Somos Uno

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“Este mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros.  Así como yo os he amado, también vosotros debéis amaros unos a otros.”

Juan 13:34

Lo que le ocurre a la “gente” no nos suele importar mucho, mas allá de ser un impacto de corta duración, una anécdota que contar o una excusa para hacer crecer la importancia de uno mismo ( -yo esto nunca lo haría-,  -¡qué bárbaros!-, etc).

La “gente”. Que palabra más extraña. Viene definida por el diccionario como “pluralidad de personas” y pluralidad quiere decir “multitud”. Lo que llamamos “gente” es una masa de muchos, una masa informe en la que no hay individualidades, no hay personas concretas. Continuamente hablamos de la gente como si fuera algo ajeno a nosotros. Por eso, lo que le ocurre a “la gente” lo vivo muy diferentemente a lo que me ocurre a mi o a personas que yo conozco. Lo que le ocurre a las personas que conocemos si que nos afecta.

¿Por qué? Y la mirada secreta me insta a que investiguemos un poco. Me hace ver que

la afectación es mayor conforme es mayor el conocimiento que tenemos de los demás.

Por ejemplo, si durante un tiempo conviví con una familia de otro país, les conocí y llegué  a estimarlos, una noticia sobre ellos o incluso su país, me afectará de forma muy muy diferente que si no les conociera. Ya no son “gente” para mi. Son “personas”. Así que el grado de afectación por lo que le ocurre al otro depende del grado de conocimiento personal que tengo de él, y eso es así porque

el conocimiento del otro despierta en mí el amor hacia esa persona.

Nos es muy difícil amar aquello que creemos que no conocemos. Pero al conocer, puede ser que sintamos amor y al sentirlo, entonces ya no podemos obviar el dolor del otro o su alegría. Cuando amo, lo que le sucede al otro me impacta a mí, tiene que ver conmigo, no me puede ser ajeno. Y

cuanto más profundamente conocemos a alguien, más amor sentimos.

El amor es la conexión que me une al otro. Me une. Me hace sentir UNO con el otro.

El amor me moviliza por dentro y por fuera. Me coloca en un lugar diferente, un lugar del que brotan la generosidad, la compasión, la bondad, etc. Pero ¿qué pasa con todas los otros millones de personas que no conozco y por lo tanto no amo? Pues lo más probable es que sigan siendo “gente” para mí y, por ello, sigo estando colocado en ese estado de indiferencia…

Pero la mirada secreta sabe de la ceguera de la mente humana y me zarandea para que abra el ojo a la verdad, a la verdadera realidad, diciéndome

¿No te das cuenta de que CONOCES A  TODOS Y CADA UNO DE LOS SERES HUMANOS del planeta?

No conoces sus nombres, su idioma, su historia, sus gustos. Pero conoces sus anhelos, porque sus anhelos son los tuyos. No es que sean iguales que los tuyos, sino que son exactamente los tuyos: el anhelo de paz, de amor, de libertad, de felicidad.

Conoces sus sentimientos, porque sus sentimientos son exactamente los tuyos: su alegría es exacta a tu alegría, su tristeza es tu tristeza, la misma. Igual que su miedo, su tranquilidad, su desesperación, su afecto, su cariño, su odio, su bondad.

Conoces sus preguntas más profundas, porque sus preguntas son las tuyas: ¿quién soy? ¿Por qué he nacido? ¿Qué hay detrás de la muerte?

Conoces al otro en su humanidad porque es tu humanidad.

Lo que te diferencia del otro es circunstancial,

el ser humano que es cada uno de los millones de personas que hasta ahora has vivido como “gente”, eres tú.

Así de profundamente les conoces. Tan profundamente como te conoces a ti. Date cuenta de ello. Urge que te des cuenta. Porque cuando te des cuenta, ningún ser humano te será indiferente porque a todos conocerás tanto como te conoces a ti mismo. Y es así como amarás a todos. Este es el “como” de Jesús. Si. Somos Uno.

¡Feliz ahora!

El silencio de mí

imageEn el silencio del yo cabe lo que tenga a bien la Verdad

La mirada secreta

Queremos convertirnos en maravillosos seres humanos y para eso queremos un cuerpo hermoso y una personalidad digna de admiración. La pregunta es ¿por qué? Pues por lógica diría que no nos creemos maravillosos. Y, como los niños, me surge otra vez ¿por qué? ¿Por qué no nos creemos maravillosos?

El otro día en un programa de televisión vi las imágenes de las actrices que, en los años 80 eran consideradas las más bellas. La mayoría casi no tenían pechos y sus piernas, hoy en día, se hubieran considerado gordas. Y fueron ¡chicas Bond! Queremos un cuerpo hermoso sin darnos cuenta que, por un lado, no sabemos lo que es la Belleza y por el otro, esa “hermosura” que buscamos es fruto de una moda pasajera, de un condicionamiento. Creemos que estamos decidiendo desde la libertad y no nos damos cuenta que nuestras mentes están programadas, y que en nuestros deseos y acciones no hay libertad ni verdad. Y seremos capaces hasta de pasar por el quirófano si es necesario, para conseguirlo.

Y respecto a la personalidad pasa lo mismo que con el cuerpo. Hace unas décadas, una personalidad admirable estaba ligada a parámetros de obediencia, perseverancia, lealtad, humildad y paciencia. Ahora la personalidad estrella es la que demuestra independencia, inconformismo, rapidez, seguridad, ambición. De nuevo, modas que no contienen verdad precisamente por su superficialidad pasajera. Y de nuevo, somos capaces hasta de ponernos en manos de los terapeutas para “arreglar” nuestra personalidad.

¿Por qué queremos ser de otra manera?

