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AtraBesando. El amor incondicional

Versión 2

 

Cuando veo que soy todo, eso es Amor.

Sri Nisargadatta Maharaj

 

 

 

En estas horas, anda la mirada secreta rondando, susurrando, desvelando, atraBesando. Si, atraBesando-me. Porque la mirada secreta ama incondicionalmente y hasta ahora no me había dado cuenta.

Me atraviesa. Es como si no me viera. ¡Qué paradoja decir que la mirada no me ve! En verdad, me ve mejor de lo que yo o nadie me ha visto. Me ve atraBesando mi cuerpo, mi personalidad, mis creencias, mis gustos y disgustos, mis capacidades o incapacidades. Ella no ve nada de esto. Yo no sé lo que ve. Pero sé que la mirada secreta no me piensa, no piensa en mi ni en como soy o dejo de ser, ni en como me relaciono o dejo de relacionarme. Ella me atraviesa. Atraviesa lo que en mi es objetivable o juzgable -que es lo mismo-. Me ve como nadie me ve. Y por eso me ama incondicionalmente.

¿Que cómo lo se? Porque siempre está Aquí. Siempre que me abro a ella, me regala su presencia y así, durante esta comunión, puedo ver yo también más allá de lo objetivable o de lo juzgable -que sí, me dice, ¡que es lo mismo!-.

Hoy he visto como sin darnos cuenta, rechazamos la manera de ser del otro. Lo he visto y eso ha producido un silencio por el que se ha colado mi querida mirada secreta. Allí ha empezado a hacer su trabajo -cuando hacemos nuestro verdadero trabajo, no hay esfuerzo alguno…- Y me ha ido mostrando un amor nuevo.

Me ha enseñado dos cosas por ahora. Dos cosas que en verdad son inseparables.

Tantas veces oímos hablar del amor incondicional. Me parece que está un poco de moda. Amar sin condiciones. ¿Sin condiciones con respecto a qué? Parece como si pensáramos que podemos llegar a amar sin condiciones siendo quienes somos. Hoy he visto que no.  Hoy he descubierto que

el amor que siento hacia el otro depende del estado en el que estoy yo y no del otro.

Siempre había pensado que el amor que le tenía a alguien dependía de como era el otro, y sobre todo, de como me trataba. Pero hoy la mirada secreta me ha mostrado que no es así. Que el amor que doy es el amor que tengo. Y no puedo dar más amor que el que tengo. Cuando me siento radiante, lleno de amor, entonces parece que como el otro actúe ya no me molesta. Así que

lo incondicional tiene que empezar por mi.

Para amar incondicionalmente tendría que estar lleno de amor, siempre, siempre, siempre.

Entonces de lo que se trataría es de amarme mucho, de tener muy buena autoestima… Si. La autoestima también está en moda desde hace algún tiempo pero quizás tendríamos que investigar de que va eso de la auto-estima. La mirada ya sonríe. Y es que ¿cómo es posible esto de amarse a uno mismo? ¿Acaso me puedo dividir en dos: uno que ama a otro? Y la mirada, implacable siempre, me dice que

la autoestima es la relación que hay entre la idea que tengo de mi y el ideal que tengo de mi

¡Listos! Hay mucha autoestima cuando la idea que tengo de mi ha subido puntos hacia el ideal. Eso es todo. ¿Cómo va a tener este invento psicológico algo que ver con el amor incondicional?

No es posible ningún amor incondicional mientras la fuente del amor que quiero ser se viva con millones de condiciones. De hecho estoy todo el día juzgándome. Entonces ¿cómo va a brotar de mi un amor incondicional?

De mi no puede brotar amor incondicional como tampoco puedo amar incondicionalmente mientras crea que el amor es algo que se ha de merecer según los criterios a los que doy verdad. Ni me puedo amar ni te puedo amar incondicionalmente.

Entonces ¿no podemos acceder al amor incondicional? Si, dice la mirada. Sólo hay un camino. Y es descubrir quien eres, de qué estás hecho, que es eso de la vida. Antes, no te lo plantees- me dice. Porque si lo haces, agravaras tus juicios.

Vale. Pero mientras no lo descubra ¿qué puedo hacer?.- le pregunto.

Dejate ser. Y deja ser a los demás.

Sin querer nada porque el amor incondicional no quiere nada

Por eso, el verbo de hoy es atraBesar. Atrevete a Ser, atraBesando cada juicio, dirigido a ti mismo o a los demás, no importa.

AtraBesando sin condiciones.

¡Feliz Ahora!

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Ser la mirada

img_9367Sin la luz de la conciencia, ni la nada existiria.

La mirada secreta

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Esta noche soñaba que me lanzaba desde un precipicio y aunque sentía cierta impresión, no había miedo. No recuerdo mucho más, una sensación vaga de flotar en la inmensidad por encima de un paisaje en el que el horizonte se desplazaba con mi propia visión. Al despertar, el amor por la Verdad de la mirada secreta me empuja a investigar quien he sido en este sueño. Y durante el día, me pongo a ello. Sin esfuerzo. Sin expectativas. Sin buscar nada. Sólo mirar…

En el sueño, no conocía nada. No conocía el precipicio ni el paisaje. No recuerdo formas concretas que pudieran garantizarme estar soñando sobre el planeta tierra. Tampoco recuerdo escuchar ningún ruido. Ni recuerdo sensaciones en la piel. Si recuerdo flotar, por lo que puedo suponer que en el sueño no tenía el cuerpo que tengo en la vigilia. Tampoco recuerdo pensar nada. Un espacio y un tiempo direntes. El sueño era solo una vivencia que yo vivía en primera persona pero no parecía que fuera el mismo yo que soy mientras esto escribo. Sin embargo, me dice la mirada, algún punto en común tiene que haber con la vigilia. Si. En las dos situaciones, soy yo quien las vive. Pero en el sueño no tengo el mismo cuerpo: mientras floto en la inmensidad de un paisaje infinito, el otro cuerpo supuestamente está plácidamente en la camita descansando…

Sigue la investigación… Ahora me doy cuenta de que he escrito “flotaba por encima de un paisaje en el que el horizonte se desplazaba con mi propia visión” ¡Eso es! Ahora lo veo. Entre el sueño y la vigilia lo único que había en común era ¡la visión! Yo, viendo. O mejor aún: un VER, sin yo. Como si “yo” fuera el “ver”…

