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Yo, mi, mío

El comienzo de la Sabiduría es el silencio.

Pitágoras

 

 

 

 

 



No sólo era la belleza sobrecogedora de las montañas, arropándonos con su serena y poderosa presencia. El Silencio nos había adoptado como hijos suyos durante un tiempo, tan inocente y amorosa era la entrega de todos los que estabamos allá. Nacidos nuevos del Silencio preñado de paz amorosa, los verdaderos hijos, atisbos de su dulce sabiduría.

Así andábamos. El Silencio pariendo miradas refulgentes, sonrisas inocentes. Las arrugas del sufrimiento borrándose al paso de su tacto casi imperceptible.

Sus ojitos parecían dos linternas, tan grande es su amor por la verdad, cuando a penas levantando la voz nos dijo: “es que no puedo acallar mis pensamientos ni los puedo dejar de escuchar” Y mientras ella hablaba, las campanas no paraban de tañer llamando a su regazo… Pero ella no las oía. No oía las campanas que sonaban claras y fuertes, y en cambio no podía dejar de escuchar sus pensamientos. ¿Por qué? ¿Por qué?

La observación era muda. No sabía la respuesta. Sólo el Silencio podía hablar. Sólo el Silencio sabía. Los preciosos ojos pidiendo comprender, el tañido de las campanas llamando, la mente muerta, esperando…

Y esta vez la mirada secreta lo gritó triunfal. Lo gritó desde el Silencio. Con urgencia. Como un rayo devastador de claridad encegadora, dejándo al descubierto, desnuda, la verdad simple, la verdad inocente, la verdad poderosa, la verdad que nada excluye…

Y esta vez la mirada secreta lo gritó a todos los que allí estábamos. Ella, como la humanidad entera, no oía las campanas y en cambio no podía de dejar de oír sus pensamientos por una razón muy simple y ahora evidente:

Esos eran los sonidos: las campanas por un lado y sus pensamientos por el otro. Las primeras sin poder ni fuerza. Los segundos, pegajosos y poderosos. ¿Lo veís ahora vosotros también? ¡La clave está en los pronombres!

Y ahora miro bien y me pregunto si los pensamientos que resuenan en la mente son mis pensamientos. No los he escogido. No los he decidido. No los he creado. Veo que son pensamientos que percibo. Pero también percibo este árbol. Y ¿es acaso “mi” árbol? Porque si es ese mi árbol, entonces el universo entero es mio, y también tú… Entonces recuerdo otra alma bellísima hablándo de su brazo. Miro ahora éste brazo que se supone que es mío y no comprendo, no puedo ver que sea “mío”. Míro ahora éste cuerpo, éstas células conglomeradas y no veo el “mío” por ningún lado. Y miro y miro y miro… y veo esta persona llena de pensamientos, emociones, formas y veo con pasmosa claridad que no me pertenece, en absoluto

Descubro que no hay un “yo”. No hay un “mi”. No hay un “mío”.

No hay nada que proteger. Y abro todas las puertas que tan celosamente guardaba bajo llave.

No hay nada que controlar o manipular para el bien… ¿de quién? Y fluyo ligero como una pluma en las corrientes de la vida.

Y al ver que no hay un “yo” se desvanecen todos los obstáculos. ¡Es tan simple que parece una broma!

No hay un “yo” que pertenezca a ese “yo”. No hay un “mi”, ni hay un “mio”. Entonces dejo de pedir, de exigir, de mendigar… ¿para quién?

Y si no hay un yo/mi/mío, ¿cómo va a existir un tú/a tí/tuyo?

La libertad es inexpresable. Las ataduras del yo/mi/mío han dejado paso a la alegría de vivir. La felicidad es inabarcable.

Y por fín se esfuma cualquier resistencia y con ella llega el descanso, la añorada paz. Y el amor entra a raudales desde el mundo de la verdad.

Sé que te lo han dicho. Sé que te lo has creído. Pero mira. Mira por primera vez. Mira directamente, sin pensar y dime si en los pronombres hay alguna realidad.

Dedicado a los hijos del Silencio, atisbos de la Verdad.

¡Feliz Ahora!

 

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La luz de la conciencia

Cuando miramos sin pensamiento alguno, vemos por primera vez. La mirada secreta


 

Se abre el telón. Todo está oscuro. Y en un instante se enciende un foco de luz potente que ilumina en redondez una parte del escenario, justo en el lugar en que se haya erguido el protagonista. Este empieza a recitar un monólogo y todo el público rompe a reír. Se apaga el foco, para volver a encenderse al cabo de pocos segundos, dirigiendo la luz a otra parte del escenario. Esta vez hay una mujer que también se pone a explicar una historia, una historia triste y angustiosa. El público calla con el corazón apretado, lleno de pena y compasión. Mientras, allí donde se erguía el monologuista cómico, personas vestidas de negro están cambiando el decorado. Pero nadie les ve. El foco de luz guía implacablemente la atención del público allí donde se enfoca. Lo que queda fuera del radio del foco de luz, nadie del público lo percibe, no existe para ellos… Finalmente, el mismo foco se amplia, extendiendo su radio de luz hasta iluminar por entero el escenario. Ahora, el público ve a la mujer triste, al hombre cómico, los muebles y otros objetos del decorado, lo ve todo de una sola mirada y comprende la escena en su totalidad.