Hace un tiempo, le hice esta pregunta a la mirada secreta y ella me contestó con otra pregunta:

¿querrías cambiar tu cuerpo o tu personalidad si estuvieras en una isla desierta?…

¡Ah, la mirada! Esta pregunta me hizo ver muchas cosas. Vi con claridad que

quiero cambiar para que los demás me vean de otra manera.

No quiero cambiar por mi. Eso que dicen que la operación o la terapia enfocadas al cambio se hacen con el objetivo de aumentar la autoestima… Uff. Ese tipo de autoestima de auto no tiene nada más que vernos valorados en los ojos de los demás. Así que lo que estamos buscando realmente es que los demás cambien su mirada respecto a nosotros. Y lo buscamos tratando de cambiar nuestra apariencia, tanto física como comportamental. Creemos que si lo conseguimos, nos querrán más. Y quizás sea así. Pero ese amor que hemos conseguido, ¿a qué va dirigido? ¿a nosotros o a la nueva apariencia? Y si vemos que va dirigido a la nueva apariencia, ese amor ¿nos llenará?

No hace falta ir a una isla desierta para comprobar que lo que nos preocupa es como los demás nos ven. ¿Cómo estoy conmigo cuando estoy en soledad? ¿Me preocupo de cómo me ha quedado el pelo hoy o de que me he levantado de mal humor? ¿Me preocupo por mi inseguridad o por tener la nariz un poco grande? ¿Qué hago con mi pelo, mi nariz, mi mal humor o mi inseguridad cuando estoy en soledad? Pues lo más probable es que no haga nada, que ni siquiera “me piense” y me dedique a ser simplemente quien soy sin proponermelo, sin esfuerzo. Libre de mi yo pensado.

Alguien diría que hemos de ser así y así y asá porque vivimos en sociedad. Lo que mi querida mirada secreta me enseña es que yo no soy de ninguna manera, que

cualquier definición viene por comparación,

y que

todos somos recipientes de vida y que la forma del recipiente no importa.

Muchos líos y sufrimientos vienen de creerme que soy de una forma concreta y quererla cambiar. La paz interior que anhelo y que busco en el reflejo de la mirada ajena, no me la va a dar la valoración que los demás hagan de mí, ni siquiera una “buena” valoración propia, sino el silencio de mí. En el silencio de mí, nada quiero cambiar porque al no pensarme, nada juzgo de mí.

En el silencio de mí encuentro la paz y se abre el espacio para que el Amor pueda brotar desde el centro y pueda llegar el día en que también deje de pensar en los demás y de juzgarles…

De hecho, la mirada secreta escribe cuando hay el silencio de mí. Aquí encuentra este yo desocupado y puede utilizarlo.

El yo poco ha mejorado estos años, pero al estar vacío de mí, la mirada secreta lo ha tocado. Y ¡ay, amigos! Cuando es la mirada la que toca, ¡que bella es la melodía, que plenitud sin fronteras! ¿Será Aquí donde vive la Belleza, la Libertad y el Amor?

¡Feliz Ahora!

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La formación de un pensamiento

foto-pensamientoLa sabiduría hace su trabajo cuando el pensamiento calla.

La mirada secreta

Silencio.

Dime mirada secreta, ¿de dónde salen los pensamientos? Porque en el silencio de tu presencia, veo las cosas que piensa la mente y me doy cuenta de que ni las he escogido yo ni sé de dónde salen.

Yo no elijo los pensamientos que tengo

Y sin embargo, hasta ahora los había tomado como míos y les había hecho mucho caso. Tanto caso que de hecho, esas cosas que son los pensamientos eran mis jefes, quienes llevaban las riendas. Los pensamientos llevaban las riendas de todo. De todo: de las decisiones que parecía que tomaba yo… de los juicios que parecían mios… de las emociones que parecían mías… de los recuerdos que parecían míos… de los deseos que parecían míos… de los temores que parecían míos… de mi persona… de mi vida.

Lo que pensaba la mente llevaba las riendas de todo.

Hasta que en tu silencio, dulce mirada, me di cuenta de que los pensamientos no son míos porque yo no los he escogido. Si los pudiera escoger ¡qué pensamientos más bellos tendría! Sólo tendría pensamientos llenos de amor, de felicidad, de belleza que irían siempre a mi favor, a tu favor. Pero ¡que va! Son tantos pensamientos cada día, tantos y tan variopintos.

Bueno. Pues si no son mios, ¿por qué voy a seguir obedeciéndolos? ¿Puedo vivir sin hacer caso a los pensamientos?

En los primeros tiempos pensaba que eso era imposible. Pero, claro, todavía no había visto que eso -pensar que era imposible- también era en sí un pensamiento.  Cuando vi que estaba pensando sobre los pensamientos me quedé en un estado de perplejidad tan grande que se me cortocircuitó la mente. Y ahí es cuando sucedió…

Desde el imperturbable silencio que tanto arropa al alma en su periplo, andaba un buen día la mirada secreta en su quietud infinita, haciendo un tour turístico por los miles de caminitos y rincones neuronales que entretejen y estructuran el palacio mental (mmmm, quizás sería más adecuado llamarle “museo” en vez de “palacio”, porque todo allí es un poquito viejo). La mirada secreta, como siempre, observaba virgen de conocimiento alguno. Y vio de donde surgen los pensamientos.

… Era como un magma indiferenciado de materia extraña. Un magma muy espeso, como un mar de lava. A veces brotaban burbujas desde el fondo hacia la superficie de la mente. Unas eran grandes y otras más pequeñas. Era impredecible saber por donde saldrían. Y algunas de ellas se inflaban cada vez más hasta que la tensión que soportaban las hacía estallar. ¡Pam! Y ese estallido era una impresión mental, lo que llamamos un pensamiento…

Después de aquella visión tan vivida como el aire que respiro, la mirada me ha seguido enseñando como se construyen los pensamientos.

