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La escuela de la vida

IMG_5482 No es lo que yo hago con la vida. Es lo que la vida hace conmigo.

La mirada secreta

a

aEstoy disfrutando de una tarde de sábado apacible. No hago nada. No pienso nada. Reina un dulce  silencio acompañado de la sinfonía de los troncos quemando en la chimenea. Y…¡zas! De repente, aparece en escena una de las menos cuestionadas creencias de nuestra época: “He nacido para aprender”. ¡Ah, la mirada! ¡Siempre dispuesta a enseñar cuando la mente se para!

¿Cuántos de nosotros creemos que la vida es como una escuela? Yo creía que había nacido para crecer, para aprender. Y esa creencia ha provocado que haya pasado todos estos años con el ansia insconsciente de que “algo” tenía que conseguir. Y al no saber ni lo que tengo que aprender, ni que querrá decir “crecer”, ni cuando se supone que lo habré aprendido, el ánimo se ha mantenido en suspenso ansioso, con un extraño y subterráneo miedo a fracasar, a no estar haciendo suficiente o haciéndolo bien.

Pero la mirada secreta, que nada cree y todo observa, ha querido meterse también en esta creencia casi intocable y bastante común de que nacemos para aprender. Y rauda y silenciosa penetra en mi oído y me susurra:

la evolución no la realiza el pequeño yo.

Claro que crecemos. Claro que aprendemos. Pero todo se da espontáneamente. No es gracias a mi esfuerzo, a mi buen hacer, a mi voluntad, a mi sacrificio, a mi mi mi mi mi………. De hecho, creer que la vida es una escuela, a la que hemos venido a aprender o a crecer nos coloca sin darnos cuenta, de espaldas a la vida. Nos separa de la vida. ¿Qué?- digo yo- ¿me separa de la vida?

-Mira la naturaleza -sigue susurrándome la mirada. Todos los seres hacen su camino, evolucionan porque la vida es precisamente ese movimiento. Ni el árbol, ni el pez han de plantearse cómo crecer. Por el hecho de estar vivos ya crecen, ya aprenden, ya evolucionan. Y estar vivos significa estar plenamente en el ahora -que es donde la vida vive-, con todos sus sentidos abiertos a lo que acontece en cada momento. Sin querer nada. Viviendo plenamente lo que hay. Así es como viven, aprenden, crecen, evolucionan. Porque

vida es sinónimo de evolución.

No hay en toda la naturaleza un objetivo de evolución individual separada del resto del universo. No hay ningún individuo que nazca para su propio beneficio. Si se da que el mono-cien* descubre algo nuevo, eso no es para mayor gloria del mono-cien sino para toda su especie, todo el planeta, todo el universo.

¿Por qué tendría que ser diferente en el ser humano? Quizá yo no he nacido para conseguir nada individualmente. Quizá no he nacido para mi propio beneficio. Quizá no tengo que hacer nada más que aquello que la vida me pone delante. Y vivirlo plenamente, con las capacidades que la evolución de mi especie, planeta y universo me han dado. Quizá de esta manera, dejándo que la naturaleza de mi humanidad haga espontáneamente, cumplo con el propósito para el que fuí creado. Quizá mi evolución pertenece a la vida, y no es “mi” evolución, sino la evolución de la especie humana, del planeta, del universo.

¡Qué alegría siento! ¡Que liberación!. Dejar que la vida haga en mi. Saberme parte de la evolución de mi especie y del universo entero. Dejar de ser este pequeño, raquítico y egocentrado “yo”, para ser la raza humana en su totalidad, la vida en su totalidad. ¿Cómo? Viviendo sin objetivo egoico alguno. Viviendo plenamente. Y vivir plenamente es, para cada uno de nosotros, diferente. Esa es la riqueza de la vida. Así es cómo se da la imparable evolución.

Así que la vida es una escuela. Pero yo no soy el alumno. El alumno, el profesor, los estudios y exámenes son la propia vida. Cada uno de los elementos es inseparable de los otros.

La vida es una escuela para sí misma.

Yo no me puedo separar de la vida.

Yo soy la vida.

¡Feliz Ahora!

*Es el caso de un mono que en un momento dado aprende a lavar una patata después de que todos rechazaran este alimento por estar sucio de tierra. Al poco tiempo los demás monos habían aprendido a lavar la patata para así podérsela comer. Que el mono aprendiera a lavar la patata no fué para su propia evolución sino para la evolución de él y todos, sin separación, en su totalidad.

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La guerra de los fantasmas

“Para saber lo que Ud. es, antes debe investigar y saber lo que no es.”

Sri Nisargadatta Maharaj

 

Yo creo que soy de una manera concreta: soy así y así y así y no soy asá ni asá ni asá.

Cuando digo que me conozco muy bien, en realidad lo que conozco son mis patrones de pensamiento/emoción/comportamiento repetitivos, o dicho de otra manera, mis reacciones y mis formas de manipular el entorno. Lo que conozco bien está todo circunscrito al mundo mental, al mundo psicológico. De hecho cuando actúo de una manera que no encaja con como creo ser, enseguida aviso: “yo no soy así”.

Sin embargo, yo no me puedo conocer muy bien en la espontaneidad, en la creatividad, en la intuición, en la inspiración… Porque eso cuando se dá, -que se dá, a pesar de la idea que tengo de mi-, siempre es nuevo y sorpresivo, igual que la vida es nueva a cada segundo aunque mi mente no me permita darme cuenta de ello. Y eso nuevo, desconocido, sorpresivo no lo introduzco en quien creo ser. Es como si no tuviera nada que ver conmigo. Y eso ocurre porque no encaja con quien creo ser, con lo archiconocido en mi, viejos patrones condicionados que funcionan automática y mecánicamente, y que nunca me sorprenden. Así que lo que conozco muy bien es un robot psicológico, el yo condicionado con el cual yo me he identificado.

Cuando los demás dicen que me conocen muy bien, ellos también conocen ese robot psicológico. De hecho, ¡nada más puede ser conocido!

Pero, ¿quién soy yo realmente? Eso yo no lo puedo conocer porque no puedo dividirme en dos: el yo que conoce al yo que se supone que soy…

Quien soy yo realmente, no lo puedo conocer, sólo puedo serlo.

Es por eso que ¡¡todo lo que creo ser, no soy!!

Quien soy yo, sólo puedo serlo plenamente cuando me libero de lo que no soy, de ese yo condicionado que fué formandose desde los primeros años, superponiéndose al yo que había nacido, modelado por las circunstancias externas, igual que un trozo de arcilla es modelado. Yo-arcilla me he confundido con yo-forma de arcilla. He creído que soy esa forma, cuando nunca he dejado de ser arcilla. Y ahora me vivo como la forma, conozco más o menos bien la forma y sin embargo soy arcilla y la forma que adopto sigue cambiando… La idea de mi es la idea de la forma. Ese es el primer fantasma.

