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Ser sin querer

No es libre aquel que puede conseguir lo que quiere sino el que nada desea.

La mirada secreta

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¿Se puede vivir sin querer nada?

Pasé unos días sin querer nada. No fue algo previsto o propuesto. Simplemente, pasó. Fue un estado de gracia…s, de agradecimiento en si mismo. Porque el agradecimiento también es aroma de la Verdad.

Y es que cuando el silencio nos hace suyos, no hay pensamientos que anden mendigando cosas y más cosas. Así que, -la mirada revoltosa ya quiere resaltar nuevos descubrimientos a este alma que de mensajero anda-:

cuando vivimos en el silencio de los pensamientos, nada queremos.

Pero ¿esto que significa?. Pues veo dos cosas:

1. La primera es que lo que queremos es mandato mental y no de vida. Lo que queremos lo crea el pensamiento, siempre inquieto, siempre falto de algo.

2. Y la segunda, es que si cuando dejamos de pensar no queremos nada, es que entonces, no necesitamos nada más que lo que hay en ese momento.

Ambas miradas son lo suficientemente pasmosas como para investigarlas un poco más…

Ya en otras entradas a La Mirada Secreta, la mirada habló de cómo la mente construye sus quereres. No dejamos de querer aquello que no tenemos/somos o que lo que tenemos/somos sea diferente. No nos hemos dado cuenta de que tener y ser los vivimos como lo mismo

creo que lo que tengo es parte de lo que soy

Si tengo una buena casa soy alguien mejor. Si tengo buenas virtudes, soy alguien mejor. Si tengo una buena familia o buenos amigos, soy alguien mejor. Y así. Por eso parece lícito querer tener cosas mejores. Eso me hará un alguien mejor, más interesante, más atractivo, más… lo que sea. Pero aquí hay dos cosas que chirrían mucho (hoy la mirada secreta está “de dos”).

  1. La primera es que cuando me vivo alguien, ya vivo separado del mundo y por lo tanto me va a faltar el mundo entero.
  2. Y la segunda es que si me vivo alguien, eso que creo ser está construido por comparación, por lo que siempre estaré queriendo, porque siempre habrá algo mejor que conseguir.

En ambos casos, tengo garantizado el deseo y la sensación de carencia.

Pero ¿qué pasaría si yo y el mundo, si yo y la vida no estuvieramos separados? ¿Podría querer algo?. Esa es la reflexión.

Y por otro lado, ¿Qué pasa si me dejo de comparar o dejo de comparar cualquier suceso que me ocurre? ¿Qué pasa si dejo de pensarlos? ¿Seguiré queriendo algo?

Creemos que la plenitud es algo que hay que conseguir llenando los huecos que sentimos. Pero

cuando dejamos de pensar, todo es en sí mismo completo. Es lo que es.

y entonces, los deseos simplemente no existen.

no es que lo haya conseguido todo, es que no quiero nada.

Cuando nada quiero, nada me falta. Cuando nada quiero, soy pura libertad. Cuando dejo de pensar, todo lo que ocurre es asumido de forma inteligente y natural. Cuando dejo de pensar, no evalúo o juzgo nada. Tengo la mente limpia de programas de juicios y creencias y… entonces veo. Veo directamente, como aquel que se quita las gafas verdes y deja de verlo todo verde.

Cuando dejo de pensar, dejo de querer. Y al dejar de querer, soy plenamente y este ser que a duras penas conocemos, es paz, es alegría, es amor, es libertad.

Y finalmente, cuando dejo de pensar y nada quiero, es que ¡no necesito nada! Si algo necesitara, mi persona actuaría. Así funciona. Pero no se trata de que lo discutamos porque no hay intención de convencer. ¡Que sirva lo que la mirada secreta nos enseña para experimentarlo!

…Y ya veo las mentes indignadas diciendo: “¿entonces no hemos de desear un mundo mejor? ¿hemos de vegetar en la vida sin hacer nada?” Y pensamos eso porque creemos que la acción surge del deseo personal. Entonces, si no pensamos, no actuaremos, como si fuéramos animales… Pues los animales si que actúan. Actúan desde sus condicionamientos biológicos inteligentes  que buscan el bien del Todo, de la Vida entera, porque aún siendo individuos no se viven separados de la Vida. Mientras, nosotros actuamos desde nuestros condicionamientos mentales que buscan el bien de cada uno a expensas de la Vida entera. Así vamos…
Pero hay otra manera de actuar que es la acción espontánea. No es la instintiva de los animales, ni la mental del hombre común, sino la espontánea que está más allá de la mente pensante. Pero de eso hablaremos en el siguiente post.