En el momento del estallido, el cerebro registra esta impresión, este pensamiento que todavía no se ha formulado en lenguaje alguno pero que ya se sabe lo que va a decir -como cuando llega alguien conocido con cara de pocos amigos y tu levantándole la mano, le dices que no te diga lo que ya sabes que te va a decir-.

El siguiente paso en la formación del pensamiento es ponerle palabras, lenguaje. Eso sucede por aprendizaje. La impresión puede ser una y la interpretación de esa impresión podría ser muy variada. Según la programación mental de cada uno, esa impresión primera es traducida a un lenguaje concreto y ¡ya está! Ya tenemos el pensamiento totalmente formado.

Bueno, aunque suene extraño, así me lo hizo ver la mirada secreta. Así lo vivo ahora. Y lo que sucede es que cuando siento esa burbuja que estalla, esa impresión mental, en vez de dejar que siga su curso y que se formule en palabras, si le veo cara de pocos amigos, le “levanto la mano” y le digo “hasta aquí has llegado”. Realmente siento que ahora dejo a los pensamientos con la palabra en la boca.

La sorpresa es que, conforme he empezado a mandar yo, el reinado de la mente es cada vez más débil. Digamos que la burbuja ha de ser realmente grande para que me abduzca.

La libertad de vivir desde otro sitio se hace cada vez más presente. Y con ella, viene la paz, se agranda el corazón y se va convirtiendo uno en la propia vida, ya sin distinción.

Gracias a la mirada. Así si.

¡Feliz Ahora!

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El amor que cura

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“La compasión sin egoismo es hija del verdadero amor.”

La mirada secreta

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aaEn este nuevo día, acariciado por la brisa del eterno anhelo, el mar infinito brilla resplandeciente. Cada sonido de agua y viento es un bella nota en la sinfonía de la vida; cada ola, cada reflejo del sol en la cresta, una nueva coreografía en la creación del Instante.

El viento suave de la mañana  trae consigo la inspiración de la mirada secreta.

Vuelve a rondar la compasión, expandiéndose …

La niña lucha por su vida en el hospital, mientras el novio de la madre siente su dolor. Le duele porque la ama. Y porque la ama, le cura abrazándola y estando a su lado día y noche… El hermano desapareció, quizá asesinado, dejando dos pequeños y una esposa desesperada tras de sí. La hermana siente el dolor de su madre porque la ama. Y como la ama, la cura guardando su dinerito y enviándole de a poquito para hacerle más fácil la pena… La chica llora por su corazón roto, mientras el chico siente su dolor porque la ama. Y como la ama, la cura llorando con y por ella. La abuelita no entiende nada, mientras su esposo se duele. Se duele porque la ama. Y como la ama, la cura sosteniéndole con amor la desorientación de ella.

Nos duele el dolor del otro porque amamos. Y porque amamos, curamos su dolor

Si, hay dolor en la vida. Dolor que no podemos comprender. Pero, entre lágrimas, el alma sonríe con dulzura. A un dedal de dolor reparten los que aman un mar de amor. Esta es la compasión del alma limpia de egoísmo. Es el alma que opta por dar amor en vez de hundirse en el derrotismo.

La compasión es como el amor se expresa frente al dolor.

Y cuando se ama, el dolor se suaviza, se pacifica, se aligera. Amar al otro es llenar el corazón del otro de amor, aunque esté llenito de tristeza. El amor es muchísimo más potente que el dolor.

En el amor, todo dolor es sostenido.

Dime mirada, ¿como no sentir paz cuando sabemos del Amor?  El Amor, la energía más poderosa, el aliento de la Verdad.

Hoy, mientras el sol calienta los cuerpos y el viento seca las lágrimas, el alma se inclina agradecida a la mirada, desvelada ya la visión al Amor que nos hace Ver.  Realmente, el Amor nos salva.

Y si. ¡Feliz Ahora!

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La razón y la verdad

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Cuando hubo el boom de la mediación,  alguna alma caritativa me enseñó este diagrama para comprender el conflicto y desde entonces, me ha ayudado mucho a comprender. Ahora sigue dando sus frutos gracias a la mirada secreta. Hoy quiere que hagamos el camino de profundización juntos. ¡Vamos a ello, a ver donde nos lleva!

Si le preguntamos al señor de la izquierda cómo es la esfera, dirá que de puntitos. Si se lo preguntamos al señor de la derecha, dirá que de cuadraditos. Ambos serán capaces hasta de matar si llega el caso, por “su” verdad.

Así es como funcionamos siempre. Tanto en las relaciones personales como en las sociales, económicas, etc. Tanto individualmente como colectivamente (sociedades, religiones, países). Este es nuestro patrón.

Lo que pensamos sobre lo que vemos, lo damos como verdadero.

Todos los conflictos, todos, vienen de aquí. Y dime, ahora que ves el dibujo, ¿cuál de los dos señores tiene razón?

La razón no es más que lo que la mente ve desde una perspectiva concreta. Es una visión relativa al lugar desde donde estoy viendo. Eso es la razón. Nada más. Y sin embargo, la absolutizamos.

Creemos que tener la razón es tener la verdad.

Hacemos sinónimos razón y verdad, y la consecuencia de ello es que tener razón nos da derecho a todo. Pero la mirada secreta nunca se conforma con lo creído y mira por primera vez y ve. Ve con total claridad que

la razón y la verdad no tienen nada que ver.

Mira el dibujo y dime ¿dónde está la verdad?

