Archivo de la categoría: ego

Del dolor al amor

IMG_7872Comprender es amar.

Consuelo Martín

a

a

Durante muchos años, acompañé a personas en su última etapa de vida.  Las personas que en el momento de morir estaban lúcidas solían hablar de un sólo tema. En esos momentos, todo lo demás dejaba de existir. El trabajo, los logros conseguidos, el dinero y las posesiones no tenían ninguna importancia, aunque la persona hubiera vivido para ello. Todo dejaba de existir excepto una sola cosa: el AMOR. Era igual que la persona fuera joven o vieja, de un estrato socioeconómico u otro, fuera más o menos culta o fuera o no creyente. Su principal reflexión, aquello con lo que se iban de esta vida, se resumía en el amor que habían recibido y dejado de recibir y en el amor que habían dado y dejado de dar. Si el balance que sentían no era bueno, había dolor.

Había dolor si sentían que no habían recibido amor. Había dolor si sentían que no habían dado amor. Si habían recibido amor pero no lo habían dado, también había dolor. Pero si no habían recibido amor pero habían dado, había paz, una paz profunda. Estas eran las personas que morían en paz. Si estas personas también habían sido amadas, ¡la paz seguía siendo la misma! Lo importante, lo que marcaba la diferencia era el amor que ellas habían dado y dejado de dar. Sin yo darme cuenta, las personas que morían me enseñaron a vivir, me enseñaron que

lo más importante en la vida es el amor que damos.

Pero a veces es muy difícil amar. Es muy difícil amar especialmente a aquellas personas que creemos que nos han hecho daño, que creemos que nos hacen daño. Los buenos propósitos caen como castillos de naipes cuando nos sentimos maltratados.

¿Por qué? ¿Por qué no podemos amar también a los que nos insultan, manipulan, maltratan? ¿Qué es lo que nos impide amar?

Cuando en este mundo (el mundo interpretado), alguien nos hace daño, nos sentimos muy mal. Ese dolor no es un dolor ajustado al momento en el que se hace la herida, sino que es un dolor que dura y dura y dura. Es un dolor que sólo parece curarse si el “agresor” nos pide perdón. Entonces, parece que podemos soltar el dolor. Vamos, que alguien me hiere y ese alguien es quien va a tener también que reparar la herida y mientras yo sólo puedo llorar, odiar o hundirme. Pero ¿y si las cosas no fueran así de verdad? ¿y si lo que nos ocurre fuera algo que nunca antes habíamos visto?

Aquí está la mirada secreta, siempre alumbrando con su luz nueva, siempre dejando la mente calladita frente a la claridad de su presencia.

Dice la mirada que nuestra infelicidad por la estocada recibida nada tiene que ver con quien nos hirió. Nuestra infelicidad tiene que ver con que

al sentirnos heridos dejamos de amar.

¡Dios mío! ¡Nunca lo había visto así!

Nos sentimos mal, no porque nos hayan hecho daño sino porque dejamos de amar…

Vale, querida mirada. Lo veo. Veo que me siento mal si dejo de amar. Pero ¿por qué dejamos de amar?

Ayer corté unas rosas del jardín. Bellísimas, generosas, se entregaban a mi cesta. Andaba yo feliz. Y en estas, la más bella de todas, la que hace estallar el corazón con el increíble perfume de su esencia, al ser cortada me pinchó. Brotó la sangre. Cuidadosamente me llevé el dedo a la boca para, después que remitiera el dolor puntual, seguir creando el ramo de belleza, sin que el pinchazo hubiera alterado en nada la felicidad.

¿Por qué dejamos de amar a quien nos hiere?

Y la mirada secreta me habló con su lenguaje de silencio luminoso y me dijo:

– Mira cómo seguiste amando la rosa que te pinchó. ¿Por qué la seguiste amando?

Esta pregunta de la mirada fue suficiente para comprender.

Seguí amando a la rosa porque no la culpé del pinchazo. La rosa tiene pinchos y no puede evitar hacerte daño si la coges por los pinchos.

¡Eso es!

Todos somos como las rosas. Todos somos belleza y todos tenemos pinchos.

La belleza es nuestra esencia. Y los pinchos, nuestro yo psicológico. Esa es nuestra doble naturaleza.

Nadie es culpable de sus pinchos, de la misma forma que nadie es el creador de su belleza.

En el plano de los pinchos, vive el dolor. En el mundo de la esencia, vive el amor. Cuando siento el dolor de tu pinchazo, son mis pinchos doliéndose. En este mundo no hay amor. Cuando alguien nos pincha no puede hacer otra cosa. No es culpable de ello. Cuando alguien nos pincha, lo hemos cogido por los pinchos, estamos relacionándonos ambos desde nuestro yo psicológico. Y

sólo en el nivel psicológico podemos sentir dolor.

Nadie es culpable de ello. Como la rosa no es culpable de sus pinchos.

Si me doy cuenta de que la persona no es la culpable de mi dolor, entonces quizás la podré seguir amando. Y si la sigo amando podré seguir viviendo en paz y plenitud. Y si sigo viviendo en paz y plenitud, podré seguir dando al mundo lo mejor de mí, incluso a aquel que aparentemente me hirió o cuando sea yo quien hiera.

¡Feliz Ahora!