¡Feliz Ahora!

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La dimensión relativa

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La plenitud no tiene contrarios

Consuelo Martín

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¿Qué nos pasa a los seres humanos que todos nos sentimos incompletos?- le pregunto hoy a la mirada secreta.

Y Ella, feliz de expresarse (así es su naturaleza) me habla de la dimensión de la relatividad…

Hay infinitas dimensiones en este mundo. Infinitas dimensiones que conviven superpuestas, la mayoría desconocidas a la conciencia humana, aunque las estemos viviendo. Y una de ellas es la dimensión de la relatividad.

Ya en otras ocasiones, la mirada me habló de “lo que sobra y lo que falta“, de vivir en plenitud. Y cómo esta visión nos hace vivir sin ver, como si no estuviéramos completos. Porque

creemos que para sentirnos en plenitud hemos de tener todo lo que deseamos.

Delante de mi hay una piscina que solo se puede llenar hasta el límite que marca un escape en la pared. ¿Está la piscina medio llena o medio vacía? Eso me recuerda al disco rallado de lo del vaso medio lleno y el vaso medio vacío (disco rallado de la mente que siempre habla de lo conocido…)

La mirada me increpa a seguir investigando…

Así dice la mente: si vemos el vaso medio vacío, somos negativos. Y si lo vemos medio lleno somos positivos, optimistas y parece que tenemos más puntos para ser felices, para vivir en plenitud. Así que tratamos de verlo medio lleno. Y si no podemos, buscamos ayuda para que nos enseñen a verlo medio lleno. Pero, ¿cuál es la verdad?

Para creernos que el vaso está medio vacío o medio lleno, hemos de juzgarlo en relación a algo. En este caso, podría ser muy bien la capacidad que tiene el vaso… Ahora imagina la misma cantidad de agua en un vaso la mitad de pequeño… ¿Estaría medio “algo” o estaría lleno? Entonces, ¿qué estamos valorando?

Medio vacío… Medio lleno… Vacío…. Lleno…. Todo lo que valoramos lo solemos valorar con respecto a algo  -en este caso, la cantidad de agua respecto al tamaño del vaso- y por lo tanto,

es una valoración relativa que no tiene más verdad que la que da esa perspectiva concreta.

¡Oh, mirada! ¿Dónde está la verdad? ¿Dónde está la plenitud?

La verdad, lo real, no puede depender de nada. Ha de ser en si misma. Todo juicio, toda valoración que depende de algo no tiene verdad en si mismo. ¿Para qué voy a estar tratando de ver el vaso medio lleno? ¿Con qué propósito? ¿Es  para creer que tengo suficiente? ¿Mucho?…. ¿Con respecto a qué?

Si es para sentirme satisfecho, esa satisfacción será tan endeble como endeble es la verdad que se atribuye a lo relativo. Endeble y pasajera. Además, esa es una plenitud por comparación (necesita de la carencia para ser vivida porque si no es así, nos acostumbramos y ya no nos damos cuenta), y que ahora está y ahora ya no está, dependiendo de los factores que nos han hecho valorarla como “plenitud”.

-Entonces ¿qué hago?-, pregunta la mente que piensa que haciendo algo hallará la solución… La mirada sonríe, (la sonrisa de la mirada es pura belleza) y sigue mostrando…

No podemos saltar de una dimensión a otra “haciendo”, por una razón muy sencilla: porque la persona existe como tal sólo en el mundo de lo relativo. Así que ¡no puede ser la persona la que cambie de dimensión!

Para ver más allá de lo relativo, es la mirada la que se amplia.

Aquí tenemos una piscina con agua. La piscina tiene el tamaño que tiene. Y la cantidad de agua es la que es. No es ver la piscina medio llena o medio vacía, si no verla en su justa medida.

Cuando vemos las cosas en su justa medida (sin comparaciones), lo que vemos así es perfecto en si mismo. Y eso es conciencia de plenitud. La plenitud es vivir lo que hay.

En lo que Es, sin juicios ni comparaciones, vive la Plenitud.

Está en tu mirada -dice la mirada secreta– el verlo.

Tengo calor. Me voy a bañar. Así SI.

¡Feliz Ahora!

