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La prisión del alma

¿Por qué permaneces en la cárcel cuando la puerta está abierta de par en par?

Rumi

Muchas veces, el alma no sabe que vive en una cárcel. Su habitáculo es, para ella, el universo entero y, con sus mas y sus menos, le gusta. A veces, cuando un revés de la vida gira su cabeza, ve las puertas abiertas pero no siente la necesidad de salir.

Otras veces, el alma tampoco sabe que vive en un cárcel. Pero esta vez, la cárcel no le gusta. Se siente atrapada. Su corazón estrujado se pregunta perplejo si esto es todo lo que hay. Algunas veces también ve las puertas abiertas, más al no saber que vive en una prisión, no se le ocurre salir. Ve la salida sin verla…

En ambas circunstancias,

el alma no sabe que el sufrimiento que está sintiendo sólo habita en medio de estas paredes…

¡Pobre alma que no sabe que no sabe!

Otras veces, el alma siente su aprisionamiento. Se debate -a veces furiosamente y otras estremeciéndose sutilmente- entre un sinfín de cadenas imaginadas que le mantienen aprisionada y no le dejan salir de su encierro a pesar de tener las puertas abiertas frente a ella, casi eternamente. Cadenas de no-puedos, cadenas de miedos -a perder lo que tengo, a perderme, a lo desconocido, a la muerte,… (¿a mayor miedo, mayor intuición?)-, cadenas inventadas, cadenas intuidas, cadenas, cadenas.

Y el alma que no sabe y se pregunta. Se pregunta y busca respuestas. Y algunas respuestas parecen calmar su sed de libertad, pero el alivio dura sólo unos segundos. Y se sigue preguntando, envuelta de cadenas, frente a la puerta abierta.

Trabaja duramente para entender su aprisionamiento. Para hallar una salida. Para liberarse.

A veces, ve las puertas abiertas. Están frente a ella. Pero no cree que sea tan sencillo. “¡Ésta no puede ser la salida! ¡No puede haber estado frente a mi todo este tiempo! ¡La salida es mucho más complicada!” piensa el alma.

No puede aceptar que tanto sufrimiento, tan pesadas cadenas le permitan llegar al umbral siquiera

y sigue su periplo en busca de una salida acorde a su sufrimiento…

¡Pobre alma que sabe que no sabe!

Y otras veces, -pocas de hecho-, al alma descubre la cárcel, las puertas abiertas, las cadenas imaginadas, el sufrimiento que vive allí y sin debatirse, se duerme al sueño. Sabe que no es ella quien ha de cruzar las puertas.

Y también sabe de la embriaguez de cárceles, puertas, cadenas y sufrimientos.

Y como aquel que duerme la borrachera esperando despejarse, se deja

…dándose cuenta de que los sueños, sueños son (como dijo aquel que la inspiración atravesó).

Y quizá llegue a darse cuenta que ella misma es producto ebrio de sueño. Quizá…

Y ahí está el alma que sabe que no sabe y que ¡nunca sabrá que sabe!

La mirada secreta hoy deja esta cárcel patas arriba.

Y en su infinita compasión, susurra un silbo de aires amorosos (como diría Juan):

-Shshshshshshs, todo está bien…

-El gran entretenimiento son los pensamientos y la gran cárcel es creernos que son nuestros. Si no vemos, no vemos por eso-

… me dice entre sueños.

Y surge una sonrisa de paz.

El sueño sigue, apaciblemente.

Vacío de mí.

Dentro, fuera, es lo mismo. Lo que vivo fuera es donde estoy dentro.

¡Feliz Ahora!

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La ilusión de la autoestima

“Cuando nos encontramos en la dirección correcta, lo único que debemos hacer es seguir caminando”

Proverbio budista

 

 

 

 

El otro día, en una reunión periódica de investigación directa sobre la verdad de los aspectos psicológicos, irrumpió la mirada secreta como una espada, como un rayo que cortó el aliento de más de uno.

Y como siempre, surgió en el momento más inesperado y todavía resuena lo descubierto, y todavía va aclarándose más y más, va haciéndose más nítido y más sorprendente lo vislumbrado…

Estábamos investigando en grupo sobre el yo psicológico, también llamado “ego”.

El ego es quien creo ser, la idea que tengo de mi.

Entre otras cosas, mirábamos como este “yo” anda siempre tratando de recibir la atención -mejor si es positiva- de los demás en forma de valoración, luchando por tener la razón, por ser respetado, por conseguir alguna muestra de amor, etc. Nos dimos cuenta de la cantidad de energía y tiempo que consumimos con este único propósito. Y, como suele suceder,

del propio darnos cuenta surgieron las preguntas que abrirían un nuevo paso en ese ir caminando por amor a la verdad

¿Cómo es que este “yo” necesita la constante aprobación y amor de los demás o, en el peor de los casos, conseguir por lo menos su atención, aunque sea a base de peleas o discusiones?

