Archivo de la categoría: vida

Lo más importante

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“Una vez salió un sembrador a sembrar.Y sucedió que, al sembrar, … Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento.»
Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga.»”

Marcos, 4: 3-4, 8-9

El otro día la más dulce de las almas explicaba cómo le absorbía el trabajo. Estaba muy cansada de tanto trabajar y no sabía cómo parar. Incluso no quería parar, porque cuando paraba le entraba la ansiedad. Casi con lágrimas en los ojos me explicaba que tanto trabajar no le dejaba disfrutar de la vida: ir a pasear por la naturaleza, tener espacios íntimos con su pareja… Me dijo que lo más importante para ella era la paz interior y que se sentía muy lejos de poderla conseguir.
Al rato vino otra bella alma de mirada inocente. Me contó lo mal que estaba con su esposa, todo el día peleándose. Me explicó lo mal que le trataba y las cosas feas que le decía. Claro, él estaba hecho polvo porque la quería y le dolía cómo ella actuaba…. Me dijo que lo más importante para él era el amor y que se sentía muy desgraciado por no poder vivirlo por culpa de ella.
Después se acerco una tercera alma, pura paz. Desprendía una serenidad amorosa que envolvía a uno en un manto de “todo está bien” maravilloso. Ella no venía a arreglar nada sino a compartir un rato. En vista de cómo había ido la mañana, le pregunté que era para ella lo más importante. Me dijo: vivir despierta. Después seguimos charlando y en un momento dado, la mirada secreta hizo su entrada (esta vez nada sutil, sino con un “aquí estoy” de zapateao flamenco). La mirada entró y vi sin pensar (que es la única manera de ver) el secreto de la amorosa serenidad que traía consigo este alma. Ella, a diferencia de las dos anteriores, estaba dedicando su vida por entero a lo que era lo más importante para ella. Así de simple.
La primera alma dulce que vino, aún siendo la paz interior lo más importante para ella, dedicaba su vida a huir de esa paz…
La segunda alma inocente, aún siendo el amor lo más importante para él, dedicaba su vida a reivindicarlo en vez de a serlo.
Es como si el ser humano quisiera cosechar fresas plantando cardos.
¡Así de locos estamos!
Descubramos lo más importante para cada uno de nosotros. Realmente lo más importante. Hagámoslo remontando nuestra respuesta con por qués, hasta que no hayan más preguntas. Por ejemplo, si nuestra respuesta es nuestros hijos, preguntémonos por qué son lo más importante…. Y quizás veamos que es por el amor que les tenemos. Entonces nos preguntamos si el amor es lo más importante para nosotros. Si contestamos que sí, preguntémonos por qué. Si ya no sabemos nuestra respuesta válida es el amor. O puede ser que respondamos porque es la expresión de la Unidad.En este caso lo más importante será la Unidad. Y así con cualquier respuesta que nos demos. Y una vez lo hallamos descubierto, dediquemos nuestra vida a ello. Cultivémoslo con toda nuestra capacidad. Y vivamos para ello.
Si así lo hacemos, ya no existirá la falta de sentido, ni la incoherencia ni la locura. Viviremos plenamente en esa felicidad que tiene el abuelito cuidando primorosamente su huerto, día a día, palada a palada.

Convirtamos nuestra vida en nuestra mayor y más profunda entrega a aquello que nos tiene robado el corazón.

Y ahora la mirada secreta ríe a carcajadas porque en mi alma se ha chivado de mi propio tesoro, que es Ella.
A veces la Vida nos sorprende destapando lo que siempre había estado delante y nunca habíamos visto antes.

¡Feliz Ahora!

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De la carencia a la plenitud

IMG_5885“Cuando reparas en algo, dejas de arrojarte al todo”

Juan de la Cruz

Estoy contemplando el nuevo día dejándome empapar a través de todos los sentidos de todo a la vez, sin centrar la atención en nada concreto. A la flores les viene a visitar la avispa e inseparablemente las hojas de los árboles se dejan llevar por la danza de la brisa a la vez que las nubes pasean por el cielo sempiterno. Es como una sinfonía que escucho sin separar una nota y otra. Si así lo hiciera, ¡no podría escuchar la sinfonía!