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Del merecimiento a la gratitud

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“Todo acabará bien”

Juliana de Norwich

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El otro día una excelente cocinera explicaba que no soporta que la halaguen por sus platos. Cuando le pregunté por qué, me dijo que su habilidad en la cocina era innata y que no había supuesto ningún esfuerzo de su parte. Por eso, cuando le halagaban un plato, se sentía muy mal porque ella no había hecho nada especial para que la comida resultara exquisita y por lo tanto, no se lo merecía.

Claro…. frente a esta respuesta, hubo la intuición de que algo se escondía detrás… y entró el silencio.

El silencio mental siempre entra cuando la mirada secreta se pone a trabajar. Necesita la mesa de trabajo bien despejada de respuestas, creencias, etc. :) y, ni corta ni perezosa, me amorra al teclado para seguir su dictado. Comparto aquí lo que ha ido viendo:

¿Cuántas veces nos hemos preguntado que hemos hecho para merecer eso que nos ocurre? Creemos que las cosas tienen que ocurrirnos según cómo nos comportamos. Así nos lo han enseñado. Pero sólo hace falta mirar un poco alrededor y en uno mismo, para ver que esta ley no se cumple: los buenos sufren, los malos se liberan, los estudiosos no encuentran trabajo, los que se cuidan enferman, los que trabajan bien no ascienden, los feos y buenos de corazón no encuentran pareja, etc, etc, etc. Así que ¿quién se merece qué? ¿Funcionará la vida con más leyes además de la archimental causa-efecto?

Merecer… Merecer es ser digno de. Y ser digno  es vivir en el respeto y honestidad hacia uno mismo y hacia los demás…. ¡Qué raro! Por vivir en el respeto y la honestidad, no parece que me vaya a librar de nada… Parece que el merecimiento y la dignidad no tienen mucho que ver.

Sigamos mirando…

El merecimiento se atribuye a las leyes de la causalidad: merecer premio o castigo, halago u ofensa. Así que creemos que lo que nos pasa es debido a lo que hemos hecho. Y si no le encontramos causa, la exigimos o nos la inventamos para sentir que algo entendemos: “el chico murió por su imprudencia” pero ¿cuántísimas veces hemos sido imprudentes y no hemos muerto? “Ha ganado mucho dinero porque se ha deslomado trabajando” Bueno, no hace falta que diga mucho, ¿cuántas personas trabajan muchísimo y no sólo no se hacen ricos sino que a duras penas llegan a fin de mes? Y ya sin hablar de las diferencias entre paises y continentes. Tiene que haber algún factor más que se nos escapa…

Por vivir creyendo que la vida nos trae según lo que merecemos, las consecuencias son funestas. Es esta la raíz de la aparición de la culpa, el resentimiento, los celos, las envidias, los engreimientos, los sentimientos de injusticia, etc. Y también nos coloca en el papel de jueces: juzgamos lo que nos trae la vida, si es bueno o malo y juzgamos a quién le trae eso, si lo merece o no.

Estamos abducidos por nuestra manera de concebir la vida y nunca la ponemos en entredicho. ¿Realmente es la ley del merecimiento la que funciona con los humanos? Porque con respecto a los animales, vegetales y reino natural en general no nos lo plateamos así. Frente a una flor que no llegará a dar fruto por la helada no pensamos que la flor no se lo merece. Como mucho pensaremos que el campesino no se lo merece. Aunque hay una excepción: los animales que conviven con las personas. Estos ya entran en el merecer y no merecer, porque

quien vive desde el merecimiento es el ser humano y no la vida.

El hombre, al vivir hipnotizado por la mente causal y al creerse juez, al dar total validez a sus juicios, si que va dando y quitando según lo que él cree. Pero la Vida…

No encaja. No encaja esta teoría de que la vida se mueve por un tema de merecimiento. Lo que la vida nos trae no tiene nada que ver con el merecimiento.

Lo que me trae la vida no tiene nada que ver con lo que merezco.

¿Y los seres humanos? Creemos repartir desde el merecimiento, pero ¿es así? ¿tenemos la Verdad en nuestras manos como para ser justos en nuestro reparto? ¿o estamos repartiendo según lo que creemos, independientemente de lo que el otro hace o deja de hacer? La mirada secreta sonríe y me pone el ejemplo del halago y la ofensa: porque vivimos el halago desde el merecimiento, sentimos vanidad. Porque vivimos la ofensa desde el merecimiento, sentimos ofensa. Siempre es porque lo vivimos desde el merecimiento. Cuando me dicen algo bonito me siento bien y también me puedo sentir vanidosamente bien si pienso que es gracias a mí, que es algo que yo merezco. Y lo mismo cuando “nos ofenden”. Pero si nos damos cuenta de verdad

nosotros no somos merecedores de nada,

ni de lo que consideramos bueno ni de lo que consideramos malo. La vida no se reparte desde el merecimiento. Creer eso es seguramente un coletazo de nuestra mente causal, de la educación católica que ha estado diciendo que los que hacen las cosas bien van al cielo y los que hacen las cosas mal van al infierno y de tantas otras influencias. Pero la realidad es que las leyes de inteligencia de la vida nada tienen que ver con el merecimiento.

