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Revelando

IMG_5571“Conoce sin pensamientos”

Sri Ramana Maharshi

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Revelar es la palabra que acompaña a la mirada secreta.
En fotografía, revelar significa hacer visible la imagen latente impresa en la placa,la película o el papel fotográfico. En filosofía y en el lenguaje común, revelar significa descubrir lo secreto. Y descubrir realmente quiere decir
des-cubrir, quitar aquello que cubre lo que ya es.
La mirada secreta no busca nada. No hace esfuerzos para conseguir algo en el futuro, lo que quiere decir que no tiene objetivo alguno. Sólo mira. Sin saber.
Y todo eso me lo cuenta la mirada porque quiero comprender con la mente. Si no, ¿cómo voy a comprender? Es lo que me han enseñado. Me han dicho que la mente es el órgano más poderoso que poseo. Me han dicho que reflexione, que sopese, que mire los pros y contras. Me han dicho que la inteligencia vive en la mente. En los pensamientos. Y yo, como siempre, no he dudado de lo que me han enseñado, a pesar de ver los problemas eternos del mundo, a pesar de ver que la mente no parece conducirnos a nada mejor en nuestra cualidad como seres humanos…
Cuando se despierta el amor por la Verdad, aún sin conocerla, la mente es la que quiere comprender. Y se esfuerza mucho. Y se crea muchos objetivos. Cree que tiene que conseguir no sé qué logros que le demuestren a esta pobre persona que algo comprende. Y todo eso lo único que crea es angustia.
Cuando la mente quiere comprender, surge la angustia.
¿Cómo no va a ser así si la pobre mente no tiene la capacidad de ver más allá de sus creencias? Es como pedirle al ojo que componga una sinfonía, o al oído que pinte un paisaje… La mente no está capacitada para descubrir la Verdad.
Si recuperamos el ejemplo del revelado de fotografías, sería como pedir a los pensamientos que fueran capaces de desvelar lo que oculta la placa. Y así es como ha salido la entrada de hoy de la mirada secreta.
La mirada me ha revelado cúal es el líquido en el que se ha de sumergir la blancura del no-saber para que poquito a poco vaya surgiendo la imagen que apunta a la Verdad…
¡El líquido revelador de la Verdad que ya Es, es el Silencio!
Cuando la mente queda en silencio, la Verdad se revela.
La mente no puede des-cubrir la Verdad. Pero, al dejar el Todo Desconocido reposar en el Silencio Revelador,  la mente la puede ver con el “ojo” de la mirada secreta.
¡Es a eso a lo que llamo revelación! ¡Cuánta belleza, dulce mirada!
Gracias gracias gracias
¡Feliz Ahora!
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Preguntas y respuestas

