande era el silencio que por primera vez me parecía oir el tintineo de las estrellas.

Desde aquella noche, a veces puedo oir la melodía susurrada que hace la luz en su interminable viaje por los universos y que, de tan rápido que viaja, pareciera no moverse y de tan silenciosa que anda, pareciera no tener voz…

Subíamos lentamente por la duna más alta a la más alta cima que, en aquel momento, el lugar nos daba. Mi pareja abría la marcha, su sentido de la orientación nos hacía de guía. Yo le seguía  con la pequeña linterna blanca, los pequeños miedos y un deseo de alabanza a la belleza que allá nos esperaba.

Silencio. Paz. La noche nos envolvía con su manto de oscuridad, devolviéndonos el anonimato, olvidados de nosotros mismos.

Todo era grande allí. Todo menos nosotros. Nosotros éramos tan pequeños que no nos atrevíamos ni a molestar un poco. Por eso, nuestro silencio. Y los pasos tenues sobre la arena.
Llegamos a la cima. Su perfil era tan afilado que nuestros pies resbalaban continuamente, ahora por la vertiente derecha, ahora por la izquierda. No era fácil caminar a oscuras sin perder el paso. Los pequeños miedos andaban pensando que si la vertiente fuera muy empinada, podíamos caer rodando hasta abajo. Pero los pequeños miedos no importaban.
El corazón henchido de silencio -intuyendo un no-sé-qué de grandeza, de sacralidad-, no quería cambiar nada y eso daba profunda paz.
 ¿os he dicho alguna vez que el silencio llena?
En un punto concreto de la carena, allá donde mi guía sintió como el mejor punto, nos tumbamos. Recuerdo que tuve que construir con los pies un buen murito de arena que sirviera de palanca sobre la que afianzarlos para no deslizarme hacia abajo sin remedio. La cabeza reposando sobre  la arena de la cima más alta que, en aquel momento, el lugar nos daba. Y los ojos abiertos, abiertos como platos a la noche más esplendorosa que nunca antes contemplaran.
Eran tantas las estrellas, se veían tan cercanas. Unas brillaban mucho. Otras apenas brillaban. Pero todas eran estrellas. Todas y cada una, bellas. Y me pregunté por qué algunas parecían no brillar…
Fue en ese momento que la mirada secreta me llevó de nuevo a ver lo nuevo una vez más:
Todas las estrellas eran bellas. La belleza de una estrella no robaba ni un quilate de belleza a las otras, pero sí que añadía belleza al firmamento total.
Y eso de que pareciera que una estrella no brillaba, quizá era porque estaba muy lejos de donde yo me hallaba, o quizá era yo la que estaba lejos de donde ella brillaba.
Igual que las personas. Igual…

Silencio.
Contemplación.
Y llegó un momento en que ya no vi más las estrellas sino un inmenso negro detrás de ellas.
Vacío negro sosteniendo a cada una de ellas.
Cielo negro profundo.
Era negro. Era vacío. No lo podía ver. No podía ver de qué estaba hecho ese cielo. No podía ver sus límites, ni su forma. No lo podía entender. No lo podía conocer..
Y entonces me golpeó la mirada en el centro de mi pecho, al darme cuenta que ¡era ESO lo que me conmovía!
Lo que realmente me conmovía era aquello que no veía, aquello que intuía sin ver.

El profundo negro vacío infinito era lo que me estremecía, era lo que sobrepasaba mis sentidos, mi razón, y me dejaba en un estado inmensamente profundo de quietud, de silencio, de paz, de belleza, de libertad, de amor