Esta investigación empezó el otro día entre un grupo de vibrantes corazones. Estábamos descubriendo que existe otra manera de ver, más allá de lo que la mente nos dice. Y alguien dijo que si eran muchas las personas que lo veían de la misma forma, entonces seguro que era verdad. Es bastante frecuente que demos la verdad a lo que la mayoría dice. Incluso el sistema de gobierno más avanzado se basa en este precepto: la mayoría gana. Creemos que

si todo el mundo lo dice, entonces debe ser verdad

Pero ¿es así? Si volvemos al dibujo, sólo hemos de imaginar muchos señores en uno de los lados y un solo señor en el otro lado de la esfera. ¿Tendrán más razón los que son muchos frente al que es solo uno? Incluso si toda la humanidad estuviera a un lado del círculo, aún y así no tendrían más verdad que el pobre solitario del otro lado. ¡Ah! -y esto va por los que quieren ser “personas únicas”- el que está solo al otro lado de la esfera, tampoco tiene más verdad. Entonces ¿dónde está la verdad?

-La verdad nunca ha estado en posesión de la mayoría-, dice la mirada secreta. Si la verdad hubiera estado en posesión de la mayoría, el mundo sería maravilloso.

La razón y la verdad no tienen ningún punto en común.

Siempre que uno cree tener la razón, trata de convencer a los demás. La razón trata de ser demostrada y se puede conseguir que otros lleguen a estar de acuerdo contigo, “te den la razón”. Y si no comparten “tu” razón, entonces están en “tu” contra. De la razón salen los dogmas, sucedáneos de la verdad que absolutizan creencias. E igual que la razón trata de ganar adeptos para así sentirse más verdadera, puede ser cambiada por argumentos más contundentes. Hoy le doy la razón a uno y mañana a otro. La razón no entiende al que está en el otro lado. Le llama mentiroso, o tonto, o enemigo, o malo. La razón siempre divide. Siempre

La razón es un sucedáneo de la verdad que tiene que ver con lo que yo veo desde una perspectiva concreta en este momento. En cuanto cambia la perspectiva, cambia la mirada. Pero es muy importante que me de cuenta de que no puedo estar creyendo tener razón y viendo. Porque el ver no se puede hacer desde la mente y cuando estoy atrapado en mi razón, es signo de que estoy atrapado en la mente. Por creer tener razón se pelean las familias, se enfrentan los países, se mata, se condena… Ese es el peso de la razón.

La verdad es ver la totalidad en cada momento y eso solo se puede hacer trascendiendo la razón en un estado de apertura total. La verdad no puede ser demostrada porque no tiene argumentos. Solo se puede ver, solo puede ser vivida, porque está más allá de la mente (como el sabor de una manzana, que no puede ser demostrado…). A diferencia de la razón, la verdad no se puede dar a otros, lo único que se puede hacer es ser fuente de inspiración para que el otro vea, para que el otro suelte la mente para ver (¡gracias mirada secreta!). Y aunque el ver lo verdadero es tan contundente como la razón, no necesita convencer a nadie para afianzarse. Sabe que lo visto es así, sin pensarlo (igual que sabemos a qué sabe una manzana sin que la mente pueda decir nada al respecto). A diferencia de la razón, el ver lo verdadero no está supeditado a cambios, nadie ni nada te puede convencer de otra cosa. Por eso es contundente. El ver lo verdadero no deja nada afuera. Es ver la pelota desde todas las perspectivas en una sola vez. La comprensión del ver lo verdadero lo abarca todo. Nunca hay contrarios. No los puede haber porque

la verdad vive en la totalidad

Así como se puede tener la razón, no se puede tener la verdad. La razón está en lo visto, mientras que

la verdad está en la mirada.

Mientras yo crea que tengo la verdad, eso me va a impedir ver. Para ver, tengo que abandonar la razón. Porque la razón es resultado de la mente mientras que la verdad es un ver directo, sin mente. Y es en el ver lo verdadero en donde nos espera todo lo que anhelamos. Es aquí, en la mirada que ve donde está el amor, la belleza, la sabiduría, la unidad.

¡Gracias mirada!

¡Feliz Ahora!

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Sobre la compasión

IMG_8283“Llena tu mente de compasión”

El Buda

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Se despierta el niño gritando y llorando en mitad de la noche. Al oír los gritos, corre la madre a su lado. Le abraza, le susurra al oído …”todo está bien”…”solo ha sido un mal sueño “…

El niño habla de un monstruo que le perseguía y le quería hacer daño. La madre le deja hablar mientras le mece en sus brazos amorosos… “todo está bien” le sigue susurrando. Y en ese arrullo, el niño se va calmando, deja que la pesadilla se desvanezca y se vuelve a dormir, confiado… Así es como cura el verdadero amor.

La mirada investiga hoy el sufrimiento, el sufrimiento creado en la mente por lo que creemos que tendría que ser de otra manera, por lo que la mente interpreta, supone, imagina, desea, rechaza, sueña. El sufrimiento, a diferencia del dolor, nunca está ubicado en el presente tal cual es, siempre está en lo que pensamos del pasado, lo que tememos del futuro o lo que pensamos del presente. Vivir de lo que la mente dice es un no vivir, un no vivir que nos hace sufrir mucho ahora. Los seres humanos sufrimos mucho, muchísimo a nivel mental aunque la mayor parte del tiempo si alguien nos preguntara que problema tenemos que nos haga sufrir justo ahora, la respuesta sería: -ahora, justo ahora, emmmm… ninguno, pero…-   O bien sería toda una explicación de un presente interpretado… Es muy muy chocante ver por lo que sufrimos con la mirada limpia de pensamientos. De hecho, es muy chocante descubrir que

sin pensamientos puede haber dolor pero no sufrimiento.

