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La primera liberación

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“Uno mismo es la carga; la verdad de ello radica en el verlo.”

J. Krishnamurti

” Y respondió Dios á Moisés: YO SOY EL QUE SOY”

Éxodo, 3:14

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No nos damos cuenta pero entre yo y el mundo está la idea que tengo de mi. Vivo todo a través de la idea que tengo de mi. Esta es una afirmación que vale la pena investigar, ¿verdad? Porque si fuera cierta, toda mi vida estaría condicionada, esclavizada a quien creo ser.

Vale. Investiguemos un poco, mirada secreta

De la misma manera que todo lo que el ojo ve no pertenece al ojo, yo no puedo conocerme. Todo lo que conozco de mi no soy yo y sin embargo, ese conjunto de ideas sobre mi es a lo que llamo falsamente “yo”. Podríamos decir que todos los “mi” son pensamientos, ideas que tratan de llenar la vívida e incuestionable sensación que tengo cuando digo “yo”. De la misma manera que  el ojo no puede verse a si mismo,  “yo”  no puede conocerse a si mismo tal como conoce cualquier otro objeto. No puede. Y como no puede,

al no saber quien es, se piensa alguien …

¿Lo ves?- me dice la mirada con su guiño ya familiar. Y sí. Veo. Veo que me paso la vida pensándome. Hasta ¡tengo una relación conmigo! ¿Cómo es eso posible? ¿Quién se relaciona con quién? Cuando digo “no me gusto” o “estoy en paz conmigo”, ¿quién dice de quién? ¿Quién soy? ¿Soy yo alguno de esos dos personajes que están relacionándose?

Ese conglomerado de ideas a menudo cambiantes, es lo que defiendo,  es en lo que invierto toda la vida: quiero mejorar, y es la idea de mi lo que quiero mejorar; quiero que me quieran y es a la idea de mi a la que quiero que quieran. Así con toooooodo. Y aún mas difícil, quiero mantener a toda costa el buen rollo conmigo mismo. Y en realidad lo que está pasando es que

creo ser quien pienso que soy

fruto de comparaciones, juicios, imágenes. Eso es. Construyo una imagen de mi mismo con lo que me han dicho y por comparación, para finalmente creer ser esa imagen. Igual que creo ser la imagen que veo en el espejo. Y como siempre, nunca lo hemos puesto en duda. Pero,

¿Soy una imagen? ¿O soy quien se da cuenta de esa imagen?

La imagen siempre es cambiante, tanto la pensada como la percibida en el espejo. Sin embargo tu eres tu. Esto es muy muy muy importante descubrirlo: mira como tu imagen cambia continuamente (hoy soy genial y mañana no valgo nada, hoy soy joven y mañana viejo, hoy soy inteligente y mañana no me entero de las cosas, hoy tengo una opinión y mañana otra, …). Pero todo eso te pasa a ti, a ese “yo” que ¡siempre es el mismo! Mientras no descubramos que aunque sabemos que somos, en verdad no sabemos quienes somos, viviremos una vida irreal.

Ahora -dice la mirada secreta imagina por un momento que dejas de pensarte. Imagina que no tienes ninguna idea de ti, ninguna. Entonces ¿qué pasaría?…

Cierro los ojos y me pongo a la tarea…

Lo primero que me viene es que si dejo de pensarme, si me vivo nada, todo se simplifica tanto que la alegría estalla. No tengo nada que demostrar, nada que defender, nada que conseguir. Soy simplicidad. Soy alegría.

Sigo mirando con tu ojo inocente, querida mirada…

Si dejo de creer que soy algo concreto, ¡puedo serlo todo! Puedo ser tu y tu y tu, a la vez que nada soy. No hay nadie que sea mejor o peor que yo. Nadie que sea más o menos digno de amor. No hay ningún atributo comparativo porque ¡no hay con quien comparar! Todo es acogido. En todos me veo…. ¡Uy! me parece que eso es el amor. Y solo siendo sin ser alguien, todo soy. Si dejo de ser algo concreto, soy amor.

Si no tengo una forma definida, entonces no tengo ninguna forma, ninguna frontera que me delimite. Si no tengo forma, soy infinitud, soy libertad. ¡Todo baila en mi!

Si abandono absolutamente todas y cada una de las ideas de mi, soy silencio que acoge todos los sonidos. Soy silencio pleno -la música callada, le llama nuestro querido Juan de la Cruz-, silencio en el que se escribe la melodía de la vida.

Si dejo de pensarme, si dejo de vivir-me, si elimino el “me” de esa palabra, solo queda “vivir”. soy el vivir que fluye.

…caen todas las resistencias, todos los muros. Cae el castillo entero. Nada hay que defender ni atacar. Si dejo de vivir pensándome, ¡cae por entero el mundo de lo psicológico y a la vez que cae, queda curado! Eso es. Todo los problemas parten de ese yo pensado… ¡Todos! Si dejo de vivir pensándome, soy paz

Ahora veo, mirada, que la liberación no es liberarme de aquellos que me hieren, de las circunstancias que no me dejan ser feliz, de los hechos pasados que me traumatizaron, de los desamores. ¡Y aún menos convertirme en un yo superior! La liberación, la primera liberación -¡oh, mirada secreta!- es la liberación del yo pensado. A partir de aquí se abre una luminosa vida nueva, nueva, nueva. ¿Me atreveré a investigar la ilusoriedad de mi viejo yo? ¿Me daré la oportunidad de abandonarlo? ¿Podré vivir sin pensar en mi?