De las puntas de los dedos brotan palabras que no se sabe de donde vienen. Y así. No sobra nada. No falta nada. En estos tiempos la mirada secreta anda como por detrás, respetuosa, sin querer hacerse notar. La mente está a punto de implotar. El gran bang-big. Aún y así, es tan bello, tan bello este momento eterno, que dulcemente sube su presencia hasta el punto de ebullición y las manos se ponen a trabajar a su servicio de nuevo.

¡Han sido tantísimas las ocasiones en las que sentí que algo faltaba o algo sobraba en lo que fuera que estaba viviendo! De hecho, ha sido siempre así menos en contadísimas excepciones. En mi cabeza siempre había una voz que protestaba: ” Si, si. La comida está muy buena, pero es tan cara…” “Qué día más bonito, ojalá estuviera mi pareja aquí”. O directamente: “Esto es un asco. Por lo menos podría haber sido más amable” “Este sitio es horroroso, por lo menos podrían tenerlo más limpio” Ya ves. Toda la vida incompleta, por exceso o por defecto. Si tuviera que evaluar la vida le daría un insuficiente. Y esta sería la evaluación del sordo, del que pendiente de cada nota musical nunca oyó la sinfonía de la vida.

¿Por qué? ¿Cómo puedo ser feliz si siempre va a haber algo que falte o que sobre en este momento?. Los escasísimos momentos que recuerdo de  verdadera felicidad siempre han ido acompañados por una sensación de plenitud. Pero esta sensación de plenitud no viene de contar cada cosa y ver si falta o sobra algo en concreto. Si lo hubiera hecho así, si me hubiera fijado en cada cosa por separado, mi mente hubiera encontrado ese punto de insatisfacción. La mente es una verdadera especialista en fragmentar el momento en partes e inventar una parte que falta o que sobra, impidiendo la plenitud del momento. Para que aquello que vivo no esté completo, tengo que vivirlo a trocitos, solo así puedo sentir que falta algo pero, si acojo el momento como una unidad indivisible todo cambia porque

el momento siempre es pleno.

Para que falte algo, para que sobre algo, es necesario que esté mirando las partes. Pero la vida no se nos da a trocitos. Cada momento es lo que es, ni más ni menos. Si miro el todo de una vez, sin dividir el momento, todo es lo que hay. Plenamente.

Si miro el todo ¿qué puede haber fuera?

Lo demás es fragmentar la vida con la mente. Vivir trocitos de vida desconectados unos de otros. Que gran locura pensarlo así.

Para vivir la carencia he de mirar cada elemento. Sólo así podré rechazar unos y echar en falta otros.

Para vivir la plenitud he de mirar el todo.

¿Qué me susurras ahora mirada? ¡¡ES LO MISMO EN EL AMOR!!

Para vivir el amor personal, he de mirar a todos. Sólo así puedo rechazar a unos y echar en falta a otros

Para vivir el amor incondicional he de amar el todo.

Que gran dicha verlo así.

¡Ay mirada! Tu luz me inunda de amor.

¡Feliz, pleno AHORA!

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La escuela de la vida

IMG_5482 No es lo que yo hago con la vida. Es lo que la vida hace conmigo.

La mirada secreta

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aEstoy disfrutando de una tarde de sábado apacible. No hago nada. No pienso nada. Reina un dulce  silencio acompañado de la sinfonía de los troncos quemando en la chimenea. Y…¡zas! De repente, aparece en escena una de las menos cuestionadas creencias de nuestra época: “He nacido para aprender”. ¡Ah, la mirada! ¡Siempre dispuesta a enseñar cuando la mente se para!

¿Cuántos de nosotros creemos que la vida es como una escuela? Yo creía que había nacido para crecer, para aprender. Y esa creencia ha provocado que haya pasado todos estos años con el ansia insconsciente de que “algo” tenía que conseguir. Y al no saber ni lo que tengo que aprender, ni que querrá decir “crecer”, ni cuando se supone que lo habré aprendido, el ánimo se ha mantenido en suspenso ansioso, con un extraño y subterráneo miedo a fracasar, a no estar haciendo suficiente o haciéndolo bien.

