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Una piedra en el camino

La realidad es una ilusión persistente

Albert Einstein

Andábamos en silencio, fascinados por lo que veíamos. Las paredes, el techo, el suelo… Todo era un juego de formas extrañas que el corazón de la tierra había ido cincelando en secreto, para un día ser descubierto por unos ojos curiosos y así ser reconocido como una maravillosa obra de arte, realizada por el artista más inspirado que conozco: la naturaleza…

La extraña belleza del lugar despertaba en todos los que allí estábamos, una mezcla de excitación y aventura, de cierta sacralidad y de miedo. Los que nos conocíamos, nos tocábamos levemente los unos a los otros con cualquier pequeña excusa y así, sin pensarlo siquiera, nos sentíamos arropados y reconocidos en una realidad mas familiar que la que el ambiente del corazón de la tierra nos ofrecía.

Siempre que nos hallamos frente a lo nuevo, sentimos algo de miedo. A la mente no le gusta no tenerlo todo todo controlado, ¿verdad?

Quien nos guiaba, nos iba señalando un rincón especialmente bello, un escalón especialmente difícil, un paso especialmente estrecho. Y detrás le seguían, pisándole literalmente los talones, los cinco sentidos de todos nosotros, registrando cualquier señal, en estado de prealerta: los ojos como platos, a duras penas parpadeando; los oídos abiertos y reaccionando al mas mínimo ruido inesperado como si de un trueno se tratara; el tacto buscando por todas partes algo reconocible a lo que asirse; el olfato rastreando oxigeno fresco en un aire saturado de humedades de otros siglos; el gusto saboreando perplejo un cierto gusto a salitre sulfuroso… Y el ay en la garganta de todos los corazones.

En estas estábamos, cuando se nos avisó que llegábamos a la zona más bella y peligrosa de todo el recorrido. Se nos instó a no acercarnos. La prudencia se agudizó. Nos agrupamos frente a una inmensa fosa en la que no se vislumbraba fondo alguno. Una persona, algo despistadamente, o atraída por el abismo -eso yo no lo sé- hizo amago de acercarse al borde. Otra gritó advirtiéndole del peligro. Y todos mirando hacia abajo, en un ay de nuevo. El espectáculo era tan bello, tanto. Las luces apenas alumbraban estratégicamente los relieves más llamativos. Parecía que si cayéramos por la sima llegaríamos al mismísimo centro de la tierra.

Y entonces pasó algo que nunca olvidaré.

Alguien cogió una piedra con la intención de lanzarla al vacío para adivinar a través del sonido la hondura del maravilloso precipicio.

El hombre levantó el brazo, preparado para soltar la piedra. Todos aguantamos la respiración. El silencio se hizo más espeso que nunca. El cuero cabelludo tensísimo para así conseguir que los oídos se abrieran más allá de sus límites. Hasta el ay del corazón calló. Todo para poder oir bien el final del viaje de la piedra al mismísimo centro de la tierra.

Y entonces, cayó la piedra. Y al segundo, el abismo se esfumó. Desapareció por completo. Y con la desaparición de la sima, desapareció el miedo a caer, la belleza del abismo, la necesidad de que nadie se hiciera daño, la excitación de la aventura, el vértigo… Desapareció la contención del aliento, los ojos como platos, la tensión de cada célula de nuestro cuerpo y nuestra mente. Desaparecieron todas nuestras expectativas de la hondura de la fosa, nuestras imágenes del centro de la tierra. Con la desaparición del abismo, desapareció todo lo relacionado con éste: los recuerdos de lo que acabábamos de vivir, lo que estábamos viviendo en aquel momento, y lo que habíamos imaginado que viviríamos cuando se lanzara la piedra. Cayó la piedra y cayó la vivencia entera.

Porque no había tal abismo. Había sido una ilusión óptica. Sólo habían tres dedos de agua quieta, que reflejaba con total nitidez el techo de la gruta. Y al caer la piedra, se habían formado ondas en el agua y la idea que teníamos en la mente, el abismo que habíamos dado por algo absolutamente real, ya no existía. Y la mente no tuvo nada a lo que asirse. Quedó perpleja y en silencio.

Y entonces, comprendí. Como si la piedra hubiera caído en mi mente (así funciona la mirada secreta…)

Comprendí

que mi mente da por real aquello que cree que es real, sin saberlo…

que todo lo que yo vivo es resultado de esa creencia…

y que es necesario, urgente, que empiece a dejar caer piedras en mis creencias para comprobar verdaderamente su realidad…

porque si no lo hago, toda mi vida será un juego de ilusionismo: mis miedos, mis expectativas, mis deseos, mis pensamientos, mis principios, mis análisis, mis interpretaciones, mis relaciones…

¡Bendita la piedra que encontré en mi camino!