Vale. Y ¿qué pasa cuando no sueño? ¿qué pasa en el sueño profundo?. Está claro que yo desaparezco junto con el mundo entero. El mundo desaparece conmigo. Ni espacio, ni tiempo. Nada. Pero me encanta dormir. Soy muy feliz durmiendo. Y si me despierto de noche y veo en el reloj que todavía me quedan dos o tres horas más antes de despertarme, me lleno de felicidad. Eso quiere decir que aunque ni yo ni el mundo estemos presentes en el sueño profundo, si que hay un darse cuenta de la felicidad de este estado. Un darse cuenta. Un “ver”. ¡Oh mirada! El hilo de Ariadna…

Los sabios hablan de que corrientemente el ser humano conoce tres estados de conciencia: la vigilia, el sueño con sueños y el sueño profundo. Lo había leído mil veces. Pero ahora lo veo. Ahora veo que el “yo” que permanece en los tres estados es uno. Igual que me doy cuenta del frío que hace aquí, me doy cuenta de estar flotando en el sueño, me doy cuenta de la felicidad del dormir profundo. Pero la expresión “me doy cuenta” es una trampa. Una trampa que no nos deja ver. Porque parece que haya un “yo” y un “darse cuenta”. Y no. ¡No es así! ¡Qué alegría! El alma baila alborozada..

No hay un “yo” que se da cuenta.

En la vigilia hay un “yo”. En el sueño se crea otro “yo”, con otro cuerpo, con otras capacidades, incluso con otras edades, en otros mundos, con otras comprensiones… Y en el sueño profundo, no hay “yo” alguno. Y es fácil de entender por qué es así. Porque en la vigilia y en los sueños, la mente está activa, creando. Y

es la mente psicológica la que crea el “yo”.

Pero en el sueño profundo, la mente psicológica no está. Por lo que no existe el “yo”.

No hay un “yo” que se da cuenta de las cosas. Es mucho, mucho más sencillo. Sólo hay un darse cuenta, un puro VER, una luz que ilumina… La conciencia. Si. Es lo que está siempre presente: la conciencia.

Cuando cae lo que creo ser, me doy cuenta de que lo que soy es ese darse cuenta, esa luz que tanto ilumina un enfado, como una puesta de sol, como un sueño extraño, como un silencio, como una nada.

Ver.

Y ¿qué pasaría si en vez de vivir la vigilia desde quien creo ser, vivo desde el darme cuenta?

Ser la mirada.

Ahora lo veo. Esa es la puerta que conduce a la Verdad, a la Realidad que está más allá de los tres estado y que sin embargo a los tres crea. Ser la mirada que soy.

¡Feliz feliz Ahora!

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Si mismo

img_8887Tu deber es ser, y no, ser esto o aquello. “Yo soy el que soy” resume toda la verdad.

Sri Ramana Maharshi

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Ayer acabé de ver el último de tres documentales (HUMAN) que recogen las vivencias de muchas personas del planeta hablando de temas de la humanidad como el amor, la guerra, la discriminación, la felicidad, la muerte, etc. Y cuando acabé de verlos, me quedó una sensación extraña. El documental acababa con el testimonio de una mujer dando las gracias a los realizadores. Decía que el hecho de que la hubieran escuchado, de que les hubiera importado lo que ella pensaba o sentía o había vivido, le hacía sentir “alguien”.

Después, dejando aposentarse lo visto, me di cuenta de que muchos de los testimonios del documental hablaban de cómo se habían sentido “alguien” gracias a alguna persona que les había valorado, les había mostrado aprecio…

¿Por qué necesitamos ser alguien? ¿Por qué no nos basta con ser? Es como si no tuviéramos valor a menos de que alguien nos valore. Es como si no nos sintiéramos dignos si los demás no nos tratan con dignidad. Si nadie cree en mí, parece que yo tampoco…

Y sí. Estamos siendo juzgados a cada momento. Existen diferentes parrillas de juicios, según el círculo social en el que nos movemos. A veces, para ser alguien tienes que ser bueno, otras tienes que ser malo. A veces has de ser rico. Y otras, pobre. A veces, para ser alguien tienes que estudiar porque si no sabes leer y escribir no eres nadie, pero en otro círculo social en el que no se le da valor a eso, igual eres alguien si eres el más fuerte, o el más sabio. ¡Ahora lo empiezo a ver! En este mundo de humanos, has de ser más para ser alguien. Más que los demás, en algo…

¡Ya lo veo, mirada secreta!

Es en la comparación cuando nos damos valor.

Y lo mismo que nos sucede con nosotros mismos, nos sucede con todo: es en la comparación que valoramos un objeto, una situación, una vivencia… Es muy fuerte. De hecho si miro quien creo ser, veré que todos son etiquetas que me creo por comparación: soy rico en comparación con, soy tonto en comparación con…

Es en la comparación que creemos existir.

Y esta es la trampa. La trampa y la inestabilidad que según lo que acontece soy alguien o dejo de serlo.

Todo tiene que ver con ser capaz de vivir lo que hay en plenitud, sin comparación, por si mismo.

De hecho, en el mundo espiritual, al Ser se le llama también el Si mismo.

Quizás si descubro lo que soy más allá de toda relación, de toda comparación, veré que

sólo por el hecho de ser, soy plenitud.

Soy. Es en el Ser que soy dignidad, respeto, soy valor. Y cuando así me vivo, sin esfuerzo, de forma natural y espontánea, te dignifico, te honro y te respeto a ti también. Porque tu también Eres.

Todo aquel que trata sin dignidad a los demás, es porque no se siente digno y necesita extraer esa dignidad de los demás, para él sentirse más digno…

Todo aquel que falta el respeto a los demás, es porque no siente respeto por si mismo y necesita sentirlo por comparación. Y para eso tiene que faltarle el respeto al otro. Así él es más respetado.

Y lo mismo sucede a la inversa: aquel que se deja arrebatar su valor, su integridad, se siente menos, deja de ser alguien…

¡Oh mirada! El corazón se llena de compasión, de amor y comprensión hacia todos, todos, incluida la persona que esto escribe.

No hay más que hacer. Descubrámonos en nosotros mismos. Descubramos cada uno su propio valor. Y al descubrir-me, te descubriré y en eso, la humanidad entera será dignificada.

¡Feliz Ahora!

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La Revolución de la mirada

IMG_7735Supera el valor de cualquier pensamiento particular, por sublime que sea.