 

Anuncios
Etiquetado , , ,

El reino del Silencio

Versión 2“Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, que las que es capaz de soñar tu filosofía”

William Shakespeare

a

a

El reino del Caos es donde viven todas las guerras. Es un reino que está hecho de pensamientos ilusorios con sus correspondientes emociones virtuales. Su rey es el muy poco conocido yo-que-creo-ser, también llamado pequeño ladrón o ego. Este rey no ha sido escogido por nadie. Se alzó como rey después de una conspiración insidiosa en la que participaron muchos otros reinos del Caos. Un dato de suma importancia es que el reino del Caos y su rey, el ego, fueron creándose a la vez: conforme se iban conquistando territorios neutrales, se iba creando el reino del Caos e iba creciendo el rey. Y no sólo fueron creándose a la vez, sino que son inseparables:

no hay reino del Caos sin el rey ego, ni hay rey ego sin el reino del Caos.

En la conquista de territorios neutrales (fuera del reino del Caos, todo es neutral), el paso de la neutralidad al caos se daba y se da por la entrada de los juicios virtuales, armas arrojadizas del miedo perenne que el rey tiene a desaparecer. De hecho, el miedo es el principal alimento del rey, y sin éste probablemente moriría de inanición. El rey del Caos, su majestad

El-yo-que-creo-ser está hecho de miedo, pero no lo sabe.

Desde su atalaya de miedo, ve enemigos por todas partes y trata de conseguir aliados como sea. Pero como su esencia no cambia nunca, también ve en los aliados posibles enemigos. Por eso crea un reino de caos en donde un día tu eres su amigo y al siguiente, su enemigo; en donde un día quiere esto y al siguiente ya no lo quiere; en donde un día parece que está contento y al día siguiente se siente desgraciado; en donde un día está satisfecho y al día siguiente le falta de todo… Así vive el rey  el-yo-que-creo-ser y aunque vive siendo el rey, no se siente como un rey sino como un mendigo al que todo le falta, en el corazón de su reino con el corazón encogido. Junto al miedo, viven los deseos, las dependencias, la insatisfacción crónica, pero sobre todo, vive el sufrimiento. Y es normal que así sea. Es lo esperable de un reinado virtual hecho de las necesidades virtuales que tiene un rey virtual. Y

tratar de no sufrir y vivir en plenitud en el reino del Caos es tarea imposible

Pero….. la mirada secreta brilla de alegría…. hay una Realidad esperando ser descubierta, un reino libre de fantasmas.

Fuera del reino del Caos, o más bien, detrás, existe otro reino infinito y real. Es el reino del Silencio.

El Silencio es un reino sin rey en donde todos los ruidos que aparecen son acogidos, aunque entregados a su suerte. Como la hormiguita que dejamos que pasee por nuestro cuerpo, sin intervenir en nada pero sin hacer nada para quitárnosla de encima. Así son acogidos los ruidos que aparecen Aquí, en el Silencio, como ecos lejanos de la guerra que se libra interminablemente en el reino del Caos. Y aunque pareciera que esos ruidos hechos de pensamientos/emociones pudieran perturbar el Silencio de este Reino, el Silencio sigue Aquí, imperturbable, inafectado, siempre presente.

En el reino del Silencio vive la Paz. Aquí la transparente nada es belleza. Aquí no hay batallas porque no hay facciones. Aquí todo está bien. De Aquí surgen los caminos al Amor, a la Sabiduría, a la Libertad. El reino del Silencio no tiene puertas, ni murallas, ni atalayas. Es vasto como el espacio infinito y a él se accede por rendición y también por entrega.

…cuando el rey el-yo-que-creo-ser finalmente se da cuenta que por mucho que lo intente, no va a poder ser feliz, se rinde y deja de luchar en contra de…

…cuando hay el descubrimiento de que el reino del Caos y su rey son virtuales y empieza la búsqueda de lo Real…

Por eso es urgente, es urgente que nos abramos al Silencio y salgamos del reino del Caos. Si nos abrimos al Silencio, su reino llegará y con él, la claridad, el amor y la paz.

¡Feliz Ahora!

Etiquetado , , , , ,

II. Del deseo de iluminación. La llama

corazon piedra redondo

Vivir desde la Verdad no requiere una gran seguridad, sino una gran determinación.

La mirada secreta

a

a

a

Sigue la mirada secreta sin soltar la vela y la llama. ¿Os acordáis de la entrada “I. De la Separación del yo. La vela” de hace unos días? Pues así, entre ayer y hoy, irrumpiendo de nuevo inesperadamente, me empieza a enseñar nuevos aspectos usando la misma metáfora (menos mal que me enseña con metáforas, uff).

Todo empezó con la visita de una bellísima vela que andaba alicaída de tanto que había intentado prender su mecha. Años de sufrimiento, de incomprensión, de esfuerzo… para nada. Explicaba que al principio, la esperanza de que un día se encendería, le mantenía en momentos de alegría, de arrebato, de dulzura. Pero sólo eran momentos. Después de tanto sufrir, ahora sólo se sentía seca. La mecha, seca y ella algo más tranquila por pura resignación.

La mirada secreta le escuchaba desde ese silencio de pensamientos que permite ver y sentía ese amor que es pura comunión. Después la vela-que-se-creía-seca-y-apagada se retiró. Y la vela que esto teclea, se fue con su mirada secreta a los dominios de la Dulce Nada. A la vuelta, ya con los ojos pegaditos de sueño y con el Ojo bien limpito de ilusiones, me suelta la mirada:

Hay velas encendidas que no saben que están encendidas.

