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AtraBesando. El amor incondicional

Versión 2

 

Cuando veo que soy todo, eso es Amor.

Sri Nisargadatta Maharaj

 

 

 

En estas horas, anda la mirada secreta rondando, susurrando, desvelando, atraBesando. Si, atraBesando-me. Porque la mirada secreta ama incondicionalmente y hasta ahora no me había dado cuenta.

Me atraviesa. Es como si no me viera. ¡Qué paradoja decir que la mirada no me ve! En verdad, me ve mejor de lo que yo o nadie me ha visto. Me ve atraBesando mi cuerpo, mi personalidad, mis creencias, mis gustos y disgustos, mis capacidades o incapacidades. Ella no ve nada de esto. Yo no sé lo que ve. Pero sé que la mirada secreta no me piensa, no piensa en mi ni en como soy o dejo de ser, ni en como me relaciono o dejo de relacionarme. Ella me atraviesa. Atraviesa lo que en mi es objetivable o juzgable -que es lo mismo-. Me ve como nadie me ve. Y por eso me ama incondicionalmente.

¿Que cómo lo se? Porque siempre está Aquí. Siempre que me abro a ella, me regala su presencia y así, durante esta comunión, puedo ver yo también más allá de lo objetivable o de lo juzgable -que sí, me dice, ¡que es lo mismo!-.

Hoy he visto como sin darnos cuenta, rechazamos la manera de ser del otro. Lo he visto y eso ha producido un silencio por el que se ha colado mi querida mirada secreta. Allí ha empezado a hacer su trabajo -cuando hacemos nuestro verdadero trabajo, no hay esfuerzo alguno…- Y me ha ido mostrando un amor nuevo.

Me ha enseñado dos cosas por ahora. Dos cosas que en verdad son inseparables.

Tantas veces oímos hablar del amor incondicional. Me parece que está un poco de moda. Amar sin condiciones. ¿Sin condiciones con respecto a qué? Parece como si pensáramos que podemos llegar a amar sin condiciones siendo quienes somos. Hoy he visto que no.  Hoy he descubierto que

el amor que siento hacia el otro depende del estado en el que estoy yo y no del otro.

Siempre había pensado que el amor que le tenía a alguien dependía de como era el otro, y sobre todo, de como me trataba. Pero hoy la mirada secreta me ha mostrado que no es así. Que el amor que doy es el amor que tengo. Y no puedo dar más amor que el que tengo. Cuando me siento radiante, lleno de amor, entonces parece que como el otro actúe ya no me molesta. Así que

lo incondicional tiene que empezar por mi.

Para amar incondicionalmente tendría que estar lleno de amor, siempre, siempre, siempre.

Entonces de lo que se trataría es de amarme mucho, de tener muy buena autoestima… Si. La autoestima también está en moda desde hace algún tiempo pero quizás tendríamos que investigar de que va eso de la auto-estima. La mirada ya sonríe. Y es que ¿cómo es posible esto de amarse a uno mismo? ¿Acaso me puedo dividir en dos: uno que ama a otro? Y la mirada, implacable siempre, me dice que

la autoestima es la relación que hay entre la idea que tengo de mi y el ideal que tengo de mi

¡Listos! Hay mucha autoestima cuando la idea que tengo de mi ha subido puntos hacia el ideal. Eso es todo. ¿Cómo va a tener este invento psicológico algo que ver con el amor incondicional?

No es posible ningún amor incondicional mientras la fuente del amor que quiero ser se viva con millones de condiciones. De hecho estoy todo el día juzgándome. Entonces ¿cómo va a brotar de mi un amor incondicional?

De mi no puede brotar amor incondicional como tampoco puedo amar incondicionalmente mientras crea que el amor es algo que se ha de merecer según los criterios a los que doy verdad. Ni me puedo amar ni te puedo amar incondicionalmente.

Entonces ¿no podemos acceder al amor incondicional? Si, dice la mirada. Sólo hay un camino. Y es descubrir quien eres, de qué estás hecho, que es eso de la vida. Antes, no te lo plantees- me dice. Porque si lo haces, agravaras tus juicios.

Vale. Pero mientras no lo descubra ¿qué puedo hacer?.- le pregunto.

Dejate ser. Y deja ser a los demás.

Sin querer nada porque el amor incondicional no quiere nada

Por eso, el verbo de hoy es atraBesar. Atrevete a Ser, atraBesando cada juicio, dirigido a ti mismo o a los demás, no importa.

AtraBesando sin condiciones.

¡Feliz Ahora!

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El orden natural

img_2549El orden sí  que altera el producto.

La mirada secreta

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De la fuente del bosque brotaba un hermoso río. Los aldeanos aprendieron hace ya mucho tiempo que para que todos se beneficiaran de sus aguas, había que seguir un orden: llevaban a las bestias a bañarse río abajo. Más arriba, se bañaban ellos. Aún más arriba, dejaban los aldeanos que las bestias calmaran su sed y más arriba aún, cerquita de la fuente, lo hacían ellos. Así el agua que brotaba de lo profundo de la tierra, era una bendición para todos y para todo.

Los hombres que llegaban a la aldea, faltos como estaban de conocimiento, bebían en cualquier tramo del río, quizás más abajo de allá donde las bestias se bañaban. Y lo que es elixir de vida, se convertía en ellos en puro veneno.