El sufrimiento que sentimos no es una sensación imaginada ni supuesta ni interpretada ni soñada. El sufrimiento lo sentimos de verdad, como el niño que tiene una pesadilla sufre de verdad. Lo que ocurre es que aquello que nos hace sufrir casi nunca lo ponemos bajo la luz de la mirada despierta, sino que nos quedamos hipnotizados por el sueño que está creando la mente. Y

tanta realidad le damos a lo pensado, tanto sufrimos.

Imaginaros que en la escena nocturna anterior, la madre cogiera al hijo de la mano y se pusiera a correr por la habitación para huir del monstruo. O llorara desesperada junto con su hijo… Y sí, quizás trataría de buscar una solución para liberar a su hijo del monstruo… No sé, no sé si eso puede ser un acto de amor o más bien sería una caída al mismo sueño que está teniendo el hijo.

Ve la mirada secreta. Ve y ama. Y vuelve a susurrar en el ojo abierto:

Sufrir con el que sufre no puede ser un acto de Amor.

¡Dios mío! ¡Qué tremenda la mirada con esa claridad que nada deja de mirar! Sigo escuchándola, a ver dónde me quiere llevar…

Nos hemos creído que sufrir con el otro o sufrir por el otro es un acto de amor. Y quizá si. Pero quizá solo en el mundo de los sueños. ¿Cómo podríamos sufrir igual que sufre el niño si vemos que el monstruo es una imaginación? Sufrir con otro solo da más realidad a la pesadilla -sigue susurrando la dulce mirada.

En el Reino del Amor, el sufrimiento no existe.

El sufrimiento es hijo de la ignorancia (o del sueño, o del pecado, que viene a ser lo mismo). Cuando vemos el contenido del sufrimiento, nos damos cuenta de que “todo es del color con el cristal que se mire”, no tal cual es (sin cristal alguno). Pero cuando tenemos una pesadilla, mientras estamos soñando sufrimos. Y aunque lo soñado no sea real, el sufrimiento si que lo vivimos. Lo vivimos con tanta intensidad como realidad le damos al sueño. No podemos dar realidad a aquello que hace sufrir al otro (y ojalá pudiéramos hacer lo mismo con nosotros mismos), pero sí que damos realidad a su sufrimiento. ¿Ves la diferencia?  Y aquí, en ese dar realidad al sufrimiento del otro, no se despierta un sufrimiento empático en nosotros, sino la compasión.

La compasión no es sufrir, es amar. Es amar al otro. Es comprender que sufre, que siente dolor. Es saber que el dolor que siente le hace daño a la vez que comprendes que su mente le tiene atrapado. Es confiar en que todo está bien, aunque en ese momento la persona no lo pueda ver. Siempre. Es, como la madre, dejarle sacar sus monstruos, mientras le ama y le comprende. Sólo eso.

La compasión verdadera es amor más comprensión.

La compasión es un acto de amor, profundo, limpio. La compasión exhala paz, seguridad, confianza desde la humildad de saberse pequeñas hojas a merced del viento de la mente, tantas veces huracanado. La compasión, la verdadera compasión no quita ni una brizna de poder al que sufre. No es la piedad del que se siente por encima y da la “limosna de una buena obra” al pobre desgraciado que lo está pasando mal, para el beneficio propio de sentirse “bueno” durante un rato. La compasión es sentir que el otro y tu sois uno, es el socorro que la mano derecha da a la izquierda cuando esta duele (querido Thich Nhat Hanh). El Amor es unión. Unión de lo verdadero del otro con lo verdadero que hay en ti.

La compasión también es comprensión. La madre de nuestro relato simboliza la mirada despierta que ve. La mirada despierta puede VER lo que es sueño como tal (sueño=creación mental). Por eso comprende. Porque ve. Y por eso no sufre con el otro, por el otro. Porque ve. Y es aquí, en esta mirada donde vive siempre el amor, la  paz, la comprensión, la compasión que nada tiene que ver con la empatía mal entendida (ponerse en el lugar del otro y quedarse ahí).

La compasión no es sufrir, es amar. Es amar al otro. Es comprender que sufre, que siente dolor y saber que ese dolor es producto de un sueño del que puede despertar. Por eso, la compasión es confianza plena en que todo acaba bien. Siempre. Lo que nos hace sufrir se desvanece en el amor, en la confianza. Podemos soltar cuando confiamos, como el niño que se vuelve a dormir arrullado por la madre que ve.

La compasión es uno de los frutos de la mirada que ve. Dulce fruto que es bálsamo de cualquier sufrimiento.

¡Bendita mirada!

¡Feliz Feliz Ahora!

 

 

 

 

La compasión comprende al que sufre porque le ve perdido en su sueño.

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La dimensión relativa

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La plenitud no tiene contrarios

Consuelo Martín

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¿Qué nos pasa a los seres humanos que todos nos sentimos incompletos?- le pregunto hoy a la mirada secreta.

Y Ella, feliz de expresarse (así es su naturaleza) me habla de la dimensión de la relatividad…

Hay infinitas dimensiones en este mundo. Infinitas dimensiones que conviven superpuestas, la mayoría desconocidas a la conciencia humana, aunque las estemos viviendo. Y una de ellas es la dimensión de la relatividad.

Ya en otras ocasiones, la mirada me habló de “lo que sobra y lo que falta“, de vivir en plenitud. Y cómo esta visión nos hace vivir sin ver, como si no estuviéramos completos. Porque

creemos que para sentirnos en plenitud hemos de tener todo lo que deseamos.

