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La dimensión vertical

 

“Mediante el conocimiento acojo a Dios dentro de mí; mediante el amor me adentro en Dios”

Maestro Eckhart

 

 

En muchas ocasiones la vida nos trae vivencias que no queremos, que rechazamos y que seria una “locura” que fuera de otro modo: una enfermedad grave, una agresión, la pérdida de un ser querido, la pérdida de autonomía física, económica, …

Y eso nos hace sufrir.

Viendo lo que es el sufrimiento, nos damos cuenta de que sufrir es un estado emocional que aparece cuando rechazamos aquello que nos está ocurriendo. Es como no querer que pase aquello que ya está pasando, oponernos a la realidad de lo sucedido. “No debería haber pasado” “no lo merezco” son frases que señalan un gran sufrimiento y resistencia.

La mente pensante, siempre lineal, no comprende que sin causa se produzca semejante acontecer. Y entonces busca una causa, una causa que le facilite comprender el POR QUÉ ha tenido que suceder eso. Y a veces, convenciéndonos de haber encontrado una causa, podemos sentir algún alivio. Pero tantas otras veces, seguimos sufriendo, incluso más, porque no aceptamos ni el “efecto” ni la “causa” aparente.

Si el sufrimiento es la resistencia a lo que es -y que no queremos- y se supone que el final del sufrimiento es la aceptación, ¿como podemos aceptar lo que nos pasa si no lo queremos? Parece que nos hallamos ante una paradoja de difícil solución…

Cuando sentimos que, verdaderamente, el fín de nuestro sufrimiento es la aceptación, solemos decir “es inaceptable, pero por no sufrir más, lo acepto”… Hacemos como si aceptáramos, pero lo máximo que conseguimos es resignarnos.

La resignación es un camino tramposo, que para en seco nuestra capacidad para ser felices.

La resignación no es un estado de paz y dulzura, sino que va acompañada de un regusto amargo, victimista y triste, de una sensacion de impotencia y de pasividad. La resignación se da en un dejar de oponerse a lo que hay, tipo “no me queda mas remedio que tirar la toalla” Y eso ¿no es acaso seguir sufriendo?

La aceptación, tan fácil de aconsejar y tan poco hallada por no comprendida, no se puede dar mientras uno crea que las cosas suceden bajo la ley causa-efecto, y que lo justo es lo que se ciñe a mis creencias de lo que es bueno o malo.

Bajo este prisma lleno de condicionamientos mentales, la aceptación de aquello que no queremos para nosotros o para quienes amamos es casi imposible.

Entonces surge la eterna pregunta: ¿qué hacemos?

Bueno. No esperéis de la mirada secreta un recetario de liberación del sufrimiento. Tampoco serviría para nada ;)

Ahora, mirando directamente, se revela claramente que para aceptar, hemos de comprender de otro modo

Einsten dijo que ningún problema puede ser resuelto desde el mismo nivel de conciencia en el que se creó. El llamado así contínuo espacio-temporal es donde se dan todos los sucesos de la vida y del universo, según la teoría de la relatividad de Einstein. Además, Einsten descubrió lo que más nos importa a nosotros, y es que el espacio y el tiempo son relativos al estado de movimiento del observador. Así que para comprender nuestro mundo y nuestra vida, podemos ver los acontecimientos observándolos desde una perspectiva de espacio horizontal, desde una perspectiva de tiempo o desde una perspectiva de espacio desconocida para la mayoría de nosotros que aquí llamaremos la dimensión vertical.

En la perspectiva espacial horizontal, buscamos que disminuya el sufrimiento cambiando de lugar físico, por ejemplo haciendo un viaje o simplemente cambiando de habitación. El resultado de esta perspectiva lo conocemos todos: quizás disminuye el sufrimiento durante un rato, pero casi no cambia nuestra comprensión de lo sucedido.

En la dimensión temporal, logramos algo más de comprensión conforme pasa el tiempo. Pero tampoco comprendemos totalmente y el sufrimiento no acaba de liberarse del todo. Aunque es una dimensión más poderosa que la del espacio horizontal, también tiene el inconveniente que hemos de dejar pasar el tiempo -a veces muchos años-, antes de atisbar alguna luz.

Pero luego tenemos la dimensión vertical. La dimensión vertical ha salido varias veces en los escritos de la mirada secreta y es aquella visión que se alcanza en el instante presente, o bien porque nos elevamos sobre el problema y el “yo con el problema” y al elevarnos nuestra conciencia se amplia y se amplia dándonos una nueva perspectiva y una nueva comprensión; o bien porque entramos en lo profundo de nosotros, allí donde reina el silencio contemplativo en ausencia de “yo” y es en este silencio donde una nueva visión surge, llena de amor y de paz.

No preguntéis cómo llegar a esta dimensión vertical. Hagamos silencio dentro de nosotros, salgamos del ruido de la mente adentrándonos por amor en la Verdad, e investiguemos mirando directamente las cosas -sin ninguna idea preconcebida-, dejándo que sea la Verdad que se adentre en nosotros. Porque

realmente sólo lo que vemos por nosotros mismos es transformador.

Ninguna teoría, ni la verdad de otros por muy sabios que sean, nos dará la comprensión ni nos liberará del sufrimiento ni nos conducirá a la dulce y verdadera aceptación.

Desde la verticalidad, el único lugar desde el cual se puede vivir feliz,

¡feliz ahora!

 

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Yo, mi, mío

El comienzo de la Sabiduría es el silencio.