Yo no soy el árbol, ni su reflejo en el agua. Yo soy la luz que los ilumina. Yo soy la mirada que ve, la mirada secreta que no puede ser vista por nadie y en la que en su Ver simple, amoroso, infinito, libre y lleno de paz, baila la vida.

¡Feliz Ahora!

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Ratones de pensamientoteca

img_8919El brillo de la Luz nunca está escondido. Sólo las nubes de los pensamientos lo esconden a la mirada.

La mirada secreta

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Querida Mirada Secreta,

En estos tiempos en los que tu aliento silencioso ha ido disipando una creencia detrás de otra, me has descubierto que esta mente siempre va a a tener la misma pensamientoteca (biblioteca de pensamientos).

Diríamos que la mente tiene sus propios recursos, con los que crea argumentos, películas, emociones. Y aunque el producto final parezca nuevo, son siempre los mismos recursos. Por eso nunca me sorprende su contenido, ni el principio, ni el final de sus películas.

Pero, además de sus propios recursos, me has enseñado algo fundamental: para que esta mente pueda producir algo sustancial, necesita del fuego de la atención. Si la atención se desvía de la labor mental, poco puede producir la mente…

La pensamientoteca está muy concurrida de pensamientos existencialistas, de creencias (diría que hay un importante excedente de este material), de emociones repetitivas -tan repetitivas que ya casi hay dias que llegan a aburrir-)…

Cuando a la mente le da por producir con el beneplácito de la atención, yo sufro.

Pero, querida mirada, ¡qué inmenso descubrimiento  me esperaba al dejar abrir los viejos ventanales de la pensamientoteca aún a riesgo de que un vendaval compasivo se llevara tomos y tomos de pensamientos, ¡pensamientos tan importantes y tan voluminosos! Entraste como entra la luz, y con tu respiración silenciosa, tan sutil a veces como otras huracanada, dejaste la pensamientoteca quieta, quieta -como cuando se pone la pausa en mitad de la película- y entró la comprensión. Con cuánta claridad me enseñaste que

para comprender hay que dejar de pensar

En este instante eterno, en donde los ventanales se mantienen abiertos y la atención deja de “leer” pensamientos; en el que se apoya la cabeza en la mano en un no-hacer/no-querer inocente, la mente -así abierta- acoge lo que surge, sin poder asir la comprensión que se da de forma espontánea, sino sólo contemplarla. Y en esta contemplación, hay paz y alegría.

Cuando la mente se abre, soy feliz.

Poca cosa más queda por hacer que dejar de creer que la verdad está en la biblioteca polvorienta de los pensamientos. La atención puede dejar de ser su esclava. Y la mente enseguida replica que as, sin ella, no voy a poder funcionar. Pero no es a ella a quien escucho, sino a ti, querida mirada. Tu luz me ha mostrado que todo aquello que anhelaba está esperándome en la vida.

Sin darnos cuenta, todos nos hemos convertido en ratones de pensamientoteca, mientras la vida nos está esperando para que allí encontremos la belleza, la armonía, la compasión, la comprensión, el amor, la alegría, la paz,…. todos sinónimos de Verdad.

¡Seamos como los niños que miran por el ventanal sin ver nada, mientras la mente no para de parlotear!

Querida mirada secreta, el agradecimiento también vive en la Verdad. Eso ya te lo dije, ¿recuerdas?

En el Amor,

¡Feliz Ahora!

 

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La bolsa o la Vida

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“porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.”

Mateo, 6:21

Si tu y yo vemos en un escaparate unos zapatos, puede ser que a tí te gusten mucho y a mi me parezcan horribles. Y no pasará nada, seguiremos siendo amigos porque ya nos enseñaron que contra gustos no hay nada escrito. Pero si en vez de estar en el escaparate, los zapatos están puestos en tus pies y al verlos exclamo “¡qué zapatos tan horribles!”, lo más probable es que te enfades conmigo, o te duela mi comentario. ¿Cómo es posible? ¿Qué ha cambiado?…. Lo único que ha cambiado es que antes solo eran unos zapatos, pero ahora ya no son unos zapatos, sino que son tus zapatos. Han entrado en la bolsa de tu identidad, llena de mis y mios: mi pais, mi familia, mis vivencias, mis ideas, mis costumbres, mis gustos, mis recuerdos, mis zapatos, mis creencias. Esa es la bolsa en donde cada uno de nosotros, por no saber quiénes somos de verdad, vamos llenando de todo lo que decidimos apropiarnos. Y esa bolsa se convierte en el yo que creo ser. Y esa bolsa pesa muchísimo, ¡hay tanto que defender! ¡hay tanto que demostrar! Al fin y al cabo, se trata de mi. Cuando te metes con mis zapatos, te metes conmigo y eso no lo puedo tolerar. Aunque los zapatos me vayan estrechos, aunque tengan agujeros, son mis zapatos y eso los convierte en yo.

A todo lo que le pongo el mi delante se convierte en una esclavitud más que defender, incluso con mi propia vida

Pero son precisamente todos estos artículos posesivos lo que no me deja ser. Porque todos estos artículos no son más que sustitutos de la verdadera identidad. Y ¿cómo lo sabe la mirada secreta? Porque

yo no puedo ser aquello que tengo.