Echo de menos el orden, el orden natural de todo- le digo sin palabras a la mirada secreta. Dime, dulce mirada, ¿cómo puedo vivir en este orden que convierte toda acción en un bien para mi y para el todo?

¡Qué bella pregunta! Nunca antes me habías hablado de ello. ¡Qué feliz me siento! -contesta la mirada que lo que más le gusta es descubrir y descubrir para el ojo embelesado. -Mira estos aldeanos. Míralos con mi mirada…-me dice.

Veo que ellos conocían muchas, muchas cosas: la dirección del agua del río, la pureza de sus aguas y cómo ésta se ve afectada por el uso que se les da; que ha de ser más pura el agua que bebo que el agua en la que me baño, igual que en todo lo que está vivo…

Si- me dice la mirada. Se necesita saber, tener unos conocimientos. Pero si contamos sólo con los conocimientos no va a ser suficiente. Mira:

Era así como el chico, harto de caminar, dejaba que las bestias se bañaran cerquita de la fuente donde él saciaba su sed. Y un día, mientras el rebaño se bañaba, su hermano fue a beber río abajo, allí cerca donde el andaba trabajando su campo. Aquella noche, el hermano caía gravemente enfermo mientras el chico lloraba…

¿Ves?- me insta la mirada secreta. Ambos hermanos, aún sabiendo, pensaron sólo en ellos mismos. No porque fueran egoístas ya que aparentemente no hacían daño a nadie, sino por ignorancia. Ellos se vivían a si mismos separados de la totalidad de la vida. Y este es el orden humano:  se tienen muchos conocimientos pero se viven desde la separación del yo con el resto de la vida. Y es que,

aunque el conocimiento es indispensable, no es ni mucho menos suficiente.

Y eso es lo que todavía ha de descubrir el ser humano. para que el conocimiento tenga un efecto beneficioso se necesita comprender que

toda acción tiene un impacto en el Todo.

Necesitamos descubrir que no estamos separados, que formamos un todo indivisible. Que todo lo que existe forma parte de mí.  Si llego a descubrirlo, entonces aparece un segundo elemento: el Amor. Y no pienses que es el amor que crees conocer. Es el Amor que trasciende mis “mis”, que todo lo incluye, que no ve nada separado del resto, que contempla la Vida como el único ser y que cuida cada átomo, cada vida como elemento siempre-integrado en la totalidad.

El Amor es la fuerza que actúa cuando descubro que todo forma parte de mí.

Y de esta manera se crea el ORDEN NATURAL Y DIVINO. El Orden que trasciende lo humano -trágicamente sustentado por la idea de separación.

El orden natural, hijo de la sabiduría y del amor.

En verdad, Ser y Saber, Amor y Sabiduría, Corazón y Mente, unidos para el mayor bien del Todo, de todos, de mi, de lo visible y lo invisible, de lo conocido y lo desconocido.

Más allá de cualquier conocimiento teórico, todo lo que comprendemos de la Verdad caerá en terreno baldío mientras la tierra en la que se posa esta sabiduría no se descubra tierra de todos, porque sólo el Amor la fertilizará.

¡Qué germine la Verdad en la tierra del Amor y el Orden natural -y por tanto divino- sea su fruto!

Gracias, querida mirada. En verdad, el descubrir es infinito.

¡Feliz Ahora!

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El canto de la Verdad

img_9373En el Silencio, más allá de los pensamientos y la emoción, la vida y la luz son Uno.

La mirada secreta

Gotas de sal lamen el corazón herido, el corazón rechazado, el corazón humano. Me mira con sus ojos inundados. También aquí el océano de vida tiene clara una salida. ¿O serán las lágrimas el final del dolor, la desembocadura, allí donde el sufrimiento tiene la oportunidad de transmutarse en Amor? Sus ojos lloran por el dolor de su corazón, su corazón humano. Mientras, por el rabillo de su mirada una lucecita brilla, un dulce resplandor que despierta mi mirada, la mirada secreta, la única mirada.

La lucecita resplandeciente resbala por el rabillo hasta la comisura de su boca y por las cosquillas que le hace, una sonrisa, tímida y callada, se vislumbra entre todas esas gotas saladas. Y la mirada secreta ve. Sigue el rastro brillante corriente arriba: de la sonrisa al rabillo del ojo y del rabillo se hunde en su resplandor -que no por tenue es menos luz, que la luz es luz tanto si es muy intensa como si no-. Y al hundirse en su brillo, aterriza la mirada en un nuevo corazón. Es este otro corazón que no tiene cualidad humana. Es un corazón sin forma, sin fronteras, sin color. Ni cálido ni frío. De luz blanca inundado, la luz blanca contenida, inseparables. No se sabe si este corazón es luz o la luz es corazón. De su profundidad insondable brota un canto de sirenas con una única tonadilla que arrulla, acuna, silencia, pacifíca. Una única canción. Como una es la Verdad.

La mirada secreta que escucha y al escuchar, ve, oye su canto y comprende. Comprende a la lucecita que del rabillo del ojo en llanto, saltó como si de una lágrima más se tratara, a la comisura de sus labios y bendijo su expresión doliente con la sonrisa de su canto.