Pitágoras

 

 

 

 

 



No sólo era la belleza sobrecogedora de las montañas, arropándonos con su serena y poderosa presencia. El Silencio nos había adoptado como hijos suyos durante un tiempo, tan inocente y amorosa era la entrega de todos los que estabamos allá. Nacidos nuevos del Silencio preñado de paz amorosa, los verdaderos hijos, atisbos de su dulce sabiduría.

Así andábamos. El Silencio pariendo miradas refulgentes, sonrisas inocentes. Las arrugas del sufrimiento borrándose al paso de su tacto casi imperceptible.

Sus ojitos parecían dos linternas, tan grande es su amor por la verdad, cuando a penas levantando la voz nos dijo: “es que no puedo acallar mis pensamientos ni los puedo dejar de escuchar” Y mientras ella hablaba, las campanas no paraban de tañer llamando a su regazo… Pero ella no las oía. No oía las campanas que sonaban claras y fuertes, y en cambio no podía dejar de escuchar sus pensamientos. ¿Por qué? ¿Por qué?

La observación era muda. No sabía la respuesta. Sólo el Silencio podía hablar. Sólo el Silencio sabía. Los preciosos ojos pidiendo comprender, el tañido de las campanas llamando, la mente muerta, esperando…

Y esta vez la mirada secreta lo gritó triunfal. Lo gritó desde el Silencio. Con urgencia. Como un rayo devastador de claridad encegadora, dejándo al descubierto, desnuda, la verdad simple, la verdad inocente, la verdad poderosa, la verdad que nada excluye…

Y esta vez la mirada secreta lo gritó a todos los que allí estábamos. Ella, como la humanidad entera, no oía las campanas y en cambio no podía de dejar de oír sus pensamientos por una razón muy simple y ahora evidente:

Esos eran los sonidos: las campanas por un lado y sus pensamientos por el otro. Las primeras sin poder ni fuerza. Los segundos, pegajosos y poderosos. ¿Lo veís ahora vosotros también? ¡La clave está en los pronombres!

Y ahora miro bien y me pregunto si los pensamientos que resuenan en la mente son mis pensamientos. No los he escogido. No los he decidido. No los he creado. Veo que son pensamientos que percibo. Pero también percibo este árbol. Y ¿es acaso “mi” árbol? Porque si es ese mi árbol, entonces el universo entero es mio, y también tú… Entonces recuerdo otra alma bellísima hablándo de su brazo. Miro ahora éste brazo que se supone que es mío y no comprendo, no puedo ver que sea “mío”. Míro ahora éste cuerpo, éstas células conglomeradas y no veo el “mío” por ningún lado. Y miro y miro y miro… y veo esta persona llena de pensamientos, emociones, formas y veo con pasmosa claridad que no me pertenece, en absoluto

Descubro que no hay un “yo”. No hay un “mi”. No hay un “mío”.

No hay nada que proteger. Y abro todas las puertas que tan celosamente guardaba bajo llave.

No hay nada que controlar o manipular para el bien… ¿de quién? Y fluyo ligero como una pluma en las corrientes de la vida.

Y al ver que no hay un “yo” se desvanecen todos los obstáculos. ¡Es tan simple que parece una broma!

No hay un “yo” que pertenezca a ese “yo”. No hay un “mi”, ni hay un “mio”. Entonces dejo de pedir, de exigir, de mendigar… ¿para quién?

Y si no hay un yo/mi/mío, ¿cómo va a existir un tú/a tí/tuyo?

La libertad es inexpresable. Las ataduras del yo/mi/mío han dejado paso a la alegría de vivir. La felicidad es inabarcable.

Y por fín se esfuma cualquier resistencia y con ella llega el descanso, la añorada paz. Y el amor entra a raudales desde el mundo de la verdad.

Sé que te lo han dicho. Sé que te lo has creído. Pero mira. Mira por primera vez. Mira directamente, sin pensar y dime si en los pronombres hay alguna realidad.

Dedicado a los hijos del Silencio, atisbos de la Verdad.

¡Feliz Ahora!

 

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La esclavitud del ser humano

La libertad es la naturaleza del hombre. Vimala Thakar




 

Durante mucho tiempo me pregunté por qué la mayoría de las personas que conocía, aún cuando les fuera bien en la vida, sentían un cierto vacío, una añoranza difícil de definir, un anhelo de libertad (a pesar de no estar aparentemente atados a nada), una felicidad mayor a la que tenían…

Con los años he visto en mi y en el resto de los seres humanos como éstas “profundas, extrañas e indefinibles carencias” parecen acompañar la experiencia de vida independientemente de las circunstancias en las que viva la persona. Aún si la persona lo tiene “todo”, o en casos contrarios, hay en nosotros esa añoranza de libertad, de felicidad expansiva, de paz profunda. Un misterio que ha llamado a mi anhelo de comprensión una y otra vez.

Investigando sobre ello, un día la mirada secreta puso algo de luz sobre el misterio de las profundas, extrañas e indefinibles carencias del ser humano. Y a ese conjunto de anhelos intrínsecos al hombre le llamó “esclavitud“. En aquel momento no entendí mucho. Tenía asociada la esclavitud a una situación externa al hombre, a una situación de privación de libertad debida a las circunstancias vivenciales. Al seguir profundizando, me di cuenta que el estado de esclavitud podía incluir aquellas personas adictas a algo o a alguien -la adicción es una gran cadena del hierro más duro que impide que la persona se mueva y la mantiene atada firmemente al objeto de su adicción. Pero incluso en este caso, no parecía que atañera a toda la humanidad… ¿o sí? ¿Podíamos tener todos una adicción que hasta ahora me hubiera pasado desapercibida?