¡Feliz Ahora!

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Sobre el caer y el caminar

Caminante, son tus huellas el camino y nada más

Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

Antonio Machado

Andaba un hombre camino de la tierra que él amaba,
Nada de ella conocía, pero en ella siempre andaba.
Ni un día había que al caminar no tropezara,
Más ¡qué daba el torcimiento mientras que él se levantará!
No sería la caída lo que a él le llevara
a la tierra de sus sueños, a la tierra que él amaba.
Y mientras que otros lamentaban la caída que él obviaba,
Y otros le decían que en ella se fijara,
Él seguía afiliado a la tierra que él amaba
Y nada le distraía del lugar que le esperaba:
Ni consejo ni caída, ni lamento ni holganza.
Él seguía levantándose, desoyendo la tardanza.
La tierra de su sueño llamándole,
un paso tras otro acercándole,
al hombre que así caminaba.

¿Por qué pretendemos llegar a los sitios sin caer? ¿Por qué creemos que la caída es tan importante que hemos de parar de caminar para aprender de ella y así no volver a caer?

A veces me dá la impresión que, aunque lo neguemos, le damos más importancia a la caída que al caminar. Y mientras estamos concentrados en “comprender' por qué caemos, no caminamos.

La Mirada me muestra en mitad de una siestecilla de enero, de forma dulce, a pasitos sutiles y nuevos, algo que me vuelve a dejar conmocionada.

Y es que

La caída nunca importa. Lo que importa son los pasos.

Muchas pueden ser las causas por las que caemos. Y mucho, indefinido, el tiempo que podemos dedicar a investigar por qué caemos. Pero mientras, mientras no caminamos.

Algunos dirán que si sabemos por qué caemos podremos evitar nuevas caídas. Pero yo sé que no es así. Porque no somos nosotros los que controlamos nuestra vida, ni las piedras que vamos a encontrar en el camino y que puedan hacernos caer de nuevo.

Pero nosotros sí podemos tener todos nuestros sentidos puestos en levantarnos, sacudirnos el polvo del camino y seguir caminando.

No quiero distraerme, ni siquiera en por qué caigo.

Sólo quiero caminar y caminar

Hacia la tierra que he soñado

¡Feliz AHORA!

 

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Las verdades de juguete

 

Durante toda mi vida, viví en el mundo de las verdades.

Este era un mundo en el que lo importante era tener respuestas.

En este antiguo mundo mío, al que algunos llamaban “El Territorio de las Mil y Una Verdades”, el rey era el que más respuestas tenía. Las respuestas eran el tesoro más preciado. Las respuestas eran poder, eran admiración garantizada. Quien tenía respuestas para todo, era el más sabio. Se otorgaban premios a quien encontraba una respuesta altamente codiciada, mientras que los ciudadanos de segunda clase eran aquellos que no solían tener respuestas, se dejaban robar las suyas, no las sabían defender, o simplemente las entregaban a la más mínima amenaza.

Los que allí viviamos, eramos grandes buscadores de respuestas. La rapidez era muy importante. En cuanto algún incauto formulaba una pregunta, salíamos todos a tropel en búsqueda de la respuesta ganadora. Y si otro incauto nos daba una respuesta que considerabamos verdadera, nos apropiabamos rapidamente de ella, haciéndola nuestra. Y entonces, hinchábamos el pecho y mostrabamos con orgullo la nueva conquista al mundo entero.

También es cierto que en el caso de tener buenos amigos, corríamos a compartir con ellos la respuesta conquistada. Si los amigos la aceptaban, nos sentíamos poderosos, generosos y sabios. Y si nuestros amigos no la aceptaban, luchabamos para demostrar que aquella era una respuesta buena, una verdad, aunque en la lucha perdiéramos el amor, la amistad, la paz o la armonía de nuestra amistad. Incluso se había dado el caso de, por no compartir la misma respuesta, haber llegado a matar al otro… Muy, muy tremendo El Territorio en el que vivía…

En este reino de las respuestas, el sol salía por el este y se ponía por el oeste. Eso era un hecho irrefutable, que no generaba ninguna duda y por ende, no podía codiciarse como verdad de nadie ni nunca generó grandes batallas…

-aunque seguro que hubo algún pobre infeliz que recibió, porque en ese mundo siempre los hay que reciben. Sólo hace falta no aceptar la respuesta de la mayoría-

Que el sol salía por la mañana por el este, y se escondía al atardecer por el oeste era una verdad de todos los que viviamos allí.

