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El silencio de las flores

silencioflores

” …cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”

Juan de la Cruz

Llegó la alegría de la mano de la naturaleza y después sólto su mano para instalarse en el alma despierta, que es su casa…

A veces, cuando el alma anda dormida, lo único que podemos hacer es abrir la puerta de su casa. Dentro reina un silencio, que aún sin ser el Gran Silencio, es silencio, el silencio del sueño. Si asomas la cabeza verás a la Alegría, a la Paz, a la Libertad, al Amor, a la Sabiduría, a la Belleza, a la Compasión, a la Armonía y a todo el resto de esencias de la Verdad, todas enroscadas en sí mismas, hechas un ovillito y durmiendo el sueño inocente del recién nacido…

Y así lo hice. Abrí la puerta de la casa del alma, donde el silencio del sueño vela amorosamente sobre los aromas de la Realidad. Los ví durmiendo y salí de puntillas, dejándo tras de mi la puerta abierta…

Y entonces, por delante de la puerta del alma, pasó una flor… y la Belleza dormida y recogida en el fondo de la estancia pareció estremecerse pero no… no se despertó…

… después pasó frente a la puerta abierta un paisaje espléndido y la Armonía que está roncando en aquel rincón, dió un pequeño respingo pero no… no se despertó -aunque pude entreveer como sonreía en sueños-…

… más tarde pasó un águila frente a la puerta abierta del alma… y la Libertad que andaba durmiendo a sus más grandes anchas -tal como le toca por su condición de esencia mayor- suspiró profundamente, se movió pero……no. Acabó recolocándose en una posición más cómoda pero tampoco despertó…

…y al rato pasó mi amante…. y el Amor durmiendo en el centro de la estancia se puso a palpitar muy fuerte, tanto que casi despertó, pero no…. Y es que ¡se está tan bien durmiendo!

Y así ha ido sucediendo. Aunque casi no se notara, el alma iba despertando al canto de todas las inspiraciones. Y al final, cuando todo empieza, una inspiración llamó en el momento más oportuno a la Alegría. Y la Alegría, siempre presta a despertarse en este alma mía, saltó de su lecho y rauda como la luz que le dá la vida, salió por la puerta y se fué a pasear con la naturaleza, de su mano. Y cuando ya estaba bien despierta, la soltó y volvió a la casa. Ni corta ni perezosa abrió las cortinas y ventanas para que se oyera bien fuerte el tañido de las campanas de la catedral de la Vida, despertándo a todas las Esencias, y el alma, de nuevo, resucitó de entre los dormidos…

En el centro del centro. En una sola de los millones de flores que tapizan la Tierra, en una sola, contemplándola, se vé la Verdad. Cuando la flor se abre ya no se vuelve a cerrar hasta su disolución. La flor se abre y su belleza es fuente de vida. En su bondad esencial alimenta los estómagos de unos y los corazones de otros.

La flor es ofrenda de Amor. Sutil hermosura inocente. Aliento de la Armonía de la vida.

Aparentemente frágil, vive en profunda confianza hacia la luz y sus raices. Su visión primorosa silencia los pensamientos. En su presencia mora el mundo de las Esencias.

El silencio de las flores habla a la mirada secreta,

y en su silencio pace el Amado, quien puso su mano hasta en la más diminuta flor, vistiéndola de plenitud, al ojo de aquel que respira despierto…

¡FELIZ AHORA!

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La esclavitud del ser humano

La libertad es la naturaleza del hombre. Vimala Thakar




 

Durante mucho tiempo me pregunté por qué la mayoría de las personas que conocía, aún cuando les fuera bien en la vida, sentían un cierto vacío, una añoranza difícil de definir, un anhelo de libertad (a pesar de no estar aparentemente atados a nada), una felicidad mayor a la que tenían…

Con los años he visto en mi y en el resto de los seres humanos como éstas “profundas, extrañas e indefinibles carencias” parecen acompañar la experiencia de vida independientemente de las circunstancias en las que viva la persona. Aún si la persona lo tiene “todo”, o en casos contrarios, hay en nosotros esa añoranza de libertad, de felicidad expansiva, de paz profunda. Un misterio que ha llamado a mi anhelo de comprensión una y otra vez.

Investigando sobre ello, un día la mirada secreta puso algo de luz sobre el misterio de las profundas, extrañas e indefinibles carencias del ser humano. Y a ese conjunto de anhelos intrínsecos al hombre le llamó “esclavitud“. En aquel momento no entendí mucho. Tenía asociada la esclavitud a una situación externa al hombre, a una situación de privación de libertad debida a las circunstancias vivenciales. Al seguir profundizando, me di cuenta que el estado de esclavitud podía incluir aquellas personas adictas a algo o a alguien -la adicción es una gran cadena del hierro más duro que impide que la persona se mueva y la mantiene atada firmemente al objeto de su adicción. Pero incluso en este caso, no parecía que atañera a toda la humanidad… ¿o sí? ¿Podíamos tener todos una adicción que hasta ahora me hubiera pasado desapercibida?

Y ahí vino el segundo rayo de luz, desde mi querida mirada secreta

¡Toda la humanidad somos adictos!

Por eso nos sentimos así en lo profundo. Por eso anhelamos una libertad que a duras penas entendemos, una paz que no sabemos por qué no la tenemos, una alegría serena, salir de algo que parece apretarnos el corazón -a veces más, a veces menos-. Somos adictos. Estamos “enganchados” y por eso vivimos esclavos de nuestra adicción.

A estas alturas quizá algunos de nosotros podamos aceptar honestamente que sentimos estas profundas, extrañas e indefinibles carencias que nos hacen sentir prisioneros de algo. Otros lectores negaran que sientan nada de esto, -aunque lo más probable es que lo sientan, pero quizás más adentro-. Pero en ambos caso, si somos esclavos: ¿de qué nos hemos de liberar realmente? ¿en qué consiste nuestra esclavitud?. Y ¿cómo podemos liberarnos?