Y es que el corazón humano llora todo lo que vive como carencia de amor: los reproches, el rechazo, la soledad, el desencanto, la culpa, la agresión, la desolación, el egoísmo, los deseos, la posesión, la esclavitud, la manipulación, el odio, el sufrimiento humano… Y en ese mismo sitio, el corazón humano, trata de vivir todos sus contrarios: las alabanzas, la aceptación, la compañía, la seducción, el orgullo, la amabilidad, la alegría, la generosidad, la esperanza, la fluidez, la libertad, la integridad, el amor, la felicidad humana… creyendo que así vivirá el amor. Pero ¡ay!, ese amor es temporal cuando ahí se vive, tan temporal como lo es el ser humano. Pero a veces bendice la Verdad con atisbos del Corazón intemporal, sin contrarios, en donde no se tienen alabanzas ni se ejerce la aceptación, ni hay necesidad alguna, ni la alegría o la generosidad tienen gradientes; ni la libertad, la esperanza o la integridad están expuestas a ningún peligro. Aquí, en este Corazón, nada se tiene y por eso no falta nada. Es casa. Nuestra casa. Aquí Soy. Soy Amor.

Dice la mirada secreta que cuando se ha vislumbrado este Corazón -el centro del Ser que soy- el vislumbre abre un caminito hasta el corazón humano y los vapores que viajan por él son la canción que anda oyendo el niño de corazón inundado, que con su sonrisa apenas dibujada dice que él nació para amar, para ser amor. Y eso Es lo que oye el niño, la canción de un sólo canto:

todo acaba bien. El Amor es lo que Soy.

¡Feliz Ahora!… siempre

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Lo natural es el amor


Soñé que estaba en algún lugar de la China, y que estaba con una niña. La niña tendría unos 6 años pero parecía más pequeñita. Era de rasgos chinitos, con media melena negra y lisa y estaba triste y preocupada aunque era niña y eso no le impedía trastear, reír y jugar. En el sueño estábamos en los espacios subterráneos de lo que parecía una red de metro y yo tenía la misión de llevar a la niña a su casa. Sabía qué metro coger pero no encontraba el camino. También, en el sueño, debía saber chino porque hablaba con los encargados que me ofrecían descuentos en los billetes y un reloj. Bueno, aparte de la vivencia extraña de los detalles tan claros de la aventura soñada, lo que realmente me mantiene en dulce perplejidad es que a la niña la amaba. Pero no solo en el sueño. Y es aquí donde entra la mirada…A la mañana siguiente recordaba el sueño, el metro, los chinos y a la niña soñada. Y para mi sorpresa, del corazón brotaba un amor tan real como si la niña fuera mi hermana.

No importa que la niña sea fruto de la nada. Tanto creemos que el amor depende de la cosa amada. Y sin embargo, que claro me lo presentas, querida, amada mirada. El objeto del amor es quizás lo que desobtura la naturarelza de mi alma que es Amor sin excepciones, que hasta en sueños me llama.

¡Feliz Ahora!

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El amor que cura

foto-mirada

“La compasión sin egoismo es hija del verdadero amor.”

La mirada secreta

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aaEn este nuevo día, acariciado por la brisa del eterno anhelo, el mar infinito brilla resplandeciente. Cada sonido de agua y viento es un bella nota en la sinfonía de la vida; cada ola, cada reflejo del sol en la cresta, una nueva coreografía en la creación del Instante.

El viento suave de la mañana  trae consigo la inspiración de la mirada secreta.

Vuelve a rondar la compasión, expandiéndose …

La niña lucha por su vida en el hospital, mientras el novio de la madre siente su dolor. Le duele porque la ama. Y porque la ama, le cura abrazándola y estando a su lado día y noche… El hermano desapareció, quizá asesinado, dejando dos pequeños y una esposa desesperada tras de sí. La hermana siente el dolor de su madre porque la ama. Y como la ama, la cura guardando su dinerito y enviándole de a poquito para hacerle más fácil la pena… La chica llora por su corazón roto, mientras el chico siente su dolor porque la ama. Y como la ama, la cura llorando con y por ella. La abuelita no entiende nada, mientras su esposo se duele. Se duele porque la ama. Y como la ama, la cura sosteniéndole con amor la desorientación de ella.

Nos duele el dolor del otro porque amamos. Y porque amamos, curamos su dolor

Si, hay dolor en la vida. Dolor que no podemos comprender. Pero, entre lágrimas, el alma sonríe con dulzura. A un dedal de dolor reparten los que aman un mar de amor. Esta es la compasión del alma limpia de egoísmo. Es el alma que opta por dar amor en vez de hundirse en el derrotismo.

La compasión es como el amor se expresa frente al dolor.

Y cuando se ama, el dolor se suaviza, se pacifica, se aligera. Amar al otro es llenar el corazón del otro de amor, aunque esté llenito de tristeza. El amor es muchísimo más potente que el dolor.

En el amor, todo dolor es sostenido.

Dime mirada, ¿como no sentir paz cuando sabemos del Amor?  El Amor, la energía más poderosa, el aliento de la Verdad.

Hoy, mientras el sol calienta los cuerpos y el viento seca las lágrimas, el alma se inclina agradecida a la mirada, desvelada ya la visión al Amor que nos hace Ver.  Realmente, el Amor nos salva.

Y si. ¡Feliz Ahora!