Y porque el sol cada día hacía este recorrido de izquierda a derecha, y eso era irrefutable y nadie dudaba de ello, todos los habitantes del reino de las mil y una verdades pensabamos de izquierda a derecha. Es decir, primero pensabamos una pregunta y después hacíamos tooodo el recorrido hacia la derecha hasta que pensabamos una respuesta. Igual que el sol. Y ya está. Como en los concursos de la tele: respuesta correcta. Todos comprábamos esa respuesta –menos esos pobres infelices que antes comentaba- y… ¡a la búsqueda de otra respuesta!

Pero un día inesperado, inesperadamente me encontré viendo el Reino de las respuestas desde más allá del cielo. No sé cómo pasó. Fué como cuando despiertas de un sueño y de golpe estás en tu cama… El hecho es que ví algo que me dejó atónito. Ahí estaba El Territorio de las Mil y Una Verdades, flotando en el espacio infinito… Y un poco más allá estaba el Sol, tan inmóvil y tan presente como el propio reino mio. El Sol estaba allí, iluminando siempre. No se movía. ¡No hacía ningún recorrido! ¡Dios mío! Una verdad tan irrefutable, que no generaba ninguna duda en nadie, ¡¡no era verdad!!

Y tal como lo ví, mi mundo de las respuestas se deshizo en trillones de nanopartículas. Se rompió la hucha en la que había guardado tan celosamente todas las respuestas que había ido atesorando, desde que tenía uso de razón…

bueno, no os lo había dicho todavía, pero sólo los ciudadanos con uso de razón podían tener respuestas-

Y todas las respuestas que tantos años de estudio, de lucha, de apropiación indebida, había tardado en atesorar; todas las respuestas que me habían regalado, respuestas que había pagado muy caro, todas, todas las respuestas cayeron al vacío. Y un viento huracanado que venía de un lugar desconocido, se las llevó.

Y entonces me quedé sin respuestas. Ya no tenía nada. Ni poder, ni la admiración de los demás, ni sabiduría. Por no tener, ya no tenía ganas de ganar premios, ni de luchar, ni siquiera de pedir a algún buen amigo que me regalara aunque fuera una sola respuesta. Total, ¿para qué? ¿Para acumular respuestas que ahora ya sabía que eran de juguete?… ¡Si! ¡Eso era! ¡¡El reino de las respuestas era un reino de juguete!! ¡¡¡Era un reino imaginado!!!

Ahora lo entendía.

Respuestas de juguete en un reino de juguete…

Y es que había conocido a la mirada secreta. Qué dulce y maravillosa mirada. Cuanta compasión para nosotros, habitantes de un reino de juguete, jugando a atesorar respuestas de juguete.

La mirada secreta me desterró del reino de las respuestas.

Me expulsó del territorio de las mil y una verdades. Y lo hizo porque giró mi visión 180 grados y más allá. Ahora ya no miraba de izquierda a derecha, sino que me enseñó a mirar directamente allí donde viven las preguntas.

La Mirada me animó a establecer mi nuevo hogar en el pais de las preguntas, un pais generoso con sus habitantes, abierto a la totalidad, en donde se respira libertad, en donde

la más alta posesión es no poseer ninguna respuesta.

Un mundo en el que es fácil amar, vivir en armonía y en paz, un gran mundo, el mundo de las preguntas. Pero no es el Último mundo. No para mi, que ni el mundo de las preguntas me sirve ya de respuesta.

Y, a veces, algunas veces como en este mismo instante, es la mirada secreta la que me muestra una pregunta. Me la pone delante y yo quietecito la miro. Miro la pregunta como miramos una puesta de sol hermosa, miro sin esperar nada, miro sin pensar nada, sólo miro. Y la mirada secreta me deja atisbar brevemente lo que hay detrás del interrogante, me deja ver a través del puntito del interrogante lo que hay detrás.

Y eso que veo en un instante nunca me da la respuesta y tampoco lo recuerdo luego. Pero no importa.

A veces me provoca una nueva pregunta, una pregunta más honda, una pregunta que engloba a la anterior pregunta….

Y otras veces, aquello que he visto por el agujerito del interrogante, deja mi mente en cortocircuito, saltan los plomos de mi mente, y quedo en silencio reverente.

Hace un tiempo, la mirada secreta me mostró que la pregunta puede ser la puerta y que la Verdad vive aún más allá de donde se origina la pregunta. Me mostró que no hay una y mil respuestas y que

la Verdad no se puede atesorar, simplemente, porque la mente no la puede abarcar.