Y eso es porque la vela no puede ver la llama que la corona. Sólo la llama se da cuenta de que anda prendida, porque ve el reflejo de su brillo en lo que le rodea y sabe que esa luz no es de la vela…. ya ves…. “por sus frutos los conoceréis”. ¡Que alegría! ¡El Ojo siempre había visto a la vela-que-se-creía-seca-y-apagada bien encendida! Vale. Ahora lo comprendía. Lo único que ocurría era que ella no lo sabía…

Pues nada. A dormir con el corazón rebosando amor por la vela-que-se-cree-seca y que deslumbra con su luz, aunque ella no se entera.

Pasó el tiempo, varias horas (o eso parece) hasta que volvimos a retirarnos la mirada secreta y la vela que esto transcribe al reino de la Dulce Nada. Y ¡zas! Esta vez la vela se quedó temblando… la mirada secreta bailando…. la llama chispeando… Me dice:

¡No hay ninguna vela que no esté encendida!

¡Dios mío! (nunca mejor dicho) ¡¡Claro!! Ninguna vela está apagada. Esa es la verdad. ¿Cómo va a haber una vela apagada? si

las velas existen para prestar servicio a la llama

El problema es que no lo saben y como no lo saben, hacen “vida de vela apagada” (una vida aparentemente oscura). No son felices ni pueden serlo…

Y sigue mi amada  mirada secreta:

Hay velas que no saben que son velas. Esas velas viven una vida de vela apagada pero no se dan cuenta. Así que su sufrimiento no es tan severo.

Pero hay otras velas que creen no estar encendidas aunque quieren estarlo. Estas velas se martirizan o hacen muchas cosas para encenderse y su sufrimiento es muy intenso. Estas velas, sigue la mirada, podrían darse cuenta de que están encendidas desde el primer instante de vida (de hecho es la llama la que da vida a la vela) simplemente siguiendo el rastro de su anhelo por encenderse.

No se puede anhelar lo que no se conoce.

Estas son velas que solo necesitan la determinación de vivirse encendidas porque ya conocen la llama (por eso la anhelan).

La vela no puede encender la llama, pero eso no importa. Porque

la llama es quien encendió la vela, dándole a luz.

La mirada secreta, en su infinita generosidad, me susurra por donde ir a la Luz de la llama que anda prendida desde tiempos inmemoriales…

La vela solo puede ver velas. La llama sólo ve llamas. La Luz solo ve Luz. Así que, vela-que-te-crees-seca, si alguna vez ves la llama en otra vela, es tu llama la que está viendo. Y si alguna vez ves Luz en otra llama, es tu Luz la que está viendo. La mirada sonríe y dice: ¿Todavía tienes dudas de la Luz que desprendes?

Decide ahora.

Decide desde donde quieres vivir

si desde la vela, desde la llama o desde la Luz que eres. Y

SÉLO plenamente

soltando lo demás completamente, por no ser verdad. Retirando la Luz de lo ilusorio (que es lo mismo que decir: dejando de prestarle atención). Para esto fuiste creada y Aquí eres Felicidad.

La mirada secreta te da las gracias.

aaaLa llama se vive en gracia.

aaaaaaLa vela resta en silencio.

¡Feliz Ahora!

Etiquetado , , , , ,

I. De la separación del yo. La vela

vela

Ningún yo separado podrá vivir la Unidad.

La mirada secreta

a

a

a

Hoy la mirada secreta se posa en la vela. Y en la vela desvela el secreto escondido. Así.

La vela solo cumple su función cuando es encendida. Vela y llama son inseparables, son Uno. En su función la vela va menguando hasta desaparecer. Y con ella desaparece la llama. La llama es fuego. El fuego nunca desaparece. Siempre está Aquí. Aunque no lo veamos.

La vela es portadora de la llama del Fuego Eterno.

¿Podría haberse inventado la vela si no existiera el fuego? No. Por eso, una vela sin encender no es una vela plena. Sólo es una vela en potencia.

Cuando se enciende, la vela nace y comienza su viaje, inverso a lo que aparentemente se ve. Al ser encendida, la vela  brota de la potencialidad para llegar a la vida plena de fusión inseparable con la llama.

Para vivir en plenitud, la vela ha de ir fundiéndose en su dar vida a la llama.

Da su vida para dar Vida. Ese es el sentido de su existencia. Su existencia no es para ella.

Vela y llama llegan a su realización cuando ambas acaban su cometido, en el mismo instante:

el viaje de la vela en pura comunión se funde con la llama.

La vela se desvaneció como forma concreta. Se desvaneció en la llama. Se fundió en la llama. Y acabó siendo la llama. Y la llama, siempre viva en su potencia infinita, encontrará otras formas en las que manifestarse en perfecta comunión.

Me dice la mirada:

Tu eres vela y eres llama.

El yo-separado (ego) es la vela que olvida su esencia (cera) y se identifica con aquellos rasgos comparativos que la diferencian de otras velas. Mientras se cree que no es portadora de la Luz, está en potencia, muerta en su verdadera esencia aunque aparentemente hace muchas cosas.  Por eso Jesús dijo aquello de “deja que los muertos entierren a sus muertos”.

Sólo el yo-separado cree en la muerte.

