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La vida pe(n)sada

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La mente, ¡qué densa hace parecer la vida!

La vida pensada no conoce la Vida.

La mirada secreta

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Los dos de lado, sentados en el espigón, con los pies colgando, frente a un mar azul y calmo, absorbiendo los últimos rayos de un sol que ya se iba de visita a otros hemisferios.

Los dos, bien abrigados, bien comidos, todavía el sabor del café merodeando en su paladar.

Los dos allí, viendo los colores del atardecer, dejando que los pies se balancearan a su antojo.

Y sin embargo, tan lejos uno de otro.

Ninguno de ellos hablaba. Yo, que andaba paseando por ahí, los veía sentados, tranquilos. Dos pinceladas más en la belleza de ese cuadro. Nada parecía indicar que uno de ellos sufría mientras el otro nada sabía.

El que nada sabía, sentía. Sentía el suave calorcito de los últimos rayos de sol. Saboreaba el rastro que el buen café había dejado en su boca. Se miraba sus zapatillas colgando. Y sobre todo, se dejaba empapar de la belleza del atardecer sonrosado.

Mientras, el otro, lejos-lejos, cavaba con sus pensamientos el plomizo aire encerrado de recuerdos interpretados y de oscuros presagios.

Y es que a éste último, la voz de la cabeza le pintaba siniestros trazos y él, dormido a la belleza de la tarde y a la compañía amorosa del amigo, miraba con ojos asustados tanta complicación pensada. Tan enredadas las neuronas, tan pesados los alientos que se respiran en la mente cerrada. Allí no había oxigeno ni horizontes, sólo un húmedo calabozo, mohoso, oscuro, solitario, de paredes pringadas de desesperanza y desencanto.

En un momento, rompiendo una lanza por la compañía, el pobre que lejos-lejos estaba le dijo al amigo: -¡Qué densa es la vida! ¡Me gustaría morirme y ya está!

¡Qué densa la mente de los que viven muertos a la vida! dice la mirada secreta derramando compasión, reconociendo esa locura como un estado habitual en el ser humano.

La vida no es densa. Densa es la mente psicológica, la que no conoce la Vida.

La mente proyecta todo tipo de historias, de películas melodramáticas. E igual que en el cine, va arrastrando a las emociones detrás de lo proyectado. Yo no he nacido para encerrarme en su calabozo imaginario. Yo he nacido para vivir. Para ver, oír, sentir y sí, a veces -muy pocas- para pensar cuando es necesario.

Recuerdo cómo aquella mujer bella me decía con sus ojos anegados de lágrimas:

-Sé que estoy sufriendo por la película que está proyectando mi mente. Me doy cuenta de que estoy atrapada en el cine, pero ¡no puedo salir!

-¡Anda! -le dije- Que extraño que quieras seguir dentro sabiendo que no es real y con lo que te hace sufrir…

-Ya- contestó- pero es que ¡quiero saber cómo acaba!

Así de loca es la condición mental. Cuando no podemos salir de ahí, es que estamos creyendo que lo que la mente nos dice es real. Y es aquí donde tenemos que parar y mirar. Esta es la pregunta clave:

¿cuánto hay de real en los pensamientos que estoy teniendo?

No vivamos muertos en vida, encerrados en el cine de la mente.

No podemos poner la atención en dos sitios a la vez. Hemos de decidir dónde queremos estar: si en el cine mental o en la Vida. Hemos de descubrir cómo la película de nuestra cabeza nos atrapa una y otra vez, acompañada también por las emociones correspondientes. Y si.

Las emociones reactivas también son película.

Abrámonos a la Vida. Tenemos un cuerpo que será nuestro más ferviente aliado. Abrámonos a todos los sentidos. Abrámonos a sentir, a descubrir, a respirar. Salgamos del cine para poder disfrutar de estar vivos. Dejemos los relatos mentales en paz. Dejar en paz…. que bella frase.

Y recuerda -me dice la mirada susurrándome-, cada vez que te parezca que pesa la vida, es que has entrado en el cine de la mente y te has quedado hipnotizado por la película de pensamientos que allí se proyecta, siempre, en sesión contínua. Que el peso está en la mente. Si no fuera así, ¿cómo podrían volar los mosquitos?

Sólo podemos ser felices en la Vida. Así pues, ¡salgamos del cine mental por muy interesante que parezca la película!

¡Feliz Ahora!

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Ser la mirada

img_9367Sin la luz de la conciencia, ni la nada existiria.

La mirada secreta

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Esta noche soñaba que me lanzaba desde un precipicio y aunque sentía cierta impresión, no había miedo. No recuerdo mucho más, una sensación vaga de flotar en la inmensidad por encima de un paisaje en el que el horizonte se desplazaba con mi propia visión. Al despertar, el amor por la Verdad de la mirada secreta me empuja a investigar quien he sido en este sueño. Y durante el día, me pongo a ello. Sin esfuerzo. Sin expectativas. Sin buscar nada. Sólo mirar…

En el sueño, no conocía nada. No conocía el precipicio ni el paisaje. No recuerdo formas concretas que pudieran garantizarme estar soñando sobre el planeta tierra. Tampoco recuerdo escuchar ningún ruido. Ni recuerdo sensaciones en la piel. Si recuerdo flotar, por lo que puedo suponer que en el sueño no tenía el cuerpo que tengo en la vigilia. Tampoco recuerdo pensar nada. Un espacio y un tiempo direntes. El sueño era solo una vivencia que yo vivía en primera persona pero no parecía que fuera el mismo yo que soy mientras esto escribo. Sin embargo, me dice la mirada, algún punto en común tiene que haber con la vigilia. Si. En las dos situaciones, soy yo quien las vive. Pero en el sueño no tengo el mismo cuerpo: mientras floto en la inmensidad de un paisaje infinito, el otro cuerpo supuestamente está plácidamente en la camita descansando…