Por otro lado, no sólo tengo una idea de quién soy yo, sino que tengo también una imagen de cómo debería ser. Ese es el segundo fantasma. Y no me he dado cuenta de que esa imagen también viene de lo condicionado, de lo que me han enseñado que es lo mejor, algo que va cambiando con las épocas.

La idea de cómo debería ser, es una moda social.

Por ejemplo, ahora está muy de moda ser emprendedor, independiente, tener opiniones propias muy marcadas, ser seguro de sí mismo. En la época de mis abuelos, lo que era maravilloso era ser cumplidor, estable, obediente y responsable. Ese ideal que tengo de mí mismo, que también viene del exterior como creencias que yo asumo sin revisar, está todo el día jugando dentro de mí con respecto a quien yo creo ser, a la idea que tengo de mí. Así que

hay una contínua lucha entre quien creo ser y cómo creo que debería ser.

Ninguno de los dos conceptos lo he construído yo. Ambos me han sido impuestos desde fuera y jamás se me ha ocurrido ponerlos en duda.

Y esa lucha se extiende a mi relación con el mundo entero:

la relación que yo tengo con el mundo, con las personas, es un reflejo directo de la relación que tengo conmigo mismo.

Con los demás es lo mismo: tengo una idea de como son y una idea de cómo deberían ser: los amigos, los hermanos, los padres, los hijos, los políticos, los países, las leyes, … Y esos son los miles de fantasmas hijos de los dos anteriores.

En esa lucha eterna, que está circunscrita en el mundo de las ideas y que no tiene nada que ver con la realidad, yo vivo.

Es la guerra de los fantasmas: del fantasma de lo que yo creo que es y el fantasma de lo que yo creo que debería ser. Fantasmas que no tienen ninguna realidad, ninguna consistencia. Sólo son ideas. Ideas que al darles verdad, me impiden ver la realidad tal como es. Ideas que ponen un filtro espeso delante de mi mirada y deforman completamente la visión, tanto que cuando un día ves sin filtro no puedes comprender como habías estado tan ciego.

A los fantasmas no se les puede manipular, no se les puede cambiar, no se les puede matar. No se puede luchar contra los fantasmas porque no tienen consistencia. Porque no son reales. He aquí su poder.

Y para acabar con los fantasmas, sólo tenemos un camino: ¡encender la luz!

Cuando se enciende la luz, los fantasmas desaparecen.

Y ¿qué quiere decir “encender la luz”?.

Encender la luz es darnos cuenta.

Ese es el camino: darnos cuenta. Darnos cuenta de que no somos quienes creemos ser, de que no tenemos que ser de otra manera porque ya somos de ninguna manera concreta. Que eso es sólo una idea que hemos comprado. Que todo lo que Es, ya Es. Que todo lo que existe es lo que es. Que las personas no son como son sino que son lo que son.

Que

yo no soy como soy, sino que soy lo que soy.

Y que en ese viaje de darme cuenta, los fantasmas desaparecen y con ellos, la guerra.

En ese viaje de darme cuenta de aquello que no es real, acaba la guerra y con el fín de la guerra, resurge la Paz.

¡FELIZ AHORA!

Especialmente a las mariposas :)

 

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EL PRESENTE Y EL AHORA

-¿Dónde está el presente?
-Aquí
-¿Dónde?
-¡Ay! ¡Se fue!

chiste de la Mirada Secreta

Desde hace un tiempo, el presente se ha puesto de moda.

Cuando hablamos de vivir en el presente o que sólo podemos vivir plenamente si vivimos en el presente, todos los que nos consideramos personas algo profundas, asentímos seriamente. Vivir en el presente…

me pregunto si podemos vivir en otro sitio que no sea el presente…

Los más radicales de entre nosotros desechan con toda su voluntad, pararse a recordar o a proyectar en el futuro: -¡Hay que aprovechar el momento presente!- dicen. Y quizás lo que quieren decir es que debemos poner toda nuestra atención en lo que está sucediendo “aquí y ahora”. Así que parecería que, dentro de este círculo, unos creen que deben vivir en el presente (que recordar o hacer planes también vale) y otros que deben vivir el presente. Pero en ambos casos, ese pequeño yo inventado está haciendo de las suyas: creencias y más creencias…

La mirada secreta ronda, ronda desde hace ya un tiempo. No está tranquila. Percibe que algo se está escapando. Algo trascendental…

Vale. Obediente, empieza la investigación. Vivir en el presente…¿qué es esto del presente? Parece que llamamos “presente” a una franja de tiempo que se dá entre el pasado y el futuro. Pero ¿cuán amplia ha de ser la franja? ¿a qué presente nos estamos refiriendo?. El presente para unos puede ser este segundo y para otros puede ser este ratito, o esta época de la vida. Sea como sea que lo entendamos, este presente tan famoso parece estar relacionado con el tiempo.

El tiempo… si no existiera ni el pasado ni el futuro, ¿podríamos saber que es el presente? Este presente temporal existe en relación a sus compañeros, no existe por sí mismo. Y cuando hablamos de ubicarnos en el presente, seguimos en el tiempo, en el pequeño yo que creemos ser, en la mente que percibe lo que acontece. Este presente del que tanto hablamos y al que no podemos atrapar a menos de que lo estiremos, es lo que está pasando en la vida, es la escena actual del teatro de la vida. Y la vida, una sucesión de presentes, una sucesión de escenas.

Pero ¿no intuís que hay más?

De pronto, la mirada secreta me regala la imagen de la pelota de baloncesto rodando velozmente sobre la punta de un dedo… La pelota moviéndose con rapidez, pero sin ir a ninguna parte… girando sobre su propio eje y completamente aposentada en un sólo punto… un sólo punto inmóvil, quieto… Un punto que sostiene todo el movimiento de la pelota y la pelota en sí…

Y entonces surge la imagen de una personita moviéndose a su vez por la pelota convertida en un planeta… cambiándo de sitios -el sitio de ayer, el de hoy, el de mañana-. Y me pongo a componer un dibujo que lo pueda explicar mejor:

Tiempo y espacio moviendose en su realidad relativa, sostenidos en un sólo punto de quietud permanente.

Escenas que acontecen, una tras otra, en un único escenario inmóvil…

…la mirada secreta va posando sus granitos de intuición en el silencio de esta mente, el corazón late deprisa, la alegría de un nuevo descubrimiento…

Y aunque el diccionario de la RAE define como sinónimos las palabras “presente” y “ahora”, dejádme que más allá de los problemas lingüísticos, a este punto le llamemos “EL AHORA”

El Ahora, del que surgen todos los presentes, que sostiene todos los presentes y todos sus contenidos, incluida esta pequeña persona…

El punto. El Ahora. Donde no hay movimiento, no hay tiempo, no hay espacio. El Ahora, eterno, porque es sin tiempo, es el escenario inmutable en el que van sucediendo los diversos presentes, o ningún presente. El ahora pertenece a una nueva dimensión. Y la mirada secreta me dice que es una puerta a la verdad, a la eternidad.