Muchos de nosotros, sintiendo claramente esta extraña opresión, buscamos liberarnos de ella.

Casi siempre empezamos tratando de resolver la última pregunta -cómo liberarnos-, sin saber a qué estamos atados con cadenas, a qué somos adictos.

Y probamos una y mil estrategias para sentirnos mejor: distraernos para no tener tiempo de estar a solas con nosotros (la sensación de aprisionamiento suele empeorar ¿verdad?); hacer mil y una terapias, cursillos, talleres de crecimiento a ver si solucionamos algo que creemos que sólo nos pasa a nosotros, un problema que debe ser el causante de esta infelicidad subterránea…; poner nuestras vidas al límite en deportes arriesgados o conduciendo a toda velocidad, o intoxicándonos, porque el riesgo dispara la adrenalina del cerebro a la corriente sanguínea y por un ratito me siento plenamente vivo y en ese ratito desaparece ese ahogamiento sutil y semi oculto… Así andamos, tratando de liberarnos, aunque todavía no hayamos descubierto que es lo que nos mantiene esclavizados, qué es lo que nos tiraniza y nos impide ser libres, anchos, alegres, llenos de paz…

En este punto, la mirada secreta ya había susurrado a mi oído el nombre del tirano.

Vamos a ver si lo descubrimos entre todos. A ver si descubrimos la “sustancia” a la que estamos enganchados, el tirano que nos esclaviza…

Para que podamos hablar de adicción, se han de cumplir algunos criterios concretos. Copio los que se adaptan mejor a nuestra adicción a descubrir, del Manual Diagnóstico de Psiquiatría. Definen la adicción como un patrón maladaptativo de uso de sustancias que conlleva un deterioro o malestar expresado por al menos tres criterios durante al menos un año. Os copio algunos criterios: el efecto de las mismas cantidades de sustancia disminuye claramente con su consumo continuado; la sustancia se consume en cantidades mayores o durante un período más prolongado de lo que originalmente se pretendía; existe un deseo persistente o se realizan esfuerzos infructuoso por controlar o interrumpir el consumo de la sustancia; reducción o abandono de actividades sociales, laborales o recreativas debido al consumo de la sustancia; se continúa consumiendo la sustancia a pesar de tener conciencia de problemas psicológicos recidivantes o persistentes que parecen causados o exacerbados por el uso de la sustancia..

¿Cuál podría ser esa “sustancia” a la que somos todos adictos?

Esa “sustancia” supone también una fuente de acoso y malos tratos que suele producir en cada uno de nosotros una conducta de dependencia en la que el acosador (la “sustancia adictiva” en nuestro caso) depende emocionalmente de su víctima hasta el punto de hacerle la vida imposible. El acosador devora el tiempo de su víctima… El acosar le roba a su víctima la intimidad, la tranquilidad y el tiempo… porque el acosador la interrumpe constantemente con sus demandas y, apenas la deja respirar entre petición y petición.. Este “acosador” nuestro desconoce el valor de su víctima (cada uno de nosotros) como ser humano, en lo que concierne a su libertad, a su autonomía, a su derecho a tomar decisiones propias acerca de su propia vida y de sus propios valores… Hay un completo dominio de uno hacia el otro (definición de la palabra “esclavitud”). Esa “sustancia” domina el ánimo o arrastra el entendimiento (definición de la palabra “tirano”).

Así que todos y cada uno de nosotros somos esclavos de una sustancia que nos tiraniza, tal como lo hemos expuesto según las denominaciones científicas consensuadas.

La esclavitud de la humanidad -lo que seguramente ha sido llamado por algunos “el pecado original”- es la causante de éstas profundas, extrañas e indefinibles carencias que sufrimos en nuestro interior.

¿Y pues? ¿a qué somos esclavos? ¿Ya lo habéis descubierto?

Si no lo descubrimos, ¿cómo liberarnos de la esclavitud si uno no sabe que es esclavo?

Y si lo descubrimos, aún y así, puede ser que no nos creamos esclavos sino amos y entonces, tampoco nos podremos liberar…

Os invito a investigar en base a estos criterios que hemos descrito. Y ¡os invito a compartir vuestros descubrimientos!

¡FELIZ FELIZ AHORA!

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El guerrero

     

perdónalos, porque no saben lo que hacen

Lu 23, 34

Había una vez un guerrero muy fuerte y poderoso cuya fama traspasaba todos los mares y océanos, llegando hasta los más lejanos confines de la Tierra.

Los así considerados “buenos” le amaban y respetaban, ya que eran incontables las ocasiones en que el guerrero les había salvado de los más terribles demonios.

Los así considerados “malos” le temían y sólo los más malos de entre los malos se atrevían a desafiarle. Pero ninguno fue jamás capaz de vencer al gran guerrero.

La fuerza del guerrero era enorme. Su brazo izquierdo semejaba el tronco recio de un árbol y el puño gigante semejaba la más dura de las rocas. Su tórax era tan impenetrable que jamás necesitó escudo alguno. Y en su mano sostenía la espada más refulgente y terrible que pudiera uno imaginar, ya que estaba hecha de plasma electromagnético, de la misma naturaleza que los rayos de la tormenta.

Había estado eones luchando contra los enemigos de la Tierra hasta que el Dios de la Guerra le concedió la espada, premiándole así por guardar el reino de tanta maldad.

El guerrero se había enfrentado a todos lo que eran injustos, venciéndoles. Agresores de la libertad, del amor, de la armonía, de la equidad, habían caído a la justicia de su poderoso brazo y espada.

Así andaba el guerrero, una vida tras otra, batallando, batallando, batallando… sieeeeeeeempre habían enemigos que cercenar. Y eso que ¡ganaba todas las batallas! Sin embargo, siempre surgían nuevos enemigos.