Sigue la investigación… Ahora me doy cuenta de que he escrito “flotaba por encima de un paisaje en el que el horizonte se desplazaba con mi propia visión” ¡Eso es! Ahora lo veo. Entre el sueño y la vigilia lo único que había en común era ¡la visión! Yo, viendo. O mejor aún: un VER, sin yo. Como si “yo” fuera el “ver”…

Vale. Y ¿qué pasa cuando no sueño? ¿qué pasa en el sueño profundo?. Está claro que yo desaparezco junto con el mundo entero. El mundo desaparece conmigo. Ni espacio, ni tiempo. Nada. Pero me encanta dormir. Soy muy feliz durmiendo. Y si me despierto de noche y veo en el reloj que todavía me quedan dos o tres horas más antes de despertarme, me lleno de felicidad. Eso quiere decir que aunque ni yo ni el mundo estemos presentes en el sueño profundo, si que hay un darse cuenta de la felicidad de este estado. Un darse cuenta. Un “ver”. ¡Oh mirada! El hilo de Ariadna…

Los sabios hablan de que corrientemente el ser humano conoce tres estados de conciencia: la vigilia, el sueño con sueños y el sueño profundo. Lo había leído mil veces. Pero ahora lo veo. Ahora veo que el “yo” que permanece en los tres estados es uno. Igual que me doy cuenta del frío que hace aquí, me doy cuenta de estar flotando en el sueño, me doy cuenta de la felicidad del dormir profundo. Pero la expresión “me doy cuenta” es una trampa. Una trampa que no nos deja ver. Porque parece que haya un “yo” y un “darse cuenta”. Y no. ¡No es así! ¡Qué alegría! El alma baila alborozada..

No hay un “yo” que se da cuenta.

En la vigilia hay un “yo”. En el sueño se crea otro “yo”, con otro cuerpo, con otras capacidades, incluso con otras edades, en otros mundos, con otras comprensiones… Y en el sueño profundo, no hay “yo” alguno. Y es fácil de entender por qué es así. Porque en la vigilia y en los sueños, la mente está activa, creando. Y

es la mente psicológica la que crea el “yo”.

Pero en el sueño profundo, la mente psicológica no está. Por lo que no existe el “yo”.

No hay un “yo” que se da cuenta de las cosas. Es mucho, mucho más sencillo. Sólo hay un darse cuenta, un puro VER, una luz que ilumina… La conciencia. Si. Es lo que está siempre presente: la conciencia.

Cuando cae lo que creo ser, me doy cuenta de que lo que soy es ese darse cuenta, esa luz que tanto ilumina un enfado, como una puesta de sol, como un sueño extraño, como un silencio, como una nada.

Ver.

Y ¿qué pasaría si en vez de vivir la vigilia desde quien creo ser, vivo desde el darme cuenta?

Ser la mirada.

Ahora lo veo. Esa es la puerta que conduce a la Verdad, a la Realidad que está más allá de los tres estado y que sin embargo a los tres crea. Ser la mirada que soy.

¡Feliz feliz Ahora!

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La bolsa o la Vida

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“porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.”

Mateo, 6:21

Si tu y yo vemos en un escaparate unos zapatos, puede ser que a tí te gusten mucho y a mi me parezcan horribles. Y no pasará nada, seguiremos siendo amigos porque ya nos enseñaron que contra gustos no hay nada escrito. Pero si en vez de estar en el escaparate, los zapatos están puestos en tus pies y al verlos exclamo “¡qué zapatos tan horribles!”, lo más probable es que te enfades conmigo, o te duela mi comentario. ¿Cómo es posible? ¿Qué ha cambiado?…. Lo único que ha cambiado es que antes solo eran unos zapatos, pero ahora ya no son unos zapatos, sino que son tus zapatos. Han entrado en la bolsa de tu identidad, llena de mis y mios: mi pais, mi familia, mis vivencias, mis ideas, mis costumbres, mis gustos, mis recuerdos, mis zapatos, mis creencias. Esa es la bolsa en donde cada uno de nosotros, por no saber quiénes somos de verdad, vamos llenando de todo lo que decidimos apropiarnos. Y esa bolsa se convierte en el yo que creo ser. Y esa bolsa pesa muchísimo, ¡hay tanto que defender! ¡hay tanto que demostrar! Al fin y al cabo, se trata de mi. Cuando te metes con mis zapatos, te metes conmigo y eso no lo puedo tolerar. Aunque los zapatos me vayan estrechos, aunque tengan agujeros, son mis zapatos y eso los convierte en yo.

A todo lo que le pongo el mi delante se convierte en una esclavitud más que defender, incluso con mi propia vida

Pero son precisamente todos estos artículos posesivos lo que no me deja ser. Porque todos estos artículos no son más que sustitutos de la verdadera identidad. Y ¿cómo lo sabe la mirada secreta? Porque

yo no puedo ser aquello que tengo.

Yo soy quien lo tiene, pero no lo tenido. Y un día cualquiera puedo liberarme de esos zapatos y entonces ¿qué sentido tuvo ese enfado? ¿Qué pasaría si dejara de llamar mio a todo, a todo todo lo que llena la bolsa de mi identidad?

¿Para qué necisito una bolsa si cuando nací ya era sin bolsa alguna?