Delante de mi hay una piscina que solo se puede llenar hasta el límite que marca un escape en la pared. ¿Está la piscina medio llena o medio vacía? Eso me recuerda al disco rallado de lo del vaso medio lleno y el vaso medio vacío (disco rallado de la mente que siempre habla de lo conocido…)

La mirada me increpa a seguir investigando…

Así dice la mente: si vemos el vaso medio vacío, somos negativos. Y si lo vemos medio lleno somos positivos, optimistas y parece que tenemos más puntos para ser felices, para vivir en plenitud. Así que tratamos de verlo medio lleno. Y si no podemos, buscamos ayuda para que nos enseñen a verlo medio lleno. Pero, ¿cuál es la verdad?

Para creernos que el vaso está medio vacío o medio lleno, hemos de juzgarlo en relación a algo. En este caso, podría ser muy bien la capacidad que tiene el vaso… Ahora imagina la misma cantidad de agua en un vaso la mitad de pequeño… ¿Estaría medio “algo” o estaría lleno? Entonces, ¿qué estamos valorando?

Medio vacío… Medio lleno… Vacío…. Lleno…. Todo lo que valoramos lo solemos valorar con respecto a algo  -en este caso, la cantidad de agua respecto al tamaño del vaso- y por lo tanto,

es una valoración relativa que no tiene más verdad que la que da esa perspectiva concreta.

¡Oh, mirada! ¿Dónde está la verdad? ¿Dónde está la plenitud?

La verdad, lo real, no puede depender de nada. Ha de ser en si misma. Todo juicio, toda valoración que depende de algo no tiene verdad en si mismo. ¿Para qué voy a estar tratando de ver el vaso medio lleno? ¿Con qué propósito? ¿Es  para creer que tengo suficiente? ¿Mucho?…. ¿Con respecto a qué?

Si es para sentirme satisfecho, esa satisfacción será tan endeble como endeble es la verdad que se atribuye a lo relativo. Endeble y pasajera. Además, esa es una plenitud por comparación (necesita de la carencia para ser vivida porque si no es así, nos acostumbramos y ya no nos damos cuenta), y que ahora está y ahora ya no está, dependiendo de los factores que nos han hecho valorarla como “plenitud”.

-Entonces ¿qué hago?-, pregunta la mente que piensa que haciendo algo hallará la solución… La mirada sonríe, (la sonrisa de la mirada es pura belleza) y sigue mostrando…

No podemos saltar de una dimensión a otra “haciendo”, por una razón muy sencilla: porque la persona existe como tal sólo en el mundo de lo relativo. Así que ¡no puede ser la persona la que cambie de dimensión!

Para ver más allá de lo relativo, es la mirada la que se amplia.

Aquí tenemos una piscina con agua. La piscina tiene el tamaño que tiene. Y la cantidad de agua es la que es. No es ver la piscina medio llena o medio vacía, si no verla en su justa medida.

Cuando vemos las cosas en su justa medida (sin comparaciones), lo que vemos así es perfecto en si mismo. Y eso es conciencia de plenitud. La plenitud es vivir lo que hay.

En lo que Es, sin juicios ni comparaciones, vive la Plenitud.

Está en tu mirada -dice la mirada secreta– el verlo.

Tengo calor. Me voy a bañar. Así SI.

¡Feliz Ahora!

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La Verdad como una estrella fugaz

thumb_IMG_8122_1024Si no ves la Verdad, es que has de cambiar de mirada.

La mirada secreta

a

La Verdad no se tiene ni se retiene. No se puede enfrascar, ni conservar, ni empaquetar, ni coleccionar, ni hacerla tuya, ni regalar, ni prestar, ni comprar, ni vender. Ni imponer, ni argumentar. Tampoco se puede manipular, ni cortar, ni embellecer, ni aligerar.

La Verdad es como una estrella fugaz que no puedes prever ni sabes por donde saldrá. Es tan rápida y sorprendente que no la puedes fotografiar, ni siquiera con la memoria.

La Verdad es siempre una nueva estrella fugaz

Más cuando la ves, aunque no lo puedas demostrar, es una evidencia que nadie te puede arrebatar. Y su estela es alegría, belleza, amor, libertad, agradecimiento, felicidad.

Pero para ver la estrella fugaz, has de abrir la mirada y dirigirla a lo desconocido, a lo que no sabes, a lo que no comprendes. Y así, quietecita la mirada, alerta y entregada, disponte a esperar. Y la estrella se mostrará. Pues está en su naturaleza mostrarse al pasar.

En nada le importará quien es que la mirará. A todos los despiertos deleitará. Sean guapos o feos, listos o tontos, lo merezcan o no, eso a Ella le es igual.

Y cuando la hayas visto, alegre lo cantarás:

⁃ ¡Vi la estrella! ¡Vi la estrella! – dirás. Muchos levantarán los hombros, otros no te creerán, pero alguno te contestará:

⁃Yo también quiero ver la estrella ¿Me la puedes enseñar?

Y tu, en la alegría que otorga la Verdad, feliz le dirás:

⁃No, no puedo enseñartela. Pero

ve y aquiétate en lo más profundo de la oscuridad.

No te duermas. Mira el cielo oscuro sin pestañear y, antes o después, ¡la verás!

Desde esa primera vez, en la noche oscura del no saber, la mirada no se cierra nunca, ni para parpadear. Ahora sabe que

la fugacidad no es de la estrella, sino del ojo que la ve

Fugaz era la mirada. La Verdad siempre está.

¡Sea el ojo bien abierto, entregado a contemplar!

⁃Y ¿cuándo? – preguntarás.

⁃¡Ahora!

-¡Ahora!

-¡Ahora!

Entonces se cumplirá tu deseo de Felicidad.

¡Feliz AHORA!

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Los dos reinos

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“Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro.”

Mateo 6:24

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¿Quién le dice a la flor cuando abrirse? ¿O al pájaro cuando migrar? ¿O a la nube cuando descargar su preciado maná?
¿Por qué nos empeñamos en pensar lo que hemos de hacer?

