Cuento III. La oveja infeliz

  “No hay misterio más grande que éste: siendo nosotros la realidad, buscamos obtenerla ”

                                Sri Ramana Maharshi

Erase una vez una ovejita que no era feliz…No sabía por qué no era feliz. Tenía todos los pastos que necesitaba, un buen pastor que la iba a buscar si se perdía, unas compañeras que la querían mucho. Una vez que se cayó por un terraplén, estuvieron balando a su lado para que el pastor se diera cuenta y gracias a ellas, sobrevivió. Incluso era amiga del perro, cosa que no era muy frecuente. Pero es que ella siempre había sido una ovejita cumplidora, amable y respetuosa. Y eso, cualquier perro que se precie de ser un buen guía, lo agradece, ya que le facilita un montón su trabajo. El perro decía de ella que daba gusto lo buena oveja que era, incluso solía ponerle de ejemplo frente a las demás ovejas, especialmente frente a las más jóvenes que andan siempre retándole porque no les gusta que nadie les mande, y eso de que lo hacen “por su propio bien” ni lo entienden ni lo quieren.

Así que, siendo como era una oveja realmente maravillosa, el no-va-más de las ovejas, ella no era feliz ni entendía por qué no lo era.

Sentía como si no estuviera donde le corresponde. Sentía que le faltaba algo y no una nimiedad sino algo fundamental, esencial, imprescindible. Pero no sabía lo que era.

Su desazón iba y venía: pasaba temporadas muy distraída, especialmente la de la esquila. Tan ocupada andaba en esos momentos que parecía que todo estaba bien. Pero en cuanto se quedaba sin actividades interesantes que le ocuparan la atención, volvía a aparecer en su mente y en su corazón aquella pesadumbre que no le dejaba ser feliz.

Una vez le preguntó a la oveja más vieja del rebaño si ella también sentía ese vacío que tanto le hacía sufrir. Y cual fue su sorpresa que la vieja oveja afirmó que siempre había sentido eso. La ovejita se quedó pasmada… entonces ¡era una sensación endémica!. La vieja oveja le explicó que esa era una sensación normal en las ovejas y que no se le tenía que hacer mucho caso. Que, simplemente, viviera tranquila sabiendo que igual que tenía el pelo rizado y blanco, le tocaba sentir eso en el centro de su corazón.

La ovejita no sabía que hacer con la información tan sorprendente que le había dado la vieja oveja. ¿Cómo era posible que todas las ovejas sintieran eso tan feo y nadie hubiera hecho nada al respecto sino tirarle tierra encima y disimularlo? Lo que le confirmó la vieja oveja, en vez de hacerle sentir mejor por aquello de que “mal de muchos es consuelo de tontos”, acabó de hundirle en la miseria.

Le dijo a la vieja oveja que no podía creer que las ovejas se tuvieran que conformar con hacer el ver que eran felices por fuera mientras por dentro sufrían un no-sé-qué que les mantenía en un secreto sufrimiento. Se lo dijo enfadada, como si estuviera defraudada de la especie a la que pertenecía. Le preguntó si era verdad que nadie, nadie había hecho algo por salir de ese estado. La vieja oveja, con una sonrisa de derrota crónica, le confesó que sí, que alguna oveja había llegado a pasarlo tan mal que, para escapar de su malestar, habían puesto pies en polvorosa… Se habían escapado del rebaño. Y esa había sido su mayor desgracia, porque fuera estaba el lobo esperándoles. Y las pocas ovejas que, por débiles, no habían podido aguantar esa desazón del alma y habían decidido abandonar el rebaño no habían vuelto nunca más, pasto de lobos, pobrecitas…

Así que la ovejita se fue, no ya enfadada, sino hundida del todo. Lo que había aprendido de la vieja oveja la dejaba en una situación tan penosa que más penosa no podía ser: la infelicidad interior era normal; había que aceptarla y vivirla como si no existiera, disimulando -esa era la actitud de las buenas ovejas-; y si no podías aguantarla más, sólo te esperaba el lobo fuera para comerte. ¡Vaya plan más fantástico! Ahora la infelicidad era completa, por dentro y por fuera.