El otro día vino una preciosisima alma a verme y me contó qué feliz era cuando viajaba solo, porque ¡podía ser quien quisiera!  Si supieramos cuanto nos atan todos los mios… Si supieramos que esos artículos que llevo en la bolsa de quien creo ser ¡son el origen de todo conflicto! Y, sobre todo y por encima de todo, si supiera que esa bolsa me está impidiendo vivir plenamente, amar plenamente, ser plenamente libre,  ser realmente quien soy…

En tiempos remotos, los bandoleros asaltaban a los caminantes en el más inesperado momento y poniendose frente a ellos les gritaban: ¡¿la bolsa o la vida?! Les hacían decidir en un instante si preferían luchar por lo suyo o garantizar la propia vida, aún llorando por lo robado.

Desde tiempos inmemoriables, los sabios son asaltados por la Inteligencia de la Vida en el más inesperado momento y poniéndose frente a ellos les reclama en un instante la bolsa para así ganar la Vida. La mayoría de ellos, en tan ansiado momento, bailan alborozados, entregando la bolsa como quien se quita un disfraz viejo y gastado porque en el robo de la bolsa la liberación de lo falso queda garantizada y así descubren la Vida, la verdadera Vida, la plenitud total.

Y ahora la mirada secreta te asalta en el momento más inesperado y te coloca delante de la decisión más crucial y más revolucionaria que podrías tomar: ¿La bolsa o la Vida? Date cuenta de que en ello, realmente, te va la Vida.

¡Feliz Ahora!

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La dimensión relativa

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La plenitud no tiene contrarios

Consuelo Martín

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¿Qué nos pasa a los seres humanos que todos nos sentimos incompletos?- le pregunto hoy a la mirada secreta.

Y Ella, feliz de expresarse (así es su naturaleza) me habla de la dimensión de la relatividad…

Hay infinitas dimensiones en este mundo. Infinitas dimensiones que conviven superpuestas, la mayoría desconocidas a la conciencia humana, aunque las estemos viviendo. Y una de ellas es la dimensión de la relatividad.

Ya en otras ocasiones, la mirada me habló de “lo que sobra y lo que falta“, de vivir en plenitud. Y cómo esta visión nos hace vivir sin ver, como si no estuviéramos completos. Porque

creemos que para sentirnos en plenitud hemos de tener todo lo que deseamos.

Delante de mi hay una piscina que solo se puede llenar hasta el límite que marca un escape en la pared. ¿Está la piscina medio llena o medio vacía? Eso me recuerda al disco rallado de lo del vaso medio lleno y el vaso medio vacío (disco rallado de la mente que siempre habla de lo conocido…)

La mirada me increpa a seguir investigando…

Así dice la mente: si vemos el vaso medio vacío, somos negativos. Y si lo vemos medio lleno somos positivos, optimistas y parece que tenemos más puntos para ser felices, para vivir en plenitud. Así que tratamos de verlo medio lleno. Y si no podemos, buscamos ayuda para que nos enseñen a verlo medio lleno. Pero, ¿cuál es la verdad?

Para creernos que el vaso está medio vacío o medio lleno, hemos de juzgarlo en relación a algo. En este caso, podría ser muy bien la capacidad que tiene el vaso… Ahora imagina la misma cantidad de agua en un vaso la mitad de pequeño… ¿Estaría medio “algo” o estaría lleno? Entonces, ¿qué estamos valorando?

Medio vacío… Medio lleno… Vacío…. Lleno…. Todo lo que valoramos lo solemos valorar con respecto a algo  -en este caso, la cantidad de agua respecto al tamaño del vaso- y por lo tanto,

es una valoración relativa que no tiene más verdad que la que da esa perspectiva concreta.

¡Oh, mirada! ¿Dónde está la verdad? ¿Dónde está la plenitud?

La verdad, lo real, no puede depender de nada. Ha de ser en si misma. Todo juicio, toda valoración que depende de algo no tiene verdad en si mismo. ¿Para qué voy a estar tratando de ver el vaso medio lleno? ¿Con qué propósito? ¿Es  para creer que tengo suficiente? ¿Mucho?…. ¿Con respecto a qué?

Si es para sentirme satisfecho, esa satisfacción será tan endeble como endeble es la verdad que se atribuye a lo relativo. Endeble y pasajera. Además, esa es una plenitud por comparación (necesita de la carencia para ser vivida porque si no es así, nos acostumbramos y ya no nos damos cuenta), y que ahora está y ahora ya no está, dependiendo de los factores que nos han hecho valorarla como “plenitud”.

-Entonces ¿qué hago?-, pregunta la mente que piensa que haciendo algo hallará la solución… La mirada sonríe, (la sonrisa de la mirada es pura belleza) y sigue mostrando…

No podemos saltar de una dimensión a otra “haciendo”, por una razón muy sencilla: porque la persona existe como tal sólo en el mundo de lo relativo. Así que ¡no puede ser la persona la que cambie de dimensión!

Para ver más allá de lo relativo, es la mirada la que se amplia.

Aquí tenemos una piscina con agua. La piscina tiene el tamaño que tiene. Y la cantidad de agua es la que es. No es ver la piscina medio llena o medio vacía, si no verla en su justa medida.

Cuando vemos las cosas en su justa medida (sin comparaciones), lo que vemos así es perfecto en si mismo. Y eso es conciencia de plenitud. La plenitud es vivir lo que hay.

En lo que Es, sin juicios ni comparaciones, vive la Plenitud.

Está en tu mirada -dice la mirada secreta– el verlo.