IMG_5400  “Entréme donde no supe;
      y quedéme no sabiendo,
        toda ciencia trascendiendo.”
Juan de la Cruz
Un día de quietud fresca y nítida, la Mirada Secreta y yo andábamos paseando y a nuestras narices llegó el aroma dulzón de un algo. Inmediatamente se formó una pregunta dentro de mí. ¿A qué era debido ese olor? La Mirada, siempre al acecho, me hizo ver cómo mi mente se ponía a hipotetizar sobre ese algo: “podría ser el olor de una alga extraña… no, no. Seamos realistas. Seguramente es el aroma que viene con la brisa del camping más cercano… Si. Sí. Es eso”. Y con este pensamiento tan racional y tan cabal di por sentada la respuesta al enigma y seguí el paseo tan felizmente.
¡Ah, la mirada! ¡Cuánto iba a enseñarme a raíz de este episodio!
Poquito a poco,a lo largo de muchos días, el canto susurrado de la Mirada Secreta encendió una nueva investigación sobre las preguntas y las respuestas en este corazón entregado… Ahí os dejo lo que por ahora ha ido cantando la dulce mirada.
Cuando se desvela una pregunta en nosotros, una pregunta profunda, de esas trascendentes que nos acucian -y que no parece que ni pensadores ni científicos de todos los tiempos hayan podido responder definitivamente-, casi siempre lo que hacemos es tratar de hallar una respuesta.
Pero, a una pregunta que está más allá de lo racional, tratamos de contestarla con la mente racional. ¿Es eso posible? No parece que lo haya sido hasta hoy. La mirada ve que cualquier respuesta siempre será dada por la mente racional, la mente condicionada y vieja. Y esa respuesta será una respuesta que en sí invalidará todas las demás respuestas, porque si no lo hiciera, ya no sería la verdadera. Pero lo cierto es que si me mueve el amor a la Verdad, la sinceridad me hará responder siempre con un “no sé”. Entonces, ¿es ese el camino de la Verdad? ¿Buscar respuestas?…
Tampoco nos planteamos si la pregunta es la adecuada, es la pregunta-clave. Y, súbitamente, veo que ¡nunca me he planteado de donde vienen las preguntas!
¿Alguna vez te has planteado de dónde surgen las preguntas?
En vez de hacer la investigación sobre la respuesta posible, la podría hacer sobre el origen de la pregunta…. la pregunta-origen, que sería aquella pregunta que nos coloca en un lugar de incertidumbre, de inquietud, de movimiento interno intenso que ya no tiene ninguna otra pregunta precediéndola. Y frente a esa pregunta honda, profunda, nos podemos quedar allí contemplando la pregunta, solo la pregunta y dejando que esa pregunta haga un camino en nosotros…
Pero lo que solemos hacer, incluso en los ámbitos más trascendentales del ser humano, es volcarnos directamente en buscar la respuesta. ¿Por qué? Porque
damos más importancia a la respuesta que a la pregunta.
Claro que preguntamos para obtener una respuesta. Nos creemos que la investigación es la que se hace después de la pregunta, es lo que puede seguir a la pregunta. Sin embargo la mirada que nada conoce y todo mira por primera vez, anda estos días preguntándose si la verdadera respuesta a las preguntas no estará encerrada en la propia pregunta, o ¡quizá sea previa a la pregunta!…
La pregunta es como el olor del pastel en el alféizar de la ventana, que se diluye, no se ve y llega a sitios muy lejanos hasta la nariz del buscador. Y el olor le guía hasta su Origen.
La respuesta a una pregunta profunda podría estar escondida en la misma pregunta. De alguna manera podemos quedarnos solo con la pregunta sin tratar de encontrar una respuesta en la mente. Empaparnos de la pregunta, saborear la pregunta en sí. Y en ese inundarnos en la pregunta, quizá descubramos -no verbalmente ni racionalmente-, la verdad que hay escondida dentro de la pregunta. Cuando yo me sumerjo en la pregunta encuentro ese aroma de lo Verdadero.
En el caso de las preguntas profundas,
la pregunta es la que contiene el propio tesoro,
como la ostra contiene la perla. La pregunta no se puede desechar, sino que cuando la pregunta florece en uno, se convierte en sí misma en la respuesta, en la perla. Y cuando vives plenamente la pregunta, la respuesta jamás es una respuesta cerrada que deja afuera cualquier otro tipo de respuestas, sino que es una respuesta abierta e infinita, en la que uno se sumerge y en la que no hay límites. Es una respuesta infinita, ilimitada. Es un encontrar dentro de la pregunta el aroma de la Verdad. Y la Verdad lo incluye todo, nada deja fuera.
En el Origen de la pregunta están todas las respuestas, con tal claridad que en el Origen ya no hay preguntas…
Y al Origen llegamos remontándonos pregunta a pregunta y no persiguiendo ninguna respuesta.
La mirada secreta me acucia a ver de dónde brota la pregunta. Y si surge de otra pregunta más fundamental, mirar de donde brota esa… Al final hay una pregunta que ya no sabemos de donde brota. Ese es el Origen. Allí sólo podemos estar en silencio. Allí no somos nosotros quienes hemos de buscar. Allí solo podemos ser encontrados.
Quizá no se trate de hallar una respuesta sino de ser hallado…
Sumerjamonos en el Origen de las preguntas y quedémonos Allí.
¡Feliz Ahora!
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Cuento II. El juego del escondite

“Dichosos vosotros, porque tenéis ojos que ven…”

Mt 13,16

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Era un paraje lleno de vida: árboles, insectos, hojas, montículos, verdes, ocres, olores, flores, colores, sonidos de animales escondidos. Allí estaba Dios con un niño, pasando el rato, divirtiéndose, viviendo. En éstas Dios le propuso al niño jugar al escondite, cosa que el niño aceptó de inmediato. Así que ni cortos ni perezosos, se dispusieron a ello. Pactaron que Dios se escondería y el niño, después de contar hasta 20 (no sabía contar más) le buscaría.