La nube del no saber. Anónimo del s.XIV

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Inesperadamente (¿como siempre? -me parece que sí), la mirada secreta atrapa mis dedos y mi mente y revuelve mi corazón, en un acto de extrema rebeldía. Hoy la mirada me jalea, me zarandea y no puedo más que sentir dentro una revolución. La revolución de la Luz. La revolución del Ver. Me encanta esta sensación. Es la aventura más emocionante que jamás he vivido…

Una vez, la mirada secreta me explicó que

para comprender algo hay dos caminos aparentes: el conocimiento mental y el conocimiento vivencial.

Por ejemplo, si yo quisiera conocer a fondo el mundo de las hormigas, podría ir a la biblioteca y estudiar todos los tratados escritos sobre el tema; hablar con expertos mundiales; asistir a conferencias, etc. Seguramente en un tiempo, podría hacer grandes discursos sobre las  hormigas. Tendría muy aprendido lo que otros han descubierto sobre estos insectos. Estaría creyendo lo que otros descubrieron. Estaría viviendo de lo que otros vieron. Y podría hacer todo esto sin haber visto nada. ¡Incluso sin haber visto una hormiga en mi vida! Creería ser un experto en el tema y los demás lo creerían también. Si me hicieran preguntas, buscaría dentro del arsenal de conocimientos adquiridos y seguramente encontraría la respuesta. Incluso, con todo lo aprendido, podría desarrollar nuevas teorías sobre sus costumbres o su origen. A esto, la mirada le llama el conocimiento mental.

El conocimiento mental es un conocimiento adquirido fuera de uno mismo. Es un conocimiento que no descubre nada, sino que aprende lo que ya fue descubierto por otros. La mirada le llama “conocimiento viejo”. Este conocimiento no transforma a la persona. No tiene un impacto en las estructuras profundas del ser humano (un estudiante puede aprender que la intención del investigador influye en que la luz se presente como partícula o como honda y eso no tener ningún impacto en cómo él vive su realidad, su persona, etc.). Este camino, el del conocimiento mental, es APRENDER.

Pero también podría estudiar las hormigas partiendo de que no sé nada sobre ellas. Coger mi bloc y mi lápiz e irme al campo. A observar. A observar sin pensar. Y dejar que sean las hormigas que me enseñen todo. Al cabo del tiempo, también sería un experto en hormigas. Es muy muy probable que mis observaciones trajeran aspectos nuevos a lo ya conocido. Es muy probable que entonces, cuando fuera a la biblioteca, pudiera discriminar lo leído, ampliarlo, rechazarlo, aceptarlo, compartirlo. Y todo con un conocimiento indudable. Podría ser. A esto la mirada le llama el conocimiento vivencial.

El conocimiento vivencial es un conocimiento que parte del no saber y proviene de la observación directa. Es un conocimiento que descubre todo por primera vez. La mirada le llama “conocimiento nuevo”. Este conocimiento transforma radicalmente a la persona, porque es un conocimiento que brota desde dentro, que abre nuevas comprensiones dentro de uno mismo. Tiene un impacto intenso en las estructuras profundas del ser humano. Este camino, el del conocimiento vivencial, es VER.

No es que uno sea mejor que el otro. Sino que todo lo psicológico ha sido aprendido. Ha sido adquirido de fuera a adentro. Y esto quiere decir que

quien creo ser es un conocimiento mental.

Y para descubrir la Verdad, la Verdad de quien soy, es necesario que suelte el conocimiento mental y pase a un conocimiento vivencial. Porque la Verdad no puede ser adquirida desde fuera. Sería una verdad vieja, sin capacidad para transformar. Por eso, me dice la mirada secreta,

No te creas lo que te dice nadie. Nadie. Ni siquiera un gran maestro, una gran maestra, un libro de sabiduría.

No te creas lo que te dice nadie, ni nada. Pero no porque lo que digan no sea verdad, sino porque no te va a servir.

El camino del creer es un conocimiento mental. No descubre nada. Sólo te va a llenar de más conceptos, más conocimientos, más teorías que van a ser aprovechadas por quien crees ser, por tu ego, para montar un nuevo personaje, un personaje sabio o espiritual. O que van a servir sólo para confundirte más, para que te esfuerces más, para agotarte más en tu camino sincero a la Verdad.

¿Cuánta gente cree en Dios o en la Energía Cósmica o … y sin embargo está atrapada por todo lo que acontece, por todo lo que piensa y por todo lo que siente? ¿Dónde está aquí la liberación?

¿Cuánta gente cree en Dios y está destrozando la vida, su vida y la de los demás?

El Camino (metafóricamente hablando) no es el conocimiento mental que va coleccionando creencias. De hecho,

ninguna creencia vale nada.

Vamos de libro en libro, de maestro en maestro, de cursillo en cursillo. Acumulando frases bonitas, creencias innovadoras que no han sido descubiertas en nosotros mismos. Pero no abrimos el ojo del Ver. Tomamos apuntes. Debatimos lo leído. Seguimos queriendo tener razón. Condenamos a aquellos que no siguen los caminos reglados, que no tienen el tampón de “aprobado”. Y tantas otras actitudes, todas ellas provenientes de lo que creemos…

Suelta todas las creencias. Todas. TODAS. Lo que tu crees que es verdad, quien crees ser, quien crees que son los demás, de qué va la vida o de qué deja de ir.

Suelta toda creencia. Quédate en el vacío, en la nube del no saber. Y desde ahí, mira. Mira sin pensar. El trabajo es un trabajo de campo, no es un trabajo de biblioteca. En la biblioteca podremos hallar inspiración. En lo que los maestros dicen podremos hallar ánimo para seguir investigando e inspiración. Y benditos sean los libros de sabiduría y los maestros. Pero, ¡no obedezcas! ¡no des a nada ni a nadie el falso poder de que ellos pueden darte la Verdad! Si. Si. Esta es una llamada al abandono de todo lo conocido. Porque la Verdad está más allá de todo lo conocido. Porque

la Verdad no se puede aprender, sólo puede ser reconocida en uno mismo.

El trabajo es un trabajo de campo. Es un trabajo que hace la mirada limpia de creencias. De adentro a más adentro.

¡Feliz Ahora!

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II. Del deseo de iluminación. La llama

corazon piedra redondo

Vivir desde la Verdad no requiere una gran seguridad, sino una gran determinación.