Tengo calor. Me voy a bañar. Así SI.

¡Feliz Ahora!

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El reino del Silencio

Versión 2“Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, que las que es capaz de soñar tu filosofía”

William Shakespeare

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El reino del Caos es donde viven todas las guerras. Es un reino que está hecho de pensamientos ilusorios con sus correspondientes emociones virtuales. Su rey es el muy poco conocido yo-que-creo-ser, también llamado pequeño ladrón o ego. Este rey no ha sido escogido por nadie. Se alzó como rey después de una conspiración insidiosa en la que participaron muchos otros reinos del Caos. Un dato de suma importancia es que el reino del Caos y su rey, el ego, fueron creándose a la vez: conforme se iban conquistando territorios neutrales, se iba creando el reino del Caos e iba creciendo el rey. Y no sólo fueron creándose a la vez, sino que son inseparables:

no hay reino del Caos sin el rey ego, ni hay rey ego sin el reino del Caos.

En la conquista de territorios neutrales (fuera del reino del Caos, todo es neutral), el paso de la neutralidad al caos se daba y se da por la entrada de los juicios virtuales, armas arrojadizas del miedo perenne que el rey tiene a desaparecer. De hecho, el miedo es el principal alimento del rey, y sin éste probablemente moriría de inanición. El rey del Caos, su majestad

El-yo-que-creo-ser está hecho de miedo, pero no lo sabe.

Desde su atalaya de miedo, ve enemigos por todas partes y trata de conseguir aliados como sea. Pero como su esencia no cambia nunca, también ve en los aliados posibles enemigos. Por eso crea un reino de caos en donde un día tu eres su amigo y al siguiente, su enemigo; en donde un día quiere esto y al siguiente ya no lo quiere; en donde un día parece que está contento y al día siguiente se siente desgraciado; en donde un día está satisfecho y al día siguiente le falta de todo… Así vive el rey  el-yo-que-creo-ser y aunque vive siendo el rey, no se siente como un rey sino como un mendigo al que todo le falta, en el corazón de su reino con el corazón encogido. Junto al miedo, viven los deseos, las dependencias, la insatisfacción crónica, pero sobre todo, vive el sufrimiento. Y es normal que así sea. Es lo esperable de un reinado virtual hecho de las necesidades virtuales que tiene un rey virtual. Y

tratar de no sufrir y vivir en plenitud en el reino del Caos es tarea imposible

Pero….. la mirada secreta brilla de alegría…. hay una Realidad esperando ser descubierta, un reino libre de fantasmas.

Fuera del reino del Caos, o más bien, detrás, existe otro reino infinito y real. Es el reino del Silencio.

El Silencio es un reino sin rey en donde todos los ruidos que aparecen son acogidos, aunque entregados a su suerte. Como la hormiguita que dejamos que pasee por nuestro cuerpo, sin intervenir en nada pero sin hacer nada para quitárnosla de encima. Así son acogidos los ruidos que aparecen Aquí, en el Silencio, como ecos lejanos de la guerra que se libra interminablemente en el reino del Caos. Y aunque pareciera que esos ruidos hechos de pensamientos/emociones pudieran perturbar el Silencio de este Reino, el Silencio sigue Aquí, imperturbable, inafectado, siempre presente.

En el reino del Silencio vive la Paz. Aquí la transparente nada es belleza. Aquí no hay batallas porque no hay facciones. Aquí todo está bien. De Aquí surgen los caminos al Amor, a la Sabiduría, a la Libertad. El reino del Silencio no tiene puertas, ni murallas, ni atalayas. Es vasto como el espacio infinito y a él se accede por rendición y también por entrega.

…cuando el rey el-yo-que-creo-ser finalmente se da cuenta que por mucho que lo intente, no va a poder ser feliz, se rinde y deja de luchar en contra de…

…cuando hay el descubrimiento de que el reino del Caos y su rey son virtuales y empieza la búsqueda de lo Real…

Por eso es urgente, es urgente que nos abramos al Silencio y salgamos del reino del Caos. Si nos abrimos al Silencio, su reino llegará y con él, la claridad, el amor y la paz.

¡Feliz Ahora!

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LOS TRES LEONES


“Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres”

Juan de la Cruz





“Yo” y “ego” son palabras que aluden a lo mismo, a esta identidad que se vive separada de todo y de todos. Como a mi la palabra “ego” me sonaba también a “vanidad” o “soberbia”, sin darme cuenta trataba de evitarla. Así que para mencionar a esa entidad separada, en vez de llamarla “ego” la llamaba “pequeño yo”. Esta es la historia de una confusión.

Los sabios le decian que para descubrir la Verdad era imprescindible que el pequeño yo muriera, porque esa creencia de ser alguien separado de los demás y del mundo no era su identidad real. Y como amor a la Verdad no le faltaba, se arremangó y trató por todos los medios de matarse. Pero no había forma. Intentó primero tragarse todos los arrebatos egoicos, pero eso no hacía más que empeorar la situación. El pequeño yo se aprovechaba de los fracasos: “Que mal que lo estoy haciendo” “soy un desastre”. Frases así poblaban la mente del pequeño yo y con eso aún se fortalecía más la identidad separada.

Al ver que tragarse sus arrebatos aún le daba más identidad, trató de no hacerles caso. Uy! Esta estrategia era todavía más virulenta. Imaginad, ahora el pequeño yo no se sentía mal consigo mismo, sino que pensaba: “Sí. Sí. ¡Lo estoy consiguiendo!” Así que el resultado era casi peor que con la anterior estrategia. Ahora no sólo se sentía separado del mundo sino que se sentía ¡mejor que el resto!.