El niño se puso a contar de cara a un gigantesco árbol, con la carita entre las manos y los ojos cerrados: “1,…2,…3,…” Mientras Dios, que es mucho Dios, no se escondió detrás de una roca, ni debajo de la hojarasca, ni más allá de aquella hendidura -como todavía hoy muchos niños creen-, sino que en un dulce y azul estallido de Alegría, se fundió con Todo lo que allí había, impregnando hasta la más diminuta cosa de Su Esencia…

……y ¡20!”- finalizó el niño. “¡Voy a por Tí!”, dijo. Emocionado, se dispuso a buscar a Dios. Empezó buscándolo en los rincones más cercanos. Iba diciéndoLe lo cerquita que estaba de encontrarLe, mientras canturreaba, gritaba de improviso, se hacía el que ya-no-busca-más, silbaba, en fin, utilizaba mil tretas para ver si conseguía encontrárLe , o mejor todavía, coger a Dios de improviso. Pero, nada. Siguió buscándole más lejos, detrás de todas las cosas, debajo de todas las cosas, en todos los agujeros, allí donde algo puede ser escondido. Pasaba el tiempo, se agotaban las fuerzas y el niño no le encontraba.

Muchos otros niños había jugado con Dios al escondite antes que él, pero se habían cansado al no encontrarLe y habían dejado el juego. Con el tiempo, la mayoría de niños incluso se habían olvidado de que estaban jugando y habían dejado al pobre Dios escondido y no hallado. Pero este era un niño tozudo. A estas alturas del juego, empezaba a estar muy cansado y amenazaba a Dios con dejar de buscarLe. Al cabo de mucho rato empezó a decirLe que se rendía y que saliera de Su escondite. Pero ni con estas Dios dio señales de vida.

Ya se estaba haciendo de noche. El niño estaba agotado, enfadado y triste. Había pegado patadas a las piedras, había suplicado, había llorado. No Le había encontrado a pesar de que se había esforzado muchísimo en buscar. Podría haber vuelto a su vida como si nada hubiera pasado, pero no quería, o quizá no podía irse sin por lo menos entender qué tipo de juego era este que ni rindiéndose parecía acabar. Así que se dejó caer derrotado sobre la tierra húmeda. Con las mejillas sucias, el corazón vacío y la mente calladita, agotada ya de tanto pensar, se puso a remover la tierra con un palito.

En estas, vio una hormiga que acarreaba ufanamente un buen trozo de hoja sobre su cabeza. El niño se quedó extasiado frente a semejante proeza: -¡Oh! ¿Cómo puede un bichito tan chiquitín transportar una hoja que multiplica en diez su tamaño? ¿De dónde saca tanta fuerza? Es… es… ¡un milagro!- Y….¡zas! En este mismo instante la hormiga, la hojita que acarreaba y todo su alrededor se iluminó mágicamente de una luz dulce, dulce y azul, de una belleza inenarrable…. El niño, con los ojos abiertos como platos y el corazón a punto de salírsele del pecho de tan rápido que latía, se abrió la mirada y vio. Vio una abeja que mientras libaba el néctar de una flor preciosa iba acumulando en los pelillos de su cuerpo los gránulos de polen que después esparciría interminablemente por todas las flores, polinizándolas. -¿A quién se le puede haber ocurrido una idea tan fantástica? ¡Oh! ¡Esto ha de ser idea de un Genio!- Y…¡zas! La abeja, la flor y todo su alrededor se iluminó de nuevo con esa luz dulce, dulce y azul de belleza inenarrable… Y así es como el niño encontró a Dios. Fin.

niño

Durante mucho tiempo, después de haber tenido este sueño, pensé que el niño había podido ver porque se había quedado quieto, sin pretender encontrar nada, rendido y por ello se había creado en él el espacio vacío de “quereres y creeres” necesario para poder llegar a ver.

Había dejado de buscar a Dios en algún sitio, para encontrarlo en todo.

Había dejado de buscar y había aprendido a mirar.

Entonces no sabía que esto no era todo lo que el sueño quería mostrar a la Mirada. El fundamento esencial por el que el niño llegó a Ver fue descubierto por la Mirada mucho tiempo después, de forma inesperada y sorpresiva. Todavía hoy sigue derramando su fruto a ésta mirada mía. Y es que

el niño llegó a Ver porque Dios, además de desparramarse por todo, también se diluyó en él.

¿Comprendes Ahora?

¡Feliz!

P.D. Por cierto, cuando el niño creció se convirtió en un indio rastreador :)

ILUSTRACIONESWilfred  –  creativewilfred@gmail.com

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La prisión del alma

¿Por qué permaneces en la cárcel cuando la puerta está abierta de par en par?