Y ¿qué pasa con la persona? ¿donde se coloca? La persona ¿es un acontecer en el Ahora o es el Ahora en sí? La mirada secreta me susurra que la persona es un acontecer en el ahora, porque todo lo que existe está sujeto al tiempo y a la relatividad: existe porque un día no existió y porque un día dejará de existir, ubicado en el movimiento del tiempo y del espacio. E

igual que puedo estar atendiendo lo que está ocurriendo en esta escena (presente), puedo ir más atrás, incluyendo a esta persona en la escena y darme cuenta de que soy ese escenario que todo lo contiene…

El tiempo, la mente y el ego ocurren en el presente…

si no hay tiempo, no hay ni mente ni ego

si no hay mente, no hay ni tiempo ni ego

si no hay ego, no hay ni tiempo ni mente

Cuando no hay ni tiempo, ni mente ni ego, entonces ¿que queda?

Si podemos encontrar ese lugar imperturbable que no es afectado por nada, inmutable -porque no cambia-, pura quietud infinita y eterna…

si podemos encontrar ese punto del que nada ni nadie puede huir, pues es donde todas las manifestaciones de la vida acontecen, de donde surge y donde se apoya la dimensión de la vida que conoce nuestra mente…

si podemos encontrar el Ahora, nos daremos cuenta de su verdad infinita.

Vayámos más allá del presente, descubramos la verdad.

¡Feliz AHORA!

*foto de encabezamiento cedida por ikibcn.com

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Ni creer para ver, ni ver para creer

La creencia no es el principio, sino el fin de todo conocimiento

Johann Wolfgang Goethe

Hoy me he enfadado con mi hijo. Le dejé el coche para ir a la ciudad. Le pedí que llevara monedas para pagar el aparcamiento y evitar la multa. Pero cuando ha vuelto de la ciudad, volvía con la multa puesta. El creía que llevaba monedas y en el momento de la verdad, no tenía dinero.

Me he enfadado porque creo que es un irresponsable. Me he enfadado porque creo que yo le ayudo en todo y por una cosa que le pido, podría por lo menos cumplirla. Me he enfadado porque si él tuviera que pagar la multa, seguro que se habría esforzado más en evitarla. Me he enfadado porque no respeta las reglas…

Por otro lado, mi hijo creía que llevaba monedas encima…

¿Qué es lo que verdaderamente ha pasado? ¿Qué es lo que es cierto? Lo que es verdadero es que ninguna de estas creencias es cierta. Mi hijo no es un irresponsable, ni tampoco deja de cumplir lo que se le pide, ni hubiera sido diferente en el caso de que él tuviera que pagar la multa, ni es un joven que no respete las reglas. Ni llevaba monedas encima.

¡Ninguna de las creencias que hemos tenido es cierta! Lo único verdadero es que a la hora de pagar el ticket de estacionamiento, no tenía dinero. Es lo único verdadero porque es lo que ha sucedido. Es lo único verdadero, porque es experiencial y no pensado.

Sin embargo, me he enfadado con él y él se ha sentido muy mal. Por algo que nos puede pasar a cualquiera en cualquier momento. Y nos hemos sentido así porque nos hemos dejado llevar por nuestras creencias: creo que….

No nos damos cuenta pero la mayor parte de nuestros pensamientos, emociones y comportamientos están generados por creencias,

por presupuestos mentales que los vivimos como ciertos sin haberlos comprobado nunca. Incluso en muchos casos, esas creencias (“creo que” o “creo en”) ni siquiera sabemos que las tenemos.

Nos hemos acostumbrado a funcionar por lo que pensamos y no por lo que experienciamos.

Incluso nos vivimos a nosotros mismos por la idea que tenemos de nosotros y no por lo que hacemos. Nos puede más lo que creemos que buscar la evidencia directa.

Hace unos años me pareció haber tenido una revelación cuando descubrí que para ver algo directamente, para vivir algo con la evidencia de la visión directa, primero tenía que creer que aquello era posible. Había descubierto que no hacía falta que viera para creer, sino que podía creer y entonces, acabaría viendo.

Ahora me doy cuenta (que es a lo que yo llamo “ver” :)) que ambas son falsas.

Puedo vivir sin creer en nada y eso es una gran liberación. Es una enorme liberación que me empuja a vivir espontáneamente, sin caminos trazados.

Vivir sin creer en nada me permite mirar con mirada nueva, descubrir por primera vez.

Vivir sin creer en nada transforma mi mirar astuto en una mirada inocente y limpia.

Pero ¿por qué iba a querer vivir sin creer en nada? Porque

no hay ni una sola creencia que sea cierta.

Y eso es así porque las creencias son ideas, teorías, productos mentales no comprobados. Y sin embargo, aunque no haya ninguna evidencia real de la verdad de una creencia, aunque sea una mera interpretación o especulación, son las creencias las que nos dirigen. Incluso podemos matar por ellas.

Algunos hablan de creencias limitantes, o de creencias irracionales. La mirada secreta no ve excepción alguna:

todas las creencias son limitantes, todas.

Y son limitantes por dos razones: una, la creencia que compramos excluye cualquier otra posibilidad, por lo tanto me limita; dos, la creencia que compro impide que vea directamente. Funciona como un filtro que se interpone entre la mirada y la realidad. Por eso todas las creencias son limitantes.

Puede ser que algunos lectores se sientan mal al leer esto. Nos identificamos con las creencias: yo soy de tal país (y por lo tanto me excluyo como ciudadano del mundo -o sí, del mundo si que soy ciudadano, pero del pueblo vecino, no..-); yo soy “creyente” (¡Dios mío! ¡qué paradoja!); yo creo en ti (ósea, en la idea que tengo de ti, que antes o después caerá…); yo creo que todo esto no es cierto (¿y de qué te sirve? ¿te ayuda a ver la realidad?)

No creamos en nada. Dejemos que sea la mirada secreta, la mirada limpia de cualquier prejuicio que mire. Y sorprendámonos del milagro de la Realidad. Este es el único camino a la Verdad.

Y alguien me podría preguntar ¿no es acaso esto una creencia más? Para quien no lo ha visto directamente, sí. ¡Así que no te lo creas! Mira directamente, hasta que veas. Entonces vivirás de evidencias, que aunque no puedas explicar, serán transparentes. Entonces no habrán dudas. Ni querrás convencer a nadie. Cada nuevo descubrimiento será un regalo que te sorprenderá. Tu mente se sorprenderá. Cada nuevo descubrimiento ensanchará tu mirar.

