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LOS TRES LEONES


“Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres”

Juan de la Cruz





“Yo” y “ego” son palabras que aluden a lo mismo, a esta identidad que se vive separada de todo y de todos. Como a mi la palabra “ego” me sonaba también a “vanidad” o “soberbia”, sin darme cuenta trataba de evitarla. Así que para mencionar a esa entidad separada, en vez de llamarla “ego” la llamaba “pequeño yo”. Esta es la historia de una confusión.

Los sabios le decian que para descubrir la Verdad era imprescindible que el pequeño yo muriera, porque esa creencia de ser alguien separado de los demás y del mundo no era su identidad real. Y como amor a la Verdad no le faltaba, se arremangó y trató por todos los medios de matarse. Pero no había forma. Intentó primero tragarse todos los arrebatos egoicos, pero eso no hacía más que empeorar la situación. El pequeño yo se aprovechaba de los fracasos: “Que mal que lo estoy haciendo” “soy un desastre”. Frases así poblaban la mente del pequeño yo y con eso aún se fortalecía más la identidad separada.

Al ver que tragarse sus arrebatos aún le daba más identidad, trató de no hacerles caso. Uy! Esta estrategia era todavía más virulenta. Imaginad, ahora el pequeño yo no se sentía mal consigo mismo, sino que pensaba: “Sí. Sí. ¡Lo estoy consiguiendo!” Así que el resultado era casi peor que con la anterior estrategia. Ahora no sólo se sentía separado del mundo sino que se sentía ¡mejor que el resto!.

Hiciera lo que hiciera, el pequeño yo en vez de morir, crecía. Crecía incluso más que antes de haber deseado morir. Pero, enamorado de la Verdad como estaba, no cejaba en sus intentos.

Y la Verdad, que responde siempre que se la llama, le regaló un compañero. Era este un gran león de porte digna. El pequeño yo se enamoró al instante de él. Y aunque le causaba respeto, mucho respeto, no sentía ningún miedo. El león era como un sabio ecuánime. Incluso su lustrosa melena era blanca, como serían las barbas del más sabio entre los sabios. El pequeño yo olvidó sus ansias de morir y se dejó cautivar por las maravillas que el sabio león le mostraba. A su lado, el pequeño yo comprendió muchos de los enigmas que en otros tiempos le habían angustiado. Este maravilloso animal fué quien le presentó a la mirada secreta (ahora es la mirada la que sonríe al recuerdo) y junto con ella formaron equipo para ir colmando el enorme ansia de Verdad que ardía en el centro del pequeño yo.

Un día, cuando estaban paseando por los aires del misterio, se oyeron unos silbos amorosos al compás de una bella tonada. La melena blanca del compañero no pudo menos que sumarse a la danza que el pequeño yo, envuelto en la locura del amor, expresaba. ¡Cuánta dicha y alegría nunca antes conocida!. La luz clara y precisa que emanaba del sabio león se vió entonces completada por la más dulce sonrisa…. ¡en las fauces de un segundo león! ¡Era éste quien silbaba!. El pequeño yo se moría de la risa. Ver a otro inmenso león jugando como un gatito con su magno compañero, le abría el corazón como nunca antes lo había sentido. El pequeño yo se sentía colmado de gracia. Y con ambos como compañeros, guías, amigos del alma siguió su camino en pos de la Verdad. Ahí estaban: el Amor por la Verdad en la forma del más bello y dulce de los leones; y la Verdad del Amor en la mirada cristalina de tan centrada del sabio amigo. Nada más podía querer el pequeño yo enamorado.

Y así siguió caminando, feliz de su suerte, tan agradecido, dandose cuenta de que esos compañeros no eran sus amigos porque él los mereciera, sino por el inmenso amor que a la Verdad tenía.

Aún y así, la inquietud le seguía incomodando. Pensaba: ” si soy yo quien comprende cuando el sabio león me enseña, entonces no debe ser una verdadera comprensión”, o ” si soy yo quien ama cuando el alegre amigo me enseña lo bella que es la vida, entonces no deber ser verdadero amor”. Este “yo” que experimentaba no dejaba al pequeño yo disfrutar plenamente de los regalos de sus amigos. Le habían dicho que este “yo” no era real, no era la Verdad y que debía morir… Muchas veces rompía a llorar y rezaba: “¡que muera ya este yo! ¡por favor! ¡yo sólo quiero la Verdad!”

Y así llegó el momento en que la paz alegre, la serena mirada iban a temblar hasta el paroxismo del miedo, en cuestión de un instante. Porque un día inesperado, frente a los tres se plantó sin previo aviso, el león más grande imaginado. Este, de melena casi negra, era con mucho el más alto y el más ancho de los tres. El pequeño yo eran tan tan pequeño a su lado que, si no fuera por el interes del león, de un pisotón lo habría matado. Pero no era éste su plan. Su plan era mucho más complicado. Venía a matarle, sí. Pero no como el pequeño yo había imaginado.

Sus antiguos compañeros, como si frente al rey se hubieran topado, reclinaron gracilmente sus melenas y se apartaron a un lado. El pequeño yo supo, supo que iba a ser matado. Recordó cúanto lo había pedido: “¡muera el yo para que la Verdad viva!” pero no sabía que el terror le estaba acechando. Su miedo era tan grande que a sus amigos perdió de vista y ni por ellos pudo ser consolado.