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Sobre la compasión

IMG_8283“Llena tu mente de compasión”

El Buda

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Se despierta el niño gritando y llorando en mitad de la noche. Al oír los gritos, corre la madre a su lado. Le abraza, le susurra al oído …”todo está bien”…”solo ha sido un mal sueño “…

El niño habla de un monstruo que le perseguía y le quería hacer daño. La madre le deja hablar mientras le mece en sus brazos amorosos… “todo está bien” le sigue susurrando. Y en ese arrullo, el niño se va calmando, deja que la pesadilla se desvanezca y se vuelve a dormir, confiado… Así es como cura el verdadero amor.

La mirada investiga hoy el sufrimiento, el sufrimiento creado en la mente por lo que creemos que tendría que ser de otra manera, por lo que la mente interpreta, supone, imagina, desea, rechaza, sueña. El sufrimiento, a diferencia del dolor, nunca está ubicado en el presente tal cual es, siempre está en lo que pensamos del pasado, lo que tememos del futuro o lo que pensamos del presente. Vivir de lo que la mente dice es un no vivir, un no vivir que nos hace sufrir mucho ahora. Los seres humanos sufrimos mucho, muchísimo a nivel mental aunque la mayor parte del tiempo si alguien nos preguntara que problema tenemos que nos haga sufrir justo ahora, la respuesta sería: -ahora, justo ahora, emmmm… ninguno, pero…-   O bien sería toda una explicación de un presente interpretado… Es muy muy chocante ver por lo que sufrimos con la mirada limpia de pensamientos. De hecho, es muy chocante descubrir que

sin pensamientos puede haber dolor pero no sufrimiento.

El sufrimiento que sentimos no es una sensación imaginada ni supuesta ni interpretada ni soñada. El sufrimiento lo sentimos de verdad, como el niño que tiene una pesadilla sufre de verdad. Lo que ocurre es que aquello que nos hace sufrir casi nunca lo ponemos bajo la luz de la mirada despierta, sino que nos quedamos hipnotizados por el sueño que está creando la mente. Y

tanta realidad le damos a lo pensado, tanto sufrimos.

Imaginaros que en la escena nocturna anterior, la madre cogiera al hijo de la mano y se pusiera a correr por la habitación para huir del monstruo. O llorara desesperada junto con su hijo… Y sí, quizás trataría de buscar una solución para liberar a su hijo del monstruo… No sé, no sé si eso puede ser un acto de amor o más bien sería una caída al mismo sueño que está teniendo el hijo.

Ve la mirada secreta. Ve y ama. Y vuelve a susurrar en el ojo abierto:

Sufrir con el que sufre no puede ser un acto de Amor.

¡Dios mío! ¡Qué tremenda la mirada con esa claridad que nada deja de mirar! Sigo escuchándola, a ver dónde me quiere llevar…

Nos hemos creído que sufrir con el otro o sufrir por el otro es un acto de amor. Y quizá si. Pero quizá solo en el mundo de los sueños. ¿Cómo podríamos sufrir igual que sufre el niño si vemos que el monstruo es una imaginación? Sufrir con otro solo da más realidad a la pesadilla -sigue susurrando la dulce mirada.

En el Reino del Amor, el sufrimiento no existe.

El sufrimiento es hijo de la ignorancia (o del sueño, o del pecado, que viene a ser lo mismo). Cuando vemos el contenido del sufrimiento, nos damos cuenta de que “todo es del color con el cristal que se mire”, no tal cual es (sin cristal alguno). Pero cuando tenemos una pesadilla, mientras estamos soñando sufrimos. Y aunque lo soñado no sea real, el sufrimiento si que lo vivimos. Lo vivimos con tanta intensidad como realidad le damos al sueño. No podemos dar realidad a aquello que hace sufrir al otro (y ojalá pudiéramos hacer lo mismo con nosotros mismos), pero sí que damos realidad a su sufrimiento. ¿Ves la diferencia?  Y aquí, en ese dar realidad al sufrimiento del otro, no se despierta un sufrimiento empático en nosotros, sino la compasión.

La compasión no es sufrir, es amar. Es amar al otro. Es comprender que sufre, que siente dolor. Es saber que el dolor que siente le hace daño a la vez que comprendes que su mente le tiene atrapado. Es confiar en que todo está bien, aunque en ese momento la persona no lo pueda ver. Siempre. Es, como la madre, dejarle sacar sus monstruos, mientras le ama y le comprende. Sólo eso.

La compasión verdadera es amor más comprensión.

La compasión es un acto de amor, profundo, limpio. La compasión exhala paz, seguridad, confianza desde la humildad de saberse pequeñas hojas a merced del viento de la mente, tantas veces huracanado. La compasión, la verdadera compasión no quita ni una brizna de poder al que sufre. No es la piedad del que se siente por encima y da la “limosna de una buena obra” al pobre desgraciado que lo está pasando mal, para el beneficio propio de sentirse “bueno” durante un rato. La compasión es sentir que el otro y tu sois uno, es el socorro que la mano derecha da a la izquierda cuando esta duele (querido Thich Nhat Hanh). El Amor es unión. Unión de lo verdadero del otro con lo verdadero que hay en ti.

