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VIVIR SIN ESFUERZO

“Liba la mariposa la flor de la lavanda en perfecta comunión. Sabe la mariposa y sabe la flor. La Inteligencia de la Vida en acción”

La mirada secreta

Hoy la mirada secreta me insta a hablar del esfuerzo. Del esfuerzo entendido como trabajar mucho y a disgusto para conseguir algo que será mejor en el futuro. Del esfuerzo que nos hace vivir un momento presente que no queremos para que el futuro sea mejor. De ese esfuerzo…
Y solo cerrar los ojos para poder oírla, ya me suelta a su manera fresca y clara que

en la naturaleza solo se da un tipo de esfuerzo, el que va dirigido a la supervivencia; esfuerzo que se da en el presente para liberar el propio presente.

Pero no es así en el ser humano.
El ser humano es el único ser vivo que se esfuerza hoy para vivir mejor mañana, sin que su vida esté en peligro más que en su imaginación.
¡Ah, la naturaleza! De nuevo se alía con la mirada en su comunión para expresar la luz de la Verdad en cada instante!
– Dime tu, querida mirada, ¿por qué nos esforzamos tanto? El esfuerzo es nuestro pan de cada día, aunque en nuestra tradición ya se nos ha dicho que el pan de cada día viene del cielo. ¿Será que no lo creemos? También la misma fuente nos dijo que ganaríamos el pan con el sudor de nuestra frente… ¿Cómo se entiende tanta contradicción?
– Mira. Mira bien -me dice la mirada secreta. No hay contradicción alguna. El pan de cada día es dado a todos los seres vivos de la tierra. Y vosotros, hombres de poca fe, creéis que lo ganáis gracias al sudor de vuestra frente. Por eso vuestra tradición os lo dijo, porque sabía la consecuencia de semejante creencia. Y por eso os esforzáis. ¿Ves? -sonríe la mirada- ¡ya has descubierto la respuesta!
Es verdad. Es así. ¡Es increíble! (Increíble, qué palabra más bella… in-creíble… La Verdad sin duda es increíble porque está fuera de cualquier creencia).
Ya lo veo. Uffff. Nos esforzamos porque creemos que de nosotros depende lo que sucede. Lo creemos sin haberlo mirado nunca. Sin embargo nunca sucede lo que uno quiere. En verdad, sucede lo que sucede y puede ser que aveces coincida con lo que uno quiere (o por lo menos, lo que quiere en ese momento). Y es entonces cuando creemos que ha sucedido lo que queríamos gracias a nosotros. Es así como vivimos:

Vivimos continuamente en un estado de superstición, atribuyendo causalidades concretas a la naturaleza espontánea de la vida.

“Espontaneidad” es una palabra que usamos cuando vemos con total claridad que no conocemos las causas de absolutamente nada de lo que acontece. Ni siquiera el tiempo, que es la dimensión que aparentemente nos da más conocimientos, puede desvelar las millones de causas que explicarían cualquier suceso. De hecho solo conocemos las causas mas superficiales y eso en algunos casos.

Si tiro una piedra contra la ventana y esta se rompe diré que la he roto yo ¿verdad? Pero ¿realmente soy tan poderoso? Solo mirando por encima, puedo darme cuenta de que el grosor del cristal, el lugar del impacto, el tamaño de la piedra, su composición, la puntería, la fuerza del brazo, el hecho de estar en ese momento ahí, bla bla bla, (me tendría que remontar a Adán y Eva y antes infinitamente) son todas las causas que verdaderamente, han roto el cristal.

Nos quedamos con lo más superficial y visible. Y quizás en este ejemplo no tenga importancia, pero

vivimos TODO en la vida tratando de manipularlo para conseguir los efectos que deseamos.

Y eso supone un continuo esfuerzo. Entonces nos quejamos de lo cansados que estamos y de que no tenemos paz.
Nos creemos que las causas visibles son todo lo que hay y por eso vivimos esforzándonos en manipular y en manipular cada vez mejor sin conseguir la mayor parte de las veces los efectos deseados. Por eso no acaba de funcionar nada. Y es porque

el conocimiento de la causa superficial solo permite una manipulación superficial y en el caso de que funcione, el efecto tambien es superficial.