El gran León, con sus garras le estrujó la mente y le estrujo el corazón. Era un león especializado en hacer trizas los pequeños yoes el mundo y su peor arma era el rugido que volcaba en la aterrorizada oreja del pequeño yo, cada vez que este mencionaba al “yo” ni que fuera con su pensamiento. Como ejemplo, para que veais su fiereza, si el pequeño yo se quejaba ni que fuera un poquito, el león rugia: ¡¿QUIIIIIEEEEEENNNN SE QUEJA!?. El pequeño yo, todo despeinado, se quedaba helado y, como si el rugido le hubiera cortado la cabeza, se sentía engullido en un infinito agujero negro..

Si el pequeño yo pensaba “parece que hoy estoy mejor”, el enorme león le gritaba: ¡¿QUIIIIIIEEEEEEEENNNNNN está mejor!? Y de nuevo desaparecía el pequeño yo en el negro vació.

Así una y mil veces. El pequeño yo le imploraba que le matara ya de una vez. Que no quería seguir siendo un yo. Pero por dentro la pena era inmensa. Recordaba la felicidad de los tiempos en los que la mirada secreta y la alegría de vivir le acompañaban. Ahora sólo había desolación. Realmente quería morir. Pero no lo conseguía. Sólo iba siendo tragado cualquier pensamiento autoreferenciado. Era como si el león se hubiera propuesto que el pequeño yo dejara de pensar en si mismo.

Aún y así no os creais ni por un instante que el pequeño yo habría preferido abandonar la búsqueda de la Verdad. No. Estaba dispuesto a todo, aunque este todo implicara la vida en el infierno en el que estaba desde que el león le apresara. Si eso era la Verdad, lo acataría. Aunque había algo dentro de él que le decía: confía, confía…

Y un día ocurrió lo inesperado.

El gran león, en vez de matar al yo del pequeño yo,….. ¡¡¡¡¡mató lo pequeño y dejó vivo el yo!!!!!!! Y lo que un día fué un pequeño yo, se empezó a expandir y a expandir y a expandir en un yo taaaaaaaaaannnnnnn inmenso que a todos y a todo fué abrazando. Incluyó el mundo, el universo. Incluyó todo lo conocido. Incluyó también lo desconocido. Y más allá.

Él era el gran león, cuyo nombre es SAT y era los otros dos leones, el sabio y luminoso CHIT y el amoroso y dulce ANANDA. Al morir lo pequeño del yo, murió el yo separado.

¡Qué equivocado había estado queriendo matar lo único que siempre había sido verdad: ¡la sensación de yo! Lo que había de morir por falso, era la pequeñez en la que su LUMINOSO E INFINITO CUERPO había sido apresado.

Y así vió que nada estaba separado pues Él lo era Todo. Y en ese Todo también cabía la nada. Él era Ella. La Verdad reencontrada.

Quizá este relato fué un sueño, aunque la Verdad jamás se ha extraviado. O ¿es ahora que soñamos?

¡¡FELIZ VERDAD!!

 

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SOLTAR Y SALTAR

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¡Suelta todo lo conocido y salta!
La mirada secreta

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¡Tantas cosas sabemos sin saber que las sabemos!. Como el bebé, la pequeña, que hoy es nuestra mirada secreta con su inocencia cristalina. Ella sabe cuando tragar y cuando respirar. Sabe todo sin saber que lo sabe. Como nosotros. El conocimiento está dentro nuestro y el camino es de reconocimiento y no de aprendizaje. Es el reconocimiento interno de algo que ya sabía. No puede ser aprendido. Por eso,

nadie nos puede dar la Verdad.

Toda la Verdad está en nosotros. Y cuando vemos, la vemos completa.

La Verdad no se puede ver a trocitos.

Es como la luz. Cuando pasa un rayo de luz, sea muy delgadito o muy ancho, en ese rayo está toda la luz, completa. Simplemente porque no es divisible. Como la Verdad. Cada vez que hemos vislumbrado algo de la Verdad, allí estaba toda la Verdad en su plenitud indivisible.

Así, todo lo que los enamorados de la Verdad hacemos en nuestro camino, ha de ser fuente de inspiración, pero nunca creamos que la Verdad nos la puede dar un maestro.

El camino solo puede ser interior.
Todo lo que aprendo no tiene nada que ver con la Verdad. Todo lo que aprendo está en la dimensión de lo que nace y muere. Todo lo que aprendo que antes no sabía, no pertenece a la eternidad. Por eso, en el despertar a la Verdad, no podemos ver la vida como una escuela -como tantas veces se cree-. La vida, desde la perspectiva del Despertar, es una oportunidad para reconocerMe, para des-cubrir la Verdad que siempre he sido.
La vida es una oportunidad, no una escuela.
Cuando vivimos la vida como una escuela, ya estamos suponiendo que nos falta algo, que somos incompletos, que hemos de desarrollarnos, evolucionar, mejorar. Y así es para las personas que están separadas unas de otras. Así es mientras yo crea ser una persona. Para las personas la vida puede ser una escuela, entre otras muchísimas posibilidades. Pero he de saber que, mientras viva en la escuela, o mejor dicho, mientras me viva persona, creyendo que he de aprender, mejorar, evolucionar, desarrollarme, no me daré cuenta que todo lo que puedo aprender, mejorar, evolucionar y desarrollarme está ligado a lo que un día nació y un día morirá, esta persona.
Sin embargo, hay algo en mí que intuyo eterno, no nacido, inmutable e indivisible. ESO no se puede aprender por mucho que me esfuerce (quien se esfuerza es la persona que quiere evolucionar).
Sri Ramana Maharshi se quedaba perplejo con aquellos que le pedían una y mil veces cómo llegar a la Verdad. Él no se cansaba de repetir algo así como “descubre quién eres; entra dentro de ti, en silencio y observa de dónde surge esta sensación de yo-soy”. Sin embargo, las personas seguían preguntando en vez de ponerse manos a la obra. Y es que
el pequeño yo no puede descubrir la Verdad.
El pequeño yo quiere caminar, pero no puede llegar a ningún sitio verdadero, porque vive en la dimensión del nacer y el morir, mientras que la Verdad, el verdadero Yo, Es, y nunca ha nacido ni morirá.
Para ir a la Verdad, hay que soltar y hay que saltar.

