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La primera liberación

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“Uno mismo es la carga; la verdad de ello radica en el verlo.”

J. Krishnamurti

” Y respondió Dios á Moisés: YO SOY EL QUE SOY”

Éxodo, 3:14

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No nos damos cuenta pero entre yo y el mundo está la idea que tengo de mi. Vivo todo a través de la idea que tengo de mi. Esta es una afirmación que vale la pena investigar, ¿verdad? Porque si fuera cierta, toda mi vida estaría condicionada, esclavizada a quien creo ser.

Vale. Investiguemos un poco, mirada secreta

De la misma manera que todo lo que el ojo ve no pertenece al ojo, yo no puedo conocerme. Todo lo que conozco de mi no soy yo y sin embargo, ese conjunto de ideas sobre mi es a lo que llamo falsamente “yo”. Podríamos decir que todos los “mi” son pensamientos, ideas que tratan de llenar la vívida e incuestionable sensación que tengo cuando digo “yo”. De la misma manera que  el ojo no puede verse a si mismo,  “yo”  no puede conocerse a si mismo tal como conoce cualquier otro objeto. No puede. Y como no puede,

al no saber quien es, se piensa alguien …

¿Lo ves?- me dice la mirada con su guiño ya familiar. Y sí. Veo. Veo que me paso la vida pensándome. Hasta ¡tengo una relación conmigo! ¿Cómo es eso posible? ¿Quién se relaciona con quién? Cuando digo “no me gusto” o “estoy en paz conmigo”, ¿quién dice de quién? ¿Quién soy? ¿Soy yo alguno de esos dos personajes que están relacionándose?

Ese conglomerado de ideas a menudo cambiantes, es lo que defiendo,  es en lo que invierto toda la vida: quiero mejorar, y es la idea de mi lo que quiero mejorar; quiero que me quieran y es a la idea de mi a la que quiero que quieran. Así con toooooodo. Y aún mas difícil, quiero mantener a toda costa el buen rollo conmigo mismo. Y en realidad lo que está pasando es que

creo ser quien pienso que soy

fruto de comparaciones, juicios, imágenes. Eso es. Construyo una imagen de mi mismo con lo que me han dicho y por comparación, para finalmente creer ser esa imagen. Igual que creo ser la imagen que veo en el espejo. Y como siempre, nunca lo hemos puesto en duda. Pero,

¿Soy una imagen? ¿O soy quien se da cuenta de esa imagen?

La imagen siempre es cambiante, tanto la pensada como la percibida en el espejo. Sin embargo tu eres tu. Esto es muy muy muy importante descubrirlo: mira como tu imagen cambia continuamente (hoy soy genial y mañana no valgo nada, hoy soy joven y mañana viejo, hoy soy inteligente y mañana no me entero de las cosas, hoy tengo una opinión y mañana otra, …). Pero todo eso te pasa a ti, a ese “yo” que ¡siempre es el mismo! Mientras no descubramos que aunque sabemos que somos, en verdad no sabemos quienes somos, viviremos una vida irreal.

Ahora -dice la mirada secreta imagina por un momento que dejas de pensarte. Imagina que no tienes ninguna idea de ti, ninguna. Entonces ¿qué pasaría?…

Cierro los ojos y me pongo a la tarea…

Lo primero que me viene es que si dejo de pensarme, si me vivo nada, todo se simplifica tanto que la alegría estalla. No tengo nada que demostrar, nada que defender, nada que conseguir. Soy simplicidad. Soy alegría.

Sigo mirando con tu ojo inocente, querida mirada…

Si dejo de creer que soy algo concreto, ¡puedo serlo todo! Puedo ser tu y tu y tu, a la vez que nada soy. No hay nadie que sea mejor o peor que yo. Nadie que sea más o menos digno de amor. No hay ningún atributo comparativo porque ¡no hay con quien comparar! Todo es acogido. En todos me veo…. ¡Uy! me parece que eso es el amor. Y solo siendo sin ser alguien, todo soy. Si dejo de ser algo concreto, soy amor.

Si no tengo una forma definida, entonces no tengo ninguna forma, ninguna frontera que me delimite. Si no tengo forma, soy infinitud, soy libertad. ¡Todo baila en mi!

Si abandono absolutamente todas y cada una de las ideas de mi, soy silencio que acoge todos los sonidos. Soy silencio pleno -la música callada, le llama nuestro querido Juan de la Cruz-, silencio en el que se escribe la melodía de la vida.

Si dejo de pensarme, si dejo de vivir-me, si elimino el “me” de esa palabra, solo queda “vivir”. soy el vivir que fluye.

…caen todas las resistencias, todos los muros. Cae el castillo entero. Nada hay que defender ni atacar. Si dejo de vivir pensándome, ¡cae por entero el mundo de lo psicológico y a la vez que cae, queda curado! Eso es. Todo los problemas parten de ese yo pensado… ¡Todos! Si dejo de vivir pensándome, soy paz

Ahora veo, mirada, que la liberación no es liberarme de aquellos que me hieren, de las circunstancias que no me dejan ser feliz, de los hechos pasados que me traumatizaron, de los desamores. ¡Y aún menos convertirme en un yo superior! La liberación, la primera liberación -¡oh, mirada secreta!- es la liberación del yo pensado. A partir de aquí se abre una luminosa vida nueva, nueva, nueva. ¿Me atreveré a investigar la ilusoriedad de mi viejo yo? ¿Me daré la oportunidad de abandonarlo? ¿Podré vivir sin pensar en mi?

Yo no soy el árbol, ni su reflejo en el agua. Yo soy la luz que los ilumina. Yo soy la mirada que ve, la mirada secreta que no puede ser vista por nadie y en la que en su Ver simple, amoroso, infinito, libre y lleno de paz, baila la vida.