Rumi

Muchas veces, el alma no sabe que vive en una cárcel. Su habitáculo es, para ella, el universo entero y, con sus mas y sus menos, le gusta. A veces, cuando un revés de la vida gira su cabeza, ve las puertas abiertas pero no siente la necesidad de salir.

Otras veces, el alma tampoco sabe que vive en un cárcel. Pero esta vez, la cárcel no le gusta. Se siente atrapada. Su corazón estrujado se pregunta perplejo si esto es todo lo que hay. Algunas veces también ve las puertas abiertas, más al no saber que vive en una prisión, no se le ocurre salir. Ve la salida sin verla…

En ambas circunstancias,

el alma no sabe que el sufrimiento que está sintiendo sólo habita en medio de estas paredes…

¡Pobre alma que no sabe que no sabe!

Otras veces, el alma siente su aprisionamiento. Se debate -a veces furiosamente y otras estremeciéndose sutilmente- entre un sinfín de cadenas imaginadas que le mantienen aprisionada y no le dejan salir de su encierro a pesar de tener las puertas abiertas frente a ella, casi eternamente. Cadenas de no-puedos, cadenas de miedos -a perder lo que tengo, a perderme, a lo desconocido, a la muerte,… (¿a mayor miedo, mayor intuición?)-, cadenas inventadas, cadenas intuidas, cadenas, cadenas.

Y el alma que no sabe y se pregunta. Se pregunta y busca respuestas. Y algunas respuestas parecen calmar su sed de libertad, pero el alivio dura sólo unos segundos. Y se sigue preguntando, envuelta de cadenas, frente a la puerta abierta.

Trabaja duramente para entender su aprisionamiento. Para hallar una salida. Para liberarse.

A veces, ve las puertas abiertas. Están frente a ella. Pero no cree que sea tan sencillo. “¡Ésta no puede ser la salida! ¡No puede haber estado frente a mi todo este tiempo! ¡La salida es mucho más complicada!” piensa el alma.

No puede aceptar que tanto sufrimiento, tan pesadas cadenas le permitan llegar al umbral siquiera

y sigue su periplo en busca de una salida acorde a su sufrimiento…

¡Pobre alma que sabe que no sabe!

Y otras veces, -pocas de hecho-, al alma descubre la cárcel, las puertas abiertas, las cadenas imaginadas, el sufrimiento que vive allí y sin debatirse, se duerme al sueño. Sabe que no es ella quien ha de cruzar las puertas.

Y también sabe de la embriaguez de cárceles, puertas, cadenas y sufrimientos.

Y como aquel que duerme la borrachera esperando despejarse, se deja

…dándose cuenta de que los sueños, sueños son (como dijo aquel que la inspiración atravesó).

Y quizá llegue a darse cuenta que ella misma es producto ebrio de sueño. Quizá…

Y ahí está el alma que sabe que no sabe y que ¡nunca sabrá que sabe!

La mirada secreta hoy deja esta cárcel patas arriba.

Y en su infinita compasión, susurra un silbo de aires amorosos (como diría Juan):

-Shshshshshshs, todo está bien…

-El gran entretenimiento son los pensamientos y la gran cárcel es creernos que son nuestros. Si no vemos, no vemos por eso-

… me dice entre sueños.

Y surge una sonrisa de paz.

El sueño sigue, apaciblemente.

Vacío de mí.

Dentro, fuera, es lo mismo. Lo que vivo fuera es donde estoy dentro.

¡Feliz Ahora!

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El camino y el caminante

IMG_3445 “Cada cual es camino de sí mismo.”

Javier Melloni. Sed de Ser

 

 

El caminante viaja…

…El camino no va a ningún sitio.

El caminante quiere, desea y se esfuerza…

…El camino no tiene ninguna voluntad ni intención. Es lo que es.

El caminante, por mucho que se esfuerce, sólo puede vivir un tramo del camino a la vez…

…En el camino conviven simultáneamente el principio, el durante y el fin, sin comenzar ni acabar en si mismo.

El caminante no crea el camino…

…El camino crea al caminante y lo sostiene.

El caminante no sería caminante si no hubiera camino…

…El camino siempre es, tanto si hay caminante como si no.

Al caminante le afecta el camino…

…El camino no es afectado por caminante alguno.

El caminante viene y va…

…El camino es quietud. En sí transcurre el caminante pero el camino no se mueve.

 

El camino siempre es camino.

No va ni viene a sitio alguno.

El camino no se mueve.

Y sin embargo, rezuma paz y belleza.

Al camino le es indiferente cuantos pasen por su senda.

¡Camino, no hay caminante para ti!