Yo soy quien lo tiene, pero no lo tenido. Y un día cualquiera puedo liberarme de esos zapatos y entonces ¿qué sentido tuvo ese enfado? ¿Qué pasaría si dejara de llamar mio a todo, a todo todo lo que llena la bolsa de mi identidad?

¿Para qué necisito una bolsa si cuando nací ya era sin bolsa alguna?

El otro día vino una preciosisima alma a verme y me contó qué feliz era cuando viajaba solo, porque ¡podía ser quien quisiera!  Si supieramos cuanto nos atan todos los mios… Si supieramos que esos artículos que llevo en la bolsa de quien creo ser ¡son el origen de todo conflicto! Y, sobre todo y por encima de todo, si supiera que esa bolsa me está impidiendo vivir plenamente, amar plenamente, ser plenamente libre,  ser realmente quien soy…

En tiempos remotos, los bandoleros asaltaban a los caminantes en el más inesperado momento y poniendose frente a ellos les gritaban: ¡¿la bolsa o la vida?! Les hacían decidir en un instante si preferían luchar por lo suyo o garantizar la propia vida, aún llorando por lo robado.

Desde tiempos inmemoriables, los sabios son asaltados por la Inteligencia de la Vida en el más inesperado momento y poniéndose frente a ellos les reclama en un instante la bolsa para así ganar la Vida. La mayoría de ellos, en tan ansiado momento, bailan alborozados, entregando la bolsa como quien se quita un disfraz viejo y gastado porque en el robo de la bolsa la liberación de lo falso queda garantizada y así descubren la Vida, la verdadera Vida, la plenitud total.

Y ahora la mirada secreta te asalta en el momento más inesperado y te coloca delante de la decisión más crucial y más revolucionaria que podrías tomar: ¿La bolsa o la Vida? Date cuenta de que en ello, realmente, te va la Vida.

¡Feliz Ahora!

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Lo natural es el amor


Soñé que estaba en algún lugar de la China, y que estaba con una niña. La niña tendría unos 6 años pero parecía más pequeñita. Era de rasgos chinitos, con media melena negra y lisa y estaba triste y preocupada aunque era niña y eso no le impedía trastear, reír y jugar. En el sueño estábamos en los espacios subterráneos de lo que parecía una red de metro y yo tenía la misión de llevar a la niña a su casa. Sabía qué metro coger pero no encontraba el camino. También, en el sueño, debía saber chino porque hablaba con los encargados que me ofrecían descuentos en los billetes y un reloj. Bueno, aparte de la vivencia extraña de los detalles tan claros de la aventura soñada, lo que realmente me mantiene en dulce perplejidad es que a la niña la amaba. Pero no solo en el sueño. Y es aquí donde entra la mirada…A la mañana siguiente recordaba el sueño, el metro, los chinos y a la niña soñada. Y para mi sorpresa, del corazón brotaba un amor tan real como si la niña fuera mi hermana.

No importa que la niña sea fruto de la nada. Tanto creemos que el amor depende de la cosa amada. Y sin embargo, que claro me lo presentas, querida, amada mirada. El objeto del amor es quizás lo que desobtura la naturarelza de mi alma que es Amor sin excepciones, que hasta en sueños me llama.

¡Feliz Ahora!

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El silencio de mí

imageEn el silencio del yo cabe lo que tenga a bien la Verdad

La mirada secreta

Queremos convertirnos en maravillosos seres humanos y para eso queremos un cuerpo hermoso y una personalidad digna de admiración. La pregunta es ¿por qué? Pues por lógica diría que no nos creemos maravillosos. Y, como los niños, me surge otra vez ¿por qué? ¿Por qué no nos creemos maravillosos?

El otro día en un programa de televisión vi las imágenes de las actrices que, en los años 80 eran consideradas las más bellas. La mayoría casi no tenían pechos y sus piernas, hoy en día, se hubieran considerado gordas. Y fueron ¡chicas Bond! Queremos un cuerpo hermoso sin darnos cuenta que, por un lado, no sabemos lo que es la Belleza y por el otro, esa “hermosura” que buscamos es fruto de una moda pasajera, de un condicionamiento. Creemos que estamos decidiendo desde la libertad y no nos damos cuenta que nuestras mentes están programadas, y que en nuestros deseos y acciones no hay libertad ni verdad. Y seremos capaces hasta de pasar por el quirófano si es necesario, para conseguirlo.

Y respecto a la personalidad pasa lo mismo que con el cuerpo. Hace unas décadas, una personalidad admirable estaba ligada a parámetros de obediencia, perseverancia, lealtad, humildad y paciencia. Ahora la personalidad estrella es la que demuestra independencia, inconformismo, rapidez, seguridad, ambición. De nuevo, modas que no contienen verdad precisamente por su superficialidad pasajera. Y de nuevo, somos capaces hasta de ponernos en manos de los terapeutas para “arreglar” nuestra personalidad.

¿Por qué queremos ser de otra manera?

Hace un tiempo, le hice esta pregunta a la mirada secreta y ella me contestó con otra pregunta:

¿querrías cambiar tu cuerpo o tu personalidad si estuvieras en una isla desierta?…

¡Ah, la mirada! Esta pregunta me hizo ver muchas cosas. Vi con claridad que

quiero cambiar para que los demás me vean de otra manera.