El foco de luz tiene unas características muy versátiles: se puede dirigir a discreción y se puede estrechar para iluminar un sólo punto, o se puede ampliar hasta iluminar todo.

Nosotros también tenemos un foco de luz y allí donde lo dirigimos crea nuestra realidad vivencial. Lo que queda fuera de nuestro foco de luz, no existe para nosotros. Esta luz es lo que hace que nos demos cuenta de la existencia de aquello que ilumina. Podríamos decir que

esta luz es nuestra conciencia y el foco, nuestra atención.

Cuando miramos a través de nuestra mente, nuestros pensamientos, deseos y creencias estrechan el foco de luz, limitándolo a lo que pensamos sobre lo que vemos. Así que

desde nuestra mente es muy difícil ver las cosas como son porque la idea que tenemos sobre ellas distorsiona la observación.

Cuando miramos desde la mente, la conciencia se hace muy estrecha, dejándo fuera una visión global -como en el escenario de teatro- y aquello que enfocamos desde la mente cobra mucha más relevancia de la que en realidad tiene. El otro día lo hablabamos con algunas personas y vimos como de noche, aún es más evidente: el foco de luz se posa sobre un pensamiento que está pidiendo toda nuestra atención y al verlo desde la mente, se hace enorme a nuestra conciencia, muy muy importante. No hay ninguna distracción de noche que pueda llamar la atención sobre sí por lo que el foco se queda iluminando ese pensamiento, mientras el resto de la realidad se mantiene a oscuras. Y cuando llega la mañana, con la llegada de otros estímulos que reclaman nuestra atención, aquel pensamiento que nos parecía tan importante ya no lo es tanto.

Muchos de nosotros hemos aprendido a mover el foco de luz, la atención, a nuestra discreción. No luchamos contra los pensamientos que nos hacen sufrir, sino que retiramos la luz de ese pensamiento para colocarlo en otro sitio, quizá en un libro, o en la contemplación de las estrellas o incluso en un recuerdo feliz. Y eso es bueno, porque

el sufrimiento causado por los pensamientos es siempre gratuito.

Así andaba el otro día, cambiando la dirección del foco, cuando súbitamente la mirada secreta me mostró dos descubrimientos maravillosos…

El primer descubrimiento me hizo ver que muchas veces observaba las cosas desde otro sitio que no era la mente. Cuando observo la vida desde otro lugar que no es la mente, la conciencia de ello, el “darme cuenta” es espontáneo, fresco, directo, sorprendente. Puedo colocar el foco de luz sobre un objeto que he visto miles de veces, y verlo entonces por primera vez, realmente por primera vez. Porque

cuando miramos sin pensamiento alguno, vemos por primera vez

La mente no nos permite ver de verdad. Lo único que vemos cuando miramos a través del filtro de nuestra mente, es lo que la propia mente espera ver: es una proyección de nuestra idea sobre aquello que estamos observando. Y al estrechar tanto el haz de luz, convierte esa simple proyección en una realidad absoluta, cuando es sólo un puro espejismo, un espejismo que encaja con nuestras viejas creencias. Eso es lo que nos mantiene dormidos, creyendo que lo sabemos todo, cuando la realidad nos muestra que todo es nuevo a cada instante y que no hay nada ni nadie que no esté naciendo y muriendo segundo a segundo…

El segundo descubrimiento de la bella mirada secreta es que no sólo puedo cambiar de lugar el foco de luz y mirar desde más allá de la mente, en el más cristalino silencio, sino que también puedo ampliar el foco de luz, abrirlo más y más y más y más, en una perspectiva cada vez más amplia y totalizadora. Como si pudieramos mirar aquello que nos preocupa o aquello que tanto deseamos o aquello que amamos o lo que no soportamos desde una altura tan elevada como pueda ser la visión del planeta desde un cohete. ¿Te imaginas cómo valoraríamos entonces las cosas? Cambiaría mucho la importancia que le damos a tantas historias nuestras… Cambiaría mucho la importancia que le damos a nuestra propia persona… La luz de la conciencia, sin límites, observando la vida y maravillándose a cada momento. No es ciencia ficción. Todos tenemos un foco de luz, movible y que puede abrirse hasta el infinito…

De descubrimiento en descubrimiento. De pequeño milagro en pequeño milagro. Puro agradecimiento.

¡Feliz Ahora!

 

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La Mirada y el Dolor

Es el reflejo lo que nos conducirá a la Verdad, no lo reflejado

La mirada secreta

 

 

*foto cedida

Iba a escribir una especie de relato metafórico sobre las últimas semanas y lo que la mirada secreta ha querido regalar a quien esto escribe. Y de repente, la propia mirada no ha querido que me ande con florituras.