(aunque Tú eso ya lo sabías…)

 

Quien soy es Camino.

Quien creo ser, caminante.

 

¡Feliz Ahora!

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LOS MALES DEL MUNDO

IMG_2545“La noche nunca será algo real para el sol”

La Mirada Secreta

Cuando mis hijos eran adolescentes, dormían mucho. La sociedad me había enseñado que los adolescentes son unos vago, pero no encajaba. Entonces me planteé si eso era verdad…Recordé que yo también tenía mucho sueño cuando era adolescente. Yo y todos mis hermanos, amigos y conocidos de esas edades. Vi que los bebés también duermen mucho. Y a nadie se les ocurre tacharles de perezosos. Vi que en la adolescencia se producen unos cambios corporales enormes en muy poco tiempo –muy parecido a lo que le ocurre al bebé, ¿verdad?-. Y aún sin conocer pruebas científicas, concluí que los adolescentes duermen mucho porque lo necesitan por todos los procesos corporales que están viviendo.

Ese cambio de comprensión tuvo sus consecuencias. De hecho, fue una gran fortuna para mis hijos, porque nadie les obligó a levantarse pronto los fines de semana :) y, a pesar de los miedos, nunca se quedaron durmiendo en la cama en los días de estudio y trabajo. De hecho, nunca se les tuvo que despertar pues ellos asumían esa responsabilidad. Ningún rastro de pereza…

Eso es lo que puede ocurrir cuando cambiamos la comprensión. Eso es lo que la mirada secreta nos va regalando una y otra vez cuando estamos abiertos a una nueva manera de ver, cuando somos capaces de dejar de creer nada y estamos dispuestos a descubrir, simplemente mirando por primera vez.

Y eso es lo que me enseñó un día la mirada, cuando los males del mundo se me venían encima…

La mirada secreta empezó contundente, como suele…

Todos nuestros males surgen de una sensación de carencia.

Todos los “pecados” como la codicia, la envidia, los celos, nos sobrevienen porque pensamos que nos falta algo que tienen los demás, porque sentimos que nos falta algo para ser felices, porque creemos que teniendo lo que no tenemos seremos más respetados, más amados, más valorados y lo necesitamos porque no nos sentimos lo suficientemente respetados, amados o valorados…

Lo mismos ocurre con todas las emociones negativas –la angustia, la tristeza, el miedo, el aburrimiento-. En todas esas emociones, el denominador común es la sensación de carencia, de incompletitud, de pérdida… La angustia surge de no conocer, de no controlar. La tristeza de sentir que hemos perdido algo. El miedo de no saber qué hacer frente a algo que vivimos como una amenaza. El aburrimiento de no tener motivación. Siempre son emociones que reclaman “algo” que supuestamente no tenemos.

Pues bien. Si todos los males surgen de una sensación de carencia, -continuó la mirada-, ¿por qué no nos planteamos la propia sensación de carencia en vez de intentar arreglar nuestros males y por ende, los del mundo?

Investigando esta sensación de carencia, podría ser que la tuviéramos por que quien creemos ser, no somos. Y

quien creemos ser no  nos puede satisfacer nunca por ser una idea falsa.

Y por eso, siempre estamos con esta permanente sensación de que nos falta algo, nuestra verdadera identidad.

¡Madre mía! Si eso fuera así, como dice la mirada, podría darse que si todos nuestros esfuerzos no fueran dirigidos a arreglar esas “oscuridades” sino que fueran dirigidos a descubrir quienes somos, quizás la sensación de carencia desaparecería y con ello, desaparecerían todos los males del mundo…

La mirada secreta no me deja ver esto como una utopía, sino como ¡nuestra única salida! ¡Mil gracias, mirada!

Es una manera de ver diferente. Vamos bien :)

¡Feliz Ahora!

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El tren de la Experiencia

“Todas las formas son percibidas por el ojo. El ojo es percibido por la mente; y la mente a su vez, es un objeto percibido. En definitiva, “el testigo” es el que realmente percibe, y no es percibido por nadie.”

Drig-Drisya-Viveka de Šankara

Una vez leí algo sobre la conciencia-testigo. El libro hablaba de que, además de los pensamientos y percepciones, hay en nosotros un darse cuenta de esos pensamientos y percepciones, un testigo que observa sin juzgar, siempre presente. El libro también decía que ese “testigo” era inmóvil e inmutable… Y tal cual lo leí, tal cual lo olvidé… Por lo menos, aparentemente.