La mirada secreta

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Sigue la mirada secreta sin soltar la vela y la llama. ¿Os acordáis de la entrada “I. De la Separación del yo. La vela” de hace unos días? Pues así, entre ayer y hoy, irrumpiendo de nuevo inesperadamente, me empieza a enseñar nuevos aspectos usando la misma metáfora (menos mal que me enseña con metáforas, uff).

Todo empezó con la visita de una bellísima vela que andaba alicaída de tanto que había intentado prender su mecha. Años de sufrimiento, de incomprensión, de esfuerzo… para nada. Explicaba que al principio, la esperanza de que un día se encendería, le mantenía en momentos de alegría, de arrebato, de dulzura. Pero sólo eran momentos. Después de tanto sufrir, ahora sólo se sentía seca. La mecha, seca y ella algo más tranquila por pura resignación.

La mirada secreta le escuchaba desde ese silencio de pensamientos que permite ver y sentía ese amor que es pura comunión. Después la vela-que-se-creía-seca-y-apagada se retiró. Y la vela que esto teclea, se fue con su mirada secreta a los dominios de la Dulce Nada. A la vuelta, ya con los ojos pegaditos de sueño y con el Ojo bien limpito de ilusiones, me suelta la mirada:

Hay velas encendidas que no saben que están encendidas.

Y eso es porque la vela no puede ver la llama que la corona. Sólo la llama se da cuenta de que anda prendida, porque ve el reflejo de su brillo en lo que le rodea y sabe que esa luz no es de la vela…. ya ves…. “por sus frutos los conoceréis”. ¡Que alegría! ¡El Ojo siempre había visto a la vela-que-se-creía-seca-y-apagada bien encendida! Vale. Ahora lo comprendía. Lo único que ocurría era que ella no lo sabía…

Pues nada. A dormir con el corazón rebosando amor por la vela-que-se-cree-seca y que deslumbra con su luz, aunque ella no se entera.

Pasó el tiempo, varias horas (o eso parece) hasta que volvimos a retirarnos la mirada secreta y la vela que esto transcribe al reino de la Dulce Nada. Y ¡zas! Esta vez la vela se quedó temblando… la mirada secreta bailando…. la llama chispeando… Me dice:

¡No hay ninguna vela que no esté encendida!

¡Dios mío! (nunca mejor dicho) ¡¡Claro!! Ninguna vela está apagada. Esa es la verdad. ¿Cómo va a haber una vela apagada? si

las velas existen para prestar servicio a la llama

El problema es que no lo saben y como no lo saben, hacen “vida de vela apagada” (una vida aparentemente oscura). No son felices ni pueden serlo…

Y sigue mi amada  mirada secreta:

Hay velas que no saben que son velas. Esas velas viven una vida de vela apagada pero no se dan cuenta. Así que su sufrimiento no es tan severo.

Pero hay otras velas que creen no estar encendidas aunque quieren estarlo. Estas velas se martirizan o hacen muchas cosas para encenderse y su sufrimiento es muy intenso. Estas velas, sigue la mirada, podrían darse cuenta de que están encendidas desde el primer instante de vida (de hecho es la llama la que da vida a la vela) simplemente siguiendo el rastro de su anhelo por encenderse.

No se puede anhelar lo que no se conoce.

Estas son velas que solo necesitan la determinación de vivirse encendidas porque ya conocen la llama (por eso la anhelan).

La vela no puede encender la llama, pero eso no importa. Porque

la llama es quien encendió la vela, dándole a luz.

La mirada secreta, en su infinita generosidad, me susurra por donde ir a la Luz de la llama que anda prendida desde tiempos inmemoriales…

La vela solo puede ver velas. La llama sólo ve llamas. La Luz solo ve Luz. Así que, vela-que-te-crees-seca, si alguna vez ves la llama en otra vela, es tu llama la que está viendo. Y si alguna vez ves Luz en otra llama, es tu Luz la que está viendo. La mirada sonríe y dice: ¿Todavía tienes dudas de la Luz que desprendes?

Decide ahora.

Decide desde donde quieres vivir

si desde la vela, desde la llama o desde la Luz que eres. Y

SÉLO plenamente

soltando lo demás completamente, por no ser verdad. Retirando la Luz de lo ilusorio (que es lo mismo que decir: dejando de prestarle atención). Para esto fuiste creada y Aquí eres Felicidad.

La mirada secreta te da las gracias.

aaaLa llama se vive en gracia.

aaaaaaLa vela resta en silencio.

¡Feliz Ahora!

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LOS TRES LEONES


“Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres”

Juan de la Cruz





“Yo” y “ego” son palabras que aluden a lo mismo, a esta identidad que se vive separada de todo y de todos. Como a mi la palabra “ego” me sonaba también a “vanidad” o “soberbia”, sin darme cuenta trataba de evitarla. Así que para mencionar a esa entidad separada, en vez de llamarla “ego” la llamaba “pequeño yo”. Esta es la historia de una confusión.

Los sabios le decian que para descubrir la Verdad era imprescindible que el pequeño yo muriera, porque esa creencia de ser alguien separado de los demás y del mundo no era su identidad real. Y como amor a la Verdad no le faltaba, se arremangó y trató por todos los medios de matarse. Pero no había forma. Intentó primero tragarse todos los arrebatos egoicos, pero eso no hacía más que empeorar la situación. El pequeño yo se aprovechaba de los fracasos: “Que mal que lo estoy haciendo” “soy un desastre”. Frases así poblaban la mente del pequeño yo y con eso aún se fortalecía más la identidad separada.

Al ver que tragarse sus arrebatos aún le daba más identidad, trató de no hacerles caso. Uy! Esta estrategia era todavía más virulenta. Imaginad, ahora el pequeño yo no se sentía mal consigo mismo, sino que pensaba: “Sí. Sí. ¡Lo estoy consiguiendo!” Así que el resultado era casi peor que con la anterior estrategia. Ahora no sólo se sentía separado del mundo sino que se sentía ¡mejor que el resto!.

Hiciera lo que hiciera, el pequeño yo en vez de morir, crecía. Crecía incluso más que antes de haber deseado morir. Pero, enamorado de la Verdad como estaba, no cejaba en sus intentos.