Y así voy caminando. Con los ojos abiertos y en silencio reverente.

La mirada es quien hace el trabajo.

¡Feliz Ahora!

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Investigando sobre la mente y la consciencia

wpid-Photo-28082012-0755.jpgPues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. 

 Mc. 4,2

El otro día estábamos investigando sobre lo que es ver y lo que es pensar. Y, aunque intuitivamente sabíamos la enorme diferencia que supone vivir desde el ver y vivir desde el pensar, no acabábamos de ser capaces de explicarlo -sólo la mirada secreta es capaz- Y en un momento dado, una de nosotros, llenita de amor por la Verdad, compartió la siguiente vivencia:

…una noche estaba cenando con una persona muy querida y estaba siendo muy feliz. Pero, en un momento dado, se me cruzó el pensamiento de que la felicidad, por muy grande que sea, a duras penas sobrevive un instante. Y entonces, mi felicidad se esfumó…

Al principio creímos que ella había dejado de ser feliz porque se había dado cuenta de que la felicidad dura un instante y, claro, frente a este panorama, cualquiera no se deprime, ¿verdad?

Bueno. Ese es el estado más habitual del ser humano. Pensamos sobre lo que acontece sin ser conscientes de ello.

Estamos continuamente pensando, pensando sobre lo que aconteció o sobre lo que puede ocurrir, pensando sobre lo que nos pasa, sobre cómo somos o sobre los misterios de la vida. Vivimos pensando. Pero no solo vivimos pensando, sino que vivimos desde nuestros pensamientos.

Y pensar quiere decir interpretar, juzgar, decidir, planificar, e incluso inventar según nuestros conocimientos, condicionamientos psicológicos y creencias. No nos damos cuenta, pero el pensamiento siempre manipula aquello sobre lo que está pensando. Le pone etiquetas, lo cataloga y la persona lo vive según esa manipulación.

Hay diversas escuelas psicológicas, pseudopsicológicas y demás líneas de terapia que se han dado cuenta de ello. Y para tratar de que seamos felices, proponen que las personas entrenemos a nuestra mente a pensar “en positivo”, a tener “pensamientos positivos”. Dejando de lado el juicio que ya supone en si mismo catalogar unos pensamientos de positivos y otros de negativos, es cierto que si hemos de vivir bajo la dictadura de los pensamientos, es preferible que el tirano sea amable…

Pero es que podemos vivir libres. Libres de tiranías. Libres de escuelas que nos digan cómo hemos de vivir. Y sobre todo, podemos vivir libres de nuestros propios pensamientos… y ser felices. De hecho, esta es nuestra verdadera naturaleza. Si no, mira a los niños, mira al niño que fuiste, y lo verás…

Y ¿cómo? se pregunta la mente

Pues, en vez de vivir desde los pensamientos, podría vivir desde lo que veo directamente, sin interpretarlo, ni juzgarlo. De forma neutral. Ser consciente de lo que acontece, sin pensamiento alguno.

Es tu atención consciente, libre de pensamientos, la que puede llegar a ver. La atención consciente es el ojo que ve más allá de lo pensado. En ella siempre hay inmutabilidad. Lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, el dolor y el placer, la enfermedad y la salud, la vida y la muerte, lo amado y lo rechazado, giran y giran a su alrededor. Se parece al ojo del huracán, siempre inafectado, quieto, silencioso, en paz.

De hecho, cada vez que vivimos plenamente, estamos en este estado de ser conscientes sin pensar. Cada vez que el tiempo parece haber desaparecido, cada vez que nos dejamos llevar por la belleza de una música, de un paisaje, simplemente contemplándolo, somos conscientes y no pensamos. Cada vez que ponemos toda nuestra atención en cualquier tarea, somos conscientes y no estamos pensando.

Eso es lo que le sucedió a la bella persona del corazón enamorado de la Verdad, mientras estuvo plenamente atenta en la cena. Consciente de lo que vivía, de su felicidad, sin pensarla. Y cuando le entró el pensamiento “la felicidad sólo dura un instante”, se fue tras el pensamiento.

Eso lo estábamos viendo todos en la reunión cuando nos lo estaba explicando. Pro entonces entró la mirada secreta y nos hizo ver más todavía, ya que no fue este pensamiento el que le robó su felicidad sino el hecho de habérselo creído, de haber creído que es cierto que “la felicidad sólo dura un instante”.

Ella primero vivió con atención plena …. vivía plenamente la cena y se daba cuenta de su felicidad…. Luego pensó “la felicidad sólo dura un instante”…. y finalmente se creyó ese pensamiento… y dejó de ser feliz. Es un excelente ejemplo de lo que es vivir desde el pensamiento

Para darse cuenta, para vivir desde la atención plena, para ver, hay que salir de la mente, de lo pensado. No hay otro camino.