El dolor del cuerpo irrumpe en la vida de los seres vivos muy a menudo y de muy diversas maneras. El dolor ocurre en la superficie de la conciencia, como todo aquello que aparece para luego desaparecer. Y detrás del dolor (en lo profundo), igual que detrás de cualquier vivencia, sigue estando el silencio reverente, la quietud sagrada, la serena alegría, allí de donde viene la mirada secreta, iluminando con sus nítidos rayos lo antes nunca visto, empapando de la luz de lo verdadero.

Y la experiencia de dolor ha permitido que la mirada me susurrara al oído cosas que antes quizás había intuido pero que nunca había visto con tanta claridad…

A veces, cuando tenemos dolor o estamos enfermos, es fácil que nuestro “yo” fabricado de pensamientos se tambalee e incluso llegue a destruirse (que es lo mejor que nos podría pasar), igual que un edificio afectado por un terremoto. El terremoto físico acaba fácilmente con muchos de los atributos que creía “tener” y que formaban parte de “mi yo”. Dejamos de ser independientes, no podemos valernos por nosotros mismos, necesitamos que los demás nos ayuden hasta en la higiene íntima. Lloramos como niños, gritamos de desesperación, perdemos los modales, nos enfadamos, imploramos. Tenemos que pedir cosas tan peculiares como que nos dejen la tapa del inodoro levantada porque nosotros no vamos a poder hacerlo, -eso en el caso de que podamos llegar al lavabo-. Y empezamos a pensar que ya no somos quienes éramos: tu que eras tan valiente, ahora no lo eres tanto. Tu que eras fuerte, ahora eres débil. Tu que eras tan paciente, ahora eres impaciente. Tu que eras tan generoso y tan considerado con los demás, ahora eres egoísta. Eso crees de ti.

Y sin embargo, sigues siendo tu. Es a ti que te está sucediendo esto. Ahora tienes dolor. Y antes no. Hay un “yo” que vive las diferentes experiencias y que siempre es el mismo. Es como el muñequito que ahora se le pone un bigote, y ahora se le saca, y ahora se le pone un sombrero, y ahora no. El muñequito siempre es el mismo. Tu no eres el dolor. Ni eres egoísta o considerado o generoso o impaciente. Esos y muchos otros atributos son nuestros bigotes y sombreros.

Ahí está el fondo inalterado. Viviendo esa experiencia. Y a ese fondo le sigue llegando la mirada secreta.

La mirada secreta no es de la persona.

Cuando el instrumento está mal, -sea el cuerpo, la mente o ambos-, la mirada sigue viendo con la misma claridad de siempre. Los rayos siguen iluminando porque el Sol sigue aquí. Pero el instrumento que está mal puede desafinar en la interpretación de lo que la mirada enseña. Eso es lo que nos pasa a todos si colocamos nuestra identidad en lo que no somos. Si creo ser mi cuerpo dolorido no podré ver con claridad. No podré dejar que la belleza del rayo de luz se refleje,ni su claridad, ni su serena alegría. ¿Recordáis la entrada al blog “La belleza en la mirada” del 7 de abril? Pues eso es lo que descubrí durante este terremotillo vivido:

nada de lo que sucede a la persona tiene importancia. Lo único importante es lo que se refleja a través de la persona, de la Luz de la Verdad

El dolor también me enseñó sobre el amor. El amor que se da y se recibe, que no espera nada a cambio, que es espontáneo y dulcemente poderoso, ese amor que abruma a la persona. Ese amor hacía llorar a quien esto escribe y vio que

el amor desinteresado abre el corazón y un corazón abierto rezuma amor desinteresado

Y vi con plena claridad que todo ese amor era un reflejo del Amor que Es. Si la persona viviera el Amor que Es, el origen de todo este amor, en el estado de conciencia en el que estamos, ese Amor nos fulminaría, porque no lo podríamos contener. Igual que unos ojos acostumbrados al reflejo del Sol no pueden mirar directamente el Sol porque se cegarían.

Es por eso que a la Verdad sólo la conoce la Verdad.

Puede ser que esta persona sea débil, egoísta, impaciente, o maravillosa, dulce, amorosa y entregada. No importa. Pues, a momentos, refleja la luz del Sol.

Juan de la Cruz dice en su bellísimo Cántico Espiritual:

“no quieras despreciarme,

que, si color moreno en mi hallaste,

ya bien puedes mirarme

después que me miraste,

que gracia y hermosura en mi dejaste”

Eso es lo que la mirada secreta me ha mostrado: la experiencia de dolor me ha enseñado que no hay ni un sólo atributo que tenga que ver con quien soy. El dolor, a través del amor, ha abierto el corazón. La mirada ve, independientemente del instrumento, y sus reflejos son infinitos. Se puede atravesar la identificación con el cuerpo y vivir en el centro que soy, allí donde habitan eternamente la paz y la serena alegría del Amor Infinito.

¡Cuan grande la esperanza y cuan grande el agradecimiento al reflejo y a la Luz!

¡Feliz Ahora!

*foto cedida por ikibcn http://www.barcelonamola.me

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Las verdades de juguete

 

Durante toda mi vida, viví en el mundo de las verdades.