Y la Verdad, que responde siempre que se la llama, le regaló un compañero. Era este un gran león de porte digna. El pequeño yo se enamoró al instante de él. Y aunque le causaba respeto, mucho respeto, no sentía ningún miedo. El león era como un sabio ecuánime. Incluso su lustrosa melena era blanca, como serían las barbas del más sabio entre los sabios. El pequeño yo olvidó sus ansias de morir y se dejó cautivar por las maravillas que el sabio león le mostraba. A su lado, el pequeño yo comprendió muchos de los enigmas que en otros tiempos le habían angustiado. Este maravilloso animal fué quien le presentó a la mirada secreta (ahora es la mirada la que sonríe al recuerdo) y junto con ella formaron equipo para ir colmando el enorme ansia de Verdad que ardía en el centro del pequeño yo.

Un día, cuando estaban paseando por los aires del misterio, se oyeron unos silbos amorosos al compás de una bella tonada. La melena blanca del compañero no pudo menos que sumarse a la danza que el pequeño yo, envuelto en la locura del amor, expresaba. ¡Cuánta dicha y alegría nunca antes conocida!. La luz clara y precisa que emanaba del sabio león se vió entonces completada por la más dulce sonrisa…. ¡en las fauces de un segundo león! ¡Era éste quien silbaba!. El pequeño yo se moría de la risa. Ver a otro inmenso león jugando como un gatito con su magno compañero, le abría el corazón como nunca antes lo había sentido. El pequeño yo se sentía colmado de gracia. Y con ambos como compañeros, guías, amigos del alma siguió su camino en pos de la Verdad. Ahí estaban: el Amor por la Verdad en la forma del más bello y dulce de los leones; y la Verdad del Amor en la mirada cristalina de tan centrada del sabio amigo. Nada más podía querer el pequeño yo enamorado.

Y así siguió caminando, feliz de su suerte, tan agradecido, dandose cuenta de que esos compañeros no eran sus amigos porque él los mereciera, sino por el inmenso amor que a la Verdad tenía.

Aún y así, la inquietud le seguía incomodando. Pensaba: ” si soy yo quien comprende cuando el sabio león me enseña, entonces no debe ser una verdadera comprensión”, o ” si soy yo quien ama cuando el alegre amigo me enseña lo bella que es la vida, entonces no deber ser verdadero amor”. Este “yo” que experimentaba no dejaba al pequeño yo disfrutar plenamente de los regalos de sus amigos. Le habían dicho que este “yo” no era real, no era la Verdad y que debía morir… Muchas veces rompía a llorar y rezaba: “¡que muera ya este yo! ¡por favor! ¡yo sólo quiero la Verdad!”

Y así llegó el momento en que la paz alegre, la serena mirada iban a temblar hasta el paroxismo del miedo, en cuestión de un instante. Porque un día inesperado, frente a los tres se plantó sin previo aviso, el león más grande imaginado. Este, de melena casi negra, era con mucho el más alto y el más ancho de los tres. El pequeño yo eran tan tan pequeño a su lado que, si no fuera por el interes del león, de un pisotón lo habría matado. Pero no era éste su plan. Su plan era mucho más complicado. Venía a matarle, sí. Pero no como el pequeño yo había imaginado.

Sus antiguos compañeros, como si frente al rey se hubieran topado, reclinaron gracilmente sus melenas y se apartaron a un lado. El pequeño yo supo, supo que iba a ser matado. Recordó cúanto lo había pedido: “¡muera el yo para que la Verdad viva!” pero no sabía que el terror le estaba acechando. Su miedo era tan grande que a sus amigos perdió de vista y ni por ellos pudo ser consolado.

El gran León, con sus garras le estrujó la mente y le estrujo el corazón. Era un león especializado en hacer trizas los pequeños yoes el mundo y su peor arma era el rugido que volcaba en la aterrorizada oreja del pequeño yo, cada vez que este mencionaba al “yo” ni que fuera con su pensamiento. Como ejemplo, para que veais su fiereza, si el pequeño yo se quejaba ni que fuera un poquito, el león rugia: ¡¿QUIIIIIEEEEEENNNN SE QUEJA!?. El pequeño yo, todo despeinado, se quedaba helado y, como si el rugido le hubiera cortado la cabeza, se sentía engullido en un infinito agujero negro..

Si el pequeño yo pensaba “parece que hoy estoy mejor”, el enorme león le gritaba: ¡¿QUIIIIIIEEEEEEEENNNNNN está mejor!? Y de nuevo desaparecía el pequeño yo en el negro vació.

Así una y mil veces. El pequeño yo le imploraba que le matara ya de una vez. Que no quería seguir siendo un yo. Pero por dentro la pena era inmensa. Recordaba la felicidad de los tiempos en los que la mirada secreta y la alegría de vivir le acompañaban. Ahora sólo había desolación. Realmente quería morir. Pero no lo conseguía. Sólo iba siendo tragado cualquier pensamiento autoreferenciado. Era como si el león se hubiera propuesto que el pequeño yo dejara de pensar en si mismo.

Aún y así no os creais ni por un instante que el pequeño yo habría preferido abandonar la búsqueda de la Verdad. No. Estaba dispuesto a todo, aunque este todo implicara la vida en el infierno en el que estaba desde que el león le apresara. Si eso era la Verdad, lo acataría. Aunque había algo dentro de él que le decía: confía, confía…

Y un día ocurrió lo inesperado.

El gran león, en vez de matar al yo del pequeño yo,….. ¡¡¡¡¡mató lo pequeño y dejó vivo el yo!!!!!!! Y lo que un día fué un pequeño yo, se empezó a expandir y a expandir y a expandir en un yo taaaaaaaaaannnnnnn inmenso que a todos y a todo fué abrazando. Incluyó el mundo, el universo. Incluyó todo lo conocido. Incluyó también lo desconocido. Y más allá.

Él era el gran león, cuyo nombre es SAT y era los otros dos leones, el sabio y luminoso CHIT y el amoroso y dulce ANANDA. Al morir lo pequeño del yo, murió el yo separado.

¡Qué equivocado había estado queriendo matar lo único que siempre había sido verdad: ¡la sensación de yo! Lo que había de morir por falso, era la pequeñez en la que su LUMINOSO E INFINITO CUERPO había sido apresado.

Y así vió que nada estaba separado pues Él lo era Todo. Y en ese Todo también cabía la nada. Él era Ella. La Verdad reencontrada.

Quizá este relato fué un sueño, aunque la Verdad jamás se ha extraviado. O ¿es ahora que soñamos?

¡¡FELIZ VERDAD!!