Y si no, miremos con honradez a ver si encontramos algún resultado profundo que podamos atribuir a nuestra manipulación…
Entonces, ¿por qué seguimos creyendo que somos los artífices de nuestra vida? ¿Por qué seguimos creyendo que podemos manipular a los demás y al mundo para conseguir lo que más queremos: su amor -sea en forma de poder, de exito, de atención, de reconocimiento?
Si no conocemos la causa ¿de que sirve tanta prevención o tanta inversión? Y no hablamos de los asuntos prácticos (que también…) sino de nuestra persona, nuestras relaciones, nuestra vida.
Si descubrimos que no conocemos las causa dejaremos de manipular, de vivir estratégicamente. Dejaremos de interpretar. Seremos personas transparentes de mirada limpia, que ven lo que es, sin pensar en ello; que viven plenamente lo que es; que viven como niños, confiando en que la inteligencia de la vida les hará actuar con sabiduría y precisión. Viviremos pacíficamente, felizmente. Parece idílico, ¿verdad? Y sin embargo, este es el idilio que viven todos los seres de la tierra, a excepción nuestra.

Descubrir que no conocemos las causas es una puerta a la libertad.

Son muchos los paradigmas mentales que tenemos y que que quizás no somos conscientes de tener, pero están construyendo nuestro mundo momento a momento.

– La cultura del esfuerzo es una locura -dice la mirada valiente valiente-, porque vuestro esfuerzo no está creando un mundo mejor ni está permitiendo la evolución del ser humano y sin embargo seguís esforzándoos más y más. Quizás no sea este el camino. Quizás os tenéis que parar y mirar.
Si. Mirar sin pensar. Mirar para comprender. ¡Gracias, mirada!
Y no tengamos miedo de convertirnos entonces en seres dormidos que nada hacen. La inteligencia de la Vida es incomparablemente más sabia que la manipulación o la reacción psicológica/mental. De nuevo, miremos la naturaleza y nos daremos cuenta.
Y también nos daremos cuenta de que no hay ningún ser vivo que esté viviendo por debajo de su potencial. Solo nosotros. Porque

Esforzarse es forzar el Ser

Seamos valientes para dejarnos llevar por una Inteligencia que la mente a duras penas vislumbra.
¡Feliz Ahora!

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El guerrero

     

perdónalos, porque no saben lo que hacen

Lu 23, 34

Había una vez un guerrero muy fuerte y poderoso cuya fama traspasaba todos los mares y océanos, llegando hasta los más lejanos confines de la Tierra.

Los así considerados “buenos” le amaban y respetaban, ya que eran incontables las ocasiones en que el guerrero les había salvado de los más terribles demonios.

Los así considerados “malos” le temían y sólo los más malos de entre los malos se atrevían a desafiarle. Pero ninguno fue jamás capaz de vencer al gran guerrero.

La fuerza del guerrero era enorme. Su brazo izquierdo semejaba el tronco recio de un árbol y el puño gigante semejaba la más dura de las rocas. Su tórax era tan impenetrable que jamás necesitó escudo alguno. Y en su mano sostenía la espada más refulgente y terrible que pudiera uno imaginar, ya que estaba hecha de plasma electromagnético, de la misma naturaleza que los rayos de la tormenta.

Había estado eones luchando contra los enemigos de la Tierra hasta que el Dios de la Guerra le concedió la espada, premiándole así por guardar el reino de tanta maldad.

El guerrero se había enfrentado a todos lo que eran injustos, venciéndoles. Agresores de la libertad, del amor, de la armonía, de la equidad, habían caído a la justicia de su poderoso brazo y espada.

Así andaba el guerrero, una vida tras otra, batallando, batallando, batallando… sieeeeeeeempre habían enemigos que cercenar. Y eso que ¡ganaba todas las batallas! Sin embargo, siempre surgían nuevos enemigos.

Un día como cualquier otro, después de milenios batallando, el guerrero se descubrió pensando cómo era posible que, habiendo ganado millones de batallas, no pararan de salir enemigos por todos lados, como si de una plaga de hormigas voladoras se tratase. El guerrero pensaba: “¡Ya no deberían quedar enemigos! ¿Qué es lo que está pasando?”

Y así, en medio de una gran sensación de perplejidad, se retiró a cavilar a la Cueva de Entremundos(*).