Hiciera lo que hiciera, el pequeño yo en vez de morir, crecía. Crecía incluso más que antes de haber deseado morir. Pero, enamorado de la Verdad como estaba, no cejaba en sus intentos.

Y la Verdad, que responde siempre que se la llama, le regaló un compañero. Era este un gran león de porte digna. El pequeño yo se enamoró al instante de él. Y aunque le causaba respeto, mucho respeto, no sentía ningún miedo. El león era como un sabio ecuánime. Incluso su lustrosa melena era blanca, como serían las barbas del más sabio entre los sabios. El pequeño yo olvidó sus ansias de morir y se dejó cautivar por las maravillas que el sabio león le mostraba. A su lado, el pequeño yo comprendió muchos de los enigmas que en otros tiempos le habían angustiado. Este maravilloso animal fué quien le presentó a la mirada secreta (ahora es la mirada la que sonríe al recuerdo) y junto con ella formaron equipo para ir colmando el enorme ansia de Verdad que ardía en el centro del pequeño yo.

Un día, cuando estaban paseando por los aires del misterio, se oyeron unos silbos amorosos al compás de una bella tonada. La melena blanca del compañero no pudo menos que sumarse a la danza que el pequeño yo, envuelto en la locura del amor, expresaba. ¡Cuánta dicha y alegría nunca antes conocida!. La luz clara y precisa que emanaba del sabio león se vió entonces completada por la más dulce sonrisa…. ¡en las fauces de un segundo león! ¡Era éste quien silbaba!. El pequeño yo se moría de la risa. Ver a otro inmenso león jugando como un gatito con su magno compañero, le abría el corazón como nunca antes lo había sentido. El pequeño yo se sentía colmado de gracia. Y con ambos como compañeros, guías, amigos del alma siguió su camino en pos de la Verdad. Ahí estaban: el Amor por la Verdad en la forma del más bello y dulce de los leones; y la Verdad del Amor en la mirada cristalina de tan centrada del sabio amigo. Nada más podía querer el pequeño yo enamorado.

Y así siguió caminando, feliz de su suerte, tan agradecido, dandose cuenta de que esos compañeros no eran sus amigos porque él los mereciera, sino por el inmenso amor que a la Verdad tenía.

Aún y así, la inquietud le seguía incomodando. Pensaba: ” si soy yo quien comprende cuando el sabio león me enseña, entonces no debe ser una verdadera comprensión”, o ” si soy yo quien ama cuando el alegre amigo me enseña lo bella que es la vida, entonces no deber ser verdadero amor”. Este “yo” que experimentaba no dejaba al pequeño yo disfrutar plenamente de los regalos de sus amigos. Le habían dicho que este “yo” no era real, no era la Verdad y que debía morir… Muchas veces rompía a llorar y rezaba: “¡que muera ya este yo! ¡por favor! ¡yo sólo quiero la Verdad!”

Y así llegó el momento en que la paz alegre, la serena mirada iban a temblar hasta el paroxismo del miedo, en cuestión de un instante. Porque un día inesperado, frente a los tres se plantó sin previo aviso, el león más grande imaginado. Este, de melena casi negra, era con mucho el más alto y el más ancho de los tres. El pequeño yo eran tan tan pequeño a su lado que, si no fuera por el interes del león, de un pisotón lo habría matado. Pero no era éste su plan. Su plan era mucho más complicado. Venía a matarle, sí. Pero no como el pequeño yo había imaginado.

Sus antiguos compañeros, como si frente al rey se hubieran topado, reclinaron gracilmente sus melenas y se apartaron a un lado. El pequeño yo supo, supo que iba a ser matado. Recordó cúanto lo había pedido: “¡muera el yo para que la Verdad viva!” pero no sabía que el terror le estaba acechando. Su miedo era tan grande que a sus amigos perdió de vista y ni por ellos pudo ser consolado.

El gran León, con sus garras le estrujó la mente y le estrujo el corazón. Era un león especializado en hacer trizas los pequeños yoes el mundo y su peor arma era el rugido que volcaba en la aterrorizada oreja del pequeño yo, cada vez que este mencionaba al “yo” ni que fuera con su pensamiento. Como ejemplo, para que veais su fiereza, si el pequeño yo se quejaba ni que fuera un poquito, el león rugia: ¡¿QUIIIIIEEEEEENNNN SE QUEJA!?. El pequeño yo, todo despeinado, se quedaba helado y, como si el rugido le hubiera cortado la cabeza, se sentía engullido en un infinito agujero negro..

Si el pequeño yo pensaba “parece que hoy estoy mejor”, el enorme león le gritaba: ¡¿QUIIIIIIEEEEEEEENNNNNN está mejor!? Y de nuevo desaparecía el pequeño yo en el negro vació.

Así una y mil veces. El pequeño yo le imploraba que le matara ya de una vez. Que no quería seguir siendo un yo. Pero por dentro la pena era inmensa. Recordaba la felicidad de los tiempos en los que la mirada secreta y la alegría de vivir le acompañaban. Ahora sólo había desolación. Realmente quería morir. Pero no lo conseguía. Sólo iba siendo tragado cualquier pensamiento autoreferenciado. Era como si el león se hubiera propuesto que el pequeño yo dejara de pensar en si mismo.

Aún y así no os creais ni por un instante que el pequeño yo habría preferido abandonar la búsqueda de la Verdad. No. Estaba dispuesto a todo, aunque este todo implicara la vida en el infierno en el que estaba desde que el león le apresara. Si eso era la Verdad, lo acataría. Aunque había algo dentro de él que le decía: confía, confía…

Y un día ocurrió lo inesperado.