Hay que soltar todo lo conocido y hay que saltar a lo desconocido. Nada hemos de aprender. En el reconocimiento, el pequeño yo desaparece como el fantasma cuando se enciende la luz. En el reconocimiento, la Verdad es lo único, es completa, es Todo: lo conocido, lo desconocido y más allá de ambos.

Y si tu mente está diciendo: “¡Uff, qué difícil  es esto!“, dale la razón.
La mente sólo puede hacer la primera parte del camino. Es necesario que la mente llegue a su propio límite de entendimiento. Es necesario que contemplemos las preguntas y dudas que surgen en la mente, porque si no lo hacemos la mente no nos dejará ir más allá. Lleguemos a su límite con la investigación sincera, con la mirada secreta. Es hasta este límite hasta donde la mente nos puede acompañar. Después el silencio, el vehículo y lenguaje de la Verdad, deja atrás la mente. Allí, en el límite de nuestro entendimiento, nos está esperando el Vacío de todo lo conocido. Allí está la puerta a lo desconocido y más allá. Allí, en el salto, la Verdad nos abre sus brazos.
Gracias mirada secreta que brillas dulcemente en los ojos de los niños, en la naturaleza, en el cielo y las estrellas, en todo aquello que está libre de un pequeño yo.
¡Feliz Ahora!
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Lo que busco, es lo que Soy

Versión 2

Nan Yar? Arive Nan

Sri Ramana Maharshi

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Hace poquito quiso la Vida que esta persona se encontrara en una situación en la que perdió todas las referencias de aquello que creía ser. Anduvo perdida, buscando un espejo en el que reconocerse, pero no encontró ninguno. Y, frente a semejante situación, no le quedó más remedio que rendirse. No fue un rendimiento beatífico, sino un rendimiento por desesperación. Y con la rendición, como suele pasar, llegó la paz. Y con la paz, la Mirada Secreta se puso en marcha y esto es lo que me mostró, ¡bendita mirada!

Cuando me quito todos los ropajes, cuando me quito todos aquellos vestidos tras los cuales mi verdadero Ser está escondido, cuando me quito todas las capas que ocultan mi verdadero Ser, cuando todo eso va cayendo, lo que queda es invisible, incognoscible, pero es lo único REAL.

Yo no me doy cuenta de que ando escondidísimo, ando agazapado detrás de millones de cosas y aspectos que hasta ahora no había visto. Ando escondido detrás de la ropa que llevo. Ando escondido detrás de la comida que como, detrás de las ideas que tengo. Ando escondido detrás de la rutina que me da esa seguridad. Ando escondido detrás de todo aquello que coloco a continuación del pronombre posesivo “mi”: mi casa, mi manera de pensar, mi familia, mi trabajo, mi país, mi cuerpo… Todos esos añadidos, -no en si mismos (nada hay de malo en la casa, la familia, el trabajo, el cuerpo) sino en la identificación, en el verter quien soy yo en esos aspectos o cosas que acompañan la experiencia de vida-, ocultan mi verdadero Ser y me separan del resto del mundo. Tan impactante es el descubrimiento que me da la mirada secreta hoy, justo hoy que el mundo se vuelve a convulsionar por el terror creado por la ignorancia, que me muestra con total claridad que sin los “mi” y los “mío” la guerra no sería posible… Es impresionante lo simple que es la Verdad. Lo simple y lo poderosa…

Es impresionante ver que

el problema no son los pensamientos, sino el hecho de creer que son míos.

Y lo mismo con las emociones, el cuerpo, las relaciones, los credos, el país… Esa barbaridad de aspectos y cosas con los que yo me identifico, ocultan mi verdadera identidad.

Para que yo conozca mi verdadera identidad, para que yo sea quien soy, no tengo que eliminar aquello con lo que me identifico. No tengo que separarme de mi familia, dejar el trabajo, etc.

Lo que tiene que caer es la identificación con todo ello.

Es realmente una paradoja:

quien verdaderamente soy no se identifica con nada. Nada da identidad a quien soy.

La identidad de quien verdaderamente soy, es intrínseca al Ser. No es un cumulo de cualidades añadidas, ni tan solo una añadidura individual.

Cuando pierdes un poco esos aspectos que te identificas, inmediatamente surge el miedo y una sensación de estar perdido, de no reconocerse en nada. Todas esas identificaciones que han caído eran espejos en los que yo me podía reconocer. Y ahora no me encuentro a mi mismo, no me veo.

En la verdadera identidad, en quien soy verdaderamente, no me voy a poder reconocer nunca. Sólo voy a poder Ser-la.

Todo aquello en lo que creo reconocerme, es externo a quien soy yo. Es algo añadido. Y el Ser no tiene ninguna añadidura. Es pleno en Si mismo. Nada se le puede añadir. Es puro.

Todo lo que añadimos, oculta el Ser.

Todo eso no me sirve a mi para conocer el Ser que Soy. Porque no puedo conocer Quien Soy. No me puedo dividir y que un yo vea a otro yo. Así que ir viendo aquello que no soy, estos añadidos tras lo que el Ser está escondido, toda esta investigación, me sirve para dejar caer, para darme cuenta de la irrealidad de todo lo añadido, para darme cuenta de la irrealidad de todos los mis y mios. Para que vaya cayendo aquello que creí ser y no soy. Y en ese desnudarse quede la Transparencia de Conciencia Infinita que nada es y todo lo incluye. Y en ese desnudarse hay libertad. Hay paz.