La mirada secreta no se quiere callar. De hecho, no puede porque no tiene voluntad propia. Y me dice que

lo que nos trae la vida tiene que ver con el despertar a la Verdad

(aunque no sepamos que es la Verdad). Todo lo que nosotros vivimos, continua mostrando la mirada, es aquello que nos va empujando hacia despertar a nuestra verdadera identidad. Y todo lo que conseguimos o dejamos de conseguir es lo que la vida nos permite para nuestro mayor bien (un bien que nosotros desconocemos) Y todos los atributos que podemos considerar que tenemos buenos y los atributos que podemos considerar que no tenemos buenos, como por ejemplo, unos ojos bonitos o ser patosos, nos han sido dados. Tampoco somos nosotros los que lo hemos conseguido, nos ha sido dado.

Así que, a partir de Ahora, cuando reciba un halago lo que haré será agradecer a la inteligencia de la vida que la persona que me ha halagado tenga una mirada bella. Y cuando reciba una ofensa sentiré compasión por esa persona que se supone que me está ofendiendo porque su mirada todavía está turbia.

Y todo lo que me traiga la Vida, lo agradeceré. Todo. Aunque no lo entienda.

¡GRACIAS MIRADA SECRETA!

¡Feliz Ahora!

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Lo que toca

IMG_6335 “Y en mi locura encontré la libertad y la seguridad que da el que no le entiendan a uno, pues quienes nos comprenden esclavizan algo de nosotros.”

Jalil Gibran

Hoy el cielo está cubierto de nubes grises y el aire es fresco. Hoy no toca ir a la playa. O si?

…está preciosa. El mar, mercurio líquido. Hay mucha paz. Y personas que saben disfrutar de la naturaleza, aunque supuestamente no toque. No son muchas pero están felices. 

Y la Mirada secreta, siempre dispuesta a colarse en la conciencia silenciosa, aprovecha para hacerme ver cuantas veces vivimos según lo que toca. Casi podríamos asegurar que nuestra vida consiste en eso: hacer lo que toca. Comemos cuando toca – tanto si tenemos hambre como si no-. Nos divertimos cuando toca -en las fiestas y demás eventos-. En verano, de vacaciones. El resto del año, a trabajar.  Y así. La lista es infinita.

Y cuando nos da un aire, entonces hacemos alguna locura. Hacer una locura tiene dos vertientes: hacer algo arriesgado y/o simplemente hacer otra cosa que la que toca. Por eso cuando a alguien no se le antoja hacer lo que toca, se le suele etiquetar como loco o – si el juez es compasivo-, como raro. 

Y, sigue la mirada secreta, ¿por qué solemos hacer lo que toca? La respuesta sale rauda: porque así nos han programado. Casi podríamos decir que es un hacer automático. Sin embargo ¡cuantos recuerdos maravillosos escaparon a lo que toca! Aquel baño familiar, desde los abuelos a los nietos, en una noche calurosa; el saludo inesperado e hilarante a aquel hombre tan ceremonioso; gatear a los 55; tatuarse a los 55; ponerse un piercing a los 55; no hacer caso del cirujano eminente; dejar que el otro haga lo que no toca aunque le vaya la vida en ello…

La mirada no me acucia a hacer una cosa u otra, porque sabe que

Lo importante no es lo que hago, sino desde donde lo hago. 

Pero en este día gris en el que la playa deslumbra una serena y bella luz de Vida, me muestra que, más allá de lo que toca sigue habiendo una Vida inmensa. Y me anima a 

seguir viviendo sin pensar. 

La Vida, trillones de veces mas inteligente que yo, me irá guiando si le doy las riendas. 

Hoy no tocaría estar aquí. Sin pensar, aquí estoy y doy las gracias por ello. 

¡Feliz Ahora!

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El origen del sufrimiento

imageSolo en el país de los sueños se tienen pesadillas.