Cuando la mente dice “esto es muy dificil; yo no puedo conseguir percibir de otra manera, no puedo conseguir verlo. Aunque entiendo lo que dices,no lo consigo ver. Es muy difícil, muy difícil“; o decimos “yo no puedo estar dándome cuenta de todo, eso requeriría un esfuerzo enorme que yo no puedo hacer“; o “toda la vida lo he visto de esta manera y ahora cambiarlo es como muy complicado” es porque creemos que es la mente la que ha de darse cuenta, de que “darse cuenta” es un nueva forma de pensamiento.

Pues bien, lo que nos pasa es que tratamos de ver la inmensidad del horizonte mirando desde dentro de una caja cerrada. Es así de difícil. Vamos, que no es que sea difícil, es que es más bien imposible. La mente no puede darse cuenta, no puede ser testigo nunca. Para ver la inmensidad del horizonte hay que salir de esta caja cerrada.

El ego -la mente psicológica-, precisamente, es esa caja cerrada. En el ego no puede entrar nada ni salir nada. El ego está compuesto de toda una serie de combinaciones de unos datos concretos y no genera jamás nada nuevo. Por eso, cuando tratamos de ver desde el ego, no podemos ver más allá. El ego no tiene la mirada. Solamente es una fábrica de permutaciones, en donde la materia prima es la que es: datos de condicionamientos. Cuando nos parece que hacemos algo totalmente innovador, en realidad lo único que hemos hecho ha sido permutar, combinar. De la misma manera que hemos de salir de la mente, hemos de salir del ego. El ojo no está en el ego. No está en la mente.

La Mirada Secreta me susurra al oído:

Mantente atento, mantente despierto, con la mente en silencio. Haz oídos sordos a la cháchara mental, igual que haces oídos sordos a las conversaciones de otros que no te interesan. Y mira, mira con la mirada del niño, mira con una mirada nueva, libre de juicios, que no busca la utilidad sino la visión clara. Acostúmbrate a vivir desde lo que ves, con esa mirada, y no desde lo que piensas.

Sólo puedo buscar ver con más y más luz. Todo lo demás es consecuencia natural de ver: la acción libre, el desapego, vivir sin deseos, el Amor, la Belleza…

Utiliza la mente como instrumento, pero no la obedezcas

La Mirada secreta surge del silencio de la mente, de la atención consciente y silenciosa. La Mirada secreta es la mirada pura, inocente…

Mirar, estar atento, vigilante. Solo eso.

Sin pensar, juzgar, interpretar, calcular, conceptualizar…

¡Feliz Ahora!

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Castillos en el aire

Había una vez un bello castillo, de recias murallas y altos torreones, que se alzaba orgulloso entre tantos otros.
Los aldeanos que vivían dentro del castillo, asi como los vecinos de otras fortificaciones, consideraban éste como el mejor castillo de todos, el más bello y el más fuerte.
Era un castillo inexpugnable. Todos los aldeanos se sentían seguros dentro de sus murallas. Su robustez protegía al pueblo de los posibles ataques externos. Dentro vivían felices, creyéndose invulnerables.
Todos creían que si se mantenían unidos y tenían la aldea como su más alto bien y la cuidaban por encima de todo, nunca les pasaría nada. Estarían a salvo de cualquier inclemencia y contratiempo. Se habían creído aquello que tantos creen sin revisarlo nunca (como solemos hacer con todas las creencias), que es que la unión hace la fuerza…
Pero un día estalló una bomba. La bomba no impactó desde el exterior contra los grandes muros, sino que estalló dentro del recinto del castillo. Y precisamente, por lo duras que eran sus paredes y muros, por lo inexpugnables que eran, la bomba produjo muchísimos destrozos, convirtiendo cada una de las piedras que habían sido parte de la maravillosa fortificación en nuevas municiones que iban impactando en las construcciones adyacentes. La devastación fue tremenda. Todo quedó destruido. Y todo eso ocurrió porque la bomba cayó dentro, impactando en la base de uno de los pilares del castillo.
Al derrumbarse los pilares, al verlos absolutamente rotos, los aldeanos empezaron a creer que los pilares siempre habían sido débiles, que su fortaleza era solo aparente, que nunca habían sostenido ningún castillo. Así que no solo vivieron el derrumbamiento de todo su maravilloso castillo sino que también estaban viviendo el castillo que antes había sido, como algo falso -porque si hubiera sido de verdad tan bonito, tan fuerte, tan invulnerable, no hubiera podido ser destruido-.
Cuando el castillo se destruyó y sólo quedaban ruinas por todas partes, frente a la mirada atónita de los vecinos que siempre los habían tenido como ejemplo de amor y concordia, andaban los aldeanos de la que había sido una de las más bellas fortificaciones de aquellos parajes, echándose las culpas mutuamente, acusándose y odiándose entre ellos, porque todos creían que les habían engañado, que el castillo nunca había sido hermoso, bello, fuerte, inexpugnable, …
Y así seguirían, con recriminaciones y rencores, para siempre.”

