Ni creer para ver, ni ver para creer

La creencia no es el principio, sino el fin de todo conocimiento

Johann Wolfgang Goethe

Hoy me he enfadado con mi hijo. Le dejé el coche para ir a la ciudad. Le pedí que llevara monedas para pagar el aparcamiento y evitar la multa. Pero cuando ha vuelto de la ciudad, volvía con la multa puesta. El creía que llevaba monedas y en el momento de la verdad, no tenía dinero.

Me he enfadado porque creo que es un irresponsable. Me he enfadado porque creo que yo le ayudo en todo y por una cosa que le pido, podría por lo menos cumplirla. Me he enfadado porque si él tuviera que pagar la multa, seguro que se habría esforzado más en evitarla. Me he enfadado porque no respeta las reglas…

Por otro lado, mi hijo creía que llevaba monedas encima…

¿Qué es lo que verdaderamente ha pasado? ¿Qué es lo que es cierto? Lo que es verdadero es que ninguna de estas creencias es cierta. Mi hijo no es un irresponsable, ni tampoco deja de cumplir lo que se le pide, ni hubiera sido diferente en el caso de que él tuviera que pagar la multa, ni es un joven que no respete las reglas. Ni llevaba monedas encima.

¡Ninguna de las creencias que hemos tenido es cierta! Lo único verdadero es que a la hora de pagar el ticket de estacionamiento, no tenía dinero. Es lo único verdadero porque es lo que ha sucedido. Es lo único verdadero, porque es experiencial y no pensado.

Sin embargo, me he enfadado con él y él se ha sentido muy mal. Por algo que nos puede pasar a cualquiera en cualquier momento. Y nos hemos sentido así porque nos hemos dejado llevar por nuestras creencias: creo que….

No nos damos cuenta pero la mayor parte de nuestros pensamientos, emociones y comportamientos están generados por creencias,

por presupuestos mentales que los vivimos como ciertos sin haberlos comprobado nunca. Incluso en muchos casos, esas creencias (“creo que” o “creo en”) ni siquiera sabemos que las tenemos.

Nos hemos acostumbrado a funcionar por lo que pensamos y no por lo que experienciamos.

Incluso nos vivimos a nosotros mismos por la idea que tenemos de nosotros y no por lo que hacemos. Nos puede más lo que creemos que buscar la evidencia directa.

Hace unos años me pareció haber tenido una revelación cuando descubrí que para ver algo directamente, para vivir algo con la evidencia de la visión directa, primero tenía que creer que aquello era posible. Había descubierto que no hacía falta que viera para creer, sino que podía creer y entonces, acabaría viendo.

Ahora me doy cuenta (que es a lo que yo llamo “ver” :)) que ambas son falsas.

Puedo vivir sin creer en nada y eso es una gran liberación. Es una enorme liberación que me empuja a vivir espontáneamente, sin caminos trazados.

Vivir sin creer en nada me permite mirar con mirada nueva, descubrir por primera vez.

Vivir sin creer en nada transforma mi mirar astuto en una mirada inocente y limpia.

Pero ¿por qué iba a querer vivir sin creer en nada? Porque

no hay ni una sola creencia que sea cierta.

Y eso es así porque las creencias son ideas, teorías, productos mentales no comprobados. Y sin embargo, aunque no haya ninguna evidencia real de la verdad de una creencia, aunque sea una mera interpretación o especulación, son las creencias las que nos dirigen. Incluso podemos matar por ellas.

Algunos hablan de creencias limitantes, o de creencias irracionales. La mirada secreta no ve excepción alguna:

todas las creencias son limitantes, todas.

Y son limitantes por dos razones: una, la creencia que compramos excluye cualquier otra posibilidad, por lo tanto me limita; dos, la creencia que compro impide que vea directamente. Funciona como un filtro que se interpone entre la mirada y la realidad. Por eso todas las creencias son limitantes.

Puede ser que algunos lectores se sientan mal al leer esto. Nos identificamos con las creencias: yo soy de tal país (y por lo tanto me excluyo como ciudadano del mundo -o sí, del mundo si que soy ciudadano, pero del pueblo vecino, no..-); yo soy “creyente” (¡Dios mío! ¡qué paradoja!); yo creo en ti (ósea, en la idea que tengo de ti, que antes o después caerá…); yo creo que todo esto no es cierto (¿y de qué te sirve? ¿te ayuda a ver la realidad?)

No creamos en nada. Dejemos que sea la mirada secreta, la mirada limpia de cualquier prejuicio que mire. Y sorprendámonos del milagro de la Realidad. Este es el único camino a la Verdad.

Y alguien me podría preguntar ¿no es acaso esto una creencia más? Para quien no lo ha visto directamente, sí. ¡Así que no te lo creas! Mira directamente, hasta que veas. Entonces vivirás de evidencias, que aunque no puedas explicar, serán transparentes. Entonces no habrán dudas. Ni querrás convencer a nadie. Cada nuevo descubrimiento será un regalo que te sorprenderá. Tu mente se sorprenderá. Cada nuevo descubrimiento ensanchará tu mirar.

La creencia excluye todo aquello que está fuera de ella. La verdad todo lo incluye. Nada hay fuera de ella.

Ni ver para creer. Ni creer para ver. No necesitamos creer.

La Verdad está frente a nuestra mirada. Abramos los ojos.

¡Feliz Ahora!

Dedicado a mi hijo pequeño, viendo juntos desde el más grande amor…

 

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Un pensamiento en “Ni creer para ver, ni ver para creer

  1. Alberto dice:

    Sin creencias lo que acontece es único, nuevo, irrepetible…
    Pero no te lo creas!!,
    sólo déjate acompańar de la Mirada :))

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