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Lo que toca

IMG_6335 “Y en mi locura encontré la libertad y la seguridad que da el que no le entiendan a uno, pues quienes nos comprenden esclavizan algo de nosotros.”

Jalil Gibran

Hoy el cielo está cubierto de nubes grises y el aire es fresco. Hoy no toca ir a la playa. O si?

…está preciosa. El mar, mercurio líquido. Hay mucha paz. Y personas que saben disfrutar de la naturaleza, aunque supuestamente no toque. No son muchas pero están felices. 

Y la Mirada secreta, siempre dispuesta a colarse en la conciencia silenciosa, aprovecha para hacerme ver cuantas veces vivimos según lo que toca. Casi podríamos asegurar que nuestra vida consiste en eso: hacer lo que toca. Comemos cuando toca – tanto si tenemos hambre como si no-. Nos divertimos cuando toca -en las fiestas y demás eventos-. En verano, de vacaciones. El resto del año, a trabajar.  Y así. La lista es infinita.

Y cuando nos da un aire, entonces hacemos alguna locura. Hacer una locura tiene dos vertientes: hacer algo arriesgado y/o simplemente hacer otra cosa que la que toca. Por eso cuando a alguien no se le antoja hacer lo que toca, se le suele etiquetar como loco o – si el juez es compasivo-, como raro. 

Y, sigue la mirada secreta, ¿por qué solemos hacer lo que toca? La respuesta sale rauda: porque así nos han programado. Casi podríamos decir que es un hacer automático. Sin embargo ¡cuantos recuerdos maravillosos escaparon a lo que toca! Aquel baño familiar, desde los abuelos a los nietos, en una noche calurosa; el saludo inesperado e hilarante a aquel hombre tan ceremonioso; gatear a los 55; tatuarse a los 55; ponerse un piercing a los 55; no hacer caso del cirujano eminente; dejar que el otro haga lo que no toca aunque le vaya la vida en ello…

La mirada no me acucia a hacer una cosa u otra, porque sabe que

Lo importante no es lo que hago, sino desde donde lo hago. 

Pero en este día gris en el que la playa deslumbra una serena y bella luz de Vida, me muestra que, más allá de lo que toca sigue habiendo una Vida inmensa. Y me anima a 

seguir viviendo sin pensar. 

La Vida, trillones de veces mas inteligente que yo, me irá guiando si le doy las riendas. 

Hoy no tocaría estar aquí. Sin pensar, aquí estoy y doy las gracias por ello. 

¡Feliz Ahora!

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El cazapensamientos

imageNi un pensamiento más

                      La mirada secreta
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Una de estas noches de calor apoteósico, la mente sudó un viejo pensamiento de aquellos que durante mucho tiempo habían sido mandatos indiscutibles para esta pobre persona esclavizada. Y tal como el viejo pensamiento apareció volando por la conciencia, fue inmediatamente capturado con el cazapensamientos del darse-cuenta, sin que en ningún momento interviniera ni interfiriera quien teclea estas palabras. El pobre pensamiento sudado no tuvo ni tiempo de ser escuchado…
Bueno, ya sé que esto no es tan extraño, de hecho es un suceso frecuente entre los enamorados del silencio. Pero lo extraño y a la vez divertido, fue el tipo de cazapensamientos que esta vez el darse-cuenta utilizó.
Dejadme que os explique. De tiempo en tiempo, -cada vez parece que pasa en otra vida-, este pequeño yo vive atrapado en el juicio de los demás. No lo pasa nada bien. Son muchas las situaciones que le colocan frente a la sensación de impotencia y el desespero. Tantas que ha habido épocas en que casi no podía aguantar más. Así que un buen día, una buena y sabia alma le dio una especie de mantra con el que neutralizar las palabras y actos dolorosos que le llegaban. Ese mantra era una respuesta sencilla a los ataques ajenos, extremadamente poderoso a la vez que inocuo, pero que dejaría al “adversario” en un estado de muda perplejidad, incapacitado para seguir la contienda. Una respuesta tan simple que no parecería que fuera a servir para nada. Pero, de perdidos al río. Así que el pequeño yo la puso en práctica. Y ya la primera vez fue sorprendente su efecto. El aparente adversario que escupía sus mentiras con firmeza, al oír el mantra mágico, quedó en silencio. Casi se pudo oír como todas las armas verbales que tenía se desinflaban como un globo pinchado. Mejor dicho, frente al poderoso mantra, fue el pequeño ladrón del adversario quien se desinfló como un globo pinchado.
Es fácil imaginar como rápidamente el mantra fué adoptado y no lo solté hasta que también esta época de la vida hubo pasado.
Esta es la historia del sencillo mantra. Lo utilizé durante mucho tiempo hasta que cayó en el olvido, quizá porque los “adversarios” se han reducido o quizá porque sus palabras hirientes ya no causan el mismo daño. Pero como os decía al principio, una de estas noches apareció este pensamiento-basura y con la velocidad de la luz, el darse-cuenta sacó su nuevo cazapensamientos y este era ¡el viejo mantra que tanto me había ayudado en aquel tiempo!. Lo único que esta vez no eran las palabras hirientes de un adversario externo, sino que fue utilizado ¡para desarmar un pensamiento!
La Verdad no ceja en la conquista de este darse-cuenta y os aseguro que son muchas las ocasiones en que la Verdad hace cosquillas y no puedo  más que reír.
¿El mantra? Ahi va:

Bueno. Esta es tu opinión”.