Pero la mirada secreta, que nada cree y todo observa, ha querido meterse también en esta creencia casi intocable y bastante común de que nacemos para aprender. Y rauda y silenciosa penetra en mi oído y me susurra:

la evolución no la realiza el pequeño yo.

Claro que crecemos. Claro que aprendemos. Pero todo se da espontáneamente. No es gracias a mi esfuerzo, a mi buen hacer, a mi voluntad, a mi sacrificio, a mi mi mi mi mi………. De hecho, creer que la vida es una escuela, a la que hemos venido a aprender o a crecer nos coloca sin darnos cuenta, de espaldas a la vida. Nos separa de la vida. ¿Qué?- digo yo- ¿me separa de la vida?

-Mira la naturaleza -sigue susurrándome la mirada. Todos los seres hacen su camino, evolucionan porque la vida es precisamente ese movimiento. Ni el árbol, ni el pez han de plantearse cómo crecer. Por el hecho de estar vivos ya crecen, ya aprenden, ya evolucionan. Y estar vivos significa estar plenamente en el ahora -que es donde la vida vive-, con todos sus sentidos abiertos a lo que acontece en cada momento. Sin querer nada. Viviendo plenamente lo que hay. Así es como viven, aprenden, crecen, evolucionan. Porque

vida es sinónimo de evolución.

No hay en toda la naturaleza un objetivo de evolución individual separada del resto del universo. No hay ningún individuo que nazca para su propio beneficio. Si se da que el mono-cien* descubre algo nuevo, eso no es para mayor gloria del mono-cien sino para toda su especie, todo el planeta, todo el universo.

¿Por qué tendría que ser diferente en el ser humano? Quizá yo no he nacido para conseguir nada individualmente. Quizá no he nacido para mi propio beneficio. Quizá no tengo que hacer nada más que aquello que la vida me pone delante. Y vivirlo plenamente, con las capacidades que la evolución de mi especie, planeta y universo me han dado. Quizá de esta manera, dejándo que la naturaleza de mi humanidad haga espontáneamente, cumplo con el propósito para el que fuí creado. Quizá mi evolución pertenece a la vida, y no es “mi” evolución, sino la evolución de la especie humana, del planeta, del universo.

¡Qué alegría siento! ¡Que liberación!. Dejar que la vida haga en mi. Saberme parte de la evolución de mi especie y del universo entero. Dejar de ser este pequeño, raquítico y egocentrado “yo”, para ser la raza humana en su totalidad, la vida en su totalidad. ¿Cómo? Viviendo sin objetivo egoico alguno. Viviendo plenamente. Y vivir plenamente es, para cada uno de nosotros, diferente. Esa es la riqueza de la vida. Así es cómo se da la imparable evolución.

Así que la vida es una escuela. Pero yo no soy el alumno. El alumno, el profesor, los estudios y exámenes son la propia vida. Cada uno de los elementos es inseparable de los otros.

La vida es una escuela para sí misma.

Yo no me puedo separar de la vida.

Yo soy la vida.

¡Feliz Ahora!

*Es el caso de un mono que en un momento dado aprende a lavar una patata después de que todos rechazaran este alimento por estar sucio de tierra. Al poco tiempo los demás monos habían aprendido a lavar la patata para así podérsela comer. Que el mono aprendiera a lavar la patata no fué para su propia evolución sino para la evolución de él y todos, sin separación, en su totalidad.