La mirada secreta

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Tenemos los acontecimientos de la vida catalogados ya antes de nacer. La historia de la humanidad ha ido creando culturas, cada una de ellas con un catálogo de juicios bajo el brazo. Depende del lugar en el que te vas ha criar, vivirás las situaciones como buenas o malas. Por ejemplo, si naces hembra o naces diferente (es decir, con una llamada malformación de algún tipo, visible -porque malformaciones tenemos todos, ¿o no?-) seguramente en varios lugares del mundo, serás causa de mucho sufrimiento. Y serás causa de mucho sufrimiento, simplemente porque nos hemos creído a pies juntillas el catálogo de juicios de esa cultura, ¡sin ponerlo en duda ni un sólo momento de nuestras vidas! Y después creemos que somos libres…

Hoy la mirada secreta quiere que descubramos el origen del sufrimiento y me empuja a poner en palabras lo que me lleva susurrando al oído desde que me rendí a ella…

Durante el transcurso de la vida van aconteciendo sucesos de todo tipo y cada uno ya tiene colgado el veredicto a priori: si me toca la lotería, eso es algo bueno; si me arruino, eso es algo malo. No importa que no sepamos que es lo que nos va a traer la loteria o la ruina en un futuro. Ya lo hemos sentenciado de antemano. Nos hemos creido que el dinero y la felicidad son uno. Y no lo hemos puesto nunca en duda, a pesar de tener pruebas de que la lotería ha destrozado familias enteras (y las herencias: a más dinero por medio, más riesgo de peleas) o que lo que un día parecia una ruina se convirtió en la gran palanca para una vida nueva y mejor. O todo lo contrario: la loteria ha sido una bendición y la pérdida del estado económico, un desastre. ¡Quien sabe!

En sí, ¿cómo puedo saber si lo que me haya tocado vivir va a ser algo bueno o malo? ¿en función de qué?. Y no solo eso. Sino que lo que parece bueno en un sentido, puede ser malo en otro. De hecho, es siempre así, porque la moneda nunca viene con una sola cara:

En el mundo en que vivimos cada suceso crea su contrario.

Por eso, es muy difícil por no decir imposible, que algo sea bueno en todos los sentidos, o malo en todos los sentidos. Que me toque la loteria a mí significa que no le ha tocado esa loteria a millones de otros seres humanos. Así que mientras yo bailo empapado de cava festejando mis millones, puede ser que haya otra persona llorando desconsoladamente porque por un solo número no ha ganado. Y así.

No importa. Si te atreves a mirar por primera vez, como mira la mirada secreta, veras que

en sí, todo lo que acontece es neutro.

Y sin embargo, sufro.

Es probable que me repliques que es normal que sufra en determinadas situaciones. Pero que sea normal sólo indica que tenemos todos la misma programación, no que sea lo natural. Sino, mira a los niños. Los niños no viven la muerte o la enfermedad como la viven los adultos. Quizás diremos que es porque no se enteran de la gravedad del hecho. Puede ser, pero todavía no sé donde está esa verdad, si en el hecho de que no se enteran o en el hecho de que la gravedad no es tal… No sé. Lo que sí sé es que:

Hasta que no aprendemos este catálogo de juicios, no vivimos las cosas de la misma manera.

Cuando aquí hablamos de sufrimiento no nos referimos al dolor que acontece en una situación concreta. Nos referimos al dolor que sentimos dentro mientras la vida fluye a nuestro alrededor. Nos referimos al dolor que nos trae el pensamiento, los recuerdos y las proyecciones a un futuro imaginado. Como muy bien explica un sabio de nuestro tiempo, si yo te pregunto qué problema tienes AHORA, en este momento exacto, tienes una 99.9% de posibilidades de decir que ninguno, sin embargo estás sufriendo. ¿Por qué?

¿Por qué sufro? Para que yo sufra, tiene que haber acontecido algo que yo haya enjuiciado como algo malo o indeseable, según lo estipulado en el famoso catálogo. Seguro. Sí. Este es el origen del sufrimiento:

para sufrir, he de juzgar

Es el juicio lo que me hace sufrir, no lo que acontece. Cuando practico el juicio, sufro, aunque yo no me de cuenta de que he juzgado.
Y la mirada secreta me pregunta, siempre empujándome a investigar: ¿qué pasaría si no juzgara ninguna situación?