La creencia excluye todo aquello que está fuera de ella. La verdad todo lo incluye. Nada hay fuera de ella.

Ni ver para creer. Ni creer para ver. No necesitamos creer.

La Verdad está frente a nuestra mirada. Abramos los ojos.

¡Feliz Ahora!

Dedicado a mi hijo pequeño, viendo juntos desde el más grande amor…

 

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La luz de la conciencia

Cuando miramos sin pensamiento alguno, vemos por primera vez. La mirada secreta


 

Se abre el telón. Todo está oscuro. Y en un instante se enciende un foco de luz potente que ilumina en redondez una parte del escenario, justo en el lugar en que se haya erguido el protagonista. Este empieza a recitar un monólogo y todo el público rompe a reír. Se apaga el foco, para volver a encenderse al cabo de pocos segundos, dirigiendo la luz a otra parte del escenario. Esta vez hay una mujer que también se pone a explicar una historia, una historia triste y angustiosa. El público calla con el corazón apretado, lleno de pena y compasión. Mientras, allí donde se erguía el monologuista cómico, personas vestidas de negro están cambiando el decorado. Pero nadie les ve. El foco de luz guía implacablemente la atención del público allí donde se enfoca. Lo que queda fuera del radio del foco de luz, nadie del público lo percibe, no existe para ellos… Finalmente, el mismo foco se amplia, extendiendo su radio de luz hasta iluminar por entero el escenario. Ahora, el público ve a la mujer triste, al hombre cómico, los muebles y otros objetos del decorado, lo ve todo de una sola mirada y comprende la escena en su totalidad.

El foco de luz tiene unas características muy versátiles: se puede dirigir a discreción y se puede estrechar para iluminar un sólo punto, o se puede ampliar hasta iluminar todo.

Nosotros también tenemos un foco de luz y allí donde lo dirigimos crea nuestra realidad vivencial. Lo que queda fuera de nuestro foco de luz, no existe para nosotros. Esta luz es lo que hace que nos demos cuenta de la existencia de aquello que ilumina. Podríamos decir que

esta luz es nuestra conciencia y el foco, nuestra atención.

Cuando miramos a través de nuestra mente, nuestros pensamientos, deseos y creencias estrechan el foco de luz, limitándolo a lo que pensamos sobre lo que vemos. Así que

desde nuestra mente es muy difícil ver las cosas como son porque la idea que tenemos sobre ellas distorsiona la observación.

Cuando miramos desde la mente, la conciencia se hace muy estrecha, dejándo fuera una visión global -como en el escenario de teatro- y aquello que enfocamos desde la mente cobra mucha más relevancia de la que en realidad tiene. El otro día lo hablabamos con algunas personas y vimos como de noche, aún es más evidente: el foco de luz se posa sobre un pensamiento que está pidiendo toda nuestra atención y al verlo desde la mente, se hace enorme a nuestra conciencia, muy muy importante. No hay ninguna distracción de noche que pueda llamar la atención sobre sí por lo que el foco se queda iluminando ese pensamiento, mientras el resto de la realidad se mantiene a oscuras. Y cuando llega la mañana, con la llegada de otros estímulos que reclaman nuestra atención, aquel pensamiento que nos parecía tan importante ya no lo es tanto.

Muchos de nosotros hemos aprendido a mover el foco de luz, la atención, a nuestra discreción. No luchamos contra los pensamientos que nos hacen sufrir, sino que retiramos la luz de ese pensamiento para colocarlo en otro sitio, quizá en un libro, o en la contemplación de las estrellas o incluso en un recuerdo feliz. Y eso es bueno, porque

el sufrimiento causado por los pensamientos es siempre gratuito.

Así andaba el otro día, cambiando la dirección del foco, cuando súbitamente la mirada secreta me mostró dos descubrimientos maravillosos…

El primer descubrimiento me hizo ver que muchas veces observaba las cosas desde otro sitio que no era la mente. Cuando observo la vida desde otro lugar que no es la mente, la conciencia de ello, el “darme cuenta” es espontáneo, fresco, directo, sorprendente. Puedo colocar el foco de luz sobre un objeto que he visto miles de veces, y verlo entonces por primera vez, realmente por primera vez. Porque

cuando miramos sin pensamiento alguno, vemos por primera vez

La mente no nos permite ver de verdad. Lo único que vemos cuando miramos a través del filtro de nuestra mente, es lo que la propia mente espera ver: es una proyección de nuestra idea sobre aquello que estamos observando. Y al estrechar tanto el haz de luz, convierte esa simple proyección en una realidad absoluta, cuando es sólo un puro espejismo, un espejismo que encaja con nuestras viejas creencias. Eso es lo que nos mantiene dormidos, creyendo que lo sabemos todo, cuando la realidad nos muestra que todo es nuevo a cada instante y que no hay nada ni nadie que no esté naciendo y muriendo segundo a segundo…

El segundo descubrimiento de la bella mirada secreta es que no sólo puedo cambiar de lugar el foco de luz y mirar desde más allá de la mente, en el más cristalino silencio, sino que también puedo ampliar el foco de luz, abrirlo más y más y más y más, en una perspectiva cada vez más amplia y totalizadora. Como si pudieramos mirar aquello que nos preocupa o aquello que tanto deseamos o aquello que amamos o lo que no soportamos desde una altura tan elevada como pueda ser la visión del planeta desde un cohete. ¿Te imaginas cómo valoraríamos entonces las cosas? Cambiaría mucho la importancia que le damos a tantas historias nuestras… Cambiaría mucho la importancia que le damos a nuestra propia persona… La luz de la conciencia, sin límites, observando la vida y maravillándose a cada momento. No es ciencia ficción. Todos tenemos un foco de luz, movible y que puede abrirse hasta el infinito…

De descubrimiento en descubrimiento. De pequeño milagro en pequeño milagro. Puro agradecimiento.

¡Feliz Ahora!

 

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¿Espejo o lámpara?

Hay dos maneras de difundir la luz. Ser la lámpara que la emite o el espejo que la refleja.”

Lin Yutang

escritor y filólogo chino

Entre tu y el mundo hay un espejo.

La mirada secreta sigue descubriendo las mismas leyes que se aplican a la física en lo psicológico…

Dicen los físicos: “Normalmente la reflexión y la refracción se producen de forma simultánea. Cuando incide una onda sobre la superficie de separación entre dos medios, los puntos de esa superficie actúan como focos secundarios, que transmite la vibración en todas las direcciones y forman frentes de onda reflejados y refractados. La energía y la intensidad de la onda incidente se reparte entre ambos procesos (reflexión y refracción) en una determinada proporción.”

