La noche sin luna

     La verdad está en el descubrir y no en lo descubierto.
Sri Nisargadatta
Andaba una tibia noche de invierno con el corazón tranquilo y la mirada serena, paseando bajo un cielo que de tan negro sólo podía intuirse por la refulgente belleza de los millones de estrellas que en él reposaban.
A mis pies, el silencio de unos pasos sobre la oscuridad hecha de arena.
Ni el más leve sonido. Tan grande era el silencio que por primera vez me parecía oir el tintineo de las estrellas.

Desde aquella noche, a veces puedo oir la melodía susurrada que hace la luz en su interminable viaje por los universos y que, de tan rápido que viaja, pareciera no moverse y de tan silenciosa que anda, pareciera no tener voz…

Subíamos lentamente por la duna más alta a la más alta cima que, en aquel momento, el lugar nos daba. Mi pareja abría la marcha, su sentido de la orientación nos hacía de guía. Yo le seguía  con la pequeña linterna blanca, los pequeños miedos y un deseo de alabanza a la belleza que allá nos esperaba.

Silencio. Paz. La noche nos envolvía con su manto de oscuridad, devolviéndonos el anonimato, olvidados de nosotros mismos.

Todo era grande allí. Todo menos nosotros. Nosotros éramos tan pequeños que no nos atrevíamos ni a molestar un poco. Por eso, nuestro silencio. Y los pasos tenues sobre la arena.
Llegamos a la cima. Su perfil era tan afilado que nuestros pies resbalaban continuamente, ahora por la vertiente derecha, ahora por la izquierda. No era fácil caminar a oscuras sin perder el paso. Los pequeños miedos andaban pensando que si la vertiente fuera muy empinada, podíamos caer rodando hasta abajo. Pero los pequeños miedos no importaban.
El corazón henchido de silencio -intuyendo un no-sé-qué de grandeza, de sacralidad-, no quería cambiar nada y eso daba profunda paz.
 ¿os he dicho alguna vez que el silencio llena?
En un punto concreto de la carena, allá donde mi guía sintió como el mejor punto, nos tumbamos. Recuerdo que tuve que construir con los pies un buen murito de arena que sirviera de palanca sobre la que afianzarlos para no deslizarme hacia abajo sin remedio. La cabeza reposando sobre  la arena de la cima más alta que, en aquel momento, el lugar nos daba. Y los ojos abiertos, abiertos como platos a la noche más esplendorosa que nunca antes contemplaran.
Eran tantas las estrellas, se veían tan cercanas. Unas brillaban mucho. Otras apenas brillaban. Pero todas eran estrellas. Todas y cada una, bellas. Y me pregunté por qué algunas parecían no brillar…
Fue en ese momento que la mirada secreta me llevó de nuevo a ver lo nuevo una vez más:
Todas las estrellas eran bellas. La belleza de una estrella no robaba ni un quilate de belleza a las otras, pero sí que añadía belleza al firmamento total.
Y eso de que pareciera que una estrella no brillaba, quizá era porque estaba muy lejos de donde yo me hallaba, o quizá era yo la que estaba lejos de donde ella brillaba.
Igual que las personas. Igual…

Silencio.
Contemplación.
Y llegó un momento en que ya no vi más las estrellas sino un inmenso negro detrás de ellas.
Vacío negro sosteniendo a cada una de ellas.
Cielo negro profundo.
Era negro. Era vacío. No lo podía ver. No podía ver de qué estaba hecho ese cielo. No podía ver sus límites, ni su forma. No lo podía entender. No lo podía conocer..
Y entonces me golpeó la mirada en el centro de mi pecho, al darme cuenta que ¡era ESO lo que me conmovía!
Lo que realmente me conmovía era aquello que no veía, aquello que intuía sin ver.