Aixxxxxxx

¡Feliz Ahora!

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El río y el agua

“Be water, my friend”

Bruce Lee

 

 

 

Decimos que el río nace en la fuente, pero ¿es así? ¿brota el río de una fuente o es el agua la que brota? Más el agua que brota de la fuente ya existía antes, entonces ¿qué es lo que nace?.

El agua que brota de la fuente viene de aguas subterráneas que quizás llegaron de la lluvia… la lluvia de las nubes… las nubes del agua de la tierra y así…

Decimos que el río nace en la fuente pero, en realidad, es una manera de hablar -rara vez miramos cúal es la verdad-. Lo que nace es una “corriente de agua” concreta y a esa le ponemos un nombre. Hay un sinfín de ríos en nuestro planeta, cada uno con sus nombres, compitiendo por ser el más largo, el más bello, el más caudaloso… pero eso al agua no le importa nada, nada, nada. Los ríos no son lo que parecen. Ni viajan, ni desembocan, ni tienen vida propia. Son las simples huellas que ha dejado el agua en su navegar. Son el cuerpo del agua. El agua es quien habita el río, quien hace al río lo que es, un río. Sin ella no habría río, pero sin río, ¡sigue habiendo agua!

El agua parece fluir con facilidad, sea entre rocas o juncos. Y es que en ese fluir hay una rendición total: a nada se enfrenta el agua. Y aún y así, entregada y rendida, en ningún momento deja de ser quien es. Siempre es agua.

Sólo se mueve en la dirección de su propia corriente, siempre por el camino más fácil, porque sólo tiene un objetivo: desembocar para seguir su ciclo.

-¿Para qué luchar contra nada? ¿para qué querer cambiar las características del río?- ríe el agua del río a la mirada secreta que hoy juega con ella.

Aunque hayan cascadas o remansos, el agua es inmutable, -siempre es agua, nunca cambia de forma porque no tiene forma. Lo único que hace es adaptarse al cuerpo que la contiene-. Parece que se ve afectada por los aparentes golpes: espuma, remolinos…, pero el agua sigue siendo agua.

Contra más pura el agua, menos atributos tiene: no sabor, no color, no olor. Y sin embargo, ¡qué rica está!

Y cuando llega el agua a su desembocadura (¡que no es el río el que llega a la desembocadura!), el agua… sigue siendo agua… y sigue su periplo, inteligente y eterno…

Y he aquí al ser humano, creyendo ser río cuando Es agua. Pero como se cree río, vive como tal. Nace un buen día de la fuente-madre y un buen día muere en la desembocadura; lucha con y contra todo sin saber cuál es su función, siempre compitiendo con otros ríos, siempre por el camino más difícil. Todo le afecta, y cree que en esa afectación está su aprendizaje. Y cree que los atributos son los que le hacen ser alguien… El ser humano… pura agua de vida… en negrita ¿Lo ves?

Ríe la mirada secreta al Silencio que hoy juega con ella…

¡Feliz Ahora!

 

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(I) Yo soy esto…

IMG_5723“No puedes ver mi rostro; porque nadie puede verme, y vivir”
Éxodo, 33:20

 

 

 

Ando investigando y tal cual investigo, voy escribiendo…

Primero, me dicen que yo soy esto (hombre) y esto (blanco) y esto (listo) y esto (bajito) y no soy aquello (perro) ni aquello (esquimal) ni aquello otro (cariñoso). Después, viviendome como ese conjunto de etiquetas empiezo a relacionarme conmigo mismo y el mundo. A relacionarme, a batallar, a querer cambiar, a disfrutar, a querer conseguir, a hundirme, a sudar, a vivir. Y nunca me pregunto si ese que he creído ser es realmente quien soy.

Quizá llega un momento en que me lo pregunto y empiezo a ver que esas etiquetas no son yo, sino que yo soy quien tiene esas etiquetas. Descubro que incluso podría tener otras y seguir siendo yo. A partir de ahí, empiezo a buscar quien creo ser. A veces me entrego a alguien (maestro) o a algo (escuela) que me dicen que saben quien soy yo, me pongo en sus manos y les dejo hacer. Pero antes o después, me entrego a mi interior y me dedico a buscar dentro.

El viaje que emprendemos en busca de nuestra verdadera identidad, es el viaje espiritual puro. Es un viaje que parte del no saber, y en el no saber ha de permanecer. Cuando se descubre algo, ese algo ha de servir de puerta a un siguiente tramo desconocido. Porque la Verdad nunca es algo. La Verdad es un todo que nada deja fuera de Sí. Por eso, vamos caminando en un largo peregrinaje y al final nos espera la muerte.

Tanto si lo sabemos como si no, nos espera la muerte.

¿Y para eso hay que hacer un camino? dirían muchas personas. Parece absurdo, porque la muerte nos espera a todos, caminemos en la senda de la búsqueda de nuestra verdadera identidad como no.

Y sin embargo, es tan diferente.

Sólo puede morir aquello que nació un día.

Si yo creo ser este cuerpo y esta personalidad, si creo ser estas etiquetas, no hace falta que haga camino alguno, ya sé que moriré.

Pero si yo descubro que no soy este cuerpo, ni esta personalidad, ni ninguna, NINGUNA de estas etiquetas, antes de “morir” me urge descubrir quién soy. Porque está clarísimo para mi que yo SOY.

Mientras escribo todo esto, la mirada secreta, que anda sentadita sobre mi hombro derecho, me pregunta espontáneamente y

¿cómo sabes que tú eres?