Si reformulamos el párrafo anterior desde un punto de vista psicológico diríamos: Normalmente la reflexión de uno consigo mismo y la refracción hacia la otra persona o el mundo, se producen de forma simultánea. Cuando incide una mirada sobre la superficie de creencias que separan a uno del resto del mundo, las creencias de esa superficie actúan como focos secundarios, que transmite la vibración en todas las direcciones y forman frentes de ideas reflejados y refractados. La energía y la intensidad de la idea incidente se reparte entre ambos procesos (reflexión y refracción) en una determinada proporción.


Hasta ahora no lo habías visto.

Cuando amabas, creías que eras tú quien amaba a una persona concreta digna de tu amor.

Cuando rechazabas, creías que eras tú quien rechazaba una persona concreta digna de tu rechazo.

Cuanto querías creías que era digno de tu deseo. Cuanto despreciabas, creías que era digno de tu desprecio.

No sabías que entre tu y el mundo hay un espejo. Y que dicho espejo forma imágenes reflejadas y refractadas tanto de tí como del mundo.

La relación que tienes contigo y con el mundo depende directamente de este espejo de creencias.

Un muro de creencias, de ideas que desvía la realidad y la transforma en una imagen más o menos distorsionada. Una superficie de separación hecha de ideas condicionadas sobre quien eres tu y quien es el otro.

Por eso, cuando amas o cuando rechazas a alguien, no eres tu quien ama ni quien rechaza. Es la idea que tienes de ti, construida por comportamientos condicionados, que ama o rechaza según los mismos parámetros que utilizas para enjuiciarte a ti mismo. Y quien es depositario de este “amor” o “rechazo” también es una idea que tienes de esa persona, y no la persona en sí.

Uff! La mirada secreta de nuevo me hace ver que:

Si fuéramos lo que somos, libres de ideas, nada habría fuera del amor y nada sería rechazable.

Entre tu y el mundo hay un espejo.

El mundo no está frente a tí. Está detrás tuyo. Es el espejo lo que está frente a tí y es el espejo el que te separa de la realidad del mundo. Un espejo que te separa de la realidad de ti mismo.

¿Quién no ha experimentado el profundo gozo de relacionarse con alguien que aún no se ha creado una idea fija de él? ¿Quien no ha sentido la pura libertad de crearse de nuevo en un instante?

Soltemos el espejo. Démonos cuenta de que lo que nos muestra está distorsionado. Mirémonos directamente, sin creencias, con la mirada nueva, la mirada secreta que todo lo ve por vez primera. Aprendamos a relacionarnos con nosotros mismos sin encasillarnos en forma alguna. Y atravesemos quienes creemos ser, liberando a los demás ¡simultáneamente!

¡Feliz Ahora!

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De la tiranía de la mente a la libertad. Un vislumbre

“Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo”

Franz Grillparzer

(dramaturgo austríaco, s.XIX)

 

Siempre estamos juzgando si lo que nos llega de la vida, o lo que nos hacen otras personas es bueno o malo para nosotros, si son personas que nos convienen o no, si nos gustan o no nos gustan. Y lo mismo hacemos con las situaciones.

Vivimos en base a nuestros juicios.

Nuestros juicios van marcando cada paso que vamos dando en el camino de la vida. Los juicios los construye nuestra mente, la gran consejera y la gran juez, dueña y señora del ser humano. Cultivamos la amistad de aquellas personas que pensamos que “valen la pena”, rechazamos aquellas otras que pensamos que “no valen la pena”; queremos irnos de aquel trabajo porque pensamos que nos tratan mal o que son injustos con nosotros, o queremos conseguir aquel otro trabajo porque pensamos que la gente de alli es maravillosa y nos van a tratar muy bien, etc.

Todo lo decidimos en base a una parrilla de juicios que, por descontado, son personales: yo consideraré que esa persona no me gusta y no querré nada con ella y sin embargo esa persona tendrá amigos, que no la consideraran así. Por lo tanto, eso quiere decir que mi vivencia es totalmente personal, mis juicios son personales, no son juicios universales bajo ningún concepto. Voy viviendo en base a mi “código penal personal” y lo voy siguiendo al pie de la letra. Sin embargo,

¡nunca se me ha ocurrido revisar mi código penal!

Siempre hago caso de lo que dice mi mente y ahí se acaba toda la historia. Pero ¿de dónde salen los juicios que yo tengo? ¿cuál es el origen de este código penal personal, idiosincrásico? ¿realmente contiene verdad? Si yo empiezo a ver de dónde vienen estos juicios, es posible que me empiece a dar cuenta que lo que yo utilizo como parámetros para relacionarme con el mundo y conmigo mismo creyendo que son parámetros validísimos, en realidad son programaciones automáticas de las que yo era totalmente inconsciente.

¡Estoy obedeciendo ciegamente una programación mental!

Como ejemplos, miremos juntos algunos juicios o creencias de la mente…

Imagina que tienes dentro la creencia “tengo que ser siempre mejor”. Las personas que tu ves que luchan y que intentan hacer las cosas cada día mejor, son para ti dignas de admiración; mientras que las personas que están tan tranquilas con lo que están haciendo y que no tienen ningunas ganas de mejorar, las consideras personas poco válidas, poco ambiciosas. Y ese juicio que haces hacia afuera también te lo haces a ti mismo, por lo tanto tu eres una persona que siempre tiene que estar luchando para ser mejor, porque sino, no “valdrías la pena”…

Pero si miramos bien, nos daremos cuenta que las personas que siempre tienen la sensación de que tendrían que ser mejores o hacer las cosas mejor, son personas que están condenadas al fracaso porque nunca sentirán que hacen las cosas bien.

El hecho de querer hacer siempre las cosas mejor, garantiza la sensación de fracaso.

Alguien podría decir: “Bueno, pero esto que estas diciendo no tiene ningún sentido porque en realidad lo adecuado es esforzarnos siempre en hacer las cosas mejor” Pero ¿por qué ha de ser así? Nosotros pensamos esto porque nos lo han inculcado. Nos han inculcado la cultura del esfuerzo, de esforzarnos en que las cosas salgan cada vez mejor. Ha habido otras épocas y otras culturas que han hecho lo que era necesario hacer, pero nada más. Y han sido tan o más felices que nosotros…

En realidad, lo único que mejora con esfuerzo es lo mecánico, lo práctico (por ejemplo, jugaré mejor a futbol si me esfuerzo y entreno cada día o hablaré mejor japonés si me esfuerzo en estudiarlo y practicarlo). Sin embargo,

nunca voy a poder ser mejor persona gracias al esfuerzo.

Nunca va a mejorar una cualidad de mi persona gracias a mi esfuerzo. Y sin embargo, muchas de las personas que vienen a consulta lo que quieren es ser mejores, enfadarse menos, desesperarse menos, tener más paciencia, ser más comprensivos, sentirse más seguros, quererse más… Pero eso no es posible que suceda gracias a nuestro esfuerzo. Nosotros pensamos que si por ejemplo, si “soy” inseguro, al esforzarme seré más seguro. ¿No será que, al creer que eres inseguro, actúas de esta manera? Si no creyeras que eres inseguro ¿cómo actuarías?