Imagino al capullo de la flor pensando ¿Ya tengo que brotar? ¿Y si todavía es pronto? ¿Y si cae una helada? Igual las otras ya han brotado y yo soy la última, ¿qué pensarán de mi?
Imagino al pajarito, al despertar por la mañana, ponerse a pensar ¿me pongo ya a cantar? ¿Y si canto demasiado fuerte y despierto a otros? Quizás no suene bien y me manden callar… ¡Qué vergüenza sentiría!
Imagino a la nube en su volar, pensando ¿qué hago? ¿Paso por delante de esta otra nube? ¿Y si se enfada conmigo por taparle el sol? Mejor doy la vuelta y paso por detrás… ¡No,no! Yo también tengo derecho a pasar ¿Qué se ha creído ésta nube? ¿Qué por ser más grande me va a intimidar? Bueno, voy a descargar mi lluvia…¿o será demasiado pronto? Mira que si este nubarrón se enfadara conmigo…

Es cómico imaginar a la naturaleza pensar. La mirada secreta me hace sonreír con la sonrisa del niño al imaginar. Más si la naturaleza pensara, si pensara la flor, el pájaro y la nube, si pensaran y además hicieran caso a su pensar, ¿qué sería de la naturaleza? ¿Qué sería del universo, del planeta? ¿Qué sería de nosotros? Imagina que el capullo de flor decidiera no brotar por miedo a lo que pueda pasar; o que el pájaro decidiera ponerse a cantar de noche porque de día se angustia más; o que la nube decidiera no moverse de donde está para no molestar a nadie… La armonía de la naturaleza acabaría. Todo empezaría a funcionar mal: la abeja no podría libar el néctar de la flor cerrada, el pájaro -despertando a los que han de dormir- no podría comer la abeja que vuela de dia y que estaría muerta porque el capullo de flor no se abrió; y el capullo no podría plantearse ni siquiera si abrirse o no, porque la lluvia de la nube no le abría regado y habría muerto antes de ser… Entonces quizás incluso pensaran “¿como Dios permite que la naturaleza funcione tan mal?”.

Pero, gracias a Dios ;) la naturaleza no tiene la tendencia a pensar lo que hace. La naturaleza sabe y actúa. Así. Sin más. Entregada totalmente a la Altísima Ingeniería que le da la Vida.
Y ¿qué pasa con el ser humano? ¿Acaso no forma parte de la naturaleza? Aunque a la mente le cueste creerlo,

el ser humano sabe.

Igual que la flor sabe cuando brotar, el pájaro cuando cantar y la nube cuando descargar, nosotros sabemos siempre que hemos de hacer. Pero el ruido mental es tan fuerte que no nos deja escuchar. O, mejor dicho, prestamos tanta atención a los pensamientos que eso nos paraliza. Obedecemos obtusamente a lo que la mente nos manda. Y con ello, creamos el caos. Dentro de nosotros y fuera.

El reino mental está gobernado por el pensamiento. El pensamiento es el rey. Y el ser humano le obedece creyendo que ahí está la sabiduría. Pero el pensamiento separa, no ve la interconexión, no entiende, no sabe para qué vive el hombre. Y en su profunda ignorancia, crea un reino de separación, caos y de sufrimiento.
El reino natural está gobernado por la Inteligencia, una Inteligencia que ninguna mente conoce pero que podemos observar. El reino natural es el cosmos, incluido nuestro planeta y todas sus criaturas, todas, incluídos nosotros. Es un reino de armonía, poder, inteligencia y belleza, que

tiende a la completitud del individuo para mayor bien del todo.

De la misma manera que el reino natural está en el hombre -dándole la vida y toda la capacidad de ser él mismo, inteligente, armonioso, poderoso y bello-, el reino de la mente también está en el hombre e influye en el reino natural -llenando el espacio de la galaxia y de la tierra de basura, rompiendo el equilibrio climático y biológico, hasta poner en peligro su propia supervivencia.

Sabemos siempre que hemos de hacer. Pero no es nuestra mente quien lo sabe.

La mente no tiene nada de malo si la empleamos para lo que fue creada: un maravilloso instrumento.Pero al otorgarle el trono de rey nos está llevando por un camino equivocado. Porque la mente separa, nos hace vivirnos separados de los demás y de la naturaleza. Y este es un error muy grave y de nefastas consecuencias para uno mismo, para los demás y para el universo entero. Urge desobedecer, desobedecer tanto las ordenes de otras mentes como las ordenes de la propia mente y aprender a escuchar lo que brota más allá del pensamiento que nada sabe. No podemos tener dos amos. Hemos de escoger. Urge escoger.
La mirada secreta sabe lo que la mente dirá ¿cómo puedo saber lo que he de hacer si no lo pienso? Y sonríe de nuevo.
La mente no puede saber que hacer. Cuando desoigo los pensamientos que mandan, cuando aprendo a vivir más allá de la mente, la acción brota espontánea, desde la Sabiduría natural, poniéndose la mente a su servicio.Y si no, ¿de dónde crees que salen todas las palabras de la mirada secreta?

¡Feliz Ahora!

Hoy la mirada secreta quiere un añadido aquí y ahora. Y esta mente, presta a obedecer, se entrega a ello…

De la misma manera que nos damos la oportunidad para que la acción brote espontánea, demos esa oportunidad también a los demás, dejemos que todos hagan lo que tienen que hacer, aunque no lo entendamos, aunque lo juzguemos mal. Dejémosles caminar su propio camino. Porque de la misma manera que mi mente desconoce cual es mi camino y qué paso dar a continuación hasta que el paso se da espontáneamente, desconozco cual es el camino de los demás.
Nadie debería caminar al son que otro toca.