El yo que se vive separado, vive a las otras personas como se vive a si mismo. Es el yo-separado que entierra otros yoes-separados. Es lo que ocurre cuando nos vivimos vela y obviamos que también somos la llama y que una y la otra son inseparables. Y

la llama de las otras velas es el mismo fuego que la que corona esta vela.

Sólo las velas están aparentemente separadas, aunque incluso aquí, están hechas todas de cera. De la misma cera. En realidad, solo hay una vela y solo hay una llama. Y ambas son inseparables. En realidad,

solo hay Uno apareciendo como muchos.

En realidad llamamos morir a lo que es una transformación, un cambio de forma de la misma y única esencia.

Por eso la verdadera vida es ir muriendo a la aparente separación; es el derretimiento del ego al entrar en contacto con la Luz de la Verdad. En ese consumirse, va menguando el sentimiento de separación. Es la Llama de Amor Viva la que utiliza el yo para su expresión. Esa es la función del yo separado, entregarse a la llama para que esta pueda iluminar la oscuridad del sueño. Mientras no es así, el yo separado vive en la oscuridad total (por eso a veces la mirada secreta le llama “fantasma”).

Cuando la llama de la Verdad enciende el yo, se hace la Luz y el sentido de separación se va desvaneciendo en el darse cuenta de la conciencia iluminada. Y la vida plena se alcanza cuando llega a su total disolución.  Cuando vela y llama son Uno. Cuando la vela se da cuenta que se formó para el Fuego y en el Fuego se convierte.

Por eso Teresa decía aquello de “muero porque no muero”, cuando ya anhelaba cumplir su función. Por eso decía “hasta que esta vida muera, no se goza estando viva. Muerte, no me seas esquiva, viva muriendo primero…”

O cuando lo único que deseaba era ser encendida: “Mira que el amor es fuerte, vida, no me seas molesta; mira que sólo te resta, para ganarte, perderte”

Es paradójico que la función del yo sea morir al yo, morir a lo falso que ha creído ser. Pero es que

ningún yo-separado podrá vivir la Verdad. Ningún yo-separado podrá vivir la Realidad. Ningún yo-separado podrá vivir el Amor. Ningún yo-separado podrá vivir la Libertad. Ningún yo-separado podrá vivir a Dios.

Es paradójico desde fuera. Desde dentro, la mirada secreta muestra la inexistencia del yo-separado y la realidad siempre presente del Uno. Así, Sí.

¡Feliz Ahora!

Etiquetado , , , , , , , ,

LOS TRES LEONES


“Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres”

Juan de la Cruz





“Yo” y “ego” son palabras que aluden a lo mismo, a esta identidad que se vive separada de todo y de todos. Como a mi la palabra “ego” me sonaba también a “vanidad” o “soberbia”, sin darme cuenta trataba de evitarla. Así que para mencionar a esa entidad separada, en vez de llamarla “ego” la llamaba “pequeño yo”. Esta es la historia de una confusión.

Los sabios le decian que para descubrir la Verdad era imprescindible que el pequeño yo muriera, porque esa creencia de ser alguien separado de los demás y del mundo no era su identidad real. Y como amor a la Verdad no le faltaba, se arremangó y trató por todos los medios de matarse. Pero no había forma. Intentó primero tragarse todos los arrebatos egoicos, pero eso no hacía más que empeorar la situación. El pequeño yo se aprovechaba de los fracasos: “Que mal que lo estoy haciendo” “soy un desastre”. Frases así poblaban la mente del pequeño yo y con eso aún se fortalecía más la identidad separada.

Al ver que tragarse sus arrebatos aún le daba más identidad, trató de no hacerles caso. Uy! Esta estrategia era todavía más virulenta. Imaginad, ahora el pequeño yo no se sentía mal consigo mismo, sino que pensaba: “Sí. Sí. ¡Lo estoy consiguiendo!” Así que el resultado era casi peor que con la anterior estrategia. Ahora no sólo se sentía separado del mundo sino que se sentía ¡mejor que el resto!.

Hiciera lo que hiciera, el pequeño yo en vez de morir, crecía. Crecía incluso más que antes de haber deseado morir. Pero, enamorado de la Verdad como estaba, no cejaba en sus intentos.

Y la Verdad, que responde siempre que se la llama, le regaló un compañero. Era este un gran león de porte digna. El pequeño yo se enamoró al instante de él. Y aunque le causaba respeto, mucho respeto, no sentía ningún miedo. El león era como un sabio ecuánime. Incluso su lustrosa melena era blanca, como serían las barbas del más sabio entre los sabios. El pequeño yo olvidó sus ansias de morir y se dejó cautivar por las maravillas que el sabio león le mostraba. A su lado, el pequeño yo comprendió muchos de los enigmas que en otros tiempos le habían angustiado. Este maravilloso animal fué quien le presentó a la mirada secreta (ahora es la mirada la que sonríe al recuerdo) y junto con ella formaron equipo para ir colmando el enorme ansia de Verdad que ardía en el centro del pequeño yo.

