Abre los ojos

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De cierto os digo: Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Mt 18, 3

Cuando yo era muy peque, mi vida era un sinfín de novedades: nuevas personas, nuevos sitios, nuevos animales, nuevas experiencias. Sin habermelo propuesto, vivía descubriendo. Mi actitud estaba abierta, mis ojos estaban abiertos, mi corazón también. El mundo era imprevisible. La vida era nueva a cada instante. Pasaba  en segundos de la risa al llanto, de estar enfurruñad@ a bailar de alegría.

Cuando me despertaban por las mañanas, cualquier cosa que vieran mis ojos todavía adormilados era una joya, una maravilla digna de ser estudiada minuciosamente. Un pie, una mano, el dibujo que la luz reflejada proyectaba en el techo, el dibujito de la sábana…

Y de repente, unas inmensas manos me cogían y me sacaban de la camita. Entonces…. volabaaaaa durante un instante y después de mil movimientos extraños, con ropita y oliendo a colonia…. a desayunar…. mmmmmmm. Y esas manos gigantes me embutían el abrigito, el gorro, la bufanda (“que me ahogoooooo”) y los guantes y………fffffliiiiiiiippppppp…. a ver a mis abuelitos.

¡Que buen olor! ¡Que sonrisa tan bonita! ¡Que dulce abrazo! El amor brotaba incontenible de mi corazón pequeñito y la alegría de vivir, -sin saber, sólo sintiendo- me hacía vibrar de felicidad. De nuevo, mi atención se posaba en cualquier cosa, plena, descubriendo infatigablemente.  Y de repente, fffffffffllllliiiiiiiiippppppppp…. la mano me volvía a coger, me volvia a poner el abrigito, el gorro, la bunfanda (“socoooorrrroooo” jejeje) y los guantes y a la calle….

Cuando yo era peque, no era yo quien llevaba las riendas de la vida.

La vida era imprevisible…

fffffffffflllllllliiiiiiiiiippppppp

Y tenía una confianza total en la mano que me llevaba de un lado a otro. Y cada segundo era nuevo. Y mis ojos estaban abiertos para captar la novedad.

Cuando yo era peque, mi verdadera tarea era descubrir,  porque nada sabía.

Cuando yo era peque, vivia lo que el momento traía -si me ponía triste, lloraba y si me alegraba, reía-. No había nada más. La memoria aún no me había hipnotizado…

Y ahora que soy mayor, la vida sigue siendo imprevisible.

Y sigo sin llevar las riendas de la vida (aunque me he creído tontamente ser el conductor) y ffffflllllliiiiiiiippppppp… la vida me lleva.

Y no tengo miedo porque confío plenamente en el “conductor”  (¡no me queda otra! :);

con los ojos abiertos pues TODO es nuevo a cada instante, y si no lo veo es porque he cerrado los ojos;

y sigo sin saber nada, descubriendo lo que cada momento me puede mostrar;

plenamente en el ahora pues es todo lo que hay, sin vivir el momento que fué o el que será.

Y si hay algo que pueda pedir, es seguir:

con los ojos abiertos, descubriendo y viviendo a cada instante, con plena confianza.

No quiero nada más.

No necesito nada más,

porque

el Reino de Dios ya está entre vosotros.

Lucas 17, 20-21

No hay nada más que pedir. La mirada secreta siempre está aquí para todos.

¡FELIZ AHORAAAAAA!

ffffliiiiiiiiiiipppppppppppppppp

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