Algunos buscamos el verdadero amor. Otros la verdadera libertad. La verdadera paz. La belleza verdadera. La sabiduría verdadera. El verdadero Dios. La verdadera Realidad. No importa…
Los que amamos la Verdad, removemos inquietos cualquier rincón conocido en su búsqueda. Levantamos todas las piedras para ver si la Verdad se haya escondida debajo.
Saltamos de práctica en práctica, de maestro en maestro, de teoría en teoría  Tal es nuestro afán de hallar la Verdad. Leemos los libros que nos aseguran que entre sus palabras aguarda la Verdad ser encontrada.
Tratamos de ser diferentes, más buenos, más sabios, más justos, para así hacernos merecedores de la Verdad.
Y cuando no conseguimos cambiar o prácticar, nos sentimos culpables.
Y todo eso nos pasa porque
creemos que somos nosotros quienes tenemos que encontrar la Verdad
Creemos que la Verdad es una “cosa” que está en algún “sitio”.
Creemos que hay personas que ya han encontrado esta “cosa” y que la llevan en el bolsillo de su pantalón.
Creemos que como ya la tienen, quizás nos la pueden dar a nosotros que todavía no la hemos encontrado o, por lo menos, enseñárnosla como se enseña una nueva posesión.
guárdate de aquel que dice haber encontrado la Verdad, y que te promete que según lo que hagas, te la va a dar a ti también
Eso es, creemos que la Verdad es un objeto que puede llegar a poseerse. Y como no sabemos qué aspecto tiene, buscamos a ciegas.
Y es que nuestra mente, dueña y señora de nuestra vida, busca la Verdad como buscaría cualquier otro objeto perdido. Y nosotros no nos damos cuenta de que la Verdad ni es un objeto ni está perdida.
… mientras, la Mirada Secreta sonríe dulcemente, como suele sonreír la madre que juega con el niño a “frío frío, caliente caliente”.
La Mirada sabe que allí donde el ser humano busca la Verdad, allí no está.
Sabe que la Verdad no está en ningún “sitio”.
Sabe que nadie nos la puede dar, porque ninguna persona la “posee”.
La Verdad no se puede ver.
La Verdad no tiene contrario. No se puede acotar -esto es verdad y esto no es verdad-.
La Verdad no se puede atesorar.
La Verdad no se puede dar.
La Verdad no se puede retener, no se puede guardar.
La Verdad no se puede coleccionar.
La Verdad no se puede poseer.
La Verdad no tiene dueño.
La Verdad no tiene límites.
La Verdad no ocupa espacio alguno.
No se puede ir a la Verdad.
La Verdad no tiene casa.
La Verdad no tiene cara.
La Verdad no puede ser conocida.

Más cuando nos damos cuenta de Ella, todo nuestro ser se estremece.
En quietud sagrada. En silencio reverente.
Como en la noche sin luna del desierto.
Como la luz en su infinito y eterno viaje.
¡Feliz Ahora!
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LA FUENTE DE LA FELICIDAD I

La verdadera felicidad no puede ser encontrada en las cosas que cambian y se desvanecen.
El placer y el dolor alternan inexorablemente.
La felicidad viene del sí mismo y sólo puede encontrarse en el sí mismo.
Encuentre su sí mismo real y todo lo demás vendrá con él.

Sri Nisargadatta

Andaba yo preguntándome donde encontrar la felicidad.
Buscaba tenazmente. No me quería rendir.
Pero cuando parecía que la encontraba, era tan fugaz que casi me dejaba peor que antes. Casi era mejor no sentir felicidad que dejar de sentirla.
Creía que cuando encontrara una pareja a quien amar y que me amara (sobre todo esto segundo), sería feliz. Y, -que fuerte- la encontré. Es una persona maravillosa y doy gracias a la vida por ello. Y aun y así, cuántas veces le exigía que cambiara en esto o en aquello, le recriminaba… Mi pareja, por mucho que lo intentara, no podía hacerme feliz. En vista de ello, tuve que decidir que la pareja no te puede hacer feliz más que algún que otro ratito…
También pensé que si encontraba un buen trabajo, un trabajo que me gustara, hecho a mi medida, sería feliz. Y, -que fuerte- lo encontré. Y doy cada día las gracias por ello. Pero…. mi jefe era un narcisista paranoico que no me dejaba en paz. Mi colega era un insufrible engreído y un nefasto profesional. Que mal. Con lo que me gustaba el trabajo y por culpa de ellos no podía ser feliz. Bueno, pensé, igual la felicidad tampoco está en el trabajo…
También pensé que si tenía dinero para vivir sin preocupaciones, entonces seguro que sería feliz. Y, -que fuerte- el dinero llegó. Heredé. Y doy cada día las gracias por ello. Que piensas? Felicidad absoluta eh? Pues no. Que sí hacienda, que si más impuestos que nunca, que si tener que aprender sobre cuentas (cosa que entré tu y yo, me horroriza). Uff. Un verdadero quebradero de cabeza. No me quedó mas remedio que aceptar el dicho de que el dinero no hace la felicidad, aunque ayuda.

Ya ves. Lo tenía todo para ser feliz, un gran amor, un trabajo que me apasiona y pocas preocupaciones económicas. Y crees que era súper feliz? Pues a ratos. Como tu y tu y tu y tu, sean tus condiciones las que sean.

Entonces, la mirada secreta -que en aquel tiempo veía muy de refilón- me susurró al oído que

la fuente de la felicidad no está en las condiciones externas a mi

Pero entonces, ¿donde se hallaba?

Y tuve un sueño. I had a dream…

En mi sueño había un acantilado muy alto y vertical. A los pies del acantilado había una playa de arena blanca cerrada por ambos extremos. El mar, de un azul precioso, lamía dulcemente la arena. Y sobre la arena, en la orilla del mar, levantando miles de gotas de agua al sol como si de brillantes se tratara, andaba galopando un enorme y brillante caballo negro. Su piel azabache era terciopelo, su pecho fuerte y ancho era pleno poderío, sus movimientos tenían la elegancia del más grande bailarín, su velocidad era pura libertad… y yo, extasiada, veía y veía la escena, ahora desde arriba, ahora cerquita del hocico del caballo, oyéndole resoplar, los cascos contra el mar… Y en estas estaba, cuando de repente se oye una voz que retumba en el acantilado. Una voz que, para que te hagas una idea, sería la voz que imaginábamos de niños que podría tener Dios. Una voz grave, varonil, tremenda.