Un día, cuando estaban paseando por los aires del misterio, se oyeron unos silbos amorosos al compás de una bella tonada. La melena blanca del compañero no pudo menos que sumarse a la danza que el pequeño yo, envuelto en la locura del amor, expresaba. ¡Cuánta dicha y alegría nunca antes conocida!. La luz clara y precisa que emanaba del sabio león se vió entonces completada por la más dulce sonrisa…. ¡en las fauces de un segundo león! ¡Era éste quien silbaba!. El pequeño yo se moría de la risa. Ver a otro inmenso león jugando como un gatito con su magno compañero, le abría el corazón como nunca antes lo había sentido. El pequeño yo se sentía colmado de gracia. Y con ambos como compañeros, guías, amigos del alma siguió su camino en pos de la Verdad. Ahí estaban: el Amor por la Verdad en la forma del más bello y dulce de los leones; y la Verdad del Amor en la mirada cristalina de tan centrada del sabio amigo. Nada más podía querer el pequeño yo enamorado.

Y así siguió caminando, feliz de su suerte, tan agradecido, dandose cuenta de que esos compañeros no eran sus amigos porque él los mereciera, sino por el inmenso amor que a la Verdad tenía.

Aún y así, la inquietud le seguía incomodando. Pensaba: ” si soy yo quien comprende cuando el sabio león me enseña, entonces no debe ser una verdadera comprensión”, o ” si soy yo quien ama cuando el alegre amigo me enseña lo bella que es la vida, entonces no deber ser verdadero amor”. Este “yo” que experimentaba no dejaba al pequeño yo disfrutar plenamente de los regalos de sus amigos. Le habían dicho que este “yo” no era real, no era la Verdad y que debía morir… Muchas veces rompía a llorar y rezaba: “¡que muera ya este yo! ¡por favor! ¡yo sólo quiero la Verdad!”

Y así llegó el momento en que la paz alegre, la serena mirada iban a temblar hasta el paroxismo del miedo, en cuestión de un instante. Porque un día inesperado, frente a los tres se plantó sin previo aviso, el león más grande imaginado. Este, de melena casi negra, era con mucho el más alto y el más ancho de los tres. El pequeño yo eran tan tan pequeño a su lado que, si no fuera por el interes del león, de un pisotón lo habría matado. Pero no era éste su plan. Su plan era mucho más complicado. Venía a matarle, sí. Pero no como el pequeño yo había imaginado.

Sus antiguos compañeros, como si frente al rey se hubieran topado, reclinaron gracilmente sus melenas y se apartaron a un lado. El pequeño yo supo, supo que iba a ser matado. Recordó cúanto lo había pedido: “¡muera el yo para que la Verdad viva!” pero no sabía que el terror le estaba acechando. Su miedo era tan grande que a sus amigos perdió de vista y ni por ellos pudo ser consolado.

El gran León, con sus garras le estrujó la mente y le estrujo el corazón. Era un león especializado en hacer trizas los pequeños yoes el mundo y su peor arma era el rugido que volcaba en la aterrorizada oreja del pequeño yo, cada vez que este mencionaba al “yo” ni que fuera con su pensamiento. Como ejemplo, para que veais su fiereza, si el pequeño yo se quejaba ni que fuera un poquito, el león rugia: ¡¿QUIIIIIEEEEEENNNN SE QUEJA!?. El pequeño yo, todo despeinado, se quedaba helado y, como si el rugido le hubiera cortado la cabeza, se sentía engullido en un infinito agujero negro..

Si el pequeño yo pensaba “parece que hoy estoy mejor”, el enorme león le gritaba: ¡¿QUIIIIIIEEEEEEEENNNNNN está mejor!? Y de nuevo desaparecía el pequeño yo en el negro vació.

Así una y mil veces. El pequeño yo le imploraba que le matara ya de una vez. Que no quería seguir siendo un yo. Pero por dentro la pena era inmensa. Recordaba la felicidad de los tiempos en los que la mirada secreta y la alegría de vivir le acompañaban. Ahora sólo había desolación. Realmente quería morir. Pero no lo conseguía. Sólo iba siendo tragado cualquier pensamiento autoreferenciado. Era como si el león se hubiera propuesto que el pequeño yo dejara de pensar en si mismo.

Aún y así no os creais ni por un instante que el pequeño yo habría preferido abandonar la búsqueda de la Verdad. No. Estaba dispuesto a todo, aunque este todo implicara la vida en el infierno en el que estaba desde que el león le apresara. Si eso era la Verdad, lo acataría. Aunque había algo dentro de él que le decía: confía, confía…

Y un día ocurrió lo inesperado.

El gran león, en vez de matar al yo del pequeño yo,….. ¡¡¡¡¡mató lo pequeño y dejó vivo el yo!!!!!!! Y lo que un día fué un pequeño yo, se empezó a expandir y a expandir y a expandir en un yo taaaaaaaaaannnnnnn inmenso que a todos y a todo fué abrazando. Incluyó el mundo, el universo. Incluyó todo lo conocido. Incluyó también lo desconocido. Y más allá.

Él era el gran león, cuyo nombre es SAT y era los otros dos leones, el sabio y luminoso CHIT y el amoroso y dulce ANANDA. Al morir lo pequeño del yo, murió el yo separado.

¡Qué equivocado había estado queriendo matar lo único que siempre había sido verdad: ¡la sensación de yo! Lo que había de morir por falso, era la pequeñez en la que su LUMINOSO E INFINITO CUERPO había sido apresado.

Y así vió que nada estaba separado pues Él lo era Todo. Y en ese Todo también cabía la nada. Él era Ella. La Verdad reencontrada.

