Archivo de la etiqueta: Jesús

Lo más importante

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“Una vez salió un sembrador a sembrar.Y sucedió que, al sembrar, … Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento.»
Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga.»”

Marcos, 4: 3-4, 8-9

El otro día la más dulce de las almas explicaba cómo le absorbía el trabajo. Estaba muy cansada de tanto trabajar y no sabía cómo parar. Incluso no quería parar, porque cuando paraba le entraba la ansiedad. Casi con lágrimas en los ojos me explicaba que tanto trabajar no le dejaba disfrutar de la vida: ir a pasear por la naturaleza, tener espacios íntimos con su pareja… Me dijo que lo más importante para ella era la paz interior y que se sentía muy lejos de poderla conseguir.
Al rato vino otra bella alma de mirada inocente. Me contó lo mal que estaba con su esposa, todo el día peleándose. Me explicó lo mal que le trataba y las cosas feas que le decía. Claro, él estaba hecho polvo porque la quería y le dolía cómo ella actuaba…. Me dijo que lo más importante para él era el amor y que se sentía muy desgraciado por no poder vivirlo por culpa de ella.
Después se acerco una tercera alma, pura paz. Desprendía una serenidad amorosa que envolvía a uno en un manto de “todo está bien” maravilloso. Ella no venía a arreglar nada sino a compartir un rato. En vista de cómo había ido la mañana, le pregunté que era para ella lo más importante. Me dijo: vivir despierta. Después seguimos charlando y en un momento dado, la mirada secreta hizo su entrada (esta vez nada sutil, sino con un “aquí estoy” de zapateao flamenco). La mirada entró y vi sin pensar (que es la única manera de ver) el secreto de la amorosa serenidad que traía consigo este alma. Ella, a diferencia de las dos anteriores, estaba dedicando su vida por entero a lo que era lo más importante para ella. Así de simple.
La primera alma dulce que vino, aún siendo la paz interior lo más importante para ella, dedicaba su vida a huir de esa paz…
La segunda alma inocente, aún siendo el amor lo más importante para él, dedicaba su vida a reivindicarlo en vez de a serlo.
Es como si el ser humano quisiera cosechar fresas plantando cardos.
¡Así de locos estamos!
Descubramos lo más importante para cada uno de nosotros. Realmente lo más importante. Hagámoslo remontando nuestra respuesta con por qués, hasta que no hayan más preguntas. Por ejemplo, si nuestra respuesta es nuestros hijos, preguntémonos por qué son lo más importante…. Y quizás veamos que es por el amor que les tenemos. Entonces nos preguntamos si el amor es lo más importante para nosotros. Si contestamos que sí, preguntémonos por qué. Si ya no sabemos nuestra respuesta válida es el amor. O puede ser que respondamos porque es la expresión de la Unidad.En este caso lo más importante será la Unidad. Y así con cualquier respuesta que nos demos. Y una vez lo hallamos descubierto, dediquemos nuestra vida a ello. Cultivémoslo con toda nuestra capacidad. Y vivamos para ello.
Si así lo hacemos, ya no existirá la falta de sentido, ni la incoherencia ni la locura. Viviremos plenamente en esa felicidad que tiene el abuelito cuidando primorosamente su huerto, día a día, palada a palada.

Convirtamos nuestra vida en nuestra mayor y más profunda entrega a aquello que nos tiene robado el corazón.

Y ahora la mirada secreta ríe a carcajadas porque en mi alma se ha chivado de mi propio tesoro, que es Ella.
A veces la Vida nos sorprende destapando lo que siempre había estado delante y nunca habíamos visto antes.

¡Feliz Ahora!

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I. De la separación del yo. La vela

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Ningún yo separado podrá vivir la Unidad.

La mirada secreta

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Hoy la mirada secreta se posa en la vela. Y en la vela desvela el secreto escondido. Así.

La vela solo cumple su función cuando es encendida. Vela y llama son inseparables, son Uno. En su función la vela va menguando hasta desaparecer. Y con ella desaparece la llama. La llama es fuego. El fuego nunca desaparece. Siempre está Aquí. Aunque no lo veamos.