El gran león, en vez de matar al yo del pequeño yo,….. ¡¡¡¡¡mató lo pequeño y dejó vivo el yo!!!!!!! Y lo que un día fué un pequeño yo, se empezó a expandir y a expandir y a expandir en un yo taaaaaaaaaannnnnnn inmenso que a todos y a todo fué abrazando. Incluyó el mundo, el universo. Incluyó todo lo conocido. Incluyó también lo desconocido. Y más allá.

Él era el gran león, cuyo nombre es SAT y era los otros dos leones, el sabio y luminoso CHIT y el amoroso y dulce ANANDA. Al morir lo pequeño del yo, murió el yo separado.

¡Qué equivocado había estado queriendo matar lo único que siempre había sido verdad: ¡la sensación de yo! Lo que había de morir por falso, era la pequeñez en la que su LUMINOSO E INFINITO CUERPO había sido apresado.

Y así vió que nada estaba separado pues Él lo era Todo. Y en ese Todo también cabía la nada. Él era Ella. La Verdad reencontrada.

Quizá este relato fué un sueño, aunque la Verdad jamás se ha extraviado. O ¿es ahora que soñamos?

¡¡FELIZ VERDAD!!

 

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El sentido de orientación

Versión 2

“En el cielo no hay distinciones entre este y oeste, son las personas quienes crean esas distinciones en su mente y luego piensan que son verdad”.

Frase budista

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En el paseo por el bosque, no sabía donde estaba el norte y donde el sur. No hubiera sabido volver a casa si no hubiera sido por el sentido de orientación de mi pareja. Para mí es desconcertante no poder orientarme y ver que otros pueden, aún y teniendo un cuerpo sano con todos los sentidos intactos… ¿o no?

La mirada secreta, siempre presta a utilizar cualquier deseo de investigación para llevarme a lo profundo -o a lo alto, que no es lo mismo pero es igual (querido Silvio)-, me hace investigar mientras la sonrisa se va haciendo más y más amplia, tan amplia que al final ya no hay cara, solo hay sonrisa.

Y cómo quiere salir de estos ojos pues es esa su condición, -como la de la luz que en cada resquicio que encuentra, por ahí se desparrama- os comparto lo que me ha hecho ver.

Estudio sobre el sentido de la orientación: Los lingüistas dicen que la palabra “orientación” proviene del punto cardinal por donde sale el sol, oriente. Así, durante milenios, el hombre utilizó el sol para guiarse en su camino, para encontrar el camino, para no perderse. Y este es el punto importante: para no perderse. Probablemente, una especie que tuviera todo lo que necesita a su alcance, no necesitaria desarrollar el sentido de la orientación. Pero, antropológicamente, este no es el caso del ser humano que fué cazador, nómada, descubridor. El sentido de la orientación es el resultado de una necesidad básica en el hombre. Y, a diferencia de los otros sentidos, no tiene un sentido fisiológico concreto en el cuerpo que responda por él. Pero no por ello es irreal.

Conocemos bien el sentido de la orientación a pesar de ser una sensación subjetiva, una vivencia.

Y, gracias a Dios -como siempre-, si yo carezco de sentido de la orientación puedo apoyarme en otra persona que sí lo tenga. No podré comprobar ninguna de las indicaciones que me da. Sólo podré confiar. Y confiaré porque esta persona ha sabido volver a casa sin perderse.

No sé si ya estais viendo por donde la mirada secreta, traviesa y divertida, nos está llevando.

Ella es un rayito de la Luz del Sol que va mostrando las sombras de lo que una vez creí real. Miro las sombras con atención, giro la cabeza, veo la mirada sonriéndome, vuelvo a mirar las sombras y las vuelvo a mirar, una y otra vez, hasta que descubro que son sombras. No lo puedo demostrar. Es una sensación subjetiva, una vivencia. Pero es una vivencia contundente. Y de nuevo giro la cabeza y miro a la mirada secreta,

me quedo mirando la mirada, sólo confiando, sin más.

Y aunque no veo el Sol, sé que este rayito de Su Luz me está ayudando a desarrollar el sentido de orientación que me llevará de vuelta a casa.

Estamos todos muy perdidos. ¿Dónde está nuestro sentido de la orientación para poder volver a casa? ¡Descubrámoslo!

La mirada secreta es una brújula magnetizada por el amor a la Verdad.

Los grandes sabios son mis parejas en este andar por el bosque de la vida. Ellos me guian.

Mientras, todo está bien.

Incluso si me pierdo, eso será pura sombra. Y la sombra, aunque existe, no es real.

Solo la Luz es Real.

¡Feliz Ahora!