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Lo sagrado en lo cotidiano

“La catedral de Dios es el universo entero”

La mirada secreta

 

Volvió el aventurero a casa. Y en su mochila llevaba regalos para todos los que quisiéramos acercarnos. Nos abrimos de par en par para poder abrazarle a él y a todo lo que él traía. Y poquito a poco, empezó a sacar los tesoros que en el camino había encontrado: una amistad que traspasa océanos; la simbiosis de la fuerza con la debilidad; la belleza inmaculada que brota de dentro y se posa en los parajes también vírgenes de la naturaleza; la generosidad mil veces retornada; la intuición como guía certero; el amor más puro arropando el terror más inimaginable; miles de pequeños animalitos alados trazando estelas interminables de luz sobre lo que un día fue un infierno; la alegría de vivir de los que saben que la vida es frágil… Mi corazón aún no ha digerido y anda buscando un lugar donde aposentar dulcemente las ofrendas del amado explorador.

Y entre todo lo que trajo, ahora, en soledad, en silencio, en medio de un concierto de trinos que da la bienvenida a un tímido sol después de una noche de tormentas, vuelve a mi un pequeño regalo que casi pasó desapercibido entre tantas profundidades: allá lejos, el hombre posa en cualquier sitio una bandejita con ofrendas para la vida, para los dioses. No importa donde posa su bandeja. No importa cuál es su ocupación, ni su condición, ni lo que le pasa o le deja de pasar. Dos, tres veces al día, se ocupa en ofrendar.

Ofrendar es honorar. Es agradecer. Es un acto de humildad. Es un reconocimiento a la Bondad oculta.

Ofrendar es no sentirme nunca en soledad. Es reconocerme en conexión con lo Desconocido. Es reconocer la Verdad que no se ve, pero que se siente.

Ofrendar es un acto de reconocimiento que traspasa lo racional. Ofrendar es pintar de belleza la cotidianidad. Es parar unos segundos para darme cuenta. Es saludar amable, reverencialmente Aquello que es Fuente de vida. Es mantener el hilo interior con lo más alto que habita en mi interior.

Ofrendar es dar cabida a algo más que este pequeño yo. Es expander este pequeño yo. Es pedir ayuda y protección por saberme pequeño.

Ofrendar es ofrecerse.

Ofrendar es mostrar alegría por el hecho de estar vivo. Es honrar la vida. Honrar la tierra. Honrar a los que murierion. Honrar a los que vendrán. Honrar a los que estamos. Ofrendar es honrar.

Y por ahí anda esa gente que en cualquier rincón, más de una vez al día, ofrece a Eso su pequeña bandeja llena de pequeños tesoros. Y en ese acto, mantiene despierta la sacralidad de la vida.

Así anda esa gente. Sonriendo. Confiada. Inocente. Bella. Alegre. Dulce. Amorosa.

Ellos no han perdido la unión con lo Desconocido. Ellos no han perdido la sacralidad de la vida. Ellos no han perdido el sentido de la vida.

Y así me lo muestra la mirada secreta:

La unión íntima con lo Desconocido, la sacralidad de la vida y el sentido de la vida son inseparables.

Gracias hijo mío, por traer de tan lejanas tierras semejante regalo.

Gracias mirada secreta por mostrarme la profundidad de su regalo.

Lo acojo y mi alma se viste con este tesoro:

Vivir la vida como una ofrenda a Eso. No hay vida más plena.

 

 

 

 

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¿Qué alimenta a qué?

“Tiene más sabiduría una flor que cualquier mente racional por muy inteligente que parezca”

La mirada secreta

 

 

 

Estoy en el silencio de la naturaleza y en el silencio del corazón. Paz fuera y paz dentro.

Frente a mí, una pequeña mesita -probablemente rescatada del abandono-, apoyada en un ventanal por el que se cuela el fresco de la mañana; el cristal algo roto, reparado con cinta adhesiva; la pintura del viejo marco de madera, desconchada. Me inunda la visión de los perfiles montañosos que abrigan la garganta por la que no se sabe qué pasa, si un río con agua o un recuerdo de lo que un río fuera. Descansa sobre la mesita un trozo de hule como mantel -porque aunque vieja y gastada, bien merece ser cuidada-. Y sobre esta, me espera el más que apetitoso desayuno, después de unas buenas horas de ayuno: tostadas hechas en el hornillo aliñadas con aceite y sal, un hermoso tomate y un buen tazón de leche.