Así que sabiendo lo que ahora sabía, empezó a no poder disfrutar de nada, ni siquiera de la fiesta de la esquila. Todo era horrible. Dentro suyo lloraba, y fuera lloraba también. Las demás ovejas le intentaban animar, incluso alguna le aconsejó tomar antidepresivos (le confesó que ella misma los tomaba hacía ya unos meses y le estaban yendo muy bien, ya casi no sentía el agujero en el pecho…). Otras ovejas le decían que tenía que ser fuerte, que era de débiles no saber vivir con “eso” sin que se le notara, que las ovejas hechas y derechas, aunque tuvieran esa angustia en su centro, no lo mostraban nunca ni se les notaba nada, nada. 

¡Ay, pobre ovejita! Ella no era capaz ni de disimular, ni de tomar antidepresivos… 

La presión que sentía se iba haciendo más y más fuerte y la vida ovejuna era cada vez más intolerable. No veía ni un rayito de luz en la desesperanza en la que vivía. Y así fue pasando el tiempo -no mucho tiempo, un poquito solo- hasta que un día, el día más inesperado de todos, andaban pastando en un precioso prado verde, al calorcito de un solecito suave y sin pensarlo dos veces, tan intenso era el agobio que sentía, se puso a correr y a correr… Las compañeras extrañadas le miraban correr como una posesa y la vieja oveja, presintiendo la desgracia, a pleno pulmón le gritaba: ¡Vuelve desdichada que el lobo te comerá! Todo el rebaño alborotado no paraba de balarle que volviera. El perro también la perseguía, aunque a él lo del lobo le era igual, lo que quería es que volviera al rebaño pues ahí es donde debía estar. El pastor dormía bajo un roble, como solía hacer. Sólo después, cuando despertara, se daría cuenta que la había perdido y saldría en su busca. Pero, ¿sabéis qué? Esta vez no la encontraría, nunca más.

Porque la ovejita corrió y corrió. Mejor era ser comida por el lobo que seguir con esa vida ovejuna sin sentido. Corrió huyendo y corrió buscando la verdad. Corrió porque no quería sufrir más y corrió porque quería encontrar aquello que parecía faltarle a su corazón. Corrió porque no se conformaba. Y corrió llena de miedo, miedo al lobo, miedo a morir, miedo a perder su rebaño que tanto le había protegido. Corrió con miedo, con el miedo más grande que se pueda tener, pero corrió.

Y en su galopar pasó que sin ella darse cuenta, empezó una transformación, ¡qué digo una transformación!, ¡una transmutación en toda regla! Su pelo de oveja, su hocico de oveja, sus orejas de oveja. sus ojos de oveja, no sé….., su todo de oveja empezó a despegarse de una forma rara, de una forma que parece que sólo acontece en las películas, y conforme se iba despegando de ella, iba apareciendo otro ”yo”, otra figura muy diferente…. Desde fuera, que es desde donde la mirada secreta lo veía, se empezó a intuir que debajo de lo que parecía haber sido una oveja, en realidad había…. ¡UN LOBO!

¡Dios mío! La que había parecido ser una oveja toda su vida, era en realidad un lobo. Pero eso no lo pudo descubrir mientras aceptó su condición de oveja, aquella condición que le habían hecho creer que era desde que nació. 

En su correr desesperada, se desprendió de lo que nunca había sido, y FUE, fue lo que siempre había sido.

Claro que no volvió al rebaño. Y claro que no volvió a sentir un vacío dentro. 

 Su vacío había sido creer ser lo que no era.

Y así me hace saber la mirada secreta. Sólo los valientes tienen miedo y aún con su miedo a cuestas, se aventuran a descubrir quienes son en verdad.

Dulce mirada… puro agradecimiento.

¡Feliz Ahora!

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