Y el pensamiento se retiró tan rápido como había aparecido, reabsorviendose en el magma mental del que había salido.
La sencilla respuesta que tantas veces me ayudó y que ahora se ha puesto al servicio de la Verdad, aunque parece tonta, no la desestimes. De hecho, es un regalo de la mirada secreta. Ahora realmente no hay posible continuidad  a cualquier pensamiento-basura, venga de donde venga, de dentro de esta aparente cabeza o de fuera…
¡Feliz Ahora!

¿Dónde está el problema?

El hombre se piensa separado. Éste es el verdadero pecado original que empuja a la humanidad a la autodestrucción.

Cl. Lévi-Strauss, Le Monde, 21 de Enero de 1979

Vienen las enormes mariposas a posarse en la higuera. Y en cuanto se quedan quietas, casi no las veo. Se mimetizan a la perfección con la vieja higuera. Descansan en ella. Se protegen en ella.

La higuera está toda despeinada. El tronco anchísimo está hueco. La savia de la tierra alimenta a la higuera por su piel porque no hay nada dentro. Le quedan cuatro ramas retorcidas y cada año que pasa muere una más. Algunos años, como éste, sus higos son inmensamente sabrosos. Otros no da fruto.

Las mariposas no parecen ver que la higuera se muere. Tampoco les importa nada. De hecho, no lo piensan.

Si lo pensaran, entonces tendrían un problema, un serio problema, y también un sentimiento de pérdida y a la vez de añoranza. Porque ya sus tatarabuelas se posaban en la higuera. Y dentro de poco, la higuera no estará.

Si pensaran, las mariposas se posarían en las ramas, con una lagrimita en los ojos: “mis retoños quizá ya no puedan mimetizarse con ella, protegerse en ella, porque quizá ya no estará”, podrían pensar. O incluso se podrían enfadar: “¿por qué una higuera que siempre ha estado aquí desde tiempos inmemorables (el tiempo discurre diferente en las mariposas que en los hombres) ha de morir? ¡Es injusto!” -podrían exclamar si pensaran.

Pero las mariposas no piensan. Y como no piensan, no tienen problemas.

Si. Si. Lo que hemos oído.

Los problemas no existen más que en el pensamiento.

Dicen que un problema suele ser un asunto del que se espera una solución (fuente: wikipedia; RAE). Si miramos la definición vemos dos puntos raros. El primero es “se espera”. Así que para que algo sea un problema tengo que pensarlo de cara al futuro. Por lo tanto

ningún asunto es un problema AHORA.

El segundo punto raro de la definición de problema es “solución”. Osea que ¡¿si no se espera solución, no puede haber problema!? Dice el diccionario que “solución” es la acción y efecto de disolver; la acción y efecto de resolver. Ambas posibilidades se dan en el futuro, y se dan tanto si queremos como si no.

Los problemas creados por la mente, no se resuelven mientras la mente los sigue pensando. En cuanto los deja de pensar, los problemas se resuelven “solos”.

Los problemas son inventos de la mente. En la realidad no existen.

La mente convierte un asunto en un problema cuando no le gusta aquello, cuando desea otra cosa, cuando con eso no consigue lo que quiere.

Es la mente la que crea los problemas. No es el vecino cuando aparca con un cochazo e impide que el tuyo quepa en la plaza de al lado… No es el amigo que se desdice de lo comprometido. No es no tener huevos en la nevera cuando se quiere hacer una tortilla…

La mirada secreta vuelve a ser contundente y me muestra desnuda la verdad:

El único problema que tenemos es que pensamos.

-Pero hay problemas graves, verdaderos, en nuestra humanidad, en nuestro planeta-, le contesto algo airad@.

Y ella, dulce, paciente, asiente.

-Es cierto, son muchos los problemas graves que sufre vuestra humanidad, vuestro planeta-, me dice. -Pero todos esos “problemas” tienen una única raiz: el pensamiento-.

Y me susurra al corazón:

-Si en verdad en verdad dejarais de pensar, los problemas no existirían. Es vuestro pensamiento dual, separado, que piensa en términos de intereses propios, que se cree separado de la vida misma, del planeta, de los seres vivos, de los otros hombres. Y no sólo separado sino más importante que la vida misma, que el planeta, que los seres vivos, que los otros hombres…es vuestro pensamiento ciego de sabiduría el que crea los problemas.

Y ¿cuál es el camino?

El camino es descubrir la verdad en el silencio del pensamiento. ¿Por qué? Porque el pensamiento sólo crea problemas. Está programado así.

Y yo, el pensamiento silenciado, me lleno de esta verdad.

¡Felices mariposas que viven en el Ahora!

¡Feliz Ahora!

entrada inspirada por la sabiduría que destila el libro “El sol sale sobre Asís” de Éloi Leclerc. Ed. Sal Terrae. Grácias.

 

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De la mente pura

“”La luz de la Verdad es reflejada en la mente pura”

Sri Ramana Maharshi

 

 

 

Ayer por la mañana estaba desayunando con mi hijo y me contó que había pasado toda la noche viendo setas, después de dedicarse a ello todo el día anterior. Vimos que nos pasaba muy a menudo cada vez que estabamos ocupados mucho tiempo con algo concreto.

Y así andabamos cuando de pronto mi hijo me dice:

la mente funciona con lo que le das de comer

Había entrado la mirada secreta.

Cuando contemplamos el agua de un charco, podemos ver lo que su superficie refleja y también podemos ver el fondo.

El reflejo puede ser más o menos preciso según los movimientos y los posibles objetos que se hallen flotando en la superficie del agua.

El fondo puede vislumbrarse más o menos, según lo límpia que esté el agua.

Es la pureza del agua y su quietud lo que permitirá que los reflejos se acerquen a la verdad de lo reflejado y que mostrará a nuestra mirada su fondo real.