Es extraño para la mente vieja, pero la realidad es que todo es bello, todo, en esta fresca mañana: la mesita, el cristal, el marco de madera, el hule, las montañas,, el fresquito, el hambre y también lo que no veo, lo que no siento, lo que no conozco, lo que no comprendo, …

En el silencio, miro. O mejor, mira eso que ve en mí. El desayuno que va a alimentar mi cuerpo está hecho de las mismas sustancias que este cuerpo -proteínas, aminoácidos, a saber…- El cuerpo es resultado de lo que le damos de comer. Cuando el cuerpo no come, va desapareciendo hasta morir… ¿en serio? ¿hasta morir?…

¡Ay, mirada! ¡En todo ves cuando libre te dejo! ¡En todo ves cuando muda me dejas!

Con qué claridad se hace la comprensión en mi mente callada.

El alimento que ingiero no está separado del cuerpo que alimento.

Ahora el tomate entra en el cuerpo, se transforma, se utiliza hasta su última célula. Tanto aquello que queda en el cuerpo, como aquello que excreta, continúan su periplo en contínuo cambio, para el máximo bien de la naturaleza.

Nada es deshechado, nunca. Nada hay inútil.

¿Y el cuerpo?

El cuerpo un día será alimento para otros animales, para la tierra, para el aire, para el futuro tomate. Así es. Como antes de nacer, todo lo que el cuerpo es continúa transformándose, en un periplo eterno de contínuo cambio.

…shshshshshshshs…por eso este cuerpo, -este “yo” identificado al cuerpo-, por eso este yo soy es también el tomate, el gusano, el árbol, todos los cuerpos que se apiñan en el metro en hora punta…. Por eso, como dicen poetas y científicos (extraña combinación) yo soy polvo de estrellas…. -susurra el Silencio al ojo despierto-.

Nada se pierde. Todo se aprovecha. Para el máximo bien de la vida eterna.

Por eso antes de comer, cuando el ojo está bien abierto, la conciencia de la verdadera comunión entre el alimento y el cuerpo se hace presente. Entonces, cualquier comida es un acto de gracias.

Eso es lo que esta mañana me ha dicho un tomate.

Cuando la mirada secreta ve, hasta un tomate habla.

¡Feliz Ahora!

 

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La rama y el Árbol

 

Había una vez una ramita muy ocupada en ser una buena rama. Para ello, se atareaba afanosamente en que sus hojas tuvieran una espesura lustrosa, de una calidad excelente. A menudo las otras ramas alababan la espesura de su follaje, y ella se sentía muy ufana y orgullosa de sí misma -¡bien sabía cuántísimo esfuerzo le había costado dar tan buena sombra!-. También se ocupaba lo mejor que podía de sus flores. Quería que sus flores fueran radiantes, incluso -aunque eso no lo confesaba porque no estaría bien visto- hacía malabarismos para que sus flores no sólo fueran radiantes, sino que fueran las más radiantes. Tampoco es que quisiera ningún mal para las otras ramas. Habían ramas que, pobres, a duras penas tenían alguna flor raquítica. Pero había otras, especialmente una que vivía a su derecha, que eran unas engreídas y se mostraban bien erguidas, restregándo a todas las demás la belleza y la riqueza de sus flores. Ella, que quería tener flores radiantes -y ¿quién no?-, cuando lo conseguía tampoco se pavoneava de ello, aunque era evidente que en belleza casi ninguna otra rama la superaba y ¡sin hacer alarde!. ¿Se podía ser más maravillosa? Bueno, bueno. También es cierto que no todos sus frutos llegaban a buen puerto: algunos, por mucho que ella se esforzara, caían de su abrazo antes de tiempo y otros se pudrían antes de madurar. Le daba mucha rabia que las otras ramas la culparan de ello: ella se esforzaba y se esforzaba y ¿acaso no habían muchos de sus frutos que relucían en toda su madurez?. Pensaba: “las demás ramas siempre fijándose en los defectos de una… uff… como si ellas no tuvieran”.