Yo no sé nada. Eso es lo único que sé. No sé por qué pasa lo que pasa, ni para qué. Por no saber ni siquiera sé quien soy yo o que es esto de vivir. Así que aunque mi mente siga juzgando, siempre obediente a su programación, yo no puedo tomarme esos juicios muy seriamente porque no tienen sabiduría. Simplemente por eso.

Así, dejo mi juicio en manos de Dios.

Y yo me dedico a vivir plenamente en el único lugar en donde acontece la vida: aquí y ahora. Y gracias a la mirada secreta, aquí y ahora descubro que la felicidad no es un estado lleno de juicios positivos, sino que es un estado diferente y nuevo:

la felicidad está libre de juicios.

Por eso, desde esta vida llena de luz y de pájaros cantando,

¡Feliz Ahora!

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Los discos rallados

Sólo reconociéndote esclavo, podrás liberarte.

La mirada secreta

Había una vez un hombre que vino a la consulta atribulado y avergonzado por una voz mental constante que no paraba de repetírle lo poca cosa que era, lo deficiente que era su trabajo creativo… Cuando llegó a la consulta, él se creía que lo que esta voz mental le decía, era verdad. De hecho, no se había dado cuenta de que la voz mental y él eran dos entidades separadas. Se había vivido en simbiosis perfecta con esa voz mental… Así que empezamos a investigar y a descubrir. A los pocos meses, el hombre veía con claridad que la voz iba por un lado y él por otro. Descubrió que él no podía hacer que la voz de su mente dijera cosas que le agradaran más de sí mismo, pero sí que podía no dar crédito a esa voz. Y cuando descubrió eso, se liberó de la influencia que la voz mental ejercía en él. Y así se fue de la consulta. Siguió su camino y nada supe de él hasta pasados un par de años… Un día me llamó y nos volvimos a ver. Venía sonriendo, aplomado. Su abrazo era un abrazo de iguales. Se sentó y me contó: “Estoy muy contento. El trabajo me va muy bien.¿Sabes? hace unas semanas ¡recibí un premio por mi trabajo!” Que alegría. Le felicité con mucho amor. Me sentía muy feliz por él. Pero no había venido a decirme que había recibido un premio, sino algo mucho más importante… “La cuestión -prosiguió sin dejar de sonreír- es que para entregarnos los premios, prepararon una cena de gala. Cómo te puedes imaginar, me preparé un discursito de agradecimiento para el momento en que dijeran mi nombre y saliera a recoger el premio. Bueno, pues llegó el momento y yo todo ufano subo a la tarima a recogerlo y en el instante en que voy a soltar el discurso, ¡apareció la voz mental diciéndome que aún con mil premios seguía sin valer nada! Me puse a reír delante de todos. ¿Cómo era posible que incluso en esas circunstancias la voz no cambiara de disco? Y sin pensármelo dos veces, expliqué a todos exactamente lo que me había pasado, esa voz que desde muy joven me había atormentado, la liberación que viví cuando me di cuenta de que la voz no era yo, y su tozudez para hacerme creer lo que estaba claro que ¡sólo pensaba ella de mí! Si vieras como se rieron todos. Vi con toda claridad que ¡no soy el único ser humano que tiene este tipo de voces en su cabeza!”

No sé si te has dado cuenta de que la relación que tienes “contigo” está basada en esa voz mental que te dice cómo eres y cómo tendrías que ser, que te juzga sin parar -para bien o para mal-, que te premia, que te castiga, que te dice lo que tienes que hacer y lo que no tienes que hacer, que te suele etiquetar con cuatro o cinco etiquetas que se van repitiendo sin cesar, “eres tonto”, “eres el mejor”, “mira que eres parado”, “perezoso”, “inútil”, “eres encantadora”, etc.

La relación que se supone que tienes “contigo” es la relación entre esta voz mental y tú.

Y es esa voz mental la que te permite sentirte bien contigo o no. Así de fuerte…

Pero miremos como funciona esta voz mental. ¿Tiene algún propósito? La verdad es que no. Funciona exactamente igual que las maquinas tragadiscos de los años 70, las jukebox, en las que introducías una monedita, apretabas -entonces no se decía “clickar” sino “apretar” :)- una letra y un número y se ponía el disco que querías, siempre el mismo disco, ¿las recuerdas? Pues la voz mental es exactamente así. Cuando eras pequeño, los discos se grabaron según tus experiencias y demás. Y desde entonces, siempre que las circunstancias son, por ejemplo, H-3, sale el disco “Tú no vales nada”. Si las circunstancias son G-9, sale el disco “Otra vez la has fastidiado”. Si son D-6, sale el hit “No hay nadie tan bueno como tú”. Y así.