 

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SOLTAR Y SALTAR

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¡Suelta todo lo conocido y salta!
La mirada secreta

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¡Tantas cosas sabemos sin saber que las sabemos!. Como el bebé, la pequeña, que hoy es nuestra mirada secreta con su inocencia cristalina. Ella sabe cuando tragar y cuando respirar. Sabe todo sin saber que lo sabe. Como nosotros. El conocimiento está dentro nuestro y el camino es de reconocimiento y no de aprendizaje. Es el reconocimiento interno de algo que ya sabía. No puede ser aprendido. Por eso,

nadie nos puede dar la Verdad.

Toda la Verdad está en nosotros. Y cuando vemos, la vemos completa.

La Verdad no se puede ver a trocitos.

Es como la luz. Cuando pasa un rayo de luz, sea muy delgadito o muy ancho, en ese rayo está toda la luz, completa. Simplemente porque no es divisible. Como la Verdad. Cada vez que hemos vislumbrado algo de la Verdad, allí estaba toda la Verdad en su plenitud indivisible.

Así, todo lo que los enamorados de la Verdad hacemos en nuestro camino, ha de ser fuente de inspiración, pero nunca creamos que la Verdad nos la puede dar un maestro.

El camino solo puede ser interior.
Todo lo que aprendo no tiene nada que ver con la Verdad. Todo lo que aprendo está en la dimensión de lo que nace y muere. Todo lo que aprendo que antes no sabía, no pertenece a la eternidad. Por eso, en el despertar a la Verdad, no podemos ver la vida como una escuela -como tantas veces se cree-. La vida, desde la perspectiva del Despertar, es una oportunidad para reconocerMe, para des-cubrir la Verdad que siempre he sido.
La vida es una oportunidad, no una escuela.
Cuando vivimos la vida como una escuela, ya estamos suponiendo que nos falta algo, que somos incompletos, que hemos de desarrollarnos, evolucionar, mejorar. Y así es para las personas que están separadas unas de otras. Así es mientras yo crea ser una persona. Para las personas la vida puede ser una escuela, entre otras muchísimas posibilidades. Pero he de saber que, mientras viva en la escuela, o mejor dicho, mientras me viva persona, creyendo que he de aprender, mejorar, evolucionar, desarrollarme, no me daré cuenta que todo lo que puedo aprender, mejorar, evolucionar y desarrollarme está ligado a lo que un día nació y un día morirá, esta persona.
Sin embargo, hay algo en mí que intuyo eterno, no nacido, inmutable e indivisible. ESO no se puede aprender por mucho que me esfuerce (quien se esfuerza es la persona que quiere evolucionar).
Sri Ramana Maharshi se quedaba perplejo con aquellos que le pedían una y mil veces cómo llegar a la Verdad. Él no se cansaba de repetir algo así como “descubre quién eres; entra dentro de ti, en silencio y observa de dónde surge esta sensación de yo-soy”. Sin embargo, las personas seguían preguntando en vez de ponerse manos a la obra. Y es que
el pequeño yo no puede descubrir la Verdad.
El pequeño yo quiere caminar, pero no puede llegar a ningún sitio verdadero, porque vive en la dimensión del nacer y el morir, mientras que la Verdad, el verdadero Yo, Es, y nunca ha nacido ni morirá.
Para ir a la Verdad, hay que soltar y hay que saltar.

Hay que soltar todo lo conocido y hay que saltar a lo desconocido. Nada hemos de aprender. En el reconocimiento, el pequeño yo desaparece como el fantasma cuando se enciende la luz. En el reconocimiento, la Verdad es lo único, es completa, es Todo: lo conocido, lo desconocido y más allá de ambos.

Y si tu mente está diciendo: “¡Uff, qué difícil  es esto!“, dale la razón.
La mente sólo puede hacer la primera parte del camino. Es necesario que la mente llegue a su propio límite de entendimiento. Es necesario que contemplemos las preguntas y dudas que surgen en la mente, porque si no lo hacemos la mente no nos dejará ir más allá. Lleguemos a su límite con la investigación sincera, con la mirada secreta. Es hasta este límite hasta donde la mente nos puede acompañar. Después el silencio, el vehículo y lenguaje de la Verdad, deja atrás la mente. Allí, en el límite de nuestro entendimiento, nos está esperando el Vacío de todo lo conocido. Allí está la puerta a lo desconocido y más allá. Allí, en el salto, la Verdad nos abre sus brazos.
Gracias mirada secreta que brillas dulcemente en los ojos de los niños, en la naturaleza, en el cielo y las estrellas, en todo aquello que está libre de un pequeño yo.
¡Feliz Ahora!
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Lo que busco, es lo que Soy

Versión 2

Nan Yar? Arive Nan

Sri Ramana Maharshi

a

Hace poquito quiso la Vida que esta persona se encontrara en una situación en la que perdió todas las referencias de aquello que creía ser. Anduvo perdida, buscando un espejo en el que reconocerse, pero no encontró ninguno. Y, frente a semejante situación, no le quedó más remedio que rendirse. No fue un rendimiento beatífico, sino un rendimiento por desesperación. Y con la rendición, como suele pasar, llegó la paz. Y con la paz, la Mirada Secreta se puso en marcha y esto es lo que me mostró, ¡bendita mirada!

Cuando me quito todos los ropajes, cuando me quito todos aquellos vestidos tras los cuales mi verdadero Ser está escondido, cuando me quito todas las capas que ocultan mi verdadero Ser, cuando todo eso va cayendo, lo que queda es invisible, incognoscible, pero es lo único REAL.

Yo no me doy cuenta de que ando escondidísimo, ando agazapado detrás de millones de cosas y aspectos que hasta ahora no había visto. Ando escondido detrás de la ropa que llevo. Ando escondido detrás de la comida que como, detrás de las ideas que tengo. Ando escondido detrás de la rutina que me da esa seguridad. Ando escondido detrás de todo aquello que coloco a continuación del pronombre posesivo “mi”: mi casa, mi manera de pensar, mi familia, mi trabajo, mi país, mi cuerpo… Todos esos añadidos, -no en si mismos (nada hay de malo en la casa, la familia, el trabajo, el cuerpo) sino en la identificación, en el verter quien soy yo en esos aspectos o cosas que acompañan la experiencia de vida-, ocultan mi verdadero Ser y me separan del resto del mundo. Tan impactante es el descubrimiento que me da la mirada secreta hoy, justo hoy que el mundo se vuelve a convulsionar por el terror creado por la ignorancia, que me muestra con total claridad que sin los “mi” y los “mío” la guerra no sería posible… Es impresionante lo simple que es la Verdad. Lo simple y lo poderosa…

Es impresionante ver que

el problema no son los pensamientos, sino el hecho de creer que son míos.

