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LOS TRES LEONES


“Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres”

Juan de la Cruz





“Yo” y “ego” son palabras que aluden a lo mismo, a esta identidad que se vive separada de todo y de todos. Como a mi la palabra “ego” me sonaba también a “vanidad” o “soberbia”, sin darme cuenta trataba de evitarla. Así que para mencionar a esa entidad separada, en vez de llamarla “ego” la llamaba “pequeño yo”. Esta es la historia de una confusión.

Los sabios le decian que para descubrir la Verdad era imprescindible que el pequeño yo muriera, porque esa creencia de ser alguien separado de los demás y del mundo no era su identidad real. Y como amor a la Verdad no le faltaba, se arremangó y trató por todos los medios de matarse. Pero no había forma. Intentó primero tragarse todos los arrebatos egoicos, pero eso no hacía más que empeorar la situación. El pequeño yo se aprovechaba de los fracasos: “Que mal que lo estoy haciendo” “soy un desastre”. Frases así poblaban la mente del pequeño yo y con eso aún se fortalecía más la identidad separada.

Al ver que tragarse sus arrebatos aún le daba más identidad, trató de no hacerles caso. Uy! Esta estrategia era todavía más virulenta. Imaginad, ahora el pequeño yo no se sentía mal consigo mismo, sino que pensaba: “Sí. Sí. ¡Lo estoy consiguiendo!” Así que el resultado era casi peor que con la anterior estrategia. Ahora no sólo se sentía separado del mundo sino que se sentía ¡mejor que el resto!.

Hiciera lo que hiciera, el pequeño yo en vez de morir, crecía. Crecía incluso más que antes de haber deseado morir. Pero, enamorado de la Verdad como estaba, no cejaba en sus intentos.

Y la Verdad, que responde siempre que se la llama, le regaló un compañero. Era este un gran león de porte digna. El pequeño yo se enamoró al instante de él. Y aunque le causaba respeto, mucho respeto, no sentía ningún miedo. El león era como un sabio ecuánime. Incluso su lustrosa melena era blanca, como serían las barbas del más sabio entre los sabios. El pequeño yo olvidó sus ansias de morir y se dejó cautivar por las maravillas que el sabio león le mostraba. A su lado, el pequeño yo comprendió muchos de los enigmas que en otros tiempos le habían angustiado. Este maravilloso animal fué quien le presentó a la mirada secreta (ahora es la mirada la que sonríe al recuerdo) y junto con ella formaron equipo para ir colmando el enorme ansia de Verdad que ardía en el centro del pequeño yo.

Un día, cuando estaban paseando por los aires del misterio, se oyeron unos silbos amorosos al compás de una bella tonada. La melena blanca del compañero no pudo menos que sumarse a la danza que el pequeño yo, envuelto en la locura del amor, expresaba. ¡Cuánta dicha y alegría nunca antes conocida!. La luz clara y precisa que emanaba del sabio león se vió entonces completada por la más dulce sonrisa…. ¡en las fauces de un segundo león! ¡Era éste quien silbaba!. El pequeño yo se moría de la risa. Ver a otro inmenso león jugando como un gatito con su magno compañero, le abría el corazón como nunca antes lo había sentido. El pequeño yo se sentía colmado de gracia. Y con ambos como compañeros, guías, amigos del alma siguió su camino en pos de la Verdad. Ahí estaban: el Amor por la Verdad en la forma del más bello y dulce de los leones; y la Verdad del Amor en la mirada cristalina de tan centrada del sabio amigo. Nada más podía querer el pequeño yo enamorado.

Y así siguió caminando, feliz de su suerte, tan agradecido, dandose cuenta de que esos compañeros no eran sus amigos porque él los mereciera, sino por el inmenso amor que a la Verdad tenía.

Aún y así, la inquietud le seguía incomodando. Pensaba: ” si soy yo quien comprende cuando el sabio león me enseña, entonces no debe ser una verdadera comprensión”, o ” si soy yo quien ama cuando el alegre amigo me enseña lo bella que es la vida, entonces no deber ser verdadero amor”. Este “yo” que experimentaba no dejaba al pequeño yo disfrutar plenamente de los regalos de sus amigos. Le habían dicho que este “yo” no era real, no era la Verdad y que debía morir… Muchas veces rompía a llorar y rezaba: “¡que muera ya este yo! ¡por favor! ¡yo sólo quiero la Verdad!”

Y así llegó el momento en que la paz alegre, la serena mirada iban a temblar hasta el paroxismo del miedo, en cuestión de un instante. Porque un día inesperado, frente a los tres se plantó sin previo aviso, el león más grande imaginado. Este, de melena casi negra, era con mucho el más alto y el más ancho de los tres. El pequeño yo eran tan tan pequeño a su lado que, si no fuera por el interes del león, de un pisotón lo habría matado. Pero no era éste su plan. Su plan era mucho más complicado. Venía a matarle, sí. Pero no como el pequeño yo había imaginado.

Sus antiguos compañeros, como si frente al rey se hubieran topado, reclinaron gracilmente sus melenas y se apartaron a un lado. El pequeño yo supo, supo que iba a ser matado. Recordó cúanto lo había pedido: “¡muera el yo para que la Verdad viva!” pero no sabía que el terror le estaba acechando. Su miedo era tan grande que a sus amigos perdió de vista y ni por ellos pudo ser consolado.

El gran León, con sus garras le estrujó la mente y le estrujo el corazón. Era un león especializado en hacer trizas los pequeños yoes el mundo y su peor arma era el rugido que volcaba en la aterrorizada oreja del pequeño yo, cada vez que este mencionaba al “yo” ni que fuera con su pensamiento. Como ejemplo, para que veais su fiereza, si el pequeño yo se quejaba ni que fuera un poquito, el león rugia: ¡¿QUIIIIIEEEEEENNNN SE QUEJA!?. El pequeño yo, todo despeinado, se quedaba helado y, como si el rugido le hubiera cortado la cabeza, se sentía engullido en un infinito agujero negro..