Glups! No lo sé!! Y entro en silencio.

Y en silencio sigo. Mucho se está viendo. Pero la mirada no me deja seguir escribiendo ahora. Quiere que todos vosotros que estais leyendo también os empapeis de la pregunta. Pero recordad, es en la pregunta donde se esconde la verdad. La respuesta sólo es una puertecita más para seguir mirando.

Seguirá…

¡Feliz Ahora!

 

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¿Dónde está la realidad?

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 El científico sigue hoy las huellas que el sabio dejó ayer.

La mirada secreta

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Ayer mi hijo, que sabe que no nos enteramos de mucho de lo que pasa en el mundo, nos enseñó la foto de un vestido que ha captado la atención del mundo internauta y nos preguntó de qué color lo veíamos. Uno lo vio blanco y dorado y el otro lo vio azul y negro. Y ante la perplejidad de las mentes, la mirada secreta sonrió tan ampliamente que en su sonrisa nos atrapó a los tres.

Mi hijo nos explicó que una tercera parte del mundo lo ve de un color, y el resto lo ve del otro color. Y esto es debido a la interpretación que hace el cerebro de cada uno de nosotros, no solo con respecto al vestido en sí, sino en relación con el fondo, la luz que refleja, etc. Así que el resultado de lo que yo veo no es lo que es, sino la combinación relacional de una serie de percepciones visuales junto con los conceptos que ya tengo grabados en mi mente.

Y la mirada secreta afirma lo que siempre ha sabido:

lo que yo llamo “realidad” es una creación mental subjetiva.

En estos tiempos de materialismo acérrimo, el cetro de la verdad se ha retirado del sabio para dárselo a la ciencia, a la comprobación científica. Según los adeptos de la ciencia, nada es verdadero hasta que se ha comprobado objetivamente. Y yo, que nada quiero creer desde que la mirada secreta me lleva de la mano, y que sólo quiero vivir de lo que la mirada ve, me pregunto si existe la objetividad. Porque yo no la encuentro en ningún lugar.

Lo que los sentidos perciben está mediatizado por los instrumentos que tengo. Los instrumentos son idiosincrásicos. Aunque tu y yo hayamos decidido que esto es una mesa, yo no sé lo que tú percibes, no sé si es lo mismo que lo que yo percibo. Aunque hayamos decidido que este sonido es un do mayor, yo no sé si lo que tu oyes es lo mismo que lo que yo oigo. Y así. Además, los instrumentos en sí también están en constante cambio y si no, pregúntaselo a mis ojos que ya no ven como veían.

Por otro lado, aquello que percibo está cambiando a cada segundo. La luz, los átomos que componen lo que percibo, el movimiento en el tiempo -el envejecimiento, …- , todos los factores que componen el objeto de mi percepción, están cambiando.

Además cuando percibo un objeto, nunca lo percibo aisladamente, sino que

mi mente procesa el objeto y su contexto, inseparablemente.

Sin que yo me dé cuenta, la inteligencia de la vida hace que yo perciba siempre a nivel relacional. Y eso también influye en la percepción de este yo particular, de esta sociedad particular, etc. Esto quiere decir que yo no sería este “yo” que creo ser si me separara del contexto. Por no ser, no sería ni un ser humano. Tanto que creo ser algo separado….

La mirada me jalea para que siga mirando. Uy, me quejo un poco, porque yo de neurología, de física, de ciencias no sé nada… Es igual, dice la mirada, tú sigue mirando. El ver es el ámbito de la sabiduría, dice la mirada traviesa…

Bueno. Pues entonces, tal como parece, la realidad, la realidad como tal,

lo real no está en lo que la mente percibe,

no está en lo que los sentidos perciben. Además, si estuviera en lo que los sentidos perciben, si yo percibo la realidad, ¿dónde quedaría yo? ¿quedaría fuera de la realidad? No puede ser. Ese “yo” tiene que formar parte de la realidad de alguna manera…

Esto a lo que yo llamo “realidad” es una realidad subjetiva. Parece que cuando nos ponemos de acuerdo en llamarla X, entonces se convierte en una realidad objetiva, pero si lo miramos bien, es solo un acuerdo. Entonces,

¡estamos llamando “realidad” a un acuerdo!

Por eso los sabios dicen que lo que nosotros llamamos realidad es una ilusión. No porque la realidad no sea real, sino porque estamos superponiendo a la realidad verdadera nuestros acuerdos humanos.

¡Ahora lo comprendo!

Ver lo relativo como relativo: ver que a lo que hasta ahora había llamado “realidad” es algo relativo a mis sentidos, a mi mente y a los acuerdos que he asumido.

No dar a lo relativo el valor de lo Absoluto: Vivir esta realidad relativa como tal, sin pretender que esa Es la Realidad Real :)

Quizá este sea un buen camino para descubrir la verdad.

¡Feliz Ahora!

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Los discos rallados

Sólo reconociéndote esclavo, podrás liberarte.

