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Cultivar lo que anhelo

“Pon amor y sacarás amor” 

Juan de la Cruz

  

Están tan bonitos los campos. El viento mece las mieses que ya sobrepasan el palmo. Los verdes se dejan acariciar por el incipiente dorado. La plata escondida brilla en bravo oleaje, a ritmo de rachas impredecibles. Cuando el hombre aprendió a cultivar, todo en su vida, toda su vida e incluso él mismo cambiaron, se transformaron. 
Pero, ¡ay, el hombre!, siempre hipnotizado por lo que sus sentidos captan y su mente piensa. Y piensa tan pequeño, tan pequeño aún sintiéndose el amo.  Y así, con el silencio empapándolo todo, la mirada secreta empieza su canto…
En algunas estaciones, el hombre ha querido también cultivar virtudes. Según su geografía religiosa, quizás ha querido cultivar la rectitud, o el desapego, o el sometimiento. Sus cultivos han sido hermanos del hacer porque 

por el hacer, el hombre, sólo coronar su existencia, ha sido juzgado. 

Pero en demasiadas ocasiones, las virtudes traen consigo mucha enfermedad -la vanagloria, la superioridad, el endiosamiento, el creerse iluminado- y la cosecha en vez de expandir el alma, la ha contaminado. 
Quizás no deberíamos cultivar lo que puede ser visto y mal usado. Quizás el cultivo que hiciera cambiar al hombre en lo profundo, fuera secreto. Quizás en vez de ser cosechadores tendríamos que ser cultivadores puros. Cultivar el sentir, en secreto. El sentir que florece espontáneamente, que no puede ser manipulado. El sentir que no puede ser recogido ni pesado. El sentir de la belleza, la armonía, la paz, la lucidez, el amor. 

En tierras de silencio se da bien este cultivo. Su simiente, la vivencia ni que sea de un segundo. Esa minúscula semilla puesta en la mirada desde que despunta el día, hasta que despunta el día, la va cultivando. 

Cultivar el sentir dejando al hacer que haga. Sin importar lo que ocurra más allá de su secreto campo. 

Cultivarlo para que crezca y crezca. El cultivo del sentir no puede ser contaminado porque a nadie le hace ser más nada, aún llenando en secreto el corazón con sus dulces frutos. Un cultivo que cuando se prueba ya no quiere ser abandonado, ni cambiado ni siquiera mejorado. 
En el sentir, la cosecha no se recoge y se guarda en las egocéntricas alacenas como con los cultivos del hacer. En el sentir, la cosecha florece de dentro afuera a través de la mirada casi sin que uno se de cuenta y sus frutos se reparte a todo lo que es mirado. La cosecha del sentir no deja nunca vacías las arcas y en ese reparto el silencio planta nuevas simientes en los ojos encontrados. 
Cuando Juan decía “pon amor y sacarás amor”, no se refería a una cosecha exterior que tantas veces nos deja en estado de sequía: “yo ya pongo amor pero mira, solo saco desprecio, o lo que es peor, desinterés” dice el hombre-cosecha. Cuando Juan decía “pon amor y sacarás amor” decía verdad porque 

poniendo amor, belleza, dulzura, tu mismo te llenas de ella. 

Sé un cultivador de aquello que en lo hondo anhelas. Cultiva lo que anhelas como si ya lo hubieras encontrado. Que tu mirada ponga aquello que quieres ver allí donde se pose, sea en otros, en el mundo o en ti mismo. Cultiva el amor en tu corazón y tu corazón quedará lleno de amor… Pon amor en tu mirada y en todo verás amor. 
¡Feliz Ahora!

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LOS TRES LEONES


“Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres”

Juan de la Cruz





“Yo” y “ego” son palabras que aluden a lo mismo, a esta identidad que se vive separada de todo y de todos. Como a mi la palabra “ego” me sonaba también a “vanidad” o “soberbia”, sin darme cuenta trataba de evitarla. Así que para mencionar a esa entidad separada, en vez de llamarla “ego” la llamaba “pequeño yo”. Esta es la historia de una confusión.

Los sabios le decian que para descubrir la Verdad era imprescindible que el pequeño yo muriera, porque esa creencia de ser alguien separado de los demás y del mundo no era su identidad real. Y como amor a la Verdad no le faltaba, se arremangó y trató por todos los medios de matarse. Pero no había forma. Intentó primero tragarse todos los arrebatos egoicos, pero eso no hacía más que empeorar la situación. El pequeño yo se aprovechaba de los fracasos: “Que mal que lo estoy haciendo” “soy un desastre”. Frases así poblaban la mente del pequeño yo y con eso aún se fortalecía más la identidad separada.

Al ver que tragarse sus arrebatos aún le daba más identidad, trató de no hacerles caso. Uy! Esta estrategia era todavía más virulenta. Imaginad, ahora el pequeño yo no se sentía mal consigo mismo, sino que pensaba: “Sí. Sí. ¡Lo estoy consiguiendo!” Así que el resultado era casi peor que con la anterior estrategia. Ahora no sólo se sentía separado del mundo sino que se sentía ¡mejor que el resto!.

Hiciera lo que hiciera, el pequeño yo en vez de morir, crecía. Crecía incluso más que antes de haber deseado morir. Pero, enamorado de la Verdad como estaba, no cejaba en sus intentos.

Y la Verdad, que responde siempre que se la llama, le regaló un compañero. Era este un gran león de porte digna. El pequeño yo se enamoró al instante de él. Y aunque le causaba respeto, mucho respeto, no sentía ningún miedo. El león era como un sabio ecuánime. Incluso su lustrosa melena era blanca, como serían las barbas del más sabio entre los sabios. El pequeño yo olvidó sus ansias de morir y se dejó cautivar por las maravillas que el sabio león le mostraba. A su lado, el pequeño yo comprendió muchos de los enigmas que en otros tiempos le habían angustiado. Este maravilloso animal fué quien le presentó a la mirada secreta (ahora es la mirada la que sonríe al recuerdo) y junto con ella formaron equipo para ir colmando el enorme ansia de Verdad que ardía en el centro del pequeño yo.

Un día, cuando estaban paseando por los aires del misterio, se oyeron unos silbos amorosos al compás de una bella tonada. La melena blanca del compañero no pudo menos que sumarse a la danza que el pequeño yo, envuelto en la locura del amor, expresaba. ¡Cuánta dicha y alegría nunca antes conocida!. La luz clara y precisa que emanaba del sabio león se vió entonces completada por la más dulce sonrisa…. ¡en las fauces de un segundo león! ¡Era éste quien silbaba!. El pequeño yo se moría de la risa. Ver a otro inmenso león jugando como un gatito con su magno compañero, le abría el corazón como nunca antes lo había sentido. El pequeño yo se sentía colmado de gracia. Y con ambos como compañeros, guías, amigos del alma siguió su camino en pos de la Verdad. Ahí estaban: el Amor por la Verdad en la forma del más bello y dulce de los leones; y la Verdad del Amor en la mirada cristalina de tan centrada del sabio amigo. Nada más podía querer el pequeño yo enamorado.

Y así siguió caminando, feliz de su suerte, tan agradecido, dandose cuenta de que esos compañeros no eran sus amigos porque él los mereciera, sino por el inmenso amor que a la Verdad tenía.

Aún y así, la inquietud le seguía incomodando. Pensaba: ” si soy yo quien comprende cuando el sabio león me enseña, entonces no debe ser una verdadera comprensión”, o ” si soy yo quien ama cuando el alegre amigo me enseña lo bella que es la vida, entonces no deber ser verdadero amor”. Este “yo” que experimentaba no dejaba al pequeño yo disfrutar plenamente de los regalos de sus amigos. Le habían dicho que este “yo” no era real, no era la Verdad y que debía morir… Muchas veces rompía a llorar y rezaba: “¡que muera ya este yo! ¡por favor! ¡yo sólo quiero la Verdad!”

Y así llegó el momento en que la paz alegre, la serena mirada iban a temblar hasta el paroxismo del miedo, en cuestión de un instante. Porque un día inesperado, frente a los tres se plantó sin previo aviso, el león más grande imaginado. Este, de melena casi negra, era con mucho el más alto y el más ancho de los tres. El pequeño yo eran tan tan pequeño a su lado que, si no fuera por el interes del león, de un pisotón lo habría matado. Pero no era éste su plan. Su plan era mucho más complicado. Venía a matarle, sí. Pero no como el pequeño yo había imaginado.

Sus antiguos compañeros, como si frente al rey se hubieran topado, reclinaron gracilmente sus melenas y se apartaron a un lado. El pequeño yo supo, supo que iba a ser matado. Recordó cúanto lo había pedido: “¡muera el yo para que la Verdad viva!” pero no sabía que el terror le estaba acechando. Su miedo era tan grande que a sus amigos perdió de vista y ni por ellos pudo ser consolado.

El gran León, con sus garras le estrujó la mente y le estrujo el corazón. Era un león especializado en hacer trizas los pequeños yoes el mundo y su peor arma era el rugido que volcaba en la aterrorizada oreja del pequeño yo, cada vez que este mencionaba al “yo” ni que fuera con su pensamiento. Como ejemplo, para que veais su fiereza, si el pequeño yo se quejaba ni que fuera un poquito, el león rugia: ¡¿QUIIIIIEEEEEENNNN SE QUEJA!?. El pequeño yo, todo despeinado, se quedaba helado y, como si el rugido le hubiera cortado la cabeza, se sentía engullido en un infinito agujero negro..

Si el pequeño yo pensaba “parece que hoy estoy mejor”, el enorme león le gritaba: ¡¿QUIIIIIIEEEEEEEENNNNNN está mejor!? Y de nuevo desaparecía el pequeño yo en el negro vació.

Así una y mil veces. El pequeño yo le imploraba que le matara ya de una vez. Que no quería seguir siendo un yo. Pero por dentro la pena era inmensa. Recordaba la felicidad de los tiempos en los que la mirada secreta y la alegría de vivir le acompañaban. Ahora sólo había desolación. Realmente quería morir. Pero no lo conseguía. Sólo iba siendo tragado cualquier pensamiento autoreferenciado. Era como si el león se hubiera propuesto que el pequeño yo dejara de pensar en si mismo.

Aún y así no os creais ni por un instante que el pequeño yo habría preferido abandonar la búsqueda de la Verdad. No. Estaba dispuesto a todo, aunque este todo implicara la vida en el infierno en el que estaba desde que el león le apresara. Si eso era la Verdad, lo acataría. Aunque había algo dentro de él que le decía: confía, confía…

Y un día ocurrió lo inesperado.

El gran león, en vez de matar al yo del pequeño yo,….. ¡¡¡¡¡mató lo pequeño y dejó vivo el yo!!!!!!! Y lo que un día fué un pequeño yo, se empezó a expandir y a expandir y a expandir en un yo taaaaaaaaaannnnnnn inmenso que a todos y a todo fué abrazando. Incluyó el mundo, el universo. Incluyó todo lo conocido. Incluyó también lo desconocido. Y más allá.

Él era el gran león, cuyo nombre es SAT y era los otros dos leones, el sabio y luminoso CHIT y el amoroso y dulce ANANDA. Al morir lo pequeño del yo, murió el yo separado.

¡Qué equivocado había estado queriendo matar lo único que siempre había sido verdad: ¡la sensación de yo! Lo que había de morir por falso, era la pequeñez en la que su LUMINOSO E INFINITO CUERPO había sido apresado.

Y así vió que nada estaba separado pues Él lo era Todo. Y en ese Todo también cabía la nada. Él era Ella. La Verdad reencontrada.

Quizá este relato fué un sueño, aunque la Verdad jamás se ha extraviado. O ¿es ahora que soñamos?

¡¡FELIZ VERDAD!!

 

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De la carencia a la plenitud

IMG_5885“Cuando reparas en algo, dejas de arrojarte al todo”

Juan de la Cruz

Estoy contemplando el nuevo día dejándome empapar a través de todos los sentidos de todo a la vez, sin centrar la atención en nada concreto. A la flores les viene a visitar la avispa e inseparablemente las hojas de los árboles se dejan llevar por la danza de la brisa a la vez que las nubes pasean por el cielo sempiterno. Es como una sinfonía que escucho sin separar una nota y otra. Si así lo hiciera, ¡no podría escuchar la sinfonía!

De las puntas de los dedos brotan palabras que no se sabe de donde vienen. Y así. No sobra nada. No falta nada. En estos tiempos la mirada secreta anda como por detrás, respetuosa, sin querer hacerse notar. La mente está a punto de implotar. El gran bang-big. Aún y así, es tan bello, tan bello este momento eterno, que dulcemente sube su presencia hasta el punto de ebullición y las manos se ponen a trabajar a su servicio de nuevo.

¡Han sido tantísimas las ocasiones en las que sentí que algo faltaba o algo sobraba en lo que fuera que estaba viviendo! De hecho, ha sido siempre así menos en contadísimas excepciones. En mi cabeza siempre había una voz que protestaba: ” Si, si. La comida está muy buena, pero es tan cara…” “Qué día más bonito, ojalá estuviera mi pareja aquí”. O directamente: “Esto es un asco. Por lo menos podría haber sido más amable” “Este sitio es horroroso, por lo menos podrían tenerlo más limpio” Ya ves. Toda la vida incompleta, por exceso o por defecto. Si tuviera que evaluar la vida le daría un insuficiente. Y esta sería la evaluación del sordo, del que pendiente de cada nota musical nunca oyó la sinfonía de la vida.

¿Por qué? ¿Cómo puedo ser feliz si siempre va a haber algo que falte o que sobre en este momento?. Los escasísimos momentos que recuerdo de  verdadera felicidad siempre han ido acompañados por una sensación de plenitud. Pero esta sensación de plenitud no viene de contar cada cosa y ver si falta o sobra algo en concreto. Si lo hubiera hecho así, si me hubiera fijado en cada cosa por separado, mi mente hubiera encontrado ese punto de insatisfacción. La mente es una verdadera especialista en fragmentar el momento en partes e inventar una parte que falta o que sobra, impidiendo la plenitud del momento. Para que aquello que vivo no esté completo, tengo que vivirlo a trocitos, solo así puedo sentir que falta algo pero, si acojo el momento como una unidad indivisible todo cambia porque

el momento siempre es pleno.

Para que falte algo, para que sobre algo, es necesario que esté mirando las partes. Pero la vida no se nos da a trocitos. Cada momento es lo que es, ni más ni menos. Si miro el todo de una vez, sin dividir el momento, todo es lo que hay. Plenamente.

Si miro el todo ¿qué puede haber fuera?

Lo demás es fragmentar la vida con la mente. Vivir trocitos de vida desconectados unos de otros. Que gran locura pensarlo así.

Para vivir la carencia he de mirar cada elemento. Sólo así podré rechazar unos y echar en falta otros.

Para vivir la plenitud he de mirar el todo.

¿Qué me susurras ahora mirada? ¡¡ES LO MISMO EN EL AMOR!!

Para vivir el amor personal, he de mirar a todos. Sólo así puedo rechazar a unos y echar en falta a otros

Para vivir el amor incondicional he de amar el todo.

Que gran dicha verlo así.

¡Ay mirada! Tu luz me inunda de amor.

¡Feliz, pleno AHORA!

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El quehacer espiritual

Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada… Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes…

Juan de la Cruz

Hoy la mirada secreta golpea de improviso con toda su fuerza y con todo su candor. Esa mezcla que sólo la mirada tiene.

Leo unas reflexiones, acojo unas preguntas y parece que todo tiene que ver con el quehacer espiritual.

Nos dicen que no hay que tener apegos, que hemos de aceptar todo lo que la vida nos trae, hemos de meditar, no hemos de enjuiciar, y sobre todo hemos de matar al ego. Eso es lo que manda la espiritualidad de estos tiempos.

En otros tiempos nos mandaron diez cosas para llegar al Reino de los Cielos:

Amarás a Dios sobre todas las cosas.
No tomarás el nombre de Dios en vano.
Santificarás las fiestas.
Honrarás a tu padre y a tu madre.
No matarás.
No cometerás actos impuros.
No robarás.
No darás falso testimonio ni mentirás.
No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
No codiciarás los bienes ajenos.

No sé cúantas cosas más hemos de hacer si queremos llegar a la Verdad, a la paz interna tantas veces implorada, a ser espirituales de verdad, realizados, iluminados.

Y los que tanto anhelamos esa Verdad empezamos a batallar. Podríamos decir que añadimos a la lucha cotidiana, la “lucha espiritual”. Muchas veces como dos grandes batallas que no se cruzan entre sí y que incluso pueden ser contrapuestas: mi vida cotidiana y mi vida espiritual. En muchas ocasiones ¡mi vida cotidiana se convierte en un obstáculo para mi vida espiritual! Es muy raro, muy raro…

¿Cómo puede ser que la Verdad se equivoque tanto que me coloque en un sitio contraproducente para volver a Ella? ¿No será que mi mente está enjuiciando las situaciones de nuevo según lo que cree que me conviene y lo que no?

Por otro lado, en ese quehacer intenso trato por todos los medios de ir modelando mi persona a ese “ideal espiritual” que sin darme cuenta, he comprado. Ahora ya no me siento mal sólo por mis problemas físicos y mis problemas psicológicos. Ahora añado a la lista mis problemas espirituales. Tengo que conseguir ser de una manera concreta, actuar de una manera concreta, incluso puede que tenga que comer de una manera concreta, vestirme de una manera concreta y tener unos gustos concretos. Todo en base a un ideal. Pero ese ideal está fuera de mí. Es muy raro, muy raro…

¿Cómo puede ser que la Verdad se equivoque tanto que me haga una persona contraproducente para volver a Ella? ¿No será que mi mente está enjuiciándome de nuevo según quien cree que debo llegar a ser?

¿Os resuena? Todos en algún momento, o siempre, hemos estado atrapados por un camino externo que nos dice qué hemos de conseguir y cómo hemos de llegar a ser y lo que tenemos que hacer si queremos conseguir Eso.

Y la mirada se queda con Su Ojo abierto de par en par. Que si tuviera manos se las llevaría a la cabeza. Y a la vez sonríe dichosa: “más vale batallar ciegamente que dormirse en la batalla” me dice.

El corazón late deprisa. La alegría inunda el espacio. Viene rauda la mirada secreta. Viene feroz y divertida. Viene con un secreto que hemos oído millones de veces, pero no escuchamos:

A la Verdad no le importa ni lo que hacemos ni quienes somos. La Verdad es Imperturbable.

La Verdad no se desvela a aquellos que cumplen unas condiciones. La Verdad es Incondicional.

La Verdad no aparece a unos y a otros no. La Verdad es OmniPresente.

Un ejemplo gracioso es aquel que anda buscando sus gafas y no se da cuenta de que las lleva puestas. Mientras anda buscando, no encuentra. Si está quietecito, puede ser que se dé cuenta. ¿Habrá necesitado hacer un montón de cosas? ¿Habrá tenido que esforzarse en ser diferente? Las gafas siempre estuvieron ahí. Pero él no lo sabía. Y a las gafas todo lo que el pobre haya hecho le es indiferente. Siempre han estado en su sitio.

Mientras esté distraído con las cosas del hacer, mientras esté buscando y buscando no me daré cuenta de que la Verdad está ahí.

Dejemos de creer nada. Hagamos lo que la Vida nos traiga. Y démonos cuenta de que Aquello que tanto anhelamos está más allá de la mente, de los pensamientos. Encontremos ese lugar dentro que trasciende el pensamiento, que es la fuente de donde los pensamientos y la Vida entera brota. Encontremos ese lugar desde el silencio del hacer interno, sabiendo que es desconocido.

Para ir a lo Desconocido hay que partir de lo desconocido.

La sorpresa es que todos esos mandatos, esos objetivos, esos mandamientos que nos prometían el Cielo, esos quehaceres espirituales serán entonces resultado natural de vivir desde Ahí y brotarán espontáneamente. Quizás no eran diez mandamientos sino diez pinceladas de la Tierra Prometida…

Dedicado con todo amor a los que el Amor a la Verdad les acucia con fiereza.

¡Feliz feliz Ahora!

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