La vela es portadora de la llama del Fuego Eterno.

¿Podría haberse inventado la vela si no existiera el fuego? No. Por eso, una vela sin encender no es una vela plena. Sólo es una vela en potencia.

Cuando se enciende, la vela nace y comienza su viaje, inverso a lo que aparentemente se ve. Al ser encendida, la vela  brota de la potencialidad para llegar a la vida plena de fusión inseparable con la llama.

Para vivir en plenitud, la vela ha de ir fundiéndose en su dar vida a la llama.

Da su vida para dar Vida. Ese es el sentido de su existencia. Su existencia no es para ella.

Vela y llama llegan a su realización cuando ambas acaban su cometido, en el mismo instante:

el viaje de la vela en pura comunión se funde con la llama.

La vela se desvaneció como forma concreta. Se desvaneció en la llama. Se fundió en la llama. Y acabó siendo la llama. Y la llama, siempre viva en su potencia infinita, encontrará otras formas en las que manifestarse en perfecta comunión.

Me dice la mirada:

Tu eres vela y eres llama.

El yo-separado (ego) es la vela que olvida su esencia (cera) y se identifica con aquellos rasgos comparativos que la diferencian de otras velas. Mientras se cree que no es portadora de la Luz, está en potencia, muerta en su verdadera esencia aunque aparentemente hace muchas cosas.  Por eso Jesús dijo aquello de “deja que los muertos entierren a sus muertos”.

Sólo el yo-separado cree en la muerte.

El yo que se vive separado, vive a las otras personas como se vive a si mismo. Es el yo-separado que entierra otros yoes-separados. Es lo que ocurre cuando nos vivimos vela y obviamos que también somos la llama y que una y la otra son inseparables. Y

la llama de las otras velas es el mismo fuego que la que corona esta vela.

Sólo las velas están aparentemente separadas, aunque incluso aquí, están hechas todas de cera. De la misma cera. En realidad, solo hay una vela y solo hay una llama. Y ambas son inseparables. En realidad,

solo hay Uno apareciendo como muchos.

En realidad llamamos morir a lo que es una transformación, un cambio de forma de la misma y única esencia.

Por eso la verdadera vida es ir muriendo a la aparente separación; es el derretimiento del ego al entrar en contacto con la Luz de la Verdad. En ese consumirse, va menguando el sentimiento de separación. Es la Llama de Amor Viva la que utiliza el yo para su expresión. Esa es la función del yo separado, entregarse a la llama para que esta pueda iluminar la oscuridad del sueño. Mientras no es así, el yo separado vive en la oscuridad total (por eso a veces la mirada secreta le llama “fantasma”).

Cuando la llama de la Verdad enciende el yo, se hace la Luz y el sentido de separación se va desvaneciendo en el darse cuenta de la conciencia iluminada. Y la vida plena se alcanza cuando llega a su total disolución.  Cuando vela y llama son Uno. Cuando la vela se da cuenta que se formó para el Fuego y en el Fuego se convierte.

Por eso Teresa decía aquello de “muero porque no muero”, cuando ya anhelaba cumplir su función. Por eso decía “hasta que esta vida muera, no se goza estando viva. Muerte, no me seas esquiva, viva muriendo primero…”

O cuando lo único que deseaba era ser encendida: “Mira que el amor es fuerte, vida, no me seas molesta; mira que sólo te resta, para ganarte, perderte”

Es paradójico que la función del yo sea morir al yo, morir a lo falso que ha creído ser. Pero es que

ningún yo-separado podrá vivir la Verdad. Ningún yo-separado podrá vivir la Realidad. Ningún yo-separado podrá vivir el Amor. Ningún yo-separado podrá vivir la Libertad. Ningún yo-separado podrá vivir a Dios.

Es paradójico desde fuera. Desde dentro, la mirada secreta muestra la inexistencia del yo-separado y la realidad siempre presente del Uno. Así, Sí.

¡Feliz Ahora!

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La pureza y la Verdad

IMG_6824“De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.”