El profundo negro vacío infinito era lo que me estremecía, era lo que sobrepasaba mis sentidos, mi razón, y me dejaba en un estado inmensamente profundo de quietud, de silencio, de paz, de belleza, de libertad, de amor

Algunos buscamos el verdadero amor. Otros la verdadera libertad. La verdadera paz. La belleza verdadera. La sabiduría verdadera. El verdadero Dios. La verdadera Realidad. No importa…
Los que amamos la Verdad, removemos inquietos cualquier rincón conocido en su búsqueda. Levantamos todas las piedras para ver si la Verdad se haya escondida debajo.
Saltamos de práctica en práctica, de maestro en maestro, de teoría en teoría  Tal es nuestro afán de hallar la Verdad. Leemos los libros que nos aseguran que entre sus palabras aguarda la Verdad ser encontrada.
Tratamos de ser diferentes, más buenos, más sabios, más justos, para así hacernos merecedores de la Verdad.
Y cuando no conseguimos cambiar o prácticar, nos sentimos culpables.
Y todo eso nos pasa porque
creemos que somos nosotros quienes tenemos que encontrar la Verdad
Creemos que la Verdad es una “cosa” que está en algún “sitio”.
Creemos que hay personas que ya han encontrado esta “cosa” y que la llevan en el bolsillo de su pantalón.
Creemos que como ya la tienen, quizás nos la pueden dar a nosotros que todavía no la hemos encontrado o, por lo menos, enseñárnosla como se enseña una nueva posesión.
guárdate de aquel que dice haber encontrado la Verdad, y que te promete que según lo que hagas, te la va a dar a ti también
Eso es, creemos que la Verdad es un objeto que puede llegar a poseerse. Y como no sabemos qué aspecto tiene, buscamos a ciegas.
Y es que nuestra mente, dueña y señora de nuestra vida, busca la Verdad como buscaría cualquier otro objeto perdido. Y nosotros no nos damos cuenta de que la Verdad ni es un objeto ni está perdida.
… mientras, la Mirada Secreta sonríe dulcemente, como suele sonreír la madre que juega con el niño a “frío frío, caliente caliente”.
La Mirada sabe que allí donde el ser humano busca la Verdad, allí no está.
Sabe que la Verdad no está en ningún “sitio”.
Sabe que nadie nos la puede dar, porque ninguna persona la “posee”.
La Verdad no se puede ver.
La Verdad no tiene contrario. No se puede acotar -esto es verdad y esto no es verdad-.
La Verdad no se puede atesorar.
La Verdad no se puede dar.
La Verdad no se puede retener, no se puede guardar.
La Verdad no se puede coleccionar.
La Verdad no se puede poseer.
La Verdad no tiene dueño.
La Verdad no tiene límites.
La Verdad no ocupa espacio alguno.
No se puede ir a la Verdad.
La Verdad no tiene casa.
La Verdad no tiene cara.
La Verdad no puede ser conocida.

Más cuando nos damos cuenta de Ella, todo nuestro ser se estremece.
En quietud sagrada. En silencio reverente.
Como en la noche sin luna del desierto.
Como la luz en su infinito y eterno viaje.
¡Feliz Ahora!
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5 pensamientos en “La noche sin luna

  1. ikibcn dice:

    La Verdad me cortocircuita O_O

  2. Irene dice:

    No hay una verdad. Cada uno tiene la suya. Esa es nuestra autentificación, lo que nos hace casi únicos. Pero, ¿y si no te queda más remedio que secundar tu verdad porque la verdad de otros es la imperante? Como si vivieras con tus padres y tuvieras que vivir con su manera de vivir y no poder hacerlo con la tuya. Una respuesta puede ser: paciencia; otra puede ser: lucha. Pero a mí, ahora mismo, sólo se me ocurre: resígnate.

    • Hola Irene. Cuando tu dices que las cosas son de una manera y el otro dice que son de otra, lo único que ocurre es que o bien estáis viendo lo mismo pero desde distintas perspectivas o estáis viendo dos cosas diferentes. Un abrazo grannnnde.

  3. Alberto dice:

    La mirada me regala una nueva perla de sabiduria, tan inspirada, tan bella, tan ‘verdadera’ que me conmueve y acaricia el corazon.
    Puede entender el grano de arena la inmensidad y magnificiencia de la estrella?
    Puede la estrella distinguir el suave reflejo que titila en el diminuto trozo de arena?
    Y mi persona, puede atisbar la infinitud
    de la Verdad?
    Gracias por ensanchar mi mirada
    con la Miradasecreta….

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