(*)Nota del autor: Esta es una cueva muy profunda y muy especial porque cuenta con tres agujeros: una apertura al mundo -por la que, como imaginareis, entró el guerrero-; y en lo más hondo, se encuentra en su suelo una apertura directa al núcleo férrico de la Tierra y otra apertura en su techo directa al núcleo de la exosfera.

Bueno, pues como íbamos diciendo, el guerrero fue a la Cueva de Entremundos, a ver si en el silencio reverente de la cueva podía llegar a entender el por qué de la cantidad de enemigos que parecían brotar infinitamente de la nada, dispuestos a cualquier fechoría…

Y ahí, en su perplejidad, cerró los ojos, tranquilizó la respiración y se quedó quieto, quieto, quieto esperando la respuesta.

Por aquel tiempo, la Mirada Secreta ya llevaba eones trabajando para aquellos que esperan ver, vacíos de respuestas y abiertos a la verdad. Por lo que, rauda y fugaz, visitó el ojo del guerrero y éste vio con pasmosa claridad la verdad

En un nanosegundo, vio que cualquier guerrero sólo puede sobrevivir como tal si tiene enemigos con los que enfrentarse ¡Si no hubieran enemigos, no podría haber guerreros!

Vio claramente que, de forma inconsciente, era él mismo quién había estado creando un enemigo detrás de otro, para sobrevivir. Entendió que debía morir, porque con su muerte traería la paz a la Tierra.

Y en ese mismo momento de lucidez, en un acto de valentía -o mejor dicho-, en el mayor acto de valentía de toda su larguísima vida, miró la espada de plasma electromagnético, la acarició por última vez y haciendo una reverencia, la arrojó al abismo, al núcleo férrico de la Tierra -el único lugar que podría fundir la espada-.

Y en ese mismo acto, pasó de ser guerrero a ser sabio.

Y durante los cientos de vidas siguientes no volvió a encontrar jamás enemigo alguno, a excepción de la ignorancia de los que, aparentemente, se portaban mal…

¡Feliz Ahora!

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Somos Uno

 

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios…”

Juan 1:1,14

 

SOMOS UNO, no hay nada más.

 

Hemos de descubrir que no estamos separados de nada ni de nadie.

Urge que lo descubramos.

Las fronteras entre mis pensamientos y los tuyos son sólo imaginarias lineas inventadas. A veces parecen brotar de una mente, a veces de otra mente. Eso es todo. Son los pensamientos del ser humano. Con todos sus colores.

Las emociones son las del ser humano. Tu tristeza y mi tristeza es la misma tristeza. Tu alegría y mi alegría son la misma alegría. A veces sentida por un corazón, a veces por otro. Y el corazón siente igual, no importa si creo que es el mío…

Los límites mentales que separan este cuerpo de otro. Pero el rasguño que rompe la piel, hace herida. La misma herida para todos. Porque sólo hay un cuerpo. Y sólo un rasguño. Y sólo una herida…

Por eso, cuando conozco a fondo el ser humano que habito, cuando conozco su cuerpo y cómo se relaciona consigo mismo y con su entorno, cuando conozco cómo se forman los pensamientos, y las emociones,

cuando realmente me conozco, conozco al ser humano.

Y es entonces cuando me doy plena cuenta de que no hay nadie separado de mi. De que yo soy la humanidad entera. Y es entonces cuando realmente puedo aprender a amar…

Y si sigo investigando, porque la mirada secreta así lo quiere, veré que yo soy el ser humano no por mi mismo, sino en relación a otras especies y objetos de la vida. Si no hubieran más especies que la humana, ¿sería acaso un ser humano? quizás seria “el ser vivo” que vive en la vida…

Y si retiro los otros objetos: montañas, cielos y mares… entonces ¿qué sería? Quizá entonces sería “la vida”

Y ¿por qué digo “entonces sería”? ¿Acaso no lo soy ya?

La mirada secreta coge mi oreja con fuerza y me grita entre risas alborozadas:

¡TU ERES LA HUMANIDAD, TODOS LOS SERES Y LA VIDA!

Y mis ojos temblorosos (el aroma de Verdad siempre me estremece) ven con pasmosa claridad. Y surge un inmenso poder del centro de mi pecho. Y una inmensa responsabilidad. La responsabilidad inmensa que se tiene por quien más amamos y más frágil sentimos.