Este era un mundo en el que lo importante era tener respuestas.

En este antiguo mundo mío, al que algunos llamaban “El Territorio de las Mil y Una Verdades”, el rey era el que más respuestas tenía. Las respuestas eran el tesoro más preciado. Las respuestas eran poder, eran admiración garantizada. Quien tenía respuestas para todo, era el más sabio. Se otorgaban premios a quien encontraba una respuesta altamente codiciada, mientras que los ciudadanos de segunda clase eran aquellos que no solían tener respuestas, se dejaban robar las suyas, no las sabían defender, o simplemente las entregaban a la más mínima amenaza.

Los que allí viviamos, eramos grandes buscadores de respuestas. La rapidez era muy importante. En cuanto algún incauto formulaba una pregunta, salíamos todos a tropel en búsqueda de la respuesta ganadora. Y si otro incauto nos daba una respuesta que considerabamos verdadera, nos apropiabamos rapidamente de ella, haciéndola nuestra. Y entonces, hinchábamos el pecho y mostrabamos con orgullo la nueva conquista al mundo entero.

También es cierto que en el caso de tener buenos amigos, corríamos a compartir con ellos la respuesta conquistada. Si los amigos la aceptaban, nos sentíamos poderosos, generosos y sabios. Y si nuestros amigos no la aceptaban, luchabamos para demostrar que aquella era una respuesta buena, una verdad, aunque en la lucha perdiéramos el amor, la amistad, la paz o la armonía de nuestra amistad. Incluso se había dado el caso de, por no compartir la misma respuesta, haber llegado a matar al otro… Muy, muy tremendo El Territorio en el que vivía…

En este reino de las respuestas, el sol salía por el este y se ponía por el oeste. Eso era un hecho irrefutable, que no generaba ninguna duda y por ende, no podía codiciarse como verdad de nadie ni nunca generó grandes batallas…

-aunque seguro que hubo algún pobre infeliz que recibió, porque en ese mundo siempre los hay que reciben. Sólo hace falta no aceptar la respuesta de la mayoría-

Que el sol salía por la mañana por el este, y se escondía al atardecer por el oeste era una verdad de todos los que viviamos allí.

Y porque el sol cada día hacía este recorrido de izquierda a derecha, y eso era irrefutable y nadie dudaba de ello, todos los habitantes del reino de las mil y una verdades pensabamos de izquierda a derecha. Es decir, primero pensabamos una pregunta y después hacíamos tooodo el recorrido hacia la derecha hasta que pensabamos una respuesta. Igual que el sol. Y ya está. Como en los concursos de la tele: respuesta correcta. Todos comprábamos esa respuesta –menos esos pobres infelices que antes comentaba- y… ¡a la búsqueda de otra respuesta!

Pero un día inesperado, inesperadamente me encontré viendo el Reino de las respuestas desde más allá del cielo. No sé cómo pasó. Fué como cuando despiertas de un sueño y de golpe estás en tu cama… El hecho es que ví algo que me dejó atónito. Ahí estaba El Territorio de las Mil y Una Verdades, flotando en el espacio infinito… Y un poco más allá estaba el Sol, tan inmóvil y tan presente como el propio reino mio. El Sol estaba allí, iluminando siempre. No se movía. ¡No hacía ningún recorrido! ¡Dios mío! Una verdad tan irrefutable, que no generaba ninguna duda en nadie, ¡¡no era verdad!!

Y tal como lo ví, mi mundo de las respuestas se deshizo en trillones de nanopartículas. Se rompió la hucha en la que había guardado tan celosamente todas las respuestas que había ido atesorando, desde que tenía uso de razón…

bueno, no os lo había dicho todavía, pero sólo los ciudadanos con uso de razón podían tener respuestas-

Y todas las respuestas que tantos años de estudio, de lucha, de apropiación indebida, había tardado en atesorar; todas las respuestas que me habían regalado, respuestas que había pagado muy caro, todas, todas las respuestas cayeron al vacío. Y un viento huracanado que venía de un lugar desconocido, se las llevó.

Y entonces me quedé sin respuestas. Ya no tenía nada. Ni poder, ni la admiración de los demás, ni sabiduría. Por no tener, ya no tenía ganas de ganar premios, ni de luchar, ni siquiera de pedir a algún buen amigo que me regalara aunque fuera una sola respuesta. Total, ¿para qué? ¿Para acumular respuestas que ahora ya sabía que eran de juguete?… ¡Si! ¡Eso era! ¡¡El reino de las respuestas era un reino de juguete!! ¡¡¡Era un reino imaginado!!!

Ahora lo entendía.

Respuestas de juguete en un reino de juguete…

Y es que había conocido a la mirada secreta. Qué dulce y maravillosa mirada. Cuanta compasión para nosotros, habitantes de un reino de juguete, jugando a atesorar respuestas de juguete.

La mirada secreta me desterró del reino de las respuestas.