La compasión también es comprensión. La madre de nuestro relato simboliza la mirada despierta que ve. La mirada despierta puede VER lo que es sueño como tal (sueño=creación mental). Por eso comprende. Porque ve. Y por eso no sufre con el otro, por el otro. Porque ve. Y es aquí, en esta mirada donde vive siempre el amor, la  paz, la comprensión, la compasión que nada tiene que ver con la empatía mal entendida (ponerse en el lugar del otro y quedarse ahí).

La compasión no es sufrir, es amar. Es amar al otro. Es comprender que sufre, que siente dolor y saber que ese dolor es producto de un sueño del que puede despertar. Por eso, la compasión es confianza plena en que todo acaba bien. Siempre. Lo que nos hace sufrir se desvanece en el amor, en la confianza. Podemos soltar cuando confiamos, como el niño que se vuelve a dormir arrullado por la madre que ve.

La compasión es uno de los frutos de la mirada que ve. Dulce fruto que es bálsamo de cualquier sufrimiento.

¡Bendita mirada!

¡Feliz Feliz Ahora!

 

 

 

 

La compasión comprende al que sufre porque le ve perdido en su sueño.

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Del dolor al amor

IMG_7872Comprender es amar.

Consuelo Martín

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Durante muchos años, acompañé a personas en su última etapa de vida.  Las personas que en el momento de morir estaban lúcidas solían hablar de un sólo tema. En esos momentos, todo lo demás dejaba de existir. El trabajo, los logros conseguidos, el dinero y las posesiones no tenían ninguna importancia, aunque la persona hubiera vivido para ello. Todo dejaba de existir excepto una sola cosa: el AMOR. Era igual que la persona fuera joven o vieja, de un estrato socioeconómico u otro, fuera más o menos culta o fuera o no creyente. Su principal reflexión, aquello con lo que se iban de esta vida, se resumía en el amor que habían recibido y dejado de recibir y en el amor que habían dado y dejado de dar. Si el balance que sentían no era bueno, había dolor.

Había dolor si sentían que no habían recibido amor. Había dolor si sentían que no habían dado amor. Si habían recibido amor pero no lo habían dado, también había dolor. Pero si no habían recibido amor pero habían dado, había paz, una paz profunda. Estas eran las personas que morían en paz. Si estas personas también habían sido amadas, ¡la paz seguía siendo la misma! Lo importante, lo que marcaba la diferencia era el amor que ellas habían dado y dejado de dar. Sin yo darme cuenta, las personas que morían me enseñaron a vivir, me enseñaron que

lo más importante en la vida es el amor que damos.

Pero a veces es muy difícil amar. Es muy difícil amar especialmente a aquellas personas que creemos que nos han hecho daño, que creemos que nos hacen daño. Los buenos propósitos caen como castillos de naipes cuando nos sentimos maltratados.

¿Por qué? ¿Por qué no podemos amar también a los que nos insultan, manipulan, maltratan? ¿Qué es lo que nos impide amar?

Cuando en este mundo (el mundo interpretado), alguien nos hace daño, nos sentimos muy mal. Ese dolor no es un dolor ajustado al momento en el que se hace la herida, sino que es un dolor que dura y dura y dura. Es un dolor que sólo parece curarse si el “agresor” nos pide perdón. Entonces, parece que podemos soltar el dolor. Vamos, que alguien me hiere y ese alguien es quien va a tener también que reparar la herida y mientras yo sólo puedo llorar, odiar o hundirme. Pero ¿y si las cosas no fueran así de verdad? ¿y si lo que nos ocurre fuera algo que nunca antes habíamos visto?

Aquí está la mirada secreta, siempre alumbrando con su luz nueva, siempre dejando la mente calladita frente a la claridad de su presencia.

Dice la mirada que nuestra infelicidad por la estocada recibida nada tiene que ver con quien nos hirió. Nuestra infelicidad tiene que ver con que

al sentirnos heridos dejamos de amar.

¡Dios mío! ¡Nunca lo había visto así!

Nos sentimos mal, no porque nos hayan hecho daño sino porque dejamos de amar…

Vale, querida mirada. Lo veo. Veo que me siento mal si dejo de amar. Pero ¿por qué dejamos de amar?

Ayer corté unas rosas del jardín. Bellísimas, generosas, se entregaban a mi cesta. Andaba yo feliz. Y en estas, la más bella de todas, la que hace estallar el corazón con el increíble perfume de su esencia, al ser cortada me pinchó. Brotó la sangre. Cuidadosamente me llevé el dedo a la boca para, después que remitiera el dolor puntual, seguir creando el ramo de belleza, sin que el pinchazo hubiera alterado en nada la felicidad.

¿Por qué dejamos de amar a quien nos hiere?

Y la mirada secreta me habló con su lenguaje de silencio luminoso y me dijo:

– Mira cómo seguiste amando la rosa que te pinchó. ¿Por qué la seguiste amando?

Esta pregunta de la mirada fue suficiente para comprender.

Seguí amando a la rosa porque no la culpé del pinchazo. La rosa tiene pinchos y no puede evitar hacerte daño si la coges por los pinchos.

¡Eso es!

Todos somos como las rosas. Todos somos belleza y todos tenemos pinchos.

La belleza es nuestra esencia. Y los pinchos, nuestro yo psicológico. Esa es nuestra doble naturaleza.

Nadie es culpable de sus pinchos, de la misma forma que nadie es el creador de su belleza.

