Cuento II. El juego del escondite

“Dichosos vosotros, porque tenéis ojos que ven…”

Mt 13,16

hoja

Era un paraje lleno de vida: árboles, insectos, hojas, montículos, verdes, ocres, olores, flores, colores, sonidos de animales escondidos. Allí estaba Dios con un niño, pasando el rato, divirtiéndose, viviendo. En éstas Dios le propuso al niño jugar al escondite, cosa que el niño aceptó de inmediato. Así que ni cortos ni perezosos, se dispusieron a ello. Pactaron que Dios se escondería y el niño, después de contar hasta 20 (no sabía contar más) le buscaría.

El niño se puso a contar de cara a un gigantesco árbol, con la carita entre las manos y los ojos cerrados: “1,…2,…3,…” Mientras Dios, que es mucho Dios, no se escondió detrás de una roca, ni debajo de la hojarasca, ni más allá de aquella hendidura -como todavía hoy muchos niños creen-, sino que en un dulce y azul estallido de Alegría, se fundió con Todo lo que allí había, impregnando hasta la más diminuta cosa de Su Esencia…

……y ¡20!”- finalizó el niño. “¡Voy a por Tí!”, dijo. Emocionado, se dispuso a buscar a Dios. Empezó buscándolo en los rincones más cercanos. Iba diciéndoLe lo cerquita que estaba de encontrarLe, mientras canturreaba, gritaba de improviso, se hacía el que ya-no-busca-más, silbaba, en fin, utilizaba mil tretas para ver si conseguía encontrárLe , o mejor todavía, coger a Dios de improviso. Pero, nada. Siguió buscándole más lejos, detrás de todas las cosas, debajo de todas las cosas, en todos los agujeros, allí donde algo puede ser escondido. Pasaba el tiempo, se agotaban las fuerzas y el niño no le encontraba.

Muchos otros niños había jugado con Dios al escondite antes que él, pero se habían cansado al no encontrarLe y habían dejado el juego. Con el tiempo, la mayoría de niños incluso se habían olvidado de que estaban jugando y habían dejado al pobre Dios escondido y no hallado. Pero este era un niño tozudo. A estas alturas del juego, empezaba a estar muy cansado y amenazaba a Dios con dejar de buscarLe. Al cabo de mucho rato empezó a decirLe que se rendía y que saliera de Su escondite. Pero ni con estas Dios dio señales de vida.

Ya se estaba haciendo de noche. El niño estaba agotado, enfadado y triste. Había pegado patadas a las piedras, había suplicado, había llorado. No Le había encontrado a pesar de que se había esforzado muchísimo en buscar. Podría haber vuelto a su vida como si nada hubiera pasado, pero no quería, o quizá no podía irse sin por lo menos entender qué tipo de juego era este que ni rindiéndose parecía acabar. Así que se dejó caer derrotado sobre la tierra húmeda. Con las mejillas sucias, el corazón vacío y la mente calladita, agotada ya de tanto pensar, se puso a remover la tierra con un palito.

En estas, vio una hormiga que acarreaba ufanamente un buen trozo de hoja sobre su cabeza. El niño se quedó extasiado frente a semejante proeza: -¡Oh! ¿Cómo puede un bichito tan chiquitín transportar una hoja que multiplica en diez su tamaño? ¿De dónde saca tanta fuerza? Es… es… ¡un milagro!- Y….¡zas! En este mismo instante la hormiga, la hojita que acarreaba y todo su alrededor se iluminó mágicamente de una luz dulce, dulce y azul, de una belleza inenarrable…. El niño, con los ojos abiertos como platos y el corazón a punto de salírsele del pecho de tan rápido que latía, se abrió la mirada y vio. Vio una abeja que mientras libaba el néctar de una flor preciosa iba acumulando en los pelillos de su cuerpo los gránulos de polen que después esparciría interminablemente por todas las flores, polinizándolas. -¿A quién se le puede haber ocurrido una idea tan fantástica? ¡Oh! ¡Esto ha de ser idea de un Genio!- Y…¡zas! La abeja, la flor y todo su alrededor se iluminó de nuevo con esa luz dulce, dulce y azul de belleza inenarrable… Y así es como el niño encontró a Dios. Fin.

niño

Durante mucho tiempo, después de haber tenido este sueño, pensé que el niño había podido ver porque se había quedado quieto, sin pretender encontrar nada, rendido y por ello se había creado en él el espacio vacío de “quereres y creeres” necesario para poder llegar a ver.

Había dejado de buscar a Dios en algún sitio, para encontrarlo en todo.

Había dejado de buscar y había aprendido a mirar.

Entonces no sabía que esto no era todo lo que el sueño quería mostrar a la Mirada. El fundamento esencial por el que el niño llegó a Ver fue descubierto por la Mirada mucho tiempo después, de forma inesperada y sorpresiva. Todavía hoy sigue derramando su fruto a ésta mirada mía. Y es que

el niño llegó a Ver porque Dios, además de desparramarse por todo, también se diluyó en él.

¿Comprendes Ahora?

¡Feliz!

P.D. Por cierto, cuando el niño creció se convirtió en un indio rastreador :)

ILUSTRACIONESWilfred  –  creativewilfred@gmail.com

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5 pensamientos en “Cuento II. El juego del escondite

  1. Rosa dice:

    Precioso, muchas gracias. Paz y bien.

  2. Anónimo dice:

    Cuando no se busca y la mente se aquieta, todo nos es revelado… pero cuan difícil es dejar de forcejear y permitir que el silencio nos susurre sus bellas palabras. Justo, ese es el punto.

  3. Jordio dice:

    boniques aquarel·les!

  4. lanur dice:

    Gràcies mirada!

    NuR*

    El 01/02/2015, a les 11:29, La Mirada secreta va escriure: > >

  5. eVa dice:

    Felicidades Mirada y a Ti, Ilustrador, por tan bella Visión.

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