Y lo mismo con las emociones, el cuerpo, las relaciones, los credos, el país… Esa barbaridad de aspectos y cosas con los que yo me identifico, ocultan mi verdadera identidad.

Para que yo conozca mi verdadera identidad, para que yo sea quien soy, no tengo que eliminar aquello con lo que me identifico. No tengo que separarme de mi familia, dejar el trabajo, etc.

Lo que tiene que caer es la identificación con todo ello.

Es realmente una paradoja:

quien verdaderamente soy no se identifica con nada. Nada da identidad a quien soy.

La identidad de quien verdaderamente soy, es intrínseca al Ser. No es un cumulo de cualidades añadidas, ni tan solo una añadidura individual.

Cuando pierdes un poco esos aspectos que te identificas, inmediatamente surge el miedo y una sensación de estar perdido, de no reconocerse en nada. Todas esas identificaciones que han caído eran espejos en los que yo me podía reconocer. Y ahora no me encuentro a mi mismo, no me veo.

En la verdadera identidad, en quien soy verdaderamente, no me voy a poder reconocer nunca. Sólo voy a poder Ser-la.

Todo aquello en lo que creo reconocerme, es externo a quien soy yo. Es algo añadido. Y el Ser no tiene ninguna añadidura. Es pleno en Si mismo. Nada se le puede añadir. Es puro.

Todo lo que añadimos, oculta el Ser.

Todo eso no me sirve a mi para conocer el Ser que Soy. Porque no puedo conocer Quien Soy. No me puedo dividir y que un yo vea a otro yo. Así que ir viendo aquello que no soy, estos añadidos tras lo que el Ser está escondido, toda esta investigación, me sirve para dejar caer, para darme cuenta de la irrealidad de todo lo añadido, para darme cuenta de la irrealidad de todos los mis y mios. Para que vaya cayendo aquello que creí ser y no soy. Y en ese desnudarse quede la Transparencia de Conciencia Infinita que nada es y todo lo incluye. Y en ese desnudarse hay libertad. Hay paz.

Aixxxxxxx

¡Feliz Ahora!

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El río y el agua

“Be water, my friend”

Bruce Lee

 

 

 

Decimos que el río nace en la fuente, pero ¿es así? ¿brota el río de una fuente o es el agua la que brota? Más el agua que brota de la fuente ya existía antes, entonces ¿qué es lo que nace?.

El agua que brota de la fuente viene de aguas subterráneas que quizás llegaron de la lluvia… la lluvia de las nubes… las nubes del agua de la tierra y así…

Decimos que el río nace en la fuente pero, en realidad, es una manera de hablar -rara vez miramos cúal es la verdad-. Lo que nace es una “corriente de agua” concreta y a esa le ponemos un nombre. Hay un sinfín de ríos en nuestro planeta, cada uno con sus nombres, compitiendo por ser el más largo, el más bello, el más caudaloso… pero eso al agua no le importa nada, nada, nada. Los ríos no son lo que parecen. Ni viajan, ni desembocan, ni tienen vida propia. Son las simples huellas que ha dejado el agua en su navegar. Son el cuerpo del agua. El agua es quien habita el río, quien hace al río lo que es, un río. Sin ella no habría río, pero sin río, ¡sigue habiendo agua!

El agua parece fluir con facilidad, sea entre rocas o juncos. Y es que en ese fluir hay una rendición total: a nada se enfrenta el agua. Y aún y así, entregada y rendida, en ningún momento deja de ser quien es. Siempre es agua.

Sólo se mueve en la dirección de su propia corriente, siempre por el camino más fácil, porque sólo tiene un objetivo: desembocar para seguir su ciclo.

-¿Para qué luchar contra nada? ¿para qué querer cambiar las características del río?- ríe el agua del río a la mirada secreta que hoy juega con ella.

Aunque hayan cascadas o remansos, el agua es inmutable, -siempre es agua, nunca cambia de forma porque no tiene forma. Lo único que hace es adaptarse al cuerpo que la contiene-. Parece que se ve afectada por los aparentes golpes: espuma, remolinos…, pero el agua sigue siendo agua.

Contra más pura el agua, menos atributos tiene: no sabor, no color, no olor. Y sin embargo, ¡qué rica está!

Y cuando llega el agua a su desembocadura (¡que no es el río el que llega a la desembocadura!), el agua… sigue siendo agua… y sigue su periplo, inteligente y eterno…

Y he aquí al ser humano, creyendo ser río cuando Es agua. Pero como se cree río, vive como tal. Nace un buen día de la fuente-madre y un buen día muere en la desembocadura; lucha con y contra todo sin saber cuál es su función, siempre compitiendo con otros ríos, siempre por el camino más difícil. Todo le afecta, y cree que en esa afectación está su aprendizaje. Y cree que los atributos son los que le hacen ser alguien… El ser humano… pura agua de vida… en negrita ¿Lo ves?

Ríe la mirada secreta al Silencio que hoy juega con ella…

¡Feliz Ahora!

 

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Cuento III. La oveja infeliz

  “No hay misterio más grande que éste: siendo nosotros la realidad, buscamos obtenerla ”

                                Sri Ramana Maharshi

Erase una vez una ovejita que no era feliz…No sabía por qué no era feliz. Tenía todos los pastos que necesitaba, un buen pastor que la iba a buscar si se perdía, unas compañeras que la querían mucho. Una vez que se cayó por un terraplén, estuvieron balando a su lado para que el pastor se diera cuenta y gracias a ellas, sobrevivió. Incluso era amiga del perro, cosa que no era muy frecuente. Pero es que ella siempre había sido una ovejita cumplidora, amable y respetuosa. Y eso, cualquier perro que se precie de ser un buen guía, lo agradece, ya que le facilita un montón su trabajo. El perro decía de ella que daba gusto lo buena oveja que era, incluso solía ponerle de ejemplo frente a las demás ovejas, especialmente frente a las más jóvenes que andan siempre retándole porque no les gusta que nadie les mande, y eso de que lo hacen “por su propio bien” ni lo entienden ni lo quieren.

Así que, siendo como era una oveja realmente maravillosa, el no-va-más de las ovejas, ella no era feliz ni entendía por qué no lo era.

Sentía como si no estuviera donde le corresponde. Sentía que le faltaba algo y no una nimiedad sino algo fundamental, esencial, imprescindible. Pero no sabía lo que era.