La mirada secreta

Había una vez un hombre que vino a la consulta atribulado y avergonzado por una voz mental constante que no paraba de repetírle lo poca cosa que era, lo deficiente que era su trabajo creativo… Cuando llegó a la consulta, él se creía que lo que esta voz mental le decía, era verdad. De hecho, no se había dado cuenta de que la voz mental y él eran dos entidades separadas. Se había vivido en simbiosis perfecta con esa voz mental… Así que empezamos a investigar y a descubrir. A los pocos meses, el hombre veía con claridad que la voz iba por un lado y él por otro. Descubrió que él no podía hacer que la voz de su mente dijera cosas que le agradaran más de sí mismo, pero sí que podía no dar crédito a esa voz. Y cuando descubrió eso, se liberó de la influencia que la voz mental ejercía en él. Y así se fue de la consulta. Siguió su camino y nada supe de él hasta pasados un par de años… Un día me llamó y nos volvimos a ver. Venía sonriendo, aplomado. Su abrazo era un abrazo de iguales. Se sentó y me contó: “Estoy muy contento. El trabajo me va muy bien.¿Sabes? hace unas semanas ¡recibí un premio por mi trabajo!” Que alegría. Le felicité con mucho amor. Me sentía muy feliz por él. Pero no había venido a decirme que había recibido un premio, sino algo mucho más importante… “La cuestión -prosiguió sin dejar de sonreír- es que para entregarnos los premios, prepararon una cena de gala. Cómo te puedes imaginar, me preparé un discursito de agradecimiento para el momento en que dijeran mi nombre y saliera a recoger el premio. Bueno, pues llegó el momento y yo todo ufano subo a la tarima a recogerlo y en el instante en que voy a soltar el discurso, ¡apareció la voz mental diciéndome que aún con mil premios seguía sin valer nada! Me puse a reír delante de todos. ¿Cómo era posible que incluso en esas circunstancias la voz no cambiara de disco? Y sin pensármelo dos veces, expliqué a todos exactamente lo que me había pasado, esa voz que desde muy joven me había atormentado, la liberación que viví cuando me di cuenta de que la voz no era yo, y su tozudez para hacerme creer lo que estaba claro que ¡sólo pensaba ella de mí! Si vieras como se rieron todos. Vi con toda claridad que ¡no soy el único ser humano que tiene este tipo de voces en su cabeza!”

No sé si te has dado cuenta de que la relación que tienes “contigo” está basada en esa voz mental que te dice cómo eres y cómo tendrías que ser, que te juzga sin parar -para bien o para mal-, que te premia, que te castiga, que te dice lo que tienes que hacer y lo que no tienes que hacer, que te suele etiquetar con cuatro o cinco etiquetas que se van repitiendo sin cesar, “eres tonto”, “eres el mejor”, “mira que eres parado”, “perezoso”, “inútil”, “eres encantadora”, etc.

La relación que se supone que tienes “contigo” es la relación entre esta voz mental y tú.

Y es esa voz mental la que te permite sentirte bien contigo o no. Así de fuerte…

Pero miremos como funciona esta voz mental. ¿Tiene algún propósito? La verdad es que no. Funciona exactamente igual que las maquinas tragadiscos de los años 70, las jukebox, en las que introducías una monedita, apretabas -entonces no se decía “clickar” sino “apretar” :)- una letra y un número y se ponía el disco que querías, siempre el mismo disco, ¿las recuerdas? Pues la voz mental es exactamente así. Cuando eras pequeño, los discos se grabaron según tus experiencias y demás. Y desde entonces, siempre que las circunstancias son, por ejemplo, H-3, sale el disco “Tú no vales nada”. Si las circunstancias son G-9, sale el disco “Otra vez la has fastidiado”. Si son D-6, sale el hit “No hay nadie tan bueno como tú”. Y así.

Cada uno de nosotros tiene su discografía particular. De eso no cabe duda. La Mirada Secreta nos señala que:

La voz mental no eres tú.

Si fueras tú, escogerías siempre discos maravillosos porque está claro que por querer, quieres ser feliz…;

Tú eres antes que la voz mental.

Cuando naciste, no tenías ninguno de esos discos, pero tu ya eras tú. Por lo tanto, esta voz se sobrepone artificialmente a tu identidad;

La voz mental no tiene nada que ver contigo sino con las circunstancias que rodearon tu infancia.

Si hubieras vivido otras circunstancias de pequeño, tendrías otra discografía;

Si observas, te darás cuenta que la voz mental es repetitiva y nunca nueva.

Los discos son siempre los mismos, son realmente discos rallados;

Quien realmente manda eres tú y no la voz mental.

Puedes escoger no escuchar los discos que saltan automáticamente.

Y finalmente,

tu no puedes tener una relación contigo mismo porque no te puedes dividir en dos

por lo tanto todo lo que te dice la máquina no tiene nada que ver contigo.

Date cuenta de que esa voz que te juzga, te acosa, te manda, te esclaviza (es indiferente que sea un buen amo o un tirano) es sólo una máquina automática y atrévete a ser libre.

Eso es lo que te desea la Mirada Secreta, aunque aún no hayan llegado las fiestas.

¡FELIZ AHORA!

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La historia de Qu

“Yo Soy Eso”

Sri Nisargadatta Maharaj

“Me llaman Qu. No sé quien soy. No sé qué soy. Me dicen que soy un ser humano y que he nacido para hacer muchas cosas. Y hago muchas cosas, pero yo me siento vacío.
No me veo igual que mis supuestos congéneres. No tengo cabeza ni espalda. Sólo tengo una fina capa frontal visible a este mundo conocido. Esta fina capa frontal es lo que los demás parecen conocer de mi. Sin embargo, detrás de la fina capa frontal, hay una invisibilidad infinita y desconocida, una nada vacía mucho más real que esta piel llena de pelos, protuberancias y agujeros al infinito.
No conozco a nada ni a nadie como yo.
En la capa frontal me reconozco a mis compañeros de especie. En la invisibilidad me reconozco al cielo inmenso de una noche sin luna.
Me pesa más la angustia de este vacío que nunca se mueve y que está siempre presente, que la piel que hace cosas.
No comprendo nada. No comprendo nada. Por favor, necesito ayuda”

 

Esta es la carta que un día Qu escribió y luego lanzó al cosmos en un dron de última generación.