En el plano de los pinchos, vive el dolor. En el mundo de la esencia, vive el amor. Cuando siento el dolor de tu pinchazo, son mis pinchos doliéndose. En este mundo no hay amor. Cuando alguien nos pincha no puede hacer otra cosa. No es culpable de ello. Cuando alguien nos pincha, lo hemos cogido por los pinchos, estamos relacionándonos ambos desde nuestro yo psicológico. Y

sólo en el nivel psicológico podemos sentir dolor.

Nadie es culpable de ello. Como la rosa no es culpable de sus pinchos.

Si me doy cuenta de que la persona no es la culpable de mi dolor, entonces quizás la podré seguir amando. Y si la sigo amando podré seguir viviendo en paz y plenitud. Y si sigo viviendo en paz y plenitud, podré seguir dando al mundo lo mejor de mí, incluso a aquel que aparentemente me hirió o cuando sea yo quien hiera.

¡Feliz Ahora!

 

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Ver.Dad

VerDad“Contemplación es amor y sabiduría unidos, ver y sentir unidos”

Consuelo Martín

Últimamente la mirada secreta está buceando y como su sustento vital es la inspiración y no el oxígeno, bucea y bucea sin parar, más y más profundo. Y dónde pareciera que no había más que oscuridad, ve. Ve y después expresa lo visto. Así ocurre porque, sorprendentemente,

la Verdad no se puede acumular

Es como la luz. La luz entra por el ventanal, o por la rendija, pero entra toda. No puede entrar a trozos (¿recordáis la entrada de la mirada “Soltar y saltar“?) Y esa luz que ha entrado no la podemos guardar en un cajón, atesorarla para nuestro propio y único bien, acumularla para tener más y más luz. Esa luz que ha entrado, se expande y se expresa en todo el espacio abierto a ella. No se va a poder aprisionar. Si cierro la ventana y las contraventanas para que no se escape, desaparece completamente. Se hace oscuro ¿verdad?

Pues lo mismo ocurre con la Verdad. La mirada secreta ve, no ve a trocitos.

La verdad no está nunca, nunca en lo visto. La Verdad está en la mirada.

Y por eso no se puede atesorar. Sino que lo que va a pasar es que se va a expresar, se va a entregar, se va a dar, tanto si se quiere como si no, más allá de la voluntad (otra entrada de la mirada de hace pocos días… ¿veis como anda buceando? :)).

Que no crea la persona que la Verdad es suya, o que es ella quien ha visto la Verdad. Que no la encierre en su personal “banco de verdades” porque así se va a perder, se va a hacer la oscuridad. La Verdad es luz y como tal no conoce la oscuridad.

La mirada secreta me enseña, me ayudar a comprender que cuando uno cree haber encontrado la Verdad, lo que está haciendo es convertirLa en una cosa, una cosa que se tiene o no se tiene. Y al convertirla en una cosa-propiedad, ha vuelto a caer en lo falso. Por eso nadie puede dar la Verdad a otra persona, porque no es ninguna cosa. Es un ver, un ver que se expresa porque así es su naturaleza:

VER …< DAD

Ver y dad, podría haber dicho el sabio (quizá lo dijo, yo no sé). Ver y dad intrínsecos a la VerDad.

Ver………… comprensión………SABIDURIA

Dad……….. expresión……….. AMOR

En el Ver, la conciencia nos conduce a la Verdad

En el Dar, la conciencia expresa la Verdad.

Por eso, siempre, como dice el sabio, en el camino de la Verdad, han de ir mente y corazón unidos.

Cuando es la mente la que se apropia de la Verdad y se olvida del Amor,  la Verdad se pierde en el fanatismo y la doctrina…

Cuando es el corazón el que se apropia de la Verdad y se olvida de la Comprensión, la Verdad se pierde en el sentimentalismo y la obediencia ciega…

Que sea por Amor a la Verdad que abres tu Ojo.

Que sea la Verdad del Amor la que lo ilumine.

¡Cuánta belleza, mirada secreta! El corazón abierto y la mente silenciada en tu profundo bucear.

¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!

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Más allá de la voluntad

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Vive en el anhelo por la Verdad y todo lo demás se dará por añadidura.

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Dicen los sabios que el hombre es una mezcla de tres elementos: materia, energía vital y conciencia. La mirada secreta mira los tres elementos sin parpadear (la mirada secreta nunca parpadea, como los gatos), fijamente… y empieza el ver. Me dice que:

El hombre, hecho de materia, puede manipular la materia. Crea nuevas amalgamas de la materia, haciendo nuevas permutaciones con la materia que ya existe. A esas permutaciones les llama creaciones, pero en realidad sólo son manipulaciones de lo que ya había. Y tal como crea esas permutaciones, las puede destruir. Pero no puede destruir la materia…

También puede manipular la energía vital, insuflando o quitando energía, a través de la respiración, del latido del corazón, a través de máquinas. Puede potenciar la energía vital que se está retirando de un cuerpo y puede quitar la energía vital de un cuerpo concreto, matando. Pero no puede destruir la energía vital del universo…

Y ¿qué pasa con la conciencia, con ese darse cuenta?

