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Crimen y castigo

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“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”

Lucas 23, 34

¡Ay, Mirada que atraviesas todo muro y ves hasta ese ANTES de que nada fuera!

Hoy quieres que hablemos de la ofensa, del ofensor, del ofendido,… del perdón.

Me dictas y escribo:

Vivimos más de las explicaciones que de los hechos en sí mismos. Fraguamos las explicaciones analizando, interpretando, suponiendo, juzgando, valorando, etc. Y es muy raro que por lo menos, comprobemos aquello que estamos interpretando. Es mucho más frecuente que demos por supuesto que lo que pensamos al respecto es la verdad. Así es como crecen las explicaciones dentro nuestro. Y aquello que en si mismo era lo que era, aquello que hubiera provocado una reacción puntual, pues todo hecho es puntual también, se convierte en un suceso de consecuencias mucho más grandes que el propio hecho y que perduran en el tiempo. Una explicación puede acabar con la amistad, con el amor, con todo. Ese es el poder de la mente.

Ahora me viene a la memoria la conversación que tuve con un hombre que moría lleno de tristeza. Me explicó que unos 25 años antes se había enfadado mucho con su hermano y desde entonces no se habían vuelto a ver. Me lo explicaba con lágrimas en los ojos. Le pregunté que había pasado para que rompieran la relación. Y ¿sabeis cuál fué la respuesta? El hombre rompió a llorar desconsoladamente y entre sollozos logró articular esta frase: ” No me acuerdo”.

El hecho siempre es puntual. Y se desvanece en el tiempo. Pero las consecuencias perduran y perduran y perduran. Y

las consecuencias nunca son relativas al hecho.

Nunca. Nunca -insiste la mirada secreta-.

Las consecuencias son relativas a cómo yo vivo un hecho.

Decimos que queremos comprender lo que ha pasado. Pero ese comprender ¿qué quiere decir verdaderamente? Casi siempre vamos a analizar mentalmente el suceso, en vez de verlo directamente, preguntar directamente, y quedarnos SOLO con la respuesta simple, sin darle más vueltas.

Cuando decimos que queremos comprender, hemos de darnos cuenta de que sólo aceptaremos la explicación que encaje con nuestros prejuicios o juicios ya emitidos. ¿Realmente estamos abiertos a lo que es?

En el mundo de las relaciones humanas, no hay un sólo hecho, un sólo acto que tenga las mismas consecuencias para todas las personas. Entre lo que ocurre y las consecuencias, estoy yo con mi mente.

Cuando alguien hace algo que me afecta, me afecta por mí, no por la persona que lo ha hecho.

Tengo que ver esto con claridad. Es muy muy importante. Porque si lo descubro, entonces descubriré que no hay ofensor. Quizás vea que lo único que puede existir es un ” yo ofendido”.

No hay verdadera ofensa objetiva. No hay ofensor. Sólo hay un yo ofendido.

Y si no hay ofensor, ¿dónde queda la culpa? ¿dónde queda el perdón? Soltar las explicaciones egoicas sobre lo que supone para mi ese acto, soltar la “ofensa” en sí es el único perdón posible. Cuando me doy cuenta de que aquello que vivo depende de mi exclusivamente, dejo de tirar piedras y miro mi “yo” con sus fragilidades, sus miedos, su vulnerabilidad. Me miro con compasión y aprendo de eso, desde la humildad de mi condición humana. Crezco. Asumo plenamente la responsabilidad de mis emociones revueltas. Y si tengo que perdonar a alguien, me perdono por todo ello porque no lo sé hacer mejor. Miro y puede ser que vea que nada ni nadie me puede ofender cuando vivo en la Verdad.

Como Jesús, que pidió a Dios que perdonara a los que le habían crucificado, no porque actuaran mal, sino porque no sabían lo que hacían. No hubo ofensa. Nadie le ofendió. No hubo un “yo” ofendido.

Eso es Comprensión. Eso es Sabiduría. Eso es AMOR.

Gracias. Gracias mirada. ¡Qué anchura en mi corazón!

¡Feliz Ahora!