Si el pequeño yo pensaba “parece que hoy estoy mejor”, el enorme león le gritaba: ¡¿QUIIIIIIEEEEEEEENNNNNN está mejor!? Y de nuevo desaparecía el pequeño yo en el negro vació.

Así una y mil veces. El pequeño yo le imploraba que le matara ya de una vez. Que no quería seguir siendo un yo. Pero por dentro la pena era inmensa. Recordaba la felicidad de los tiempos en los que la mirada secreta y la alegría de vivir le acompañaban. Ahora sólo había desolación. Realmente quería morir. Pero no lo conseguía. Sólo iba siendo tragado cualquier pensamiento autoreferenciado. Era como si el león se hubiera propuesto que el pequeño yo dejara de pensar en si mismo.

Aún y así no os creais ni por un instante que el pequeño yo habría preferido abandonar la búsqueda de la Verdad. No. Estaba dispuesto a todo, aunque este todo implicara la vida en el infierno en el que estaba desde que el león le apresara. Si eso era la Verdad, lo acataría. Aunque había algo dentro de él que le decía: confía, confía…

Y un día ocurrió lo inesperado.

El gran león, en vez de matar al yo del pequeño yo,….. ¡¡¡¡¡mató lo pequeño y dejó vivo el yo!!!!!!! Y lo que un día fué un pequeño yo, se empezó a expandir y a expandir y a expandir en un yo taaaaaaaaaannnnnnn inmenso que a todos y a todo fué abrazando. Incluyó el mundo, el universo. Incluyó todo lo conocido. Incluyó también lo desconocido. Y más allá.

Él era el gran león, cuyo nombre es SAT y era los otros dos leones, el sabio y luminoso CHIT y el amoroso y dulce ANANDA. Al morir lo pequeño del yo, murió el yo separado.

¡Qué equivocado había estado queriendo matar lo único que siempre había sido verdad: ¡la sensación de yo! Lo que había de morir por falso, era la pequeñez en la que su LUMINOSO E INFINITO CUERPO había sido apresado.

Y así vió que nada estaba separado pues Él lo era Todo. Y en ese Todo también cabía la nada. Él era Ella. La Verdad reencontrada.

Quizá este relato fué un sueño, aunque la Verdad jamás se ha extraviado. O ¿es ahora que soñamos?

¡¡FELIZ VERDAD!!

 

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La radicalidad del viaje

Versión 2

“Una y un millón de veces”. Consuelo Martín

Dice la mirada secreta, después de miles de pruebas creadas por la mente y vividas por el corazón, que no se puede ir de viaje sólo un poco, o sólo a ratos. Cuando uno se va de viaje, se va de viaje al completo, con mente, cuerpo  y corazón. No puede desinvolucrarse del viaje ni viajar un rato sí y otro no. Cuando uno va de viaje lo único que deja atrás es la estela de lo caminado. 

Pues así la dulce mirada me cuenta. Y así llegamos a la cascada de los pensamientos. Me invita a sentarme frente a ella y a contemplarla. La cascada baja con fuerza cristalina, hace mucho ruido pero tiene belleza. La cascada brota del pasado y va hacia el futuro. En un instante, el agua cristalina se tiñe del color del barro. Las emociones de quien contempla también se empiezan a teñir del mismo color. Ah! ¡Es el pasado que vive en el agua mental el que está cayendo por la cascada! Habrá algún pensamiento-recuerdo que estará en lo alto revolviendo las aguas… La mirada secreta no me deja distraerme y me pregunta

¿qué tiene que ver ese barro ruidoso contigo?…. contemplación…. ¿qué tienen que ver esas emociones embarradas contigo?…. silencio…. ¿eres tú la cascada?…. ¿eres tú el barro?… ¿eres tú esas aguas?…… No sé, no sé– le contesto.

Y la mirada, con su paciencia infinita, sigue animándome a mirar:

…. si tu fueras la cascada de pensamientos y emociones, ¿podrías estar ahora mirándolos?

…..silencio…… U   N   A  G   R   A   N   P   A   Z ….

….tal es la contundencia de la mirada:

Yo no soy ni el pasado que solo existe en la mente, ni la cascada de pensamientos -estén o no embarrados-, ni las emociones -sean bonitas o dolorosas-. ¡Yo soy quien las vé!

En el viaje emprendido, en el viaje de la mirada secreta en donde cada etapa se da en la profundidad de un instante, no puedo jugar a creerme que soy unos pensamientos y otros no, o unas emociones y otras no. No puedo jugar a la psicología positiva, o a la hermandad de los buenos. Porque yo soy la humanidad entera, mi mente es la mente humana y mi corazón es el corazón del hombre, ambos condicionados en su totalidad, ambos esclavizando -por ignorancia- al ser humano. 

En el viaje emprendido, en el viaje de la mirada secreta en el que cada etapa se da en la profundidad de un instante, TODO pensamiento, TODA emoción son consecuencia de la actividad mental. Y si puedo despertar a ello, si la mirada, en su brillante compasión me sacude, puedo ver que yo soy quien ve pero no lo visto.

La cascada es tan hipnotizante que atrae con una fuerza milenaria a quien la contempla. La mirada me tiene tomada el alma, reposo en su seguridad, en la seguridad de su sabiduría y su amor completo ahora. No me dejo engullir por la cascada. Dejo que haga lo que tenga que hacer, como si de una película se tratase. Reconozco que la actividad es mental. Reconozco que la cascada, 

los pensamientos del pasado que la remueven, las emociones que despierta están sólo en el paisaje mental y funcionan automáticamente sin mi.

Cuando sé que soy la mirada, no me involucro con la película mental. Y aunque el cuerpo esté emocionado y la mente hirviendo, yo sigo a ESTE LADO, llena de compasión (comprensión + amor) sabiendo que

el idioma de la Verdad es el Silencio

y que todo ese ruido surge del Silencio y vuelve a él sin que el silencio se haya visto afectado.