Cada uno de nosotros tiene su discografía particular. De eso no cabe duda. La Mirada Secreta nos señala que:

La voz mental no eres tú.

Si fueras tú, escogerías siempre discos maravillosos porque está claro que por querer, quieres ser feliz…;

Tú eres antes que la voz mental.

Cuando naciste, no tenías ninguno de esos discos, pero tu ya eras tú. Por lo tanto, esta voz se sobrepone artificialmente a tu identidad;

La voz mental no tiene nada que ver contigo sino con las circunstancias que rodearon tu infancia.

Si hubieras vivido otras circunstancias de pequeño, tendrías otra discografía;

Si observas, te darás cuenta que la voz mental es repetitiva y nunca nueva.

Los discos son siempre los mismos, son realmente discos rallados;

Quien realmente manda eres tú y no la voz mental.

Puedes escoger no escuchar los discos que saltan automáticamente.

Y finalmente,

tu no puedes tener una relación contigo mismo porque no te puedes dividir en dos

por lo tanto todo lo que te dice la máquina no tiene nada que ver contigo.

Date cuenta de que esa voz que te juzga, te acosa, te manda, te esclaviza (es indiferente que sea un buen amo o un tirano) es sólo una máquina automática y atrévete a ser libre.

Eso es lo que te desea la Mirada Secreta, aunque aún no hayan llegado las fiestas.

¡FELIZ AHORA!

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El milagro de la neutralidad y las tormentas del yo.

Allí donde vive la neutralidad, el amor no tiene contrario.

La mirada secreta

 

 

La neutralidad y el amor verdadero son inseparables.

La neutralidad, la santa indiferencia -como la llama una brillante alma de fuego-, es vivir las cosas como son, sin etiquetarlas.

Es Ver, sin juzgar.

Es Comprender por empatía, por compasión. Instantaneamente. Inspiradamente.

Porque todos los seres humanos deseamos la felicidad y el amor. Y si pudiéramos elegir,

si pudiéramos ir más allá de nuestros condicionamientos, jamás crearíamos sufrimiento, ni lo sentiríamos.

Desde la razón suena utópico (la razón, bandera preñada de juicios relativos -todos condicionados- que esgrime como absolutos…) Y es normal que así sea, dado que la neutralidad no vive en la casa de la razón.

La razón es a la neutralidad, lo que la noche y el día al sol.

Desde el yo psicológico, cargadito de carencias y miedos, frágil por irreal, identidad fantasma vivida como única realidad, la neutralidad incluso se puede vivir como un complejo de superioridad, o de distancia y poca implicación. Y es normal que así sea, porque la neutralidad no vive en la casa de ese pequeño “yo” que tan fieramente defendemos, incluso por encima de los que más queremos.

Desde el espacio infinito de la neutralidad, nada se vive autorreferenciado.

Nunca nadie te hace nada. Igual que cae el aguacero sobre mi, caen los chaparrones de mis congéneres sobre mi y eso nada tiene que ver conmigo. Y de la misma manera, siguiendo las mismas leyes, a veces es este pequeño yo el que llueve sobre otros.

Creemos que cuando nos llueven encima, tenemos el derecho de responder con lluvia, con granizo, con rayos, a veces con silencios que amenazan huracanes… Pero no es cierto. No tenemos ningún derecho. Solo ocurre que hacemos caso de nuestro pequeño yo, tan frágil, que siempre está pidiendo amor incondicional, aunque él jamás lo podrá dar, -porque el amor incondicional no vive aquí tampoco. Vive donde vive la neutralidad-. Desde este lugar inventado, exigimos que nos traten siempre bien y cuando somos nosotros que tratamos mal, hacemos una excursión a la casa de la razón y nos presta unos cuantos truenos que nos atrincheran en nuestro, aparentemente, ego herido.

Donde vive la neutralidad, en ese espacio infinito, las tormentas de los egos se ven, y no hay tu ni yo, son egos y los egos funcionan así. La neutralidad vive encima de las nubes, allí donde siempre luce el sol y el aire es transparente.

Descubramos donde vive la neutralidad, tanto si hay tormentas como si no.

Dejemos de vender y defender un “yo” que no es más que un compendio de creencias condicionadas.

Dejemos de llenarnos de razones que sólo fomentan el sufrimiento.

¡Y que ningún clima emocional nos aparte del camino!