La Sabiduría de la Vida no está en lo que nadie dice.

Ni siquiera en lo que dice la mirada secreta. Así que
busca ese Rey en ti, más allá de la mente pensante, porque en la mente no lo vas a encontrar.

¡Feliz Ahora!

Una canción secreta:
¿Es posible hablar con sabiduría sin pensar? Si
¿Es posible escribir con sabiduría sin pensar? Si
¿Es posible actuar con sabiduría sin pensar? SI.

De hecho, no hay otro modo.

Del dolor al amor

IMG_7872Comprender es amar.

Consuelo Martín

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Durante muchos años, acompañé a personas en su última etapa de vida.  Las personas que en el momento de morir estaban lúcidas solían hablar de un sólo tema. En esos momentos, todo lo demás dejaba de existir. El trabajo, los logros conseguidos, el dinero y las posesiones no tenían ninguna importancia, aunque la persona hubiera vivido para ello. Todo dejaba de existir excepto una sola cosa: el AMOR. Era igual que la persona fuera joven o vieja, de un estrato socioeconómico u otro, fuera más o menos culta o fuera o no creyente. Su principal reflexión, aquello con lo que se iban de esta vida, se resumía en el amor que habían recibido y dejado de recibir y en el amor que habían dado y dejado de dar. Si el balance que sentían no era bueno, había dolor.

Había dolor si sentían que no habían recibido amor. Había dolor si sentían que no habían dado amor. Si habían recibido amor pero no lo habían dado, también había dolor. Pero si no habían recibido amor pero habían dado, había paz, una paz profunda. Estas eran las personas que morían en paz. Si estas personas también habían sido amadas, ¡la paz seguía siendo la misma! Lo importante, lo que marcaba la diferencia era el amor que ellas habían dado y dejado de dar. Sin yo darme cuenta, las personas que morían me enseñaron a vivir, me enseñaron que

lo más importante en la vida es el amor que damos.

Pero a veces es muy difícil amar. Es muy difícil amar especialmente a aquellas personas que creemos que nos han hecho daño, que creemos que nos hacen daño. Los buenos propósitos caen como castillos de naipes cuando nos sentimos maltratados.

¿Por qué? ¿Por qué no podemos amar también a los que nos insultan, manipulan, maltratan? ¿Qué es lo que nos impide amar?

Cuando en este mundo (el mundo interpretado), alguien nos hace daño, nos sentimos muy mal. Ese dolor no es un dolor ajustado al momento en el que se hace la herida, sino que es un dolor que dura y dura y dura. Es un dolor que sólo parece curarse si el “agresor” nos pide perdón. Entonces, parece que podemos soltar el dolor. Vamos, que alguien me hiere y ese alguien es quien va a tener también que reparar la herida y mientras yo sólo puedo llorar, odiar o hundirme. Pero ¿y si las cosas no fueran así de verdad? ¿y si lo que nos ocurre fuera algo que nunca antes habíamos visto?

Aquí está la mirada secreta, siempre alumbrando con su luz nueva, siempre dejando la mente calladita frente a la claridad de su presencia.

Dice la mirada que nuestra infelicidad por la estocada recibida nada tiene que ver con quien nos hirió. Nuestra infelicidad tiene que ver con que

al sentirnos heridos dejamos de amar.

¡Dios mío! ¡Nunca lo había visto así!

Nos sentimos mal, no porque nos hayan hecho daño sino porque dejamos de amar…

Vale, querida mirada. Lo veo. Veo que me siento mal si dejo de amar. Pero ¿por qué dejamos de amar?

Ayer corté unas rosas del jardín. Bellísimas, generosas, se entregaban a mi cesta. Andaba yo feliz. Y en estas, la más bella de todas, la que hace estallar el corazón con el increíble perfume de su esencia, al ser cortada me pinchó. Brotó la sangre. Cuidadosamente me llevé el dedo a la boca para, después que remitiera el dolor puntual, seguir creando el ramo de belleza, sin que el pinchazo hubiera alterado en nada la felicidad.

¿Por qué dejamos de amar a quien nos hiere?

Y la mirada secreta me habló con su lenguaje de silencio luminoso y me dijo:

– Mira cómo seguiste amando la rosa que te pinchó. ¿Por qué la seguiste amando?

Esta pregunta de la mirada fue suficiente para comprender.

Seguí amando a la rosa porque no la culpé del pinchazo. La rosa tiene pinchos y no puede evitar hacerte daño si la coges por los pinchos.

¡Eso es!

Todos somos como las rosas. Todos somos belleza y todos tenemos pinchos.

La belleza es nuestra esencia. Y los pinchos, nuestro yo psicológico. Esa es nuestra doble naturaleza.

Nadie es culpable de sus pinchos, de la misma forma que nadie es el creador de su belleza.

En el plano de los pinchos, vive el dolor. En el mundo de la esencia, vive el amor. Cuando siento el dolor de tu pinchazo, son mis pinchos doliéndose. En este mundo no hay amor. Cuando alguien nos pincha no puede hacer otra cosa. No es culpable de ello. Cuando alguien nos pincha, lo hemos cogido por los pinchos, estamos relacionándonos ambos desde nuestro yo psicológico. Y

sólo en el nivel psicológico podemos sentir dolor.

Nadie es culpable de ello. Como la rosa no es culpable de sus pinchos.

Si me doy cuenta de que la persona no es la culpable de mi dolor, entonces quizás la podré seguir amando. Y si la sigo amando podré seguir viviendo en paz y plenitud. Y si sigo viviendo en paz y plenitud, podré seguir dando al mundo lo mejor de mí, incluso a aquel que aparentemente me hirió o cuando sea yo quien hiera.

¡Feliz Ahora!

 

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