¡Feliz Ahora!

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Del dolor al amor

IMG_7872Comprender es amar.

Consuelo Martín

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Durante muchos años, acompañé a personas en su última etapa de vida.  Las personas que en el momento de morir estaban lúcidas solían hablar de un sólo tema. En esos momentos, todo lo demás dejaba de existir. El trabajo, los logros conseguidos, el dinero y las posesiones no tenían ninguna importancia, aunque la persona hubiera vivido para ello. Todo dejaba de existir excepto una sola cosa: el AMOR. Era igual que la persona fuera joven o vieja, de un estrato socioeconómico u otro, fuera más o menos culta o fuera o no creyente. Su principal reflexión, aquello con lo que se iban de esta vida, se resumía en el amor que habían recibido y dejado de recibir y en el amor que habían dado y dejado de dar. Si el balance que sentían no era bueno, había dolor.

Había dolor si sentían que no habían recibido amor. Había dolor si sentían que no habían dado amor. Si habían recibido amor pero no lo habían dado, también había dolor. Pero si no habían recibido amor pero habían dado, había paz, una paz profunda. Estas eran las personas que morían en paz. Si estas personas también habían sido amadas, ¡la paz seguía siendo la misma! Lo importante, lo que marcaba la diferencia era el amor que ellas habían dado y dejado de dar. Sin yo darme cuenta, las personas que morían me enseñaron a vivir, me enseñaron que

lo más importante en la vida es el amor que damos.

Pero a veces es muy difícil amar. Es muy difícil amar especialmente a aquellas personas que creemos que nos han hecho daño, que creemos que nos hacen daño. Los buenos propósitos caen como castillos de naipes cuando nos sentimos maltratados.

¿Por qué? ¿Por qué no podemos amar también a los que nos insultan, manipulan, maltratan? ¿Qué es lo que nos impide amar?

Cuando en este mundo (el mundo interpretado), alguien nos hace daño, nos sentimos muy mal. Ese dolor no es un dolor ajustado al momento en el que se hace la herida, sino que es un dolor que dura y dura y dura. Es un dolor que sólo parece curarse si el “agresor” nos pide perdón. Entonces, parece que podemos soltar el dolor. Vamos, que alguien me hiere y ese alguien es quien va a tener también que reparar la herida y mientras yo sólo puedo llorar, odiar o hundirme. Pero ¿y si las cosas no fueran así de verdad? ¿y si lo que nos ocurre fuera algo que nunca antes habíamos visto?

Aquí está la mirada secreta, siempre alumbrando con su luz nueva, siempre dejando la mente calladita frente a la claridad de su presencia.

Dice la mirada que nuestra infelicidad por la estocada recibida nada tiene que ver con quien nos hirió. Nuestra infelicidad tiene que ver con que

al sentirnos heridos dejamos de amar.

¡Dios mío! ¡Nunca lo había visto así!

Nos sentimos mal, no porque nos hayan hecho daño sino porque dejamos de amar…

Vale, querida mirada. Lo veo. Veo que me siento mal si dejo de amar. Pero ¿por qué dejamos de amar?

Ayer corté unas rosas del jardín. Bellísimas, generosas, se entregaban a mi cesta. Andaba yo feliz. Y en estas, la más bella de todas, la que hace estallar el corazón con el increíble perfume de su esencia, al ser cortada me pinchó. Brotó la sangre. Cuidadosamente me llevé el dedo a la boca para, después que remitiera el dolor puntual, seguir creando el ramo de belleza, sin que el pinchazo hubiera alterado en nada la felicidad.

¿Por qué dejamos de amar a quien nos hiere?

Y la mirada secreta me habló con su lenguaje de silencio luminoso y me dijo:

– Mira cómo seguiste amando la rosa que te pinchó. ¿Por qué la seguiste amando?

Esta pregunta de la mirada fue suficiente para comprender.

Seguí amando a la rosa porque no la culpé del pinchazo. La rosa tiene pinchos y no puede evitar hacerte daño si la coges por los pinchos.

¡Eso es!

Todos somos como las rosas. Todos somos belleza y todos tenemos pinchos.

La belleza es nuestra esencia. Y los pinchos, nuestro yo psicológico. Esa es nuestra doble naturaleza.

Nadie es culpable de sus pinchos, de la misma forma que nadie es el creador de su belleza.

En el plano de los pinchos, vive el dolor. En el mundo de la esencia, vive el amor. Cuando siento el dolor de tu pinchazo, son mis pinchos doliéndose. En este mundo no hay amor. Cuando alguien nos pincha no puede hacer otra cosa. No es culpable de ello. Cuando alguien nos pincha, lo hemos cogido por los pinchos, estamos relacionándonos ambos desde nuestro yo psicológico. Y

sólo en el nivel psicológico podemos sentir dolor.

Nadie es culpable de ello. Como la rosa no es culpable de sus pinchos.

Si me doy cuenta de que la persona no es la culpable de mi dolor, entonces quizás la podré seguir amando. Y si la sigo amando podré seguir viviendo en paz y plenitud. Y si sigo viviendo en paz y plenitud, podré seguir dando al mundo lo mejor de mí, incluso a aquel que aparentemente me hirió o cuando sea yo quien hiera.

¡Feliz Ahora!

 

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Los discos rallados

Sólo reconociéndote esclavo, podrás liberarte.