Otras veces, la ramita se asustaba -y mucho-, cuando veía como una bocanada de viento rompía en dos la ramita de al lado, o cuando veía como el pájaro carpintero -asesino sin piedad-, se deshacía de otra compañera y ésta se precipitaba al vacío. Entonces, lloraba mucho y se enfadaba: “¿por qué tienen que pasar estas cosas tan horribles?” -se preguntaba. “Pobres ramas. ¿Qué mal han hecho ellas para tener este fín tan atroz?”

Y es que la ramita observaba y veía muchas cosas, tanto de ella, como de sus compañeras, como de la vida en general. Pero

nunca, nunca se había planteado su propia mirada. Siempre había mirado lo que tenía enfrente y lo que tenía a los lados. Pero nunca había mirado lo que tenía detrás ni lo que había dentro suyo…

Porque si hubiera mirado lo que tenía detras, hubiera descubierto el Árbol.

Y si hubiera mirado dentro, hubiera descubierto la Savia…

Hasta la ramita más pequeña es el Árbol. Cuando la rama deja de vivirse como algo separado, se conoce como lo que verdaderamente es. Sigue siendo ramita, pero le abandona la idea de separatividad. Ve todas las ramas y sabe que todas son Árbol.

Se conoce Árbol. Se vive Árbol. Se entrega a esa verdad y se olvida de ella: aún siendo ramita, ya no es una ramita, sino Árbol en forma de ramita.

Y deja que sea el Árbol el que se encargue de todo -(siempre fué el Árbol el que se encargó de todo, pero ella no lo sabía y se esforzaba por crecer, por florecer, por dar buenos frutos)-.

Ya no se piensa ramita. Y como el Árbol se encarga de todo, de hecho ya no piensa. Ni siquiera ve diferencias entre ella y las otras ramas. ¿Cómo va a haber diferencias entre ella y las otras ramas si ella Es el Árbol? ¿Cómo va a haber diferencias entre ella y las otras ramas si las otras ramas Son el Árbol? El Árbol se expresa en millares de diferencias. Eso sí. Todas, expresiones del Árbol.

De su ramita, han caído las preposiciones relacionales.

Ahora la ramita sólo atestigua con sorpresa infinita cómo crecen las hojas (que ya no son “sus” hojas), cómo brotan las flores (que ya no son “sus” flores), como resplandecen los frutos (que ya no son “sus” frutos).

De su ramita han caído los adjetivos posesivos.

Eso es lo único que hace. Atestiguar el milagro de la Vida en ella. Tal cual es. Sin atributos.

Y la Vida que es ella y pasa a través de ella, la Savia, es fuente de vida a su vez… eternos fractales de lo eterno.

Cuando la ramita mira detrás, vé que ella y todas las ramas son un sólo Árbol.

Unidad de lo manifestado.

Cuando la ramita mira adentro, profundamente adentro, vé que es savia. La misma savia del árbol y de las ramas y de las raices y de las hojas y de las flores y de los frutos. Una sola savia.

Uno, en lo inmanifestado.

Eso es lo que ve la mirada secreta. Siempre vuelta hacía adentro para ver la corriente, y hacia atrás para ver la Fuente.

Y así es como lo vive la ramita desde el silencio del yo inventado.

¡Feliz Ahora!

fotos cedidas por ikibcn. gracias!

 

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El gran creador, el gran alimento, la gran muerte

“Tú eres el que ve todo y siempre es libre. Tu única atadura es que te ves a ti mismo como si fueras otro distinto del que ve”

El sabio Astâvakra

De la Vida Una brotan infinitas formas -hojas, nubes, plumas, células, brisas, manos, piedras, ojos, minerales, luces, fríos, hambres, cuentos, tristezas, peces, estrellas, anhelos, flores,…-, cada una de ellas única y original, irrepetible. Todo lo que conocemos, dentro y fuera de este cuerpo son formas, expresiones de la Vida Una, que tal como se forman (nacen), se desarrollan (crecen) y se diluyen en nuevas formas (mueren)…

Hasta aquí podríamos estar todos de acuerdo.

