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Ser sin querer

No es libre aquel que puede conseguir lo que quiere sino el que nada desea.

La mirada secreta

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¿Se puede vivir sin querer nada?

Pasé unos días sin querer nada. No fue algo previsto o propuesto. Simplemente, pasó. Fue un estado de gracia…s, de agradecimiento en si mismo. Porque el agradecimiento también es aroma de la Verdad.

Y es que cuando el silencio nos hace suyos, no hay pensamientos que anden mendigando cosas y más cosas. Así que, -la mirada revoltosa ya quiere resaltar nuevos descubrimientos a este alma que de mensajero anda-:

cuando vivimos en el silencio de los pensamientos, nada queremos.

Pero ¿esto que significa?. Pues veo dos cosas:

1. La primera es que lo que queremos es mandato mental y no de vida. Lo que queremos lo crea el pensamiento, siempre inquieto, siempre falto de algo.

2. Y la segunda, es que si cuando dejamos de pensar no queremos nada, es que entonces, no necesitamos nada más que lo que hay en ese momento.

Ambas miradas son lo suficientemente pasmosas como para investigarlas un poco más…

Ya en otras entradas a La Mirada Secreta, la mirada habló de cómo la mente construye sus quereres. No dejamos de querer aquello que no tenemos/somos o que lo que tenemos/somos sea diferente. No nos hemos dado cuenta de que tener y ser los vivimos como lo mismo

creo que lo que tengo es parte de lo que soy

Si tengo una buena casa soy alguien mejor. Si tengo buenas virtudes, soy alguien mejor. Si tengo una buena familia o buenos amigos, soy alguien mejor. Y así. Por eso parece lícito querer tener cosas mejores. Eso me hará un alguien mejor, más interesante, más atractivo, más… lo que sea. Pero aquí hay dos cosas que chirrían mucho (hoy la mirada secreta está “de dos”).

  1. La primera es que cuando me vivo alguien, ya vivo separado del mundo y por lo tanto me va a faltar el mundo entero.
  2. Y la segunda es que si me vivo alguien, eso que creo ser está construido por comparación, por lo que siempre estaré queriendo, porque siempre habrá algo mejor que conseguir.

En ambos casos, tengo garantizado el deseo y la sensación de carencia.

Pero ¿qué pasaría si yo y el mundo, si yo y la vida no estuvieramos separados? ¿Podría querer algo?. Esa es la reflexión.

Y por otro lado, ¿Qué pasa si me dejo de comparar o dejo de comparar cualquier suceso que me ocurre? ¿Qué pasa si dejo de pensarlos? ¿Seguiré queriendo algo?

Creemos que la plenitud es algo que hay que conseguir llenando los huecos que sentimos. Pero

cuando dejamos de pensar, todo es en sí mismo completo. Es lo que es.

y entonces, los deseos simplemente no existen.

no es que lo haya conseguido todo, es que no quiero nada.

Cuando nada quiero, nada me falta. Cuando nada quiero, soy pura libertad. Cuando dejo de pensar, todo lo que ocurre es asumido de forma inteligente y natural. Cuando dejo de pensar, no evalúo o juzgo nada. Tengo la mente limpia de programas de juicios y creencias y… entonces veo. Veo directamente, como aquel que se quita las gafas verdes y deja de verlo todo verde.

Cuando dejo de pensar, dejo de querer. Y al dejar de querer, soy plenamente y este ser que a duras penas conocemos, es paz, es alegría, es amor, es libertad.

Y finalmente, cuando dejo de pensar y nada quiero, es que ¡no necesito nada! Si algo necesitara, mi persona actuaría. Así funciona. Pero no se trata de que lo discutamos porque no hay intención de convencer. ¡Que sirva lo que la mirada secreta nos enseña para experimentarlo!

…Y ya veo las mentes indignadas diciendo: “¿entonces no hemos de desear un mundo mejor? ¿hemos de vegetar en la vida sin hacer nada?” Y pensamos eso porque creemos que la acción surge del deseo personal. Entonces, si no pensamos, no actuaremos, como si fuéramos animales… Pues los animales si que actúan. Actúan desde sus condicionamientos biológicos inteligentes  que buscan el bien del Todo, de la Vida entera, porque aún siendo individuos no se viven separados de la Vida. Mientras, nosotros actuamos desde nuestros condicionamientos mentales que buscan el bien de cada uno a expensas de la Vida entera. Así vamos…
Pero hay otra manera de actuar que es la acción espontánea. No es la instintiva de los animales, ni la mental del hombre común, sino la espontánea que está más allá de la mente pensante. Pero de eso hablaremos en el siguiente post.

¡Feliz Ahora!

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Si mismo

img_8887Tu deber es ser, y no, ser esto o aquello. “Yo soy el que soy” resume toda la verdad.

Sri Ramana Maharshi

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Ayer acabé de ver el último de tres documentales (HUMAN) que recogen las vivencias de muchas personas del planeta hablando de temas de la humanidad como el amor, la guerra, la discriminación, la felicidad, la muerte, etc. Y cuando acabé de verlos, me quedó una sensación extraña. El documental acababa con el testimonio de una mujer dando las gracias a los realizadores. Decía que el hecho de que la hubieran escuchado, de que les hubiera importado lo que ella pensaba o sentía o había vivido, le hacía sentir “alguien”.

Después, dejando aposentarse lo visto, me di cuenta de que muchos de los testimonios del documental hablaban de cómo se habían sentido “alguien” gracias a alguna persona que les había valorado, les había mostrado aprecio…

¿Por qué necesitamos ser alguien? ¿Por qué no nos basta con ser? Es como si no tuviéramos valor a menos de que alguien nos valore. Es como si no nos sintiéramos dignos si los demás no nos tratan con dignidad. Si nadie cree en mí, parece que yo tampoco…

Y sí. Estamos siendo juzgados a cada momento. Existen diferentes parrillas de juicios, según el círculo social en el que nos movemos. A veces, para ser alguien tienes que ser bueno, otras tienes que ser malo. A veces has de ser rico. Y otras, pobre. A veces, para ser alguien tienes que estudiar porque si no sabes leer y escribir no eres nadie, pero en otro círculo social en el que no se le da valor a eso, igual eres alguien si eres el más fuerte, o el más sabio. ¡Ahora lo empiezo a ver! En este mundo de humanos, has de ser más para ser alguien. Más que los demás, en algo…

¡Ya lo veo, mirada secreta!

Es en la comparación cuando nos damos valor.

Y lo mismo que nos sucede con nosotros mismos, nos sucede con todo: es en la comparación que valoramos un objeto, una situación, una vivencia… Es muy fuerte. De hecho si miro quien creo ser, veré que todos son etiquetas que me creo por comparación: soy rico en comparación con, soy tonto en comparación con…

Es en la comparación que creemos existir.

Y esta es la trampa. La trampa y la inestabilidad que según lo que acontece soy alguien o dejo de serlo.

Todo tiene que ver con ser capaz de vivir lo que hay en plenitud, sin comparación, por si mismo.

De hecho, en el mundo espiritual, al Ser se le llama también el Si mismo.

Quizás si descubro lo que soy más allá de toda relación, de toda comparación, veré que

sólo por el hecho de ser, soy plenitud.

Soy. Es en el Ser que soy dignidad, respeto, soy valor. Y cuando así me vivo, sin esfuerzo, de forma natural y espontánea, te dignifico, te honro y te respeto a ti también. Porque tu también Eres.

Todo aquel que trata sin dignidad a los demás, es porque no se siente digno y necesita extraer esa dignidad de los demás, para él sentirse más digno…

Todo aquel que falta el respeto a los demás, es porque no siente respeto por si mismo y necesita sentirlo por comparación. Y para eso tiene que faltarle el respeto al otro. Así él es más respetado.

Y lo mismo sucede a la inversa: aquel que se deja arrebatar su valor, su integridad, se siente menos, deja de ser alguien…

¡Oh mirada! El corazón se llena de compasión, de amor y comprensión hacia todos, todos, incluida la persona que esto escribe.

No hay más que hacer. Descubrámonos en nosotros mismos. Descubramos cada uno su propio valor. Y al descubrir-me, te descubriré y en eso, la humanidad entera será dignificada.

¡Feliz Ahora!

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La dimensión relativa

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La plenitud no tiene contrarios

Consuelo Martín

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¿Qué nos pasa a los seres humanos que todos nos sentimos incompletos?- le pregunto hoy a la mirada secreta.

Y Ella, feliz de expresarse (así es su naturaleza) me habla de la dimensión de la relatividad…

Hay infinitas dimensiones en este mundo. Infinitas dimensiones que conviven superpuestas, la mayoría desconocidas a la conciencia humana, aunque las estemos viviendo. Y una de ellas es la dimensión de la relatividad.

Ya en otras ocasiones, la mirada me habló de “lo que sobra y lo que falta“, de vivir en plenitud. Y cómo esta visión nos hace vivir sin ver, como si no estuviéramos completos. Porque

creemos que para sentirnos en plenitud hemos de tener todo lo que deseamos.

Delante de mi hay una piscina que solo se puede llenar hasta el límite que marca un escape en la pared. ¿Está la piscina medio llena o medio vacía? Eso me recuerda al disco rallado de lo del vaso medio lleno y el vaso medio vacío (disco rallado de la mente que siempre habla de lo conocido…)

La mirada me increpa a seguir investigando…

Así dice la mente: si vemos el vaso medio vacío, somos negativos. Y si lo vemos medio lleno somos positivos, optimistas y parece que tenemos más puntos para ser felices, para vivir en plenitud. Así que tratamos de verlo medio lleno. Y si no podemos, buscamos ayuda para que nos enseñen a verlo medio lleno. Pero, ¿cuál es la verdad?

Para creernos que el vaso está medio vacío o medio lleno, hemos de juzgarlo en relación a algo. En este caso, podría ser muy bien la capacidad que tiene el vaso… Ahora imagina la misma cantidad de agua en un vaso la mitad de pequeño… ¿Estaría medio “algo” o estaría lleno? Entonces, ¿qué estamos valorando?

Medio vacío… Medio lleno… Vacío…. Lleno…. Todo lo que valoramos lo solemos valorar con respecto a algo  -en este caso, la cantidad de agua respecto al tamaño del vaso- y por lo tanto,

es una valoración relativa que no tiene más verdad que la que da esa perspectiva concreta.

¡Oh, mirada! ¿Dónde está la verdad? ¿Dónde está la plenitud?

La verdad, lo real, no puede depender de nada. Ha de ser en si misma. Todo juicio, toda valoración que depende de algo no tiene verdad en si mismo. ¿Para qué voy a estar tratando de ver el vaso medio lleno? ¿Con qué propósito? ¿Es  para creer que tengo suficiente? ¿Mucho?…. ¿Con respecto a qué?

Si es para sentirme satisfecho, esa satisfacción será tan endeble como endeble es la verdad que se atribuye a lo relativo. Endeble y pasajera. Además, esa es una plenitud por comparación (necesita de la carencia para ser vivida porque si no es así, nos acostumbramos y ya no nos damos cuenta), y que ahora está y ahora ya no está, dependiendo de los factores que nos han hecho valorarla como “plenitud”.

-Entonces ¿qué hago?-, pregunta la mente que piensa que haciendo algo hallará la solución… La mirada sonríe, (la sonrisa de la mirada es pura belleza) y sigue mostrando…

No podemos saltar de una dimensión a otra “haciendo”, por una razón muy sencilla: porque la persona existe como tal sólo en el mundo de lo relativo. Así que ¡no puede ser la persona la que cambie de dimensión!

Para ver más allá de lo relativo, es la mirada la que se amplia.

Aquí tenemos una piscina con agua. La piscina tiene el tamaño que tiene. Y la cantidad de agua es la que es. No es ver la piscina medio llena o medio vacía, si no verla en su justa medida.

Cuando vemos las cosas en su justa medida (sin comparaciones), lo que vemos así es perfecto en si mismo. Y eso es conciencia de plenitud. La plenitud es vivir lo que hay.

En lo que Es, sin juicios ni comparaciones, vive la Plenitud.

Está en tu mirada -dice la mirada secreta– el verlo.

Tengo calor. Me voy a bañar. Así SI.

¡Feliz Ahora!

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La memoria

IMG_0591Todo lo que Es Verdad carece de memoria, porque la Verdad Es sin tiempo.

La mirada secreta

La madre está perdiendo progresivamente la memoria. Parece que vaya perdiéndose a si misma: no sabe que es lo que le gusta y lo que no; no sabe si conoce o no conoce un lugar, una persona, etc. Los que están a su alrededor también lo viven así, creen que están perdiéndola, que está “yéndose en vida”. Cada vez la reconocen menos, casi diría que al mismo ritmo que ella les va olvidando. Sienten una despersonalización, una pérdida del yo conocido. Y esta situación remueve el corazón, el cuerpo y la mente de todos los que la quieren. 

Mientras, la mirada secreta se pone a investigar, de brote en brote, espontáneamente y así, de instante en instante, va colocando sus flores de verdad en el centro de quien esto escribe, como una ofrenda de comprensión, de paz, de confianza sin fisuras… para todos.

Me doy cuenta de que si siento que la madre está perdiendo su identidad, es que había hecho su identidad de memoria. He confundido sus gustos con ella. He confundido su forma de comportarse con ella. He confundido su capacidad intelectual con ella. He confundido sus conocimientos con ella. He confundido sus habilidades con ella. He confundido sus recuerdos con ella. Sin embargo –¡Ay, Mirada, que gran regalo es tu presencia!-, la madre ya era quien es antes de tener unos gustos concretos; antes de comportarse de una forma habitual, antes de conocer unos conceptos, antes de aprender unas habilidades. En verdad cuando la memoria se desintegra, ¿se desintegra la identidad? ¿no será que creí que yo era aquello que la memoria hace posible?

En nuestra civilización, hemos aprendido a vivir desde la mente, desde los conocimientos más básicos -“this is a table”-, hasta los más complejos y científicos. La pérdida de memoria pone en jaque lo aprendido pero ¿pone en peligro lo que somos?

La mirada secreta me hace saber que nunca olvida nada, y no olvida nada simplemente porque no tiene memoria. En Su mundo, -me chiva-, todo acontece de instante en instante. Bueno. Ni siquiera eso. En Su mundo, todo acontece en un solo instante.

Todo es nuevo en este único instante…

En estos días anda el ser humano tratando de vivir en el ahora. Pero,

vivir en el Ahora, no es vivir en el presente.

El presente es una referencia temporal, un corte en el tiempo que se da entre un pasado y un futuro. Cuando vivo en el presente vivo en el tiempo y eso me invita a comparar una situación con otra y me invita a juzgar, por ello

en el presente, sufro.

Más vivir en el Ahora es vivir en la verdad de que todo está aconteciendo en este instante sin tiempo. En el Ahora no caben las comparaciones ni los juicios. Solo hay lo que hay. Por eso

en el Ahora no hay sufrimiento.

En el Ahora iluminado por la mirada secreta, además de estar libre de juicios, se vive en paz porque se ve que lo que hay es lo que tiene que haber, porque es lo único que existe, aunque yo no lo entienda…

Al perder la memoria sólo perdemos aquello que, para existir, necesitaría ser recordado. Pero todo aquello que de hecho existe en el momento actual, eso no necesita de la memoria.

Aquello que existe en este instante sin tiempo solo necesita de una cosa para Ser: el darse cuenta, la conciencia.

¿Será la madre Eso?

Con el Amor que es la naturaleza de este único Instante,

¡Feliz Ahora!

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El origen del sufrimiento

imageSolo en el país de los sueños se tienen pesadillas.

La mirada secreta

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Tenemos los acontecimientos de la vida catalogados ya antes de nacer. La historia de la humanidad ha ido creando culturas, cada una de ellas con un catálogo de juicios bajo el brazo. Depende del lugar en el que te vas ha criar, vivirás las situaciones como buenas o malas. Por ejemplo, si naces hembra o naces diferente (es decir, con una llamada malformación de algún tipo, visible -porque malformaciones tenemos todos, ¿o no?-) seguramente en varios lugares del mundo, serás causa de mucho sufrimiento. Y serás causa de mucho sufrimiento, simplemente porque nos hemos creído a pies juntillas el catálogo de juicios de esa cultura, ¡sin ponerlo en duda ni un sólo momento de nuestras vidas! Y después creemos que somos libres…

Hoy la mirada secreta quiere que descubramos el origen del sufrimiento y me empuja a poner en palabras lo que me lleva susurrando al oído desde que me rendí a ella…

Durante el transcurso de la vida van aconteciendo sucesos de todo tipo y cada uno ya tiene colgado el veredicto a priori: si me toca la lotería, eso es algo bueno; si me arruino, eso es algo malo. No importa que no sepamos que es lo que nos va a traer la loteria o la ruina en un futuro. Ya lo hemos sentenciado de antemano. Nos hemos creido que el dinero y la felicidad son uno. Y no lo hemos puesto nunca en duda, a pesar de tener pruebas de que la lotería ha destrozado familias enteras (y las herencias: a más dinero por medio, más riesgo de peleas) o que lo que un día parecia una ruina se convirtió en la gran palanca para una vida nueva y mejor. O todo lo contrario: la loteria ha sido una bendición y la pérdida del estado económico, un desastre. ¡Quien sabe!

En sí, ¿cómo puedo saber si lo que me haya tocado vivir va a ser algo bueno o malo? ¿en función de qué?. Y no solo eso. Sino que lo que parece bueno en un sentido, puede ser malo en otro. De hecho, es siempre así, porque la moneda nunca viene con una sola cara:

En el mundo en que vivimos cada suceso crea su contrario.

Por eso, es muy difícil por no decir imposible, que algo sea bueno en todos los sentidos, o malo en todos los sentidos. Que me toque la loteria a mí significa que no le ha tocado esa loteria a millones de otros seres humanos. Así que mientras yo bailo empapado de cava festejando mis millones, puede ser que haya otra persona llorando desconsoladamente porque por un solo número no ha ganado. Y así.

No importa. Si te atreves a mirar por primera vez, como mira la mirada secreta, veras que

en sí, todo lo que acontece es neutro.

Y sin embargo, sufro.

Es probable que me repliques que es normal que sufra en determinadas situaciones. Pero que sea normal sólo indica que tenemos todos la misma programación, no que sea lo natural. Sino, mira a los niños. Los niños no viven la muerte o la enfermedad como la viven los adultos. Quizás diremos que es porque no se enteran de la gravedad del hecho. Puede ser, pero todavía no sé donde está esa verdad, si en el hecho de que no se enteran o en el hecho de que la gravedad no es tal… No sé. Lo que sí sé es que:

Hasta que no aprendemos este catálogo de juicios, no vivimos las cosas de la misma manera.

Cuando aquí hablamos de sufrimiento no nos referimos al dolor que acontece en una situación concreta. Nos referimos al dolor que sentimos dentro mientras la vida fluye a nuestro alrededor. Nos referimos al dolor que nos trae el pensamiento, los recuerdos y las proyecciones a un futuro imaginado. Como muy bien explica un sabio de nuestro tiempo, si yo te pregunto qué problema tienes AHORA, en este momento exacto, tienes una 99.9% de posibilidades de decir que ninguno, sin embargo estás sufriendo. ¿Por qué?

¿Por qué sufro? Para que yo sufra, tiene que haber acontecido algo que yo haya enjuiciado como algo malo o indeseable, según lo estipulado en el famoso catálogo. Seguro. Sí. Este es el origen del sufrimiento:

para sufrir, he de juzgar

Es el juicio lo que me hace sufrir, no lo que acontece. Cuando practico el juicio, sufro, aunque yo no me de cuenta de que he juzgado.
Y la mirada secreta me pregunta, siempre empujándome a investigar: ¿qué pasaría si no juzgara ninguna situación?

Yo no sé nada. Eso es lo único que sé. No sé por qué pasa lo que pasa, ni para qué. Por no saber ni siquiera sé quien soy yo o que es esto de vivir. Así que aunque mi mente siga juzgando, siempre obediente a su programación, yo no puedo tomarme esos juicios muy seriamente porque no tienen sabiduría. Simplemente por eso.

Así, dejo mi juicio en manos de Dios.

Y yo me dedico a vivir plenamente en el único lugar en donde acontece la vida: aquí y ahora. Y gracias a la mirada secreta, aquí y ahora descubro que la felicidad no es un estado lleno de juicios positivos, sino que es un estado diferente y nuevo:

la felicidad está libre de juicios.

Por eso, desde esta vida llena de luz y de pájaros cantando,

¡Feliz Ahora!

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Crimen y castigo

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“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”

Lucas 23, 34

¡Ay, Mirada que atraviesas todo muro y ves hasta ese ANTES de que nada fuera!

Hoy quieres que hablemos de la ofensa, del ofensor, del ofendido,… del perdón.

Me dictas y escribo:

Vivimos más de las explicaciones que de los hechos en sí mismos. Fraguamos las explicaciones analizando, interpretando, suponiendo, juzgando, valorando, etc. Y es muy raro que por lo menos, comprobemos aquello que estamos interpretando. Es mucho más frecuente que demos por supuesto que lo que pensamos al respecto es la verdad. Así es como crecen las explicaciones dentro nuestro. Y aquello que en si mismo era lo que era, aquello que hubiera provocado una reacción puntual, pues todo hecho es puntual también, se convierte en un suceso de consecuencias mucho más grandes que el propio hecho y que perduran en el tiempo. Una explicación puede acabar con la amistad, con el amor, con todo. Ese es el poder de la mente.

Ahora me viene a la memoria la conversación que tuve con un hombre que moría lleno de tristeza. Me explicó que unos 25 años antes se había enfadado mucho con su hermano y desde entonces no se habían vuelto a ver. Me lo explicaba con lágrimas en los ojos. Le pregunté que había pasado para que rompieran la relación. Y ¿sabeis cuál fué la respuesta? El hombre rompió a llorar desconsoladamente y entre sollozos logró articular esta frase: ” No me acuerdo”.

El hecho siempre es puntual. Y se desvanece en el tiempo. Pero las consecuencias perduran y perduran y perduran. Y

las consecuencias nunca son relativas al hecho.

Nunca. Nunca -insiste la mirada secreta-.

Las consecuencias son relativas a cómo yo vivo un hecho.

Decimos que queremos comprender lo que ha pasado. Pero ese comprender ¿qué quiere decir verdaderamente? Casi siempre vamos a analizar mentalmente el suceso, en vez de verlo directamente, preguntar directamente, y quedarnos SOLO con la respuesta simple, sin darle más vueltas.

Cuando decimos que queremos comprender, hemos de darnos cuenta de que sólo aceptaremos la explicación que encaje con nuestros prejuicios o juicios ya emitidos. ¿Realmente estamos abiertos a lo que es?

En el mundo de las relaciones humanas, no hay un sólo hecho, un sólo acto que tenga las mismas consecuencias para todas las personas. Entre lo que ocurre y las consecuencias, estoy yo con mi mente.

Cuando alguien hace algo que me afecta, me afecta por mí, no por la persona que lo ha hecho.

Tengo que ver esto con claridad. Es muy muy importante. Porque si lo descubro, entonces descubriré que no hay ofensor. Quizás vea que lo único que puede existir es un ” yo ofendido”.

No hay verdadera ofensa objetiva. No hay ofensor. Sólo hay un yo ofendido.

Y si no hay ofensor, ¿dónde queda la culpa? ¿dónde queda el perdón? Soltar las explicaciones egoicas sobre lo que supone para mi ese acto, soltar la “ofensa” en sí es el único perdón posible. Cuando me doy cuenta de que aquello que vivo depende de mi exclusivamente, dejo de tirar piedras y miro mi “yo” con sus fragilidades, sus miedos, su vulnerabilidad. Me miro con compasión y aprendo de eso, desde la humildad de mi condición humana. Crezco. Asumo plenamente la responsabilidad de mis emociones revueltas. Y si tengo que perdonar a alguien, me perdono por todo ello porque no lo sé hacer mejor. Miro y puede ser que vea que nada ni nadie me puede ofender cuando vivo en la Verdad.

Como Jesús, que pidió a Dios que perdonara a los que le habían crucificado, no porque actuaran mal, sino porque no sabían lo que hacían. No hubo ofensa. Nadie le ofendió. No hubo un “yo” ofendido.

Eso es Comprensión. Eso es Sabiduría. Eso es AMOR.

Gracias. Gracias mirada. ¡Qué anchura en mi corazón!

¡Feliz Ahora!

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El milagro de la neutralidad y las tormentas del yo.

Allí donde vive la neutralidad, el amor no tiene contrario.

La mirada secreta

 

 

La neutralidad y el amor verdadero son inseparables.

La neutralidad, la santa indiferencia -como la llama una brillante alma de fuego-, es vivir las cosas como son, sin etiquetarlas.

Es Ver, sin juzgar.

Es Comprender por empatía, por compasión. Instantaneamente. Inspiradamente.

Porque todos los seres humanos deseamos la felicidad y el amor. Y si pudiéramos elegir,

si pudiéramos ir más allá de nuestros condicionamientos, jamás crearíamos sufrimiento, ni lo sentiríamos.

Desde la razón suena utópico (la razón, bandera preñada de juicios relativos -todos condicionados- que esgrime como absolutos…) Y es normal que así sea, dado que la neutralidad no vive en la casa de la razón.

La razón es a la neutralidad, lo que la noche y el día al sol.

Desde el yo psicológico, cargadito de carencias y miedos, frágil por irreal, identidad fantasma vivida como única realidad, la neutralidad incluso se puede vivir como un complejo de superioridad, o de distancia y poca implicación. Y es normal que así sea, porque la neutralidad no vive en la casa de ese pequeño “yo” que tan fieramente defendemos, incluso por encima de los que más queremos.

Desde el espacio infinito de la neutralidad, nada se vive autorreferenciado.

Nunca nadie te hace nada. Igual que cae el aguacero sobre mi, caen los chaparrones de mis congéneres sobre mi y eso nada tiene que ver conmigo. Y de la misma manera, siguiendo las mismas leyes, a veces es este pequeño yo el que llueve sobre otros.

Creemos que cuando nos llueven encima, tenemos el derecho de responder con lluvia, con granizo, con rayos, a veces con silencios que amenazan huracanes… Pero no es cierto. No tenemos ningún derecho. Solo ocurre que hacemos caso de nuestro pequeño yo, tan frágil, que siempre está pidiendo amor incondicional, aunque él jamás lo podrá dar, -porque el amor incondicional no vive aquí tampoco. Vive donde vive la neutralidad-. Desde este lugar inventado, exigimos que nos traten siempre bien y cuando somos nosotros que tratamos mal, hacemos una excursión a la casa de la razón y nos presta unos cuantos truenos que nos atrincheran en nuestro, aparentemente, ego herido.

Donde vive la neutralidad, en ese espacio infinito, las tormentas de los egos se ven, y no hay tu ni yo, son egos y los egos funcionan así. La neutralidad vive encima de las nubes, allí donde siempre luce el sol y el aire es transparente.

Descubramos donde vive la neutralidad, tanto si hay tormentas como si no.

Dejemos de vender y defender un “yo” que no es más que un compendio de creencias condicionadas.

Dejemos de llenarnos de razones que sólo fomentan el sufrimiento.

¡Y que ningún clima emocional nos aparte del camino!

Feliz Ahora

*foto cedida por ikibcn.com 

 

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La culpa

Sólo creyéndote juez, culparás…

La mirada secreta

 

 

 

Hay un cuento que resuena últimamente en la mente, que más o menos dice así:

“Había una vez un pescador que estaba tranquilamente pescando desde su barquita en mitad del lago. Inesperadamente, otra barquita se abalanzó por su popa dándole un fuerte golpe. Y el barquero, antes de girarse ya empezó a gritar y a insultar: “Pero ¿que no sabes navegar, pescador de pacotilla? Mira como por tu culpa se me ha escapado el pez. ¡Seguro que has roto mi barca!” Es esas estaba, rojo como un pimiento de tanta ira que sentía, cuando se dio cuenta de que la otra barca no llevaba timonel, sino que iba a la deriva hasta que había chocado con la suya. Inmediatamente, el pescador se calló. Ya no había ningún otro a quién echarle las culpas…”

Cuando te culpo, me libero a mi mismo de cualquier responsabilidad, no me observo, no reflexiono sobre cuál es el papel que he podido tener para que las cosas llegaran hasta donde han llegado. Contra más frustración, más dolor siento, más grande es la culpa que te coloco encima y más huyo de mi propia responsabilidad. Cuando te culpo, puedo creer que me libero. Pero ¿cual es la verdad? ¿Hay algún caso en que la culpa libere a nadie?

La verdad es que mientras te culpo, re-siento una y otra vez mi propio dolor y frustración. Y cómo “tu” tienes la culpa, no sólo re-siento sino que no puedo hacer nada para liberarme, porque la sartén la tienes tú por el mango, ya que eres tu el hacedor de la situación y yo una mera víctima. Y como víctima no puedo hacer nada más que re-sentir, llorar y sentirme mucho más bueno que tú, porque “yo nunca hubiera hecho nada semejante” “yo nunca hubiera golpeado tu barca porque soy más cuidadoso, porque me importan los demás, porque estoy atento, porque….” Tanta culpa te echo encima, tan más mejor soy yo.

Así que aquí tenemos los beneficios de la culpa: me hacen sentir mejor persona que el otro y me colocan en un papel de víctima por lo que tengo derecho a la queja constante y a ser consolado. Pero por otro lado, no me libera jamás ni me permite evolucionar. Me estanca en ese acontecer y me ciega respecto a mi mismo.

Cuando soy yo quien asume la culpa, tampoco me va mucho mejor. Si tengo la culpa, seguramente esperaré ser castigado o perdonado. En ambos casos pierdo la libertad, libertad que me ha de conceder aquel que me culpa y a quien yo creo haber herido. Si soy yo quien siento culpa, me coloco en una posición de inferioridad con respecto al otro, me someto. Cargo contra mi mismo y empeoro el dolor y la frustración. Y está claro que mientras me culpo, poca cosa más hago. Me estanco en el suceso pasado: “si hubiera estado más atento, esa barca no me habría golpeado” “Eso me pasa por estar tan distraído”…

Bueno. El pan de cada día, ¿verdad?

Pero ¿cual es la realidad? ¿Acaso podemos aislar tanto los hechos como para conocer la causa de lo que acontece, el “único” culpable?

Todo lo que acontece está interligado y sucede como sucede por millones de causas que escapan a nuestro entendimiento.

La mirada secreta me sacude y me señala con firmeza la barca que iba a la deriva. Ahí está la respuesta. La barca va a la deriva desde nuestro punto de vista porque no vemos en ella capitán. Pero ¿va realmente a la deriva? ¿acaso no la han traído las corrientes originadas por la luna? ¿hubiera chocado con la barca del pescador si la barca del pescador no hubiera estado allí? ¿qué habría pasado si el pescador hubiera estado pescando en la otra borda? ¿acaso no la habría visto venir?

¿Existe realmente la culpa? ¿No es simplificar mucho las cosas?

¿Existiría la necesidad de culpar si fuéramos capaces de vivir plenamente aquello que la vida nos trae, sin juzgarlo?

Y si no existe la culpa, entonces ¿dónde queda el perdón? ¿y la redención? ¿y el castigo?

La culpa es una de las piedras angulares de nuestra vida. Es urgente que investiguemos…

La pregunta que quizás nos abra a una nueva visión no es quién tiene la culpa, sino quién va realmente a la deriva…

Y ahí es donde la mirada secreta me susurra que hay algo que sí que va a la deriva y ¡es precisamente a aquello a lo que le doy la categoria de capitán

¡Feliz Ahora!

 

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Atisbos de libertad

La libertad significa responsabilidad; por eso, la mayoría de los hombres le tiene tanto miedo.

George Bernard Shaw





El otro día me encontré con un señora de aspecto extraño que lloraba ruidosamente en mitad de la calle.

Las personas que por allí pasaban hacían el ver que no la veían, la ignoraban y cuando la adelantaban, entonces se giraban para observarla sin tapujos. Probablemente actuaban así porque tenían miedo.

A mi me cogió por sorpresa, no tuve tiempo de pensar y por eso, mi conducta fue espontánea: “Buenos días señora. ¿Le pasa algo?”

La mujer me explicó entre hipidos, que había perdido el dinero para el billete de autobús que le llevaría de nuevo a su pueblo. Me explicó muchas cosas, algunas difíciles de creer. Le propuse acompañarla a la policia, pero me aseguró que ya había estado y le habían dicho que no la podían ayudar. Entonces le pregunté si había algo en que yo la pudiera ayudar.

– Necesito 10 euros para el billete de autobús- me dijo y seguidamente me siguió dando argumentos y explicaciones.

Mientras ella hablaba, pude observar como mi reacción aprendida era valorar todos los datos que la señora me iba dando con un único objetivo: ver si me engañaba. Pensaba que esta era mi responsabilidad.

Si veía que el argumento de la señora podía ser cierto, entonces le daría los 10 euros y me iría de allí sintiendo que había realizado la buena acción del día. Pero si decidía que la señora me estaba mintiendo, entonces lógicamente no le daría los 10 euros, -no me iba a dejar estafar-. En este caso también me iría de allí con la satisfacción de la dignidad preservada…

Esta sería la respuesta más habitual en la mayoría de personas. Pero si nos paramos a mirar, veremos muchas cosas. Veremos que el deseo de ayuda que me impele a pararme delante de la señora y preguntarle lo que le pasa, no es más que una colocación egocentrada en la que me voy a erigir como juez y voy a declarar a la persona culpable de mentir o inocente. Y lo voy a hacer según mis impresiones. Sin tener ni idea de si realmente la señora necesita los 10 euros para el autobús, o para cualquier otra cosa. De lo único que voy a responsabilizarme es de salir de este suceso con el “ego bien alto”, habiendo actuado excelentemente en cualquier caso. Un gran juez.

Pero ser responsable no es lo mismo que ser responsable de lo que el otro hace. La palabra “responsabilidad” quiere decir en sus orígenes, “responder bien”. Y nosotros sólo podemos responder bien a lo que está en nuestras manos y no a lo que está en manos del otro.

Y eso fue lo que la mirada secreta me hizo ver, de golpe, inesperadamente -como a ella le gusta-: no era responsabilidad mía el que la señora estuviera mintiendo o no -de hecho solemos funcionar así muy a menudo, responsabilizandonos de lo que hacen los demás-. Lo único que me concernía realmente era ver si yo le quería dar los 10 euros o no se los quería dar, independientemente de lo demás. Esa era mi única responsabilidad. Y al verlo tan claro, la asumí completamente. Decidí sobre lo que estaba en mis manos. Y así lo hice. En ese mismo momento me di cuenta de que

cuando asumo plenamente mi persona (mis actos, mis pensamientos y mis emociones) como la única responsabilidad que tengo, entonces soy libre

Quizás las personas que me encuentre mientan, pero eso no me afecta. Porque yo decido en base a mi mismo, independientemente de lo que hagan los demás.

Sé que muchos de los que leáis esto no lo vais a compartir. Eso sucede porque nos movemos estratégicamente: según el movimiento que haces con tu ficha muevo yo la mía. Como si la vida fuera una partida de ajedrez. Y actuamos así por miedo, por la necesidad que tenemos de ganar -o de no perder-. Nos creemos que vamos a ser más o menos según nuestra situación con respecto al otro. Pero dime, ¿más o menos qué? ¿ganar o perder qué?

Cuando asumo mi única responsabilidad es cuando empiezo a comprender lo que es la libertad…

¡Feliz Ahora!

 

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De la tiranía de la mente a la libertad. Un vislumbre

“Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo”

Franz Grillparzer

(dramaturgo austríaco, s.XIX)

 

Siempre estamos juzgando si lo que nos llega de la vida, o lo que nos hacen otras personas es bueno o malo para nosotros, si son personas que nos convienen o no, si nos gustan o no nos gustan. Y lo mismo hacemos con las situaciones.

Vivimos en base a nuestros juicios.

Nuestros juicios van marcando cada paso que vamos dando en el camino de la vida. Los juicios los construye nuestra mente, la gran consejera y la gran juez, dueña y señora del ser humano. Cultivamos la amistad de aquellas personas que pensamos que “valen la pena”, rechazamos aquellas otras que pensamos que “no valen la pena”; queremos irnos de aquel trabajo porque pensamos que nos tratan mal o que son injustos con nosotros, o queremos conseguir aquel otro trabajo porque pensamos que la gente de alli es maravillosa y nos van a tratar muy bien, etc.

Todo lo decidimos en base a una parrilla de juicios que, por descontado, son personales: yo consideraré que esa persona no me gusta y no querré nada con ella y sin embargo esa persona tendrá amigos, que no la consideraran así. Por lo tanto, eso quiere decir que mi vivencia es totalmente personal, mis juicios son personales, no son juicios universales bajo ningún concepto. Voy viviendo en base a mi “código penal personal” y lo voy siguiendo al pie de la letra. Sin embargo,

¡nunca se me ha ocurrido revisar mi código penal!

Siempre hago caso de lo que dice mi mente y ahí se acaba toda la historia. Pero ¿de dónde salen los juicios que yo tengo? ¿cuál es el origen de este código penal personal, idiosincrásico? ¿realmente contiene verdad? Si yo empiezo a ver de dónde vienen estos juicios, es posible que me empiece a dar cuenta que lo que yo utilizo como parámetros para relacionarme con el mundo y conmigo mismo creyendo que son parámetros validísimos, en realidad son programaciones automáticas de las que yo era totalmente inconsciente.

¡Estoy obedeciendo ciegamente una programación mental!

Como ejemplos, miremos juntos algunos juicios o creencias de la mente…

Imagina que tienes dentro la creencia “tengo que ser siempre mejor”. Las personas que tu ves que luchan y que intentan hacer las cosas cada día mejor, son para ti dignas de admiración; mientras que las personas que están tan tranquilas con lo que están haciendo y que no tienen ningunas ganas de mejorar, las consideras personas poco válidas, poco ambiciosas. Y ese juicio que haces hacia afuera también te lo haces a ti mismo, por lo tanto tu eres una persona que siempre tiene que estar luchando para ser mejor, porque sino, no “valdrías la pena”…

Pero si miramos bien, nos daremos cuenta que las personas que siempre tienen la sensación de que tendrían que ser mejores o hacer las cosas mejor, son personas que están condenadas al fracaso porque nunca sentirán que hacen las cosas bien.

El hecho de querer hacer siempre las cosas mejor, garantiza la sensación de fracaso.

Alguien podría decir: “Bueno, pero esto que estas diciendo no tiene ningún sentido porque en realidad lo adecuado es esforzarnos siempre en hacer las cosas mejor” Pero ¿por qué ha de ser así? Nosotros pensamos esto porque nos lo han inculcado. Nos han inculcado la cultura del esfuerzo, de esforzarnos en que las cosas salgan cada vez mejor. Ha habido otras épocas y otras culturas que han hecho lo que era necesario hacer, pero nada más. Y han sido tan o más felices que nosotros…

En realidad, lo único que mejora con esfuerzo es lo mecánico, lo práctico (por ejemplo, jugaré mejor a futbol si me esfuerzo y entreno cada día o hablaré mejor japonés si me esfuerzo en estudiarlo y practicarlo). Sin embargo,

nunca voy a poder ser mejor persona gracias al esfuerzo.

Nunca va a mejorar una cualidad de mi persona gracias a mi esfuerzo. Y sin embargo, muchas de las personas que vienen a consulta lo que quieren es ser mejores, enfadarse menos, desesperarse menos, tener más paciencia, ser más comprensivos, sentirse más seguros, quererse más… Pero eso no es posible que suceda gracias a nuestro esfuerzo. Nosotros pensamos que si por ejemplo, si “soy” inseguro, al esforzarme seré más seguro. ¿No será que, al creer que eres inseguro, actúas de esta manera? Si no creyeras que eres inseguro ¿cómo actuarías?

La única manera que tengo de mejorar es soltando la idea que tengo de mi, es abriéndome a la posibilidad de que igual no soy como creo ser…

Investiguemos otro juicio, por ejemplo “estoy perdido”

¿Qué quiere decir “estar perdido”? Para que yo pueda evaluar que estoy perdido tengo que saber cual es el camino correcto, tengo que saber dónde tengo que llegar, mi destino, y cuál es el camino para llegar allí. Pero ¿cómo voy a saber cuál es mi destino y aún menos cuál es el camino para llegar? Para decir “me siento perdido” necesito una idea sobre donde tendría que estar y cómo tendría que llegar allí. Entonces sí que podría decir que me siento perdido, perdido en base a una idea.

¿A dónde tengo que ir yo? ¿realmente lo sé? Y si lo intuyo, ¿sé cual es el camino? ¿lo sabe alguien? Porque si supiera cual es el camino para llegar allí probablemente lo estaría caminando… Entonces ¿cómo va a estar una persona perdida? O estamos todos perdidos o no hay nadie perdido.

Otra creencia: “no hay que huir de lo que nos hace sentir mal, sino quedarnos allí y superarlo”. Esta es una creencia que está muy de moda en nuestros días, sobre todo en círculos de “auto-ayuda y crecimiento personal”. Creemos que aquellas situaciones que nos hacen sentir mal son aquellas situaciones que debemos superar, como si la vida fuera una carrera de obstáculos. Si a mi me hace sentir mal aquella situación, debo permanecer allí para superarla, porque esa será la manera en que yo crezca…

Realmente ¿he nacido yo para superar-me? ? ¿es la vida una carrera de obstáculos, en la que yo tengo que conseguir ser la “number one” o algo así, la más fuerte, la que más retos ha vencido? ¿he nacido para guerrear? ¿he nacido para ganar?¿qué quiere decir esto de “superar-se”? Para que yo me tenga que superar en algo, tengo que tener una idea concreta de mi y una idea ideal de mi, y querer llegar a la idea ideal de mi. Y todo eso lo monta la mente, tanto la idea que tengo de mi como el ideal.

Y quizás digas “Bueno, pero si no tenemos ningún objetivo ni ningún reto entonces lo único que vamos a hacer es vegetar en la vida.” Eso no lo sabemos porque no hemos vivido así nunca, excepto en la infancia -y difícilmente nadie diría que los niños “vegetan”…-. Lo que seguro que nos garantiza no buscar ningún objetivo o meta, no querer nada ni luchar en contra de nada, es que vamos a estar plenamente situados en el ahora. Eso ya lo tenemos en el momento que ya no queremos ir a ningún otro sitio que en el que estamos.

Cuando no queremos nada ni luchamos contra nada, vivimos en el Ahora

También puede haber un relevo en el puesto de mando de tu vida. Si tu mente está diciéndote que tienes que conseguir esto y tienes que deshacerte de esto otro todo el santo día, y tú ves claramente que tu mente no sabe ni quien eres ni lo que te conviene, ni para que has nacido, ni nada de nada,

puede ser que retires la autoridad que habías concedido a tu mente y quede vacante el puesto de jefe.

Eso nos asusta mucho porque si no manda nadie, ¿qué va a pasar aquí? Igual me quedo tirado en el sofá y no hago nunca nada más…

Pero quizá no.

Quizá las riendas son asidas por otra parte de ti que no es la mente, y quedas verdaderamente sorprendido de lo que está pasando. Porque aunque tú no lo sepas, de hecho tu mente nunca en la vida ha mandado y ha decidido nada. Sólo lo parece. En el fondo,

no es la mente la que decide ni es gracias a tu esfuerzo que consigues nada

(tu te esfuerzas mucho y a veces no consigues nada y a veces sí…; o no te esfuerzas nada y aún y así, a veces no consigues nada y a veces sí…). A veces las cosas salen como tu quieres, y otras veces no salen como tu quieres y con el tiempo te das cuenta que ha sido lo mejor que te podría haber pasado, que no saliera aquello que tanto querías entonces…

Por lo tanto, hay otras fuerzas que están moviéndose en ti. Así que si tu das este salto y dejas de darle autoridad a tu mente, quizá descubras todo un mundo nuevo.

No hace falta que decidas dejar de hacer caso a tu mente para siempre. Sólo pruebalo un rato. Haz aquello que te llena de paz, alegría de vivir, de comprensión, independientemente de lo que tu mente te diga.. Sólo durante unos días. Y mira lo que sucede…

Tanto si saltas como si no,

¡Feliz Ahora!

y ¿sabes por qué te deseo que seas feliz ahora? porque

no existe otro momento en toda tu vida en el que vayas a poder ser feliz, más que Ahora.

¡¡GRACIAS MIRADA SECRETA!!

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