La rama y el Árbol

 

Había una vez una ramita muy ocupada en ser una buena rama. Para ello, se atareaba afanosamente en que sus hojas tuvieran una espesura lustrosa, de una calidad excelente. A menudo las otras ramas alababan la espesura de su follaje, y ella se sentía muy ufana y orgullosa de sí misma -¡bien sabía cuántísimo esfuerzo le había costado dar tan buena sombra!-. También se ocupaba lo mejor que podía de sus flores. Quería que sus flores fueran radiantes, incluso -aunque eso no lo confesaba porque no estaría bien visto- hacía malabarismos para que sus flores no sólo fueran radiantes, sino que fueran las más radiantes. Tampoco es que quisiera ningún mal para las otras ramas. Habían ramas que, pobres, a duras penas tenían alguna flor raquítica. Pero había otras, especialmente una que vivía a su derecha, que eran unas engreídas y se mostraban bien erguidas, restregándo a todas las demás la belleza y la riqueza de sus flores. Ella, que quería tener flores radiantes -y ¿quién no?-, cuando lo conseguía tampoco se pavoneava de ello, aunque era evidente que en belleza casi ninguna otra rama la superaba y ¡sin hacer alarde!. ¿Se podía ser más maravillosa? Bueno, bueno. También es cierto que no todos sus frutos llegaban a buen puerto: algunos, por mucho que ella se esforzara, caían de su abrazo antes de tiempo y otros se pudrían antes de madurar. Le daba mucha rabia que las otras ramas la culparan de ello: ella se esforzaba y se esforzaba y ¿acaso no habían muchos de sus frutos que relucían en toda su madurez?. Pensaba: “las demás ramas siempre fijándose en los defectos de una… uff… como si ellas no tuvieran”.

Otras veces, la ramita se asustaba -y mucho-, cuando veía como una bocanada de viento rompía en dos la ramita de al lado, o cuando veía como el pájaro carpintero -asesino sin piedad-, se deshacía de otra compañera y ésta se precipitaba al vacío. Entonces, lloraba mucho y se enfadaba: “¿por qué tienen que pasar estas cosas tan horribles?” -se preguntaba. “Pobres ramas. ¿Qué mal han hecho ellas para tener este fín tan atroz?”

Y es que la ramita observaba y veía muchas cosas, tanto de ella, como de sus compañeras, como de la vida en general. Pero

nunca, nunca se había planteado su propia mirada. Siempre había mirado lo que tenía enfrente y lo que tenía a los lados. Pero nunca había mirado lo que tenía detrás ni lo que había dentro suyo…

Porque si hubiera mirado lo que tenía detras, hubiera descubierto el Árbol.

Y si hubiera mirado dentro, hubiera descubierto la Savia…

Hasta la ramita más pequeña es el Árbol. Cuando la rama deja de vivirse como algo separado, se conoce como lo que verdaderamente es. Sigue siendo ramita, pero le abandona la idea de separatividad. Ve todas las ramas y sabe que todas son Árbol.

Se conoce Árbol. Se vive Árbol. Se entrega a esa verdad y se olvida de ella: aún siendo ramita, ya no es una ramita, sino Árbol en forma de ramita.

Y deja que sea el Árbol el que se encargue de todo -(siempre fué el Árbol el que se encargó de todo, pero ella no lo sabía y se esforzaba por crecer, por florecer, por dar buenos frutos)-.

Ya no se piensa ramita. Y como el Árbol se encarga de todo, de hecho ya no piensa. Ni siquiera ve diferencias entre ella y las otras ramas. ¿Cómo va a haber diferencias entre ella y las otras ramas si ella Es el Árbol? ¿Cómo va a haber diferencias entre ella y las otras ramas si las otras ramas Son el Árbol? El Árbol se expresa en millares de diferencias. Eso sí. Todas, expresiones del Árbol.

De su ramita, han caído las preposiciones relacionales.

Ahora la ramita sólo atestigua con sorpresa infinita cómo crecen las hojas (que ya no son “sus” hojas), cómo brotan las flores (que ya no son “sus” flores), como resplandecen los frutos (que ya no son “sus” frutos).

De su ramita han caído los adjetivos posesivos.

Eso es lo único que hace. Atestiguar el milagro de la Vida en ella. Tal cual es. Sin atributos.

Y la Vida que es ella y pasa a través de ella, la Savia, es fuente de vida a su vez… eternos fractales de lo eterno.

Cuando la ramita mira detrás, vé que ella y todas las ramas son un sólo Árbol.

Unidad de lo manifestado.

Cuando la ramita mira adentro, profundamente adentro, vé que es savia. La misma savia del árbol y de las ramas y de las raices y de las hojas y de las flores y de los frutos. Una sola savia.

Uno, en lo inmanifestado.

Eso es lo que ve la mirada secreta. Siempre vuelta hacía adentro para ver la corriente, y hacia atrás para ver la Fuente.

Y así es como lo vive la ramita desde el silencio del yo inventado.

¡Feliz Ahora!

fotos cedidas por ikibcn. gracias!

 

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6 pensamientos en “La rama y el Árbol

  1. ikibcn dice:

    Ahora estas ramitas son mi fondo de pantalla en el movil. Porque me gustan y porque así no se me olvida el contenido de esete post. Y cada vez que desbloqueo el movil sonrío :)

  2. Eva dice:

    Vaya!! Que cuento mas inspirado. Es una metáfora muy chula y original para comprender nuestra verdadera naturaleza.

  3. Montse dice:

    Preciós!
    Qué maravilla cuando la rama puede ver que en esencia ella es también esa savia de Vida que nunca muere :-)

  4. Cyntia dice:

    Preciosa y potente historia! Gracias mirada por dar luz y ampliar nuestra estrechita mirada! Da mucha paz verse ramita y dejarse ir… y si… puedes sentir entonces a las otras ramitas como parte de lo mismo…
    Pd: me gusta mucho eso de ser un fractal de lo eterno! Me encanta esa visión ;)

  5. Muy bueno :)

    ¡Feliz ahora!

  6. Sara dice:

    Que metáfora más bonita !!!….. da paz saber que hay un gran árbol siempre detrás de ti y que todos vivimos en él y con él. Me lo recordare cuando insista en lucir mis flores.
    Muchas gracias

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