Y dio la casualidad -o no-, de que aquel mismo día la mirada secreta estuviera dando una vueltecita por el cosmos, mirando con su sonrisa hecha de silencio y, sorpresivamente, se pegara a su ojo el papel que contenía la llamada de socorro de Qu.

La mirada leyó la misiva y un rayito de esperanza refulgió en su rabillo. Ella sabe que

cuando llegamos a darnos cuenta de que no comprendemos nada, puede por fin empezar un camino verdadero a la Verdad.

Así que ni corta ni perezosa, la mirada secreta que todo lo puede en el mundo de la inspiración, creó un espejo límpido y mágico para que Qu pudiera verse en él y así re-conocerse como quien realmente era.

Cuando lo hubo construido, voló rauda al espacio infinito y vacío de Qu (que es el único lugar al que la mirada puede acceder) y colocó allí el espejo y esperó…

Tuvo la mirada que esperar algunos años hasta que un buen día Qu dejó de mirar el mundo desde su barrera de piel finita y se puso a mirar aquel vacío que tanto le dolía y tanto desconocía. Y ¿sabéis lo que encontró allí? Si. Encontró el espejo.

Y cómo por primera vez, en vez de mirarse de afuera a adentro, se miró de dentro a más adentro se vio “invertido”: ya no era una capa fina frontal con un espacio infinito detrás, sino que era un espacio infinito con una capa finita detrás. Qu se quedó estupefacto. Por primera vez vio lo que era. Qu era un CUENCO.

¡Dios! ¿Cómo podía haber estado tan ciego? Ahora todo cobraba sentido por primera vez. Ahora entendía su supuesta doble forma. Ahora veía cual tenía que ser su camino.

Mientras, la mirada secreta bailaba un baile de luz invisible trazando miles y miles de tirabuzones de agradecimiento por lo desvelado.

Ahora Qu sabe que es un cuenco. Sabe que su vacío necesita de una FUENTE que lo llene. Sabe que la FUENTE es real, porque sino él no sería un cuenco. Y se pasa la mayor parte del tiempo caminando hacia la fuente, esta vez de dentro a más adentro.

Y un día, Qu descubrirá que eso que él llama vacío invisible y desconocido es la propia FUENTE. Descubrirá que el cuenco nunca estuvo vacío y verá que el verterse de la Fuente es gracias a cómo es él. Y verá que cuando el cuenco lleva lo que la Fuente vertió en él, él mismo es Fuente…

¡Feliz, ahora, Qu! ¡Feliz Ahora!

 

 

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LOS MALES DEL MUNDO

IMG_2545“La noche nunca será algo real para el sol”

La Mirada Secreta

Cuando mis hijos eran adolescentes, dormían mucho. La sociedad me había enseñado que los adolescentes son unos vago, pero no encajaba. Entonces me planteé si eso era verdad…Recordé que yo también tenía mucho sueño cuando era adolescente. Yo y todos mis hermanos, amigos y conocidos de esas edades. Vi que los bebés también duermen mucho. Y a nadie se les ocurre tacharles de perezosos. Vi que en la adolescencia se producen unos cambios corporales enormes en muy poco tiempo –muy parecido a lo que le ocurre al bebé, ¿verdad?-. Y aún sin conocer pruebas científicas, concluí que los adolescentes duermen mucho porque lo necesitan por todos los procesos corporales que están viviendo.

Ese cambio de comprensión tuvo sus consecuencias. De hecho, fue una gran fortuna para mis hijos, porque nadie les obligó a levantarse pronto los fines de semana :) y, a pesar de los miedos, nunca se quedaron durmiendo en la cama en los días de estudio y trabajo. De hecho, nunca se les tuvo que despertar pues ellos asumían esa responsabilidad. Ningún rastro de pereza…

Eso es lo que puede ocurrir cuando cambiamos la comprensión. Eso es lo que la mirada secreta nos va regalando una y otra vez cuando estamos abiertos a una nueva manera de ver, cuando somos capaces de dejar de creer nada y estamos dispuestos a descubrir, simplemente mirando por primera vez.

Y eso es lo que me enseñó un día la mirada, cuando los males del mundo se me venían encima…

La mirada secreta empezó contundente, como suele…

Todos nuestros males surgen de una sensación de carencia.

Todos los “pecados” como la codicia, la envidia, los celos, nos sobrevienen porque pensamos que nos falta algo que tienen los demás, porque sentimos que nos falta algo para ser felices, porque creemos que teniendo lo que no tenemos seremos más respetados, más amados, más valorados y lo necesitamos porque no nos sentimos lo suficientemente respetados, amados o valorados…

Lo mismos ocurre con todas las emociones negativas –la angustia, la tristeza, el miedo, el aburrimiento-. En todas esas emociones, el denominador común es la sensación de carencia, de incompletitud, de pérdida… La angustia surge de no conocer, de no controlar. La tristeza de sentir que hemos perdido algo. El miedo de no saber qué hacer frente a algo que vivimos como una amenaza. El aburrimiento de no tener motivación. Siempre son emociones que reclaman “algo” que supuestamente no tenemos.

Pues bien. Si todos los males surgen de una sensación de carencia, -continuó la mirada-, ¿por qué no nos planteamos la propia sensación de carencia en vez de intentar arreglar nuestros males y por ende, los del mundo?

Investigando esta sensación de carencia, podría ser que la tuviéramos por que quien creemos ser, no somos. Y

quien creemos ser no  nos puede satisfacer nunca por ser una idea falsa.

Y por eso, siempre estamos con esta permanente sensación de que nos falta algo, nuestra verdadera identidad.