Me expulsó del territorio de las mil y una verdades. Y lo hizo porque giró mi visión 180 grados y más allá. Ahora ya no miraba de izquierda a derecha, sino que me enseñó a mirar directamente allí donde viven las preguntas.

La Mirada me animó a establecer mi nuevo hogar en el pais de las preguntas, un pais generoso con sus habitantes, abierto a la totalidad, en donde se respira libertad, en donde

la más alta posesión es no poseer ninguna respuesta.

Un mundo en el que es fácil amar, vivir en armonía y en paz, un gran mundo, el mundo de las preguntas. Pero no es el Último mundo. No para mi, que ni el mundo de las preguntas me sirve ya de respuesta.

Y, a veces, algunas veces como en este mismo instante, es la mirada secreta la que me muestra una pregunta. Me la pone delante y yo quietecito la miro. Miro la pregunta como miramos una puesta de sol hermosa, miro sin esperar nada, miro sin pensar nada, sólo miro. Y la mirada secreta me deja atisbar brevemente lo que hay detrás del interrogante, me deja ver a través del puntito del interrogante lo que hay detrás.

Y eso que veo en un instante nunca me da la respuesta y tampoco lo recuerdo luego. Pero no importa.

A veces me provoca una nueva pregunta, una pregunta más honda, una pregunta que engloba a la anterior pregunta….

Y otras veces, aquello que he visto por el agujerito del interrogante, deja mi mente en cortocircuito, saltan los plomos de mi mente, y quedo en silencio reverente.

Hace un tiempo, la mirada secreta me mostró que la pregunta puede ser la puerta y que la Verdad vive aún más allá de donde se origina la pregunta. Me mostró que no hay una y mil respuestas y que

la Verdad no se puede atesorar, simplemente, porque la mente no la puede abarcar.

Y así voy caminando. Con los ojos abiertos y en silencio reverente.

La mirada es quien hace el trabajo.

¡Feliz Ahora!

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Investigando sobre la mente y la consciencia

wpid-Photo-28082012-0755.jpgPues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. 

 Mc. 4,2

El otro día estábamos investigando sobre lo que es ver y lo que es pensar. Y, aunque intuitivamente sabíamos la enorme diferencia que supone vivir desde el ver y vivir desde el pensar, no acabábamos de ser capaces de explicarlo -sólo la mirada secreta es capaz- Y en un momento dado, una de nosotros, llenita de amor por la Verdad, compartió la siguiente vivencia:

…una noche estaba cenando con una persona muy querida y estaba siendo muy feliz. Pero, en un momento dado, se me cruzó el pensamiento de que la felicidad, por muy grande que sea, a duras penas sobrevive un instante. Y entonces, mi felicidad se esfumó…

Al principio creímos que ella había dejado de ser feliz porque se había dado cuenta de que la felicidad dura un instante y, claro, frente a este panorama, cualquiera no se deprime, ¿verdad?

Bueno. Ese es el estado más habitual del ser humano. Pensamos sobre lo que acontece sin ser conscientes de ello.

Estamos continuamente pensando, pensando sobre lo que aconteció o sobre lo que puede ocurrir, pensando sobre lo que nos pasa, sobre cómo somos o sobre los misterios de la vida. Vivimos pensando. Pero no solo vivimos pensando, sino que vivimos desde nuestros pensamientos.

Y pensar quiere decir interpretar, juzgar, decidir, planificar, e incluso inventar según nuestros conocimientos, condicionamientos psicológicos y creencias. No nos damos cuenta, pero el pensamiento siempre manipula aquello sobre lo que está pensando. Le pone etiquetas, lo cataloga y la persona lo vive según esa manipulación.

Hay diversas escuelas psicológicas, pseudopsicológicas y demás líneas de terapia que se han dado cuenta de ello. Y para tratar de que seamos felices, proponen que las personas entrenemos a nuestra mente a pensar “en positivo”, a tener “pensamientos positivos”. Dejando de lado el juicio que ya supone en si mismo catalogar unos pensamientos de positivos y otros de negativos, es cierto que si hemos de vivir bajo la dictadura de los pensamientos, es preferible que el tirano sea amable…

Pero es que podemos vivir libres. Libres de tiranías. Libres de escuelas que nos digan cómo hemos de vivir. Y sobre todo, podemos vivir libres de nuestros propios pensamientos… y ser felices. De hecho, esta es nuestra verdadera naturaleza. Si no, mira a los niños, mira al niño que fuiste, y lo verás…

Y ¿cómo? se pregunta la mente

Pues, en vez de vivir desde los pensamientos, podría vivir desde lo que veo directamente, sin interpretarlo, ni juzgarlo. De forma neutral. Ser consciente de lo que acontece, sin pensamiento alguno.

Es tu atención consciente, libre de pensamientos, la que puede llegar a ver. La atención consciente es el ojo que ve más allá de lo pensado. En ella siempre hay inmutabilidad. Lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, el dolor y el placer, la enfermedad y la salud, la vida y la muerte, lo amado y lo rechazado, giran y giran a su alrededor. Se parece al ojo del huracán, siempre inafectado, quieto, silencioso, en paz.

