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La esclavitud de la comodidad

IMG_3142En la comodidad de cuerpo y mente, se amodorra la mirada.

La mirada secreta

 

En estos días me he dado cuenta más que nunca de que somos adictos a la comodidad. Y esa comodidad nos obliga a necesitar muchísimas cosas que en verdad no necesitamos pero vacían nuestros bolsillos, nos hacen egoístas, llenan nuestra casa, nuestra cuerpo y nuestra mente de necesidades y van anulando nuestra personalidad. No lo parece. Ya lo sé. Es un tema sutil este de la comodidad. A la mirada secreta insto para que sea ella que nos ayude a vislumbrar hasta qué punto la comodidad nos está robando nuestro potencial de vida plena…
Cuando hablamos de progreso, vemos que en este plano todo el progreso que se ha dado, ha sucedido en los objetos que el ser humano utiliza y no en el ser humano en si mismo. Y eso ¿por qué? Pues es debido a que el ser humano da realidad a todo lo que percibe y se ha olvidado de quién lo está percibiendo, es decir, de él mismo. Así, lo externo a él ha sido objeto de sus esfuerzos, de sus preguntas, de su devoción… mientras que él mismo ha quedado relegado y ha evolucionado muy poco en los últimos milenios…
Entre muchas cosas, algo que ha progresado ha sido todo aquello que proporciona comodidad. Ahí sigue el hombre trabajando y trabajando. Y la comodidad y el estancamiento evolutivo del propio ser humano van muy muy de la mano. No hay ninguna otra criatura humana que haya construido tantísimos objetos para poder moverse lo menos posible. Y sin movimiento -externo e interno- no hay evolución.
Así andaba esta persona, a la búsqueda de la almohada que mas cómoda le fuera. Y después de escuchar muchos consejos (¡que ricos somos en consejos!) y de gastar dinero comprando muchas almohadas, por fin encontró la que mejor le iba. Y de esa anécdota insignificante dos cosas aprendió: la primera es que la mejor almohada era una almohada viejita y gastada que había en la casa de sus abuelos, una almohada que podía adoptar la forma que necesitara en cada momento. Ninguna de las almohadas de alta tecnología le fue bien. Y entonces vio que lo más avanzado tecnológicamente no era necesariamente lo mejor…
La segunda cosa que aprendió fue mas dura. De repente se encontró dependiendo de la almohada para ir a pasar cualquier noche fuera. ¡Si no llevara la almohada otra vez se levantaría con el cuello torcido! Así que viajaba con la almohada. Entonces entendió a una querida amiga que al salir de casa va siempre con una maletita de ruedas porque necesita un montón de cosas para estar bien. Sí,

La comodidad crea dependencia.

A veces había invitado a mi amiga a pasar unos días conmigo, pero era tanto lo que necesitaría traer, que no venía. Y aunque tuviera ganas de pasar unos días por ahí, su dependencia a millones de cosas se lo impedía…

La comodidad nos hace esclavos.

Y entonces miraba a mis hijos y a otros jóvenes, viajando con una pequeña mochila con cuatro cosas, por el mundo entero. Sonreían de oreja a oreja. Felices. Libres.
Así que en mi siguiente viaje, no llevé la almohada. Y cuál fue el descubrimiento cuando doblando un jersey y colocándolo bajo mi cabeza, dormí como un niño…
No quiero sofás que rompen mi espalda. No quiero depender de comidas alternativas y carísimas. No quiero almohadas especiales. Ni alfombras mullidas. Quiero ser quien soy, pura libertad. Y vivir la vida con ligereza, ligereza, como mi vieja almohada, adaptándome a cada momento con lo que hay…- le digo a la mirada.
La mirada secreta, con su mirar, me dice que más se podría profundizar. Mmmmmm… ¡Sí! ¡Es verdad! La comodidad no me deja desarrollar mi potencial, me aborrega… Si. Si. Aunque cueste creerlo, es así. Quizás por eso, aquellos que buscan la Verdad siempre han llevado una vida sencilla bajo unas condiciones sencillas…
Bueno, Mirada– le digo seriamente- Ahora no voy a deshacerme de nada pero voy a ser consciente de lo que realmente no necesito y que incluso me está haciendo daño.
Podemos vivir con muy poco- contesta la Mirada- Aún y así, la clave no está en conseguir o desechar los objetos externos.

Lo que te esclaviza es la necesidad que crees tener de los objetos.

¡Descubre que esas necesidades no son reales! Empieza a ver lo que verdaderamente necesitas y lo que solo son necesidades creadas en la mente programada, y liberate. Llénate de libertad, de ligereza y de alegría. No te apoltrones -me dice amorosamente- No te rodees de cosas y cosas que crees necesitar. Vive con poco. Viaja ligero de equipaje por la aventura de esta vida porque

a menos peso, mas energía podrás dedicar

a vivir de verdad,

a vivir desde la Verdad,

a vivir la Verdad…

¡Oh Mirada! En todo te posas y en todo ves la luz de la Verdad. Gracias gracias gracias.

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El silencio de mí

imageEn el silencio del yo cabe lo que tenga a bien la Verdad

La mirada secreta

Queremos convertirnos en maravillosos seres humanos y para eso queremos un cuerpo hermoso y una personalidad digna de admiración. La pregunta es ¿por qué? Pues por lógica diría que no nos creemos maravillosos. Y, como los niños, me surge otra vez ¿por qué? ¿Por qué no nos creemos maravillosos?