Quizá este relato fué un sueño, aunque la Verdad jamás se ha extraviado. O ¿es ahora que soñamos?

¡¡FELIZ VERDAD!!

 

Etiquetado , , , , , , , , ,

La escuela de la vida

IMG_5482 No es lo que yo hago con la vida. Es lo que la vida hace conmigo.

La mirada secreta

a

aEstoy disfrutando de una tarde de sábado apacible. No hago nada. No pienso nada. Reina un dulce  silencio acompañado de la sinfonía de los troncos quemando en la chimenea. Y…¡zas! De repente, aparece en escena una de las menos cuestionadas creencias de nuestra época: “He nacido para aprender”. ¡Ah, la mirada! ¡Siempre dispuesta a enseñar cuando la mente se para!

¿Cuántos de nosotros creemos que la vida es como una escuela? Yo creía que había nacido para crecer, para aprender. Y esa creencia ha provocado que haya pasado todos estos años con el ansia insconsciente de que “algo” tenía que conseguir. Y al no saber ni lo que tengo que aprender, ni que querrá decir “crecer”, ni cuando se supone que lo habré aprendido, el ánimo se ha mantenido en suspenso ansioso, con un extraño y subterráneo miedo a fracasar, a no estar haciendo suficiente o haciéndolo bien.

Pero la mirada secreta, que nada cree y todo observa, ha querido meterse también en esta creencia casi intocable y bastante común de que nacemos para aprender. Y rauda y silenciosa penetra en mi oído y me susurra:

la evolución no la realiza el pequeño yo.

Claro que crecemos. Claro que aprendemos. Pero todo se da espontáneamente. No es gracias a mi esfuerzo, a mi buen hacer, a mi voluntad, a mi sacrificio, a mi mi mi mi mi………. De hecho, creer que la vida es una escuela, a la que hemos venido a aprender o a crecer nos coloca sin darnos cuenta, de espaldas a la vida. Nos separa de la vida. ¿Qué?- digo yo- ¿me separa de la vida?

-Mira la naturaleza -sigue susurrándome la mirada. Todos los seres hacen su camino, evolucionan porque la vida es precisamente ese movimiento. Ni el árbol, ni el pez han de plantearse cómo crecer. Por el hecho de estar vivos ya crecen, ya aprenden, ya evolucionan. Y estar vivos significa estar plenamente en el ahora -que es donde la vida vive-, con todos sus sentidos abiertos a lo que acontece en cada momento. Sin querer nada. Viviendo plenamente lo que hay. Así es como viven, aprenden, crecen, evolucionan. Porque

vida es sinónimo de evolución.

No hay en toda la naturaleza un objetivo de evolución individual separada del resto del universo. No hay ningún individuo que nazca para su propio beneficio. Si se da que el mono-cien* descubre algo nuevo, eso no es para mayor gloria del mono-cien sino para toda su especie, todo el planeta, todo el universo.

¿Por qué tendría que ser diferente en el ser humano? Quizá yo no he nacido para conseguir nada individualmente. Quizá no he nacido para mi propio beneficio. Quizá no tengo que hacer nada más que aquello que la vida me pone delante. Y vivirlo plenamente, con las capacidades que la evolución de mi especie, planeta y universo me han dado. Quizá de esta manera, dejándo que la naturaleza de mi humanidad haga espontáneamente, cumplo con el propósito para el que fuí creado. Quizá mi evolución pertenece a la vida, y no es “mi” evolución, sino la evolución de la especie humana, del planeta, del universo.

¡Qué alegría siento! ¡Que liberación!. Dejar que la vida haga en mi. Saberme parte de la evolución de mi especie y del universo entero. Dejar de ser este pequeño, raquítico y egocentrado “yo”, para ser la raza humana en su totalidad, la vida en su totalidad. ¿Cómo? Viviendo sin objetivo egoico alguno. Viviendo plenamente. Y vivir plenamente es, para cada uno de nosotros, diferente. Esa es la riqueza de la vida. Así es cómo se da la imparable evolución.

Así que la vida es una escuela. Pero yo no soy el alumno. El alumno, el profesor, los estudios y exámenes son la propia vida. Cada uno de los elementos es inseparable de los otros.

La vida es una escuela para sí misma.

Yo no me puedo separar de la vida.

Yo soy la vida.

¡Feliz Ahora!

*Es el caso de un mono que en un momento dado aprende a lavar una patata después de que todos rechazaran este alimento por estar sucio de tierra. Al poco tiempo los demás monos habían aprendido a lavar la patata para así podérsela comer. Que el mono aprendiera a lavar la patata no fué para su propia evolución sino para la evolución de él y todos, sin separación, en su totalidad.

Etiquetado , , , , ,

El milagro de la neutralidad y las tormentas del yo.

Allí donde vive la neutralidad, el amor no tiene contrario.

La mirada secreta

 

 

La neutralidad y el amor verdadero son inseparables.

La neutralidad, la santa indiferencia -como la llama una brillante alma de fuego-, es vivir las cosas como son, sin etiquetarlas.

Es Ver, sin juzgar.

Es Comprender por empatía, por compasión. Instantaneamente. Inspiradamente.

Porque todos los seres humanos deseamos la felicidad y el amor. Y si pudiéramos elegir,

si pudiéramos ir más allá de nuestros condicionamientos, jamás crearíamos sufrimiento, ni lo sentiríamos.