Y ahí vino el segundo rayo de luz, desde mi querida mirada secreta

¡Toda la humanidad somos adictos!

Por eso nos sentimos así en lo profundo. Por eso anhelamos una libertad que a duras penas entendemos, una paz que no sabemos por qué no la tenemos, una alegría serena, salir de algo que parece apretarnos el corazón -a veces más, a veces menos-. Somos adictos. Estamos “enganchados” y por eso vivimos esclavos de nuestra adicción.

A estas alturas quizá algunos de nosotros podamos aceptar honestamente que sentimos estas profundas, extrañas e indefinibles carencias que nos hacen sentir prisioneros de algo. Otros lectores negaran que sientan nada de esto, -aunque lo más probable es que lo sientan, pero quizás más adentro-. Pero en ambos caso, si somos esclavos: ¿de qué nos hemos de liberar realmente? ¿en qué consiste nuestra esclavitud?. Y ¿cómo podemos liberarnos?

Muchos de nosotros, sintiendo claramente esta extraña opresión, buscamos liberarnos de ella.

Casi siempre empezamos tratando de resolver la última pregunta -cómo liberarnos-, sin saber a qué estamos atados con cadenas, a qué somos adictos.

Y probamos una y mil estrategias para sentirnos mejor: distraernos para no tener tiempo de estar a solas con nosotros (la sensación de aprisionamiento suele empeorar ¿verdad?); hacer mil y una terapias, cursillos, talleres de crecimiento a ver si solucionamos algo que creemos que sólo nos pasa a nosotros, un problema que debe ser el causante de esta infelicidad subterránea…; poner nuestras vidas al límite en deportes arriesgados o conduciendo a toda velocidad, o intoxicándonos, porque el riesgo dispara la adrenalina del cerebro a la corriente sanguínea y por un ratito me siento plenamente vivo y en ese ratito desaparece ese ahogamiento sutil y semi oculto… Así andamos, tratando de liberarnos, aunque todavía no hayamos descubierto que es lo que nos mantiene esclavizados, qué es lo que nos tiraniza y nos impide ser libres, anchos, alegres, llenos de paz…

En este punto, la mirada secreta ya había susurrado a mi oído el nombre del tirano.

Vamos a ver si lo descubrimos entre todos. A ver si descubrimos la “sustancia” a la que estamos enganchados, el tirano que nos esclaviza…

Para que podamos hablar de adicción, se han de cumplir algunos criterios concretos. Copio los que se adaptan mejor a nuestra adicción a descubrir, del Manual Diagnóstico de Psiquiatría. Definen la adicción como un patrón maladaptativo de uso de sustancias que conlleva un deterioro o malestar expresado por al menos tres criterios durante al menos un año. Os copio algunos criterios: el efecto de las mismas cantidades de sustancia disminuye claramente con su consumo continuado; la sustancia se consume en cantidades mayores o durante un período más prolongado de lo que originalmente se pretendía; existe un deseo persistente o se realizan esfuerzos infructuoso por controlar o interrumpir el consumo de la sustancia; reducción o abandono de actividades sociales, laborales o recreativas debido al consumo de la sustancia; se continúa consumiendo la sustancia a pesar de tener conciencia de problemas psicológicos recidivantes o persistentes que parecen causados o exacerbados por el uso de la sustancia..

¿Cuál podría ser esa “sustancia” a la que somos todos adictos?

Esa “sustancia” supone también una fuente de acoso y malos tratos que suele producir en cada uno de nosotros una conducta de dependencia en la que el acosador (la “sustancia adictiva” en nuestro caso) depende emocionalmente de su víctima hasta el punto de hacerle la vida imposible. El acosador devora el tiempo de su víctima… El acosar le roba a su víctima la intimidad, la tranquilidad y el tiempo… porque el acosador la interrumpe constantemente con sus demandas y, apenas la deja respirar entre petición y petición.. Este “acosador” nuestro desconoce el valor de su víctima (cada uno de nosotros) como ser humano, en lo que concierne a su libertad, a su autonomía, a su derecho a tomar decisiones propias acerca de su propia vida y de sus propios valores… Hay un completo dominio de uno hacia el otro (definición de la palabra “esclavitud”). Esa “sustancia” domina el ánimo o arrastra el entendimiento (definición de la palabra “tirano”).

Así que todos y cada uno de nosotros somos esclavos de una sustancia que nos tiraniza, tal como lo hemos expuesto según las denominaciones científicas consensuadas.

La esclavitud de la humanidad -lo que seguramente ha sido llamado por algunos “el pecado original”- es la causante de éstas profundas, extrañas e indefinibles carencias que sufrimos en nuestro interior.

¿Y pues? ¿a qué somos esclavos? ¿Ya lo habéis descubierto?

Si no lo descubrimos, ¿cómo liberarnos de la esclavitud si uno no sabe que es esclavo?

Y si lo descubrimos, aún y así, puede ser que no nos creamos esclavos sino amos y entonces, tampoco nos podremos liberar…

Os invito a investigar en base a estos criterios que hemos descrito. Y ¡os invito a compartir vuestros descubrimientos!

¡FELIZ FELIZ AHORA!

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La tiranía de la mente II. El camino de vuelta

 

El mejor camino a la Felicidad es el que a cada persona le sea más fácil.