 

¡Cuántas veces nos ocurre en la vida como a estos aldeanos con su castillo! Empezamos una relación con un nuevo amigo, un nuevo trabajo, una familia, una pareja y hacemos exactamente lo que hicieron estos pobres aldeanos, creer que nuestro castillo es el mejor de todos, el más bello y más fuerte; creer que nuestro castillo es inexpugnable y que nosotros somos invulnerables; creer que si nos mantenemos unidos y cuidamos nuestro castillo por encima de todo, nunca nos pasará nada.

Y entonces pasa algo, “estalla una bomba”, que rompe esa relación y a partir de ese momento, cambiamos radicalmente nuestras creencias:

  • Nuestro castillo nunca había sido bonito. De creer que era el más bello, pasamos a creer que nunca lo fué, que era mentira. Porque

la caída de la creencia es proporcional a la intensidad con que la creíamos

La fortaleza del castillo (de la relación) nunca fué real, porque sino no hubiera estallado en millones de pedazos.

contra más rígida la creencia, más destrozos crea cuando cae

El castillo a prueba de balas, no sirvió para protegernos. Contra más invulnerables nos ha hecho creer que somos unas murallas externas, más inseguros nos volvemos cuando las murallas caen porque

cuantas más defensas te pones, más vulnerable te vuelves

Pasamos de creernos unidos a echarnos la culpa mutuamente, porque

la cantidad de de esfuerzo en mantener una creencia es proporcional a la acusación que generará cuando caiga

Vivimos desde nuestras creencias. Nuestras creencias son los pilares que sustentan nuestros respectivos castillos. Y no nos damos cuenta de que, en cualquier momento, la vida puede hacer saltar por los aires cualquiera de nuestras creencias. La consecuencia es que crearemos nuevas creencias, la mayoría de veces lo contrario de lo que habíamos dado por cierto hasta ahora, sobre las que fortificar de nuevo nuestra vida. Y no hay ninguna creencia, ninguna, que sea verdadera. O sino, ¿como podríamos cambiar de creencia como se cambia de abrigo?

Pero no nos paramos a ver cuánto de verdad, de verdad hay en ellas. Construimos un castillo de papel sobre unos pilares falsos. Y ahí dentro nos sentimos seguros y llenos de razones, los mejores.

Castillos en el aire…

Pero fíjate bien,

ninguna creencia es real

Y si “crees” lo contrario, observa si habría alguna circunstancia que te podría hacer cambiar tu creencia. Porque si la respuesta es “sí”, ya sabes que tu creencia no es cierta, no merece ser pilar de tu vida, ¿verdad?

Vivimos montando castillos porque no nos hemos dado cuenta de que no los necesitamos.

Y, la Mirada susurra a mi oído estremeciéndome de nuevo, el por qué:

No necesitamos nada que sea lo más bello que lo que ya somos, -aunque no lo sabemos-.

No necesitamos ser fuertes ni defendernos porque somos invulnerables -aunque no lo sabemos-.

No necesitamos unirnos a nada ni a nadie porque no hay nada fuera de la Unidad, -aunque no lo sabemos-.

Por eso, cualquier castillo de creencias en el que vivamos, tanto si cae en el futuro o no cae nunca, no es un castillo. No es necesario. No es real.

Desnúdate de todas las creencias y observa aquello que queda.

De allí surge la Mirada Secreta.

Allí está tu verdadera morada.

¡Feliz Ahora!