Su desazón iba y venía: pasaba temporadas muy distraída, especialmente la de la esquila. Tan ocupada andaba en esos momentos que parecía que todo estaba bien. Pero en cuanto se quedaba sin actividades interesantes que le ocuparan la atención, volvía a aparecer en su mente y en su corazón aquella pesadumbre que no le dejaba ser feliz.

Una vez le preguntó a la oveja más vieja del rebaño si ella también sentía ese vacío que tanto le hacía sufrir. Y cual fue su sorpresa que la vieja oveja afirmó que siempre había sentido eso. La ovejita se quedó pasmada… entonces ¡era una sensación endémica!. La vieja oveja le explicó que esa era una sensación normal en las ovejas y que no se le tenía que hacer mucho caso. Que, simplemente, viviera tranquila sabiendo que igual que tenía el pelo rizado y blanco, le tocaba sentir eso en el centro de su corazón.

La ovejita no sabía que hacer con la información tan sorprendente que le había dado la vieja oveja. ¿Cómo era posible que todas las ovejas sintieran eso tan feo y nadie hubiera hecho nada al respecto sino tirarle tierra encima y disimularlo? Lo que le confirmó la vieja oveja, en vez de hacerle sentir mejor por aquello de que “mal de muchos es consuelo de tontos”, acabó de hundirle en la miseria.

Le dijo a la vieja oveja que no podía creer que las ovejas se tuvieran que conformar con hacer el ver que eran felices por fuera mientras por dentro sufrían un no-sé-qué que les mantenía en un secreto sufrimiento. Se lo dijo enfadada, como si estuviera defraudada de la especie a la que pertenecía. Le preguntó si era verdad que nadie, nadie había hecho algo por salir de ese estado. La vieja oveja, con una sonrisa de derrota crónica, le confesó que sí, que alguna oveja había llegado a pasarlo tan mal que, para escapar de su malestar, habían puesto pies en polvorosa… Se habían escapado del rebaño. Y esa había sido su mayor desgracia, porque fuera estaba el lobo esperándoles. Y las pocas ovejas que, por débiles, no habían podido aguantar esa desazón del alma y habían decidido abandonar el rebaño no habían vuelto nunca más, pasto de lobos, pobrecitas…

Así que la ovejita se fue, no ya enfadada, sino hundida del todo. Lo que había aprendido de la vieja oveja la dejaba en una situación tan penosa que más penosa no podía ser: la infelicidad interior era normal; había que aceptarla y vivirla como si no existiera, disimulando -esa era la actitud de las buenas ovejas-; y si no podías aguantarla más, sólo te esperaba el lobo fuera para comerte. ¡Vaya plan más fantástico! Ahora la infelicidad era completa, por dentro y por fuera.

Así que sabiendo lo que ahora sabía, empezó a no poder disfrutar de nada, ni siquiera de la fiesta de la esquila. Todo era horrible. Dentro suyo lloraba, y fuera lloraba también. Las demás ovejas le intentaban animar, incluso alguna le aconsejó tomar antidepresivos (le confesó que ella misma los tomaba hacía ya unos meses y le estaban yendo muy bien, ya casi no sentía el agujero en el pecho…). Otras ovejas le decían que tenía que ser fuerte, que era de débiles no saber vivir con “eso” sin que se le notara, que las ovejas hechas y derechas, aunque tuvieran esa angustia en su centro, no lo mostraban nunca ni se les notaba nada, nada. 

¡Ay, pobre ovejita! Ella no era capaz ni de disimular, ni de tomar antidepresivos… 

La presión que sentía se iba haciendo más y más fuerte y la vida ovejuna era cada vez más intolerable. No veía ni un rayito de luz en la desesperanza en la que vivía. Y así fue pasando el tiempo -no mucho tiempo, un poquito solo- hasta que un día, el día más inesperado de todos, andaban pastando en un precioso prado verde, al calorcito de un solecito suave y sin pensarlo dos veces, tan intenso era el agobio que sentía, se puso a correr y a correr… Las compañeras extrañadas le miraban correr como una posesa y la vieja oveja, presintiendo la desgracia, a pleno pulmón le gritaba: ¡Vuelve desdichada que el lobo te comerá! Todo el rebaño alborotado no paraba de balarle que volviera. El perro también la perseguía, aunque a él lo del lobo le era igual, lo que quería es que volviera al rebaño pues ahí es donde debía estar. El pastor dormía bajo un roble, como solía hacer. Sólo después, cuando despertara, se daría cuenta que la había perdido y saldría en su busca. Pero, ¿sabéis qué? Esta vez no la encontraría, nunca más.

Porque la ovejita corrió y corrió. Mejor era ser comida por el lobo que seguir con esa vida ovejuna sin sentido. Corrió huyendo y corrió buscando la verdad. Corrió porque no quería sufrir más y corrió porque quería encontrar aquello que parecía faltarle a su corazón. Corrió porque no se conformaba. Y corrió llena de miedo, miedo al lobo, miedo a morir, miedo a perder su rebaño que tanto le había protegido. Corrió con miedo, con el miedo más grande que se pueda tener, pero corrió.

Y en su galopar pasó que sin ella darse cuenta, empezó una transformación, ¡qué digo una transformación!, ¡una transmutación en toda regla! Su pelo de oveja, su hocico de oveja, sus orejas de oveja. sus ojos de oveja, no sé….., su todo de oveja empezó a despegarse de una forma rara, de una forma que parece que sólo acontece en las películas, y conforme se iba despegando de ella, iba apareciendo otro ”yo”, otra figura muy diferente…. Desde fuera, que es desde donde la mirada secreta lo veía, se empezó a intuir que debajo de lo que parecía haber sido una oveja, en realidad había…. ¡UN LOBO!

¡Dios mío! La que había parecido ser una oveja toda su vida, era en realidad un lobo. Pero eso no lo pudo descubrir mientras aceptó su condición de oveja, aquella condición que le habían hecho creer que era desde que nació. 

En su correr desesperada, se desprendió de lo que nunca había sido, y FUE, fue lo que siempre había sido.

Claro que no volvió al rebaño. Y claro que no volvió a sentir un vacío dentro. 

 Su vacío había sido creer ser lo que no era.

Y así me hace saber la mirada secreta. Sólo los valientes tienen miedo y aún con su miedo a cuestas, se aventuran a descubrir quienes son en verdad.

Dulce mirada… puro agradecimiento.

¡Feliz Ahora!

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