No quiero cambiar por mi. Eso que dicen que la operación o la terapia enfocadas al cambio se hacen con el objetivo de aumentar la autoestima… Uff. Ese tipo de autoestima de auto no tiene nada más que vernos valorados en los ojos de los demás. Así que lo que estamos buscando realmente es que los demás cambien su mirada respecto a nosotros. Y lo buscamos tratando de cambiar nuestra apariencia, tanto física como comportamental. Creemos que si lo conseguimos, nos querrán más. Y quizás sea así. Pero ese amor que hemos conseguido, ¿a qué va dirigido? ¿a nosotros o a la nueva apariencia? Y si vemos que va dirigido a la nueva apariencia, ese amor ¿nos llenará?

No hace falta ir a una isla desierta para comprobar que lo que nos preocupa es como los demás nos ven. ¿Cómo estoy conmigo cuando estoy en soledad? ¿Me preocupo de cómo me ha quedado el pelo hoy o de que me he levantado de mal humor? ¿Me preocupo por mi inseguridad o por tener la nariz un poco grande? ¿Qué hago con mi pelo, mi nariz, mi mal humor o mi inseguridad cuando estoy en soledad? Pues lo más probable es que no haga nada, que ni siquiera “me piense” y me dedique a ser simplemente quien soy sin proponermelo, sin esfuerzo. Libre de mi yo pensado.

Alguien diría que hemos de ser así y así y asá porque vivimos en sociedad. Lo que mi querida mirada secreta me enseña es que yo no soy de ninguna manera, que

cualquier definición viene por comparación,

y que

todos somos recipientes de vida y que la forma del recipiente no importa.

Muchos líos y sufrimientos vienen de creerme que soy de una forma concreta y quererla cambiar. La paz interior que anhelo y que busco en el reflejo de la mirada ajena, no me la va a dar la valoración que los demás hagan de mí, ni siquiera una “buena” valoración propia, sino el silencio de mí. En el silencio de mí, nada quiero cambiar porque al no pensarme, nada juzgo de mí.

En el silencio de mí encuentro la paz y se abre el espacio para que el Amor pueda brotar desde el centro y pueda llegar el día en que también deje de pensar en los demás y de juzgarles…

De hecho, la mirada secreta escribe cuando hay el silencio de mí. Aquí encuentra este yo desocupado y puede utilizarlo.

El yo poco ha mejorado estos años, pero al estar vacío de mí, la mirada secreta lo ha tocado. Y ¡ay, amigos! Cuando es la mirada la que toca, ¡que bella es la melodía, que plenitud sin fronteras! ¿Será Aquí donde vive la Belleza, la Libertad y el Amor?

¡Feliz Ahora!

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El amor que cura

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“La compasión sin egoismo es hija del verdadero amor.”

La mirada secreta

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aaEn este nuevo día, acariciado por la brisa del eterno anhelo, el mar infinito brilla resplandeciente. Cada sonido de agua y viento es un bella nota en la sinfonía de la vida; cada ola, cada reflejo del sol en la cresta, una nueva coreografía en la creación del Instante.

El viento suave de la mañana  trae consigo la inspiración de la mirada secreta.

Vuelve a rondar la compasión, expandiéndose …

La niña lucha por su vida en el hospital, mientras el novio de la madre siente su dolor. Le duele porque la ama. Y porque la ama, le cura abrazándola y estando a su lado día y noche… El hermano desapareció, quizá asesinado, dejando dos pequeños y una esposa desesperada tras de sí. La hermana siente el dolor de su madre porque la ama. Y como la ama, la cura guardando su dinerito y enviándole de a poquito para hacerle más fácil la pena… La chica llora por su corazón roto, mientras el chico siente su dolor porque la ama. Y como la ama, la cura llorando con y por ella. La abuelita no entiende nada, mientras su esposo se duele. Se duele porque la ama. Y como la ama, la cura sosteniéndole con amor la desorientación de ella.

Nos duele el dolor del otro porque amamos. Y porque amamos, curamos su dolor

Si, hay dolor en la vida. Dolor que no podemos comprender. Pero, entre lágrimas, el alma sonríe con dulzura. A un dedal de dolor reparten los que aman un mar de amor. Esta es la compasión del alma limpia de egoísmo. Es el alma que opta por dar amor en vez de hundirse en el derrotismo.

La compasión es como el amor se expresa frente al dolor.

Y cuando se ama, el dolor se suaviza, se pacifica, se aligera. Amar al otro es llenar el corazón del otro de amor, aunque esté llenito de tristeza. El amor es muchísimo más potente que el dolor.

En el amor, todo dolor es sostenido.

Dime mirada, ¿como no sentir paz cuando sabemos del Amor?  El Amor, la energía más poderosa, el aliento de la Verdad.

Hoy, mientras el sol calienta los cuerpos y el viento seca las lágrimas, el alma se inclina agradecida a la mirada, desvelada ya la visión al Amor que nos hace Ver.  Realmente, el Amor nos salva.

Y si. ¡Feliz Ahora!