A pesar de que desde tiempos inmemorables se han hecho ejercicios para conseguir “alterar” la conciencia, con los rezos o cantos, movimientos o respiraciones repetitivos, las sustancias alucinógenas o psicotrópicas, etc. para crear un trance en el que poder “ver”, la mirada me dice con contundencia que todos estos estados no son “estados alterados de conciencia” -tal como los llaman-, sino que son estados alterados de percepción. La mirada me explica que todas estas técnicas manipulan la percepción, -se ve de otra manera-, pero

aquello que se da cuenta de que está viendo, tanto si está viendo de una manera o de otra, aquello es la conciencia y es inmutable, inalterable.

La conciencia no puede ser manipulada por el ser humano. Por eso,

en todo lo que el hombre crea no hay conciencia, a menos que sea la misma conciencia la que utilice al hombre como instrumento para crear, a través de la inspiración.

Así, la mente del hombre no puede crear conciencia.

Y ¿qué ocurre con todos los demás atributos de la Verdad?… ¡Dios! ¡¡El hombre no puede manipularlos!! A ver, a ver… La mirada secreta sonríe y sigue iluminando:

Puedo manipular el sentimiento de odio a voluntad. Pero ¿puedo voluntariamente sentir el amor?

Ya ha ocurrido que se ha fomentado el odio. Podemos manipular a los demás para que lleguen a odiar pero no podemos hacer que amen. Ni siquiera puedo hacerlo conmigo. No puedo amar a voluntad. El Amor surge de un lugar que está más allá de mi voluntad, más allá de mi mente pensante. Lo único que puedo hacer es abrirme a ese lugar, aunque mi mente no sepa donde está.

Lo mismo ocurre con la belleza. Puedo manipular la sensación de fealdad a voluntad. Pero ¿puedo voluntariamente sentir la belleza? O con la libertad: puedo esclavizar pero no puedo robar a nadie la sensación de libertad ni tampoco puedo sentirla a voluntad.

Y con la paz ocurre lo mismo. Puedo manipular el desasosiego pero no puedo manipular la paz interior. Ni puedo sentirla a voluntad ni se la puedo robar a nadie.

Así me dice la mirada secreta:

Todo lo que podemos manipular es hijo de nuestra mente.

Todo lo verdadero no puede ser manipulado.

A lo verdadero nos hemos de abrir.

Aún sin que la mente sepa dónde vive, nosotros si lo sabemos.

¡Feliz Ahora!

 

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LOS TRES LEONES


“Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres”

Juan de la Cruz





“Yo” y “ego” son palabras que aluden a lo mismo, a esta identidad que se vive separada de todo y de todos. Como a mi la palabra “ego” me sonaba también a “vanidad” o “soberbia”, sin darme cuenta trataba de evitarla. Así que para mencionar a esa entidad separada, en vez de llamarla “ego” la llamaba “pequeño yo”. Esta es la historia de una confusión.

Los sabios le decian que para descubrir la Verdad era imprescindible que el pequeño yo muriera, porque esa creencia de ser alguien separado de los demás y del mundo no era su identidad real. Y como amor a la Verdad no le faltaba, se arremangó y trató por todos los medios de matarse. Pero no había forma. Intentó primero tragarse todos los arrebatos egoicos, pero eso no hacía más que empeorar la situación. El pequeño yo se aprovechaba de los fracasos: “Que mal que lo estoy haciendo” “soy un desastre”. Frases así poblaban la mente del pequeño yo y con eso aún se fortalecía más la identidad separada.

Al ver que tragarse sus arrebatos aún le daba más identidad, trató de no hacerles caso. Uy! Esta estrategia era todavía más virulenta. Imaginad, ahora el pequeño yo no se sentía mal consigo mismo, sino que pensaba: “Sí. Sí. ¡Lo estoy consiguiendo!” Así que el resultado era casi peor que con la anterior estrategia. Ahora no sólo se sentía separado del mundo sino que se sentía ¡mejor que el resto!.

Hiciera lo que hiciera, el pequeño yo en vez de morir, crecía. Crecía incluso más que antes de haber deseado morir. Pero, enamorado de la Verdad como estaba, no cejaba en sus intentos.

Y la Verdad, que responde siempre que se la llama, le regaló un compañero. Era este un gran león de porte digna. El pequeño yo se enamoró al instante de él. Y aunque le causaba respeto, mucho respeto, no sentía ningún miedo. El león era como un sabio ecuánime. Incluso su lustrosa melena era blanca, como serían las barbas del más sabio entre los sabios. El pequeño yo olvidó sus ansias de morir y se dejó cautivar por las maravillas que el sabio león le mostraba. A su lado, el pequeño yo comprendió muchos de los enigmas que en otros tiempos le habían angustiado. Este maravilloso animal fué quien le presentó a la mirada secreta (ahora es la mirada la que sonríe al recuerdo) y junto con ella formaron equipo para ir colmando el enorme ansia de Verdad que ardía en el centro del pequeño yo.

Un día, cuando estaban paseando por los aires del misterio, se oyeron unos silbos amorosos al compás de una bella tonada. La melena blanca del compañero no pudo menos que sumarse a la danza que el pequeño yo, envuelto en la locura del amor, expresaba. ¡Cuánta dicha y alegría nunca antes conocida!. La luz clara y precisa que emanaba del sabio león se vió entonces completada por la más dulce sonrisa…. ¡en las fauces de un segundo león! ¡Era éste quien silbaba!. El pequeño yo se moría de la risa. Ver a otro inmenso león jugando como un gatito con su magno compañero, le abría el corazón como nunca antes lo había sentido. El pequeño yo se sentía colmado de gracia. Y con ambos como compañeros, guías, amigos del alma siguió su camino en pos de la Verdad. Ahí estaban: el Amor por la Verdad en la forma del más bello y dulce de los leones; y la Verdad del Amor en la mirada cristalina de tan centrada del sabio amigo. Nada más podía querer el pequeño yo enamorado.