Y la voz me preguntó:

¿en dónde reside la belleza del corcel?

y yo, al instante, con voz clara y segura contesté:

en mis ojos

y entonces, desperté…

¡Feliz Ahora!

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Aquí no pasa nada, todo está bien

 “Cuando veas el sueño como sueño, habrás hecho cuanto se precisa hacer”

                                                                                                                       Sri Nisargadatta

Hace un tiempo se transmitía por televisión un anuncio que fomentaba la solidaridad, en el que se veía un niño pequeño contemplando imágenes desgarradoras de sufrimiento frente al televisor. El bebé, conmovido por la escena, se levantaba y ofrecía su chupete a la imagen del televisor que mostraba una niña llorando. Fue un spot publicitario que a muchos de nosotros nos conmovió.

Eso mismo me sucedió un día que fui a ver una película. En una escena concreta en la que se veía un niño llorando, a mi se me rompió el corazón y me puse a llorar también. Y así andaba yo, llorando desconsoladamente frente al sufrimiento del niño de la película, llenita de pena… Y de repente me di cuenta de que, a pesar de la pena tan grande que sentía, ¡seguía comiendo palomitas! ¿Te lo imaginas? Yo llorando con toda la pena y comiendo palomitas como si tal cosa…

Me quede en estado de total perplejidad. No sé si has ido al cine y has comido palomitas mientras veías la película de turno, pero si no es el caso, déjame que te explique que comer palomitas requiere una actitud concreta, una actitud distante, relajada, de “aquí no pasa nada, todo está bien”, una actitud –podríamos decir- de vacaciones, de recreo. No es posible comer palomitas cuando uno se siente mal, está muy preocupado o muy triste. Por lo menos yo no podría.

Pero ahí estaba yo, llorando a lágrima viva y ¡comiendo palomitas!…

En ese estado de perplejidad andaba yo preguntándome como era posible que estuviera comiendo palomitas cuando tenía simultáneamente el corazón lleno de pena. Yo sabía que no podría comer palomitas si estuviera de veras frente a un niño destrozado en llanto. Y también sabía que mi pena en el cine, así como mis lágrimas, eran auténticas. Entonces, ¿por qué sintiendo una pena real, era capaz de mantener una actitud de “aquí no pasa nada, todo está bien”?

Y el estado de perplejidad me trasladó al mundo del silencio mental, que tanto gusta a la Mirada Secreta. Allí la Mirada volvió a rasgar la oscuridad con su rayo esclarecedor…

En el caso del anuncio del bebé, la mente del pequeñín captó la imagen que proyectaba la pantalla y reaccionó emocional  (sintió compasión y necesidad de consolar) y conductualmente (se levantó y fue a ofrecer el chupete a la pantalla del televisor) como si la imagen fuera real. Creía que la niña que lloraba podría coger su chupete y consolarse. No sabía que esas imágenes proyectadas no son reales sino radiaciones captadas por una cámara que luego son convertidas en señales eléctricas para ser descodificadas en imágenes televisivas.

En mi caso, yo sabía que lo que estaba viendo en el cine no era real. Mi mente sabía que aquella escena no era real. Esa era la clave. Mis emociones respondieron automáticamente a la tristeza del niño que se veía en la pantalla, pero aunque mis ojos lloraran lágrimas de verdad, mi mente sabía que lo que estaba viendo no era verdad y eso me permitió seguir comiendo palomitas.

Me di cuenta de que las emociones surgen reactivamente al contenido que se halla en nuestra mente. Si pensamos cosas tristes, nos ponemos tristes. Si nos explican un chiste y nuestra mente lo entiende, nos reímos. Si vemos una película de terror, sentimos miedo. Si pensamos que vamos a fracasar, nos ponemos ansiosos. Y así.

Cada emoción que sentimos es una reacción automática a lo que estamos pensando

Las emociones no son más que eso.

Ahora, cuando estoy emocionalmente alterad@, me pregunto “¿Qué tiene de real o de verdadera la escena que estoy representando en mi mente?

Gracias a la mirada secreta me di cuenta de que

“aquí no pasa nada, todo está bien” cuando soy capaz de discernir entre lo que es verdad y lo que no es verdad, entre lo que es real y lo que no lo es, sea la que sea la emoción que esté aflorando en ese momento.

¿Comprendes la importancia de este descubrimiento?

¡Feliz Ahora!

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