De hecho, cada vez que vivimos plenamente, estamos en este estado de ser conscientes sin pensar. Cada vez que el tiempo parece haber desaparecido, cada vez que nos dejamos llevar por la belleza de una música, de un paisaje, simplemente contemplándolo, somos conscientes y no pensamos. Cada vez que ponemos toda nuestra atención en cualquier tarea, somos conscientes y no estamos pensando.

Eso es lo que le sucedió a la bella persona del corazón enamorado de la Verdad, mientras estuvo plenamente atenta en la cena. Consciente de lo que vivía, de su felicidad, sin pensarla. Y cuando le entró el pensamiento “la felicidad sólo dura un instante”, se fue tras el pensamiento.

Eso lo estábamos viendo todos en la reunión cuando nos lo estaba explicando. Pro entonces entró la mirada secreta y nos hizo ver más todavía, ya que no fue este pensamiento el que le robó su felicidad sino el hecho de habérselo creído, de haber creído que es cierto que “la felicidad sólo dura un instante”.

Ella primero vivió con atención plena …. vivía plenamente la cena y se daba cuenta de su felicidad…. Luego pensó “la felicidad sólo dura un instante”…. y finalmente se creyó ese pensamiento… y dejó de ser feliz. Es un excelente ejemplo de lo que es vivir desde el pensamiento

Para darse cuenta, para vivir desde la atención plena, para ver, hay que salir de la mente, de lo pensado. No hay otro camino.

Cuando la mente dice “esto es muy dificil; yo no puedo conseguir percibir de otra manera, no puedo conseguir verlo. Aunque entiendo lo que dices,no lo consigo ver. Es muy difícil, muy difícil“; o decimos “yo no puedo estar dándome cuenta de todo, eso requeriría un esfuerzo enorme que yo no puedo hacer“; o “toda la vida lo he visto de esta manera y ahora cambiarlo es como muy complicado” es porque creemos que es la mente la que ha de darse cuenta, de que “darse cuenta” es un nueva forma de pensamiento.

Pues bien, lo que nos pasa es que tratamos de ver la inmensidad del horizonte mirando desde dentro de una caja cerrada. Es así de difícil. Vamos, que no es que sea difícil, es que es más bien imposible. La mente no puede darse cuenta, no puede ser testigo nunca. Para ver la inmensidad del horizonte hay que salir de esta caja cerrada.

El ego -la mente psicológica-, precisamente, es esa caja cerrada. En el ego no puede entrar nada ni salir nada. El ego está compuesto de toda una serie de combinaciones de unos datos concretos y no genera jamás nada nuevo. Por eso, cuando tratamos de ver desde el ego, no podemos ver más allá. El ego no tiene la mirada. Solamente es una fábrica de permutaciones, en donde la materia prima es la que es: datos de condicionamientos. Cuando nos parece que hacemos algo totalmente innovador, en realidad lo único que hemos hecho ha sido permutar, combinar. De la misma manera que hemos de salir de la mente, hemos de salir del ego. El ojo no está en el ego. No está en la mente.

La Mirada Secreta me susurra al oído:

Mantente atento, mantente despierto, con la mente en silencio. Haz oídos sordos a la cháchara mental, igual que haces oídos sordos a las conversaciones de otros que no te interesan. Y mira, mira con la mirada del niño, mira con una mirada nueva, libre de juicios, que no busca la utilidad sino la visión clara. Acostúmbrate a vivir desde lo que ves, con esa mirada, y no desde lo que piensas.

Sólo puedo buscar ver con más y más luz. Todo lo demás es consecuencia natural de ver: la acción libre, el desapego, vivir sin deseos, el Amor, la Belleza…

Utiliza la mente como instrumento, pero no la obedezcas

La Mirada secreta surge del silencio de la mente, de la atención consciente y silenciosa. La Mirada secreta es la mirada pura, inocente…

Mirar, estar atento, vigilante. Solo eso.

Sin pensar, juzgar, interpretar, calcular, conceptualizar…

¡Feliz Ahora!

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LA FUENTE DE LA FELICIDAD II

“Buscar la felicidad no es vivir felizmente”

Thomas Merton

“Escritos Esenciales.”

Pregunta a tu pareja o a tus amigos qué es lo que más desean en la vida. Algunos te contestarán: “ser feliz”. Otros contestaran que quieren poder. Otros, dinero. Otros, muchos, amor. Otros, menos, comprender el sentido de la vida.

Si te contestan cualquier cosa que no sea ser feliz, pregúntales por qué desean lo que han contestado y verás que acabaran diciendo que lo desean porque creen que eso les hará felices.