La única manera que tengo de mejorar es soltando la idea que tengo de mi, es abriéndome a la posibilidad de que igual no soy como creo ser…

Investiguemos otro juicio, por ejemplo “estoy perdido”

¿Qué quiere decir “estar perdido”? Para que yo pueda evaluar que estoy perdido tengo que saber cual es el camino correcto, tengo que saber dónde tengo que llegar, mi destino, y cuál es el camino para llegar allí. Pero ¿cómo voy a saber cuál es mi destino y aún menos cuál es el camino para llegar? Para decir “me siento perdido” necesito una idea sobre donde tendría que estar y cómo tendría que llegar allí. Entonces sí que podría decir que me siento perdido, perdido en base a una idea.

¿A dónde tengo que ir yo? ¿realmente lo sé? Y si lo intuyo, ¿sé cual es el camino? ¿lo sabe alguien? Porque si supiera cual es el camino para llegar allí probablemente lo estaría caminando… Entonces ¿cómo va a estar una persona perdida? O estamos todos perdidos o no hay nadie perdido.

Otra creencia: “no hay que huir de lo que nos hace sentir mal, sino quedarnos allí y superarlo”. Esta es una creencia que está muy de moda en nuestros días, sobre todo en círculos de “auto-ayuda y crecimiento personal”. Creemos que aquellas situaciones que nos hacen sentir mal son aquellas situaciones que debemos superar, como si la vida fuera una carrera de obstáculos. Si a mi me hace sentir mal aquella situación, debo permanecer allí para superarla, porque esa será la manera en que yo crezca…

Realmente ¿he nacido yo para superar-me? ? ¿es la vida una carrera de obstáculos, en la que yo tengo que conseguir ser la “number one” o algo así, la más fuerte, la que más retos ha vencido? ¿he nacido para guerrear? ¿he nacido para ganar?¿qué quiere decir esto de “superar-se”? Para que yo me tenga que superar en algo, tengo que tener una idea concreta de mi y una idea ideal de mi, y querer llegar a la idea ideal de mi. Y todo eso lo monta la mente, tanto la idea que tengo de mi como el ideal.

Y quizás digas “Bueno, pero si no tenemos ningún objetivo ni ningún reto entonces lo único que vamos a hacer es vegetar en la vida.” Eso no lo sabemos porque no hemos vivido así nunca, excepto en la infancia -y difícilmente nadie diría que los niños “vegetan”…-. Lo que seguro que nos garantiza no buscar ningún objetivo o meta, no querer nada ni luchar en contra de nada, es que vamos a estar plenamente situados en el ahora. Eso ya lo tenemos en el momento que ya no queremos ir a ningún otro sitio que en el que estamos.

Cuando no queremos nada ni luchamos contra nada, vivimos en el Ahora

También puede haber un relevo en el puesto de mando de tu vida. Si tu mente está diciéndote que tienes que conseguir esto y tienes que deshacerte de esto otro todo el santo día, y tú ves claramente que tu mente no sabe ni quien eres ni lo que te conviene, ni para que has nacido, ni nada de nada,

puede ser que retires la autoridad que habías concedido a tu mente y quede vacante el puesto de jefe.

Eso nos asusta mucho porque si no manda nadie, ¿qué va a pasar aquí? Igual me quedo tirado en el sofá y no hago nunca nada más…

Pero quizá no.

Quizá las riendas son asidas por otra parte de ti que no es la mente, y quedas verdaderamente sorprendido de lo que está pasando. Porque aunque tú no lo sepas, de hecho tu mente nunca en la vida ha mandado y ha decidido nada. Sólo lo parece. En el fondo,

no es la mente la que decide ni es gracias a tu esfuerzo que consigues nada

(tu te esfuerzas mucho y a veces no consigues nada y a veces sí…; o no te esfuerzas nada y aún y así, a veces no consigues nada y a veces sí…). A veces las cosas salen como tu quieres, y otras veces no salen como tu quieres y con el tiempo te das cuenta que ha sido lo mejor que te podría haber pasado, que no saliera aquello que tanto querías entonces…

Por lo tanto, hay otras fuerzas que están moviéndose en ti. Así que si tu das este salto y dejas de darle autoridad a tu mente, quizá descubras todo un mundo nuevo.

No hace falta que decidas dejar de hacer caso a tu mente para siempre. Sólo pruebalo un rato. Haz aquello que te llena de paz, alegría de vivir, de comprensión, independientemente de lo que tu mente te diga.. Sólo durante unos días. Y mira lo que sucede…

Tanto si saltas como si no,

¡Feliz Ahora!

y ¿sabes por qué te deseo que seas feliz ahora? porque

no existe otro momento en toda tu vida en el que vayas a poder ser feliz, más que Ahora.

¡¡GRACIAS MIRADA SECRETA!!

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LA TIRANIA DE LA MENTE. LOS DESEOS

donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón

Lucas, 12:34


 

Mi querida amiga no quiere seguir engordando. No le gusta verse así. Sufre mucho. Tiene tanto sufrimiento que no puede sostenerlo todo y eso hace que, cuando no puede más, reparta su sufrimiento entre los que le rodean. Pero desea ese plato de macarrones. Y ese trozo de chocolate. Y esa pizza. Y también ese pastel de crema. Los desea y se los come… Y disfruta comiéndoselos, ¡mmmmmm que bueno! Pero al cabo de un rato, sufre de nuevo. Sigue engordando y sigue sufriendo…

¿De dónde vienen los deseos? Y cuando los satisfacemos, ¿qué es lo que realmente nos aportan?

Creemos que nos hace feliz conseguir aquello que deseamos, que la felicidad está en ese pastel de crema. Y nos lo comemos. Por un rato, realmente somos felices. Pero después, aparece un nuevo deseo, estar delgada y volvemos a sufrir. ¿Realmente es el hecho de satisfacer el deseo lo que nos da la felicidad? ¿Y si no fuera así? ¿Y si sintiéramos felicidad no por el hecho de comernos el pastel de crema, sino por el hecho que mientras lo comemos, no tenemos absolutamente ningún deseo?

Lo que nos hace felices cuando conseguimos un deseo, es que durante un tiempo, no deseamos nada más.

Y es sólo en el estado de no-deseo cuando realmente podemos experimentar la felicidad.

Creemos que las buenas cosas que tenemos en la vida son el resultado de haberlas deseado y haberlas conseguido. ¿Y las cosas malas? ¿También las hemos deseado nosotros y las hemos conseguido nosotros? -“he aprobado el examen” (yo soy quien lo ha conseguido) “me han suspendido” (yo no tengo nada que ver)- … Vale la pena mirarlo, ¿verdad?. O funciona para lo bueno y lo malo, o no funciona para ninguno. ¿Entonces?

El deseo es un invento de la mente. La mente funciona como un niño al que se le ha consentido todo y empieza a tratarte como un pequeño tirano. La mente quiere controlarte y para ello crea un objeto de deseo, te lo vende como un reclamo de felicidad, tu te lo crees y ¡venga!, la mente consigue el control y tu crees haber conseguido felicidad. Pero no es así…

Quizás algún lector esté pensando: “¡pero es que yo quiero tener deseos! ¡no se puede vivir sin deseos! ¡vaya vida aburrida sin deseos!” Todo eso es una creencia más de la mente.

Mira como te sientes cuando no deseas nada, por ejemplo justo después de haber conseguido un deseo…. ¿te imaginas vivir siempre así?

La mente tiene la necesidad de controlar porque te requiere como siervo suyo, porque eso le da protagonismo y poder sobre ti. Y una de sus principales armas para conseguirlo es inventarse un deseo: inventa la idea de que tal cosa (una situación, un objeto material,…) te dará la felicidad. Y lanza la idea al espacio de tu conciencia, para que te des cuenta. Tú lo recibes y lo conceptualizas como “un deseo tuyo” y te pones en marcha para conseguirlo… como un esclavo cumpliendo las ordenes del tirano…

Muchas veces los deseos que crea nuestra mente incluso son contrarios a lo que nosotros queremos realmente, como el caso de mi amiga. Y ¿a quién solemos hacer caso? ¿a nosotros o a nuestra mente?

Como dicen los sabios, la mente es el mejor de los siervos y el peor de los amos

Cuando la mente está ocupada, distraída, no genera deseos. Pero cuando está aburrida o se siente insatisfecha, entonces reclama tu atención, a menudo, generando deseos.

Tu no tienes deseos. Los deseos no son tuyos. Los deseos no buscan tu felicidad sino tu obediencia a la mente que los genera.

De la misma forma que un niño mimado que no para de llamar la atención y de pedir, no es malo, sino que el error está en nuestra manera de tratarlo, tener deseos no es malo. Es un movimiento natural de la mente humana. No es un error. El error es creer que el reclamo de control por parte de la mente, es un deseo nuestro.

El error está en cómo nos relacionamos con nuestra mente.

Sólo la mente desea y lo hace porque cree que le falta algo. Cuando descubro que yo soy todo lo que la mente deseaba, el deseo cae.

El deseo esconde un anhelo profundo que está empujando y debatiéndose por salir. Descubre que hay en el origen de cualquier deseo y descubre que ¡eso ya es en tu estado de no-deseo-nada! Bendita mirada

Fíjate que cuando estás plenamente en el ahora, no hay deseos…

Y como dice Consuelo Martín en su libro “Sabiduría en acción”:

sin deseos que muevan la barca de la existencia, liberada navega según los vientos inteligentes de la vida única… Un movimiento sin motivo dirige la conducta libre, alineándola con la voluntad e inteligencia sagradas”…

¡Feliz Ahora!

 

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Una piedra en el camino

La realidad es una ilusión persistente

Albert Einstein

Andábamos en silencio, fascinados por lo que veíamos. Las paredes, el techo, el suelo… Todo era un juego de formas extrañas que el corazón de la tierra había ido cincelando en secreto, para un día ser descubierto por unos ojos curiosos y así ser reconocido como una maravillosa obra de arte, realizada por el artista más inspirado que conozco: la naturaleza…

La extraña belleza del lugar despertaba en todos los que allí estábamos, una mezcla de excitación y aventura, de cierta sacralidad y de miedo. Los que nos conocíamos, nos tocábamos levemente los unos a los otros con cualquier pequeña excusa y así, sin pensarlo siquiera, nos sentíamos arropados y reconocidos en una realidad mas familiar que la que el ambiente del corazón de la tierra nos ofrecía.

Siempre que nos hallamos frente a lo nuevo, sentimos algo de miedo. A la mente no le gusta no tenerlo todo todo controlado, ¿verdad?

Quien nos guiaba, nos iba señalando un rincón especialmente bello, un escalón especialmente difícil, un paso especialmente estrecho. Y detrás le seguían, pisándole literalmente los talones, los cinco sentidos de todos nosotros, registrando cualquier señal, en estado de prealerta: los ojos como platos, a duras penas parpadeando; los oídos abiertos y reaccionando al mas mínimo ruido inesperado como si de un trueno se tratara; el tacto buscando por todas partes algo reconocible a lo que asirse; el olfato rastreando oxigeno fresco en un aire saturado de humedades de otros siglos; el gusto saboreando perplejo un cierto gusto a salitre sulfuroso… Y el ay en la garganta de todos los corazones.

En estas estábamos, cuando se nos avisó que llegábamos a la zona más bella y peligrosa de todo el recorrido. Se nos instó a no acercarnos. La prudencia se agudizó. Nos agrupamos frente a una inmensa fosa en la que no se vislumbraba fondo alguno. Una persona, algo despistadamente, o atraída por el abismo -eso yo no lo sé- hizo amago de acercarse al borde. Otra gritó advirtiéndole del peligro. Y todos mirando hacia abajo, en un ay de nuevo. El espectáculo era tan bello, tanto. Las luces apenas alumbraban estratégicamente los relieves más llamativos. Parecía que si cayéramos por la sima llegaríamos al mismísimo centro de la tierra.

Y entonces pasó algo que nunca olvidaré.

Alguien cogió una piedra con la intención de lanzarla al vacío para adivinar a través del sonido la hondura del maravilloso precipicio.

El hombre levantó el brazo, preparado para soltar la piedra. Todos aguantamos la respiración. El silencio se hizo más espeso que nunca. El cuero cabelludo tensísimo para así conseguir que los oídos se abrieran más allá de sus límites. Hasta el ay del corazón calló. Todo para poder oir bien el final del viaje de la piedra al mismísimo centro de la tierra.

Y entonces, cayó la piedra. Y al segundo, el abismo se esfumó. Desapareció por completo. Y con la desaparición de la sima, desapareció el miedo a caer, la belleza del abismo, la necesidad de que nadie se hiciera daño, la excitación de la aventura, el vértigo… Desapareció la contención del aliento, los ojos como platos, la tensión de cada célula de nuestro cuerpo y nuestra mente. Desaparecieron todas nuestras expectativas de la hondura de la fosa, nuestras imágenes del centro de la tierra. Con la desaparición del abismo, desapareció todo lo relacionado con éste: los recuerdos de lo que acabábamos de vivir, lo que estábamos viviendo en aquel momento, y lo que habíamos imaginado que viviríamos cuando se lanzara la piedra. Cayó la piedra y cayó la vivencia entera.

Porque no había tal abismo. Había sido una ilusión óptica. Sólo habían tres dedos de agua quieta, que reflejaba con total nitidez el techo de la gruta. Y al caer la piedra, se habían formado ondas en el agua y la idea que teníamos en la mente, el abismo que habíamos dado por algo absolutamente real, ya no existía. Y la mente no tuvo nada a lo que asirse. Quedó perpleja y en silencio.

Y entonces, comprendí. Como si la piedra hubiera caído en mi mente (así funciona la mirada secreta…)

Comprendí

que mi mente da por real aquello que cree que es real, sin saberlo…

que todo lo que yo vivo es resultado de esa creencia…

y que es necesario, urgente, que empiece a dejar caer piedras en mis creencias para comprobar verdaderamente su realidad…

porque si no lo hago, toda mi vida será un juego de ilusionismo: mis miedos, mis expectativas, mis deseos, mis pensamientos, mis principios, mis análisis, mis interpretaciones, mis relaciones…

¡Bendita la piedra que encontré en mi camino!

¡Feliz Ahora!

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Castillos en el aire

Había una vez un bello castillo, de recias murallas y altos torreones, que se alzaba orgulloso entre tantos otros.
Los aldeanos que vivían dentro del castillo, asi como los vecinos de otras fortificaciones, consideraban éste como el mejor castillo de todos, el más bello y el más fuerte.
Era un castillo inexpugnable. Todos los aldeanos se sentían seguros dentro de sus murallas. Su robustez protegía al pueblo de los posibles ataques externos. Dentro vivían felices, creyéndose invulnerables.
Todos creían que si se mantenían unidos y tenían la aldea como su más alto bien y la cuidaban por encima de todo, nunca les pasaría nada. Estarían a salvo de cualquier inclemencia y contratiempo. Se habían creído aquello que tantos creen sin revisarlo nunca (como solemos hacer con todas las creencias), que es que la unión hace la fuerza…
Pero un día estalló una bomba. La bomba no impactó desde el exterior contra los grandes muros, sino que estalló dentro del recinto del castillo. Y precisamente, por lo duras que eran sus paredes y muros, por lo inexpugnables que eran, la bomba produjo muchísimos destrozos, convirtiendo cada una de las piedras que habían sido parte de la maravillosa fortificación en nuevas municiones que iban impactando en las construcciones adyacentes. La devastación fue tremenda. Todo quedó destruido. Y todo eso ocurrió porque la bomba cayó dentro, impactando en la base de uno de los pilares del castillo.
Al derrumbarse los pilares, al verlos absolutamente rotos, los aldeanos empezaron a creer que los pilares siempre habían sido débiles, que su fortaleza era solo aparente, que nunca habían sostenido ningún castillo. Así que no solo vivieron el derrumbamiento de todo su maravilloso castillo sino que también estaban viviendo el castillo que antes había sido, como algo falso -porque si hubiera sido de verdad tan bonito, tan fuerte, tan invulnerable, no hubiera podido ser destruido-.
Cuando el castillo se destruyó y sólo quedaban ruinas por todas partes, frente a la mirada atónita de los vecinos que siempre los habían tenido como ejemplo de amor y concordia, andaban los aldeanos de la que había sido una de las más bellas fortificaciones de aquellos parajes, echándose las culpas mutuamente, acusándose y odiándose entre ellos, porque todos creían que les habían engañado, que el castillo nunca había sido hermoso, bello, fuerte, inexpugnable, …
Y así seguirían, con recriminaciones y rencores, para siempre.”

 

¡Cuántas veces nos ocurre en la vida como a estos aldeanos con su castillo! Empezamos una relación con un nuevo amigo, un nuevo trabajo, una familia, una pareja y hacemos exactamente lo que hicieron estos pobres aldeanos, creer que nuestro castillo es el mejor de todos, el más bello y más fuerte; creer que nuestro castillo es inexpugnable y que nosotros somos invulnerables; creer que si nos mantenemos unidos y cuidamos nuestro castillo por encima de todo, nunca nos pasará nada.

Y entonces pasa algo, “estalla una bomba”, que rompe esa relación y a partir de ese momento, cambiamos radicalmente nuestras creencias:

  • Nuestro castillo nunca había sido bonito. De creer que era el más bello, pasamos a creer que nunca lo fué, que era mentira. Porque

la caída de la creencia es proporcional a la intensidad con que la creíamos

La fortaleza del castillo (de la relación) nunca fué real, porque sino no hubiera estallado en millones de pedazos.

contra más rígida la creencia, más destrozos crea cuando cae

El castillo a prueba de balas, no sirvió para protegernos. Contra más invulnerables nos ha hecho creer que somos unas murallas externas, más inseguros nos volvemos cuando las murallas caen porque

cuantas más defensas te pones, más vulnerable te vuelves

Pasamos de creernos unidos a echarnos la culpa mutuamente, porque

la cantidad de de esfuerzo en mantener una creencia es proporcional a la acusación que generará cuando caiga

Vivimos desde nuestras creencias. Nuestras creencias son los pilares que sustentan nuestros respectivos castillos. Y no nos damos cuenta de que, en cualquier momento, la vida puede hacer saltar por los aires cualquiera de nuestras creencias. La consecuencia es que crearemos nuevas creencias, la mayoría de veces lo contrario de lo que habíamos dado por cierto hasta ahora, sobre las que fortificar de nuevo nuestra vida. Y no hay ninguna creencia, ninguna, que sea verdadera. O sino, ¿como podríamos cambiar de creencia como se cambia de abrigo?

Pero no nos paramos a ver cuánto de verdad, de verdad hay en ellas. Construimos un castillo de papel sobre unos pilares falsos. Y ahí dentro nos sentimos seguros y llenos de razones, los mejores.

Castillos en el aire…

Pero fíjate bien,

ninguna creencia es real

Y si “crees” lo contrario, observa si habría alguna circunstancia que te podría hacer cambiar tu creencia. Porque si la respuesta es “sí”, ya sabes que tu creencia no es cierta, no merece ser pilar de tu vida, ¿verdad?

Vivimos montando castillos porque no nos hemos dado cuenta de que no los necesitamos.

Y, la Mirada susurra a mi oído estremeciéndome de nuevo, el por qué:

No necesitamos nada que sea lo más bello que lo que ya somos, -aunque no lo sabemos-.

No necesitamos ser fuertes ni defendernos porque somos invulnerables -aunque no lo sabemos-.

No necesitamos unirnos a nada ni a nadie porque no hay nada fuera de la Unidad, -aunque no lo sabemos-.

Por eso, cualquier castillo de creencias en el que vivamos, tanto si cae en el futuro o no cae nunca, no es un castillo. No es necesario. No es real.

Desnúdate de todas las creencias y observa aquello que queda.

De allí surge la Mirada Secreta.

Allí está tu verdadera morada.

¡Feliz Ahora!

 

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