 

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La linterna en el bosque. Del hacer al ver

                           Aquiétate y sabe…
       Salmo, 46:10
Hace un tiempo andaba por la consulta un anhelo de saber explicar de alguna forma lo que en ella se hacía.
Ya no podíamos decir que hiciéramos algún tipo de terapia, simplemente porque nuestro objetivo no era el cambio (y todas las terapias buscan el cambio).
El cambio podía llegar a ser una consecuencia, pero nuestro objetivo en sesión era – y sigue siendo- la comprensión.
Ahora tengo las palabras para explicar lo que hacemos, pero entonces no las tenía, porque aunque trabajábamos así, mi mente todavía no lo podía expresar con claridad.
Y es que la mente no es la primera en enterase de las cosas. Pensamos que la mente está en el “top ten”, pero a la hora de comprender, suele ser la última en enterarse. Esto lo sé porque a veces veo de refilón un rayito de comprensión, tan de refilón que mi mente no lo puede aprehender. Es aquella sensación de que “me ha parecido ver, pero no estoy seguro”. Al cabo del tiempo, a veces incluso años después, un día mi mente comprende claramente aquello que a duras penas intuyó, como si se hubiera hecho un proceso de comprensión dentro sin que haya tenido conciencia de ello (un proceso que podríamos comparar con la digestión, pero en vez de alimentos, comprensiones :).
Como os iba diciendo, un día vino a la consulta un joven de aspecto fluido y mirada inocente que, sin mucho preámbulo, me pidió que definiera a qué escuela pertenecía y qué tipo de terapia haríamos. Fue la pregunta tan directa y la respuesta tan escondida, que la mente se paró.
Cuando la mente no logra entender algo, o no encuentra respuesta a una cuestión, se cortocircuita y entra en un estado de perplejidad muda. A la mirada secreta le encanta este estado mental y suele aprovecharlo para colarse y dejarte vislumbrar algún destello de verdad.
 
¿Cómo explicarle al hombre joven que tan atento esperaba una respuesta, lo que hacíamos en sesión si ni yo sabía explicármelo a mi mism@?
Empecé a hablar sin saber hacia donde me conducían mis palabras…
La mirada secreta es siempre sorpresiva y nueva. La mente no puede anticipar lo que la mirada nos va mostrando.
Imagina que vas por un bosque. Es noche cerrada. Gracias al cielo, llevas en la cabeza una pequeña linterna que te permite ver algo del camino por el que transitas. “Voy a ir por aquí que parece que el camino es más fácil” Sigues caminando y al rato te encuentras con un obstáculo que te impide seguir. Paras e inmediatamente empiezas a pensar qué hacer para vencer el obstáculo.

El bosque está muy oscuro. Sigues pensando… Puede ser que se te empiecen a ocurrir posibles soluciones… “Podría escalarlo, pero es demasiado alto” o “no sé escalar”… “Podría hacer un agujero por debajo, pero eso me llevaría mucho tiempo…” Igual, si estas muy desesperado, le pides consejo a algún amigo de confianza. Y él también te dice lo que puedes hacer “¿por qué no tratas de saltar por encima del obstáculo con una pértiga?”. Y tu lo valoras, en tu cabeza manejándose todas las posibilidades. “¿Qué hago? ¿Qué hago?”

 Es lo que solemos hacer cuando nos enfrentamos a alguna dificultad: ponernos a pensar sobre qué podemos hacer para solucionar la situación. Creemos que la solución está en el hacer.
 
Y de repente cae un rayo del cielo. Por un instante todo el bosque se ilumina. Gracias al cielo tu en ese mismo instante tenías los ojos abiertos. Y ves. Ves que el obstáculo que tienes delante sólo tiene unas docenas de metros de ancho y que vas a poder bordearlo sin problemas. Lo ves con total claridad. La opción se ha presentado de golpe, con la misma rapidez con la que el rayo ha iluminado el bosque. Puede ser que todo vuelva a estar a oscuras, excepto lo que ilumina tu linternita, pero sabes perfectamente lo que has de hacer. Te pones a bordear el obstáculo. Quizá aquel compañero que te aconsejó te advierte que te estas equivocando. Pero tu sabes porque has visto.
 
No nos damos cuenta que vamos caminando por el bosque de la vida con nuestra pequeña linterna en la frente, y que todo lo que nosotros vemos y cómo lo evaluamos depende en primera instancia de la potencia de nuestra luz. Al no darnos cuenta, estamos siempre concentrados en lo que hemos de hacer y en cómo lo hemos de hacer, creyendo que así vamos a ir encontrando las soluciones. Y seguro que encontramos soluciones. Pero imaginemos por un momento que en vez de invertir toda esa energía e inteligencia en pensar qué hacer, la invertimos en ampliar nuestra luz, nuestra comprensión. Imagina que pones toda tu atención en ver más y más claramente, directamente, sin pensamiento, sin ningún proceso mental, desde el silencio de la mente. Cuando ves, como le sucedió a nuestro protagonista en el bosque, no hay dudas, la evidencia es completa y los pasos se hacen sabios de forma natural.
Eso es lo que nos enseñó la mirada secreta aquel dia: cuando vemos, el hacer es espontáneo y sabio.
¡Feliz Ahora!
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La escucha también vé

“Escucha, hijo, y serás sabio”

                                            Prov. 23,19

El otro dia vino a la consulta una dulce persona de ojos azules y anhelos cuidadores. Andabamos investigando lo que era la verdadera escucha. Y descubrimos lo siguiente:

A veces escuchamos pero no prestamos atención.
Este oir sin atender es muy frecuente cuando lo que se nos está diciendo no nos interesa lo más mínimo. Pero no es la única situación en la que no escuchamos de verdad.