Mateo, 18:3

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Como dice mi querida Consuelo, no se trata de ser niños, sino de ser como niños. Así es. La Verdad no se puede vislumbrar más que con una mente y un corazón que sean como los de un niño. Pero, ¿cómo son la mente y el corazón del niño?.

El diccionario define la pureza en términos negativos (negativo fotográfico) de ausencia. Ausencia de mezclas, de intereses, condiciones, excepciones, restricciones, construcciones…

la pureza es ausencia

¡Ay, la Mirada! En todo derrama su buena nueva. En todo ve lo que nunca fue visto. Y todo lo que ilumina lo convierte en bendición…

Aquí empieza a mostrar Su luz sobre la pureza.

La mente pura no es una mente llena de erudición, que muestra un correcto pensar, inteligente, brillante, que sabe de todo, que se expresa con elegancia y fluidez. No es una mente llena de preceptos éticos, de valores morales, de directrices justas. Esa no es una mente pura porque, lo que es erudición un día puede ser ignorancia al siguiente. Lo que es elegancia y fluidez para unos puede ser amaneramiento y pesadez para otros. Lo que es ético o moral en un tiempo puede pasar a ser inaceptable. Lo que es justo aquí puede ser injusto allá. La mente que hemos creído que era pura, es una mente volátil, manipulada y manipulable. Y la pureza es intocable -sino, ya no sería pureza-. Entonces, ¿qué es una mente pura?

Una mente pura es una mente vacía. Es una mente valiente, que ha soltado todo lo que creía saber y ahora, realmente, vivencialmente, ha descubierto -como decía el sabio- que lo único que sabe es que no sabe nada.  Sólo una mente vacía, limpia de todo pensamiento, una mente que ha dejado caer todo lo aprendido, una mente como la de un niño puede llegar a ver la Verdad. Y eso es así porque la Verdad es incognoscible, no se puede llegar a conocer. Por eso,

todo lo conocido no es  del reino de la Verdad.

¿Y el corazón? El corazón puro no es el corazón que está lleno de buenos sentimientos, como  se suele entender. No es un corazón que ayuda a los demás, que da a los que no tienen. No es un corazón que se sacrifica por los demás, que ama a todos, que rechaza las emociones negativas, que tiene buenos propósitos. Ese no es un corazón puro porque mis buenos sentimientos pueden no serlo para ti. A veces, querer ayudar a los demás puede ser intrusismo, dar a los que no tienen puede ser contraproducente, sacrificarse puede colocar al otro en un estado de deuda, amar a todos puede ser una trampa, rechazar las emociones negativas  y tener buenos propósitos implican juicios de valor. Este corazón que hemos creído que era puro, es un corazón volátil, manipulado y manipulable. Y la pureza es intocable -sino, ya no sería pureza-.

Un corazón puro es un corazón vacío. Es un corazón valiente, que ha soltado todo lo que sentía y ahora, realmente, vivencialmente, ha descubierto que lo único que siente es una apertura vacía, limpia de emociones. Un corazón que al verse liberado de los pensamientos, deja caer todas las reacciones emotivas que ha ido aprendiendo con los años. El corazón puro es un corazón como el de un niño, libre de todas las emociones condicionadas y es ese el que puede llegar a sentir la Verdad. Porque la Verdad es Amor sin que haya un “pequeño yo” que siente amor.  Y

sólo un corazón vacío puede ser llenado por la Verdad que es Amor.

El niño suele ser egocentrado aunque su mente y su corazón todavía no han sido condicionados del todo. Por eso no hemos de ser niños, egocentrados, sino ser como ellos, que todavía están libres de programaciones mentales y emocionales.

Es imprescindible que la persona quede desocupada de pensamientos, emociones y conductas condicionadas. Es fundamental que la persona quede vacía para que la Verdad pueda expandirse.

Así enseña la mirada secreta.

Así anima a desocupar esta persona, a vaciarla, y en esa pureza, la Verdad pueda reflejarse sin distorsión alguna.

Si la Verdad es lo más importante, lo único, vayamos pues. ¡Seamos valientes y vivamos desde la nube del no saber! En un instante, la paz del vacío-de-mi será nuestra identidad conocida. El resto no es cosa nuestra…

¡Feliz Ahora!