Al cabo de mucho mucho tiempo, me encontré yendo en tren. Estaba en esa alegría serena que me suele acompañar cada vez que suelto las riendas de mi vida y es otro quien me lleva (un tren, una persona, la Inteligencia…). Mi mirada flotaba sin punto fijo a través de la ventana, viendo pasar todo sin ver nada. Los tenues rayos de sol atravesaban el espacio, bien definidos e intangibles y en ellos las partículas que pueblan lo aparentemente vacío, bailaban reflejando mil colores como si de una danza de diamantes minúsculos se tratara. Ni un sólo pensamiento enturbiaba la expresión de la vida.

Y en estas, refulgente como uno de esos rayos de sol, atravesó mi mente la comprensión de la dulce mirada secreta. Sin buscarlo. Sin esperarlo:

Aunque estaba viajando, ¡yo estaba inmóvil! Aunque me desplazaba a gran velocidad, ¡yo me bañaba en la más profunda quietud! Y el anhelo de comprensión, libre de supuestas obviedades y respuestas nunca comprobadas, se dio cuenta. Vio con el ojo de la mirada secreta que así sucedía con esa conciencia-testigo inmóvil e inmutable de la que había leído hacía tanto tiempo y que no había comprendido.

Y así quiere la mirada compartir con todos esa comprensión que dio fruto mucho tiempo después de ser sembrada, como suele pasar…

…Imaginad la situación. Váis en un tren que se desplaza a toda velocidad, miráis por la ventana el mundo exterior que pasa sin dejar huella. Y vosotros ¡no os mováis! Estáis en silencio y en quietud y todo acontece fuera de vosotros…

Ahora imaginad que el tren es la persona que creéis ser: vuestro cuerpo y mente.

Imaginad que el paisaje es el mundo exterior al cuerpo/mente.

E imaginad que el pasajero que va en ese tren, es la conciencia, es aquello que se da cuenta de todo lo que ocurre pero no se ve afectado por ello.

La conciencia inmóvil y siempre-la-misma, tiene el cuerpo/mente para vivir el viaje de la vida. Los sentidos del cuerpo/mente son las ventanas sin marco que permiten a la conciencia acceder al mundo exterior.

El pasajero, no es ni el tren ni el paisaje. El pasajero no va a ningún sitio. Es el tren que se mueve a través del paisaje. Es el paisaje que se mueve frente a los ojos del pasajero.

La conciencia-testigo (el pasajero) no es ni el cuerpo/mente (el tren) ni el mundo exterior (el paisaje)

La conciencia-testigo no es ni el perceptor (la mente) ni las percepciones. De hecho

el perceptor y las percepciones son ambos objetos de la conciencia.

Aunque aparentemente el pasajero se desplaza en el tren de un lugar a otro del mundo exterior, realmente el pasajero no se mueve de su asiento

Así la conciencia que soy es inmóvil. Todo se desplaza en constante cambio de vida, mientras

la conciencia resta inmóvil.

De la misma manera que cambia continuamente el paisaje que se observa desde las ventanas, e incluso pueden cambiar las condiciones físicas, medioambientales del propio tren, el pasajero se mantiene inmutable, siendo testigo de esos cambios externos al tren e internos al tren sin que por ello le afecten.

Lo mismo sucede con la conciencia que soy. Cambian los sucesos fuera del cuerpo/mente, y cambian aspectos y condiciones del propio cuerpo-mente, y yo atestiguo esos cambios más la conciencia que soy es inmutable e imperturbable a esos cambios.

La conciencia ve sin verse afectada.

Recuerdo que estaba viajando a través de los Monegros. Y la Inteligencia de la Vida no quiso que saltara del tren en marcha para que este cuerpo no se hiciera daño. Pero os aseguro que ni el tren ni el paisaje podían sostener la explosión de conciencia que en ese instante se dió.

¡Feliz Ahora!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El pequeño gran obstáculo

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“No hay inconveniente en implicarse en las acciones que nos sobrevienen de modo natural. La esclavitud consiste en creer que somos los hacedores de esas acciones y apegarnos a sus frutos o resultados.”