Algunos podríamos de inmediato ponernos a discutir sobre la validez de la propia pregunta: “Este no es mi caso. Yo no hago nada para conseguir la atención de los demás, ni la necesito”. Pero si somos honestos, nos daremos cuenta de qué si que nos pasa. Nos pasa a todos como, por ejemplo, cada vez que queremos imponer nuestra opinión, cada vez que buscamos que nos den la razón, cada vez que explicamos nuestras historias sobre lo que nos han hecho otros -tanto si nos colocamos en un lugar de víctima, como si explicamos como nos quieren o aprueban los otros-, cada vez que explicamos lo bien o lo fatal que hemos hecho algo, cada vez que juzgamos (a hermanos, padres, pareja, hijos, amigos, políticos, a la sociedad o al mundo…), cada vez que mostramos expresamente lo buenos que somos, lo valientes, lo tiernos, lo iluminados, lo malos, lo cobardes, lo poco amorosos, lo pasotas… que somos.

¿Por qué lo hacemos? ¿Qué buscamos con ello?

Ese día, mirando esta vez sin juzgarnos, vimos con claridad que

buscamos la atención de los demás porque así nos sentimos “alguien”.

Es como si la atención de los demás sobre nosotros nos permitiera vernos a nosotros mismos…

Y seguimos investigando. Entonces vimos que esa atención la buscábamos sobre todo en forma de amor.

Buscamos sentirnos apreciados, admirados, queridos. Sobre todo.

Así que por ahora veíamos que la atención de los demás, cuando más nos sirve y cuando más nos “engancha” es cuando nos ayuda a sentirnos “alguien querido“.

…Alguien…

querido…

Pero ¿por qué?

¿Por qué necesitamos que sean los demás que atestigüen que “yo” soy “alguien” y todavía mejor, “alguien querido”?

El aire de la sala se estaba electrizando. El corazón latía rápido. La alegría de un nuevo mirar hacía sonreír al silencio profundo…

Seguimos caminando juntos. Seguimos mirando. Y vimos que necesitamos ser “alguien” para los demás porque así nos “alguien” nosotros mismos. Y vimos que necesitamos sentirnos “queridos” por los demás para querernos a nosotros mismos…

Mmmmmmmm. Vale. Pero entonces, ¿por qué necesitamos ser alguien? ¿por qué necesitamos querernos? ¿acaso no somos YA alguien que se ama a sí mismo?

La mirada secreta estaba rondando, esperando un agujerito bien limpio en las nubes mentales para traspasar con toda su fuerza. Y lo encontró.

Una mirada inocente dijo sin pensar, como si cualquier cosa:

“Necesitamos ser alguien y querernos porque no nos creemos”.

¡Sí! ¡Claro! ¡Eso es!

Si esto que llamo “yo” es una idea, una creencia, ¡no tengo realidad propia! Solo soy un cúmulo de historias y recuerdos, de células en continuo cambio, un lote de atributos nacidos de la comparación constante. Este “yo” que creo ser, es un mero espejismo. Y por eso ando tan afanosamente buscando que alguien me diga que soy real…

¿Puedo amar ese cúmulo de ideas/recuerdos/creencias que llamo “yo”? ¿Acaso no hay una sensación de “yo” mucho mas profunda en mi que nada tiene que ver con esa amalgama mental? No puedo amar lo que vivo superficialmente como “yo”, un “yo” que me gusta más o menos, con el que convivo mejor si los demás lo aprecian, un “yo” tan cambiante como el tiempo…

No puedo amar el yo psicológico porque no es real, es sólo una proyección. Por eso busco desesperadamente que sean los otros, los que me permitan “amarme”…

Y entonces, todo este tema tan de moda de la autoestima, ¿dónde queda? Queda en nada.

La autoestima es una ilusión de la ignorancia, de no saber quien soy.

Descubramos que no somos ese personaje poliédrico que da tanto trabajo a psicólogos y terapeutas ;)

Descubramos que los demás tampoco son esos personajes pensados por nosotros.

Descubramos que la verdad está más allá de cualquier pensamiento,

y que el amor está más allá de cualquier objeto.

El otro día, la mirada secreta surgió como un rayo. Los corazones y las mentes vacíos de verdad, vacíos de respuestas. Los ojos silenciosos y muy abiertos. Caminando. Puro agradecimiento.

¡Feliz Ahora!

dedicado a todos los que andan caminando…

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