Desde la razón suena utópico (la razón, bandera preñada de juicios relativos -todos condicionados- que esgrime como absolutos…) Y es normal que así sea, dado que la neutralidad no vive en la casa de la razón.

La razón es a la neutralidad, lo que la noche y el día al sol.

Desde el yo psicológico, cargadito de carencias y miedos, frágil por irreal, identidad fantasma vivida como única realidad, la neutralidad incluso se puede vivir como un complejo de superioridad, o de distancia y poca implicación. Y es normal que así sea, porque la neutralidad no vive en la casa de ese pequeño “yo” que tan fieramente defendemos, incluso por encima de los que más queremos.

Desde el espacio infinito de la neutralidad, nada se vive autorreferenciado.

Nunca nadie te hace nada. Igual que cae el aguacero sobre mi, caen los chaparrones de mis congéneres sobre mi y eso nada tiene que ver conmigo. Y de la misma manera, siguiendo las mismas leyes, a veces es este pequeño yo el que llueve sobre otros.

Creemos que cuando nos llueven encima, tenemos el derecho de responder con lluvia, con granizo, con rayos, a veces con silencios que amenazan huracanes… Pero no es cierto. No tenemos ningún derecho. Solo ocurre que hacemos caso de nuestro pequeño yo, tan frágil, que siempre está pidiendo amor incondicional, aunque él jamás lo podrá dar, -porque el amor incondicional no vive aquí tampoco. Vive donde vive la neutralidad-. Desde este lugar inventado, exigimos que nos traten siempre bien y cuando somos nosotros que tratamos mal, hacemos una excursión a la casa de la razón y nos presta unos cuantos truenos que nos atrincheran en nuestro, aparentemente, ego herido.

Donde vive la neutralidad, en ese espacio infinito, las tormentas de los egos se ven, y no hay tu ni yo, son egos y los egos funcionan así. La neutralidad vive encima de las nubes, allí donde siempre luce el sol y el aire es transparente.

Descubramos donde vive la neutralidad, tanto si hay tormentas como si no.

Dejemos de vender y defender un “yo” que no es más que un compendio de creencias condicionadas.

Dejemos de llenarnos de razones que sólo fomentan el sufrimiento.

¡Y que ningún clima emocional nos aparte del camino!

Feliz Ahora

*foto cedida por ikibcn.com 

 

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , ,

20140430-124245.jpg

Entonces, querida Mirada, dime
¿Quién soy yo?
¿Soy la rama?
¿Soy la savia?
¿Soy el Árbol?…

¿Soy la lluvia?
¿Soy el sol?
¿Soy la tierra?

Dimelo tú, muy seriamente, ¿quién soy?
Y tu Mirada amada, dime muy muy seriamente, ¿quien eres tú?

La mirada y la rama

Etiquetado ,

La ilusión de la autoestima

“Cuando nos encontramos en la dirección correcta, lo único que debemos hacer es seguir caminando”

Proverbio budista

 

 

 

 

El otro día, en una reunión periódica de investigación directa sobre la verdad de los aspectos psicológicos, irrumpió la mirada secreta como una espada, como un rayo que cortó el aliento de más de uno.

Y como siempre, surgió en el momento más inesperado y todavía resuena lo descubierto, y todavía va aclarándose más y más, va haciéndose más nítido y más sorprendente lo vislumbrado…

Estábamos investigando en grupo sobre el yo psicológico, también llamado “ego”.

El ego es quien creo ser, la idea que tengo de mi.

Entre otras cosas, mirábamos como este “yo” anda siempre tratando de recibir la atención -mejor si es positiva- de los demás en forma de valoración, luchando por tener la razón, por ser respetado, por conseguir alguna muestra de amor, etc. Nos dimos cuenta de la cantidad de energía y tiempo que consumimos con este único propósito. Y, como suele suceder,

del propio darnos cuenta surgieron las preguntas que abrirían un nuevo paso en ese ir caminando por amor a la verdad

¿Cómo es que este “yo” necesita la constante aprobación y amor de los demás o, en el peor de los casos, conseguir por lo menos su atención, aunque sea a base de peleas o discusiones?

Algunos podríamos de inmediato ponernos a discutir sobre la validez de la propia pregunta: “Este no es mi caso. Yo no hago nada para conseguir la atención de los demás, ni la necesito”. Pero si somos honestos, nos daremos cuenta de qué si que nos pasa. Nos pasa a todos como, por ejemplo, cada vez que queremos imponer nuestra opinión, cada vez que buscamos que nos den la razón, cada vez que explicamos nuestras historias sobre lo que nos han hecho otros -tanto si nos colocamos en un lugar de víctima, como si explicamos como nos quieren o aprueban los otros-, cada vez que explicamos lo bien o lo fatal que hemos hecho algo, cada vez que juzgamos (a hermanos, padres, pareja, hijos, amigos, políticos, a la sociedad o al mundo…), cada vez que mostramos expresamente lo buenos que somos, lo valientes, lo tiernos, lo iluminados, lo malos, lo cobardes, lo poco amorosos, lo pasotas… que somos.

¿Por qué lo hacemos? ¿Qué buscamos con ello?

Ese día, mirando esta vez sin juzgarnos, vimos con claridad que

buscamos la atención de los demás porque así nos sentimos “alguien”.