El Sol se refleja en el charco. El sol es la verdad. El reflejo es mero reflejo, pero conforme el agua es más quieta y límpida, más puedo conocer el sol aunque sólo contemple su reflejo.

Pues así pasa con nuestra mente. El agua es como nuestros pensamientos. Si los pensamientos están aquietados, si no están llenos de ruido y son pensamientos inspirados y no tráfico polucionado, la mente reflejará la verdad. No la podrá ver directamente, pero la reflejará con claridad. Y lo mismo ocurrirá con el fondo, la profundidad de las cosas. No nos quedaremos en lo aparente, podremos acercarnos a la esencia de aquello que acontece.

Algunas personas más o menos conscientes, se preocupan por lo que comen, por cómo alimentan su cuerpo. Saben que su cuerpo es el resultado de su alimentación. Saben que para que el cuerpo funcione lo mejor posible, necesita un alimento adecuado. Pero, ¿cuántos de nosotros estamos pendientes de

con qué alimentamos nuestra mente?

Y así habló la mirada secreta:

Es la mente sutil tan nítida y frágil como las aguas de un lago.

La más ligera brisa ondea la superficie y altera lo reflejado.

Impidiendo ver claramente, ni el reflejo de plata,

ni el Fondo Dorado.

Por eso urge mantener la mente pura

de vientos, brisas y barros.

Y en esa Quietud límpida,

transparente la mente lo Anhelado

a ese ojo silencioso que contempla lo Sagrado.

Si fuera que un tornado removiera con fuerza el lago,

las aguas se apartarían. El Fondo, así, despejado.

¡Que llegue un viento huracanado!

O que la menor ínfima brisa enturbie su superficie

y puede el ojo hundirse en lo más profundo del lago.

 

Observemos la dieta con la que alimentemos nuestra mente. Porque nuestra mirada depende de ello.

¡Feliz feliz Ahora!

 

 

 

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El aroma de lo verdadero

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  Mientras pensamos que sabemos, la verdad resta escondida.

La mirada secreta

En la India, los sabios llaman al discernimiento entre lo verdadero y lo falso, entre lo real y lo ilusorio, “la joya”. Algunos de nosotros, seres humanos, a la joya del discernimiento le llamamos “ver”. Aquí en este blog, sin razón aparente (buena señal:) el discernimiento se hace llamar “la mirada secreta”.

Este “ver” nada tiene en común con el pensar. De hecho, mientras estamos entretenidos pensando, no podemos “ver”, no tenemos abierto el ojo. ¿Acaso no nos ocurre ya cuando andamos ensimismados en nuestros pensamientos que más de una vez nos chocamos con algo o nos tropezamos porque los pensamientos nos distraen de lo que nos rodea? Así ocurre también con el “ver” directamente.

Los pensamientos hacen tanto ruido que no nos dejan ver.

Si “ver” es discernir lo verdadero de lo falso, descubrir lo real, ¿puede la mente pensante ser capaz de ello? La mente vive como real aquello que es interpretación, traducción de señales a través de los sentidos, recopilación de datos del pasado. Los pensamientos son “sofritos” de pensamientos anteriores. La mente mira y trata de encajar lo observado con los conceptos, teorías e ideas que ya tiene. Si no encaja en lo ya conocido, discute, replica, argumenta con el solo objetivo de encajarlo en lo que ya cree. No hay nada nuevo en la mente. Todo es viejo, repetitivo. La originalidad del pensamiento es una ilusión. No hay ni un sólo pensamiento original.

Lo original proviene de la inspiración, no del pensamiento.

La mente es como las vacas y otros animales –incluidos los llamados racionales, es muy muy cotilla. Quiere enterarse de todo. Y si no puede entender, se inventa la explicación y se queda tan contenta. La mente es una artista de la argumentación. Encuentra argumentos para todo. Incluso argumenta estando la persona dueña de esta mente (o más bien, esclava de esta mente) en contra de los argumentos que expone con tan grande vehemencia. El pensamiento está en el mundo de las ideas. Es siempre rebatible. Se puede poner en duda fácilmente. Sin embargo, la mente pensante siempre se cree en posesión de la verdad. Cree saber mucho. Confunde los conocimientos con la sabiduría: a más datos, más sabio. 

La mente se cree sabia. La mirada secreta nada sabe.

Cuando uno “ve” directamente, sin pensar, no hay sitio para la duda. Lo “visto” es evidente para quien ha visto. Desaparece la necesidad de argumentar, de discutir, de convencer a nadie.

La mente duda. La mirada cuando ve, ve pura evidencia.

La mente inventa. La mirada reencuentra lo que en el fondo ya intuía.

Sólo puedo descubrir cuando miro sin expectativas, sin ideas preconcebidas, cuando miro con inocencia. Por eso la inocencia es la madre de la verdad. Miro como si fuera la primera vez, abierto a cualquier mensaje que aquello me quiera enseñar. Miro y si nada veo, sigo mirando, en el silencio de lo viejo, de lo pensado, porque la verdad no es una idea. Los sabios utilizan indistintamente la palabra “verdad” y la palabra “realidad” para denotar lo mismo. Es lo mismo.

Lo verdadero coincide con lo real

Sólo se puede animar a que el otro “vea” por sí mismo. Así como puedo llegar a convencer al otro con mis argumentos, no puedo traspasar lo visto. Cada uno de nosotros tiene que ver por si mismo. El ver es experiencial. De la misma manera que yo no puedo comer por ti, o reirme por ti, tampoco puedo ver por ti. Y lo que se ha visto nos transforma por dentro, mientras que lo que pensamos, por mucho que lo creamos, no produce cambios en nosotros.