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La razón y la verdad

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Cuando hubo el boom de la mediación,  alguna alma caritativa me enseñó este diagrama para comprender el conflicto y desde entonces, me ha ayudado mucho a comprender. Ahora sigue dando sus frutos gracias a la mirada secreta. Hoy quiere que hagamos el camino de profundización juntos. ¡Vamos a ello, a ver donde nos lleva!

Si le preguntamos al señor de la izquierda cómo es la esfera, dirá que de puntitos. Si se lo preguntamos al señor de la derecha, dirá que de cuadraditos. Ambos serán capaces hasta de matar si llega el caso, por “su” verdad.

Así es como funcionamos siempre. Tanto en las relaciones personales como en las sociales, económicas, etc. Tanto individualmente como colectivamente (sociedades, religiones, países). Este es nuestro patrón.

Lo que pensamos sobre lo que vemos, lo damos como verdadero.

Todos los conflictos, todos, vienen de aquí. Y dime, ahora que ves el dibujo, ¿cuál de los dos señores tiene razón?

La razón no es más que lo que la mente ve desde una perspectiva concreta. Es una visión relativa al lugar desde donde estoy viendo. Eso es la razón. Nada más. Y sin embargo, la absolutizamos.

Creemos que tener la razón es tener la verdad.

Hacemos sinónimos razón y verdad, y la consecuencia de ello es que tener razón nos da derecho a todo. Pero la mirada secreta nunca se conforma con lo creído y mira por primera vez y ve. Ve con total claridad que

la razón y la verdad no tienen nada que ver.

Mira el dibujo y dime ¿dónde está la verdad?

Esta investigación empezó el otro día entre un grupo de vibrantes corazones. Estábamos descubriendo que existe otra manera de ver, más allá de lo que la mente nos dice. Y alguien dijo que si eran muchas las personas que lo veían de la misma forma, entonces seguro que era verdad. Es bastante frecuente que demos la verdad a lo que la mayoría dice. Incluso el sistema de gobierno más avanzado se basa en este precepto: la mayoría gana. Creemos que

si todo el mundo lo dice, entonces debe ser verdad

Pero ¿es así? Si volvemos al dibujo, sólo hemos de imaginar muchos señores en uno de los lados y un solo señor en el otro lado de la esfera. ¿Tendrán más razón los que son muchos frente al que es solo uno? Incluso si toda la humanidad estuviera a un lado del círculo, aún y así no tendrían más verdad que el pobre solitario del otro lado. ¡Ah! -y esto va por los que quieren ser “personas únicas”- el que está solo al otro lado de la esfera, tampoco tiene más verdad. Entonces ¿dónde está la verdad?

-La verdad nunca ha estado en posesión de la mayoría-, dice la mirada secreta. Si la verdad hubiera estado en posesión de la mayoría, el mundo sería maravilloso.

La razón y la verdad no tienen ningún punto en común.

Siempre que uno cree tener la razón, trata de convencer a los demás. La razón trata de ser demostrada y se puede conseguir que otros lleguen a estar de acuerdo contigo, “te den la razón”. Y si no comparten “tu” razón, entonces están en “tu” contra. De la razón salen los dogmas, sucedáneos de la verdad que absolutizan creencias. E igual que la razón trata de ganar adeptos para así sentirse más verdadera, puede ser cambiada por argumentos más contundentes. Hoy le doy la razón a uno y mañana a otro. La razón no entiende al que está en el otro lado. Le llama mentiroso, o tonto, o enemigo, o malo. La razón siempre divide. Siempre

La razón es un sucedáneo de la verdad que tiene que ver con lo que yo veo desde una perspectiva concreta en este momento. En cuanto cambia la perspectiva, cambia la mirada. Pero es muy importante que me de cuenta de que no puedo estar creyendo tener razón y viendo. Porque el ver no se puede hacer desde la mente y cuando estoy atrapado en mi razón, es signo de que estoy atrapado en la mente. Por creer tener razón se pelean las familias, se enfrentan los países, se mata, se condena… Ese es el peso de la razón.

La verdad es ver la totalidad en cada momento y eso solo se puede hacer trascendiendo la razón en un estado de apertura total. La verdad no puede ser demostrada porque no tiene argumentos. Solo se puede ver, solo puede ser vivida, porque está más allá de la mente (como el sabor de una manzana, que no puede ser demostrado…). A diferencia de la razón, la verdad no se puede dar a otros, lo único que se puede hacer es ser fuente de inspiración para que el otro vea, para que el otro suelte la mente para ver (¡gracias mirada secreta!). Y aunque el ver lo verdadero es tan contundente como la razón, no necesita convencer a nadie para afianzarse. Sabe que lo visto es así, sin pensarlo (igual que sabemos a qué sabe una manzana sin que la mente pueda decir nada al respecto). A diferencia de la razón, el ver lo verdadero no está supeditado a cambios, nadie ni nada te puede convencer de otra cosa. Por eso es contundente. El ver lo verdadero no deja nada afuera. Es ver la pelota desde todas las perspectivas en una sola vez. La comprensión del ver lo verdadero lo abarca todo. Nunca hay contrarios. No los puede haber porque

la verdad vive en la totalidad

Así como se puede tener la razón, no se puede tener la verdad. La razón está en lo visto, mientras que

la verdad está en la mirada.