Por eso, por esa inafectación, TODO ESTA BIEN.

A veces, a este lado del tapiz, los hilos se retuercen y se enredan. AL OTRO LADO, BELLEZA Y ARMONíA.

Suelto, suelto, suelto por reconocimiento de lo que no Es, de lo irreal.

Suelto y salto a lo desconocido, por amor y confianza.

Una y un millón de veces.

¡Feliz Ahora! Si no, ¿cuando?

SOLTAR Y SALTAR

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¡Suelta todo lo conocido y salta!
La mirada secreta

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¡Tantas cosas sabemos sin saber que las sabemos!. Como el bebé, la pequeña, que hoy es nuestra mirada secreta con su inocencia cristalina. Ella sabe cuando tragar y cuando respirar. Sabe todo sin saber que lo sabe. Como nosotros. El conocimiento está dentro nuestro y el camino es de reconocimiento y no de aprendizaje. Es el reconocimiento interno de algo que ya sabía. No puede ser aprendido. Por eso,

nadie nos puede dar la Verdad.

Toda la Verdad está en nosotros. Y cuando vemos, la vemos completa.

La Verdad no se puede ver a trocitos.

Es como la luz. Cuando pasa un rayo de luz, sea muy delgadito o muy ancho, en ese rayo está toda la luz, completa. Simplemente porque no es divisible. Como la Verdad. Cada vez que hemos vislumbrado algo de la Verdad, allí estaba toda la Verdad en su plenitud indivisible.

Así, todo lo que los enamorados de la Verdad hacemos en nuestro camino, ha de ser fuente de inspiración, pero nunca creamos que la Verdad nos la puede dar un maestro.

El camino solo puede ser interior.
Todo lo que aprendo no tiene nada que ver con la Verdad. Todo lo que aprendo está en la dimensión de lo que nace y muere. Todo lo que aprendo que antes no sabía, no pertenece a la eternidad. Por eso, en el despertar a la Verdad, no podemos ver la vida como una escuela -como tantas veces se cree-. La vida, desde la perspectiva del Despertar, es una oportunidad para reconocerMe, para des-cubrir la Verdad que siempre he sido.
La vida es una oportunidad, no una escuela.
Cuando vivimos la vida como una escuela, ya estamos suponiendo que nos falta algo, que somos incompletos, que hemos de desarrollarnos, evolucionar, mejorar. Y así es para las personas que están separadas unas de otras. Así es mientras yo crea ser una persona. Para las personas la vida puede ser una escuela, entre otras muchísimas posibilidades. Pero he de saber que, mientras viva en la escuela, o mejor dicho, mientras me viva persona, creyendo que he de aprender, mejorar, evolucionar, desarrollarme, no me daré cuenta que todo lo que puedo aprender, mejorar, evolucionar y desarrollarme está ligado a lo que un día nació y un día morirá, esta persona.
Sin embargo, hay algo en mí que intuyo eterno, no nacido, inmutable e indivisible. ESO no se puede aprender por mucho que me esfuerce (quien se esfuerza es la persona que quiere evolucionar).
Sri Ramana Maharshi se quedaba perplejo con aquellos que le pedían una y mil veces cómo llegar a la Verdad. Él no se cansaba de repetir algo así como “descubre quién eres; entra dentro de ti, en silencio y observa de dónde surge esta sensación de yo-soy”. Sin embargo, las personas seguían preguntando en vez de ponerse manos a la obra. Y es que
el pequeño yo no puede descubrir la Verdad.
El pequeño yo quiere caminar, pero no puede llegar a ningún sitio verdadero, porque vive en la dimensión del nacer y el morir, mientras que la Verdad, el verdadero Yo, Es, y nunca ha nacido ni morirá.
Para ir a la Verdad, hay que soltar y hay que saltar.

Hay que soltar todo lo conocido y hay que saltar a lo desconocido. Nada hemos de aprender. En el reconocimiento, el pequeño yo desaparece como el fantasma cuando se enciende la luz. En el reconocimiento, la Verdad es lo único, es completa, es Todo: lo conocido, lo desconocido y más allá de ambos.

Y si tu mente está diciendo: “¡Uff, qué difícil  es esto!“, dale la razón.
La mente sólo puede hacer la primera parte del camino. Es necesario que la mente llegue a su propio límite de entendimiento. Es necesario que contemplemos las preguntas y dudas que surgen en la mente, porque si no lo hacemos la mente no nos dejará ir más allá. Lleguemos a su límite con la investigación sincera, con la mirada secreta. Es hasta este límite hasta donde la mente nos puede acompañar. Después el silencio, el vehículo y lenguaje de la Verdad, deja atrás la mente. Allí, en el límite de nuestro entendimiento, nos está esperando el Vacío de todo lo conocido. Allí está la puerta a lo desconocido y más allá. Allí, en el salto, la Verdad nos abre sus brazos.
Gracias mirada secreta que brillas dulcemente en los ojos de los niños, en la naturaleza, en el cielo y las estrellas, en todo aquello que está libre de un pequeño yo.
¡Feliz Ahora!
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La pureza y la Verdad

IMG_6824“De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.”

Mateo, 18:3

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Como dice mi querida Consuelo, no se trata de ser niños, sino de ser como niños. Así es. La Verdad no se puede vislumbrar más que con una mente y un corazón que sean como los de un niño. Pero, ¿cómo son la mente y el corazón del niño?.

El diccionario define la pureza en términos negativos (negativo fotográfico) de ausencia. Ausencia de mezclas, de intereses, condiciones, excepciones, restricciones, construcciones…

la pureza es ausencia

¡Ay, la Mirada! En todo derrama su buena nueva. En todo ve lo que nunca fue visto. Y todo lo que ilumina lo convierte en bendición…

Aquí empieza a mostrar Su luz sobre la pureza.