Feliz Ahora

*foto cedida por ikibcn.com 

 

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La culpa

Sólo creyéndote juez, culparás…

La mirada secreta

 

 

 

Hay un cuento que resuena últimamente en la mente, que más o menos dice así:

“Había una vez un pescador que estaba tranquilamente pescando desde su barquita en mitad del lago. Inesperadamente, otra barquita se abalanzó por su popa dándole un fuerte golpe. Y el barquero, antes de girarse ya empezó a gritar y a insultar: “Pero ¿que no sabes navegar, pescador de pacotilla? Mira como por tu culpa se me ha escapado el pez. ¡Seguro que has roto mi barca!” Es esas estaba, rojo como un pimiento de tanta ira que sentía, cuando se dio cuenta de que la otra barca no llevaba timonel, sino que iba a la deriva hasta que había chocado con la suya. Inmediatamente, el pescador se calló. Ya no había ningún otro a quién echarle las culpas…”

Cuando te culpo, me libero a mi mismo de cualquier responsabilidad, no me observo, no reflexiono sobre cuál es el papel que he podido tener para que las cosas llegaran hasta donde han llegado. Contra más frustración, más dolor siento, más grande es la culpa que te coloco encima y más huyo de mi propia responsabilidad. Cuando te culpo, puedo creer que me libero. Pero ¿cual es la verdad? ¿Hay algún caso en que la culpa libere a nadie?

La verdad es que mientras te culpo, re-siento una y otra vez mi propio dolor y frustración. Y cómo “tu” tienes la culpa, no sólo re-siento sino que no puedo hacer nada para liberarme, porque la sartén la tienes tú por el mango, ya que eres tu el hacedor de la situación y yo una mera víctima. Y como víctima no puedo hacer nada más que re-sentir, llorar y sentirme mucho más bueno que tú, porque “yo nunca hubiera hecho nada semejante” “yo nunca hubiera golpeado tu barca porque soy más cuidadoso, porque me importan los demás, porque estoy atento, porque….” Tanta culpa te echo encima, tan más mejor soy yo.

Así que aquí tenemos los beneficios de la culpa: me hacen sentir mejor persona que el otro y me colocan en un papel de víctima por lo que tengo derecho a la queja constante y a ser consolado. Pero por otro lado, no me libera jamás ni me permite evolucionar. Me estanca en ese acontecer y me ciega respecto a mi mismo.

Cuando soy yo quien asume la culpa, tampoco me va mucho mejor. Si tengo la culpa, seguramente esperaré ser castigado o perdonado. En ambos casos pierdo la libertad, libertad que me ha de conceder aquel que me culpa y a quien yo creo haber herido. Si soy yo quien siento culpa, me coloco en una posición de inferioridad con respecto al otro, me someto. Cargo contra mi mismo y empeoro el dolor y la frustración. Y está claro que mientras me culpo, poca cosa más hago. Me estanco en el suceso pasado: “si hubiera estado más atento, esa barca no me habría golpeado” “Eso me pasa por estar tan distraído”…

Bueno. El pan de cada día, ¿verdad?

Pero ¿cual es la realidad? ¿Acaso podemos aislar tanto los hechos como para conocer la causa de lo que acontece, el “único” culpable?

Todo lo que acontece está interligado y sucede como sucede por millones de causas que escapan a nuestro entendimiento.

La mirada secreta me sacude y me señala con firmeza la barca que iba a la deriva. Ahí está la respuesta. La barca va a la deriva desde nuestro punto de vista porque no vemos en ella capitán. Pero ¿va realmente a la deriva? ¿acaso no la han traído las corrientes originadas por la luna? ¿hubiera chocado con la barca del pescador si la barca del pescador no hubiera estado allí? ¿qué habría pasado si el pescador hubiera estado pescando en la otra borda? ¿acaso no la habría visto venir?

¿Existe realmente la culpa? ¿No es simplificar mucho las cosas?

¿Existiría la necesidad de culpar si fuéramos capaces de vivir plenamente aquello que la vida nos trae, sin juzgarlo?

Y si no existe la culpa, entonces ¿dónde queda el perdón? ¿y la redención? ¿y el castigo?

La culpa es una de las piedras angulares de nuestra vida. Es urgente que investiguemos…

La pregunta que quizás nos abra a una nueva visión no es quién tiene la culpa, sino quién va realmente a la deriva…

Y ahí es donde la mirada secreta me susurra que hay algo que sí que va a la deriva y ¡es precisamente a aquello a lo que le doy la categoria de capitán

¡Feliz Ahora!

 

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