Ramana Maharshi

 

El otro día un amigo me explicaba sus vacaciones de navidad: “hacía mucho tiempo que deseábamos irnos a esquiar. Mi madre estaba bastante chafadita pero tampoco pedía nada. Tenía lo que necesitaba. Y eran tantas las ganas que teníamos de irnos. Llevábamos planeándolo tiempo con mucha ilusión. Y nos fuimos. Pero ¿sabes?, yo no lo pasé bien. No pude compartir la alegría de mi pareja, ni me sentía feliz. Yo pensaba que tenía remordimientos por haber dejado a mi madre. Pero era absurdo, porque sabía que mi madre estaría bien cuidada. No comprendía por qué no lo pasé bien esquiando. Pero ahora lo veo con total claridad: lo que en verdad quería era pasar la navidad con ella. Eso es lo que realmente me hubiera hecho feliz.”

Muchas veces aquello que deseamos, nosotros ya sabemos que no nos va a dar realmente la felicidad.

Como dice Adyashanti, todo la actividad de nuestra mente psicológica -que es lo mismo que lo que llamamos “ego”, o llamamos “yo”- se reduce a dos: intentar conseguir lo que quiero y luchar en contra de lo que no quiero.

La gran mayoría de los seres humanos estamos esclavizados por la mente psicológica y es por eso que si nos preguntaran en el momento de morir cómo ha sido nuestra vida, diríamos: “Bueno. He luchado por lo que quería y he luchado en contra de lo que no quería” Y ya está. No hemos hecho mucho más.

El meollo del asunto está en el querer: “yo quiero esto y no quiero esto otro”. Pero

¿te has planteado alguna vez quien eres? ¿qué es ese “yo”?

Si te lo planteas seriamente, verás que en realidad no sabes quién es ese “yo”. Y si no sé quien soy, ¿cómo voy a saber que es lo que me conviene?

En realidad, si en este mundo nuestro, hay algo que une a todos los seres humanos es el anhelo de felicidad, de paz, de alegría de vivir y de amor. Y eso es lo que andamos buscando en lo profundo, aunque por mil caminos, a veces equivocados.

Cuando me di cuenta de este anhelo universal, empecé a preguntarme porqué todos teníamos el mismo deseo de felicidad. Y la mirada secreta me mostró que eso ocurre porque la felicidad, la paz, la alegría, el amor son características de nuestra verdadera identidad -sólo hay que ver a los niños pequeños, antes de que les caiga el peso de la mente psicológica encima de su maravillosa y auténtica espontaneidad…

Nosotros podemos pedir a la vida, al universo, a Dios, que nos traiga alegría de vivir. Podemos pedir felicidad, amor, lucidez y energía, porque eso es lo que somos en esencia,

-de hecho, aunque no lo sepamos, estamos anhelando volver a nuestra verdadera identidad. Tenemos una sensación profunda de añoranza, de vacío de nosotros mismos, de nuestra autenticidad-

pero no podemos pedir cómo conseguirlo, porque nosotros no sabemos realmente ni quienes somos ni sabemos cuál es el camino hacia esa felicidad. Si acaso, pidamos luz para que se vislumbre ese camino. Pidamos que sea la mirada secreta quien nos muestre el camino en vez de creernos lo que nuestra pobre y mecánica mente psicológica nos dicta.

Y cómo decía el gran sabio, el camino adecuado es el que nos es más fácil. Justo lo contrario de lo que nos han enseñado. Porque lo que nos es más fácil interiormente es lo que nos hace sentir paz, alegría, felicidad… Si tiene que haber alguna manera de ir acertando el camino, tendrá que ver con hacer aquellas cosas que nos llenan de paz, que nos dan serena y profunda alegría, que nos hacen sentir llenos de amor, que nos hacen comprender. Y todo lo demás no es parte de nuestro camino.

¡Ese es el secreto de la afinación!

El verdadero camino es el que me va acercando a quien soy en verdad.

¡Feliz Ahora!

 

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LA TIRANIA DE LA MENTE. LOS DESEOS

donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón

Lucas, 12:34


 

Mi querida amiga no quiere seguir engordando. No le gusta verse así. Sufre mucho. Tiene tanto sufrimiento que no puede sostenerlo todo y eso hace que, cuando no puede más, reparta su sufrimiento entre los que le rodean. Pero desea ese plato de macarrones. Y ese trozo de chocolate. Y esa pizza. Y también ese pastel de crema. Los desea y se los come… Y disfruta comiéndoselos, ¡mmmmmm que bueno! Pero al cabo de un rato, sufre de nuevo. Sigue engordando y sigue sufriendo…

¿De dónde vienen los deseos? Y cuando los satisfacemos, ¿qué es lo que realmente nos aportan?

Creemos que nos hace feliz conseguir aquello que deseamos, que la felicidad está en ese pastel de crema. Y nos lo comemos. Por un rato, realmente somos felices. Pero después, aparece un nuevo deseo, estar delgada y volvemos a sufrir. ¿Realmente es el hecho de satisfacer el deseo lo que nos da la felicidad? ¿Y si no fuera así? ¿Y si sintiéramos felicidad no por el hecho de comernos el pastel de crema, sino por el hecho que mientras lo comemos, no tenemos absolutamente ningún deseo?

Lo que nos hace felices cuando conseguimos un deseo, es que durante un tiempo, no deseamos nada más.

Y es sólo en el estado de no-deseo cuando realmente podemos experimentar la felicidad.