Y así siguió caminando, feliz de su suerte, tan agradecido, dandose cuenta de que esos compañeros no eran sus amigos porque él los mereciera, sino por el inmenso amor que a la Verdad tenía.

Aún y así, la inquietud le seguía incomodando. Pensaba: ” si soy yo quien comprende cuando el sabio león me enseña, entonces no debe ser una verdadera comprensión”, o ” si soy yo quien ama cuando el alegre amigo me enseña lo bella que es la vida, entonces no deber ser verdadero amor”. Este “yo” que experimentaba no dejaba al pequeño yo disfrutar plenamente de los regalos de sus amigos. Le habían dicho que este “yo” no era real, no era la Verdad y que debía morir… Muchas veces rompía a llorar y rezaba: “¡que muera ya este yo! ¡por favor! ¡yo sólo quiero la Verdad!”

Y así llegó el momento en que la paz alegre, la serena mirada iban a temblar hasta el paroxismo del miedo, en cuestión de un instante. Porque un día inesperado, frente a los tres se plantó sin previo aviso, el león más grande imaginado. Este, de melena casi negra, era con mucho el más alto y el más ancho de los tres. El pequeño yo eran tan tan pequeño a su lado que, si no fuera por el interes del león, de un pisotón lo habría matado. Pero no era éste su plan. Su plan era mucho más complicado. Venía a matarle, sí. Pero no como el pequeño yo había imaginado.

Sus antiguos compañeros, como si frente al rey se hubieran topado, reclinaron gracilmente sus melenas y se apartaron a un lado. El pequeño yo supo, supo que iba a ser matado. Recordó cúanto lo había pedido: “¡muera el yo para que la Verdad viva!” pero no sabía que el terror le estaba acechando. Su miedo era tan grande que a sus amigos perdió de vista y ni por ellos pudo ser consolado.

El gran León, con sus garras le estrujó la mente y le estrujo el corazón. Era un león especializado en hacer trizas los pequeños yoes el mundo y su peor arma era el rugido que volcaba en la aterrorizada oreja del pequeño yo, cada vez que este mencionaba al “yo” ni que fuera con su pensamiento. Como ejemplo, para que veais su fiereza, si el pequeño yo se quejaba ni que fuera un poquito, el león rugia: ¡¿QUIIIIIEEEEEENNNN SE QUEJA!?. El pequeño yo, todo despeinado, se quedaba helado y, como si el rugido le hubiera cortado la cabeza, se sentía engullido en un infinito agujero negro..

Si el pequeño yo pensaba “parece que hoy estoy mejor”, el enorme león le gritaba: ¡¿QUIIIIIIEEEEEEEENNNNNN está mejor!? Y de nuevo desaparecía el pequeño yo en el negro vació.

Así una y mil veces. El pequeño yo le imploraba que le matara ya de una vez. Que no quería seguir siendo un yo. Pero por dentro la pena era inmensa. Recordaba la felicidad de los tiempos en los que la mirada secreta y la alegría de vivir le acompañaban. Ahora sólo había desolación. Realmente quería morir. Pero no lo conseguía. Sólo iba siendo tragado cualquier pensamiento autoreferenciado. Era como si el león se hubiera propuesto que el pequeño yo dejara de pensar en si mismo.

Aún y así no os creais ni por un instante que el pequeño yo habría preferido abandonar la búsqueda de la Verdad. No. Estaba dispuesto a todo, aunque este todo implicara la vida en el infierno en el que estaba desde que el león le apresara. Si eso era la Verdad, lo acataría. Aunque había algo dentro de él que le decía: confía, confía…

Y un día ocurrió lo inesperado.

El gran león, en vez de matar al yo del pequeño yo,….. ¡¡¡¡¡mató lo pequeño y dejó vivo el yo!!!!!!! Y lo que un día fué un pequeño yo, se empezó a expandir y a expandir y a expandir en un yo taaaaaaaaaannnnnnn inmenso que a todos y a todo fué abrazando. Incluyó el mundo, el universo. Incluyó todo lo conocido. Incluyó también lo desconocido. Y más allá.

Él era el gran león, cuyo nombre es SAT y era los otros dos leones, el sabio y luminoso CHIT y el amoroso y dulce ANANDA. Al morir lo pequeño del yo, murió el yo separado.

¡Qué equivocado había estado queriendo matar lo único que siempre había sido verdad: ¡la sensación de yo! Lo que había de morir por falso, era la pequeñez en la que su LUMINOSO E INFINITO CUERPO había sido apresado.

Y así vió que nada estaba separado pues Él lo era Todo. Y en ese Todo también cabía la nada. Él era Ella. La Verdad reencontrada.

Quizá este relato fué un sueño, aunque la Verdad jamás se ha extraviado. O ¿es ahora que soñamos?

¡¡FELIZ VERDAD!!

 

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