Sri Ramana Maharshi

A veces me gusta colorear.
Nunca se me había dado muy bien. Mi pulso no era muy bueno y mi coordinación mente-ojo-mano tampoco. Había tratado de mejorarlo a base de paciencia y buena voluntad. No me rendía. Quería colorear sin salirme de la raya, sin hacer manchones. Quería plasmar belleza y perfección. Veía la facilidad con que otros coloreaban y sentía frustración. De hecho, era tanto el esfuerzo que ponía en hacerlo bien, que no podía colorear mucho rato.
Bueno, pues el otro día estaba coloreando
en ese estado de paz que da el no pretender nada, el no querer demostrar nada, el no desear ningún resultado.
Tan en paz estaba, que ni este pequeño “yo” estaba. Así que no había ni un “mi”, ni un “me”, ni un querer ni un sentir. Por no haber, ni esfuerzo había…
Y en este estado, vi la mano sujetando fácilmente el lápiz de color, vi los movimientos precisos que la mano hacía, vi cómo se iba rellenando el dibujo con el color y cómo la silueta negra era un muro que el lápiz no franqueaba ni milimétricamente…
La mano, el brazo, el ojo, el lápiz, el papel, el dibujo, eran todos un conjunto armonioso de expresión de vida. Y
yo era quien veía. No había nadie haciendo nada.
Todo sucedía sin que hubiera ningún “yo” voluntarioso haciendo nada. ¡Qué milagro más extraño y sorprendente!
La mirada secreta se reía alegre como el río de las montañas en primavera -a la mirada secreta le encantan los milagros…
-Esto es lo que te quería enseñar- me dijo.
-Cuando se deja de dar realidad al pequeño “yo” (ese quien crees ser que no es más que un potaje de ideas y creencias), ocurre que se deja de poner obstáculos a la Inteligencia de la Vida y las cualidades de esta persona, las dotes de su cuerpo, de su mente y de su corazón brillan en su máximo esplendor.
-Fíjate bien- continuó la mirada– observa como funciona la naturaleza, como funciona el cosmos. Fíjate con qué equilibrio, belleza e inteligencia se despliegan. Y ahora observa al ser humano… ¿ves que diferente? Eso es porque el pequeño “yo” de cada persona está metiéndose en todo, en las tareas del cuerpo, de la mente y del corazón. Sus deseos, rechazos, querencias, sus agravios, juicios, su voluntad,… están queriendo mandar en todo.
-Mira cómo en cuanto dejaste que la persona fuera quien pintara, aquello que tanto querías, sucedió.
El único obstáculo para que se exprese la Inteligencia que somos, es el pequeño e inventado “yo”
    -¡Madre mía! Entonces, si esto ocurre coloreando un dibujo, ¿qué pasará con todo lo demás si este “yo” se retira?-
-Eso no te lo puedo decir. De nada serviría. ESO LO HAS DE VER– contestó la mirada secreta
¡Feliz Ahora!
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El viento y la mirada

No es la cometa que vuela, es el viento.

Edgar Faure

 

 

Hoy sopla el viento y todo vibra con vida renovada.

¡Es tan misterioso!

Yo no sé de donde viene ni sé a donde va.

 

Lo mira la mirada sin pensarlo y lo ve bello, aún sabiendo que nunca lo he visto ni lo veré jamás.

Y su sonido, a veces musical y otras atronador…

 

¡Qué poderoso que es!

Puede acariciar un pétalo y puede destrozar todo lo que encuentra.

 

Cuando así lo quiere, el viento se cuela por las rendijas invisibles de la casa y todo lo que en ella encuentra, de ligero y de sutíl, se estremece a su contacto.

 

Lo inerme cobra vida, como si vida propia tuviera:

En el campo bailan las hierbas al compás de su paso y las ramas de los arboles se inclinan reverenciándolo. En el cielo viajan las nubes a caballo de su aliento. Y en la costa pare el viento oleajes y los más soberbios vuelos.

 

Si nada encontrara a su paso, si no contactara con nada, ¿sabría alguien quién es el viento?

Si nada encontrara a su paso no se vería, ni se oiría, ni su poder se conocería.

Si nada encontrara a su paso, del silencio no se diferenciaría.

 

Porque el viento es silencioso. Es silencio en movimiento. Invisible, transparente, poderoso. No tiene forma alguna, ni límites reconocibles. No tiene olor ni gusto propio. No puede tocarse ni atraparse.

Por eso las pobres mentes sólo pueden conocerlo por su efecto.

 

Y en el viento, la mirada secreta ve.

Ve lo que intuye de Aquello

que se cuela por las rendijas invisibles de su pupila y todo lo que allí encuentra de ligero y de sutíl, lo hace vibrar en secreto.

Y en secreto vibra, respondiendo, la mirada enamorada.

Y cuando nada encuentra, entonces en Su silencio

se disuelve la mirada.

 

¡Feliz Ahora!

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El aroma de lo verdadero

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  Mientras pensamos que sabemos, la verdad resta escondida.