El otro día en un programa de televisión vi las imágenes de las actrices que, en los años 80 eran consideradas las más bellas. La mayoría casi no tenían pechos y sus piernas, hoy en día, se hubieran considerado gordas. Y fueron ¡chicas Bond! Queremos un cuerpo hermoso sin darnos cuenta que, por un lado, no sabemos lo que es la Belleza y por el otro, esa “hermosura” que buscamos es fruto de una moda pasajera, de un condicionamiento. Creemos que estamos decidiendo desde la libertad y no nos damos cuenta que nuestras mentes están programadas, y que en nuestros deseos y acciones no hay libertad ni verdad. Y seremos capaces hasta de pasar por el quirófano si es necesario, para conseguirlo.

Y respecto a la personalidad pasa lo mismo que con el cuerpo. Hace unas décadas, una personalidad admirable estaba ligada a parámetros de obediencia, perseverancia, lealtad, humildad y paciencia. Ahora la personalidad estrella es la que demuestra independencia, inconformismo, rapidez, seguridad, ambición. De nuevo, modas que no contienen verdad precisamente por su superficialidad pasajera. Y de nuevo, somos capaces hasta de ponernos en manos de los terapeutas para “arreglar” nuestra personalidad.

¿Por qué queremos ser de otra manera?

Hace un tiempo, le hice esta pregunta a la mirada secreta y ella me contestó con otra pregunta:

¿querrías cambiar tu cuerpo o tu personalidad si estuvieras en una isla desierta?…

¡Ah, la mirada! Esta pregunta me hizo ver muchas cosas. Vi con claridad que

quiero cambiar para que los demás me vean de otra manera.

No quiero cambiar por mi. Eso que dicen que la operación o la terapia enfocadas al cambio se hacen con el objetivo de aumentar la autoestima… Uff. Ese tipo de autoestima de auto no tiene nada más que vernos valorados en los ojos de los demás. Así que lo que estamos buscando realmente es que los demás cambien su mirada respecto a nosotros. Y lo buscamos tratando de cambiar nuestra apariencia, tanto física como comportamental. Creemos que si lo conseguimos, nos querrán más. Y quizás sea así. Pero ese amor que hemos conseguido, ¿a qué va dirigido? ¿a nosotros o a la nueva apariencia? Y si vemos que va dirigido a la nueva apariencia, ese amor ¿nos llenará?

No hace falta ir a una isla desierta para comprobar que lo que nos preocupa es como los demás nos ven. ¿Cómo estoy conmigo cuando estoy en soledad? ¿Me preocupo de cómo me ha quedado el pelo hoy o de que me he levantado de mal humor? ¿Me preocupo por mi inseguridad o por tener la nariz un poco grande? ¿Qué hago con mi pelo, mi nariz, mi mal humor o mi inseguridad cuando estoy en soledad? Pues lo más probable es que no haga nada, que ni siquiera “me piense” y me dedique a ser simplemente quien soy sin proponermelo, sin esfuerzo. Libre de mi yo pensado.

Alguien diría que hemos de ser así y así y asá porque vivimos en sociedad. Lo que mi querida mirada secreta me enseña es que yo no soy de ninguna manera, que

cualquier definición viene por comparación,

y que

todos somos recipientes de vida y que la forma del recipiente no importa.

Muchos líos y sufrimientos vienen de creerme que soy de una forma concreta y quererla cambiar. La paz interior que anhelo y que busco en el reflejo de la mirada ajena, no me la va a dar la valoración que los demás hagan de mí, ni siquiera una “buena” valoración propia, sino el silencio de mí. En el silencio de mí, nada quiero cambiar porque al no pensarme, nada juzgo de mí.

En el silencio de mí encuentro la paz y se abre el espacio para que el Amor pueda brotar desde el centro y pueda llegar el día en que también deje de pensar en los demás y de juzgarles…

De hecho, la mirada secreta escribe cuando hay el silencio de mí. Aquí encuentra este yo desocupado y puede utilizarlo.

El yo poco ha mejorado estos años, pero al estar vacío de mí, la mirada secreta lo ha tocado. Y ¡ay, amigos! Cuando es la mirada la que toca, ¡que bella es la melodía, que plenitud sin fronteras! ¿Será Aquí donde vive la Belleza, la Libertad y el Amor?

¡Feliz Ahora!

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Más allá de la voluntad

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Vive en el anhelo por la Verdad y todo lo demás se dará por añadidura.

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Dicen los sabios que el hombre es una mezcla de tres elementos: materia, energía vital y conciencia. La mirada secreta mira los tres elementos sin parpadear (la mirada secreta nunca parpadea, como los gatos), fijamente… y empieza el ver. Me dice que:

El hombre, hecho de materia, puede manipular la materia. Crea nuevas amalgamas de la materia, haciendo nuevas permutaciones con la materia que ya existe. A esas permutaciones les llama creaciones, pero en realidad sólo son manipulaciones de lo que ya había. Y tal como crea esas permutaciones, las puede destruir. Pero no puede destruir la materia…

También puede manipular la energía vital, insuflando o quitando energía, a través de la respiración, del latido del corazón, a través de máquinas. Puede potenciar la energía vital que se está retirando de un cuerpo y puede quitar la energía vital de un cuerpo concreto, matando. Pero no puede destruir la energía vital del universo…

Y ¿qué pasa con la conciencia, con ese darse cuenta?