La mente pura no es una mente llena de erudición, que muestra un correcto pensar, inteligente, brillante, que sabe de todo, que se expresa con elegancia y fluidez. No es una mente llena de preceptos éticos, de valores morales, de directrices justas. Esa no es una mente pura porque, lo que es erudición un día puede ser ignorancia al siguiente. Lo que es elegancia y fluidez para unos puede ser amaneramiento y pesadez para otros. Lo que es ético o moral en un tiempo puede pasar a ser inaceptable. Lo que es justo aquí puede ser injusto allá. La mente que hemos creído que era pura, es una mente volátil, manipulada y manipulable. Y la pureza es intocable -sino, ya no sería pureza-. Entonces, ¿qué es una mente pura?

Una mente pura es una mente vacía. Es una mente valiente, que ha soltado todo lo que creía saber y ahora, realmente, vivencialmente, ha descubierto -como decía el sabio- que lo único que sabe es que no sabe nada.  Sólo una mente vacía, limpia de todo pensamiento, una mente que ha dejado caer todo lo aprendido, una mente como la de un niño puede llegar a ver la Verdad. Y eso es así porque la Verdad es incognoscible, no se puede llegar a conocer. Por eso,

todo lo conocido no es  del reino de la Verdad.

¿Y el corazón? El corazón puro no es el corazón que está lleno de buenos sentimientos, como  se suele entender. No es un corazón que ayuda a los demás, que da a los que no tienen. No es un corazón que se sacrifica por los demás, que ama a todos, que rechaza las emociones negativas, que tiene buenos propósitos. Ese no es un corazón puro porque mis buenos sentimientos pueden no serlo para ti. A veces, querer ayudar a los demás puede ser intrusismo, dar a los que no tienen puede ser contraproducente, sacrificarse puede colocar al otro en un estado de deuda, amar a todos puede ser una trampa, rechazar las emociones negativas  y tener buenos propósitos implican juicios de valor. Este corazón que hemos creído que era puro, es un corazón volátil, manipulado y manipulable. Y la pureza es intocable -sino, ya no sería pureza-.

Un corazón puro es un corazón vacío. Es un corazón valiente, que ha soltado todo lo que sentía y ahora, realmente, vivencialmente, ha descubierto que lo único que siente es una apertura vacía, limpia de emociones. Un corazón que al verse liberado de los pensamientos, deja caer todas las reacciones emotivas que ha ido aprendiendo con los años. El corazón puro es un corazón como el de un niño, libre de todas las emociones condicionadas y es ese el que puede llegar a sentir la Verdad. Porque la Verdad es Amor sin que haya un “pequeño yo” que siente amor.  Y

sólo un corazón vacío puede ser llenado por la Verdad que es Amor.

El niño suele ser egocentrado aunque su mente y su corazón todavía no han sido condicionados del todo. Por eso no hemos de ser niños, egocentrados, sino ser como ellos, que todavía están libres de programaciones mentales y emocionales.

Es imprescindible que la persona quede desocupada de pensamientos, emociones y conductas condicionadas. Es fundamental que la persona quede vacía para que la Verdad pueda expandirse.

Así enseña la mirada secreta.

Así anima a desocupar esta persona, a vaciarla, y en esa pureza, la Verdad pueda reflejarse sin distorsión alguna.

Si la Verdad es lo más importante, lo único, vayamos pues. ¡Seamos valientes y vivamos desde la nube del no saber! En un instante, la paz del vacío-de-mi será nuestra identidad conocida. El resto no es cosa nuestra…

¡Feliz Ahora!

 

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Busco y no encuentro

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La Verdad no se puede enseñar ni se puede aprender. Sólo se puede reconocer. Y frente a Ella,  no hay dudas.

La Mirada Secreta

Nos vivimos en la carencia. Y nos vivimos así porque tenemos una mente que así lo piensa y es ese pensamiento el que nos hace sentir celos, envidia, odio, miedo y en el mejor de los casos, nos convierte en buscadores. Esa carencia imaginada nos impide ser felices, respirar paz, amar. Pero ¿realmente nos falta algo? ¿alguna vez nos hemos puesto a investigar si esa sensación de carencia está justificada de verdad, de verdad?

La mirada secreta no me deja que me distraiga, ni cuando conduzco la moto. Siempre está a la zaga de la más mínima apertura en mi mente para visitarme como la luz que se cuela por el agujerito más pequeño, sin importarle nada más. ¡Linda mirada que regalas tu luz incondicionalmente!

Me dice toda puesta: –¡nunca encontraras aquello que buscas!

Y como la conozco bien, sé que me está sacudiendo para que la atienda con todo mi ser. Así que me dispongo a escucharla de verdad (escuchar de verdad es un arte muy poco extendido que requiere de un corazón inocente y una mente silenciosa). De la mano de su amor, me abro y escucho…

-El tema no es buscar ni encontrar nada porque

todo aquello que anhelas ya está aquí

– me dice. -La paz siempre está. El amor siempre está. La belleza siempre está. La armonía siempre está. ¡Mejor aún!- exclama- No es que esté, es que ¡la vida es eso! Pero al pensar que careces de eso, lo buscas desesperadamente.

-Si la vida es eso- continúa- tu que formas parte de ella también lo eres. Eres paz, amor, belleza, armonía. Lo que ocurre es que estas viviendo en otro sitio en donde nada de todo esto existe: en la mente. En ese sitio, nunca lo encontraras porque no vive en este lugar lleno de juicios y de películas inventadas. Además, ninguno de vosotros puede acceder a algo que ya es. Sería como el pez que buscara desesperadamente el agua…

-Pero entonces ¿no puedo hacer nada para encontrar la paz que tanto anhelo?- le reclamo. Y la mirada secreta, que siempre guarda un conejito en su chistera, sonríe y me dice:

-Mientras lo sigas buscando nunca la encontraras. Para encontrar el aire has de quedarte quieto y respirarlo. Así, quédate en quietud y respira esa paz que anhelas ( y que anhelas porque ya la conoces, aunque no lo sepas). Es entonces cuando la reconocerás.