No importa lo que busquemos, porque bajo el aparente deseo, está el anhelo de felicidad, de plenitud. Creemos que consiguiendo poder, seremos felices. O dinero. O amor. O alguna nueva creencia que por un tiempo calme el clamoroso grito de vacío que resuena en el centro de nuestro pecho. Es igual, porque en la historia de la humanidad,

Lo que todos y cada uno de los seres de esta tierra deseamos es ser felices

Es nuestro deseo universal, compartido por todos. Quizás es lo que más nos une e iguala. Quizás es la característica más humana de todas. Hasta podríamos decir que

El anhelo de felicidad, es el principal motor de nuestras vidas

Se nos educa e incluso se nos presiona para que sepamos qué es lo que queremos: hemos de tener un objetivo en la vida que nos conduzca a esa felicidad que está esperándonos en el futuro. Y si somos de esos seres humanos que no saben bien bien lo que quieren, vamos a empezar a ansiarnos (como dice una hermosísima alma en la consulta), porque creemos que tenemos que tener clara nuestra meta y después, conseguirla. Nos dicen que éste es el camino hacia la felicidad. Y nosotros nos lo creemos, sin investigarlo. Y entregamos nuestra vida a esa creencia.

Pero, ¿qué hay de verdad en todo esto? ¿Es cierto que tenemos que saber cómo conseguir nuestra felicidad? ¿Es cierto que si conseguimos lo que nos propusimos, entonces seremos felices?

Me paro un momento y miro. Miro con la mirada nueva, una mirada limpia de cualquier creencia que me permita atisbar algo de verdad.

Y veo que, sin saber cómo conseguir la felicidad, algunos seres humanos han vivido en ella, como si de una gracia se tratase.

También veo que otros muchos -la mayoría- han luchado toda la vida para conseguirla y nunca la han vivido.

Puedo ver que cuando conseguimos algo de lo que deseábamos, temporalmente parece que somos felices.

Y ahora, ahora que la mirada secreta está susurrándome al oído, veo por primera vez que quizá la fugaz felicidad que sentimos cuando se cumple nuestro deseo, no es por tener el objeto de nuestro deseo, sino porque durante un ratito de vida ¡no deseamos nada más!

Rememoremos juntos, en este momento, cuándo nos sentimos felices. Vamos a investigar juntos y a ver si hay alguna característica que nos dé pistas nuevas…

A ver….

Veo, por ejemplo, que la felicidad es una ¨sensación¨, está en el reino de lo experiencial, de lo vivencial. No pertenece al mar mental. Quizá alguien puede decir que cuando piensa en tal o cual cosa, se siente feliz. Aún y así, la felicidad que parece venir de esos pensamientos es también vivencial. Siempre es vivencial ¿Lo ves tu también?

Y como es vivencial, solo se puede vivir en el ahora. No podemos vivir ni en el pasado ni en el futuro. Por lo tanto, solo podemos ser felices ahora  ¿si?

Y cuando estoy plenamente en el ahora, plenamente, no pienso (el pensamiento siempre está en el pasado y en el futuro, obsérvalo y lo verás) Así que en el estado de felicidad no hay pensamiento

Y cuando no hay pensamiento, no hay referencias a este “yo” que creo ser. Porque este “yo” es un “yo” pensado. Por lo tanto, en estado de felicidad no hay “yo”.

También veo que a veces he querido repetir algo que he hecho y que en su momento me aportó felicidad, y sin embargo, cuando lo repito, ya no siento lo mismo. Por eso puedo decir que:

La felicidad no depende de lo que nosotros hacemos

Si estas feliz, la felicidad se convierte en una cosa que hay que conseguir y que se puede perder; ahora lo estarás y después, no. Si fuera una cosa que hemos de conseguir, entonces seria correcto buscarla.

Pero ya hemos visto que la felicidad no es una cosa, por lo tanto no se puede buscar.

Observa lo descubierto hasta ahora:

Tú eres felicidad. De hecho, no puedes ser de otra manera. Porque la felicidad es el aroma de la esencia de quienes realmente somos, pertenece a nuestra naturaleza.

La felicidad es nuestra naturaleza.  Y surge limpia y diáfana cuando se disuelven en la nada los diferentes velos que la cubren: los deseos, los juicios, el pasado y el futuro… Cuando no hay perturbación alguna, reina la felicidad. Siempre está aquí, por eso no la podemos buscar. Sólo la podemos encontrar.

Aquí y ahora. Sé quien en verdad eres. No necesitas nada más.

Nunca mejor dicho (quizás ahora veas la pista :)

¡Feliz Ahora!

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El mar mental

Tira tus preocupaciones al viento, gira hacia adentro y encuentra la paz.

 Ramana Maharshi

Una preciosa mañana de verano paseaba por la orilla del mar mientras las plácidas olas venían a desvanecerse a mis pies en un rítmico vaivén. Soplaba una brisa sutil y el sonido apenas audible de las olas se mezclaba armoniosamente con los gritos lejanos de las gaviotas.

El día parecía despertar perezosamente. Y perezosamente andaba yo, como si todo el escenario fuera introduciéndose por los poros de mi piel hasta empapar de silencio mi cabeza y de serena dicha mi corazón.

 Fue entonces cuando la Mirada me empezó a hablar –a la Mirada le encanta presentarse cuando reina el silencio en mi mente y la paz en mi corazón-.