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La culpa

Sólo creyéndote juez, culparás…

La mirada secreta

 

 

 

Hay un cuento que resuena últimamente en la mente, que más o menos dice así:

“Había una vez un pescador que estaba tranquilamente pescando desde su barquita en mitad del lago. Inesperadamente, otra barquita se abalanzó por su popa dándole un fuerte golpe. Y el barquero, antes de girarse ya empezó a gritar y a insultar: “Pero ¿que no sabes navegar, pescador de pacotilla? Mira como por tu culpa se me ha escapado el pez. ¡Seguro que has roto mi barca!” Es esas estaba, rojo como un pimiento de tanta ira que sentía, cuando se dio cuenta de que la otra barca no llevaba timonel, sino que iba a la deriva hasta que había chocado con la suya. Inmediatamente, el pescador se calló. Ya no había ningún otro a quién echarle las culpas…”

Cuando te culpo, me libero a mi mismo de cualquier responsabilidad, no me observo, no reflexiono sobre cuál es el papel que he podido tener para que las cosas llegaran hasta donde han llegado. Contra más frustración, más dolor siento, más grande es la culpa que te coloco encima y más huyo de mi propia responsabilidad. Cuando te culpo, puedo creer que me libero. Pero ¿cual es la verdad? ¿Hay algún caso en que la culpa libere a nadie?

La verdad es que mientras te culpo, re-siento una y otra vez mi propio dolor y frustración. Y cómo “tu” tienes la culpa, no sólo re-siento sino que no puedo hacer nada para liberarme, porque la sartén la tienes tú por el mango, ya que eres tu el hacedor de la situación y yo una mera víctima. Y como víctima no puedo hacer nada más que re-sentir, llorar y sentirme mucho más bueno que tú, porque “yo nunca hubiera hecho nada semejante” “yo nunca hubiera golpeado tu barca porque soy más cuidadoso, porque me importan los demás, porque estoy atento, porque….” Tanta culpa te echo encima, tan más mejor soy yo.

Así que aquí tenemos los beneficios de la culpa: me hacen sentir mejor persona que el otro y me colocan en un papel de víctima por lo que tengo derecho a la queja constante y a ser consolado. Pero por otro lado, no me libera jamás ni me permite evolucionar. Me estanca en ese acontecer y me ciega respecto a mi mismo.

Cuando soy yo quien asume la culpa, tampoco me va mucho mejor. Si tengo la culpa, seguramente esperaré ser castigado o perdonado. En ambos casos pierdo la libertad, libertad que me ha de conceder aquel que me culpa y a quien yo creo haber herido. Si soy yo quien siento culpa, me coloco en una posición de inferioridad con respecto al otro, me someto. Cargo contra mi mismo y empeoro el dolor y la frustración. Y está claro que mientras me culpo, poca cosa más hago. Me estanco en el suceso pasado: “si hubiera estado más atento, esa barca no me habría golpeado” “Eso me pasa por estar tan distraído”…

Bueno. El pan de cada día, ¿verdad?

Pero ¿cual es la realidad? ¿Acaso podemos aislar tanto los hechos como para conocer la causa de lo que acontece, el “único” culpable?

Todo lo que acontece está interligado y sucede como sucede por millones de causas que escapan a nuestro entendimiento.

La mirada secreta me sacude y me señala con firmeza la barca que iba a la deriva. Ahí está la respuesta. La barca va a la deriva desde nuestro punto de vista porque no vemos en ella capitán. Pero ¿va realmente a la deriva? ¿acaso no la han traído las corrientes originadas por la luna? ¿hubiera chocado con la barca del pescador si la barca del pescador no hubiera estado allí? ¿qué habría pasado si el pescador hubiera estado pescando en la otra borda? ¿acaso no la habría visto venir?

¿Existe realmente la culpa? ¿No es simplificar mucho las cosas?

¿Existiría la necesidad de culpar si fuéramos capaces de vivir plenamente aquello que la vida nos trae, sin juzgarlo?

Y si no existe la culpa, entonces ¿dónde queda el perdón? ¿y la redención? ¿y el castigo?

La culpa es una de las piedras angulares de nuestra vida. Es urgente que investiguemos…

La pregunta que quizás nos abra a una nueva visión no es quién tiene la culpa, sino quién va realmente a la deriva…

Y ahí es donde la mirada secreta me susurra que hay algo que sí que va a la deriva y ¡es precisamente a aquello a lo que le doy la categoria de capitán

¡Feliz Ahora!

 

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