Y cuando me doy realmente cuenta de que yo soy todos los seres humanos, brota el amor…

Y cuando veo que realmente soy todos los seres, brota el amor…

Y cuando veo que realmente soy la vida, brota el amor…

Hemos de descubrir la Verdad. Urge descubrirla.

la sonrisa, quien sonríe y el que recibe la sonrisa, …todo uno en el acto de sonreir

el trino del pájaro, el pájaro que canta y quien lo escucha, … todo uno en el cantar

el beso, quien besa y quien es besado, … todo uno en el besar

el amor, quien ama y quien es amado…. todo uno en el amar

la vida, quien la vive y lo que es vivido… todo uno en el vivir

Yo soy el besar

Soy el amar

Soy el vivir…

¿Comprendes ahora?

 

FELIÇ ARA!!

 

 

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Abre los ojos

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De cierto os digo: Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Mt 18, 3

Cuando yo era muy peque, mi vida era un sinfín de novedades: nuevas personas, nuevos sitios, nuevos animales, nuevas experiencias. Sin habermelo propuesto, vivía descubriendo. Mi actitud estaba abierta, mis ojos estaban abiertos, mi corazón también. El mundo era imprevisible. La vida era nueva a cada instante. Pasaba  en segundos de la risa al llanto, de estar enfurruñad@ a bailar de alegría.

Cuando me despertaban por las mañanas, cualquier cosa que vieran mis ojos todavía adormilados era una joya, una maravilla digna de ser estudiada minuciosamente. Un pie, una mano, el dibujo que la luz reflejada proyectaba en el techo, el dibujito de la sábana…

Y de repente, unas inmensas manos me cogían y me sacaban de la camita. Entonces…. volabaaaaa durante un instante y después de mil movimientos extraños, con ropita y oliendo a colonia…. a desayunar…. mmmmmmm. Y esas manos gigantes me embutían el abrigito, el gorro, la bufanda (“que me ahogoooooo”) y los guantes y………fffffliiiiiiiippppppp…. a ver a mis abuelitos.

¡Que buen olor! ¡Que sonrisa tan bonita! ¡Que dulce abrazo! El amor brotaba incontenible de mi corazón pequeñito y la alegría de vivir, -sin saber, sólo sintiendo- me hacía vibrar de felicidad. De nuevo, mi atención se posaba en cualquier cosa, plena, descubriendo infatigablemente.  Y de repente, fffffffffllllliiiiiiiiippppppppp…. la mano me volvía a coger, me volvia a poner el abrigito, el gorro, la bunfanda (“socoooorrrroooo” jejeje) y los guantes y a la calle….

Cuando yo era peque, no era yo quien llevaba las riendas de la vida.

La vida era imprevisible…

fffffffffflllllllliiiiiiiiiippppppp

Y tenía una confianza total en la mano que me llevaba de un lado a otro. Y cada segundo era nuevo. Y mis ojos estaban abiertos para captar la novedad.

Cuando yo era peque, mi verdadera tarea era descubrir,  porque nada sabía.

Cuando yo era peque, vivia lo que el momento traía -si me ponía triste, lloraba y si me alegraba, reía-. No había nada más. La memoria aún no me había hipnotizado…

Y ahora que soy mayor, la vida sigue siendo imprevisible.

Y sigo sin llevar las riendas de la vida (aunque me he creído tontamente ser el conductor) y ffffflllllliiiiiiiippppppp… la vida me lleva.

Y no tengo miedo porque confío plenamente en el “conductor”  (¡no me queda otra! :);

con los ojos abiertos pues TODO es nuevo a cada instante, y si no lo veo es porque he cerrado los ojos;

y sigo sin saber nada, descubriendo lo que cada momento me puede mostrar;

plenamente en el ahora pues es todo lo que hay, sin vivir el momento que fué o el que será.

Y si hay algo que pueda pedir, es seguir:

con los ojos abiertos, descubriendo y viviendo a cada instante, con plena confianza.

No quiero nada más.

No necesito nada más,

porque

el Reino de Dios ya está entre vosotros.

Lucas 17, 20-21

No hay nada más que pedir. La mirada secreta siempre está aquí para todos.

¡FELIZ AHORAAAAAA!

ffffliiiiiiiiiiipppppppppppppppp

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