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El arca del ser humano

IMG_5941Verdaderamente, uno mismo es el Ojo, el Ojo sin Fin

Sri Ramana Maharshi

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Con poquísimos conocimientos -por no decir ninguno- de la historia bíblica, siempre me pregunté que debió sentir Noé cuando después del diluvio abrió por primera vez las puertas del arca…
En esta mañana dulce por armoniosa, suave por luminosa, tierna por recién nacida, sale de la mirada secreta prestarle atención a este mundo nuestro, a este arca en la que vivimos desde tiempos inmemorables.
Imagina, ya llevamos tantísimo tiempo en el arca que
nos hemos olvidado que estamos dentro de un algo y que hay un afuera que es el verdadero mundo.
Yo no sé como sería el arca en sus principios. Pero ahora todo está muy enredado. Sus calles están torcidas y se cruzan unas con otras. Todo lo que aquí  existe se mueve a mucha velocidad, a velocidad vertiginosa para, al final, ir a ningún sitio:
por mucho que camine dentro del arca, seguiré dentro del arca.
Es como si fueran circuitos de scalextric de formas inverosímiles por donde los cochecitos corren a toda velocidad con la única posibilidad de pasar por los mismos railes una y otra vez. Sin embargo su locura, su velocidad, nos atrapa e hipnotiza y no nos deja salir. Hay mucho, mucho ruido. Lo sé porque he pasado mucho tiempo buscando un rinconcito en el que poder descansar las orejas, pero no lo he encontrado.
En este mundo en el que tu y yo vivimos, en este “arca” todo lo que aparece se da por verdadero sin comprobación alguna. Pero no solo eso, sino que eso que aparece y se da por verdadero no suele ser muy amoroso que digamos. Más bien es doloroso. Este mundo no deja de recordarnos lo mal que han ido, van o pueden ir las cosas. Hay señales de peligro en cada esquina. Hay previsiones de terremotos, incendios, nuevos diluvios y sunamis a cada paso. Hay recordatorios que no paran de alertarnos de que nos faltan cosas, de que no estamos bien, de que no somos lo que tendríamos que ser, ni tu ni yo. Es este un mundo en el que prácticamente nada en ningún momento está bien del todo. A cada paso puedes leer carteles que nos recuerdan que “todo es mejorable”. Otros paneles de neón nos gritan “Esfuérzate en mejorar” “Todo depende de ti”. Algunos carteles más modernos, que tratan de poner algo de luz en este oscurísimo mundo en el que vivimos, dicen “piensa en positivo” “acepta lo que hay” “si eres bueno, conseguirás el cielo mañana” Y estos últimos carteles aún empeoran más las cosas, porque ¿cómo voy a pensar en positivo viendo lo que hay? ¿cómo puedo aceptar tanta locura y tanta porquería? Y el último cartel….ya ves, en este mundo se arrastra el pasado y se vive para el futuro. En este mundo no existe el presente y es por eso que
en este mundo en el que creemos vivir, no hay vida ni vive nadie.
Pero fuera de este mundo, fuera del arca, hay otro mundo, muchísimo más grande. Es un mundo diáfano, esponjoso, elástico, ligero. Un mundo que en su equilibrio perfecto, abraza todo aquello que surge y se desvanece en el tiempo, en un eterno Ahora. En el que ni falta ni sobra nada. La armonía y la paz sostienen todas las notas, desde las más sutiles a las más salvajes, en una creación sinfónica inacabable…
Aunque hayamos vivido dentro del arca, encerrados en un aire casi irrespirable, el arca siempre ha vivido en este mundo diáfano y verdadero. Es por eso que es Aquí donde vivimos, tanto si lo sabemos como si no. Porque este mundo fuera del arca es el real.
Sabe pues que el arca es la mente del pequeño e inventado “yo”. Si. La mente psicológica, de un parecido casi aterrador con lo que tu y yo llamamos el mundo (¿será que esta mente nuestra ha fabricado el mundo en que vivimos a su imagen y semejanza?). Y el mundo que hay “afuera”de la mente, la Realidad.
Cuando las puertas del arca se abren, lo que veo me deja en el más profundo silencio. Beso el suelo con reverencia. Oigo una voz más-que-amorosa que dice “el arca es un espejismo” Se derrama una sólo lágrima… Ahora comprendo. Todo está bien.
Mirada que brotas de la Realidad y en Tu Belleza me atrapas y me sacas del arca. Y al salir, soy Tu, Mirada y es entonces que sé qué eres, que sé que Soy. Ahí, fuera del arca que nunca existió…
¡Feliz Ahora!
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La Mirada feroz

IMG_2654-1“La Creación de Dios es la misma y no hay diferenciación en la creación. Dios es el mismo. Las aparentes diferencias han sido creadas por el hombre.”

Sri Ramana Maharshi

 

Mira como el Sol esparce sus rayos de luz sin buscar nada, sin querer nada. Simplemente los esparce porque está en su naturaleza.

Mira como la luz de sus rayos no tiene color alguno. Mira como los colores se forman en la mente de los seres que captan la luz. Y mira como los colores no afectan ni una chispita la propia luz del Sol.

¡Ay, la realidad! 

Caen las creencias como caen las hojas en otoño. Caen las creencias por madurez. Caen para no volver. Su lustro, apagado. Su realidad, consumida por la entrada de una nueva estación -si no hubiera invierno, no habría otoño; si no hubiera primavera, no habría invierno-. Fuera de las estaciones, ni arboles, ni hojas, ni nacimientos, ni caídas.

Golpea ferozmente la mirada secreta. A duras penas la mente es capaz de escribir estas líneas. El resultado podría ser incomprensible, pero ¿a quién le importa? Entregada esta persona, sigue dejándose escribir aquello que ha sido vislumbrado y que la mente, por su extrañeza, no puede diseccionar.

La realidad percibida. Pura percepción al servicio de los instrumentos que la captan a su manera. 

La realidad percibida sólo existe en la mente del que la percibe.

Tu realidad y mi realidad, ¿son acaso la misma? ¿Habrían discusiones, desencuentros y guerras si la realidad entre tu y yo fuera realmente una? ¿Habrían suicidas arrastrando tras de sí decenas de inocentes? ¿Habrían hambrientos en el planeta de la abundancia? ¿Habrían quema-dineros contaminando el aire que necesitan para seguir viviendo? ¿Habrían corta-bosques, corta-silencios, corta-vidas? 