¡Madre mía! Si eso fuera así, como dice la mirada, podría darse que si todos nuestros esfuerzos no fueran dirigidos a arreglar esas “oscuridades” sino que fueran dirigidos a descubrir quienes somos, quizás la sensación de carencia desaparecería y con ello, desaparecerían todos los males del mundo…

La mirada secreta no me deja ver esto como una utopía, sino como ¡nuestra única salida! ¡Mil gracias, mirada!

Es una manera de ver diferente. Vamos bien :)

¡Feliz Ahora!

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La persona y la libertad

“Sólo existe elección en la mente que duda”

J. Krishnamurti

 

 

La persona nunca será libre. Jamás.

¡Vaya manera de empezar hoy la mirada! Parece una visión bastante triste del ser humano. Sin embargo, la mirada sigue alegre y pizpireta, sonriéndome traviesamente. Algo esconde. Algo bonito… Voy a escuchar a la mirada secreta, a ver que me quiere enseñar…

Crees que eres libre -me empieza a explicar la mirada-, porque te parece que eres tu quién decide. Y crees que la libertad te la dá la posibilidad de elección: mientras puedes elegir, puedes ejercer tu libertad. Si así entiendes la libertad, entonces eres libre…

Es un hecho que son muchas las veces que podemos elegir. Pero si miramos más profundamente, ¿de dónde surge la decisión? ¿de dónde surge la inclinación por una opción u otra? ¿qué es lo que te mueve a hacer una cosa y no otra? ¿has escogido tu tener unos deseos y no otros? ¿tener unas preferencias y no otras? ¿tener unos gustos y no otros?

¿qué es lo que manda en tí?

Esas son preguntas que nunca nos planteamos. Damos por hecho que nosotros decidimos, pero nunca hemos mirado qué es lo que nos hace actuar de una manera y no de otra…

Mira bien. La persona suele actuar tal como le ordena la mente.

La mente pensante siempre se mueve bajo el paradigma causa-efecto: algo produce lo siguiente, que a su vez se convierte en causa de lo siguiente, etc. De hecho la mente se suele poner muy nerviosa cuando en algún momento no conoce la causa de algo que le importa, o no conoce los efectos que tendrá algo. Es cuando las personas hablan de no tener control. Pero en realidad, la persona nunca conoce completamente ni la causa ni los efectos de nada…

La mente pensante está programada como un ordenador:

  • Desde el nivel de los efectos, cuando la persona se encuentra frente a una causa “x”, surge una reacción. Cuando esto ocurre, la persona actúa reactivamente, “escoge reactivamente” o sea que en verdad no tiene elección. Y, según el condicionamiento de cada cual, solemos reaccionar siempre igual a la misma causa (me tocan aquí, me enfado; me tocan allí, quiero su amistad, etc).
  • Y siguiendo el paradigma causa-efecto mental, cuando la persona tiene la creencia de haber escogido, quiere decir que ha escogido un “efecto” y para eso, se coloca en el lugar de la causa y entonces actúa estratégica o manipulativamente para conseguir el efecto que quiere. En este caso, en el nivel de las causas, tanto su aparente decisión como su estrategia surgen de lo aprendido, de lo condicionado y por ello son siempre caminos repetitivos. Pero, si te fijas bien, aunque el camino sea repetitivo, los resultados no lo serán. Porque por mucho que seamos grandes estrategas o manipuladores, como ya hemos visto, todo es multicausal, y aunque nos esforcemos mucho, los resultados dependerán en un porcentaje muy pequeño de nuestras estrategias y el resto serán efecto de miles de otras causas -conocidas y desconocidas- (si no, todos sabríamos como ser ricos, como hacer para que un negocio funcionara bien, o una pareja o los hijos,…). Escogemos empujados por la moda, lo que nos han enseñado, los genes y tantísimos otros condicionantes y actuamos para conseguir los efectos deseados desde el mismo sitio programado…

Así, la persona que actúa mentalmente -casi todos, la mayor parte de nuestras vidas-, puede parecer libre a primera vista, pero sus millones de condicionamientos mentales están trabajando por ella y en lo profundo ella no está decidiendo nada.

Más la persona también puede actuar desde otro lugar, que no el mental. Eso sucede cuando se dá una acción o conducta que no es reacción a ninguna causa ni busca efecto alguno.Es una acción que simplemente ocurre y que la mente no controla, fuera del binomio causa-efecto. No es ni reactiva a nada, ni busca conseguir nada. Es en sí misma. A esa acción le podemos llamar espontánea.

Muchas son las veces que creemos estar siendo espontáneos, pero en realidad estamos actuando reactivamente.

La espontaneidad es sorpresiva tanto para la persona que actúa como para los que la ven actuar. No responde a nada ni nada busca.

Si fuéramos realmente libres, nunca decidiríamos nada. No sería nuestra mente programada la que mandara en nosotros.

Para ser realmente libres, hemos de descubrir que no somos este pequeño yo pensado que sólo vive en la mente.

La verdadera libertad empieza por liberarnos de quien creemos ser.

Si fuéramos realmente libres, actuaríamos espontáneamente, libres de condicionamientos. Y sólo entonces nuestra actuación sería sabia.

Por eso te digo que ninguna persona es libre ni lo será jamás. Lo único que puede ocurrir es que sea la Libertad actuando a través de la persona vacía del pequeño yo. Mientras haya una persona que cree estar decidiendo, mientras la persona esté llenita de su yo-pensado, continuará esclava sin saberlo.

¡Deja paso a la Libertad, que con Ella vienen la Alegría, la Sabiduria y la Paz!

¡Feliz Ahora!

 

 

 

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