La mirada secreta

Había una vez un hombre que vino a la consulta atribulado y avergonzado por una voz mental constante que no paraba de repetírle lo poca cosa que era, lo deficiente que era su trabajo creativo… Cuando llegó a la consulta, él se creía que lo que esta voz mental le decía, era verdad. De hecho, no se había dado cuenta de que la voz mental y él eran dos entidades separadas. Se había vivido en simbiosis perfecta con esa voz mental… Así que empezamos a investigar y a descubrir. A los pocos meses, el hombre veía con claridad que la voz iba por un lado y él por otro. Descubrió que él no podía hacer que la voz de su mente dijera cosas que le agradaran más de sí mismo, pero sí que podía no dar crédito a esa voz. Y cuando descubrió eso, se liberó de la influencia que la voz mental ejercía en él. Y así se fue de la consulta. Siguió su camino y nada supe de él hasta pasados un par de años… Un día me llamó y nos volvimos a ver. Venía sonriendo, aplomado. Su abrazo era un abrazo de iguales. Se sentó y me contó: “Estoy muy contento. El trabajo me va muy bien.¿Sabes? hace unas semanas ¡recibí un premio por mi trabajo!” Que alegría. Le felicité con mucho amor. Me sentía muy feliz por él. Pero no había venido a decirme que había recibido un premio, sino algo mucho más importante… “La cuestión -prosiguió sin dejar de sonreír- es que para entregarnos los premios, prepararon una cena de gala. Cómo te puedes imaginar, me preparé un discursito de agradecimiento para el momento en que dijeran mi nombre y saliera a recoger el premio. Bueno, pues llegó el momento y yo todo ufano subo a la tarima a recogerlo y en el instante en que voy a soltar el discurso, ¡apareció la voz mental diciéndome que aún con mil premios seguía sin valer nada! Me puse a reír delante de todos. ¿Cómo era posible que incluso en esas circunstancias la voz no cambiara de disco? Y sin pensármelo dos veces, expliqué a todos exactamente lo que me había pasado, esa voz que desde muy joven me había atormentado, la liberación que viví cuando me di cuenta de que la voz no era yo, y su tozudez para hacerme creer lo que estaba claro que ¡sólo pensaba ella de mí! Si vieras como se rieron todos. Vi con toda claridad que ¡no soy el único ser humano que tiene este tipo de voces en su cabeza!”

No sé si te has dado cuenta de que la relación que tienes “contigo” está basada en esa voz mental que te dice cómo eres y cómo tendrías que ser, que te juzga sin parar -para bien o para mal-, que te premia, que te castiga, que te dice lo que tienes que hacer y lo que no tienes que hacer, que te suele etiquetar con cuatro o cinco etiquetas que se van repitiendo sin cesar, “eres tonto”, “eres el mejor”, “mira que eres parado”, “perezoso”, “inútil”, “eres encantadora”, etc.

La relación que se supone que tienes “contigo” es la relación entre esta voz mental y tú.

Y es esa voz mental la que te permite sentirte bien contigo o no. Así de fuerte…

Pero miremos como funciona esta voz mental. ¿Tiene algún propósito? La verdad es que no. Funciona exactamente igual que las maquinas tragadiscos de los años 70, las jukebox, en las que introducías una monedita, apretabas -entonces no se decía “clickar” sino “apretar” :)- una letra y un número y se ponía el disco que querías, siempre el mismo disco, ¿las recuerdas? Pues la voz mental es exactamente así. Cuando eras pequeño, los discos se grabaron según tus experiencias y demás. Y desde entonces, siempre que las circunstancias son, por ejemplo, H-3, sale el disco “Tú no vales nada”. Si las circunstancias son G-9, sale el disco “Otra vez la has fastidiado”. Si son D-6, sale el hit “No hay nadie tan bueno como tú”. Y así.

Cada uno de nosotros tiene su discografía particular. De eso no cabe duda. La Mirada Secreta nos señala que:

La voz mental no eres tú.

Si fueras tú, escogerías siempre discos maravillosos porque está claro que por querer, quieres ser feliz…;

Tú eres antes que la voz mental.

Cuando naciste, no tenías ninguno de esos discos, pero tu ya eras tú. Por lo tanto, esta voz se sobrepone artificialmente a tu identidad;

La voz mental no tiene nada que ver contigo sino con las circunstancias que rodearon tu infancia.

Si hubieras vivido otras circunstancias de pequeño, tendrías otra discografía;

Si observas, te darás cuenta que la voz mental es repetitiva y nunca nueva.

Los discos son siempre los mismos, son realmente discos rallados;

Quien realmente manda eres tú y no la voz mental.

Puedes escoger no escuchar los discos que saltan automáticamente.

Y finalmente,

tu no puedes tener una relación contigo mismo porque no te puedes dividir en dos

por lo tanto todo lo que te dice la máquina no tiene nada que ver contigo.

Date cuenta de que esa voz que te juzga, te acosa, te manda, te esclaviza (es indiferente que sea un buen amo o un tirano) es sólo una máquina automática y atrévete a ser libre.

Eso es lo que te desea la Mirada Secreta, aunque aún no hayan llegado las fiestas.

¡FELIZ AHORA!

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El milagro de la neutralidad y las tormentas del yo.

Allí donde vive la neutralidad, el amor no tiene contrario.

La mirada secreta

 

 

La neutralidad y el amor verdadero son inseparables.

La neutralidad, la santa indiferencia -como la llama una brillante alma de fuego-, es vivir las cosas como son, sin etiquetarlas.

Es Ver, sin juzgar.

Es Comprender por empatía, por compasión. Instantaneamente. Inspiradamente.

Porque todos los seres humanos deseamos la felicidad y el amor. Y si pudiéramos elegir,

si pudiéramos ir más allá de nuestros condicionamientos, jamás crearíamos sufrimiento, ni lo sentiríamos.

Desde la razón suena utópico (la razón, bandera preñada de juicios relativos -todos condicionados- que esgrime como absolutos…) Y es normal que así sea, dado que la neutralidad no vive en la casa de la razón.