Creemos que las buenas cosas que tenemos en la vida son el resultado de haberlas deseado y haberlas conseguido. ¿Y las cosas malas? ¿También las hemos deseado nosotros y las hemos conseguido nosotros? -“he aprobado el examen” (yo soy quien lo ha conseguido) “me han suspendido” (yo no tengo nada que ver)- … Vale la pena mirarlo, ¿verdad?. O funciona para lo bueno y lo malo, o no funciona para ninguno. ¿Entonces?

El deseo es un invento de la mente. La mente funciona como un niño al que se le ha consentido todo y empieza a tratarte como un pequeño tirano. La mente quiere controlarte y para ello crea un objeto de deseo, te lo vende como un reclamo de felicidad, tu te lo crees y ¡venga!, la mente consigue el control y tu crees haber conseguido felicidad. Pero no es así…

Quizás algún lector esté pensando: “¡pero es que yo quiero tener deseos! ¡no se puede vivir sin deseos! ¡vaya vida aburrida sin deseos!” Todo eso es una creencia más de la mente.

Mira como te sientes cuando no deseas nada, por ejemplo justo después de haber conseguido un deseo…. ¿te imaginas vivir siempre así?

La mente tiene la necesidad de controlar porque te requiere como siervo suyo, porque eso le da protagonismo y poder sobre ti. Y una de sus principales armas para conseguirlo es inventarse un deseo: inventa la idea de que tal cosa (una situación, un objeto material,…) te dará la felicidad. Y lanza la idea al espacio de tu conciencia, para que te des cuenta. Tú lo recibes y lo conceptualizas como “un deseo tuyo” y te pones en marcha para conseguirlo… como un esclavo cumpliendo las ordenes del tirano…

Muchas veces los deseos que crea nuestra mente incluso son contrarios a lo que nosotros queremos realmente, como el caso de mi amiga. Y ¿a quién solemos hacer caso? ¿a nosotros o a nuestra mente?

Como dicen los sabios, la mente es el mejor de los siervos y el peor de los amos

Cuando la mente está ocupada, distraída, no genera deseos. Pero cuando está aburrida o se siente insatisfecha, entonces reclama tu atención, a menudo, generando deseos.

Tu no tienes deseos. Los deseos no son tuyos. Los deseos no buscan tu felicidad sino tu obediencia a la mente que los genera.

De la misma forma que un niño mimado que no para de llamar la atención y de pedir, no es malo, sino que el error está en nuestra manera de tratarlo, tener deseos no es malo. Es un movimiento natural de la mente humana. No es un error. El error es creer que el reclamo de control por parte de la mente, es un deseo nuestro.

El error está en cómo nos relacionamos con nuestra mente.

Sólo la mente desea y lo hace porque cree que le falta algo. Cuando descubro que yo soy todo lo que la mente deseaba, el deseo cae.

El deseo esconde un anhelo profundo que está empujando y debatiéndose por salir. Descubre que hay en el origen de cualquier deseo y descubre que ¡eso ya es en tu estado de no-deseo-nada! Bendita mirada

Fíjate que cuando estás plenamente en el ahora, no hay deseos…

Y como dice Consuelo Martín en su libro “Sabiduría en acción”:

sin deseos que muevan la barca de la existencia, liberada navega según los vientos inteligentes de la vida única… Un movimiento sin motivo dirige la conducta libre, alineándola con la voluntad e inteligencia sagradas”…

¡Feliz Ahora!

 

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Yo y el mundo

Todo es simple. Absolutamente simple.

David Carse

Después de las vacaciones de navidad volvió la mujer a verme. Su transformación era evidente para cualquiera que la conociera: le brillaban los ojos, le brillaba la piel de la cara, le brillaba la sonrisa, había desaparecido de su rostro cualquier rasgo de cansancio. Estaba resplandeciente y se sentía resplandeciente.

Me explicó que las navidades solían ser épocas de gran sufrimiento para ella. La família se reunía y era muy fácil que surgieran viejas disputas, odios y rencores…

Ella solía sufrir, tanto si aquel año “le tocaba” estar a ella directamente involucrada en la pelea familiar, como si le tocaba ser testigo de la riña entre otros miembros de la familia.

Pero estas navidades había ocurrido un milagro. Un milagro escondido a los ojos ajenos, secreto, que alumbra por dentro, que exalta el corazón.

Y es que, a pesar de que la costumbre familiar de aprovechar las navidades para sacar sus trapos viejos y mohosos se había mantenido, ni el dolor, ni el rencor, ni los celos entre los miembros de su familia, -y aún más importante-, ni siquiera los suyos propios- la habían alcanzado. A pesar de las disputas, se había descubierto llena de paz y amor hacía todos.

Mientras me lo estaba explicándo, de repente vimos con pasmosa claridad (así nos hacer ver la mirada secreta) que era ella la que estaba en paz consigo misma. Había aprendido a respetarse y a amarse tal como era. Y eso la había hecho invulnerable…

La mirada secreta nos enseñó que:

  • cuando de verdad te respetas, nada ni nadie puede faltarte el respeto…
  • cuando en verdad eres humilde, nada ni nadie puede humillarte…
  • cuando eres verdaderamente justo contigo mismo, no te afectan las valoraciones injustas…
  • cuando estás en paz contigo, nada ni nadie te puede alterar…
  • cuando eres honesto contigo, nadie te puede poner en entredicho…
  • cuando eres digno de ti mismo, nadie te puede hacer sentir indigno…

Y además, curiosamente -o no-, la mirada nos mostró algo todavía más asombroso. Y es que:

  • cuando te respetas a ti mismo, estás dando respeto a los demás…
  • cuando eres humilde, estás dando valor a los demás…
  • cuando eres justo, estás dando justicia a los demás…
  • cuando estás en paz contigo, das paz al mundo…
  • cuando eres honesto contigo, estás dando honestamente a los demás…
  • y cuando eres digno de ti mismo, estás preservando la dignidad de los demás…

la relación que tengo con el mundo es un fiel reflejo de la relación que tengo conmig@ mism@

¿Entiendes ahora por qué el único camino de plenitud y felicidad para tí y para el mundo, empieza y acaba en tí?