Mientras yo crea que tengo la verdad, eso me va a impedir ver. Para ver, tengo que abandonar la razón. Porque la razón es resultado de la mente mientras que la verdad es un ver directo, sin mente. Y es en el ver lo verdadero en donde nos espera todo lo que anhelamos. Es aquí, en la mirada que ve donde está el amor, la belleza, la sabiduría, la unidad.

¡Gracias mirada!

¡Feliz Ahora!

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Sobre la compasión

IMG_8283“Llena tu mente de compasión”

El Buda

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Se despierta el niño gritando y llorando en mitad de la noche. Al oír los gritos, corre la madre a su lado. Le abraza, le susurra al oído …”todo está bien”…”solo ha sido un mal sueño “…

El niño habla de un monstruo que le perseguía y le quería hacer daño. La madre le deja hablar mientras le mece en sus brazos amorosos… “todo está bien” le sigue susurrando. Y en ese arrullo, el niño se va calmando, deja que la pesadilla se desvanezca y se vuelve a dormir, confiado… Así es como cura el verdadero amor.

La mirada investiga hoy el sufrimiento, el sufrimiento creado en la mente por lo que creemos que tendría que ser de otra manera, por lo que la mente interpreta, supone, imagina, desea, rechaza, sueña. El sufrimiento, a diferencia del dolor, nunca está ubicado en el presente tal cual es, siempre está en lo que pensamos del pasado, lo que tememos del futuro o lo que pensamos del presente. Vivir de lo que la mente dice es un no vivir, un no vivir que nos hace sufrir mucho ahora. Los seres humanos sufrimos mucho, muchísimo a nivel mental aunque la mayor parte del tiempo si alguien nos preguntara que problema tenemos que nos haga sufrir justo ahora, la respuesta sería: -ahora, justo ahora, emmmm… ninguno, pero…-   O bien sería toda una explicación de un presente interpretado… Es muy muy chocante ver por lo que sufrimos con la mirada limpia de pensamientos. De hecho, es muy chocante descubrir que

sin pensamientos puede haber dolor pero no sufrimiento.

El sufrimiento que sentimos no es una sensación imaginada ni supuesta ni interpretada ni soñada. El sufrimiento lo sentimos de verdad, como el niño que tiene una pesadilla sufre de verdad. Lo que ocurre es que aquello que nos hace sufrir casi nunca lo ponemos bajo la luz de la mirada despierta, sino que nos quedamos hipnotizados por el sueño que está creando la mente. Y

tanta realidad le damos a lo pensado, tanto sufrimos.

Imaginaros que en la escena nocturna anterior, la madre cogiera al hijo de la mano y se pusiera a correr por la habitación para huir del monstruo. O llorara desesperada junto con su hijo… Y sí, quizás trataría de buscar una solución para liberar a su hijo del monstruo… No sé, no sé si eso puede ser un acto de amor o más bien sería una caída al mismo sueño que está teniendo el hijo.

Ve la mirada secreta. Ve y ama. Y vuelve a susurrar en el ojo abierto:

Sufrir con el que sufre no puede ser un acto de Amor.

¡Dios mío! ¡Qué tremenda la mirada con esa claridad que nada deja de mirar! Sigo escuchándola, a ver dónde me quiere llevar…

Nos hemos creído que sufrir con el otro o sufrir por el otro es un acto de amor. Y quizá si. Pero quizá solo en el mundo de los sueños. ¿Cómo podríamos sufrir igual que sufre el niño si vemos que el monstruo es una imaginación? Sufrir con otro solo da más realidad a la pesadilla -sigue susurrando la dulce mirada.

En el Reino del Amor, el sufrimiento no existe.

El sufrimiento es hijo de la ignorancia (o del sueño, o del pecado, que viene a ser lo mismo). Cuando vemos el contenido del sufrimiento, nos damos cuenta de que “todo es del color con el cristal que se mire”, no tal cual es (sin cristal alguno). Pero cuando tenemos una pesadilla, mientras estamos soñando sufrimos. Y aunque lo soñado no sea real, el sufrimiento si que lo vivimos. Lo vivimos con tanta intensidad como realidad le damos al sueño. No podemos dar realidad a aquello que hace sufrir al otro (y ojalá pudiéramos hacer lo mismo con nosotros mismos), pero sí que damos realidad a su sufrimiento. ¿Ves la diferencia?  Y aquí, en ese dar realidad al sufrimiento del otro, no se despierta un sufrimiento empático en nosotros, sino la compasión.

La compasión no es sufrir, es amar. Es amar al otro. Es comprender que sufre, que siente dolor. Es saber que el dolor que siente le hace daño a la vez que comprendes que su mente le tiene atrapado. Es confiar en que todo está bien, aunque en ese momento la persona no lo pueda ver. Siempre. Es, como la madre, dejarle sacar sus monstruos, mientras le ama y le comprende. Sólo eso.

La compasión verdadera es amor más comprensión.

La compasión es un acto de amor, profundo, limpio. La compasión exhala paz, seguridad, confianza desde la humildad de saberse pequeñas hojas a merced del viento de la mente, tantas veces huracanado. La compasión, la verdadera compasión no quita ni una brizna de poder al que sufre. No es la piedad del que se siente por encima y da la “limosna de una buena obra” al pobre desgraciado que lo está pasando mal, para el beneficio propio de sentirse “bueno” durante un rato. La compasión es sentir que el otro y tu sois uno, es el socorro que la mano derecha da a la izquierda cuando esta duele (querido Thich Nhat Hanh). El Amor es unión. Unión de lo verdadero del otro con lo verdadero que hay en ti.