La razón es a la neutralidad, lo que la noche y el día al sol.

Desde el yo psicológico, cargadito de carencias y miedos, frágil por irreal, identidad fantasma vivida como única realidad, la neutralidad incluso se puede vivir como un complejo de superioridad, o de distancia y poca implicación. Y es normal que así sea, porque la neutralidad no vive en la casa de ese pequeño “yo” que tan fieramente defendemos, incluso por encima de los que más queremos.

Desde el espacio infinito de la neutralidad, nada se vive autorreferenciado.

Nunca nadie te hace nada. Igual que cae el aguacero sobre mi, caen los chaparrones de mis congéneres sobre mi y eso nada tiene que ver conmigo. Y de la misma manera, siguiendo las mismas leyes, a veces es este pequeño yo el que llueve sobre otros.

Creemos que cuando nos llueven encima, tenemos el derecho de responder con lluvia, con granizo, con rayos, a veces con silencios que amenazan huracanes… Pero no es cierto. No tenemos ningún derecho. Solo ocurre que hacemos caso de nuestro pequeño yo, tan frágil, que siempre está pidiendo amor incondicional, aunque él jamás lo podrá dar, -porque el amor incondicional no vive aquí tampoco. Vive donde vive la neutralidad-. Desde este lugar inventado, exigimos que nos traten siempre bien y cuando somos nosotros que tratamos mal, hacemos una excursión a la casa de la razón y nos presta unos cuantos truenos que nos atrincheran en nuestro, aparentemente, ego herido.

Donde vive la neutralidad, en ese espacio infinito, las tormentas de los egos se ven, y no hay tu ni yo, son egos y los egos funcionan así. La neutralidad vive encima de las nubes, allí donde siempre luce el sol y el aire es transparente.

Descubramos donde vive la neutralidad, tanto si hay tormentas como si no.

Dejemos de vender y defender un “yo” que no es más que un compendio de creencias condicionadas.

Dejemos de llenarnos de razones que sólo fomentan el sufrimiento.

¡Y que ningún clima emocional nos aparte del camino!

Feliz Ahora

*foto cedida por ikibcn.com 

 

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SOBRE EL AMOR

la foto“Quien nos quiere bien, no sabe por qué nos quiere.

Y quien nos quiere por algo, no nos quiere”

La  mirada secreta

 

Veo que hay personas de buena voluntad que dicen que con desear vivir desde el amor, el mundo se arreglaría.

Pero ¿por qué aún deseando ser felices, hay muchísimas personas que no tienen este anhelo de vivir desde el amor?

Las personas a veces aman a quienes consideran suyos y a los que no consideran suyos, no los aman. Entonces, el amor se confunde con la posesión.

Otras veces aman hasta que el otro no hace lo que ellos quieren, hasta que el otro no colma sus necesidades. Entonces el amor se confunde con la fuente de la satisfacción.

Otras veces aman mientras son amados. Cuando dejan de ser amados, dejan de amar. Entonces el amor se confunde con la renta afectiva.

Finalmente, hay muchas personas que simplemente no desean vivir desde el amor aún queriendo ser felices, como todos. Prefieren el poder, el dinero, el prestigio, porque creen que así serán más amados.

En todos los casos, aunque por fuera no lo parezca, lo que nos mueve a todos es el amor.

Estando al lado de muchas personas al final de su vida, aprendí algo muy importante: es muy probable que a la hora de morir, nos vayamos de este mundo valorando únicamente el amor que hemos dado y dejado de dar y el amor que hemos recibido y dejado de recibir.

Pero aún y así, no sé si hay una sola persona en este mundo que por el hecho de desear vivir desde el amor haya amado a todos. Ni sé si hay una sola persona en este mundo que haya conseguido que le amen por lo que aparenta…

Algo falla aquí. ¿Realmente hemos de alzar la bandera de “vivir desde el amor” y tratar de convencer a todos que vivan desde el amor? ¿No se ha hecho ya? Los resultados no son muy favorables, ¿verdad?

La mirada secreta me enseña. Siempre neutra. Sin juzgar. Me enseña que

desde donde estamos colocados, simplemente no podemos vivir desde el amor.

Es una colocación que parte de una base equivocada: la separación entre yo y los demás. Al creer que estoy separado, ¿cómo voy a amar?

Si ni siquiera sé quien soy, ni de dónde surgen los pensamientos, ni el deseo que tengo; si me vivo en la carencia perpetua, ¿cómo voy a vivir desde el amor? ¿cómo tengo yo una voluntad propia cuando no soy libre porque no sé quién soy, no sé dónde vive la libertad ni sé dónde vive el amor?

Dar amor es dar algo que se supone que yo tengo. ¿Es eso el amor? ¿El amor es una posesión que yo tengo y que puedo repartir?

Y si fuera así, ¿dónde está la fuente de ese amor que se supone que tengo? ¿Hay un depósito que se va vaciando? ¿Cómo se vuelve a llenar?

Nadie ama al “yo-pensado” –lo que llaman “ego”- del otro. Eso es imposible, a pesar de que siempre estamos intentando mejorarlo porque creemos que así nos amaran más. Amamos sin conocer mentalmente, sin saber las razones porque no hay razones para amar. Cuando conocemos mentalmente aquello que amamos, cuando empezamos a definir al otro con nuestras ideas, eso se puede convertir en un obstáculo a nuestro amor.

El circuito del amor no pasa por la mente pensante. No vive en la mente pensante.

De hecho, si miramos bien veremos que sólo amamos cuando no estamos como ese yo pensado.

Sólo amamos cuando no está ese yo pensado ni está ese tu pensado.

Sólo podemos amar siendo Amor. Y ocurre a pesar nuestro, sin nuestra voluntad, sin nuestras buenas intenciones. Simplemente ocurre cuando no estamos viviendo desde ese yo que creemos ser.

Para vivir desde el amor, hemos de ser Amor. Y eso es incompatible con ser cualquier otra cosa.

¡Feliz Ahora!

* dedicado a SO, N, A y SU por la inspiración, la transparencia, la valentía y la alegría de descubrir…

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La guerra de los fantasmas

“Para saber lo que Ud. es, antes debe investigar y saber lo que no es.”

Sri Nisargadatta Maharaj

 

Yo creo que soy de una manera concreta: soy así y así y así y no soy asá ni asá ni asá.

Cuando digo que me conozco muy bien, en realidad lo que conozco son mis patrones de pensamiento/emoción/comportamiento repetitivos, o dicho de otra manera, mis reacciones y mis formas de manipular el entorno. Lo que conozco bien está todo circunscrito al mundo mental, al mundo psicológico. De hecho cuando actúo de una manera que no encaja con como creo ser, enseguida aviso: “yo no soy así”.

Sin embargo, yo no me puedo conocer muy bien en la espontaneidad, en la creatividad, en la intuición, en la inspiración… Porque eso cuando se dá, -que se dá, a pesar de la idea que tengo de mi-, siempre es nuevo y sorpresivo, igual que la vida es nueva a cada segundo aunque mi mente no me permita darme cuenta de ello. Y eso nuevo, desconocido, sorpresivo no lo introduzco en quien creo ser. Es como si no tuviera nada que ver conmigo. Y eso ocurre porque no encaja con quien creo ser, con lo archiconocido en mi, viejos patrones condicionados que funcionan automática y mecánicamente, y que nunca me sorprenden. Así que lo que conozco muy bien es un robot psicológico, el yo condicionado con el cual yo me he identificado.

Cuando los demás dicen que me conocen muy bien, ellos también conocen ese robot psicológico. De hecho, ¡nada más puede ser conocido!

Pero, ¿quién soy yo realmente? Eso yo no lo puedo conocer porque no puedo dividirme en dos: el yo que conoce al yo que se supone que soy…

Quien soy yo realmente, no lo puedo conocer, sólo puedo serlo.

Es por eso que ¡¡todo lo que creo ser, no soy!!

Quien soy yo, sólo puedo serlo plenamente cuando me libero de lo que no soy, de ese yo condicionado que fué formandose desde los primeros años, superponiéndose al yo que había nacido, modelado por las circunstancias externas, igual que un trozo de arcilla es modelado. Yo-arcilla me he confundido con yo-forma de arcilla. He creído que soy esa forma, cuando nunca he dejado de ser arcilla. Y ahora me vivo como la forma, conozco más o menos bien la forma y sin embargo soy arcilla y la forma que adopto sigue cambiando… La idea de mi es la idea de la forma. Ese es el primer fantasma.

Por otro lado, no sólo tengo una idea de quién soy yo, sino que tengo también una imagen de cómo debería ser. Ese es el segundo fantasma. Y no me he dado cuenta de que esa imagen también viene de lo condicionado, de lo que me han enseñado que es lo mejor, algo que va cambiando con las épocas.

La idea de cómo debería ser, es una moda social.

Por ejemplo, ahora está muy de moda ser emprendedor, independiente, tener opiniones propias muy marcadas, ser seguro de sí mismo. En la época de mis abuelos, lo que era maravilloso era ser cumplidor, estable, obediente y responsable. Ese ideal que tengo de mí mismo, que también viene del exterior como creencias que yo asumo sin revisar, está todo el día jugando dentro de mí con respecto a quien yo creo ser, a la idea que tengo de mí. Así que

hay una contínua lucha entre quien creo ser y cómo creo que debería ser.

Ninguno de los dos conceptos lo he construído yo. Ambos me han sido impuestos desde fuera y jamás se me ha ocurrido ponerlos en duda.

Y esa lucha se extiende a mi relación con el mundo entero:

la relación que yo tengo con el mundo, con las personas, es un reflejo directo de la relación que tengo conmigo mismo.

Con los demás es lo mismo: tengo una idea de como son y una idea de cómo deberían ser: los amigos, los hermanos, los padres, los hijos, los políticos, los países, las leyes, … Y esos son los miles de fantasmas hijos de los dos anteriores.

En esa lucha eterna, que está circunscrita en el mundo de las ideas y que no tiene nada que ver con la realidad, yo vivo.

Es la guerra de los fantasmas: del fantasma de lo que yo creo que es y el fantasma de lo que yo creo que debería ser. Fantasmas que no tienen ninguna realidad, ninguna consistencia. Sólo son ideas. Ideas que al darles verdad, me impiden ver la realidad tal como es. Ideas que ponen un filtro espeso delante de mi mirada y deforman completamente la visión, tanto que cuando un día ves sin filtro no puedes comprender como habías estado tan ciego.

A los fantasmas no se les puede manipular, no se les puede cambiar, no se les puede matar. No se puede luchar contra los fantasmas porque no tienen consistencia. Porque no son reales. He aquí su poder.

Y para acabar con los fantasmas, sólo tenemos un camino: ¡encender la luz!

Cuando se enciende la luz, los fantasmas desaparecen.

Y ¿qué quiere decir “encender la luz”?.

Encender la luz es darnos cuenta.

Ese es el camino: darnos cuenta. Darnos cuenta de que no somos quienes creemos ser, de que no tenemos que ser de otra manera porque ya somos de ninguna manera concreta. Que eso es sólo una idea que hemos comprado. Que todo lo que Es, ya Es. Que todo lo que existe es lo que es. Que las personas no son como son sino que son lo que son.

Que

yo no soy como soy, sino que soy lo que soy.

Y que en ese viaje de darme cuenta, los fantasmas desaparecen y con ellos, la guerra.

En ese viaje de darme cuenta de aquello que no es real, acaba la guerra y con el fín de la guerra, resurge la Paz.

¡FELIZ AHORA!

Especialmente a las mariposas :)

 

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La ilusión de la autoestima

“Cuando nos encontramos en la dirección correcta, lo único que debemos hacer es seguir caminando”

Proverbio budista

 

 

 

 

El otro día, en una reunión periódica de investigación directa sobre la verdad de los aspectos psicológicos, irrumpió la mirada secreta como una espada, como un rayo que cortó el aliento de más de uno.

Y como siempre, surgió en el momento más inesperado y todavía resuena lo descubierto, y todavía va aclarándose más y más, va haciéndose más nítido y más sorprendente lo vislumbrado…

Estábamos investigando en grupo sobre el yo psicológico, también llamado “ego”.

El ego es quien creo ser, la idea que tengo de mi.

Entre otras cosas, mirábamos como este “yo” anda siempre tratando de recibir la atención -mejor si es positiva- de los demás en forma de valoración, luchando por tener la razón, por ser respetado, por conseguir alguna muestra de amor, etc. Nos dimos cuenta de la cantidad de energía y tiempo que consumimos con este único propósito. Y, como suele suceder,

del propio darnos cuenta surgieron las preguntas que abrirían un nuevo paso en ese ir caminando por amor a la verdad

¿Cómo es que este “yo” necesita la constante aprobación y amor de los demás o, en el peor de los casos, conseguir por lo menos su atención, aunque sea a base de peleas o discusiones?

Algunos podríamos de inmediato ponernos a discutir sobre la validez de la propia pregunta: “Este no es mi caso. Yo no hago nada para conseguir la atención de los demás, ni la necesito”. Pero si somos honestos, nos daremos cuenta de qué si que nos pasa. Nos pasa a todos como, por ejemplo, cada vez que queremos imponer nuestra opinión, cada vez que buscamos que nos den la razón, cada vez que explicamos nuestras historias sobre lo que nos han hecho otros -tanto si nos colocamos en un lugar de víctima, como si explicamos como nos quieren o aprueban los otros-, cada vez que explicamos lo bien o lo fatal que hemos hecho algo, cada vez que juzgamos (a hermanos, padres, pareja, hijos, amigos, políticos, a la sociedad o al mundo…), cada vez que mostramos expresamente lo buenos que somos, lo valientes, lo tiernos, lo iluminados, lo malos, lo cobardes, lo poco amorosos, lo pasotas… que somos.

¿Por qué lo hacemos? ¿Qué buscamos con ello?

Ese día, mirando esta vez sin juzgarnos, vimos con claridad que

buscamos la atención de los demás porque así nos sentimos “alguien”.

Es como si la atención de los demás sobre nosotros nos permitiera vernos a nosotros mismos…

Y seguimos investigando. Entonces vimos que esa atención la buscábamos sobre todo en forma de amor.

Buscamos sentirnos apreciados, admirados, queridos. Sobre todo.

Así que por ahora veíamos que la atención de los demás, cuando más nos sirve y cuando más nos “engancha” es cuando nos ayuda a sentirnos “alguien querido“.

…Alguien…

querido…

Pero ¿por qué?

¿Por qué necesitamos que sean los demás que atestigüen que “yo” soy “alguien” y todavía mejor, “alguien querido”?

El aire de la sala se estaba electrizando. El corazón latía rápido. La alegría de un nuevo mirar hacía sonreír al silencio profundo…

Seguimos caminando juntos. Seguimos mirando. Y vimos que necesitamos ser “alguien” para los demás porque así nos “alguien” nosotros mismos. Y vimos que necesitamos sentirnos “queridos” por los demás para querernos a nosotros mismos…

Mmmmmmmm. Vale. Pero entonces, ¿por qué necesitamos ser alguien? ¿por qué necesitamos querernos? ¿acaso no somos YA alguien que se ama a sí mismo?

La mirada secreta estaba rondando, esperando un agujerito bien limpio en las nubes mentales para traspasar con toda su fuerza. Y lo encontró.

Una mirada inocente dijo sin pensar, como si cualquier cosa:

“Necesitamos ser alguien y querernos porque no nos creemos”.

¡Sí! ¡Claro! ¡Eso es!

Si esto que llamo “yo” es una idea, una creencia, ¡no tengo realidad propia! Solo soy un cúmulo de historias y recuerdos, de células en continuo cambio, un lote de atributos nacidos de la comparación constante. Este “yo” que creo ser, es un mero espejismo. Y por eso ando tan afanosamente buscando que alguien me diga que soy real…

¿Puedo amar ese cúmulo de ideas/recuerdos/creencias que llamo “yo”? ¿Acaso no hay una sensación de “yo” mucho mas profunda en mi que nada tiene que ver con esa amalgama mental? No puedo amar lo que vivo superficialmente como “yo”, un “yo” que me gusta más o menos, con el que convivo mejor si los demás lo aprecian, un “yo” tan cambiante como el tiempo…

No puedo amar el yo psicológico porque no es real, es sólo una proyección. Por eso busco desesperadamente que sean los otros, los que me permitan “amarme”…

Y entonces, todo este tema tan de moda de la autoestima, ¿dónde queda? Queda en nada.

La autoestima es una ilusión de la ignorancia, de no saber quien soy.

Descubramos que no somos ese personaje poliédrico que da tanto trabajo a psicólogos y terapeutas ;)

Descubramos que los demás tampoco son esos personajes pensados por nosotros.

Descubramos que la verdad está más allá de cualquier pensamiento,

y que el amor está más allá de cualquier objeto.

El otro día, la mirada secreta surgió como un rayo. Los corazones y las mentes vacíos de verdad, vacíos de respuestas. Los ojos silenciosos y muy abiertos. Caminando. Puro agradecimiento.

¡Feliz Ahora!

dedicado a todos los que andan caminando…

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El maná del cielo

El sonido es la forma del silencio. El silencio es, antes del sonido.

El movimiento es la forma de la quietud. La quietud es, antes del movimiento.

La mirada secreta

 

Sigue lloviendo. El piar primaveral de los pajaritos ha cesado temporalmente, dejando paso al sonido del viento y de la lluvia sobre la tierra…

Tanto el viento como la lluvia son en sí silencio. El sonido aparece cuando contactan con algún objeto, un contacto de fricción, de choque… El sonido surge desde el silencio y desaparece en el silencio… Me gusta llamar al viento “el sonido del silencio”….

Y lo mismo ocurre con la conciencia que es quien experimenta todo lo vivido en mi. Es silencio hasta que contacta con algún objeto -una percepción sensorial, un pensamiento/emoción, una inspiración-. Me gusta llamar a la conciencia “el espacio silencioso”, el infinito espacio silencioso en el que aparecen y desaparecen las estrellas de lo vivido…

Cuando llueve, la tierra y con ella el corazón de los hombres, se cubre de un halo de expectación, se respira sin hacer ruido, se entra en quietud, se reposan las actividades, a la expectativa de algo que se intuye y no se sabe qué es. Si estamos bien abiertos, podemos llegar a sentir el movimiento de la creación de nueva vida…

Lo seres humanos, tan a menudo pensadores mecánicos, confundimos la quietud con la tristeza, con la muerte. En los días de lluvia, muchos sienten un peso melancólico en su pecho, incluso sienten aburrimiento… Realmente confundimos la quietud con la muerte figurada. Por eso no nos gusta estar quietos. Por eso andamos entretenidos en cualquier actividad, hasta la que reconocemos más tonta (un jueguecito del móvil, un mísero programa televisivo…) antes de quedarnos quietos. No queremos morir.

Pero ¿quién quiere moverse y hacer ruido incesantemente? ¿es acaso ese “espacio silencioso”? ¿es la conciencia que soy, quien se da cuenta, la que quiere moverse y hacer un ruido incesante? ¿o es mi mente agitada?

Si miramos bien, directamente, sin interpretar, veremos que quien se da cuenta en mi está siempre quieto, siempre silencioso, porque si no fuera así, no podría darse cuenta… Mientras que los pensamientos/emociones son los que no quieren quedarse quietos ni silenciarse. Porque realmente implicaría su muerte, su desaparición temporal. Por eso no quieren parar.

La mirada secreta ve con infinita compasión la confusión del hombre. E insta con cariño y tenacidad a que volvamos la vista hacia la naturaleza, limpia ésta de interpretaciones mentales y de miedos, para poder reaprender aquello que es urgente que aprendamos…

Es en la quietud y en el silencio en donde se gesta la nueva vida, la vida auténtica, espontánea, inspirada, sabia.

La tierra se aquieta y calla mientras la lluvia -el verdadero maná del cielo, su alimento esencial, su fuente de vida- la va empapando.

Cuando la mente se aquieta y calla, instalando la atención de uno en la conciencia, en el “espacio silencioso” en el que brotan para luego desaparecer todos y cada uno de los pensamientos/emociones, el verdadero maná del cielo, el alimento esencial del hombre, su fuente de vida, le va empapando.

Busca el silencio y la quietud, deja que ella te cubra con un dulce halo de expectación de aquello que intuyes y no sabes qué es…

¡Feliz Ahora!

P.D. La mirada secreta, siempre compasiva, dedica su inspiración de hoy a aquellos que sufren tratando de vencer el ego (el yo psicológico) con la razón…

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¿Espejo o lámpara?

Hay dos maneras de difundir la luz. Ser la lámpara que la emite o el espejo que la refleja.”

Lin Yutang

escritor y filólogo chino

Entre tu y el mundo hay un espejo.

La mirada secreta sigue descubriendo las mismas leyes que se aplican a la física en lo psicológico…

Dicen los físicos: “Normalmente la reflexión y la refracción se producen de forma simultánea. Cuando incide una onda sobre la superficie de separación entre dos medios, los puntos de esa superficie actúan como focos secundarios, que transmite la vibración en todas las direcciones y forman frentes de onda reflejados y refractados. La energía y la intensidad de la onda incidente se reparte entre ambos procesos (reflexión y refracción) en una determinada proporción.”

Si reformulamos el párrafo anterior desde un punto de vista psicológico diríamos: Normalmente la reflexión de uno consigo mismo y la refracción hacia la otra persona o el mundo, se producen de forma simultánea. Cuando incide una mirada sobre la superficie de creencias que separan a uno del resto del mundo, las creencias de esa superficie actúan como focos secundarios, que transmite la vibración en todas las direcciones y forman frentes de ideas reflejados y refractados. La energía y la intensidad de la idea incidente se reparte entre ambos procesos (reflexión y refracción) en una determinada proporción.


Hasta ahora no lo habías visto.

Cuando amabas, creías que eras tú quien amaba a una persona concreta digna de tu amor.

Cuando rechazabas, creías que eras tú quien rechazaba una persona concreta digna de tu rechazo.

Cuanto querías creías que era digno de tu deseo. Cuanto despreciabas, creías que era digno de tu desprecio.

No sabías que entre tu y el mundo hay un espejo. Y que dicho espejo forma imágenes reflejadas y refractadas tanto de tí como del mundo.

La relación que tienes contigo y con el mundo depende directamente de este espejo de creencias.

Un muro de creencias, de ideas que desvía la realidad y la transforma en una imagen más o menos distorsionada. Una superficie de separación hecha de ideas condicionadas sobre quien eres tu y quien es el otro.

Por eso, cuando amas o cuando rechazas a alguien, no eres tu quien ama ni quien rechaza. Es la idea que tienes de ti, construida por comportamientos condicionados, que ama o rechaza según los mismos parámetros que utilizas para enjuiciarte a ti mismo. Y quien es depositario de este “amor” o “rechazo” también es una idea que tienes de esa persona, y no la persona en sí.

Uff! La mirada secreta de nuevo me hace ver que:

Si fuéramos lo que somos, libres de ideas, nada habría fuera del amor y nada sería rechazable.

Entre tu y el mundo hay un espejo.

El mundo no está frente a tí. Está detrás tuyo. Es el espejo lo que está frente a tí y es el espejo el que te separa de la realidad del mundo. Un espejo que te separa de la realidad de ti mismo.

¿Quién no ha experimentado el profundo gozo de relacionarse con alguien que aún no se ha creado una idea fija de él? ¿Quien no ha sentido la pura libertad de crearse de nuevo en un instante?

Soltemos el espejo. Démonos cuenta de que lo que nos muestra está distorsionado. Mirémonos directamente, sin creencias, con la mirada nueva, la mirada secreta que todo lo ve por vez primera. Aprendamos a relacionarnos con nosotros mismos sin encasillarnos en forma alguna. Y atravesemos quienes creemos ser, liberando a los demás ¡simultáneamente!

¡Feliz Ahora!

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La tiranía de la mente II. El camino de vuelta

 

El mejor camino a la Felicidad es el que a cada persona le sea más fácil.

Ramana Maharshi

 

El otro día un amigo me explicaba sus vacaciones de navidad: “hacía mucho tiempo que deseábamos irnos a esquiar. Mi madre estaba bastante chafadita pero tampoco pedía nada. Tenía lo que necesitaba. Y eran tantas las ganas que teníamos de irnos. Llevábamos planeándolo tiempo con mucha ilusión. Y nos fuimos. Pero ¿sabes?, yo no lo pasé bien. No pude compartir la alegría de mi pareja, ni me sentía feliz. Yo pensaba que tenía remordimientos por haber dejado a mi madre. Pero era absurdo, porque sabía que mi madre estaría bien cuidada. No comprendía por qué no lo pasé bien esquiando. Pero ahora lo veo con total claridad: lo que en verdad quería era pasar la navidad con ella. Eso es lo que realmente me hubiera hecho feliz.”

Muchas veces aquello que deseamos, nosotros ya sabemos que no nos va a dar realmente la felicidad.

Como dice Adyashanti, todo la actividad de nuestra mente psicológica -que es lo mismo que lo que llamamos “ego”, o llamamos “yo”- se reduce a dos: intentar conseguir lo que quiero y luchar en contra de lo que no quiero.

La gran mayoría de los seres humanos estamos esclavizados por la mente psicológica y es por eso que si nos preguntaran en el momento de morir cómo ha sido nuestra vida, diríamos: “Bueno. He luchado por lo que quería y he luchado en contra de lo que no quería” Y ya está. No hemos hecho mucho más.

El meollo del asunto está en el querer: “yo quiero esto y no quiero esto otro”. Pero

¿te has planteado alguna vez quien eres? ¿qué es ese “yo”?

Si te lo planteas seriamente, verás que en realidad no sabes quién es ese “yo”. Y si no sé quien soy, ¿cómo voy a saber que es lo que me conviene?

En realidad, si en este mundo nuestro, hay algo que une a todos los seres humanos es el anhelo de felicidad, de paz, de alegría de vivir y de amor. Y eso es lo que andamos buscando en lo profundo, aunque por mil caminos, a veces equivocados.

Cuando me di cuenta de este anhelo universal, empecé a preguntarme porqué todos teníamos el mismo deseo de felicidad. Y la mirada secreta me mostró que eso ocurre porque la felicidad, la paz, la alegría, el amor son características de nuestra verdadera identidad -sólo hay que ver a los niños pequeños, antes de que les caiga el peso de la mente psicológica encima de su maravillosa y auténtica espontaneidad…

Nosotros podemos pedir a la vida, al universo, a Dios, que nos traiga alegría de vivir. Podemos pedir felicidad, amor, lucidez y energía, porque eso es lo que somos en esencia,

-de hecho, aunque no lo sepamos, estamos anhelando volver a nuestra verdadera identidad. Tenemos una sensación profunda de añoranza, de vacío de nosotros mismos, de nuestra autenticidad-

pero no podemos pedir cómo conseguirlo, porque nosotros no sabemos realmente ni quienes somos ni sabemos cuál es el camino hacia esa felicidad. Si acaso, pidamos luz para que se vislumbre ese camino. Pidamos que sea la mirada secreta quien nos muestre el camino en vez de creernos lo que nuestra pobre y mecánica mente psicológica nos dicta.

Y cómo decía el gran sabio, el camino adecuado es el que nos es más fácil. Justo lo contrario de lo que nos han enseñado. Porque lo que nos es más fácil interiormente es lo que nos hace sentir paz, alegría, felicidad… Si tiene que haber alguna manera de ir acertando el camino, tendrá que ver con hacer aquellas cosas que nos llenan de paz, que nos dan serena y profunda alegría, que nos hacen sentir llenos de amor, que nos hacen comprender. Y todo lo demás no es parte de nuestro camino.

¡Ese es el secreto de la afinación!

El verdadero camino es el que me va acercando a quien soy en verdad.

¡Feliz Ahora!

 

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