La mirada secreta

En la India, los sabios llaman al discernimiento entre lo verdadero y lo falso, entre lo real y lo ilusorio, “la joya”. Algunos de nosotros, seres humanos, a la joya del discernimiento le llamamos “ver”. Aquí en este blog, sin razón aparente (buena señal:) el discernimiento se hace llamar “la mirada secreta”.

Este “ver” nada tiene en común con el pensar. De hecho, mientras estamos entretenidos pensando, no podemos “ver”, no tenemos abierto el ojo. ¿Acaso no nos ocurre ya cuando andamos ensimismados en nuestros pensamientos que más de una vez nos chocamos con algo o nos tropezamos porque los pensamientos nos distraen de lo que nos rodea? Así ocurre también con el “ver” directamente.

Los pensamientos hacen tanto ruido que no nos dejan ver.

Si “ver” es discernir lo verdadero de lo falso, descubrir lo real, ¿puede la mente pensante ser capaz de ello? La mente vive como real aquello que es interpretación, traducción de señales a través de los sentidos, recopilación de datos del pasado. Los pensamientos son “sofritos” de pensamientos anteriores. La mente mira y trata de encajar lo observado con los conceptos, teorías e ideas que ya tiene. Si no encaja en lo ya conocido, discute, replica, argumenta con el solo objetivo de encajarlo en lo que ya cree. No hay nada nuevo en la mente. Todo es viejo, repetitivo. La originalidad del pensamiento es una ilusión. No hay ni un sólo pensamiento original.

Lo original proviene de la inspiración, no del pensamiento.

La mente es como las vacas y otros animales –incluidos los llamados racionales, es muy muy cotilla. Quiere enterarse de todo. Y si no puede entender, se inventa la explicación y se queda tan contenta. La mente es una artista de la argumentación. Encuentra argumentos para todo. Incluso argumenta estando la persona dueña de esta mente (o más bien, esclava de esta mente) en contra de los argumentos que expone con tan grande vehemencia. El pensamiento está en el mundo de las ideas. Es siempre rebatible. Se puede poner en duda fácilmente. Sin embargo, la mente pensante siempre se cree en posesión de la verdad. Cree saber mucho. Confunde los conocimientos con la sabiduría: a más datos, más sabio. 

La mente se cree sabia. La mirada secreta nada sabe.

Cuando uno “ve” directamente, sin pensar, no hay sitio para la duda. Lo “visto” es evidente para quien ha visto. Desaparece la necesidad de argumentar, de discutir, de convencer a nadie.

La mente duda. La mirada cuando ve, ve pura evidencia.

La mente inventa. La mirada reencuentra lo que en el fondo ya intuía.

Sólo puedo descubrir cuando miro sin expectativas, sin ideas preconcebidas, cuando miro con inocencia. Por eso la inocencia es la madre de la verdad. Miro como si fuera la primera vez, abierto a cualquier mensaje que aquello me quiera enseñar. Miro y si nada veo, sigo mirando, en el silencio de lo viejo, de lo pensado, porque la verdad no es una idea. Los sabios utilizan indistintamente la palabra “verdad” y la palabra “realidad” para denotar lo mismo. Es lo mismo.

Lo verdadero coincide con lo real

Sólo se puede animar a que el otro “vea” por sí mismo. Así como puedo llegar a convencer al otro con mis argumentos, no puedo traspasar lo visto. Cada uno de nosotros tiene que ver por si mismo. El ver es experiencial. De la misma manera que yo no puedo comer por ti, o reirme por ti, tampoco puedo ver por ti. Y lo que se ha visto nos transforma por dentro, mientras que lo que pensamos, por mucho que lo creamos, no produce cambios en nosotros.

Solo lo visto es transformador

Cuando se está familiarizado con la mente de uno, los pensamientos que brotan de esa mente son predecibles. Podemos predecir qué pensará un amigo íntimo de esa película, qué opinión tendrá de los últimos acontecimientos e incluso qué consejos nos dará. En la mente pensante no hay novedad.

La visión siempre es sorpresiva, nos deja maravillados frente a una nueva realidad. Su aroma nuevo nos llena de alegría, ensancha nuestro corazón, limpia nuestra mente. Reconocemos el aroma de la verdad porque va acompañado de la sensación de que todo está bien, de que hay mucha luz por descubrir. Cuando vemos, sonreímos, entramos en paz con la vida, nos llenamos de confianza.  Porque

solo la verdad reconoce a la verdad.

Cuando queramos descubrir, abrámonos a lo desconocido.

¡Feliz Ahora!

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