¡Feliz ahora!

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Esto no es lo que yo quiero

20121202-213152.jpg ¿Se te ha ocurrido alguna vez que lo que tu llamas tu felicidad es en realidad tu prisión?

Anthony de Mello

Anda la Mirada estos días revolucionando huracanadamente. Entra por los ojos un viento frío, limpio, que deja temblando el cuerpo y henchidos los pulmones. Poco quiere la Mirada que flote en la dulzura de los altos abismos que tanto saborea mi alma. Hoy no. Hoy quiere que mire hacia abajo, hacia la tierra, hacia el barro. Porque

incluso en el interior de lo más feo, se halla escondida la Verdad, la Belleza, el Amor

Vuelve a aparecer ante estos ojos la Felicidad, como el invitado más deseado y más caro de ver en nuestra casa, en nuestro corazón.

¡Hay tanto que ver! La Mirada no quiere que me distraiga. Empecinada, me urge a seguir investigando. Y en su apremio, descubro que lo que intuyo que es la Felicidad es otro nombre a lo que intuyo que es Vivir en plenitud, Ser plenamente, la Verdad, la Belleza, la Paz, la Libertad, la Justicia, el Amor, la Compasión, la Comprensión, y todos los anhelos que el ser humano haya podido sentir en el puro centro de su ser.

La Mirada Secreta quiere que siga mirando y lo hago -hace ya tiempo que me di cuenta de que la Mirada manda en mi y que yo no puedo hacer otra cosa-…

Vale… creemos que la felicidad es algo que tenemos que conseguir. Por lo tanto, la felicidad está en el futuro -o por lo menos, aunque seamos felices hoy, hemos de garantizar también la felicidad futura, ¿verdad?-

Al creer que la felicidad está en el futuro y va a ser el resultado de “algo” -algo que yo tengo que conseguir o que la vida me tiene que dar- no me queda más remedio que “vivir y hacer para conseguir”. Y mientras vivo y hago para conseguir ser feliz, se escurre la vida por entre mis dedos como si de agua se tratara. Porque si vivo y hago para ser feliz mañana, y lo que hago no me hace feliz, ¿dónde queda la felicidad de mi vida, mi vida que es sólo hoy?

No nos damos cuenta que estamos vendiendo nuestra vida a cambio de algo que no podemos conseguir. Porque

la felicidad no se puede conseguir

No es una cosa que se pueda adquirir, a base de esfuerzos, pactos, intercambios… O imponiéndose, exigiendo o mendigando.

Si paramos un momento y observamos en nosotros mismos o a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que no sabemos de nadie que haya conseguido la felicidad “con el sudor de su frente”. Soy consciente que esto que brota de la Mirada es algo que puede remover a algunas mentes. Si es así, me lleno de alegría, porque eso quiere decir que las viejas y enquistadas creencias están empezando a chirriar. Eso es muy bueno porque ¡son precisamente esas creencias las que nos impiden ser felices!

Creer que soy yo quien, con mi buen hacer, voy a conseguir ser feliz es como creer que veo gracias a mi buen hacer, o que oigo gracias a mi buen hacer. Sin embargo, la verdad está muy lejos de esto. ¿Acaso no son muchas las personas que hacen todo lo que toca hacer y no son felices? De hecho, ¿conoces muchas personas que se esfuercen y trabajen duramente para ser felices y lo acaben siendo? Aún mejor ¿conoces muchas personas felices?

La verdad es que, como dice un proverbio chino, cuando nada obstruye el ojo entonces hay visión. Mi ojo no ve gracias a mi buen hacer, sino porque no pongo nada frente a el.

Ser felices es nuestra condición natural. Y ¿cómo lo sé? Pues porque ¡es lo que queda cuando dejamos de hacer algo para serlo!

Para sentir, saborear, vivir la felicidad, lo único que podemos hacer es abrirnos a ella. Abrirnos. Siempre esta aquí. Es aquí y ahora.

No se trata de plantearnos como conseguirla sino de descubrir como abrirnos a ella.

Y para abrirnos, ¿cómo lo hacemos?

Pues vamos a investigar que es lo que nos aleja de la felicidad y quizá así descubramos como abrirnos…

Cuando no soy feliz con lo que estoy haciendo, ¿por qué me pasa esto? Observo mi persona y veo que a veces no soy feliz porque la situación no está yendo como yo quiero. -las cosas van demasiado lento o demasiado rápido; la gente no esta teniendo la actitud adecuada; no tengo suficiente tiempo o espacio o dinero o… –

Otras veces la situación no me está dando los resultados que buscaba -tanto esfuerzo para conseguir tan poco: la injusticia está servida; me he vuelto a equivocar o no valgo para nada o los demás no me valoran o…-

Otras, no me dejan -¿quien? Quien va a ser! ¡los demás!- hacer lo que yo quiero. Por culpa de fulano no soy feliz. Si me dejaran hacer lo que quiero seguro que entonces si que sería feliz!