-¡Dios mio! Acabo de ver que

No se trata de encontrar sino reconocer.

-¡Qué fuerte!… Pero no es tan fácil- le sigo reclamando. -Necesito que me ayudes más.

-Mira como funciona el ser humano. Primero has visto con total claridad, de forma espontánea y en un instante que el descubrimiento de la verdad es siempre un reconocimiento y nunca un hallazgo. Y después ha entrado rauda la mente para poner sus “peros” y hacerse de nuevo con las riendas. “No es tan fácil” dice la mente- me suelta la mirada con su característico guiño travieso-. Pues aunque tu mente no lo crea, es tan sencillo para ti como difícil para la mente… bueno, de hecho, para la mente es imposible.

-Vivir lo que anhelas significa hacerlo presente, es invitarlo a tu presencia. Como la mente no te dejará en paz porque insistirá diciendo que no lo tienes y por lo tanto no lo puedes invitar, ¡engáñala!. Engaña a la mente y dile que vas a hacer como si aquello que anhelas estuviera presente. Así la mente callará. Pruébalo. Para que lo veas más claro, imagina por ejemplo que alguien te dijera: “haz como si fueras simpático” y tú va y lo haces. ¿Qué crees? ¿serías simpático o no?… Haz “como si” para que la mente no discuta y vive eso que anhelas, llama lo que intuyes de ello a tu presencia y vive desde ahí, porque

Vivir lo que anhelas te coloca allí donde lo que anhelas vive.

¡Ay dulce mirada! ¡Así, si!

¡Feliz Ahora!

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El arca del ser humano

IMG_5941Verdaderamente, uno mismo es el Ojo, el Ojo sin Fin

Sri Ramana Maharshi

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Con poquísimos conocimientos -por no decir ninguno- de la historia bíblica, siempre me pregunté que debió sentir Noé cuando después del diluvio abrió por primera vez las puertas del arca…
En esta mañana dulce por armoniosa, suave por luminosa, tierna por recién nacida, sale de la mirada secreta prestarle atención a este mundo nuestro, a este arca en la que vivimos desde tiempos inmemorables.
Imagina, ya llevamos tantísimo tiempo en el arca que
nos hemos olvidado que estamos dentro de un algo y que hay un afuera que es el verdadero mundo.
Yo no sé como sería el arca en sus principios. Pero ahora todo está muy enredado. Sus calles están torcidas y se cruzan unas con otras. Todo lo que aquí  existe se mueve a mucha velocidad, a velocidad vertiginosa para, al final, ir a ningún sitio:
por mucho que camine dentro del arca, seguiré dentro del arca.
Es como si fueran circuitos de scalextric de formas inverosímiles por donde los cochecitos corren a toda velocidad con la única posibilidad de pasar por los mismos railes una y otra vez. Sin embargo su locura, su velocidad, nos atrapa e hipnotiza y no nos deja salir. Hay mucho, mucho ruido. Lo sé porque he pasado mucho tiempo buscando un rinconcito en el que poder descansar las orejas, pero no lo he encontrado.
En este mundo en el que tu y yo vivimos, en este “arca” todo lo que aparece se da por verdadero sin comprobación alguna. Pero no solo eso, sino que eso que aparece y se da por verdadero no suele ser muy amoroso que digamos. Más bien es doloroso. Este mundo no deja de recordarnos lo mal que han ido, van o pueden ir las cosas. Hay señales de peligro en cada esquina. Hay previsiones de terremotos, incendios, nuevos diluvios y sunamis a cada paso. Hay recordatorios que no paran de alertarnos de que nos faltan cosas, de que no estamos bien, de que no somos lo que tendríamos que ser, ni tu ni yo. Es este un mundo en el que prácticamente nada en ningún momento está bien del todo. A cada paso puedes leer carteles que nos recuerdan que “todo es mejorable”. Otros paneles de neón nos gritan “Esfuérzate en mejorar” “Todo depende de ti”. Algunos carteles más modernos, que tratan de poner algo de luz en este oscurísimo mundo en el que vivimos, dicen “piensa en positivo” “acepta lo que hay” “si eres bueno, conseguirás el cielo mañana” Y estos últimos carteles aún empeoran más las cosas, porque ¿cómo voy a pensar en positivo viendo lo que hay? ¿cómo puedo aceptar tanta locura y tanta porquería? Y el último cartel….ya ves, en este mundo se arrastra el pasado y se vive para el futuro. En este mundo no existe el presente y es por eso que
en este mundo en el que creemos vivir, no hay vida ni vive nadie.
Pero fuera de este mundo, fuera del arca, hay otro mundo, muchísimo más grande. Es un mundo diáfano, esponjoso, elástico, ligero. Un mundo que en su equilibrio perfecto, abraza todo aquello que surge y se desvanece en el tiempo, en un eterno Ahora. En el que ni falta ni sobra nada. La armonía y la paz sostienen todas las notas, desde las más sutiles a las más salvajes, en una creación sinfónica inacabable…
Aunque hayamos vivido dentro del arca, encerrados en un aire casi irrespirable, el arca siempre ha vivido en este mundo diáfano y verdadero. Es por eso que es Aquí donde vivimos, tanto si lo sabemos como si no. Porque este mundo fuera del arca es el real.
Sabe pues que el arca es la mente del pequeño e inventado “yo”. Si. La mente psicológica, de un parecido casi aterrador con lo que tu y yo llamamos el mundo (¿será que esta mente nuestra ha fabricado el mundo en que vivimos a su imagen y semejanza?). Y el mundo que hay “afuera”de la mente, la Realidad.
Cuando las puertas del arca se abren, lo que veo me deja en el más profundo silencio. Beso el suelo con reverencia. Oigo una voz más-que-amorosa que dice “el arca es un espejismo” Se derrama una sólo lágrima… Ahora comprendo. Todo está bien.
Mirada que brotas de la Realidad y en Tu Belleza me atrapas y me sacas del arca. Y al salir, soy Tu, Mirada y es entonces que sé qué eres, que sé que Soy. Ahí, fuera del arca que nunca existió…
¡Feliz Ahora!
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De la carencia a la plenitud

IMG_5885“Cuando reparas en algo, dejas de arrojarte al todo”

Juan de la Cruz

Estoy contemplando el nuevo día dejándome empapar a través de todos los sentidos de todo a la vez, sin centrar la atención en nada concreto. A la flores les viene a visitar la avispa e inseparablemente las hojas de los árboles se dejan llevar por la danza de la brisa a la vez que las nubes pasean por el cielo sempiterno. Es como una sinfonía que escucho sin separar una nota y otra. Si así lo hiciera, ¡no podría escuchar la sinfonía!

De las puntas de los dedos brotan palabras que no se sabe de donde vienen. Y así. No sobra nada. No falta nada. En estos tiempos la mirada secreta anda como por detrás, respetuosa, sin querer hacerse notar. La mente está a punto de implotar. El gran bang-big. Aún y así, es tan bello, tan bello este momento eterno, que dulcemente sube su presencia hasta el punto de ebullición y las manos se ponen a trabajar a su servicio de nuevo.

¡Han sido tantísimas las ocasiones en las que sentí que algo faltaba o algo sobraba en lo que fuera que estaba viviendo! De hecho, ha sido siempre así menos en contadísimas excepciones. En mi cabeza siempre había una voz que protestaba: ” Si, si. La comida está muy buena, pero es tan cara…” “Qué día más bonito, ojalá estuviera mi pareja aquí”. O directamente: “Esto es un asco. Por lo menos podría haber sido más amable” “Este sitio es horroroso, por lo menos podrían tenerlo más limpio” Ya ves. Toda la vida incompleta, por exceso o por defecto. Si tuviera que evaluar la vida le daría un insuficiente. Y esta sería la evaluación del sordo, del que pendiente de cada nota musical nunca oyó la sinfonía de la vida.

¿Por qué? ¿Cómo puedo ser feliz si siempre va a haber algo que falte o que sobre en este momento?. Los escasísimos momentos que recuerdo de  verdadera felicidad siempre han ido acompañados por una sensación de plenitud. Pero esta sensación de plenitud no viene de contar cada cosa y ver si falta o sobra algo en concreto. Si lo hubiera hecho así, si me hubiera fijado en cada cosa por separado, mi mente hubiera encontrado ese punto de insatisfacción. La mente es una verdadera especialista en fragmentar el momento en partes e inventar una parte que falta o que sobra, impidiendo la plenitud del momento. Para que aquello que vivo no esté completo, tengo que vivirlo a trocitos, solo así puedo sentir que falta algo pero, si acojo el momento como una unidad indivisible todo cambia porque

el momento siempre es pleno.

Para que falte algo, para que sobre algo, es necesario que esté mirando las partes. Pero la vida no se nos da a trocitos. Cada momento es lo que es, ni más ni menos. Si miro el todo de una vez, sin dividir el momento, todo es lo que hay. Plenamente.

Si miro el todo ¿qué puede haber fuera?

Lo demás es fragmentar la vida con la mente. Vivir trocitos de vida desconectados unos de otros. Que gran locura pensarlo así.

Para vivir la carencia he de mirar cada elemento. Sólo así podré rechazar unos y echar en falta otros.

Para vivir la plenitud he de mirar el todo.

¿Qué me susurras ahora mirada? ¡¡ES LO MISMO EN EL AMOR!!

Para vivir el amor personal, he de mirar a todos. Sólo así puedo rechazar a unos y echar en falta a otros

Para vivir el amor incondicional he de amar el todo.

Que gran dicha verlo así.

¡Ay mirada! Tu luz me inunda de amor.

¡Feliz, pleno AHORA!

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¿Dónde está la realidad?

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 El científico sigue hoy las huellas que el sabio dejó ayer.

La mirada secreta

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Ayer mi hijo, que sabe que no nos enteramos de mucho de lo que pasa en el mundo, nos enseñó la foto de un vestido que ha captado la atención del mundo internauta y nos preguntó de qué color lo veíamos. Uno lo vio blanco y dorado y el otro lo vio azul y negro. Y ante la perplejidad de las mentes, la mirada secreta sonrió tan ampliamente que en su sonrisa nos atrapó a los tres.

Mi hijo nos explicó que una tercera parte del mundo lo ve de un color, y el resto lo ve del otro color. Y esto es debido a la interpretación que hace el cerebro de cada uno de nosotros, no solo con respecto al vestido en sí, sino en relación con el fondo, la luz que refleja, etc. Así que el resultado de lo que yo veo no es lo que es, sino la combinación relacional de una serie de percepciones visuales junto con los conceptos que ya tengo grabados en mi mente.

Y la mirada secreta afirma lo que siempre ha sabido:

lo que yo llamo “realidad” es una creación mental subjetiva.

En estos tiempos de materialismo acérrimo, el cetro de la verdad se ha retirado del sabio para dárselo a la ciencia, a la comprobación científica. Según los adeptos de la ciencia, nada es verdadero hasta que se ha comprobado objetivamente. Y yo, que nada quiero creer desde que la mirada secreta me lleva de la mano, y que sólo quiero vivir de lo que la mirada ve, me pregunto si existe la objetividad. Porque yo no la encuentro en ningún lugar.

Lo que los sentidos perciben está mediatizado por los instrumentos que tengo. Los instrumentos son idiosincrásicos. Aunque tu y yo hayamos decidido que esto es una mesa, yo no sé lo que tú percibes, no sé si es lo mismo que lo que yo percibo. Aunque hayamos decidido que este sonido es un do mayor, yo no sé si lo que tu oyes es lo mismo que lo que yo oigo. Y así. Además, los instrumentos en sí también están en constante cambio y si no, pregúntaselo a mis ojos que ya no ven como veían.

