La linterna en el bosque. Del hacer al ver

                           Aquiétate y sabe…
       Salmo, 46:10
Hace un tiempo andaba por la consulta un anhelo de saber explicar de alguna forma lo que en ella se hacía.
Ya no podíamos decir que hiciéramos algún tipo de terapia, simplemente porque nuestro objetivo no era el cambio (y todas las terapias buscan el cambio).
El cambio podía llegar a ser una consecuencia, pero nuestro objetivo en sesión era – y sigue siendo- la comprensión.
Ahora tengo las palabras para explicar lo que hacemos, pero entonces no las tenía, porque aunque trabajábamos así, mi mente todavía no lo podía expresar con claridad.
Y es que la mente no es la primera en enterase de las cosas. Pensamos que la mente está en el “top ten”, pero a la hora de comprender, suele ser la última en enterarse. Esto lo sé porque a veces veo de refilón un rayito de comprensión, tan de refilón que mi mente no lo puede aprehender. Es aquella sensación de que “me ha parecido ver, pero no estoy seguro”. Al cabo del tiempo, a veces incluso años después, un día mi mente comprende claramente aquello que a duras penas intuyó, como si se hubiera hecho un proceso de comprensión dentro sin que haya tenido conciencia de ello (un proceso que podríamos comparar con la digestión, pero en vez de alimentos, comprensiones :).
Como os iba diciendo, un día vino a la consulta un joven de aspecto fluido y mirada inocente que, sin mucho preámbulo, me pidió que definiera a qué escuela pertenecía y qué tipo de terapia haríamos. Fue la pregunta tan directa y la respuesta tan escondida, que la mente se paró.
Cuando la mente no logra entender algo, o no encuentra respuesta a una cuestión, se cortocircuita y entra en un estado de perplejidad muda. A la mirada secreta le encanta este estado mental y suele aprovecharlo para colarse y dejarte vislumbrar algún destello de verdad.
 
¿Cómo explicarle al hombre joven que tan atento esperaba una respuesta, lo que hacíamos en sesión si ni yo sabía explicármelo a mi mism@?
Empecé a hablar sin saber hacia donde me conducían mis palabras…
La mirada secreta es siempre sorpresiva y nueva. La mente no puede anticipar lo que la mirada nos va mostrando.
Imagina que vas por un bosque. Es noche cerrada. Gracias al cielo, llevas en la cabeza una pequeña linterna que te permite ver algo del camino por el que transitas. “Voy a ir por aquí que parece que el camino es más fácil” Sigues caminando y al rato te encuentras con un obstáculo que te impide seguir. Paras e inmediatamente empiezas a pensar qué hacer para vencer el obstáculo.

El bosque está muy oscuro. Sigues pensando… Puede ser que se te empiecen a ocurrir posibles soluciones… “Podría escalarlo, pero es demasiado alto” o “no sé escalar”… “Podría hacer un agujero por debajo, pero eso me llevaría mucho tiempo…” Igual, si estas muy desesperado, le pides consejo a algún amigo de confianza. Y él también te dice lo que puedes hacer “¿por qué no tratas de saltar por encima del obstáculo con una pértiga?”. Y tu lo valoras, en tu cabeza manejándose todas las posibilidades. “¿Qué hago? ¿Qué hago?”

 Es lo que solemos hacer cuando nos enfrentamos a alguna dificultad: ponernos a pensar sobre qué podemos hacer para solucionar la situación. Creemos que la solución está en el hacer.
 
Y de repente cae un rayo del cielo. Por un instante todo el bosque se ilumina. Gracias al cielo tu en ese mismo instante tenías los ojos abiertos. Y ves. Ves que el obstáculo que tienes delante sólo tiene unas docenas de metros de ancho y que vas a poder bordearlo sin problemas. Lo ves con total claridad. La opción se ha presentado de golpe, con la misma rapidez con la que el rayo ha iluminado el bosque. Puede ser que todo vuelva a estar a oscuras, excepto lo que ilumina tu linternita, pero sabes perfectamente lo que has de hacer. Te pones a bordear el obstáculo. Quizá aquel compañero que te aconsejó te advierte que te estas equivocando. Pero tu sabes porque has visto.
 
No nos damos cuenta que vamos caminando por el bosque de la vida con nuestra pequeña linterna en la frente, y que todo lo que nosotros vemos y cómo lo evaluamos depende en primera instancia de la potencia de nuestra luz. Al no darnos cuenta, estamos siempre concentrados en lo que hemos de hacer y en cómo lo hemos de hacer, creyendo que así vamos a ir encontrando las soluciones. Y seguro que encontramos soluciones. Pero imaginemos por un momento que en vez de invertir toda esa energía e inteligencia en pensar qué hacer, la invertimos en ampliar nuestra luz, nuestra comprensión. Imagina que pones toda tu atención en ver más y más claramente, directamente, sin pensamiento, sin ningún proceso mental, desde el silencio de la mente. Cuando ves, como le sucedió a nuestro protagonista en el bosque, no hay dudas, la evidencia es completa y los pasos se hacen sabios de forma natural.
Eso es lo que nos enseñó la mirada secreta aquel dia: cuando vemos, el hacer es espontáneo y sabio.
¡Feliz Ahora!
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Un pensamiento en “La linterna en el bosque. Del hacer al ver

  1. Carmen dice:

    ¡Gracias, mirada secreta! ¡Cuánto me estás ayudando a empezar a ponerme en disposición de “comprender”!
    Carmen

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