Solo lo visto es transformador

Cuando se está familiarizado con la mente de uno, los pensamientos que brotan de esa mente son predecibles. Podemos predecir qué pensará un amigo íntimo de esa película, qué opinión tendrá de los últimos acontecimientos e incluso qué consejos nos dará. En la mente pensante no hay novedad.

La visión siempre es sorpresiva, nos deja maravillados frente a una nueva realidad. Su aroma nuevo nos llena de alegría, ensancha nuestro corazón, limpia nuestra mente. Reconocemos el aroma de la verdad porque va acompañado de la sensación de que todo está bien, de que hay mucha luz por descubrir. Cuando vemos, sonreímos, entramos en paz con la vida, nos llenamos de confianza.  Porque

solo la verdad reconoce a la verdad.

Cuando queramos descubrir, abrámonos a lo desconocido.

¡Feliz Ahora!

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Yo, mi, mío

El comienzo de la Sabiduría es el silencio.

Pitágoras

 

 

 

 

 



No sólo era la belleza sobrecogedora de las montañas, arropándonos con su serena y poderosa presencia. El Silencio nos había adoptado como hijos suyos durante un tiempo, tan inocente y amorosa era la entrega de todos los que estabamos allá. Nacidos nuevos del Silencio preñado de paz amorosa, los verdaderos hijos, atisbos de su dulce sabiduría.

Así andábamos. El Silencio pariendo miradas refulgentes, sonrisas inocentes. Las arrugas del sufrimiento borrándose al paso de su tacto casi imperceptible.

Sus ojitos parecían dos linternas, tan grande es su amor por la verdad, cuando a penas levantando la voz nos dijo: “es que no puedo acallar mis pensamientos ni los puedo dejar de escuchar” Y mientras ella hablaba, las campanas no paraban de tañer llamando a su regazo… Pero ella no las oía. No oía las campanas que sonaban claras y fuertes, y en cambio no podía dejar de escuchar sus pensamientos. ¿Por qué? ¿Por qué?

La observación era muda. No sabía la respuesta. Sólo el Silencio podía hablar. Sólo el Silencio sabía. Los preciosos ojos pidiendo comprender, el tañido de las campanas llamando, la mente muerta, esperando…

Y esta vez la mirada secreta lo gritó triunfal. Lo gritó desde el Silencio. Con urgencia. Como un rayo devastador de claridad encegadora, dejándo al descubierto, desnuda, la verdad simple, la verdad inocente, la verdad poderosa, la verdad que nada excluye…

Y esta vez la mirada secreta lo gritó a todos los que allí estábamos. Ella, como la humanidad entera, no oía las campanas y en cambio no podía de dejar de oír sus pensamientos por una razón muy simple y ahora evidente:

Esos eran los sonidos: las campanas por un lado y sus pensamientos por el otro. Las primeras sin poder ni fuerza. Los segundos, pegajosos y poderosos. ¿Lo veís ahora vosotros también? ¡La clave está en los pronombres!

Y ahora miro bien y me pregunto si los pensamientos que resuenan en la mente son mis pensamientos. No los he escogido. No los he decidido. No los he creado. Veo que son pensamientos que percibo. Pero también percibo este árbol. Y ¿es acaso “mi” árbol? Porque si es ese mi árbol, entonces el universo entero es mio, y también tú… Entonces recuerdo otra alma bellísima hablándo de su brazo. Miro ahora éste brazo que se supone que es mío y no comprendo, no puedo ver que sea “mío”. Míro ahora éste cuerpo, éstas células conglomeradas y no veo el “mío” por ningún lado. Y miro y miro y miro… y veo esta persona llena de pensamientos, emociones, formas y veo con pasmosa claridad que no me pertenece, en absoluto

Descubro que no hay un “yo”. No hay un “mi”. No hay un “mío”.

No hay nada que proteger. Y abro todas las puertas que tan celosamente guardaba bajo llave.

No hay nada que controlar o manipular para el bien… ¿de quién? Y fluyo ligero como una pluma en las corrientes de la vida.

Y al ver que no hay un “yo” se desvanecen todos los obstáculos. ¡Es tan simple que parece una broma!

No hay un “yo” que pertenezca a ese “yo”. No hay un “mi”, ni hay un “mio”. Entonces dejo de pedir, de exigir, de mendigar… ¿para quién?

Y si no hay un yo/mi/mío, ¿cómo va a existir un tú/a tí/tuyo?

La libertad es inexpresable. Las ataduras del yo/mi/mío han dejado paso a la alegría de vivir. La felicidad es inabarcable.

Y por fín se esfuma cualquier resistencia y con ella llega el descanso, la añorada paz. Y el amor entra a raudales desde el mundo de la verdad.

Sé que te lo han dicho. Sé que te lo has creído. Pero mira. Mira por primera vez. Mira directamente, sin pensar y dime si en los pronombres hay alguna realidad.

Dedicado a los hijos del Silencio, atisbos de la Verdad.

¡Feliz Ahora!

 

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La luz de la conciencia

Cuando miramos sin pensamiento alguno, vemos por primera vez. La mirada secreta


 

Se abre el telón. Todo está oscuro. Y en un instante se enciende un foco de luz potente que ilumina en redondez una parte del escenario, justo en el lugar en que se haya erguido el protagonista. Este empieza a recitar un monólogo y todo el público rompe a reír. Se apaga el foco, para volver a encenderse al cabo de pocos segundos, dirigiendo la luz a otra parte del escenario. Esta vez hay una mujer que también se pone a explicar una historia, una historia triste y angustiosa. El público calla con el corazón apretado, lleno de pena y compasión. Mientras, allí donde se erguía el monologuista cómico, personas vestidas de negro están cambiando el decorado. Pero nadie les ve. El foco de luz guía implacablemente la atención del público allí donde se enfoca. Lo que queda fuera del radio del foco de luz, nadie del público lo percibe, no existe para ellos… Finalmente, el mismo foco se amplia, extendiendo su radio de luz hasta iluminar por entero el escenario. Ahora, el público ve a la mujer triste, al hombre cómico, los muebles y otros objetos del decorado, lo ve todo de una sola mirada y comprende la escena en su totalidad.

El foco de luz tiene unas características muy versátiles: se puede dirigir a discreción y se puede estrechar para iluminar un sólo punto, o se puede ampliar hasta iluminar todo.

Nosotros también tenemos un foco de luz y allí donde lo dirigimos crea nuestra realidad vivencial. Lo que queda fuera de nuestro foco de luz, no existe para nosotros. Esta luz es lo que hace que nos demos cuenta de la existencia de aquello que ilumina. Podríamos decir que

esta luz es nuestra conciencia y el foco, nuestra atención.

Cuando miramos a través de nuestra mente, nuestros pensamientos, deseos y creencias estrechan el foco de luz, limitándolo a lo que pensamos sobre lo que vemos. Así que

desde nuestra mente es muy difícil ver las cosas como son porque la idea que tenemos sobre ellas distorsiona la observación.

Cuando miramos desde la mente, la conciencia se hace muy estrecha, dejándo fuera una visión global -como en el escenario de teatro- y aquello que enfocamos desde la mente cobra mucha más relevancia de la que en realidad tiene. El otro día lo hablabamos con algunas personas y vimos como de noche, aún es más evidente: el foco de luz se posa sobre un pensamiento que está pidiendo toda nuestra atención y al verlo desde la mente, se hace enorme a nuestra conciencia, muy muy importante. No hay ninguna distracción de noche que pueda llamar la atención sobre sí por lo que el foco se queda iluminando ese pensamiento, mientras el resto de la realidad se mantiene a oscuras. Y cuando llega la mañana, con la llegada de otros estímulos que reclaman nuestra atención, aquel pensamiento que nos parecía tan importante ya no lo es tanto.

Muchos de nosotros hemos aprendido a mover el foco de luz, la atención, a nuestra discreción. No luchamos contra los pensamientos que nos hacen sufrir, sino que retiramos la luz de ese pensamiento para colocarlo en otro sitio, quizá en un libro, o en la contemplación de las estrellas o incluso en un recuerdo feliz. Y eso es bueno, porque

el sufrimiento causado por los pensamientos es siempre gratuito.

Así andaba el otro día, cambiando la dirección del foco, cuando súbitamente la mirada secreta me mostró dos descubrimientos maravillosos…

El primer descubrimiento me hizo ver que muchas veces observaba las cosas desde otro sitio que no era la mente. Cuando observo la vida desde otro lugar que no es la mente, la conciencia de ello, el “darme cuenta” es espontáneo, fresco, directo, sorprendente. Puedo colocar el foco de luz sobre un objeto que he visto miles de veces, y verlo entonces por primera vez, realmente por primera vez. Porque

cuando miramos sin pensamiento alguno, vemos por primera vez

La mente no nos permite ver de verdad. Lo único que vemos cuando miramos a través del filtro de nuestra mente, es lo que la propia mente espera ver: es una proyección de nuestra idea sobre aquello que estamos observando. Y al estrechar tanto el haz de luz, convierte esa simple proyección en una realidad absoluta, cuando es sólo un puro espejismo, un espejismo que encaja con nuestras viejas creencias. Eso es lo que nos mantiene dormidos, creyendo que lo sabemos todo, cuando la realidad nos muestra que todo es nuevo a cada instante y que no hay nada ni nadie que no esté naciendo y muriendo segundo a segundo…

El segundo descubrimiento de la bella mirada secreta es que no sólo puedo cambiar de lugar el foco de luz y mirar desde más allá de la mente, en el más cristalino silencio, sino que también puedo ampliar el foco de luz, abrirlo más y más y más y más, en una perspectiva cada vez más amplia y totalizadora. Como si pudieramos mirar aquello que nos preocupa o aquello que tanto deseamos o aquello que amamos o lo que no soportamos desde una altura tan elevada como pueda ser la visión del planeta desde un cohete. ¿Te imaginas cómo valoraríamos entonces las cosas? Cambiaría mucho la importancia que le damos a tantas historias nuestras… Cambiaría mucho la importancia que le damos a nuestra propia persona… La luz de la conciencia, sin límites, observando la vida y maravillándose a cada momento. No es ciencia ficción. Todos tenemos un foco de luz, movible y que puede abrirse hasta el infinito…

De descubrimiento en descubrimiento. De pequeño milagro en pequeño milagro. Puro agradecimiento.

¡Feliz Ahora!

 

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La Mirada y el Dolor

Es el reflejo lo que nos conducirá a la Verdad, no lo reflejado

La mirada secreta

 

 

*foto cedida

Iba a escribir una especie de relato metafórico sobre las últimas semanas y lo que la mirada secreta ha querido regalar a quien esto escribe. Y de repente, la propia mirada no ha querido que me ande con florituras.

El dolor del cuerpo irrumpe en la vida de los seres vivos muy a menudo y de muy diversas maneras. El dolor ocurre en la superficie de la conciencia, como todo aquello que aparece para luego desaparecer. Y detrás del dolor (en lo profundo), igual que detrás de cualquier vivencia, sigue estando el silencio reverente, la quietud sagrada, la serena alegría, allí de donde viene la mirada secreta, iluminando con sus nítidos rayos lo antes nunca visto, empapando de la luz de lo verdadero.

Y la experiencia de dolor ha permitido que la mirada me susurrara al oído cosas que antes quizás había intuido pero que nunca había visto con tanta claridad…

A veces, cuando tenemos dolor o estamos enfermos, es fácil que nuestro “yo” fabricado de pensamientos se tambalee e incluso llegue a destruirse (que es lo mejor que nos podría pasar), igual que un edificio afectado por un terremoto. El terremoto físico acaba fácilmente con muchos de los atributos que creía “tener” y que formaban parte de “mi yo”. Dejamos de ser independientes, no podemos valernos por nosotros mismos, necesitamos que los demás nos ayuden hasta en la higiene íntima. Lloramos como niños, gritamos de desesperación, perdemos los modales, nos enfadamos, imploramos. Tenemos que pedir cosas tan peculiares como que nos dejen la tapa del inodoro levantada porque nosotros no vamos a poder hacerlo, -eso en el caso de que podamos llegar al lavabo-. Y empezamos a pensar que ya no somos quienes éramos: tu que eras tan valiente, ahora no lo eres tanto. Tu que eras fuerte, ahora eres débil. Tu que eras tan paciente, ahora eres impaciente. Tu que eras tan generoso y tan considerado con los demás, ahora eres egoísta. Eso crees de ti.

Y sin embargo, sigues siendo tu. Es a ti que te está sucediendo esto. Ahora tienes dolor. Y antes no. Hay un “yo” que vive las diferentes experiencias y que siempre es el mismo. Es como el muñequito que ahora se le pone un bigote, y ahora se le saca, y ahora se le pone un sombrero, y ahora no. El muñequito siempre es el mismo. Tu no eres el dolor. Ni eres egoísta o considerado o generoso o impaciente. Esos y muchos otros atributos son nuestros bigotes y sombreros.

Ahí está el fondo inalterado. Viviendo esa experiencia. Y a ese fondo le sigue llegando la mirada secreta.

La mirada secreta no es de la persona.

Cuando el instrumento está mal, -sea el cuerpo, la mente o ambos-, la mirada sigue viendo con la misma claridad de siempre. Los rayos siguen iluminando porque el Sol sigue aquí. Pero el instrumento que está mal puede desafinar en la interpretación de lo que la mirada enseña. Eso es lo que nos pasa a todos si colocamos nuestra identidad en lo que no somos. Si creo ser mi cuerpo dolorido no podré ver con claridad. No podré dejar que la belleza del rayo de luz se refleje,ni su claridad, ni su serena alegría. ¿Recordáis la entrada al blog “La belleza en la mirada” del 7 de abril? Pues eso es lo que descubrí durante este terremotillo vivido:

nada de lo que sucede a la persona tiene importancia. Lo único importante es lo que se refleja a través de la persona, de la Luz de la Verdad

El dolor también me enseñó sobre el amor. El amor que se da y se recibe, que no espera nada a cambio, que es espontáneo y dulcemente poderoso, ese amor que abruma a la persona. Ese amor hacía llorar a quien esto escribe y vio que

el amor desinteresado abre el corazón y un corazón abierto rezuma amor desinteresado

Y vi con plena claridad que todo ese amor era un reflejo del Amor que Es. Si la persona viviera el Amor que Es, el origen de todo este amor, en el estado de conciencia en el que estamos, ese Amor nos fulminaría, porque no lo podríamos contener. Igual que unos ojos acostumbrados al reflejo del Sol no pueden mirar directamente el Sol porque se cegarían.

Es por eso que a la Verdad sólo la conoce la Verdad.

Puede ser que esta persona sea débil, egoísta, impaciente, o maravillosa, dulce, amorosa y entregada. No importa. Pues, a momentos, refleja la luz del Sol.

Juan de la Cruz dice en su bellísimo Cántico Espiritual:

“no quieras despreciarme,

que, si color moreno en mi hallaste,

ya bien puedes mirarme

después que me miraste,

que gracia y hermosura en mi dejaste”

Eso es lo que la mirada secreta me ha mostrado: la experiencia de dolor me ha enseñado que no hay ni un sólo atributo que tenga que ver con quien soy. El dolor, a través del amor, ha abierto el corazón. La mirada ve, independientemente del instrumento, y sus reflejos son infinitos. Se puede atravesar la identificación con el cuerpo y vivir en el centro que soy, allí donde habitan eternamente la paz y la serena alegría del Amor Infinito.

¡Cuan grande la esperanza y cuan grande el agradecimiento al reflejo y a la Luz!

¡Feliz Ahora!

*foto cedida por ikibcn http://www.barcelonamola.me

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Una piedra en el camino

La realidad es una ilusión persistente

Albert Einstein

Andábamos en silencio, fascinados por lo que veíamos. Las paredes, el techo, el suelo… Todo era un juego de formas extrañas que el corazón de la tierra había ido cincelando en secreto, para un día ser descubierto por unos ojos curiosos y así ser reconocido como una maravillosa obra de arte, realizada por el artista más inspirado que conozco: la naturaleza…

La extraña belleza del lugar despertaba en todos los que allí estábamos, una mezcla de excitación y aventura, de cierta sacralidad y de miedo. Los que nos conocíamos, nos tocábamos levemente los unos a los otros con cualquier pequeña excusa y así, sin pensarlo siquiera, nos sentíamos arropados y reconocidos en una realidad mas familiar que la que el ambiente del corazón de la tierra nos ofrecía.

Siempre que nos hallamos frente a lo nuevo, sentimos algo de miedo. A la mente no le gusta no tenerlo todo todo controlado, ¿verdad?

Quien nos guiaba, nos iba señalando un rincón especialmente bello, un escalón especialmente difícil, un paso especialmente estrecho. Y detrás le seguían, pisándole literalmente los talones, los cinco sentidos de todos nosotros, registrando cualquier señal, en estado de prealerta: los ojos como platos, a duras penas parpadeando; los oídos abiertos y reaccionando al mas mínimo ruido inesperado como si de un trueno se tratara; el tacto buscando por todas partes algo reconocible a lo que asirse; el olfato rastreando oxigeno fresco en un aire saturado de humedades de otros siglos; el gusto saboreando perplejo un cierto gusto a salitre sulfuroso… Y el ay en la garganta de todos los corazones.

En estas estábamos, cuando se nos avisó que llegábamos a la zona más bella y peligrosa de todo el recorrido. Se nos instó a no acercarnos. La prudencia se agudizó. Nos agrupamos frente a una inmensa fosa en la que no se vislumbraba fondo alguno. Una persona, algo despistadamente, o atraída por el abismo -eso yo no lo sé- hizo amago de acercarse al borde. Otra gritó advirtiéndole del peligro. Y todos mirando hacia abajo, en un ay de nuevo. El espectáculo era tan bello, tanto. Las luces apenas alumbraban estratégicamente los relieves más llamativos. Parecía que si cayéramos por la sima llegaríamos al mismísimo centro de la tierra.

Y entonces pasó algo que nunca olvidaré.

Alguien cogió una piedra con la intención de lanzarla al vacío para adivinar a través del sonido la hondura del maravilloso precipicio.

El hombre levantó el brazo, preparado para soltar la piedra. Todos aguantamos la respiración. El silencio se hizo más espeso que nunca. El cuero cabelludo tensísimo para así conseguir que los oídos se abrieran más allá de sus límites. Hasta el ay del corazón calló. Todo para poder oir bien el final del viaje de la piedra al mismísimo centro de la tierra.

Y entonces, cayó la piedra. Y al segundo, el abismo se esfumó. Desapareció por completo. Y con la desaparición de la sima, desapareció el miedo a caer, la belleza del abismo, la necesidad de que nadie se hiciera daño, la excitación de la aventura, el vértigo… Desapareció la contención del aliento, los ojos como platos, la tensión de cada célula de nuestro cuerpo y nuestra mente. Desaparecieron todas nuestras expectativas de la hondura de la fosa, nuestras imágenes del centro de la tierra. Con la desaparición del abismo, desapareció todo lo relacionado con éste: los recuerdos de lo que acabábamos de vivir, lo que estábamos viviendo en aquel momento, y lo que habíamos imaginado que viviríamos cuando se lanzara la piedra. Cayó la piedra y cayó la vivencia entera.

Porque no había tal abismo. Había sido una ilusión óptica. Sólo habían tres dedos de agua quieta, que reflejaba con total nitidez el techo de la gruta. Y al caer la piedra, se habían formado ondas en el agua y la idea que teníamos en la mente, el abismo que habíamos dado por algo absolutamente real, ya no existía. Y la mente no tuvo nada a lo que asirse. Quedó perpleja y en silencio.

Y entonces, comprendí. Como si la piedra hubiera caído en mi mente (así funciona la mirada secreta…)

Comprendí

que mi mente da por real aquello que cree que es real, sin saberlo…

que todo lo que yo vivo es resultado de esa creencia…

y que es necesario, urgente, que empiece a dejar caer piedras en mis creencias para comprobar verdaderamente su realidad…

porque si no lo hago, toda mi vida será un juego de ilusionismo: mis miedos, mis expectativas, mis deseos, mis pensamientos, mis principios, mis análisis, mis interpretaciones, mis relaciones…

¡Bendita la piedra que encontré en mi camino!

¡Feliz Ahora!

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Investigando sobre la mente y la consciencia

wpid-Photo-28082012-0755.jpgPues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. 

 Mc. 4,2

El otro día estábamos investigando sobre lo que es ver y lo que es pensar. Y, aunque intuitivamente sabíamos la enorme diferencia que supone vivir desde el ver y vivir desde el pensar, no acabábamos de ser capaces de explicarlo -sólo la mirada secreta es capaz- Y en un momento dado, una de nosotros, llenita de amor por la Verdad, compartió la siguiente vivencia:

…una noche estaba cenando con una persona muy querida y estaba siendo muy feliz. Pero, en un momento dado, se me cruzó el pensamiento de que la felicidad, por muy grande que sea, a duras penas sobrevive un instante. Y entonces, mi felicidad se esfumó…

Al principio creímos que ella había dejado de ser feliz porque se había dado cuenta de que la felicidad dura un instante y, claro, frente a este panorama, cualquiera no se deprime, ¿verdad?

Bueno. Ese es el estado más habitual del ser humano. Pensamos sobre lo que acontece sin ser conscientes de ello.

Estamos continuamente pensando, pensando sobre lo que aconteció o sobre lo que puede ocurrir, pensando sobre lo que nos pasa, sobre cómo somos o sobre los misterios de la vida. Vivimos pensando. Pero no solo vivimos pensando, sino que vivimos desde nuestros pensamientos.

Y pensar quiere decir interpretar, juzgar, decidir, planificar, e incluso inventar según nuestros conocimientos, condicionamientos psicológicos y creencias. No nos damos cuenta, pero el pensamiento siempre manipula aquello sobre lo que está pensando. Le pone etiquetas, lo cataloga y la persona lo vive según esa manipulación.