Más ¿qué pasa si algo que parece tan obvio lo miramos con mirada nueva? Dejemos que la mirada secreta nos acompañe un ratito…

El otro día me di cuenta de que todo lo que es expresión de la vida, todas las formas de vida, necesitan ser creadas y luego alimentadas para su sustento. Creación y alimento.

Me di cuenta de que la creación de las formas surge siempre de la disolución de otras formas anteriores. La muerte de la vieja forma es el alimento creador de la forma nueva: las hojas brotan de las yemas que mueren al convertirse en hojas. La tierra se fertiliza con las hojas que caen al final de su ciclo. De la tierra brotan las semillas que fueron depositadas por pájaros que volaban en un cielo que, de no existir, no podría sostenerlos… Es infinito lo que podríamos descubrir en esta interminable red de relaciones a la que llamamos vida.

Así que creación/alimento/muerte son inseparables, se confunden entre ellas según desde donde mires la cadena. Puedes ver primero la muerte, después el alimento y después la creación. O puedes ver el alimento, después la creación y después la muerte. O puedes ver la creación, después la muerte y después el alimento. Y así podríamos seguir, permutando los tres y siempre sería cierto…

Ese fue el primer paso del gran descubrimiento. Pero la mirada secreta no se conformó con lo visto hasta entonces. Se giró traviesa hacia mi mente y le preguntó: ¿y qué relación tienes tú-que-te-das-cuenta con la red de la vida (creación/alimento/muerte)? Yo no comprendí la pregunta.

Al principio pensé que yo también era una forma y que por lo tanto formaba parte de la red de la vida. Pero la mirada secreta se puso a reír, ligera como los cascabeles de los renos de Papá Noel.

“Claro. Te piensas forma -me susurró- pero ¿acaso no hay en ti algo que se da cuenta de esta forma a la que llamas “yo”? ¿Acaso no hay un”yo” dándose cuenta de este otro”yo” que tiene nombre y apellidos?”

Entonces vi claro.

La forma “yo” pertenece a la red de la vida. Pero hay otra fuerza, otra fuerza que está siendo testigo de todo, incluido este “yo” al que observa y conoce: AQUELLO QUE SE DA CUENTA.

Aquello que se da cuenta, que no puedo nombrar como un “quien” porque no tiene forma alguna. Aquello que se da cuenta que la persona tiene hambre, que se da cuenta que hay nubes en el cielo, que se da cuenta que está pensando, que se da cuenta que enjuicia todo y a todos, que se da cuenta que pone nombres a las formas…

Aquello que se da cuenta…

Entonces la mirada secreta, con una gran sonrisa, preguntó de nuevo a aquello que se da cuenta qué relación tiene con la red de la vida muerte/creación/alimento…

Y para mi sorpresa, vi con pasmosa claridad que ¡¡¡no tenía ninguna relación con la red de la vida!!!

Aquello que se da cuenta está más allá de la red de la vida

Aquello que se da cuenta observa la red de la vida…

Y¿creéis que la mirada secreta tuvo suficiente con esto? Los que ya la conocéis sabéis que no. Aún no habíamos llegado donde ella quería. Así que, en un estado de alegría saltarina, preguntó de nuevo:

¿Y qué pasa cuando aquello que se da cuenta no está observando la red de la vida?

¡Dios mío! ¡Es tan impresionante! ¿Lo podéis ver?

Cuando aquello que se da cuenta no está observando la red de la vida, ¡la vida deja de existir!

¿Acaso no nos sucede cada vez que aquello que se da cuenta observa sólo los pensamientos? ¿No desaparece entonces la vida?

La mirada secreta me mostró que Aquello que se da cuenta es el gran creador, el gran alimento y la gran muerte de la vida. Inafectado, es la luz de la conciencia que crea las formas y que al retirarse, hace desaparecer las formas.

Y en un acto de infinita amorosidad, la mirada secreta me hizo el más gran regalo recibido jamás. Me descubrió que Aquello que se da cuenta, Eso soy yo. Y Eso es inseparable de la Vida una…

¡Feliz Ahora!

 

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