La compasión también es comprensión. La madre de nuestro relato simboliza la mirada despierta que ve. La mirada despierta puede VER lo que es sueño como tal (sueño=creación mental). Por eso comprende. Porque ve. Y por eso no sufre con el otro, por el otro. Porque ve. Y es aquí, en esta mirada donde vive siempre el amor, la  paz, la comprensión, la compasión que nada tiene que ver con la empatía mal entendida (ponerse en el lugar del otro y quedarse ahí).

La compasión no es sufrir, es amar. Es amar al otro. Es comprender que sufre, que siente dolor y saber que ese dolor es producto de un sueño del que puede despertar. Por eso, la compasión es confianza plena en que todo acaba bien. Siempre. Lo que nos hace sufrir se desvanece en el amor, en la confianza. Podemos soltar cuando confiamos, como el niño que se vuelve a dormir arrullado por la madre que ve.

La compasión es uno de los frutos de la mirada que ve. Dulce fruto que es bálsamo de cualquier sufrimiento.

¡Bendita mirada!

¡Feliz Feliz Ahora!

 

 

 

 

La compasión comprende al que sufre porque le ve perdido en su sueño.

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La dimensión relativa

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La plenitud no tiene contrarios

Consuelo Martín

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¿Qué nos pasa a los seres humanos que todos nos sentimos incompletos?- le pregunto hoy a la mirada secreta.

Y Ella, feliz de expresarse (así es su naturaleza) me habla de la dimensión de la relatividad…

Hay infinitas dimensiones en este mundo. Infinitas dimensiones que conviven superpuestas, la mayoría desconocidas a la conciencia humana, aunque las estemos viviendo. Y una de ellas es la dimensión de la relatividad.

Ya en otras ocasiones, la mirada me habló de “lo que sobra y lo que falta“, de vivir en plenitud. Y cómo esta visión nos hace vivir sin ver, como si no estuviéramos completos. Porque

creemos que para sentirnos en plenitud hemos de tener todo lo que deseamos.

Delante de mi hay una piscina que solo se puede llenar hasta el límite que marca un escape en la pared. ¿Está la piscina medio llena o medio vacía? Eso me recuerda al disco rallado de lo del vaso medio lleno y el vaso medio vacío (disco rallado de la mente que siempre habla de lo conocido…)

La mirada me increpa a seguir investigando…

Así dice la mente: si vemos el vaso medio vacío, somos negativos. Y si lo vemos medio lleno somos positivos, optimistas y parece que tenemos más puntos para ser felices, para vivir en plenitud. Así que tratamos de verlo medio lleno. Y si no podemos, buscamos ayuda para que nos enseñen a verlo medio lleno. Pero, ¿cuál es la verdad?

Para creernos que el vaso está medio vacío o medio lleno, hemos de juzgarlo en relación a algo. En este caso, podría ser muy bien la capacidad que tiene el vaso… Ahora imagina la misma cantidad de agua en un vaso la mitad de pequeño… ¿Estaría medio “algo” o estaría lleno? Entonces, ¿qué estamos valorando?

Medio vacío… Medio lleno… Vacío…. Lleno…. Todo lo que valoramos lo solemos valorar con respecto a algo  -en este caso, la cantidad de agua respecto al tamaño del vaso- y por lo tanto,

es una valoración relativa que no tiene más verdad que la que da esa perspectiva concreta.

¡Oh, mirada! ¿Dónde está la verdad? ¿Dónde está la plenitud?

La verdad, lo real, no puede depender de nada. Ha de ser en si misma. Todo juicio, toda valoración que depende de algo no tiene verdad en si mismo. ¿Para qué voy a estar tratando de ver el vaso medio lleno? ¿Con qué propósito? ¿Es  para creer que tengo suficiente? ¿Mucho?…. ¿Con respecto a qué?

Si es para sentirme satisfecho, esa satisfacción será tan endeble como endeble es la verdad que se atribuye a lo relativo. Endeble y pasajera. Además, esa es una plenitud por comparación (necesita de la carencia para ser vivida porque si no es así, nos acostumbramos y ya no nos damos cuenta), y que ahora está y ahora ya no está, dependiendo de los factores que nos han hecho valorarla como “plenitud”.

-Entonces ¿qué hago?-, pregunta la mente que piensa que haciendo algo hallará la solución… La mirada sonríe, (la sonrisa de la mirada es pura belleza) y sigue mostrando…

No podemos saltar de una dimensión a otra “haciendo”, por una razón muy sencilla: porque la persona existe como tal sólo en el mundo de lo relativo. Así que ¡no puede ser la persona la que cambie de dimensión!

Para ver más allá de lo relativo, es la mirada la que se amplia.

Aquí tenemos una piscina con agua. La piscina tiene el tamaño que tiene. Y la cantidad de agua es la que es. No es ver la piscina medio llena o medio vacía, si no verla en su justa medida.

Cuando vemos las cosas en su justa medida (sin comparaciones), lo que vemos así es perfecto en si mismo. Y eso es conciencia de plenitud. La plenitud es vivir lo que hay.

En lo que Es, sin juicios ni comparaciones, vive la Plenitud.

Está en tu mirada -dice la mirada secreta– el verlo.