Hay diversas escuelas psicológicas, pseudopsicológicas y demás líneas de terapia que se han dado cuenta de ello. Y para tratar de que seamos felices, proponen que las personas entrenemos a nuestra mente a pensar “en positivo”, a tener “pensamientos positivos”. Dejando de lado el juicio que ya supone en si mismo catalogar unos pensamientos de positivos y otros de negativos, es cierto que si hemos de vivir bajo la dictadura de los pensamientos, es preferible que el tirano sea amable…

Pero es que podemos vivir libres. Libres de tiranías. Libres de escuelas que nos digan cómo hemos de vivir. Y sobre todo, podemos vivir libres de nuestros propios pensamientos… y ser felices. De hecho, esta es nuestra verdadera naturaleza. Si no, mira a los niños, mira al niño que fuiste, y lo verás…

Y ¿cómo? se pregunta la mente

Pues, en vez de vivir desde los pensamientos, podría vivir desde lo que veo directamente, sin interpretarlo, ni juzgarlo. De forma neutral. Ser consciente de lo que acontece, sin pensamiento alguno.

Es tu atención consciente, libre de pensamientos, la que puede llegar a ver. La atención consciente es el ojo que ve más allá de lo pensado. En ella siempre hay inmutabilidad. Lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, el dolor y el placer, la enfermedad y la salud, la vida y la muerte, lo amado y lo rechazado, giran y giran a su alrededor. Se parece al ojo del huracán, siempre inafectado, quieto, silencioso, en paz.

De hecho, cada vez que vivimos plenamente, estamos en este estado de ser conscientes sin pensar. Cada vez que el tiempo parece haber desaparecido, cada vez que nos dejamos llevar por la belleza de una música, de un paisaje, simplemente contemplándolo, somos conscientes y no pensamos. Cada vez que ponemos toda nuestra atención en cualquier tarea, somos conscientes y no estamos pensando.

Eso es lo que le sucedió a la bella persona del corazón enamorado de la Verdad, mientras estuvo plenamente atenta en la cena. Consciente de lo que vivía, de su felicidad, sin pensarla. Y cuando le entró el pensamiento “la felicidad sólo dura un instante”, se fue tras el pensamiento.

Eso lo estábamos viendo todos en la reunión cuando nos lo estaba explicando. Pro entonces entró la mirada secreta y nos hizo ver más todavía, ya que no fue este pensamiento el que le robó su felicidad sino el hecho de habérselo creído, de haber creído que es cierto que “la felicidad sólo dura un instante”.

Ella primero vivió con atención plena …. vivía plenamente la cena y se daba cuenta de su felicidad…. Luego pensó “la felicidad sólo dura un instante”…. y finalmente se creyó ese pensamiento… y dejó de ser feliz. Es un excelente ejemplo de lo que es vivir desde el pensamiento

Para darse cuenta, para vivir desde la atención plena, para ver, hay que salir de la mente, de lo pensado. No hay otro camino.

Cuando la mente dice “esto es muy dificil; yo no puedo conseguir percibir de otra manera, no puedo conseguir verlo. Aunque entiendo lo que dices,no lo consigo ver. Es muy difícil, muy difícil“; o decimos “yo no puedo estar dándome cuenta de todo, eso requeriría un esfuerzo enorme que yo no puedo hacer“; o “toda la vida lo he visto de esta manera y ahora cambiarlo es como muy complicado” es porque creemos que es la mente la que ha de darse cuenta, de que “darse cuenta” es un nueva forma de pensamiento.

Pues bien, lo que nos pasa es que tratamos de ver la inmensidad del horizonte mirando desde dentro de una caja cerrada. Es así de difícil. Vamos, que no es que sea difícil, es que es más bien imposible. La mente no puede darse cuenta, no puede ser testigo nunca. Para ver la inmensidad del horizonte hay que salir de esta caja cerrada.

El ego -la mente psicológica-, precisamente, es esa caja cerrada. En el ego no puede entrar nada ni salir nada. El ego está compuesto de toda una serie de combinaciones de unos datos concretos y no genera jamás nada nuevo. Por eso, cuando tratamos de ver desde el ego, no podemos ver más allá. El ego no tiene la mirada. Solamente es una fábrica de permutaciones, en donde la materia prima es la que es: datos de condicionamientos. Cuando nos parece que hacemos algo totalmente innovador, en realidad lo único que hemos hecho ha sido permutar, combinar. De la misma manera que hemos de salir de la mente, hemos de salir del ego. El ojo no está en el ego. No está en la mente.

La Mirada Secreta me susurra al oído:

Mantente atento, mantente despierto, con la mente en silencio. Haz oídos sordos a la cháchara mental, igual que haces oídos sordos a las conversaciones de otros que no te interesan. Y mira, mira con la mirada del niño, mira con una mirada nueva, libre de juicios, que no busca la utilidad sino la visión clara. Acostúmbrate a vivir desde lo que ves, con esa mirada, y no desde lo que piensas.

Sólo puedo buscar ver con más y más luz. Todo lo demás es consecuencia natural de ver: la acción libre, el desapego, vivir sin deseos, el Amor, la Belleza…

Utiliza la mente como instrumento, pero no la obedezcas

La Mirada secreta surge del silencio de la mente, de la atención consciente y silenciosa. La Mirada secreta es la mirada pura, inocente…

Mirar, estar atento, vigilante. Solo eso.

Sin pensar, juzgar, interpretar, calcular, conceptualizar…

¡Feliz Ahora!

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