Tu realidad y mi realidad no son la misma. Entonces, ¿cual es la realidad verdadera? ¿la tuya o la mía?

Golpea ferozmente la mirada secreta:

-Mira. Mira -me zarandea. – Lo que creíste que era la realidad, lo que los árboles, las nubes, los dioses creen que es la realidad, no es más que Aquello irradiando. Y lo que irradia no tiene forma alguna. Son haces infinitos de luz sin forma, sin color, sin concreción alguna. 

La concreción no es cosa de Aquello, sino de cada uno de los seres. 

Incluso los seres son haces infinitos de luz sin forma, sin color, sin concreción alguna.

El Sol irradiando luz sin forma. 

Aquello irradiando puro Potencial.

Y esto que está aquí y que creo ser, haciendo del potencial árboles, colores, acuerdos, creencias…

Dios no crea. Dios irradia. Los supuestos creadores de sueños, somos nosotros.

¿Es esto publicable? ¿Quién lo puede decidir?

La mirada secreta hoy se muestra feroz. 

En la entrega, dejo que vuele.

Siempre, siempre, ¡feliz ahora!

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¿Dónde está la realidad?

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 El científico sigue hoy las huellas que el sabio dejó ayer.

La mirada secreta

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Ayer mi hijo, que sabe que no nos enteramos de mucho de lo que pasa en el mundo, nos enseñó la foto de un vestido que ha captado la atención del mundo internauta y nos preguntó de qué color lo veíamos. Uno lo vio blanco y dorado y el otro lo vio azul y negro. Y ante la perplejidad de las mentes, la mirada secreta sonrió tan ampliamente que en su sonrisa nos atrapó a los tres.

Mi hijo nos explicó que una tercera parte del mundo lo ve de un color, y el resto lo ve del otro color. Y esto es debido a la interpretación que hace el cerebro de cada uno de nosotros, no solo con respecto al vestido en sí, sino en relación con el fondo, la luz que refleja, etc. Así que el resultado de lo que yo veo no es lo que es, sino la combinación relacional de una serie de percepciones visuales junto con los conceptos que ya tengo grabados en mi mente.

Y la mirada secreta afirma lo que siempre ha sabido:

lo que yo llamo “realidad” es una creación mental subjetiva.

En estos tiempos de materialismo acérrimo, el cetro de la verdad se ha retirado del sabio para dárselo a la ciencia, a la comprobación científica. Según los adeptos de la ciencia, nada es verdadero hasta que se ha comprobado objetivamente. Y yo, que nada quiero creer desde que la mirada secreta me lleva de la mano, y que sólo quiero vivir de lo que la mirada ve, me pregunto si existe la objetividad. Porque yo no la encuentro en ningún lugar.

Lo que los sentidos perciben está mediatizado por los instrumentos que tengo. Los instrumentos son idiosincrásicos. Aunque tu y yo hayamos decidido que esto es una mesa, yo no sé lo que tú percibes, no sé si es lo mismo que lo que yo percibo. Aunque hayamos decidido que este sonido es un do mayor, yo no sé si lo que tu oyes es lo mismo que lo que yo oigo. Y así. Además, los instrumentos en sí también están en constante cambio y si no, pregúntaselo a mis ojos que ya no ven como veían.

Por otro lado, aquello que percibo está cambiando a cada segundo. La luz, los átomos que componen lo que percibo, el movimiento en el tiempo -el envejecimiento, …- , todos los factores que componen el objeto de mi percepción, están cambiando.

Además cuando percibo un objeto, nunca lo percibo aisladamente, sino que

mi mente procesa el objeto y su contexto, inseparablemente.

Sin que yo me dé cuenta, la inteligencia de la vida hace que yo perciba siempre a nivel relacional. Y eso también influye en la percepción de este yo particular, de esta sociedad particular, etc. Esto quiere decir que yo no sería este “yo” que creo ser si me separara del contexto. Por no ser, no sería ni un ser humano. Tanto que creo ser algo separado….

La mirada me jalea para que siga mirando. Uy, me quejo un poco, porque yo de neurología, de física, de ciencias no sé nada… Es igual, dice la mirada, tú sigue mirando. El ver es el ámbito de la sabiduría, dice la mirada traviesa…

Bueno. Pues entonces, tal como parece, la realidad, la realidad como tal,

lo real no está en lo que la mente percibe,

no está en lo que los sentidos perciben. Además, si estuviera en lo que los sentidos perciben, si yo percibo la realidad, ¿dónde quedaría yo? ¿quedaría fuera de la realidad? No puede ser. Ese “yo” tiene que formar parte de la realidad de alguna manera…

Esto a lo que yo llamo “realidad” es una realidad subjetiva. Parece que cuando nos ponemos de acuerdo en llamarla X, entonces se convierte en una realidad objetiva, pero si lo miramos bien, es solo un acuerdo. Entonces,

¡estamos llamando “realidad” a un acuerdo!

Por eso los sabios dicen que lo que nosotros llamamos realidad es una ilusión. No porque la realidad no sea real, sino porque estamos superponiendo a la realidad verdadera nuestros acuerdos humanos.

¡Ahora lo comprendo!

Ver lo relativo como relativo: ver que a lo que hasta ahora había llamado “realidad” es algo relativo a mis sentidos, a mi mente y a los acuerdos que he asumido.

No dar a lo relativo el valor de lo Absoluto: Vivir esta realidad relativa como tal, sin pretender que esa Es la Realidad Real :)

Quizá este sea un buen camino para descubrir la verdad.

¡Feliz Ahora!

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