Hay otra que es mucho mas preocupante, porque es -además de muy frecuente-, uno de los motivos por los que nos cuesta tanto comprender a los demás, así como sentirnos comprendidos. Es una de las razones por las que la comunicación es, tan a menudo, algo difícil. Es el origen de muchos malentendidos. Y también lo que dificulta el arte de ayudar a los demás

  no escuchamos de verdad porque tenemos la atención puesta en nosotros mismos

Este fué nuestro primer descubrimiento aquel día.

Estamos más pendientes de lo que vamos a decir nosotros, de nuestra interpretación de lo que se nos está diciendo, de nuestra opinión, de la creación de nuevos argumentos que soporten nuestra hipótesis, de nuestros juicios sobre lo que el otro dice, en fín, más pendientes de nosotros mismos que de nada ni nadie; y esas son las consecuencias…

Sin embargo, todos hemos vivido momentos en que sí que nos interesa lo que el otro dice, sí que queremos comprenderle de verdad. Es entonces cuando ponemos toda nuestra atención en la persona que nos está hablando y en sus palabras. Y de forma inesperada, nos dimos cuenta que cuando esto sucede, cuando nos entregamos plenamente a la escucha…

¡¡¡desaparecemos!!!

Ya no hay quien escucha, ni opiniones, ni interpretaciones, ni juicios, ni preocupaciones. Solo queda la escucha, sin el escuchador. Esta es la única puerta que nos pueda conducir a la comprensión, a la empatia, a la comunicación verdadera.

La atención es el foco que ilumina la escena. Imagínate, si esto pasa con la escucha, ¿qué puede suceder cuando la atención se dirige a otro sitio, por ejemplo, hacia uno mismo? Seguiremos investigando…

La Mirada Secreta apareció inesperadamente y nos enseñó a escuchar de verdad.

Como una estrella fugaz, pasó cuando teníamos la atención bien despierta.

Como una estrella fugaz, dejó una estela a su paso que todavía ahora estamos dilucidando.

¡Feliz Ahora!

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¡Bienvenidos!

En mi consulta, tratamos de aprender a soltar lo psicológico.

En todas las terapias, en todos los esfuerzos psicológicos, solemos tratar de cambiar aquello que percibimos y que nos hace sufrir. Puede ser que creamos ser demasiado inseguros, o que no sabemos establecer relaciones afectivas sanas, o tantas y tantas otras percepciones de nosotros mismos o de las personas y mundo que nos rodea. Y queremos que eso cambie.

Buscamos ayuda para cambiar, para ser personas más competentes, más queridas, mejores, más felices. Sin embargo, este es un camino que nunca termina. Siempre salen nuevos conflictos, -o viejos conflictos con capa nueva- que nos hacen sentir como cangrejos, caminando hacia atrás.

Pero hay otro camino:

En vez de cambiar lo que percibimos,

cambiamos la perspectiva.

Es un proceso maravilloso, de expansión y sabiduría.

Y en este proceso, a veces, entra una ráfaga de inspiración de no se sabe donde. Y de repente, sin más, vemos con pasmosa claridad algún aspecto nuevo.

A esta ráfaga de inspiración, le llamo “La Mirada Secreta”. Es un nombre muy bonito que fué susurrado en mi oído por la propia Mirada.

Así que la Mirada Secreta no es una persona sino una perspectiva. Es secreta porque, aunque lo que muestra jamás está escondido, las personas no lo vemos casi nunca.

La Mirada me enseño que la Verdad siempre está presente. Pero hemos de aprender a mirar, a mirar más allá de lo percibido, más allá de lo aparente. Todo lo psicológico es aparente, porque es la sustancia de quienes creemos ser y no de quienes somos.

En este blog, iremos compartiendo con todo el que quiera, los descubrimientos que nos regala la Mirada Secreta en su infinita luminosidad. Y con los atisbos de la verdad, vendrá la paz, la alegría, la sabiduría y el amor.

¡FELIZ AHORA!

lamiradasecreta

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