 

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Crimen y castigo

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“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”

Lucas 23, 34

¡Ay, Mirada que atraviesas todo muro y ves hasta ese ANTES de que nada fuera!

Hoy quieres que hablemos de la ofensa, del ofensor, del ofendido,… del perdón.

Me dictas y escribo:

Vivimos más de las explicaciones que de los hechos en sí mismos. Fraguamos las explicaciones analizando, interpretando, suponiendo, juzgando, valorando, etc. Y es muy raro que por lo menos, comprobemos aquello que estamos interpretando. Es mucho más frecuente que demos por supuesto que lo que pensamos al respecto es la verdad. Así es como crecen las explicaciones dentro nuestro. Y aquello que en si mismo era lo que era, aquello que hubiera provocado una reacción puntual, pues todo hecho es puntual también, se convierte en un suceso de consecuencias mucho más grandes que el propio hecho y que perduran en el tiempo. Una explicación puede acabar con la amistad, con el amor, con todo. Ese es el poder de la mente.

Ahora me viene a la memoria la conversación que tuve con un hombre que moría lleno de tristeza. Me explicó que unos 25 años antes se había enfadado mucho con su hermano y desde entonces no se habían vuelto a ver. Me lo explicaba con lágrimas en los ojos. Le pregunté que había pasado para que rompieran la relación. Y ¿sabeis cuál fué la respuesta? El hombre rompió a llorar desconsoladamente y entre sollozos logró articular esta frase: ” No me acuerdo”.

El hecho siempre es puntual. Y se desvanece en el tiempo. Pero las consecuencias perduran y perduran y perduran. Y

las consecuencias nunca son relativas al hecho.

Nunca. Nunca -insiste la mirada secreta-.

Las consecuencias son relativas a cómo yo vivo un hecho.

Decimos que queremos comprender lo que ha pasado. Pero ese comprender ¿qué quiere decir verdaderamente? Casi siempre vamos a analizar mentalmente el suceso, en vez de verlo directamente, preguntar directamente, y quedarnos SOLO con la respuesta simple, sin darle más vueltas.

Cuando decimos que queremos comprender, hemos de darnos cuenta de que sólo aceptaremos la explicación que encaje con nuestros prejuicios o juicios ya emitidos. ¿Realmente estamos abiertos a lo que es?

En el mundo de las relaciones humanas, no hay un sólo hecho, un sólo acto que tenga las mismas consecuencias para todas las personas. Entre lo que ocurre y las consecuencias, estoy yo con mi mente.

Cuando alguien hace algo que me afecta, me afecta por mí, no por la persona que lo ha hecho.

Tengo que ver esto con claridad. Es muy muy importante. Porque si lo descubro, entonces descubriré que no hay ofensor. Quizás vea que lo único que puede existir es un ” yo ofendido”.

No hay verdadera ofensa objetiva. No hay ofensor. Sólo hay un yo ofendido.

Y si no hay ofensor, ¿dónde queda la culpa? ¿dónde queda el perdón? Soltar las explicaciones egoicas sobre lo que supone para mi ese acto, soltar la “ofensa” en sí es el único perdón posible. Cuando me doy cuenta de que aquello que vivo depende de mi exclusivamente, dejo de tirar piedras y miro mi “yo” con sus fragilidades, sus miedos, su vulnerabilidad. Me miro con compasión y aprendo de eso, desde la humildad de mi condición humana. Crezco. Asumo plenamente la responsabilidad de mis emociones revueltas. Y si tengo que perdonar a alguien, me perdono por todo ello porque no lo sé hacer mejor. Miro y puede ser que vea que nada ni nadie me puede ofender cuando vivo en la Verdad.

Como Jesús, que pidió a Dios que perdonara a los que le habían crucificado, no porque actuaran mal, sino porque no sabían lo que hacían. No hubo ofensa. Nadie le ofendió. No hubo un “yo” ofendido.

Eso es Comprensión. Eso es Sabiduría. Eso es AMOR.

Gracias. Gracias mirada. ¡Qué anchura en mi corazón!

¡Feliz Ahora!

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