Un día como cualquier otro, después de milenios batallando, el guerrero se descubrió pensando cómo era posible que, habiendo ganado millones de batallas, no pararan de salir enemigos por todos lados, como si de una plaga de hormigas voladoras se tratase. El guerrero pensaba: “¡Ya no deberían quedar enemigos! ¿Qué es lo que está pasando?”

Y así, en medio de una gran sensación de perplejidad, se retiró a cavilar a la Cueva de Entremundos(*).

(*)Nota del autor: Esta es una cueva muy profunda y muy especial porque cuenta con tres agujeros: una apertura al mundo -por la que, como imaginareis, entró el guerrero-; y en lo más hondo, se encuentra en su suelo una apertura directa al núcleo férrico de la Tierra y otra apertura en su techo directa al núcleo de la exosfera.

Bueno, pues como íbamos diciendo, el guerrero fue a la Cueva de Entremundos, a ver si en el silencio reverente de la cueva podía llegar a entender el por qué de la cantidad de enemigos que parecían brotar infinitamente de la nada, dispuestos a cualquier fechoría…

Y ahí, en su perplejidad, cerró los ojos, tranquilizó la respiración y se quedó quieto, quieto, quieto esperando la respuesta.

Por aquel tiempo, la Mirada Secreta ya llevaba eones trabajando para aquellos que esperan ver, vacíos de respuestas y abiertos a la verdad. Por lo que, rauda y fugaz, visitó el ojo del guerrero y éste vio con pasmosa claridad la verdad

En un nanosegundo, vio que cualquier guerrero sólo puede sobrevivir como tal si tiene enemigos con los que enfrentarse ¡Si no hubieran enemigos, no podría haber guerreros!

Vio claramente que, de forma inconsciente, era él mismo quién había estado creando un enemigo detrás de otro, para sobrevivir. Entendió que debía morir, porque con su muerte traería la paz a la Tierra.

Y en ese mismo momento de lucidez, en un acto de valentía -o mejor dicho-, en el mayor acto de valentía de toda su larguísima vida, miró la espada de plasma electromagnético, la acarició por última vez y haciendo una reverencia, la arrojó al abismo, al núcleo férrico de la Tierra -el único lugar que podría fundir la espada-.

Y en ese mismo acto, pasó de ser guerrero a ser sabio.

Y durante los cientos de vidas siguientes no volvió a encontrar jamás enemigo alguno, a excepción de la ignorancia de los que, aparentemente, se portaban mal…

¡Feliz Ahora!

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Atisbos de libertad

La libertad significa responsabilidad; por eso, la mayoría de los hombres le tiene tanto miedo.

George Bernard Shaw





El otro día me encontré con un señora de aspecto extraño que lloraba ruidosamente en mitad de la calle.

Las personas que por allí pasaban hacían el ver que no la veían, la ignoraban y cuando la adelantaban, entonces se giraban para observarla sin tapujos. Probablemente actuaban así porque tenían miedo.

A mi me cogió por sorpresa, no tuve tiempo de pensar y por eso, mi conducta fue espontánea: “Buenos días señora. ¿Le pasa algo?”

La mujer me explicó entre hipidos, que había perdido el dinero para el billete de autobús que le llevaría de nuevo a su pueblo. Me explicó muchas cosas, algunas difíciles de creer. Le propuse acompañarla a la policia, pero me aseguró que ya había estado y le habían dicho que no la podían ayudar. Entonces le pregunté si había algo en que yo la pudiera ayudar.

– Necesito 10 euros para el billete de autobús- me dijo y seguidamente me siguió dando argumentos y explicaciones.

Mientras ella hablaba, pude observar como mi reacción aprendida era valorar todos los datos que la señora me iba dando con un único objetivo: ver si me engañaba. Pensaba que esta era mi responsabilidad.

Si veía que el argumento de la señora podía ser cierto, entonces le daría los 10 euros y me iría de allí sintiendo que había realizado la buena acción del día. Pero si decidía que la señora me estaba mintiendo, entonces lógicamente no le daría los 10 euros, -no me iba a dejar estafar-. En este caso también me iría de allí con la satisfacción de la dignidad preservada…

Esta sería la respuesta más habitual en la mayoría de personas. Pero si nos paramos a mirar, veremos muchas cosas. Veremos que el deseo de ayuda que me impele a pararme delante de la señora y preguntarle lo que le pasa, no es más que una colocación egocentrada en la que me voy a erigir como juez y voy a declarar a la persona culpable de mentir o inocente. Y lo voy a hacer según mis impresiones. Sin tener ni idea de si realmente la señora necesita los 10 euros para el autobús, o para cualquier otra cosa. De lo único que voy a responsabilizarme es de salir de este suceso con el “ego bien alto”, habiendo actuado excelentemente en cualquier caso. Un gran juez.

Pero ser responsable no es lo mismo que ser responsable de lo que el otro hace. La palabra “responsabilidad” quiere decir en sus orígenes, “responder bien”. Y nosotros sólo podemos responder bien a lo que está en nuestras manos y no a lo que está en manos del otro.

Y eso fue lo que la mirada secreta me hizo ver, de golpe, inesperadamente -como a ella le gusta-: no era responsabilidad mía el que la señora estuviera mintiendo o no -de hecho solemos funcionar así muy a menudo, responsabilizandonos de lo que hacen los demás-. Lo único que me concernía realmente era ver si yo le quería dar los 10 euros o no se los quería dar, independientemente de lo demás. Esa era mi única responsabilidad. Y al verlo tan claro, la asumí completamente. Decidí sobre lo que estaba en mis manos. Y así lo hice. En ese mismo momento me di cuenta de que

cuando asumo plenamente mi persona (mis actos, mis pensamientos y mis emociones) como la única responsabilidad que tengo, entonces soy libre

Quizás las personas que me encuentre mientan, pero eso no me afecta. Porque yo decido en base a mi mismo, independientemente de lo que hagan los demás.