Otras son los demás los que no están haciendo lo que quiero. Están portándose mal, son incompetentes, maleducados, ignorantes, egoístas, … Son la causa de mi infelicidad.

Y otras veces, la causa de mi infelicidad soy yo. Porque yo tendría que ser capaz de, tendría que saber que, tendría que poder,… Tendría que ser…

Pero lo que más me sorprende es que cuando las cosas son como yo quiero, enseguida quiero otra cosa que todavía no tengo…. Y vuelvo a ser infeliz.

Así que si no soy feliz es porque sea lo que sea no es como yo quiero. Podríamos resumir todas las posibles causas de mi infelicidad en una sola frase: ¡esto no es lo que yo quiero!

Y como no quiero esto sino que quiero otra cosa que no tengo, soy infeliz.

Es igual si tengo mucho. Porque, de entre todo lo que tengo y quiero, siempre hay algo que no lo quiero como está siendo. Por lo tanto, ya tengo garantizada mi infelicidad.

¡Y todavía me creo que la causa de mi infelicidad es lo que no tengo como yo quiero!

Cuando la causa de mi infelicidad es estar deseando otra cosa que LA QUE HAY. Es estar rechazando lo que YA ES.

Así qué me doy cuenta de que lo que me separa de la felicidad es estar rechazando el ahora, estar deseando algo que yo creo que si no tengo, me impedirá ser feliz.

La Mirada Secreta me zarandea y me pone delante, sin sutilezas esta vez, huracanadamente, que desear algo pensando que eso es fundamental para que yo pueda ser feliz, es el obstáculo que me impide ser feliz. Que

el ser humano, cuando no vive nada como un obstáculo a su felicidad, es feliz.

Si dejo de crearme y creerme obstáculos, quizá encuentre la paz. Y a saber qué frutos brotan de ella.

¡FELIZ AHORA!

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LA FUENTE DE LA FELICIDAD II

“Buscar la felicidad no es vivir felizmente”

Thomas Merton

“Escritos Esenciales.”

Pregunta a tu pareja o a tus amigos qué es lo que más desean en la vida. Algunos te contestarán: “ser feliz”. Otros contestaran que quieren poder. Otros, dinero. Otros, muchos, amor. Otros, menos, comprender el sentido de la vida.

Si te contestan cualquier cosa que no sea ser feliz, pregúntales por qué desean lo que han contestado y verás que acabaran diciendo que lo desean porque creen que eso les hará felices.

No importa lo que busquemos, porque bajo el aparente deseo, está el anhelo de felicidad, de plenitud. Creemos que consiguiendo poder, seremos felices. O dinero. O amor. O alguna nueva creencia que por un tiempo calme el clamoroso grito de vacío que resuena en el centro de nuestro pecho. Es igual, porque en la historia de la humanidad,

Lo que todos y cada uno de los seres de esta tierra deseamos es ser felices

Es nuestro deseo universal, compartido por todos. Quizás es lo que más nos une e iguala. Quizás es la característica más humana de todas. Hasta podríamos decir que

El anhelo de felicidad, es el principal motor de nuestras vidas

Se nos educa e incluso se nos presiona para que sepamos qué es lo que queremos: hemos de tener un objetivo en la vida que nos conduzca a esa felicidad que está esperándonos en el futuro. Y si somos de esos seres humanos que no saben bien bien lo que quieren, vamos a empezar a ansiarnos (como dice una hermosísima alma en la consulta), porque creemos que tenemos que tener clara nuestra meta y después, conseguirla. Nos dicen que éste es el camino hacia la felicidad. Y nosotros nos lo creemos, sin investigarlo. Y entregamos nuestra vida a esa creencia.

Pero, ¿qué hay de verdad en todo esto? ¿Es cierto que tenemos que saber cómo conseguir nuestra felicidad? ¿Es cierto que si conseguimos lo que nos propusimos, entonces seremos felices?

Me paro un momento y miro. Miro con la mirada nueva, una mirada limpia de cualquier creencia que me permita atisbar algo de verdad.

Y veo que, sin saber cómo conseguir la felicidad, algunos seres humanos han vivido en ella, como si de una gracia se tratase.

También veo que otros muchos -la mayoría- han luchado toda la vida para conseguirla y nunca la han vivido.

Puedo ver que cuando conseguimos algo de lo que deseábamos, temporalmente parece que somos felices.

Y ahora, ahora que la mirada secreta está susurrándome al oído, veo por primera vez que quizá la fugaz felicidad que sentimos cuando se cumple nuestro deseo, no es por tener el objeto de nuestro deseo, sino porque durante un ratito de vida ¡no deseamos nada más!

Rememoremos juntos, en este momento, cuándo nos sentimos felices. Vamos a investigar juntos y a ver si hay alguna característica que nos dé pistas nuevas…

A ver….

Veo, por ejemplo, que la felicidad es una ¨sensación¨, está en el reino de lo experiencial, de lo vivencial. No pertenece al mar mental. Quizá alguien puede decir que cuando piensa en tal o cual cosa, se siente feliz. Aún y así, la felicidad que parece venir de esos pensamientos es también vivencial. Siempre es vivencial ¿Lo ves tu también?

Y como es vivencial, solo se puede vivir en el ahora. No podemos vivir ni en el pasado ni en el futuro. Por lo tanto, solo podemos ser felices ahora  ¿si?