A pesar de que desde tiempos inmemorables se han hecho ejercicios para conseguir “alterar” la conciencia, con los rezos o cantos, movimientos o respiraciones repetitivos, las sustancias alucinógenas o psicotrópicas, etc. para crear un trance en el que poder “ver”, la mirada me dice con contundencia que todos estos estados no son “estados alterados de conciencia” -tal como los llaman-, sino que son estados alterados de percepción. La mirada me explica que todas estas técnicas manipulan la percepción, -se ve de otra manera-, pero

aquello que se da cuenta de que está viendo, tanto si está viendo de una manera o de otra, aquello es la conciencia y es inmutable, inalterable.

La conciencia no puede ser manipulada por el ser humano. Por eso,

en todo lo que el hombre crea no hay conciencia, a menos que sea la misma conciencia la que utilice al hombre como instrumento para crear, a través de la inspiración.

Así, la mente del hombre no puede crear conciencia.

Y ¿qué ocurre con todos los demás atributos de la Verdad?… ¡Dios! ¡¡El hombre no puede manipularlos!! A ver, a ver… La mirada secreta sonríe y sigue iluminando:

Puedo manipular el sentimiento de odio a voluntad. Pero ¿puedo voluntariamente sentir el amor?

Ya ha ocurrido que se ha fomentado el odio. Podemos manipular a los demás para que lleguen a odiar pero no podemos hacer que amen. Ni siquiera puedo hacerlo conmigo. No puedo amar a voluntad. El Amor surge de un lugar que está más allá de mi voluntad, más allá de mi mente pensante. Lo único que puedo hacer es abrirme a ese lugar, aunque mi mente no sepa donde está.

Lo mismo ocurre con la belleza. Puedo manipular la sensación de fealdad a voluntad. Pero ¿puedo voluntariamente sentir la belleza? O con la libertad: puedo esclavizar pero no puedo robar a nadie la sensación de libertad ni tampoco puedo sentirla a voluntad.

Y con la paz ocurre lo mismo. Puedo manipular el desasosiego pero no puedo manipular la paz interior. Ni puedo sentirla a voluntad ni se la puedo robar a nadie.

Así me dice la mirada secreta:

Todo lo que podemos manipular es hijo de nuestra mente.

Todo lo verdadero no puede ser manipulado.

A lo verdadero nos hemos de abrir.

Aún sin que la mente sepa dónde vive, nosotros si lo sabemos.

¡Feliz Ahora!

 

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Lo que toca

IMG_6335 “Y en mi locura encontré la libertad y la seguridad que da el que no le entiendan a uno, pues quienes nos comprenden esclavizan algo de nosotros.”

Jalil Gibran

Hoy el cielo está cubierto de nubes grises y el aire es fresco. Hoy no toca ir a la playa. O si?

…está preciosa. El mar, mercurio líquido. Hay mucha paz. Y personas que saben disfrutar de la naturaleza, aunque supuestamente no toque. No son muchas pero están felices. 

Y la Mirada secreta, siempre dispuesta a colarse en la conciencia silenciosa, aprovecha para hacerme ver cuantas veces vivimos según lo que toca. Casi podríamos asegurar que nuestra vida consiste en eso: hacer lo que toca. Comemos cuando toca – tanto si tenemos hambre como si no-. Nos divertimos cuando toca -en las fiestas y demás eventos-. En verano, de vacaciones. El resto del año, a trabajar.  Y así. La lista es infinita.

Y cuando nos da un aire, entonces hacemos alguna locura. Hacer una locura tiene dos vertientes: hacer algo arriesgado y/o simplemente hacer otra cosa que la que toca. Por eso cuando a alguien no se le antoja hacer lo que toca, se le suele etiquetar como loco o – si el juez es compasivo-, como raro. 

Y, sigue la mirada secreta, ¿por qué solemos hacer lo que toca? La respuesta sale rauda: porque así nos han programado. Casi podríamos decir que es un hacer automático. Sin embargo ¡cuantos recuerdos maravillosos escaparon a lo que toca! Aquel baño familiar, desde los abuelos a los nietos, en una noche calurosa; el saludo inesperado e hilarante a aquel hombre tan ceremonioso; gatear a los 55; tatuarse a los 55; ponerse un piercing a los 55; no hacer caso del cirujano eminente; dejar que el otro haga lo que no toca aunque le vaya la vida en ello…

La mirada no me acucia a hacer una cosa u otra, porque sabe que

Lo importante no es lo que hago, sino desde donde lo hago. 

Pero en este día gris en el que la playa deslumbra una serena y bella luz de Vida, me muestra que, más allá de lo que toca sigue habiendo una Vida inmensa. Y me anima a 

seguir viviendo sin pensar. 

La Vida, trillones de veces mas inteligente que yo, me irá guiando si le doy las riendas. 

Hoy no tocaría estar aquí. Sin pensar, aquí estoy y doy las gracias por ello. 

¡Feliz Ahora!

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Los discos rallados

Sólo reconociéndote esclavo, podrás liberarte.

La mirada secreta

Había una vez un hombre que vino a la consulta atribulado y avergonzado por una voz mental constante que no paraba de repetírle lo poca cosa que era, lo deficiente que era su trabajo creativo… Cuando llegó a la consulta, él se creía que lo que esta voz mental le decía, era verdad. De hecho, no se había dado cuenta de que la voz mental y él eran dos entidades separadas. Se había vivido en simbiosis perfecta con esa voz mental… Así que empezamos a investigar y a descubrir. A los pocos meses, el hombre veía con claridad que la voz iba por un lado y él por otro. Descubrió que él no podía hacer que la voz de su mente dijera cosas que le agradaran más de sí mismo, pero sí que podía no dar crédito a esa voz. Y cuando descubrió eso, se liberó de la influencia que la voz mental ejercía en él. Y así se fue de la consulta. Siguió su camino y nada supe de él hasta pasados un par de años… Un día me llamó y nos volvimos a ver. Venía sonriendo, aplomado. Su abrazo era un abrazo de iguales. Se sentó y me contó: “Estoy muy contento. El trabajo me va muy bien.¿Sabes? hace unas semanas ¡recibí un premio por mi trabajo!” Que alegría. Le felicité con mucho amor. Me sentía muy feliz por él. Pero no había venido a decirme que había recibido un premio, sino algo mucho más importante… “La cuestión -prosiguió sin dejar de sonreír- es que para entregarnos los premios, prepararon una cena de gala. Cómo te puedes imaginar, me preparé un discursito de agradecimiento para el momento en que dijeran mi nombre y saliera a recoger el premio. Bueno, pues llegó el momento y yo todo ufano subo a la tarima a recogerlo y en el instante en que voy a soltar el discurso, ¡apareció la voz mental diciéndome que aún con mil premios seguía sin valer nada! Me puse a reír delante de todos. ¿Cómo era posible que incluso en esas circunstancias la voz no cambiara de disco? Y sin pensármelo dos veces, expliqué a todos exactamente lo que me había pasado, esa voz que desde muy joven me había atormentado, la liberación que viví cuando me di cuenta de que la voz no era yo, y su tozudez para hacerme creer lo que estaba claro que ¡sólo pensaba ella de mí! Si vieras como se rieron todos. Vi con toda claridad que ¡no soy el único ser humano que tiene este tipo de voces en su cabeza!”

No sé si te has dado cuenta de que la relación que tienes “contigo” está basada en esa voz mental que te dice cómo eres y cómo tendrías que ser, que te juzga sin parar -para bien o para mal-, que te premia, que te castiga, que te dice lo que tienes que hacer y lo que no tienes que hacer, que te suele etiquetar con cuatro o cinco etiquetas que se van repitiendo sin cesar, “eres tonto”, “eres el mejor”, “mira que eres parado”, “perezoso”, “inútil”, “eres encantadora”, etc.

La relación que se supone que tienes “contigo” es la relación entre esta voz mental y tú.

Y es esa voz mental la que te permite sentirte bien contigo o no. Así de fuerte…

Pero miremos como funciona esta voz mental. ¿Tiene algún propósito? La verdad es que no. Funciona exactamente igual que las maquinas tragadiscos de los años 70, las jukebox, en las que introducías una monedita, apretabas -entonces no se decía “clickar” sino “apretar” :)- una letra y un número y se ponía el disco que querías, siempre el mismo disco, ¿las recuerdas? Pues la voz mental es exactamente así. Cuando eras pequeño, los discos se grabaron según tus experiencias y demás. Y desde entonces, siempre que las circunstancias son, por ejemplo, H-3, sale el disco “Tú no vales nada”. Si las circunstancias son G-9, sale el disco “Otra vez la has fastidiado”. Si son D-6, sale el hit “No hay nadie tan bueno como tú”. Y así.

Cada uno de nosotros tiene su discografía particular. De eso no cabe duda. La Mirada Secreta nos señala que:

La voz mental no eres tú.

Si fueras tú, escogerías siempre discos maravillosos porque está claro que por querer, quieres ser feliz…;

Tú eres antes que la voz mental.

Cuando naciste, no tenías ninguno de esos discos, pero tu ya eras tú. Por lo tanto, esta voz se sobrepone artificialmente a tu identidad;

La voz mental no tiene nada que ver contigo sino con las circunstancias que rodearon tu infancia.

Si hubieras vivido otras circunstancias de pequeño, tendrías otra discografía;

Si observas, te darás cuenta que la voz mental es repetitiva y nunca nueva.

Los discos son siempre los mismos, son realmente discos rallados;

Quien realmente manda eres tú y no la voz mental.

Puedes escoger no escuchar los discos que saltan automáticamente.

Y finalmente,

tu no puedes tener una relación contigo mismo porque no te puedes dividir en dos

por lo tanto todo lo que te dice la máquina no tiene nada que ver contigo.

Date cuenta de que esa voz que te juzga, te acosa, te manda, te esclaviza (es indiferente que sea un buen amo o un tirano) es sólo una máquina automática y atrévete a ser libre.

Eso es lo que te desea la Mirada Secreta, aunque aún no hayan llegado las fiestas.

¡FELIZ AHORA!

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La prisión del alma

¿Por qué permaneces en la cárcel cuando la puerta está abierta de par en par?

Rumi

Muchas veces, el alma no sabe que vive en una cárcel. Su habitáculo es, para ella, el universo entero y, con sus mas y sus menos, le gusta. A veces, cuando un revés de la vida gira su cabeza, ve las puertas abiertas pero no siente la necesidad de salir.

Otras veces, el alma tampoco sabe que vive en un cárcel. Pero esta vez, la cárcel no le gusta. Se siente atrapada. Su corazón estrujado se pregunta perplejo si esto es todo lo que hay. Algunas veces también ve las puertas abiertas, más al no saber que vive en una prisión, no se le ocurre salir. Ve la salida sin verla…

En ambas circunstancias,

el alma no sabe que el sufrimiento que está sintiendo sólo habita en medio de estas paredes…

¡Pobre alma que no sabe que no sabe!

Otras veces, el alma siente su aprisionamiento. Se debate -a veces furiosamente y otras estremeciéndose sutilmente- entre un sinfín de cadenas imaginadas que le mantienen aprisionada y no le dejan salir de su encierro a pesar de tener las puertas abiertas frente a ella, casi eternamente. Cadenas de no-puedos, cadenas de miedos -a perder lo que tengo, a perderme, a lo desconocido, a la muerte,… (¿a mayor miedo, mayor intuición?)-, cadenas inventadas, cadenas intuidas, cadenas, cadenas.

Y el alma que no sabe y se pregunta. Se pregunta y busca respuestas. Y algunas respuestas parecen calmar su sed de libertad, pero el alivio dura sólo unos segundos. Y se sigue preguntando, envuelta de cadenas, frente a la puerta abierta.

Trabaja duramente para entender su aprisionamiento. Para hallar una salida. Para liberarse.

A veces, ve las puertas abiertas. Están frente a ella. Pero no cree que sea tan sencillo. “¡Ésta no puede ser la salida! ¡No puede haber estado frente a mi todo este tiempo! ¡La salida es mucho más complicada!” piensa el alma.

No puede aceptar que tanto sufrimiento, tan pesadas cadenas le permitan llegar al umbral siquiera

y sigue su periplo en busca de una salida acorde a su sufrimiento…

¡Pobre alma que sabe que no sabe!

Y otras veces, -pocas de hecho-, al alma descubre la cárcel, las puertas abiertas, las cadenas imaginadas, el sufrimiento que vive allí y sin debatirse, se duerme al sueño. Sabe que no es ella quien ha de cruzar las puertas.

Y también sabe de la embriaguez de cárceles, puertas, cadenas y sufrimientos.

Y como aquel que duerme la borrachera esperando despejarse, se deja

…dándose cuenta de que los sueños, sueños son (como dijo aquel que la inspiración atravesó).

Y quizá llegue a darse cuenta que ella misma es producto ebrio de sueño. Quizá…

Y ahí está el alma que sabe que no sabe y que ¡nunca sabrá que sabe!

La mirada secreta hoy deja esta cárcel patas arriba.

Y en su infinita compasión, susurra un silbo de aires amorosos (como diría Juan):

-Shshshshshshs, todo está bien…

-El gran entretenimiento son los pensamientos y la gran cárcel es creernos que son nuestros. Si no vemos, no vemos por eso-

… me dice entre sueños.

Y surge una sonrisa de paz.

El sueño sigue, apaciblemente.

Vacío de mí.

Dentro, fuera, es lo mismo. Lo que vivo fuera es donde estoy dentro.

¡Feliz Ahora!

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La persona y la libertad

“Sólo existe elección en la mente que duda”

J. Krishnamurti

 

 

La persona nunca será libre. Jamás.

¡Vaya manera de empezar hoy la mirada! Parece una visión bastante triste del ser humano. Sin embargo, la mirada sigue alegre y pizpireta, sonriéndome traviesamente. Algo esconde. Algo bonito… Voy a escuchar a la mirada secreta, a ver que me quiere enseñar…

Crees que eres libre -me empieza a explicar la mirada-, porque te parece que eres tu quién decide. Y crees que la libertad te la dá la posibilidad de elección: mientras puedes elegir, puedes ejercer tu libertad. Si así entiendes la libertad, entonces eres libre…

Es un hecho que son muchas las veces que podemos elegir. Pero si miramos más profundamente, ¿de dónde surge la decisión? ¿de dónde surge la inclinación por una opción u otra? ¿qué es lo que te mueve a hacer una cosa y no otra? ¿has escogido tu tener unos deseos y no otros? ¿tener unas preferencias y no otras? ¿tener unos gustos y no otros?

¿qué es lo que manda en tí?

Esas son preguntas que nunca nos planteamos. Damos por hecho que nosotros decidimos, pero nunca hemos mirado qué es lo que nos hace actuar de una manera y no de otra…

Mira bien. La persona suele actuar tal como le ordena la mente.

La mente pensante siempre se mueve bajo el paradigma causa-efecto: algo produce lo siguiente, que a su vez se convierte en causa de lo siguiente, etc. De hecho la mente se suele poner muy nerviosa cuando en algún momento no conoce la causa de algo que le importa, o no conoce los efectos que tendrá algo. Es cuando las personas hablan de no tener control. Pero en realidad, la persona nunca conoce completamente ni la causa ni los efectos de nada…

La mente pensante está programada como un ordenador:

  • Desde el nivel de los efectos, cuando la persona se encuentra frente a una causa “x”, surge una reacción. Cuando esto ocurre, la persona actúa reactivamente, “escoge reactivamente” o sea que en verdad no tiene elección. Y, según el condicionamiento de cada cual, solemos reaccionar siempre igual a la misma causa (me tocan aquí, me enfado; me tocan allí, quiero su amistad, etc).
  • Y siguiendo el paradigma causa-efecto mental, cuando la persona tiene la creencia de haber escogido, quiere decir que ha escogido un “efecto” y para eso, se coloca en el lugar de la causa y entonces actúa estratégica o manipulativamente para conseguir el efecto que quiere. En este caso, en el nivel de las causas, tanto su aparente decisión como su estrategia surgen de lo aprendido, de lo condicionado y por ello son siempre caminos repetitivos. Pero, si te fijas bien, aunque el camino sea repetitivo, los resultados no lo serán. Porque por mucho que seamos grandes estrategas o manipuladores, como ya hemos visto, todo es multicausal, y aunque nos esforcemos mucho, los resultados dependerán en un porcentaje muy pequeño de nuestras estrategias y el resto serán efecto de miles de otras causas -conocidas y desconocidas- (si no, todos sabríamos como ser ricos, como hacer para que un negocio funcionara bien, o una pareja o los hijos,…). Escogemos empujados por la moda, lo que nos han enseñado, los genes y tantísimos otros condicionantes y actuamos para conseguir los efectos deseados desde el mismo sitio programado…

Así, la persona que actúa mentalmente -casi todos, la mayor parte de nuestras vidas-, puede parecer libre a primera vista, pero sus millones de condicionamientos mentales están trabajando por ella y en lo profundo ella no está decidiendo nada.

Más la persona también puede actuar desde otro lugar, que no el mental. Eso sucede cuando se dá una acción o conducta que no es reacción a ninguna causa ni busca efecto alguno.Es una acción que simplemente ocurre y que la mente no controla, fuera del binomio causa-efecto. No es ni reactiva a nada, ni busca conseguir nada. Es en sí misma. A esa acción le podemos llamar espontánea.

Muchas son las veces que creemos estar siendo espontáneos, pero en realidad estamos actuando reactivamente.

La espontaneidad es sorpresiva tanto para la persona que actúa como para los que la ven actuar. No responde a nada ni nada busca.

Si fuéramos realmente libres, nunca decidiríamos nada. No sería nuestra mente programada la que mandara en nosotros.

Para ser realmente libres, hemos de descubrir que no somos este pequeño yo pensado que sólo vive en la mente.

La verdadera libertad empieza por liberarnos de quien creemos ser.

Si fuéramos realmente libres, actuaríamos espontáneamente, libres de condicionamientos. Y sólo entonces nuestra actuación sería sabia.

Por eso te digo que ninguna persona es libre ni lo será jamás. Lo único que puede ocurrir es que sea la Libertad actuando a través de la persona vacía del pequeño yo. Mientras haya una persona que cree estar decidiendo, mientras la persona esté llenita de su yo-pensado, continuará esclava sin saberlo.

¡Deja paso a la Libertad, que con Ella vienen la Alegría, la Sabiduria y la Paz!

¡Feliz Ahora!

 

 

 

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La verdad simple

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“La verdad os hará libres”

Juan 8, 31

El otro día, un alma radiante me pasó un video de un señor anciano que allende los mares se pasa el santo día saludando a los ocupantes de los coches que pasan a toda prisa por su lado. Les envía besos, les dice que les ama, les desea un buen día… Les da amor un día tras otro, un año tras otro. Al principio, los conductores pensaban que debía ser un pobre loco. Pero, poco a poco, empezaron a confiar y a devolverle el saludo. En el video, algunas personas explican el impacto que ha causado en su vida la “locura” diaria de este anciano. Y de nuevo, la mirada secreta me muestra un nuevo descubrimiento:
lo verdadero es siempre simple.
Fue mirando el video que la mirada me mostró la belleza de ver como aquel derroche de amor regalado por el anciano afectaba a cada persona de forma diferente: en la mujer que iba enfadada cada mañana al trabajo, deshaciendo su enfado y despertando cada día su sonrisa, hasta que dejó de ir al trabajo de mal humor; en la partera que viajaba al hospital a dar a luz, dándole la seguridad de que su hijo nacería envuelto en amor, etc.
Un acto tan simple como enviar un beso, se recibía por cada uno de manera diferente, justo de la manera que más se necesitaba…
Ver esa elasticidad que trae la verdad en su simpleza me hizo recordar a esa mujer hindú, considerada santa por muchos, que se pasa la vida abrazando a las personas. Abraza millones de personas al año. Su abrazo dura unos 2 o 3 segundos. Externamente no hace nada más. Y sin embargo, las personas hacen colas de 5 y 6 horas para ser abrazadas. Y al ser abrazada, cada una vive una experiencia diferente, justo aquella experiencia que más necesita…
Y así podríamos seguir. Cualquier sonrisa que brota espontáneamente, una mirada auténtica, unas palabras inspiradas, tienen un impacto transformador “personalizado” en quien las recibe. Y esa personalización no la hace quien da sino la cualidad verdadera de lo dado.
La sencillez de lo auténtico, la simplicidad de lo verdadero tiene una inteligencia propia que va mucho más allá de la mente.
La verdad se expresa con sencillez y es esa simplicidad la que le da el poder de transformación.
Sólo la visión de la verdad nos transforma y nos transforma por su simplicidad.
La verdad no está en la mente. No es la mente la que genera la verdad. Conforme más elaboramos algo verdadero, más nos alejamos de la verdad. La persona que lo recibe no hace nada para que ocurra semejante transformación. Es como si se hiciera solo. La señora siempre enfadada no decide dejar de estarlo, simplemente sucede.
Qué sencillo ¿verdad?
Y tanto en la persona que da como en la que recibe, no hay ninguna actividad mental que esté dirigiendo, decidiendo, interpretando, juzgando, manipulando o cualquiera de las actividades en las que usualmente está involucrada la mente.
De hecho, si la mente de quien da o la mente de quien recibe asume el mando, la alquimia de la verdad se detiene. Y míranos, creyendo que contra más complicado es algo, más inteligente es…
Lo verdadero es espontáneo, simple, transparente. No pretende nada más que su propia expresión. No busca ningún resultado. Es por eso que cuando damos desde ese sitio verdadero, nos sentimos felices sólo por el hecho de dar. Es un dar que surge espontáneo, desde la libertad. Y libre llega a quien lo recibe, quien -también sin pensar- lo vivirá justo como más lo necesita.
La verdad simple que brota,
La verdad que nada busca,
La verdad que colma,
Pura inteligencia en acción, que impacta directamente en el centro verdadero de la otra persona.
Lo auténtico reconociendo a lo auténtico…
Y allí, alquímicamente, es acogida y transformada en su justa medida. Ese es el milagro de la Verdad.
¡Feliz Ahora!
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Ni creer para ver, ni ver para creer

La creencia no es el principio, sino el fin de todo conocimiento

Johann Wolfgang Goethe

Hoy me he enfadado con mi hijo. Le dejé el coche para ir a la ciudad. Le pedí que llevara monedas para pagar el aparcamiento y evitar la multa. Pero cuando ha vuelto de la ciudad, volvía con la multa puesta. El creía que llevaba monedas y en el momento de la verdad, no tenía dinero.

Me he enfadado porque creo que es un irresponsable. Me he enfadado porque creo que yo le ayudo en todo y por una cosa que le pido, podría por lo menos cumplirla. Me he enfadado porque si él tuviera que pagar la multa, seguro que se habría esforzado más en evitarla. Me he enfadado porque no respeta las reglas…

Por otro lado, mi hijo creía que llevaba monedas encima…

¿Qué es lo que verdaderamente ha pasado? ¿Qué es lo que es cierto? Lo que es verdadero es que ninguna de estas creencias es cierta. Mi hijo no es un irresponsable, ni tampoco deja de cumplir lo que se le pide, ni hubiera sido diferente en el caso de que él tuviera que pagar la multa, ni es un joven que no respete las reglas. Ni llevaba monedas encima.

¡Ninguna de las creencias que hemos tenido es cierta! Lo único verdadero es que a la hora de pagar el ticket de estacionamiento, no tenía dinero. Es lo único verdadero porque es lo que ha sucedido. Es lo único verdadero, porque es experiencial y no pensado.

Sin embargo, me he enfadado con él y él se ha sentido muy mal. Por algo que nos puede pasar a cualquiera en cualquier momento. Y nos hemos sentido así porque nos hemos dejado llevar por nuestras creencias: creo que….

No nos damos cuenta pero la mayor parte de nuestros pensamientos, emociones y comportamientos están generados por creencias,

por presupuestos mentales que los vivimos como ciertos sin haberlos comprobado nunca. Incluso en muchos casos, esas creencias (“creo que” o “creo en”) ni siquiera sabemos que las tenemos.

Nos hemos acostumbrado a funcionar por lo que pensamos y no por lo que experienciamos.

Incluso nos vivimos a nosotros mismos por la idea que tenemos de nosotros y no por lo que hacemos. Nos puede más lo que creemos que buscar la evidencia directa.

Hace unos años me pareció haber tenido una revelación cuando descubrí que para ver algo directamente, para vivir algo con la evidencia de la visión directa, primero tenía que creer que aquello era posible. Había descubierto que no hacía falta que viera para creer, sino que podía creer y entonces, acabaría viendo.

Ahora me doy cuenta (que es a lo que yo llamo “ver” :)) que ambas son falsas.

Puedo vivir sin creer en nada y eso es una gran liberación. Es una enorme liberación que me empuja a vivir espontáneamente, sin caminos trazados.

Vivir sin creer en nada me permite mirar con mirada nueva, descubrir por primera vez.

Vivir sin creer en nada transforma mi mirar astuto en una mirada inocente y limpia.

Pero ¿por qué iba a querer vivir sin creer en nada? Porque

no hay ni una sola creencia que sea cierta.

Y eso es así porque las creencias son ideas, teorías, productos mentales no comprobados. Y sin embargo, aunque no haya ninguna evidencia real de la verdad de una creencia, aunque sea una mera interpretación o especulación, son las creencias las que nos dirigen. Incluso podemos matar por ellas.

Algunos hablan de creencias limitantes, o de creencias irracionales. La mirada secreta no ve excepción alguna:

todas las creencias son limitantes, todas.

Y son limitantes por dos razones: una, la creencia que compramos excluye cualquier otra posibilidad, por lo tanto me limita; dos, la creencia que compro impide que vea directamente. Funciona como un filtro que se interpone entre la mirada y la realidad. Por eso todas las creencias son limitantes.

Puede ser que algunos lectores se sientan mal al leer esto. Nos identificamos con las creencias: yo soy de tal país (y por lo tanto me excluyo como ciudadano del mundo -o sí, del mundo si que soy ciudadano, pero del pueblo vecino, no..-); yo soy “creyente” (¡Dios mío! ¡qué paradoja!); yo creo en ti (ósea, en la idea que tengo de ti, que antes o después caerá…); yo creo que todo esto no es cierto (¿y de qué te sirve? ¿te ayuda a ver la realidad?)

No creamos en nada. Dejemos que sea la mirada secreta, la mirada limpia de cualquier prejuicio que mire. Y sorprendámonos del milagro de la Realidad. Este es el único camino a la Verdad.

Y alguien me podría preguntar ¿no es acaso esto una creencia más? Para quien no lo ha visto directamente, sí. ¡Así que no te lo creas! Mira directamente, hasta que veas. Entonces vivirás de evidencias, que aunque no puedas explicar, serán transparentes. Entonces no habrán dudas. Ni querrás convencer a nadie. Cada nuevo descubrimiento será un regalo que te sorprenderá. Tu mente se sorprenderá. Cada nuevo descubrimiento ensanchará tu mirar.

La creencia excluye todo aquello que está fuera de ella. La verdad todo lo incluye. Nada hay fuera de ella.

Ni ver para creer. Ni creer para ver. No necesitamos creer.

La Verdad está frente a nuestra mirada. Abramos los ojos.

¡Feliz Ahora!

Dedicado a mi hijo pequeño, viendo juntos desde el más grande amor…

 

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Yo, mi, mío

El comienzo de la Sabiduría es el silencio.

Pitágoras

 

 

 

 

 



No sólo era la belleza sobrecogedora de las montañas, arropándonos con su serena y poderosa presencia. El Silencio nos había adoptado como hijos suyos durante un tiempo, tan inocente y amorosa era la entrega de todos los que estabamos allá. Nacidos nuevos del Silencio preñado de paz amorosa, los verdaderos hijos, atisbos de su dulce sabiduría.

Así andábamos. El Silencio pariendo miradas refulgentes, sonrisas inocentes. Las arrugas del sufrimiento borrándose al paso de su tacto casi imperceptible.

Sus ojitos parecían dos linternas, tan grande es su amor por la verdad, cuando a penas levantando la voz nos dijo: “es que no puedo acallar mis pensamientos ni los puedo dejar de escuchar” Y mientras ella hablaba, las campanas no paraban de tañer llamando a su regazo… Pero ella no las oía. No oía las campanas que sonaban claras y fuertes, y en cambio no podía dejar de escuchar sus pensamientos. ¿Por qué? ¿Por qué?

La observación era muda. No sabía la respuesta. Sólo el Silencio podía hablar. Sólo el Silencio sabía. Los preciosos ojos pidiendo comprender, el tañido de las campanas llamando, la mente muerta, esperando…

Y esta vez la mirada secreta lo gritó triunfal. Lo gritó desde el Silencio. Con urgencia. Como un rayo devastador de claridad encegadora, dejándo al descubierto, desnuda, la verdad simple, la verdad inocente, la verdad poderosa, la verdad que nada excluye…

Y esta vez la mirada secreta lo gritó a todos los que allí estábamos. Ella, como la humanidad entera, no oía las campanas y en cambio no podía de dejar de oír sus pensamientos por una razón muy simple y ahora evidente:

Esos eran los sonidos: las campanas por un lado y sus pensamientos por el otro. Las primeras sin poder ni fuerza. Los segundos, pegajosos y poderosos. ¿Lo veís ahora vosotros también? ¡La clave está en los pronombres!

Y ahora miro bien y me pregunto si los pensamientos que resuenan en la mente son mis pensamientos. No los he escogido. No los he decidido. No los he creado. Veo que son pensamientos que percibo. Pero también percibo este árbol. Y ¿es acaso “mi” árbol? Porque si es ese mi árbol, entonces el universo entero es mio, y también tú… Entonces recuerdo otra alma bellísima hablándo de su brazo. Miro ahora éste brazo que se supone que es mío y no comprendo, no puedo ver que sea “mío”. Míro ahora éste cuerpo, éstas células conglomeradas y no veo el “mío” por ningún lado. Y miro y miro y miro… y veo esta persona llena de pensamientos, emociones, formas y veo con pasmosa claridad que no me pertenece, en absoluto

Descubro que no hay un “yo”. No hay un “mi”. No hay un “mío”.

No hay nada que proteger. Y abro todas las puertas que tan celosamente guardaba bajo llave.

No hay nada que controlar o manipular para el bien… ¿de quién? Y fluyo ligero como una pluma en las corrientes de la vida.

Y al ver que no hay un “yo” se desvanecen todos los obstáculos. ¡Es tan simple que parece una broma!

No hay un “yo” que pertenezca a ese “yo”. No hay un “mi”, ni hay un “mio”. Entonces dejo de pedir, de exigir, de mendigar… ¿para quién?

Y si no hay un yo/mi/mío, ¿cómo va a existir un tú/a tí/tuyo?

La libertad es inexpresable. Las ataduras del yo/mi/mío han dejado paso a la alegría de vivir. La felicidad es inabarcable.

Y por fín se esfuma cualquier resistencia y con ella llega el descanso, la añorada paz. Y el amor entra a raudales desde el mundo de la verdad.

Sé que te lo han dicho. Sé que te lo has creído. Pero mira. Mira por primera vez. Mira directamente, sin pensar y dime si en los pronombres hay alguna realidad.

Dedicado a los hijos del Silencio, atisbos de la Verdad.

¡Feliz Ahora!

 

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