Sé que muchos de los que leáis esto no lo vais a compartir. Eso sucede porque nos movemos estratégicamente: según el movimiento que haces con tu ficha muevo yo la mía. Como si la vida fuera una partida de ajedrez. Y actuamos así por miedo, por la necesidad que tenemos de ganar -o de no perder-. Nos creemos que vamos a ser más o menos según nuestra situación con respecto al otro. Pero dime, ¿más o menos qué? ¿ganar o perder qué?

Cuando asumo mi única responsabilidad es cuando empiezo a comprender lo que es la libertad…

¡Feliz Ahora!

 

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Tres en Uno

“Nunca limites tu mirada sobre la vida a la experiencia previa”

Ernest Holmes

 

 

Algo precioso de la mirada secreta es que cualquier vivencia que se repita, nunca va a ser igual si estamos abiertos a ver. Es muy grande. Mucho. Porque esto implica que cada segundo es nuevo, realmente nuevo. Implica que la vida sólo es monótona para el que está dormido. Implica que la vida es sorprendente a cada momento. Que cada instante es un estreno. Así de grande es la vida, y así de bello es el descubrimiento que me deparó la mirada secreta hace dos días…

Eramos 23 personas, todas unidas por un sólo propósito: seguir descubriendo la naturaleza del ser humano en su expresión más elevada, la espiritualidad. Todas unidas en la intención de un trato de gratuidad, -un trato con el otro que nada busca más que acoger lo que recibe y ofrecer lo que brote desde la espontaneidad-. Que bella palabra descubierta: GRATUIDAD. Descubierta gracias a la mirada marítima de unos ojos profundamente negros y vivos como ese universo que nos acoje y nos enconge el alma en la noche estrellada…

Y realizamos aquel ejercicio de dejarnos caer de espaldas confiando en que unos brazos no visibles nos recogerían antes de caer contra el suelo.

Cuando fué mi turno, me dispuse con toda la apertura posible a dejarme caer. Respiré profundamente y cerrando los ojos, me solté hacia un destino incierto… Fué un instante. Pero un instante largo. Fué un suspiro, pero un suspiro profundo. Fué un segundo, pero un segundo pleno.

Y en ese segundo pleno, largo y profundo, la mirada rasgó la conciencia y de la conciencia brotó con fuerza una sensación triple, un tres-en-uno indivisible:

apareció una clara y definida sensación de confianza, confianza en todos y en nadie en concreto, una confianza sin objeto, un estado de confianza;

apareció una sensación de absoluta entrega. Nada en mí quedó para mí. No hubo ningún asimiento. Nada era mio. Una entrega completa, sin condiciones. Una entrega que, dándolo todo, no daba a nadie nada y que nada retenía.

y apareció una sensación de libertad inmensa, como si la caída no hubiera sido de un metro sino una caída al vacío infinito, una caída eterna en la que hubiera tenido tiempo de gozar de un espacio inmesurable puesto a mi disposición…

…confianza, libertad y entrega, sinónimos inseparables más allá de las palabras.

Y eso me enseño la mirada secreta esta vez:

cuando la confianza es plena, la entrega también lo es, y en esa entrega plena, brota la libertad

¡Que extraña es a veces la mirada! Siempre había creído que la verdadera libertad no entrega nada. Que la confianza es poner en manos del otro tu libertad. Que la entrega de tu libertad es porque no confías suficientemente en ti. Eso es lo que nos parece.

Pero la realidad, como siempre y como deciamos al principio, se nos muestra nuevecita a cada segundo y nos sorprende con su sabiduria. Confianza, entrega y libertad. Tres en Uno. Indivisibles.

Gracias a la energía de los 23 unidos se pudo descubrir esta nueva mirada secreta. A ellos y a todos los que andamos por estos caminos, se la dedico.

¡Feliz feliz ahora!

 

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EL FACTOR CLAVE

“El secreto está en la mirada”

La Mirada Secreta

 

 

 

 

 

Esta noche, mientras dormía, la Mirada Secreta iba haciendo de las suyas –la Mirada Secreta es tan gran compañera que incluso durmiendo está enseñándome…– Me mostró la cara de soberbia y enfado de un personaje público al lado de la cara beatífica, serena e inocente de otro personaje público.

Cuando he despertado esta mañana, el recuerdo me ha hecho sonreír. Y he empezado a investigar…

Alguien dijo una vez que el ser humano es él y sus circunstancias. Pero no es así como se ve cuando se abren los ojos. Las circunstancias no hacen al ser humano, por lo menos no al 100%. A estas alturas del progresivo acercamiento del hombre hacia la Verdad, ya muchos nos hemos dado cuenta de que lo que puede influir en nosotros no son tanto las circunstancias sino como nosotros las vivimos, como las procesamos.

Cada niño nace en una época y en una familia; con unas condiciones físicas, emocionales y mentales concretas; y con unas vivencias en la infancia temprana personales. Pero ninguna de estas condiciones es suficiente para predecir qué tipo de persona será.

Hitler y Gandhi. Dos seres humanos. Dos cuerpos prácticamente idénticos, con un hígado, dos ojos, un cerebro. Probablemente con dos historias personales muy diferentes. Ambos tuvieron hermanos que vivieron en condiciones muy similares (igual que nuestros hermanos) y sin embargo los hermanos no se comportaron igual que ellos… Dos seres humanos, con el mismo potencial en el momento de nacer…

Tiene que haber un factor que tenga un peso real en el desarrollo y expresión de cada ser humano. Un factor clave. Un factor más allá de todas las circunstancias y condiciones tan archiconocidas y estudiadas por los académicos y científicos. Un factor que posea las características necesarias para permitir que se cumplan las leyes básicas y universales de la naturaleza, leyes como las del equilibrio -que asegura la Unicidad a través de la armonía de todas las manifestaciones-, o la de la evolución -que permite a través de la transformación continuada el viaje que nos aproxima a la perfección- . Un factor que esté al abasto de todos los seres humanos -cumpliendo la ley del amor que asegura que todo lo creado cuente con las máximos potenciales para su completo desarrollo-. Un factor tan fundamental que pueda revertir cualquier condición y circunstancia para que el hombre pueda realizarse como tal.

Esta noche la Mirada Secreta me ha susurrado al oído lo que tantas veces me ha enseñado y que esta vez quiere ver escrito en el blog:

la persona es el resultado de su comprensión

Somos lo que comprendemos.

Nuestros sentimientos son consecuencia de cómo comprendemos,
nuestros pensamientos surgen coherentemente a cómo comprendemos,
nuestras acciones responden a nuestra comprensión…

Y la comprensión no tiene nada que ver con explicaciones teóricas, análisis ingeniosos, interpretaciones intelectuales. La comprensión no tiene nada que ver con los conocimientos adquiridos, ni con la cultura ni siquiera con el coeficiente de inteligencia.

La comprensión es la visión directa y profunda, la visión amplia y no parcial, la visión fresca, contundente, que evidencia aquello que siempre estuvo frente a nosotros pero nunca vimos por andar tan ocupados con nuestras teorías.

La comprensión es liberación, ligereza, sonrisa, calidez, confianza, paz.

Abandona todos tus esfuerzos y despierta. Abre los ojos y mira. Conviértete en un investigador de campo. Observa con plena atención, con la mente silenciosa. Observa y descubre.

Cada descubrimiento es una nueva comprensión.

Haz de la comprensión tu único objetivo.

Date cuenta. Date cuenta.

Y ¡sé feliz, ahora!

 

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Ser o tener, esa es la cuestión

La Verdad es indivisible

La Mirada Secreta

 

 

 

 

El otro día la glicina (ese hermosísimo arbusto que veis en la foto) floreció. El aroma de sus bellísimas flores inundó la entrada de casa y mi alma de nueva vida.

Me quedé contemplándola. Es un arbusto que pronto hará los 100 años. Su tronco es robusto y su savia vigorosa.

Y este año, por primera vez, recogí su semilla y la hice germinar. Y ahora tengo una nueva planta, igual a mi arbusto centenario. Tan igual que es el mismo arbusto, inmenso en el porche de casa a la vez que pequeñito en la maceta de la cocina. La semilla contiene el arbusto entero y el arbusto a su vez, contiene la semilla. Son inseparables. Son uno.

En la semilla se halla escondido el arbusto, su savia, su tronco, sus ramas, sus hojas, sus flores. En la semilla no se pueden separar ninguno de sus elementos de los demás. No se pueden separar las flores de la savia, ni las ramas de las hojas… En la semilla están todas las cualidades del arbusto. Y el arbusto pare la semilla…

¿Puede desear la glicina algo más de lo que ya es? El hermoso arbusto ya es, completo. La semilla es, completa. Con todas sus cualidades, inseparables de ella….

como el fuego, que es combustión, luz y calor. Y nada puede ser separado de sí mismo. Con todas sus cualidades, inseparables de él…

…¿cómo el ser humano? ¿cuales son sus cualidades, inseparables de él? Quizá todo aquello que anhelamos profundamente: el amor, la paz, la libertad, la belleza, la sabiduría…

Todos los seres humanos en el fondo anhelamos lo mismo. La mirada secreta me dice que es así porque en el fondo somos eso que anhelamos.

Pero

como no nos reconocemos en quienes somos, como no lo sabemos, lo andamos buscando fuera de nuestra verdadera esencia.

Lo queremos tener. Tener amor, tener paz, tener libertad, tener belleza, tener sabiduría. Y todo lo que se quiere tener se ha de conseguir. Por lo tanto nos ponemos a buscar, a pedir, a exigir. Y con suerte -o con desgracia, nunca se sabe-, parece que lo conseguimos, lo encontramos, ya es nuestro. Pero todo aquello que tenemos, se nos puede quitar, podemos dejar de tenerlo. Todo aquello que tenemos nos separa más aún -yo lo tengo y tú no… ¿me lo enseñas? ¿me lo das? ¿te lo robo? ¿me lo prestas?-. Todo aquello que creemos tener, una vez conseguido, suele perder sus “poderes”: así el amor que tengo, en poco tiempo deja de ser amor…; la libertad que tengo (“por fin me he separado” “por fin se han independizado los hijos”…) en poco tiempo deja de ser libertad…; la belleza que tengo (“espejito, espejito mágico”), en poco tiempo deja de ser belleza…; la sabiduría que tengo (hasta que aparece alguien más sabio que yo, o pierdo la memoria…), en poco tiempo deja de ser sabiduría.

Sin embargo, hay seres humanos que no tienen el amor de nadie pero sienten amor eterno; que viven en mitad del conflicto, pero se sienten profundamente serenos; que no tienen libertad, pero se sienten libres; que viven entre polución, suciedad y escombros, pero su mirada y su sonrisa son joyas de belleza pura; que no han estudiado nunca, pero sus breves palabras nos resuenan a verdad…

Y es así, porque ellos son quienes son, plenamente.

Ser no es lo mismo que tener. Lo que eres, no se te puede dar ni se te puede quitar. No se puede buscar, porque ya es.

Quitemos las capas que lo están escondiendo de nuestra vivencia de nosotros mismos. Desnudémonos de todo lo que queremos tener. Hagamos el camino hacia adentro,

descubrámoslo dentro en vez de buscarlo fuera

Y aquello que eres nadie te lo puede dar o quitar, el único camino es descubrirlo dentro de uno mismo. No se puede buscar porque ya es. No nos distraigamos más. Vivamos conectados profundamente al amor que anhelamos porque ya lo intuimos, desde la paz, sintiéndonos libres, con el corazón abierto a la belleza que brota de nuestra mirada y se posa en cada rincón.

Dejemos de pedir. Dejemos de buscar. Dejemos de querer tener.

Seamos plenamente aquello que anhelamos. Esa es nuestra semilla. Ese es nuestro potencial.

¡Gracias mirada secreta! ¡Qué regalo ver así!

¡FELIZ AHORA!

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¿Espejo o lámpara?

Hay dos maneras de difundir la luz. Ser la lámpara que la emite o el espejo que la refleja.”

Lin Yutang

escritor y filólogo chino

Entre tu y el mundo hay un espejo.

La mirada secreta sigue descubriendo las mismas leyes que se aplican a la física en lo psicológico…

Dicen los físicos: “Normalmente la reflexión y la refracción se producen de forma simultánea. Cuando incide una onda sobre la superficie de separación entre dos medios, los puntos de esa superficie actúan como focos secundarios, que transmite la vibración en todas las direcciones y forman frentes de onda reflejados y refractados. La energía y la intensidad de la onda incidente se reparte entre ambos procesos (reflexión y refracción) en una determinada proporción.”

Si reformulamos el párrafo anterior desde un punto de vista psicológico diríamos: Normalmente la reflexión de uno consigo mismo y la refracción hacia la otra persona o el mundo, se producen de forma simultánea. Cuando incide una mirada sobre la superficie de creencias que separan a uno del resto del mundo, las creencias de esa superficie actúan como focos secundarios, que transmite la vibración en todas las direcciones y forman frentes de ideas reflejados y refractados. La energía y la intensidad de la idea incidente se reparte entre ambos procesos (reflexión y refracción) en una determinada proporción.


Hasta ahora no lo habías visto.

Cuando amabas, creías que eras tú quien amaba a una persona concreta digna de tu amor.

Cuando rechazabas, creías que eras tú quien rechazaba una persona concreta digna de tu rechazo.

Cuanto querías creías que era digno de tu deseo. Cuanto despreciabas, creías que era digno de tu desprecio.

No sabías que entre tu y el mundo hay un espejo. Y que dicho espejo forma imágenes reflejadas y refractadas tanto de tí como del mundo.

La relación que tienes contigo y con el mundo depende directamente de este espejo de creencias.

Un muro de creencias, de ideas que desvía la realidad y la transforma en una imagen más o menos distorsionada. Una superficie de separación hecha de ideas condicionadas sobre quien eres tu y quien es el otro.

Por eso, cuando amas o cuando rechazas a alguien, no eres tu quien ama ni quien rechaza. Es la idea que tienes de ti, construida por comportamientos condicionados, que ama o rechaza según los mismos parámetros que utilizas para enjuiciarte a ti mismo. Y quien es depositario de este “amor” o “rechazo” también es una idea que tienes de esa persona, y no la persona en sí.

Uff! La mirada secreta de nuevo me hace ver que:

Si fuéramos lo que somos, libres de ideas, nada habría fuera del amor y nada sería rechazable.

Entre tu y el mundo hay un espejo.

El mundo no está frente a tí. Está detrás tuyo. Es el espejo lo que está frente a tí y es el espejo el que te separa de la realidad del mundo. Un espejo que te separa de la realidad de ti mismo.

¿Quién no ha experimentado el profundo gozo de relacionarse con alguien que aún no se ha creado una idea fija de él? ¿Quien no ha sentido la pura libertad de crearse de nuevo en un instante?

Soltemos el espejo. Démonos cuenta de que lo que nos muestra está distorsionado. Mirémonos directamente, sin creencias, con la mirada nueva, la mirada secreta que todo lo ve por vez primera. Aprendamos a relacionarnos con nosotros mismos sin encasillarnos en forma alguna. Y atravesemos quienes creemos ser, liberando a los demás ¡simultáneamente!

¡Feliz Ahora!

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De la tiranía de la mente a la libertad. Un vislumbre

“Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo”

Franz Grillparzer

(dramaturgo austríaco, s.XIX)

 

Siempre estamos juzgando si lo que nos llega de la vida, o lo que nos hacen otras personas es bueno o malo para nosotros, si son personas que nos convienen o no, si nos gustan o no nos gustan. Y lo mismo hacemos con las situaciones.

Vivimos en base a nuestros juicios.

Nuestros juicios van marcando cada paso que vamos dando en el camino de la vida. Los juicios los construye nuestra mente, la gran consejera y la gran juez, dueña y señora del ser humano. Cultivamos la amistad de aquellas personas que pensamos que “valen la pena”, rechazamos aquellas otras que pensamos que “no valen la pena”; queremos irnos de aquel trabajo porque pensamos que nos tratan mal o que son injustos con nosotros, o queremos conseguir aquel otro trabajo porque pensamos que la gente de alli es maravillosa y nos van a tratar muy bien, etc.

Todo lo decidimos en base a una parrilla de juicios que, por descontado, son personales: yo consideraré que esa persona no me gusta y no querré nada con ella y sin embargo esa persona tendrá amigos, que no la consideraran así. Por lo tanto, eso quiere decir que mi vivencia es totalmente personal, mis juicios son personales, no son juicios universales bajo ningún concepto. Voy viviendo en base a mi “código penal personal” y lo voy siguiendo al pie de la letra. Sin embargo,

¡nunca se me ha ocurrido revisar mi código penal!

Siempre hago caso de lo que dice mi mente y ahí se acaba toda la historia. Pero ¿de dónde salen los juicios que yo tengo? ¿cuál es el origen de este código penal personal, idiosincrásico? ¿realmente contiene verdad? Si yo empiezo a ver de dónde vienen estos juicios, es posible que me empiece a dar cuenta que lo que yo utilizo como parámetros para relacionarme con el mundo y conmigo mismo creyendo que son parámetros validísimos, en realidad son programaciones automáticas de las que yo era totalmente inconsciente.

¡Estoy obedeciendo ciegamente una programación mental!

Como ejemplos, miremos juntos algunos juicios o creencias de la mente…

Imagina que tienes dentro la creencia “tengo que ser siempre mejor”. Las personas que tu ves que luchan y que intentan hacer las cosas cada día mejor, son para ti dignas de admiración; mientras que las personas que están tan tranquilas con lo que están haciendo y que no tienen ningunas ganas de mejorar, las consideras personas poco válidas, poco ambiciosas. Y ese juicio que haces hacia afuera también te lo haces a ti mismo, por lo tanto tu eres una persona que siempre tiene que estar luchando para ser mejor, porque sino, no “valdrías la pena”…

Pero si miramos bien, nos daremos cuenta que las personas que siempre tienen la sensación de que tendrían que ser mejores o hacer las cosas mejor, son personas que están condenadas al fracaso porque nunca sentirán que hacen las cosas bien.

El hecho de querer hacer siempre las cosas mejor, garantiza la sensación de fracaso.

Alguien podría decir: “Bueno, pero esto que estas diciendo no tiene ningún sentido porque en realidad lo adecuado es esforzarnos siempre en hacer las cosas mejor” Pero ¿por qué ha de ser así? Nosotros pensamos esto porque nos lo han inculcado. Nos han inculcado la cultura del esfuerzo, de esforzarnos en que las cosas salgan cada vez mejor. Ha habido otras épocas y otras culturas que han hecho lo que era necesario hacer, pero nada más. Y han sido tan o más felices que nosotros…

En realidad, lo único que mejora con esfuerzo es lo mecánico, lo práctico (por ejemplo, jugaré mejor a futbol si me esfuerzo y entreno cada día o hablaré mejor japonés si me esfuerzo en estudiarlo y practicarlo). Sin embargo,

nunca voy a poder ser mejor persona gracias al esfuerzo.

Nunca va a mejorar una cualidad de mi persona gracias a mi esfuerzo. Y sin embargo, muchas de las personas que vienen a consulta lo que quieren es ser mejores, enfadarse menos, desesperarse menos, tener más paciencia, ser más comprensivos, sentirse más seguros, quererse más… Pero eso no es posible que suceda gracias a nuestro esfuerzo. Nosotros pensamos que si por ejemplo, si “soy” inseguro, al esforzarme seré más seguro. ¿No será que, al creer que eres inseguro, actúas de esta manera? Si no creyeras que eres inseguro ¿cómo actuarías?

La única manera que tengo de mejorar es soltando la idea que tengo de mi, es abriéndome a la posibilidad de que igual no soy como creo ser…

Investiguemos otro juicio, por ejemplo “estoy perdido”

¿Qué quiere decir “estar perdido”? Para que yo pueda evaluar que estoy perdido tengo que saber cual es el camino correcto, tengo que saber dónde tengo que llegar, mi destino, y cuál es el camino para llegar allí. Pero ¿cómo voy a saber cuál es mi destino y aún menos cuál es el camino para llegar? Para decir “me siento perdido” necesito una idea sobre donde tendría que estar y cómo tendría que llegar allí. Entonces sí que podría decir que me siento perdido, perdido en base a una idea.

¿A dónde tengo que ir yo? ¿realmente lo sé? Y si lo intuyo, ¿sé cual es el camino? ¿lo sabe alguien? Porque si supiera cual es el camino para llegar allí probablemente lo estaría caminando… Entonces ¿cómo va a estar una persona perdida? O estamos todos perdidos o no hay nadie perdido.

Otra creencia: “no hay que huir de lo que nos hace sentir mal, sino quedarnos allí y superarlo”. Esta es una creencia que está muy de moda en nuestros días, sobre todo en círculos de “auto-ayuda y crecimiento personal”. Creemos que aquellas situaciones que nos hacen sentir mal son aquellas situaciones que debemos superar, como si la vida fuera una carrera de obstáculos. Si a mi me hace sentir mal aquella situación, debo permanecer allí para superarla, porque esa será la manera en que yo crezca…

Realmente ¿he nacido yo para superar-me? ? ¿es la vida una carrera de obstáculos, en la que yo tengo que conseguir ser la “number one” o algo así, la más fuerte, la que más retos ha vencido? ¿he nacido para guerrear? ¿he nacido para ganar?¿qué quiere decir esto de “superar-se”? Para que yo me tenga que superar en algo, tengo que tener una idea concreta de mi y una idea ideal de mi, y querer llegar a la idea ideal de mi. Y todo eso lo monta la mente, tanto la idea que tengo de mi como el ideal.

Y quizás digas “Bueno, pero si no tenemos ningún objetivo ni ningún reto entonces lo único que vamos a hacer es vegetar en la vida.” Eso no lo sabemos porque no hemos vivido así nunca, excepto en la infancia -y difícilmente nadie diría que los niños “vegetan”…-. Lo que seguro que nos garantiza no buscar ningún objetivo o meta, no querer nada ni luchar en contra de nada, es que vamos a estar plenamente situados en el ahora. Eso ya lo tenemos en el momento que ya no queremos ir a ningún otro sitio que en el que estamos.

Cuando no queremos nada ni luchamos contra nada, vivimos en el Ahora

También puede haber un relevo en el puesto de mando de tu vida. Si tu mente está diciéndote que tienes que conseguir esto y tienes que deshacerte de esto otro todo el santo día, y tú ves claramente que tu mente no sabe ni quien eres ni lo que te conviene, ni para que has nacido, ni nada de nada,

puede ser que retires la autoridad que habías concedido a tu mente y quede vacante el puesto de jefe.

Eso nos asusta mucho porque si no manda nadie, ¿qué va a pasar aquí? Igual me quedo tirado en el sofá y no hago nunca nada más…

Pero quizá no.

Quizá las riendas son asidas por otra parte de ti que no es la mente, y quedas verdaderamente sorprendido de lo que está pasando. Porque aunque tú no lo sepas, de hecho tu mente nunca en la vida ha mandado y ha decidido nada. Sólo lo parece. En el fondo,

no es la mente la que decide ni es gracias a tu esfuerzo que consigues nada

(tu te esfuerzas mucho y a veces no consigues nada y a veces sí…; o no te esfuerzas nada y aún y así, a veces no consigues nada y a veces sí…). A veces las cosas salen como tu quieres, y otras veces no salen como tu quieres y con el tiempo te das cuenta que ha sido lo mejor que te podría haber pasado, que no saliera aquello que tanto querías entonces…

Por lo tanto, hay otras fuerzas que están moviéndose en ti. Así que si tu das este salto y dejas de darle autoridad a tu mente, quizá descubras todo un mundo nuevo.

No hace falta que decidas dejar de hacer caso a tu mente para siempre. Sólo pruebalo un rato. Haz aquello que te llena de paz, alegría de vivir, de comprensión, independientemente de lo que tu mente te diga.. Sólo durante unos días. Y mira lo que sucede…

Tanto si saltas como si no,

¡Feliz Ahora!

y ¿sabes por qué te deseo que seas feliz ahora? porque

no existe otro momento en toda tu vida en el que vayas a poder ser feliz, más que Ahora.

¡¡GRACIAS MIRADA SECRETA!!

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La teoría de la Resonancia

La belleza de las cosas existe en el espíritu del que las contempla

David Hume

 

 

 

 

 

La Física es la ciencia que se dedica a observar la naturaleza y a describir las leyes que la gobiernan. Y aunque no tenga ni pruebas científicas ni conocimientos mínimamente suficientes, tengo la fuerte sospecha que las leyes de la Física no sólo son aplicables a la naturaleza sino también al “yo psicológico”…

 

La teoría de la resonancia dice que dos cuerpos idénticamente “afinados” vibrarán aún tocando uno sólo de los dos. Un ejemplo real característico es utilizando dos diapasones.

Al tocar el primer diapasón A, el segundo B vibra de forma continua hasta terminar el eco del sonido. Si los diapasones tuvieran afinaciones distintas (notas o frecuencias diferentes), no se daría la resonancia.

Pues una vez tuve un sueño muy raro que tiene que ver con la teoría de la resonancia (creo que la mirada secreta también se cuela en los sueños).

Se me presentó la vida como un inmensa mesa de banquete sobre la que vibraban todos los ingredientes existentes que componen la experiencia de vida a disposición de los comensales: alegría, tristeza, justicia, injusticia, belleza, fealdad, esperanza, desesperanza, honestidad, mentira, amor, odio, guerra, paz, sabiduría, ignorancia, egoísmo, altruismo, generosidad, avaricia, esclavitud, libertad,… Un sinfín de ingredientes de vida, de todos los colores y formas, vibrando a diferentes frecuencias. Más no se oía sonido alguno. De hecho reinaba un silencio expectante.

Al cabo de un instante, vi como se aproximaba una persona a la mesa. Andaba cabizbaja, arrastrando los pies. De alguna manera, vi con transparente claridad que ella también vibraba. Se fue acercando. Y conforme se acercaba, algunos de los ingredientes de la mesa se elevaron y empezaron a vibrar más fuerte, mientras el resto de ingredientes se hacía casi invisible. La vibración de la persona era idéntica a la de los ingredientes de vida que habían surgido con más fuerza. Y empezó a sonar una música. Era una música triste, pesada, oscura… Entonces me pude fijar más en los ingredientes que estaban participando en el melancólico concierto. Eran la tristeza, la añoranza, la desilusión…

Al poco rato se presentó otra persona vibrante, caminando a saltitos, ligera como una pluma. Y otros ingredientes emergieron por encima de los demás, -la alegría, el optimismo, la sencillez…- y en comunión con ella, crearon una nueva melodía que sonaba “allegro ma non troppo”.

Y así se fueron acercando diversas personas. De acuerdo a sus pensamientos, emociones y comportamientos, se ponían ingredientes concretos a vibrar con más fuerza y a unirse en perfecta armonía a la frecuencia vibratoria de cada una de ellas.

Cuando desperté por la mañana, tenía el sueño muy vivo en mi mente. Y empecé a investigar que querría decir, si es que quería decir algo…

Pensé que cada persona que se acercaba a la mesa tendría sus motivos para andar con su vibración a cuestas. Y me puse a imaginar qué ingredientes de la mesa del banquete de la vida se pondrían a vibrar si fuera yo quien me acercara…

Entonces me di cuenta que, hasta la fecha, tenía muchas razones para creer que la vida era pura alegría, pero también tenía razones para creer que la vida era muy triste…

…tenía verdaderas razones para creer que era muy injusta, pero también para creer en la justicia,

…tenía razones de peso para creer que la vida estaba llena de cosas feas, pero también para extasiarme de la belleza que veía en todo y en todos,

…tenía razones para sentir tanta esperanza como para desesperarme.

Podía encontrar razones para dar realidad a cualquiera de los ingredientes…

Entonces, ¿cuáles serían los ingredientes que emergerían y crearían la melodía única e irrepetible conmigo?

De nuevo la mirada secreta me dio la clave. Súbitamente vi que la vibración de cada uno de nosotros no dependía de “sus razones” frente a lo vivido, sino de su afinación con los ingredientes de la vida, independientemente de lo vivido.

Vi que ¡la clave estaba en la afinación!

afinándome con aquellos ingredientes de vida que llenan mi persona de paz y de felicidad, la música que se crea es armonía y belleza

La vida no es de una manera o de otra. Hasta en el momento más duro hay paz, hay amor, si afinamos nuestro corazón con ello.

¡Que la música de la vida nos convierta en bellos acordes!

¡Feliz Ahora!

 

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