 Aquel día me enseño que nuestra mente es como el mar. Y me hizo ver…

 Lo primero que me enseñó fue a darme cuenta que los pensamientos  aparecen, crecen, disminuyen y desaparecen, igual que las olas en el mar. E igual que el mar poco puede hacer para que las olas se formen o se deshagan, me di cuenta que mi voluntad poco tenia que ver con la aparición de los pensamientos. Los pensamientos se presentan inesperadamente en el mar de mi conciencia y yo poco puedo hacer para evitar que aparezcan o que desaparezcan. Para mi fue un descubrimiento muy importante porque hasta entonces me habían enseñado que yo era la única responsable de lo que pensaba y eso a veces, me hacía sentirme culpable. Especialmente cuando no tenía los llamados pensamientos positivos, tan de moda en nuestros días.

mis pensamientos vienen y van sin que medie mi voluntad

 Y seguí mirando, acompañada por la inspiración secreta que ya empezamos a conocer…

Vi que los pensamientos a veces se forman muy rápidamente, se crecen en cuestión de segundos, amenazando con llevarse por delante cualquier intento de detenerlos. Y en pocos segundos, la reacción emocional se hace presente con intensidad también creciente. No es posible que aparezca un pensamiento potente y el corazón de las emociones se mantenga tranquilo. También vi como los pensamientos potentes del pasado me traían emociones de añoranza, de tristeza, de melancólica felicidad, de culpa… Pensamientos potentes del futuro me traían emociones de ansiedad, miedo, esperanza, preocupación, ilusión… Igual que las enormes olas que te sorprenden jugando en la orilla del mar y que en segundos producen reacciones: se llevan la colchoneta o empapan la toalla o pegan un revolcón al bañista despistado. Olas crecidas, consecuencias grandes:

 pensamientos crecidos, emociones intensas

Otras veces aparecen en el mar mental largos pensamientos insidiosos que parecen no acabar nunca. Y esos pensamientos producen emociones insidiosas. Igual que las largas olas mantienen el velerito subiendo interminablemente por la ola para después tener que bajar interminablemente también o incluso pueden acabar llevándose toda la arena de la playa, dejándola bien empobrecida…

pensamientos insidiosos, emociones insidiosas

Y otras veces, como aquella mañana en que las nubes del cielo podían contarse mirando su reflejo en el mar, a duras penas hay algún pensamiento, tan sutil y de puntillas anda la mente que apenas perturba la superficie. En esos momentos la mente refleja la mirada secreta en toda su belleza, de tan quietecita que está y el corazón se reconforta en su paz.

poquitos pensamientos, paz emocional

 Así fue como descubrí que las emociones que tengo son la reacción que tiene mi persona a los pensamientos que se gestan en mi mente.

Había visto claramente que yo no era la responsable de los pensamientos que se hallaban en mi mente y que estos producían sus consecuentes reacciones emocionales. Pero ¿de qué dependía que los pensamientos fueran crecidos, insidiosos, cortos, largos, sutiles o que casi no hubiera pensamientos? Entonces la Mirada Secreta me mantuvo un ratito más observando el mar…

…Observé que las olas que se crean en el mar dependen de elementos externos, principalmente del viento. De la misma manera vi como los vientos de la vida revuelven la superficie de la mente, ondulándola cuando soplan suaves y embraveciéndola cuando soplan fuertes. Y me dí cuenta de que solemos vivir a merced de los vientos y sólo sentimos calma y paz cuando los vientos nos lo permiten.

Pero igual que en el mar,

el movimiento de la mente es sólo superficial y a cierta profundidad, las aguas de la mente permanecen quietas

Cuando vemos el oleaje desde fuera, por muy grande que sea, podemos ver el milagro de la naturaleza en acción sin sufrir. Pero si nos hallamos en la superficie del mar, podemos pasar muy mal rato e incluso ahogarnos. Y la mayoría del tiempo vivimos en la superficie de la mente, a merced de los elementos externos.

Sin embargo, cuando descubrimos que el mar es inmenso, no sólo en su horizontalidad sino en lo profundo, podemos aprender a sumergirnos. Sólo que nos sumerjamos un poco, entramos en contacto con un mundo nuevo, en donde realmente reina la paz. En el fondo siempre reina la paz.

Sumergirnos no es luchar contra las olas para que el mar permanezca quietito. No es luchar contra la fuerza del viento o querer que pare el viento. Sumergirnos es salir de la superficie, independientemente de si hay olas o no o si hay o no viento. Salir de la superficie y adentrarnos en la mente, allí donde reina el silencio. Esa paz no la podemos crear a nuestra voluntad porque no se puede crear lo que ya es, pero podemos ir allí donde vive.

En el fondo de nuestro mar mental no hay pensamientos ni de pasado ni de futuro, no hay emociones reactivas. Sin embargo, allí es donde viven nuestros sentimientos más bonitos, más auténticos, sentimientos de amor, de belleza, de armonía, de paz y de libertad. Inalterables. Siempre. Tanto si nos adentramos alguna vez en sus profundidades como si vivimos en la superficie y morimos en la superficie, allí están, aguardándonos.

¡Feliz Ahora!

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