Por otro lado, aquello que percibo está cambiando a cada segundo. La luz, los átomos que componen lo que percibo, el movimiento en el tiempo -el envejecimiento, …- , todos los factores que componen el objeto de mi percepción, están cambiando.

Además cuando percibo un objeto, nunca lo percibo aisladamente, sino que

mi mente procesa el objeto y su contexto, inseparablemente.

Sin que yo me dé cuenta, la inteligencia de la vida hace que yo perciba siempre a nivel relacional. Y eso también influye en la percepción de este yo particular, de esta sociedad particular, etc. Esto quiere decir que yo no sería este “yo” que creo ser si me separara del contexto. Por no ser, no sería ni un ser humano. Tanto que creo ser algo separado….

La mirada me jalea para que siga mirando. Uy, me quejo un poco, porque yo de neurología, de física, de ciencias no sé nada… Es igual, dice la mirada, tú sigue mirando. El ver es el ámbito de la sabiduría, dice la mirada traviesa…

Bueno. Pues entonces, tal como parece, la realidad, la realidad como tal,

lo real no está en lo que la mente percibe,

no está en lo que los sentidos perciben. Además, si estuviera en lo que los sentidos perciben, si yo percibo la realidad, ¿dónde quedaría yo? ¿quedaría fuera de la realidad? No puede ser. Ese “yo” tiene que formar parte de la realidad de alguna manera…

Esto a lo que yo llamo “realidad” es una realidad subjetiva. Parece que cuando nos ponemos de acuerdo en llamarla X, entonces se convierte en una realidad objetiva, pero si lo miramos bien, es solo un acuerdo. Entonces,

¡estamos llamando “realidad” a un acuerdo!

Por eso los sabios dicen que lo que nosotros llamamos realidad es una ilusión. No porque la realidad no sea real, sino porque estamos superponiendo a la realidad verdadera nuestros acuerdos humanos.

¡Ahora lo comprendo!

Ver lo relativo como relativo: ver que a lo que hasta ahora había llamado “realidad” es algo relativo a mis sentidos, a mi mente y a los acuerdos que he asumido.

No dar a lo relativo el valor de lo Absoluto: Vivir esta realidad relativa como tal, sin pretender que esa Es la Realidad Real :)

Quizá este sea un buen camino para descubrir la verdad.

¡Feliz Ahora!

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Crimen y castigo

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“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”

Lucas 23, 34

¡Ay, Mirada que atraviesas todo muro y ves hasta ese ANTES de que nada fuera!

Hoy quieres que hablemos de la ofensa, del ofensor, del ofendido,… del perdón.

Me dictas y escribo:

Vivimos más de las explicaciones que de los hechos en sí mismos. Fraguamos las explicaciones analizando, interpretando, suponiendo, juzgando, valorando, etc. Y es muy raro que por lo menos, comprobemos aquello que estamos interpretando. Es mucho más frecuente que demos por supuesto que lo que pensamos al respecto es la verdad. Así es como crecen las explicaciones dentro nuestro. Y aquello que en si mismo era lo que era, aquello que hubiera provocado una reacción puntual, pues todo hecho es puntual también, se convierte en un suceso de consecuencias mucho más grandes que el propio hecho y que perduran en el tiempo. Una explicación puede acabar con la amistad, con el amor, con todo. Ese es el poder de la mente.

Ahora me viene a la memoria la conversación que tuve con un hombre que moría lleno de tristeza. Me explicó que unos 25 años antes se había enfadado mucho con su hermano y desde entonces no se habían vuelto a ver. Me lo explicaba con lágrimas en los ojos. Le pregunté que había pasado para que rompieran la relación. Y ¿sabeis cuál fué la respuesta? El hombre rompió a llorar desconsoladamente y entre sollozos logró articular esta frase: ” No me acuerdo”.

El hecho siempre es puntual. Y se desvanece en el tiempo. Pero las consecuencias perduran y perduran y perduran. Y

las consecuencias nunca son relativas al hecho.

Nunca. Nunca -insiste la mirada secreta-.

Las consecuencias son relativas a cómo yo vivo un hecho.

Decimos que queremos comprender lo que ha pasado. Pero ese comprender ¿qué quiere decir verdaderamente? Casi siempre vamos a analizar mentalmente el suceso, en vez de verlo directamente, preguntar directamente, y quedarnos SOLO con la respuesta simple, sin darle más vueltas.

Cuando decimos que queremos comprender, hemos de darnos cuenta de que sólo aceptaremos la explicación que encaje con nuestros prejuicios o juicios ya emitidos. ¿Realmente estamos abiertos a lo que es?

En el mundo de las relaciones humanas, no hay un sólo hecho, un sólo acto que tenga las mismas consecuencias para todas las personas. Entre lo que ocurre y las consecuencias, estoy yo con mi mente.

Cuando alguien hace algo que me afecta, me afecta por mí, no por la persona que lo ha hecho.

Tengo que ver esto con claridad. Es muy muy importante. Porque si lo descubro, entonces descubriré que no hay ofensor. Quizás vea que lo único que puede existir es un ” yo ofendido”.

No hay verdadera ofensa objetiva. No hay ofensor. Sólo hay un yo ofendido.

Y si no hay ofensor, ¿dónde queda la culpa? ¿dónde queda el perdón? Soltar las explicaciones egoicas sobre lo que supone para mi ese acto, soltar la “ofensa” en sí es el único perdón posible. Cuando me doy cuenta de que aquello que vivo depende de mi exclusivamente, dejo de tirar piedras y miro mi “yo” con sus fragilidades, sus miedos, su vulnerabilidad. Me miro con compasión y aprendo de eso, desde la humildad de mi condición humana. Crezco. Asumo plenamente la responsabilidad de mis emociones revueltas. Y si tengo que perdonar a alguien, me perdono por todo ello porque no lo sé hacer mejor. Miro y puede ser que vea que nada ni nadie me puede ofender cuando vivo en la Verdad.

Como Jesús, que pidió a Dios que perdonara a los que le habían crucificado, no porque actuaran mal, sino porque no sabían lo que hacían. No hubo ofensa. Nadie le ofendió. No hubo un “yo” ofendido.

Eso es Comprensión. Eso es Sabiduría. Eso es AMOR.

Gracias. Gracias mirada. ¡Qué anchura en mi corazón!

¡Feliz Ahora!

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Los discos rallados

Sólo reconociéndote esclavo, podrás liberarte.

La mirada secreta

Había una vez un hombre que vino a la consulta atribulado y avergonzado por una voz mental constante que no paraba de repetírle lo poca cosa que era, lo deficiente que era su trabajo creativo… Cuando llegó a la consulta, él se creía que lo que esta voz mental le decía, era verdad. De hecho, no se había dado cuenta de que la voz mental y él eran dos entidades separadas. Se había vivido en simbiosis perfecta con esa voz mental… Así que empezamos a investigar y a descubrir. A los pocos meses, el hombre veía con claridad que la voz iba por un lado y él por otro. Descubrió que él no podía hacer que la voz de su mente dijera cosas que le agradaran más de sí mismo, pero sí que podía no dar crédito a esa voz. Y cuando descubrió eso, se liberó de la influencia que la voz mental ejercía en él. Y así se fue de la consulta. Siguió su camino y nada supe de él hasta pasados un par de años… Un día me llamó y nos volvimos a ver. Venía sonriendo, aplomado. Su abrazo era un abrazo de iguales. Se sentó y me contó: “Estoy muy contento. El trabajo me va muy bien.¿Sabes? hace unas semanas ¡recibí un premio por mi trabajo!” Que alegría. Le felicité con mucho amor. Me sentía muy feliz por él. Pero no había venido a decirme que había recibido un premio, sino algo mucho más importante… “La cuestión -prosiguió sin dejar de sonreír- es que para entregarnos los premios, prepararon una cena de gala. Cómo te puedes imaginar, me preparé un discursito de agradecimiento para el momento en que dijeran mi nombre y saliera a recoger el premio. Bueno, pues llegó el momento y yo todo ufano subo a la tarima a recogerlo y en el instante en que voy a soltar el discurso, ¡apareció la voz mental diciéndome que aún con mil premios seguía sin valer nada! Me puse a reír delante de todos. ¿Cómo era posible que incluso en esas circunstancias la voz no cambiara de disco? Y sin pensármelo dos veces, expliqué a todos exactamente lo que me había pasado, esa voz que desde muy joven me había atormentado, la liberación que viví cuando me di cuenta de que la voz no era yo, y su tozudez para hacerme creer lo que estaba claro que ¡sólo pensaba ella de mí! Si vieras como se rieron todos. Vi con toda claridad que ¡no soy el único ser humano que tiene este tipo de voces en su cabeza!”

No sé si te has dado cuenta de que la relación que tienes “contigo” está basada en esa voz mental que te dice cómo eres y cómo tendrías que ser, que te juzga sin parar -para bien o para mal-, que te premia, que te castiga, que te dice lo que tienes que hacer y lo que no tienes que hacer, que te suele etiquetar con cuatro o cinco etiquetas que se van repitiendo sin cesar, “eres tonto”, “eres el mejor”, “mira que eres parado”, “perezoso”, “inútil”, “eres encantadora”, etc.

La relación que se supone que tienes “contigo” es la relación entre esta voz mental y tú.

Y es esa voz mental la que te permite sentirte bien contigo o no. Así de fuerte…

Pero miremos como funciona esta voz mental. ¿Tiene algún propósito? La verdad es que no. Funciona exactamente igual que las maquinas tragadiscos de los años 70, las jukebox, en las que introducías una monedita, apretabas -entonces no se decía “clickar” sino “apretar” :)- una letra y un número y se ponía el disco que querías, siempre el mismo disco, ¿las recuerdas? Pues la voz mental es exactamente así. Cuando eras pequeño, los discos se grabaron según tus experiencias y demás. Y desde entonces, siempre que las circunstancias son, por ejemplo, H-3, sale el disco “Tú no vales nada”. Si las circunstancias son G-9, sale el disco “Otra vez la has fastidiado”. Si son D-6, sale el hit “No hay nadie tan bueno como tú”. Y así.

Cada uno de nosotros tiene su discografía particular. De eso no cabe duda. La Mirada Secreta nos señala que:

La voz mental no eres tú.

Si fueras tú, escogerías siempre discos maravillosos porque está claro que por querer, quieres ser feliz…;

Tú eres antes que la voz mental.

Cuando naciste, no tenías ninguno de esos discos, pero tu ya eras tú. Por lo tanto, esta voz se sobrepone artificialmente a tu identidad;

La voz mental no tiene nada que ver contigo sino con las circunstancias que rodearon tu infancia.

Si hubieras vivido otras circunstancias de pequeño, tendrías otra discografía;

Si observas, te darás cuenta que la voz mental es repetitiva y nunca nueva.

Los discos son siempre los mismos, son realmente discos rallados;

Quien realmente manda eres tú y no la voz mental.

Puedes escoger no escuchar los discos que saltan automáticamente.

Y finalmente,

tu no puedes tener una relación contigo mismo porque no te puedes dividir en dos

por lo tanto todo lo que te dice la máquina no tiene nada que ver contigo.

Date cuenta de que esa voz que te juzga, te acosa, te manda, te esclaviza (es indiferente que sea un buen amo o un tirano) es sólo una máquina automática y atrévete a ser libre.

Eso es lo que te desea la Mirada Secreta, aunque aún no hayan llegado las fiestas.

¡FELIZ AHORA!

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