Es como si la atención de los demás sobre nosotros nos permitiera vernos a nosotros mismos…

Y seguimos investigando. Entonces vimos que esa atención la buscábamos sobre todo en forma de amor.

Buscamos sentirnos apreciados, admirados, queridos. Sobre todo.

Así que por ahora veíamos que la atención de los demás, cuando más nos sirve y cuando más nos “engancha” es cuando nos ayuda a sentirnos “alguien querido“.

…Alguien…

querido…

Pero ¿por qué?

¿Por qué necesitamos que sean los demás que atestigüen que “yo” soy “alguien” y todavía mejor, “alguien querido”?

El aire de la sala se estaba electrizando. El corazón latía rápido. La alegría de un nuevo mirar hacía sonreír al silencio profundo…

Seguimos caminando juntos. Seguimos mirando. Y vimos que necesitamos ser “alguien” para los demás porque así nos “alguien” nosotros mismos. Y vimos que necesitamos sentirnos “queridos” por los demás para querernos a nosotros mismos…

Mmmmmmmm. Vale. Pero entonces, ¿por qué necesitamos ser alguien? ¿por qué necesitamos querernos? ¿acaso no somos YA alguien que se ama a sí mismo?

La mirada secreta estaba rondando, esperando un agujerito bien limpio en las nubes mentales para traspasar con toda su fuerza. Y lo encontró.

Una mirada inocente dijo sin pensar, como si cualquier cosa:

“Necesitamos ser alguien y querernos porque no nos creemos”.

¡Sí! ¡Claro! ¡Eso es!

Si esto que llamo “yo” es una idea, una creencia, ¡no tengo realidad propia! Solo soy un cúmulo de historias y recuerdos, de células en continuo cambio, un lote de atributos nacidos de la comparación constante. Este “yo” que creo ser, es un mero espejismo. Y por eso ando tan afanosamente buscando que alguien me diga que soy real…

¿Puedo amar ese cúmulo de ideas/recuerdos/creencias que llamo “yo”? ¿Acaso no hay una sensación de “yo” mucho mas profunda en mi que nada tiene que ver con esa amalgama mental? No puedo amar lo que vivo superficialmente como “yo”, un “yo” que me gusta más o menos, con el que convivo mejor si los demás lo aprecian, un “yo” tan cambiante como el tiempo…

No puedo amar el yo psicológico porque no es real, es sólo una proyección. Por eso busco desesperadamente que sean los otros, los que me permitan “amarme”…

Y entonces, todo este tema tan de moda de la autoestima, ¿dónde queda? Queda en nada.

La autoestima es una ilusión de la ignorancia, de no saber quien soy.

Descubramos que no somos ese personaje poliédrico que da tanto trabajo a psicólogos y terapeutas ;)

Descubramos que los demás tampoco son esos personajes pensados por nosotros.

Descubramos que la verdad está más allá de cualquier pensamiento,

y que el amor está más allá de cualquier objeto.

El otro día, la mirada secreta surgió como un rayo. Los corazones y las mentes vacíos de verdad, vacíos de respuestas. Los ojos silenciosos y muy abiertos. Caminando. Puro agradecimiento.

¡Feliz Ahora!

dedicado a todos los que andan caminando…

Etiquetado , , , , , , , , ,

Miro y siento amor

La mirada es el lenguaje del corazón. William Shakespeare
“La mirada es el lenguaje del corazón” William Shakespeare

Salgo sin hacer ruido hacia la playa que espera el nacimiento de un nuevo día y solo llegar allí me inunda, como Juan diría, la música callada, la soledad sonora

y siento amor

Miro el cielo azul, límpido, coronando el planeta en un manto de inmensidad eterna

y siento amor

Miro el mar fuerte, grande, transparente, útero generador de vida

y siento amor

Miro el viento que levanta la arena en mil dibujos creativos y veo a un grupo de jóvenes que aún no han dormido, persiguiendo el pareo de la más bonita de ellos, ofrendando su deleite al viento

y siento amor

Miro las huellas de pies y patas en la arena y las olas diluyéndolas en la constante verdad de la impermanencia de las formas

y siento amor

Miro al señor de verde que anda recogiendo la basura que otros abandonaron en la arena y que me saluda los buenos días con una sonrisa blanca y radiante

y siento amor

Miro el sol que se levanta regalando un nuevo día a quien le anda mirando y a quien duerme todavía

y siento amor

Miro la cadera dolorida tratando de sostener el cuerpo entero y realizando su función con una fidelidad conmovedora

y siento amor

Miro uno que corre y se esfuerza por retener, ni que sea un dia más, la juventud que anda alejándose, espejismo de belleza, y no se da cuenta que corriendo detrás de lo que se fué, va dejando de vivir su vida

y siento amor

Miro el padre jugando con el bebe en la orilla, entre risas y grititos de regocijo

y siento amor

Miro a la abuela que, decidida, camina con los pies mojados y el mechón rebelde ondeando y ella, coqueta, peinándolo

y siento amor

Miro a dos que se meten en el mar helado, tan grande es su comunión que ni el frío les ha frenado

y siento amor

Y miro ya de vuelta la carita de mi amado, a duras penas despierto

y siento amor

¡Que fácil es sentir amor cuando el ego está callado!

 

¡Gracias Mirada Secreta por mostrar a estos ojos aromas de la Verdad!

¡FELIZ AHORA!

dedicado a mi amado…

Etiquetado , , , , , , ,
Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: