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LOS TRES LEONES


“Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres”

Juan de la Cruz





“Yo” y “ego” son palabras que aluden a lo mismo, a esta identidad que se vive separada de todo y de todos. Como a mi la palabra “ego” me sonaba también a “vanidad” o “soberbia”, sin darme cuenta trataba de evitarla. Así que para mencionar a esa entidad separada, en vez de llamarla “ego” la llamaba “pequeño yo”. Esta es la historia de una confusión.

Los sabios le decian que para descubrir la Verdad era imprescindible que el pequeño yo muriera, porque esa creencia de ser alguien separado de los demás y del mundo no era su identidad real. Y como amor a la Verdad no le faltaba, se arremangó y trató por todos los medios de matarse. Pero no había forma. Intentó primero tragarse todos los arrebatos egoicos, pero eso no hacía más que empeorar la situación. El pequeño yo se aprovechaba de los fracasos: “Que mal que lo estoy haciendo” “soy un desastre”. Frases así poblaban la mente del pequeño yo y con eso aún se fortalecía más la identidad separada.

Al ver que tragarse sus arrebatos aún le daba más identidad, trató de no hacerles caso. Uy! Esta estrategia era todavía más virulenta. Imaginad, ahora el pequeño yo no se sentía mal consigo mismo, sino que pensaba: “Sí. Sí. ¡Lo estoy consiguiendo!” Así que el resultado era casi peor que con la anterior estrategia. Ahora no sólo se sentía separado del mundo sino que se sentía ¡mejor que el resto!.

Hiciera lo que hiciera, el pequeño yo en vez de morir, crecía. Crecía incluso más que antes de haber deseado morir. Pero, enamorado de la Verdad como estaba, no cejaba en sus intentos.

Y la Verdad, que responde siempre que se la llama, le regaló un compañero. Era este un gran león de porte digna. El pequeño yo se enamoró al instante de él. Y aunque le causaba respeto, mucho respeto, no sentía ningún miedo. El león era como un sabio ecuánime. Incluso su lustrosa melena era blanca, como serían las barbas del más sabio entre los sabios. El pequeño yo olvidó sus ansias de morir y se dejó cautivar por las maravillas que el sabio león le mostraba. A su lado, el pequeño yo comprendió muchos de los enigmas que en otros tiempos le habían angustiado. Este maravilloso animal fué quien le presentó a la mirada secreta (ahora es la mirada la que sonríe al recuerdo) y junto con ella formaron equipo para ir colmando el enorme ansia de Verdad que ardía en el centro del pequeño yo.

Un día, cuando estaban paseando por los aires del misterio, se oyeron unos silbos amorosos al compás de una bella tonada. La melena blanca del compañero no pudo menos que sumarse a la danza que el pequeño yo, envuelto en la locura del amor, expresaba. ¡Cuánta dicha y alegría nunca antes conocida!. La luz clara y precisa que emanaba del sabio león se vió entonces completada por la más dulce sonrisa…. ¡en las fauces de un segundo león! ¡Era éste quien silbaba!. El pequeño yo se moría de la risa. Ver a otro inmenso león jugando como un gatito con su magno compañero, le abría el corazón como nunca antes lo había sentido. El pequeño yo se sentía colmado de gracia. Y con ambos como compañeros, guías, amigos del alma siguió su camino en pos de la Verdad. Ahí estaban: el Amor por la Verdad en la forma del más bello y dulce de los leones; y la Verdad del Amor en la mirada cristalina de tan centrada del sabio amigo. Nada más podía querer el pequeño yo enamorado.

Y así siguió caminando, feliz de su suerte, tan agradecido, dandose cuenta de que esos compañeros no eran sus amigos porque él los mereciera, sino por el inmenso amor que a la Verdad tenía.

Aún y así, la inquietud le seguía incomodando. Pensaba: ” si soy yo quien comprende cuando el sabio león me enseña, entonces no debe ser una verdadera comprensión”, o ” si soy yo quien ama cuando el alegre amigo me enseña lo bella que es la vida, entonces no deber ser verdadero amor”. Este “yo” que experimentaba no dejaba al pequeño yo disfrutar plenamente de los regalos de sus amigos. Le habían dicho que este “yo” no era real, no era la Verdad y que debía morir… Muchas veces rompía a llorar y rezaba: “¡que muera ya este yo! ¡por favor! ¡yo sólo quiero la Verdad!”

Y así llegó el momento en que la paz alegre, la serena mirada iban a temblar hasta el paroxismo del miedo, en cuestión de un instante. Porque un día inesperado, frente a los tres se plantó sin previo aviso, el león más grande imaginado. Este, de melena casi negra, era con mucho el más alto y el más ancho de los tres. El pequeño yo eran tan tan pequeño a su lado que, si no fuera por el interes del león, de un pisotón lo habría matado. Pero no era éste su plan. Su plan era mucho más complicado. Venía a matarle, sí. Pero no como el pequeño yo había imaginado.

Sus antiguos compañeros, como si frente al rey se hubieran topado, reclinaron gracilmente sus melenas y se apartaron a un lado. El pequeño yo supo, supo que iba a ser matado. Recordó cúanto lo había pedido: “¡muera el yo para que la Verdad viva!” pero no sabía que el terror le estaba acechando. Su miedo era tan grande que a sus amigos perdió de vista y ni por ellos pudo ser consolado.

El gran León, con sus garras le estrujó la mente y le estrujo el corazón. Era un león especializado en hacer trizas los pequeños yoes el mundo y su peor arma era el rugido que volcaba en la aterrorizada oreja del pequeño yo, cada vez que este mencionaba al “yo” ni que fuera con su pensamiento. Como ejemplo, para que veais su fiereza, si el pequeño yo se quejaba ni que fuera un poquito, el león rugia: ¡¿QUIIIIIEEEEEENNNN SE QUEJA!?. El pequeño yo, todo despeinado, se quedaba helado y, como si el rugido le hubiera cortado la cabeza, se sentía engullido en un infinito agujero negro..

Si el pequeño yo pensaba “parece que hoy estoy mejor”, el enorme león le gritaba: ¡¿QUIIIIIIEEEEEEEENNNNNN está mejor!? Y de nuevo desaparecía el pequeño yo en el negro vació.

Así una y mil veces. El pequeño yo le imploraba que le matara ya de una vez. Que no quería seguir siendo un yo. Pero por dentro la pena era inmensa. Recordaba la felicidad de los tiempos en los que la mirada secreta y la alegría de vivir le acompañaban. Ahora sólo había desolación. Realmente quería morir. Pero no lo conseguía. Sólo iba siendo tragado cualquier pensamiento autoreferenciado. Era como si el león se hubiera propuesto que el pequeño yo dejara de pensar en si mismo.

Aún y así no os creais ni por un instante que el pequeño yo habría preferido abandonar la búsqueda de la Verdad. No. Estaba dispuesto a todo, aunque este todo implicara la vida en el infierno en el que estaba desde que el león le apresara. Si eso era la Verdad, lo acataría. Aunque había algo dentro de él que le decía: confía, confía…

Y un día ocurrió lo inesperado.

El gran león, en vez de matar al yo del pequeño yo,….. ¡¡¡¡¡mató lo pequeño y dejó vivo el yo!!!!!!! Y lo que un día fué un pequeño yo, se empezó a expandir y a expandir y a expandir en un yo taaaaaaaaaannnnnnn inmenso que a todos y a todo fué abrazando. Incluyó el mundo, el universo. Incluyó todo lo conocido. Incluyó también lo desconocido. Y más allá.

Él era el gran león, cuyo nombre es SAT y era los otros dos leones, el sabio y luminoso CHIT y el amoroso y dulce ANANDA. Al morir lo pequeño del yo, murió el yo separado.

¡Qué equivocado había estado queriendo matar lo único que siempre había sido verdad: ¡la sensación de yo! Lo que había de morir por falso, era la pequeñez en la que su LUMINOSO E INFINITO CUERPO había sido apresado.

Y así vió que nada estaba separado pues Él lo era Todo. Y en ese Todo también cabía la nada. Él era Ella. La Verdad reencontrada.

Quizá este relato fué un sueño, aunque la Verdad jamás se ha extraviado. O ¿es ahora que soñamos?

¡¡FELIZ VERDAD!!

 

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El río y el agua

“Be water, my friend”

Bruce Lee

 

 

 

Decimos que el río nace en la fuente, pero ¿es así? ¿brota el río de una fuente o es el agua la que brota? Más el agua que brota de la fuente ya existía antes, entonces ¿qué es lo que nace?.

El agua que brota de la fuente viene de aguas subterráneas que quizás llegaron de la lluvia… la lluvia de las nubes… las nubes del agua de la tierra y así…

Decimos que el río nace en la fuente pero, en realidad, es una manera de hablar -rara vez miramos cúal es la verdad-. Lo que nace es una “corriente de agua” concreta y a esa le ponemos un nombre. Hay un sinfín de ríos en nuestro planeta, cada uno con sus nombres, compitiendo por ser el más largo, el más bello, el más caudaloso… pero eso al agua no le importa nada, nada, nada. Los ríos no son lo que parecen. Ni viajan, ni desembocan, ni tienen vida propia. Son las simples huellas que ha dejado el agua en su navegar. Son el cuerpo del agua. El agua es quien habita el río, quien hace al río lo que es, un río. Sin ella no habría río, pero sin río, ¡sigue habiendo agua!

El agua parece fluir con facilidad, sea entre rocas o juncos. Y es que en ese fluir hay una rendición total: a nada se enfrenta el agua. Y aún y así, entregada y rendida, en ningún momento deja de ser quien es. Siempre es agua.

Sólo se mueve en la dirección de su propia corriente, siempre por el camino más fácil, porque sólo tiene un objetivo: desembocar para seguir su ciclo.

-¿Para qué luchar contra nada? ¿para qué querer cambiar las características del río?- ríe el agua del río a la mirada secreta que hoy juega con ella.

Aunque hayan cascadas o remansos, el agua es inmutable, -siempre es agua, nunca cambia de forma porque no tiene forma. Lo único que hace es adaptarse al cuerpo que la contiene-. Parece que se ve afectada por los aparentes golpes: espuma, remolinos…, pero el agua sigue siendo agua.

Contra más pura el agua, menos atributos tiene: no sabor, no color, no olor. Y sin embargo, ¡qué rica está!

Y cuando llega el agua a su desembocadura (¡que no es el río el que llega a la desembocadura!), el agua… sigue siendo agua… y sigue su periplo, inteligente y eterno…

Y he aquí al ser humano, creyendo ser río cuando Es agua. Pero como se cree río, vive como tal. Nace un buen día de la fuente-madre y un buen día muere en la desembocadura; lucha con y contra todo sin saber cuál es su función, siempre compitiendo con otros ríos, siempre por el camino más difícil. Todo le afecta, y cree que en esa afectación está su aprendizaje. Y cree que los atributos son los que le hacen ser alguien… El ser humano… pura agua de vida… en negrita ¿Lo ves?

Ríe la mirada secreta al Silencio que hoy juega con ella…

¡Feliz Ahora!

 

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El origen del sufrimiento

imageSolo en el país de los sueños se tienen pesadillas.

La mirada secreta

A

Tenemos los acontecimientos de la vida catalogados ya antes de nacer. La historia de la humanidad ha ido creando culturas, cada una de ellas con un catálogo de juicios bajo el brazo. Depende del lugar en el que te vas ha criar, vivirás las situaciones como buenas o malas. Por ejemplo, si naces hembra o naces diferente (es decir, con una llamada malformación de algún tipo, visible -porque malformaciones tenemos todos, ¿o no?-) seguramente en varios lugares del mundo, serás causa de mucho sufrimiento. Y serás causa de mucho sufrimiento, simplemente porque nos hemos creído a pies juntillas el catálogo de juicios de esa cultura, ¡sin ponerlo en duda ni un sólo momento de nuestras vidas! Y después creemos que somos libres…

Hoy la mirada secreta quiere que descubramos el origen del sufrimiento y me empuja a poner en palabras lo que me lleva susurrando al oído desde que me rendí a ella…

Durante el transcurso de la vida van aconteciendo sucesos de todo tipo y cada uno ya tiene colgado el veredicto a priori: si me toca la lotería, eso es algo bueno; si me arruino, eso es algo malo. No importa que no sepamos que es lo que nos va a traer la loteria o la ruina en un futuro. Ya lo hemos sentenciado de antemano. Nos hemos creido que el dinero y la felicidad son uno. Y no lo hemos puesto nunca en duda, a pesar de tener pruebas de que la lotería ha destrozado familias enteras (y las herencias: a más dinero por medio, más riesgo de peleas) o que lo que un día parecia una ruina se convirtió en la gran palanca para una vida nueva y mejor. O todo lo contrario: la loteria ha sido una bendición y la pérdida del estado económico, un desastre. ¡Quien sabe!

En sí, ¿cómo puedo saber si lo que me haya tocado vivir va a ser algo bueno o malo? ¿en función de qué?. Y no solo eso. Sino que lo que parece bueno en un sentido, puede ser malo en otro. De hecho, es siempre así, porque la moneda nunca viene con una sola cara:

En el mundo en que vivimos cada suceso crea su contrario.

Por eso, es muy difícil por no decir imposible, que algo sea bueno en todos los sentidos, o malo en todos los sentidos. Que me toque la loteria a mí significa que no le ha tocado esa loteria a millones de otros seres humanos. Así que mientras yo bailo empapado de cava festejando mis millones, puede ser que haya otra persona llorando desconsoladamente porque por un solo número no ha ganado. Y así.

No importa. Si te atreves a mirar por primera vez, como mira la mirada secreta, veras que

en sí, todo lo que acontece es neutro.

Y sin embargo, sufro.

Es probable que me repliques que es normal que sufra en determinadas situaciones. Pero que sea normal sólo indica que tenemos todos la misma programación, no que sea lo natural. Sino, mira a los niños. Los niños no viven la muerte o la enfermedad como la viven los adultos. Quizás diremos que es porque no se enteran de la gravedad del hecho. Puede ser, pero todavía no sé donde está esa verdad, si en el hecho de que no se enteran o en el hecho de que la gravedad no es tal… No sé. Lo que sí sé es que:

Hasta que no aprendemos este catálogo de juicios, no vivimos las cosas de la misma manera.

Cuando aquí hablamos de sufrimiento no nos referimos al dolor que acontece en una situación concreta. Nos referimos al dolor que sentimos dentro mientras la vida fluye a nuestro alrededor. Nos referimos al dolor que nos trae el pensamiento, los recuerdos y las proyecciones a un futuro imaginado. Como muy bien explica un sabio de nuestro tiempo, si yo te pregunto qué problema tienes AHORA, en este momento exacto, tienes una 99.9% de posibilidades de decir que ninguno, sin embargo estás sufriendo. ¿Por qué?

¿Por qué sufro? Para que yo sufra, tiene que haber acontecido algo que yo haya enjuiciado como algo malo o indeseable, según lo estipulado en el famoso catálogo. Seguro. Sí. Este es el origen del sufrimiento:

para sufrir, he de juzgar

Es el juicio lo que me hace sufrir, no lo que acontece. Cuando practico el juicio, sufro, aunque yo no me de cuenta de que he juzgado.
Y la mirada secreta me pregunta, siempre empujándome a investigar: ¿qué pasaría si no juzgara ninguna situación?

Yo no sé nada. Eso es lo único que sé. No sé por qué pasa lo que pasa, ni para qué. Por no saber ni siquiera sé quien soy yo o que es esto de vivir. Así que aunque mi mente siga juzgando, siempre obediente a su programación, yo no puedo tomarme esos juicios muy seriamente porque no tienen sabiduría. Simplemente por eso.

Así, dejo mi juicio en manos de Dios.

Y yo me dedico a vivir plenamente en el único lugar en donde acontece la vida: aquí y ahora. Y gracias a la mirada secreta, aquí y ahora descubro que la felicidad no es un estado lleno de juicios positivos, sino que es un estado diferente y nuevo:

la felicidad está libre de juicios.

Por eso, desde esta vida llena de luz y de pájaros cantando,

¡Feliz Ahora!

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¿Dónde está la realidad?

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 El científico sigue hoy las huellas que el sabio dejó ayer.

La mirada secreta

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Ayer mi hijo, que sabe que no nos enteramos de mucho de lo que pasa en el mundo, nos enseñó la foto de un vestido que ha captado la atención del mundo internauta y nos preguntó de qué color lo veíamos. Uno lo vio blanco y dorado y el otro lo vio azul y negro. Y ante la perplejidad de las mentes, la mirada secreta sonrió tan ampliamente que en su sonrisa nos atrapó a los tres.

Mi hijo nos explicó que una tercera parte del mundo lo ve de un color, y el resto lo ve del otro color. Y esto es debido a la interpretación que hace el cerebro de cada uno de nosotros, no solo con respecto al vestido en sí, sino en relación con el fondo, la luz que refleja, etc. Así que el resultado de lo que yo veo no es lo que es, sino la combinación relacional de una serie de percepciones visuales junto con los conceptos que ya tengo grabados en mi mente.

Y la mirada secreta afirma lo que siempre ha sabido:

lo que yo llamo “realidad” es una creación mental subjetiva.

En estos tiempos de materialismo acérrimo, el cetro de la verdad se ha retirado del sabio para dárselo a la ciencia, a la comprobación científica. Según los adeptos de la ciencia, nada es verdadero hasta que se ha comprobado objetivamente. Y yo, que nada quiero creer desde que la mirada secreta me lleva de la mano, y que sólo quiero vivir de lo que la mirada ve, me pregunto si existe la objetividad. Porque yo no la encuentro en ningún lugar.

Lo que los sentidos perciben está mediatizado por los instrumentos que tengo. Los instrumentos son idiosincrásicos. Aunque tu y yo hayamos decidido que esto es una mesa, yo no sé lo que tú percibes, no sé si es lo mismo que lo que yo percibo. Aunque hayamos decidido que este sonido es un do mayor, yo no sé si lo que tu oyes es lo mismo que lo que yo oigo. Y así. Además, los instrumentos en sí también están en constante cambio y si no, pregúntaselo a mis ojos que ya no ven como veían.

Por otro lado, aquello que percibo está cambiando a cada segundo. La luz, los átomos que componen lo que percibo, el movimiento en el tiempo -el envejecimiento, …- , todos los factores que componen el objeto de mi percepción, están cambiando.

Además cuando percibo un objeto, nunca lo percibo aisladamente, sino que

mi mente procesa el objeto y su contexto, inseparablemente.

Sin que yo me dé cuenta, la inteligencia de la vida hace que yo perciba siempre a nivel relacional. Y eso también influye en la percepción de este yo particular, de esta sociedad particular, etc. Esto quiere decir que yo no sería este “yo” que creo ser si me separara del contexto. Por no ser, no sería ni un ser humano. Tanto que creo ser algo separado….

La mirada me jalea para que siga mirando. Uy, me quejo un poco, porque yo de neurología, de física, de ciencias no sé nada… Es igual, dice la mirada, tú sigue mirando. El ver es el ámbito de la sabiduría, dice la mirada traviesa…

Bueno. Pues entonces, tal como parece, la realidad, la realidad como tal,

lo real no está en lo que la mente percibe,

no está en lo que los sentidos perciben. Además, si estuviera en lo que los sentidos perciben, si yo percibo la realidad, ¿dónde quedaría yo? ¿quedaría fuera de la realidad? No puede ser. Ese “yo” tiene que formar parte de la realidad de alguna manera…

Esto a lo que yo llamo “realidad” es una realidad subjetiva. Parece que cuando nos ponemos de acuerdo en llamarla X, entonces se convierte en una realidad objetiva, pero si lo miramos bien, es solo un acuerdo. Entonces,

¡estamos llamando “realidad” a un acuerdo!

Por eso los sabios dicen que lo que nosotros llamamos realidad es una ilusión. No porque la realidad no sea real, sino porque estamos superponiendo a la realidad verdadera nuestros acuerdos humanos.

¡Ahora lo comprendo!

Ver lo relativo como relativo: ver que a lo que hasta ahora había llamado “realidad” es algo relativo a mis sentidos, a mi mente y a los acuerdos que he asumido.

No dar a lo relativo el valor de lo Absoluto: Vivir esta realidad relativa como tal, sin pretender que esa Es la Realidad Real :)

Quizá este sea un buen camino para descubrir la verdad.

¡Feliz Ahora!

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La escuela de la vida

IMG_5482 No es lo que yo hago con la vida. Es lo que la vida hace conmigo.

La mirada secreta

a

aEstoy disfrutando de una tarde de sábado apacible. No hago nada. No pienso nada. Reina un dulce  silencio acompañado de la sinfonía de los troncos quemando en la chimenea. Y…¡zas! De repente, aparece en escena una de las menos cuestionadas creencias de nuestra época: “He nacido para aprender”. ¡Ah, la mirada! ¡Siempre dispuesta a enseñar cuando la mente se para!

¿Cuántos de nosotros creemos que la vida es como una escuela? Yo creía que había nacido para crecer, para aprender. Y esa creencia ha provocado que haya pasado todos estos años con el ansia insconsciente de que “algo” tenía que conseguir. Y al no saber ni lo que tengo que aprender, ni que querrá decir “crecer”, ni cuando se supone que lo habré aprendido, el ánimo se ha mantenido en suspenso ansioso, con un extraño y subterráneo miedo a fracasar, a no estar haciendo suficiente o haciéndolo bien.

Pero la mirada secreta, que nada cree y todo observa, ha querido meterse también en esta creencia casi intocable y bastante común de que nacemos para aprender. Y rauda y silenciosa penetra en mi oído y me susurra:

la evolución no la realiza el pequeño yo.

Claro que crecemos. Claro que aprendemos. Pero todo se da espontáneamente. No es gracias a mi esfuerzo, a mi buen hacer, a mi voluntad, a mi sacrificio, a mi mi mi mi mi………. De hecho, creer que la vida es una escuela, a la que hemos venido a aprender o a crecer nos coloca sin darnos cuenta, de espaldas a la vida. Nos separa de la vida. ¿Qué?- digo yo- ¿me separa de la vida?

-Mira la naturaleza -sigue susurrándome la mirada. Todos los seres hacen su camino, evolucionan porque la vida es precisamente ese movimiento. Ni el árbol, ni el pez han de plantearse cómo crecer. Por el hecho de estar vivos ya crecen, ya aprenden, ya evolucionan. Y estar vivos significa estar plenamente en el ahora -que es donde la vida vive-, con todos sus sentidos abiertos a lo que acontece en cada momento. Sin querer nada. Viviendo plenamente lo que hay. Así es como viven, aprenden, crecen, evolucionan. Porque

vida es sinónimo de evolución.

No hay en toda la naturaleza un objetivo de evolución individual separada del resto del universo. No hay ningún individuo que nazca para su propio beneficio. Si se da que el mono-cien* descubre algo nuevo, eso no es para mayor gloria del mono-cien sino para toda su especie, todo el planeta, todo el universo.

¿Por qué tendría que ser diferente en el ser humano? Quizá yo no he nacido para conseguir nada individualmente. Quizá no he nacido para mi propio beneficio. Quizá no tengo que hacer nada más que aquello que la vida me pone delante. Y vivirlo plenamente, con las capacidades que la evolución de mi especie, planeta y universo me han dado. Quizá de esta manera, dejándo que la naturaleza de mi humanidad haga espontáneamente, cumplo con el propósito para el que fuí creado. Quizá mi evolución pertenece a la vida, y no es “mi” evolución, sino la evolución de la especie humana, del planeta, del universo.

¡Qué alegría siento! ¡Que liberación!. Dejar que la vida haga en mi. Saberme parte de la evolución de mi especie y del universo entero. Dejar de ser este pequeño, raquítico y egocentrado “yo”, para ser la raza humana en su totalidad, la vida en su totalidad. ¿Cómo? Viviendo sin objetivo egoico alguno. Viviendo plenamente. Y vivir plenamente es, para cada uno de nosotros, diferente. Esa es la riqueza de la vida. Así es cómo se da la imparable evolución.

Así que la vida es una escuela. Pero yo no soy el alumno. El alumno, el profesor, los estudios y exámenes son la propia vida. Cada uno de los elementos es inseparable de los otros.

La vida es una escuela para sí misma.

Yo no me puedo separar de la vida.

Yo soy la vida.

¡Feliz Ahora!

*Es el caso de un mono que en un momento dado aprende a lavar una patata después de que todos rechazaran este alimento por estar sucio de tierra. Al poco tiempo los demás monos habían aprendido a lavar la patata para así podérsela comer. Que el mono aprendiera a lavar la patata no fué para su propia evolución sino para la evolución de él y todos, sin separación, en su totalidad.

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Preguntas y respuestas

IMG_5400  “Entréme donde no supe;
      y quedéme no sabiendo,
        toda ciencia trascendiendo.”
Juan de la Cruz
Un día de quietud fresca y nítida, la Mirada Secreta y yo andábamos paseando y a nuestras narices llegó el aroma dulzón de un algo. Inmediatamente se formó una pregunta dentro de mí. ¿A qué era debido ese olor? La Mirada, siempre al acecho, me hizo ver cómo mi mente se ponía a hipotetizar sobre ese algo: “podría ser el olor de una alga extraña… no, no. Seamos realistas. Seguramente es el aroma que viene con la brisa del camping más cercano… Si. Sí. Es eso”. Y con este pensamiento tan racional y tan cabal di por sentada la respuesta al enigma y seguí el paseo tan felizmente.
¡Ah, la mirada! ¡Cuánto iba a enseñarme a raíz de este episodio!
Poquito a poco,a lo largo de muchos días, el canto susurrado de la Mirada Secreta encendió una nueva investigación sobre las preguntas y las respuestas en este corazón entregado… Ahí os dejo lo que por ahora ha ido cantando la dulce mirada.
Cuando se desvela una pregunta en nosotros, una pregunta profunda, de esas trascendentes que nos acucian -y que no parece que ni pensadores ni científicos de todos los tiempos hayan podido responder definitivamente-, casi siempre lo que hacemos es tratar de hallar una respuesta.
Pero, a una pregunta que está más allá de lo racional, tratamos de contestarla con la mente racional. ¿Es eso posible? No parece que lo haya sido hasta hoy. La mirada ve que cualquier respuesta siempre será dada por la mente racional, la mente condicionada y vieja. Y esa respuesta será una respuesta que en sí invalidará todas las demás respuestas, porque si no lo hiciera, ya no sería la verdadera. Pero lo cierto es que si me mueve el amor a la Verdad, la sinceridad me hará responder siempre con un “no sé”. Entonces, ¿es ese el camino de la Verdad? ¿Buscar respuestas?…
Tampoco nos planteamos si la pregunta es la adecuada, es la pregunta-clave. Y, súbitamente, veo que ¡nunca me he planteado de donde vienen las preguntas!
¿Alguna vez te has planteado de dónde surgen las preguntas?
En vez de hacer la investigación sobre la respuesta posible, la podría hacer sobre el origen de la pregunta…. la pregunta-origen, que sería aquella pregunta que nos coloca en un lugar de incertidumbre, de inquietud, de movimiento interno intenso que ya no tiene ninguna otra pregunta precediéndola. Y frente a esa pregunta honda, profunda, nos podemos quedar allí contemplando la pregunta, solo la pregunta y dejando que esa pregunta haga un camino en nosotros…
Pero lo que solemos hacer, incluso en los ámbitos más trascendentales del ser humano, es volcarnos directamente en buscar la respuesta. ¿Por qué? Porque
damos más importancia a la respuesta que a la pregunta.
Claro que preguntamos para obtener una respuesta. Nos creemos que la investigación es la que se hace después de la pregunta, es lo que puede seguir a la pregunta. Sin embargo la mirada que nada conoce y todo mira por primera vez, anda estos días preguntándose si la verdadera respuesta a las preguntas no estará encerrada en la propia pregunta, o ¡quizá sea previa a la pregunta!…
La pregunta es como el olor del pastel en el alféizar de la ventana, que se diluye, no se ve y llega a sitios muy lejanos hasta la nariz del buscador. Y el olor le guía hasta su Origen.
La respuesta a una pregunta profunda podría estar escondida en la misma pregunta. De alguna manera podemos quedarnos solo con la pregunta sin tratar de encontrar una respuesta en la mente. Empaparnos de la pregunta, saborear la pregunta en sí. Y en ese inundarnos en la pregunta, quizá descubramos -no verbalmente ni racionalmente-, la verdad que hay escondida dentro de la pregunta. Cuando yo me sumerjo en la pregunta encuentro ese aroma de lo Verdadero.
En el caso de las preguntas profundas,
la pregunta es la que contiene el propio tesoro,
como la ostra contiene la perla. La pregunta no se puede desechar, sino que cuando la pregunta florece en uno, se convierte en sí misma en la respuesta, en la perla. Y cuando vives plenamente la pregunta, la respuesta jamás es una respuesta cerrada que deja afuera cualquier otro tipo de respuestas, sino que es una respuesta abierta e infinita, en la que uno se sumerge y en la que no hay límites. Es una respuesta infinita, ilimitada. Es un encontrar dentro de la pregunta el aroma de la Verdad. Y la Verdad lo incluye todo, nada deja fuera.
En el Origen de la pregunta están todas las respuestas, con tal claridad que en el Origen ya no hay preguntas…
Y al Origen llegamos remontándonos pregunta a pregunta y no persiguiendo ninguna respuesta.
La mirada secreta me acucia a ver de dónde brota la pregunta. Y si surge de otra pregunta más fundamental, mirar de donde brota esa… Al final hay una pregunta que ya no sabemos de donde brota. Ese es el Origen. Allí sólo podemos estar en silencio. Allí no somos nosotros quienes hemos de buscar. Allí solo podemos ser encontrados.
Quizá no se trate de hallar una respuesta sino de ser hallado…
Sumerjamonos en el Origen de las preguntas y quedémonos Allí.
¡Feliz Ahora!
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Cuento II. El juego del escondite

“Dichosos vosotros, porque tenéis ojos que ven…”

Mt 13,16

hoja

Era un paraje lleno de vida: árboles, insectos, hojas, montículos, verdes, ocres, olores, flores, colores, sonidos de animales escondidos. Allí estaba Dios con un niño, pasando el rato, divirtiéndose, viviendo. En éstas Dios le propuso al niño jugar al escondite, cosa que el niño aceptó de inmediato. Así que ni cortos ni perezosos, se dispusieron a ello. Pactaron que Dios se escondería y el niño, después de contar hasta 20 (no sabía contar más) le buscaría.

El niño se puso a contar de cara a un gigantesco árbol, con la carita entre las manos y los ojos cerrados: “1,…2,…3,…” Mientras Dios, que es mucho Dios, no se escondió detrás de una roca, ni debajo de la hojarasca, ni más allá de aquella hendidura -como todavía hoy muchos niños creen-, sino que en un dulce y azul estallido de Alegría, se fundió con Todo lo que allí había, impregnando hasta la más diminuta cosa de Su Esencia…

……y ¡20!”- finalizó el niño. “¡Voy a por Tí!”, dijo. Emocionado, se dispuso a buscar a Dios. Empezó buscándolo en los rincones más cercanos. Iba diciéndoLe lo cerquita que estaba de encontrarLe, mientras canturreaba, gritaba de improviso, se hacía el que ya-no-busca-más, silbaba, en fin, utilizaba mil tretas para ver si conseguía encontrárLe , o mejor todavía, coger a Dios de improviso. Pero, nada. Siguió buscándole más lejos, detrás de todas las cosas, debajo de todas las cosas, en todos los agujeros, allí donde algo puede ser escondido. Pasaba el tiempo, se agotaban las fuerzas y el niño no le encontraba.

Muchos otros niños había jugado con Dios al escondite antes que él, pero se habían cansado al no encontrarLe y habían dejado el juego. Con el tiempo, la mayoría de niños incluso se habían olvidado de que estaban jugando y habían dejado al pobre Dios escondido y no hallado. Pero este era un niño tozudo. A estas alturas del juego, empezaba a estar muy cansado y amenazaba a Dios con dejar de buscarLe. Al cabo de mucho rato empezó a decirLe que se rendía y que saliera de Su escondite. Pero ni con estas Dios dio señales de vida.

Ya se estaba haciendo de noche. El niño estaba agotado, enfadado y triste. Había pegado patadas a las piedras, había suplicado, había llorado. No Le había encontrado a pesar de que se había esforzado muchísimo en buscar. Podría haber vuelto a su vida como si nada hubiera pasado, pero no quería, o quizá no podía irse sin por lo menos entender qué tipo de juego era este que ni rindiéndose parecía acabar. Así que se dejó caer derrotado sobre la tierra húmeda. Con las mejillas sucias, el corazón vacío y la mente calladita, agotada ya de tanto pensar, se puso a remover la tierra con un palito.

En estas, vio una hormiga que acarreaba ufanamente un buen trozo de hoja sobre su cabeza. El niño se quedó extasiado frente a semejante proeza: -¡Oh! ¿Cómo puede un bichito tan chiquitín transportar una hoja que multiplica en diez su tamaño? ¿De dónde saca tanta fuerza? Es… es… ¡un milagro!- Y….¡zas! En este mismo instante la hormiga, la hojita que acarreaba y todo su alrededor se iluminó mágicamente de una luz dulce, dulce y azul, de una belleza inenarrable…. El niño, con los ojos abiertos como platos y el corazón a punto de salírsele del pecho de tan rápido que latía, se abrió la mirada y vio. Vio una abeja que mientras libaba el néctar de una flor preciosa iba acumulando en los pelillos de su cuerpo los gránulos de polen que después esparciría interminablemente por todas las flores, polinizándolas. -¿A quién se le puede haber ocurrido una idea tan fantástica? ¡Oh! ¡Esto ha de ser idea de un Genio!- Y…¡zas! La abeja, la flor y todo su alrededor se iluminó de nuevo con esa luz dulce, dulce y azul de belleza inenarrable… Y así es como el niño encontró a Dios. Fin.

niño

Durante mucho tiempo, después de haber tenido este sueño, pensé que el niño había podido ver porque se había quedado quieto, sin pretender encontrar nada, rendido y por ello se había creado en él el espacio vacío de “quereres y creeres” necesario para poder llegar a ver.

Había dejado de buscar a Dios en algún sitio, para encontrarlo en todo.

Había dejado de buscar y había aprendido a mirar.

Entonces no sabía que esto no era todo lo que el sueño quería mostrar a la Mirada. El fundamento esencial por el que el niño llegó a Ver fue descubierto por la Mirada mucho tiempo después, de forma inesperada y sorpresiva. Todavía hoy sigue derramando su fruto a ésta mirada mía. Y es que

el niño llegó a Ver porque Dios, además de desparramarse por todo, también se diluyó en él.

¿Comprendes Ahora?

¡Feliz!

P.D. Por cierto, cuando el niño creció se convirtió en un indio rastreador :)

ILUSTRACIONESWilfred  –  creativewilfred@gmail.com

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La historia de Qu

“Yo Soy Eso”

Sri Nisargadatta Maharaj

“Me llaman Qu. No sé quien soy. No sé qué soy. Me dicen que soy un ser humano y que he nacido para hacer muchas cosas. Y hago muchas cosas, pero yo me siento vacío.
No me veo igual que mis supuestos congéneres. No tengo cabeza ni espalda. Sólo tengo una fina capa frontal visible a este mundo conocido. Esta fina capa frontal es lo que los demás parecen conocer de mi. Sin embargo, detrás de la fina capa frontal, hay una invisibilidad infinita y desconocida, una nada vacía mucho más real que esta piel llena de pelos, protuberancias y agujeros al infinito.
No conozco a nada ni a nadie como yo.
En la capa frontal me reconozco a mis compañeros de especie. En la invisibilidad me reconozco al cielo inmenso de una noche sin luna.
Me pesa más la angustia de este vacío que nunca se mueve y que está siempre presente, que la piel que hace cosas.
No comprendo nada. No comprendo nada. Por favor, necesito ayuda”

 

Esta es la carta que un día Qu escribió y luego lanzó al cosmos en un dron de última generación.

Y dio la casualidad -o no-, de que aquel mismo día la mirada secreta estuviera dando una vueltecita por el cosmos, mirando con su sonrisa hecha de silencio y, sorpresivamente, se pegara a su ojo el papel que contenía la llamada de socorro de Qu.

La mirada leyó la misiva y un rayito de esperanza refulgió en su rabillo. Ella sabe que

cuando llegamos a darnos cuenta de que no comprendemos nada, puede por fin empezar un camino verdadero a la Verdad.

Así que ni corta ni perezosa, la mirada secreta que todo lo puede en el mundo de la inspiración, creó un espejo límpido y mágico para que Qu pudiera verse en él y así re-conocerse como quien realmente era.

Cuando lo hubo construido, voló rauda al espacio infinito y vacío de Qu (que es el único lugar al que la mirada puede acceder) y colocó allí el espejo y esperó…

Tuvo la mirada que esperar algunos años hasta que un buen día Qu dejó de mirar el mundo desde su barrera de piel finita y se puso a mirar aquel vacío que tanto le dolía y tanto desconocía. Y ¿sabéis lo que encontró allí? Si. Encontró el espejo.

Y cómo por primera vez, en vez de mirarse de afuera a adentro, se miró de dentro a más adentro se vio “invertido”: ya no era una capa fina frontal con un espacio infinito detrás, sino que era un espacio infinito con una capa finita detrás. Qu se quedó estupefacto. Por primera vez vio lo que era. Qu era un CUENCO.

¡Dios! ¿Cómo podía haber estado tan ciego? Ahora todo cobraba sentido por primera vez. Ahora entendía su supuesta doble forma. Ahora veía cual tenía que ser su camino.

Mientras, la mirada secreta bailaba un baile de luz invisible trazando miles y miles de tirabuzones de agradecimiento por lo desvelado.

Ahora Qu sabe que es un cuenco. Sabe que su vacío necesita de una FUENTE que lo llene. Sabe que la FUENTE es real, porque sino él no sería un cuenco. Y se pasa la mayor parte del tiempo caminando hacia la fuente, esta vez de dentro a más adentro.

Y un día, Qu descubrirá que eso que él llama vacío invisible y desconocido es la propia FUENTE. Descubrirá que el cuenco nunca estuvo vacío y verá que el verterse de la Fuente es gracias a cómo es él. Y verá que cuando el cuenco lleva lo que la Fuente vertió en él, él mismo es Fuente…

¡Feliz, ahora, Qu! ¡Feliz Ahora!

 

 

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¿Dónde está el problema?

El hombre se piensa separado. Éste es el verdadero pecado original que empuja a la humanidad a la autodestrucción.

Cl. Lévi-Strauss, Le Monde, 21 de Enero de 1979

Vienen las enormes mariposas a posarse en la higuera. Y en cuanto se quedan quietas, casi no las veo. Se mimetizan a la perfección con la vieja higuera. Descansan en ella. Se protegen en ella.

La higuera está toda despeinada. El tronco anchísimo está hueco. La savia de la tierra alimenta a la higuera por su piel porque no hay nada dentro. Le quedan cuatro ramas retorcidas y cada año que pasa muere una más. Algunos años, como éste, sus higos son inmensamente sabrosos. Otros no da fruto.

Las mariposas no parecen ver que la higuera se muere. Tampoco les importa nada. De hecho, no lo piensan.

Si lo pensaran, entonces tendrían un problema, un serio problema, y también un sentimiento de pérdida y a la vez de añoranza. Porque ya sus tatarabuelas se posaban en la higuera. Y dentro de poco, la higuera no estará.

Si pensaran, las mariposas se posarían en las ramas, con una lagrimita en los ojos: “mis retoños quizá ya no puedan mimetizarse con ella, protegerse en ella, porque quizá ya no estará”, podrían pensar. O incluso se podrían enfadar: “¿por qué una higuera que siempre ha estado aquí desde tiempos inmemorables (el tiempo discurre diferente en las mariposas que en los hombres) ha de morir? ¡Es injusto!” -podrían exclamar si pensaran.

Pero las mariposas no piensan. Y como no piensan, no tienen problemas.

Si. Si. Lo que hemos oído.

Los problemas no existen más que en el pensamiento.

Dicen que un problema suele ser un asunto del que se espera una solución (fuente: wikipedia; RAE). Si miramos la definición vemos dos puntos raros. El primero es “se espera”. Así que para que algo sea un problema tengo que pensarlo de cara al futuro. Por lo tanto

ningún asunto es un problema AHORA.

El segundo punto raro de la definición de problema es “solución”. Osea que ¡¿si no se espera solución, no puede haber problema!? Dice el diccionario que “solución” es la acción y efecto de disolver; la acción y efecto de resolver. Ambas posibilidades se dan en el futuro, y se dan tanto si queremos como si no.

Los problemas creados por la mente, no se resuelven mientras la mente los sigue pensando. En cuanto los deja de pensar, los problemas se resuelven “solos”.

Los problemas son inventos de la mente. En la realidad no existen.

La mente convierte un asunto en un problema cuando no le gusta aquello, cuando desea otra cosa, cuando con eso no consigue lo que quiere.

Es la mente la que crea los problemas. No es el vecino cuando aparca con un cochazo e impide que el tuyo quepa en la plaza de al lado… No es el amigo que se desdice de lo comprometido. No es no tener huevos en la nevera cuando se quiere hacer una tortilla…

La mirada secreta vuelve a ser contundente y me muestra desnuda la verdad:

El único problema que tenemos es que pensamos.

-Pero hay problemas graves, verdaderos, en nuestra humanidad, en nuestro planeta-, le contesto algo airad@.

Y ella, dulce, paciente, asiente.

-Es cierto, son muchos los problemas graves que sufre vuestra humanidad, vuestro planeta-, me dice. -Pero todos esos “problemas” tienen una única raiz: el pensamiento-.

Y me susurra al corazón:

-Si en verdad en verdad dejarais de pensar, los problemas no existirían. Es vuestro pensamiento dual, separado, que piensa en términos de intereses propios, que se cree separado de la vida misma, del planeta, de los seres vivos, de los otros hombres. Y no sólo separado sino más importante que la vida misma, que el planeta, que los seres vivos, que los otros hombres…es vuestro pensamiento ciego de sabiduría el que crea los problemas.

Y ¿cuál es el camino?

El camino es descubrir la verdad en el silencio del pensamiento. ¿Por qué? Porque el pensamiento sólo crea problemas. Está programado así.

Y yo, el pensamiento silenciado, me lleno de esta verdad.

¡Felices mariposas que viven en el Ahora!

¡Feliz Ahora!

entrada inspirada por la sabiduría que destila el libro “El sol sale sobre Asís” de Éloi Leclerc. Ed. Sal Terrae. Grácias.

 

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Lo sagrado en lo cotidiano

“La catedral de Dios es el universo entero”

La mirada secreta

 

Volvió el aventurero a casa. Y en su mochila llevaba regalos para todos los que quisiéramos acercarnos. Nos abrimos de par en par para poder abrazarle a él y a todo lo que él traía. Y poquito a poco, empezó a sacar los tesoros que en el camino había encontrado: una amistad que traspasa océanos; la simbiosis de la fuerza con la debilidad; la belleza inmaculada que brota de dentro y se posa en los parajes también vírgenes de la naturaleza; la generosidad mil veces retornada; la intuición como guía certero; el amor más puro arropando el terror más inimaginable; miles de pequeños animalitos alados trazando estelas interminables de luz sobre lo que un día fue un infierno; la alegría de vivir de los que saben que la vida es frágil… Mi corazón aún no ha digerido y anda buscando un lugar donde aposentar dulcemente las ofrendas del amado explorador.

Y entre todo lo que trajo, ahora, en soledad, en silencio, en medio de un concierto de trinos que da la bienvenida a un tímido sol después de una noche de tormentas, vuelve a mi un pequeño regalo que casi pasó desapercibido entre tantas profundidades: allá lejos, el hombre posa en cualquier sitio una bandejita con ofrendas para la vida, para los dioses. No importa donde posa su bandeja. No importa cuál es su ocupación, ni su condición, ni lo que le pasa o le deja de pasar. Dos, tres veces al día, se ocupa en ofrendar.

Ofrendar es honorar. Es agradecer. Es un acto de humildad. Es un reconocimiento a la Bondad oculta.

Ofrendar es no sentirme nunca en soledad. Es reconocerme en conexión con lo Desconocido. Es reconocer la Verdad que no se ve, pero que se siente.

Ofrendar es un acto de reconocimiento que traspasa lo racional. Ofrendar es pintar de belleza la cotidianidad. Es parar unos segundos para darme cuenta. Es saludar amable, reverencialmente Aquello que es Fuente de vida. Es mantener el hilo interior con lo más alto que habita en mi interior.

Ofrendar es dar cabida a algo más que este pequeño yo. Es expander este pequeño yo. Es pedir ayuda y protección por saberme pequeño.

Ofrendar es ofrecerse.

Ofrendar es mostrar alegría por el hecho de estar vivo. Es honrar la vida. Honrar la tierra. Honrar a los que murierion. Honrar a los que vendrán. Honrar a los que estamos. Ofrendar es honrar.

Y por ahí anda esa gente que en cualquier rincón, más de una vez al día, ofrece a Eso su pequeña bandeja llena de pequeños tesoros. Y en ese acto, mantiene despierta la sacralidad de la vida.

Así anda esa gente. Sonriendo. Confiada. Inocente. Bella. Alegre. Dulce. Amorosa.

Ellos no han perdido la unión con lo Desconocido. Ellos no han perdido la sacralidad de la vida. Ellos no han perdido el sentido de la vida.

Y así me lo muestra la mirada secreta:

La unión íntima con lo Desconocido, la sacralidad de la vida y el sentido de la vida son inseparables.

Gracias hijo mío, por traer de tan lejanas tierras semejante regalo.

Gracias mirada secreta por mostrarme la profundidad de su regalo.

Lo acojo y mi alma se viste con este tesoro:

Vivir la vida como una ofrenda a Eso. No hay vida más plena.

 

 

 

 

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