Y cuando estoy plenamente en el ahora, plenamente, no pienso (el pensamiento siempre está en el pasado y en el futuro, obsérvalo y lo verás) Así que en el estado de felicidad no hay pensamiento

Y cuando no hay pensamiento, no hay referencias a este “yo” que creo ser. Porque este “yo” es un “yo” pensado. Por lo tanto, en estado de felicidad no hay “yo”.

También veo que a veces he querido repetir algo que he hecho y que en su momento me aportó felicidad, y sin embargo, cuando lo repito, ya no siento lo mismo. Por eso puedo decir que:

La felicidad no depende de lo que nosotros hacemos

Si estas feliz, la felicidad se convierte en una cosa que hay que conseguir y que se puede perder; ahora lo estarás y después, no. Si fuera una cosa que hemos de conseguir, entonces seria correcto buscarla.

Pero ya hemos visto que la felicidad no es una cosa, por lo tanto no se puede buscar.

Observa lo descubierto hasta ahora:

Tú eres felicidad. De hecho, no puedes ser de otra manera. Porque la felicidad es el aroma de la esencia de quienes realmente somos, pertenece a nuestra naturaleza.

La felicidad es nuestra naturaleza.  Y surge limpia y diáfana cuando se disuelven en la nada los diferentes velos que la cubren: los deseos, los juicios, el pasado y el futuro… Cuando no hay perturbación alguna, reina la felicidad. Siempre está aquí, por eso no la podemos buscar. Sólo la podemos encontrar.

Aquí y ahora. Sé quien en verdad eres. No necesitas nada más.

Nunca mejor dicho (quizás ahora veas la pista :)

¡Feliz Ahora!

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LA FUENTE DE LA FELICIDAD I

La verdadera felicidad no puede ser encontrada en las cosas que cambian y se desvanecen.
El placer y el dolor alternan inexorablemente.
La felicidad viene del sí mismo y sólo puede encontrarse en el sí mismo.
Encuentre su sí mismo real y todo lo demás vendrá con él.

Sri Nisargadatta

Andaba yo preguntándome donde encontrar la felicidad.
Buscaba tenazmente. No me quería rendir.
Pero cuando parecía que la encontraba, era tan fugaz que casi me dejaba peor que antes. Casi era mejor no sentir felicidad que dejar de sentirla.
Creía que cuando encontrara una pareja a quien amar y que me amara (sobre todo esto segundo), sería feliz. Y, -que fuerte- la encontré. Es una persona maravillosa y doy gracias a la vida por ello. Y aun y así, cuántas veces le exigía que cambiara en esto o en aquello, le recriminaba… Mi pareja, por mucho que lo intentara, no podía hacerme feliz. En vista de ello, tuve que decidir que la pareja no te puede hacer feliz más que algún que otro ratito…
También pensé que si encontraba un buen trabajo, un trabajo que me gustara, hecho a mi medida, sería feliz. Y, -que fuerte- lo encontré. Y doy cada día las gracias por ello. Pero…. mi jefe era un narcisista paranoico que no me dejaba en paz. Mi colega era un insufrible engreído y un nefasto profesional. Que mal. Con lo que me gustaba el trabajo y por culpa de ellos no podía ser feliz. Bueno, pensé, igual la felicidad tampoco está en el trabajo…
También pensé que si tenía dinero para vivir sin preocupaciones, entonces seguro que sería feliz. Y, -que fuerte- el dinero llegó. Heredé. Y doy cada día las gracias por ello. Que piensas? Felicidad absoluta eh? Pues no. Que sí hacienda, que si más impuestos que nunca, que si tener que aprender sobre cuentas (cosa que entré tu y yo, me horroriza). Uff. Un verdadero quebradero de cabeza. No me quedó mas remedio que aceptar el dicho de que el dinero no hace la felicidad, aunque ayuda.

Ya ves. Lo tenía todo para ser feliz, un gran amor, un trabajo que me apasiona y pocas preocupaciones económicas. Y crees que era súper feliz? Pues a ratos. Como tu y tu y tu y tu, sean tus condiciones las que sean.

Entonces, la mirada secreta -que en aquel tiempo veía muy de refilón- me susurró al oído que

la fuente de la felicidad no está en las condiciones externas a mi

Pero entonces, ¿donde se hallaba?

Y tuve un sueño. I had a dream…

En mi sueño había un acantilado muy alto y vertical. A los pies del acantilado había una playa de arena blanca cerrada por ambos extremos. El mar, de un azul precioso, lamía dulcemente la arena. Y sobre la arena, en la orilla del mar, levantando miles de gotas de agua al sol como si de brillantes se tratara, andaba galopando un enorme y brillante caballo negro. Su piel azabache era terciopelo, su pecho fuerte y ancho era pleno poderío, sus movimientos tenían la elegancia del más grande bailarín, su velocidad era pura libertad… y yo, extasiada, veía y veía la escena, ahora desde arriba, ahora cerquita del hocico del caballo, oyéndole resoplar, los cascos contra el mar… Y en estas estaba, cuando de repente se oye una voz que retumba en el acantilado. Una voz que, para que te hagas una idea, sería la voz que imaginábamos de niños que podría tener Dios. Una voz grave, varonil, tremenda.

Y la voz me preguntó:

¿en dónde reside la belleza del corcel?

y yo, al instante, con voz clara y segura contesté:

en mis ojos

y entonces, desperté…

¡Feliz Ahora!

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