Tengo calor. Me voy a bañar. Así SI.

¡Feliz Ahora!

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Del dolor al amor

IMG_7872Comprender es amar.

Consuelo Martín

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Durante muchos años, acompañé a personas en su última etapa de vida.  Las personas que en el momento de morir estaban lúcidas solían hablar de un sólo tema. En esos momentos, todo lo demás dejaba de existir. El trabajo, los logros conseguidos, el dinero y las posesiones no tenían ninguna importancia, aunque la persona hubiera vivido para ello. Todo dejaba de existir excepto una sola cosa: el AMOR. Era igual que la persona fuera joven o vieja, de un estrato socioeconómico u otro, fuera más o menos culta o fuera o no creyente. Su principal reflexión, aquello con lo que se iban de esta vida, se resumía en el amor que habían recibido y dejado de recibir y en el amor que habían dado y dejado de dar. Si el balance que sentían no era bueno, había dolor.

Había dolor si sentían que no habían recibido amor. Había dolor si sentían que no habían dado amor. Si habían recibido amor pero no lo habían dado, también había dolor. Pero si no habían recibido amor pero habían dado, había paz, una paz profunda. Estas eran las personas que morían en paz. Si estas personas también habían sido amadas, ¡la paz seguía siendo la misma! Lo importante, lo que marcaba la diferencia era el amor que ellas habían dado y dejado de dar. Sin yo darme cuenta, las personas que morían me enseñaron a vivir, me enseñaron que

lo más importante en la vida es el amor que damos.

Pero a veces es muy difícil amar. Es muy difícil amar especialmente a aquellas personas que creemos que nos han hecho daño, que creemos que nos hacen daño. Los buenos propósitos caen como castillos de naipes cuando nos sentimos maltratados.

¿Por qué? ¿Por qué no podemos amar también a los que nos insultan, manipulan, maltratan? ¿Qué es lo que nos impide amar?

Cuando en este mundo (el mundo interpretado), alguien nos hace daño, nos sentimos muy mal. Ese dolor no es un dolor ajustado al momento en el que se hace la herida, sino que es un dolor que dura y dura y dura. Es un dolor que sólo parece curarse si el “agresor” nos pide perdón. Entonces, parece que podemos soltar el dolor. Vamos, que alguien me hiere y ese alguien es quien va a tener también que reparar la herida y mientras yo sólo puedo llorar, odiar o hundirme. Pero ¿y si las cosas no fueran así de verdad? ¿y si lo que nos ocurre fuera algo que nunca antes habíamos visto?

Aquí está la mirada secreta, siempre alumbrando con su luz nueva, siempre dejando la mente calladita frente a la claridad de su presencia.

Dice la mirada que nuestra infelicidad por la estocada recibida nada tiene que ver con quien nos hirió. Nuestra infelicidad tiene que ver con que

al sentirnos heridos dejamos de amar.

¡Dios mío! ¡Nunca lo había visto así!

Nos sentimos mal, no porque nos hayan hecho daño sino porque dejamos de amar…

Vale, querida mirada. Lo veo. Veo que me siento mal si dejo de amar. Pero ¿por qué dejamos de amar?

Ayer corté unas rosas del jardín. Bellísimas, generosas, se entregaban a mi cesta. Andaba yo feliz. Y en estas, la más bella de todas, la que hace estallar el corazón con el increíble perfume de su esencia, al ser cortada me pinchó. Brotó la sangre. Cuidadosamente me llevé el dedo a la boca para, después que remitiera el dolor puntual, seguir creando el ramo de belleza, sin que el pinchazo hubiera alterado en nada la felicidad.

¿Por qué dejamos de amar a quien nos hiere?

Y la mirada secreta me habló con su lenguaje de silencio luminoso y me dijo:

– Mira cómo seguiste amando la rosa que te pinchó. ¿Por qué la seguiste amando?

Esta pregunta de la mirada fue suficiente para comprender.

Seguí amando a la rosa porque no la culpé del pinchazo. La rosa tiene pinchos y no puede evitar hacerte daño si la coges por los pinchos.

¡Eso es!

Todos somos como las rosas. Todos somos belleza y todos tenemos pinchos.

La belleza es nuestra esencia. Y los pinchos, nuestro yo psicológico. Esa es nuestra doble naturaleza.

Nadie es culpable de sus pinchos, de la misma forma que nadie es el creador de su belleza.

En el plano de los pinchos, vive el dolor. En el mundo de la esencia, vive el amor. Cuando siento el dolor de tu pinchazo, son mis pinchos doliéndose. En este mundo no hay amor. Cuando alguien nos pincha no puede hacer otra cosa. No es culpable de ello. Cuando alguien nos pincha, lo hemos cogido por los pinchos, estamos relacionándonos ambos desde nuestro yo psicológico. Y

sólo en el nivel psicológico podemos sentir dolor.

Nadie es culpable de ello. Como la rosa no es culpable de sus pinchos.

Si me doy cuenta de que la persona no es la culpable de mi dolor, entonces quizás la podré seguir amando. Y si la sigo amando podré seguir viviendo en paz y plenitud. Y si sigo viviendo en paz y plenitud, podré seguir dando al mundo lo mejor de mí, incluso a aquel que aparentemente me hirió o cuando sea yo quien hiera.

¡Feliz Ahora!

 

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