El miedo

img_8840“Dime ¿cuándo vas a ser feliz si hoy tienes miedo de mañana?”

La mirada secreta

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Lloraba. Pero no sabía por qué lloraba. Creía que lloraba por el dolor que había causado en aquella a quien amaba, al dejarla. Pero pasaron los días y seguía llorando. Hasta que un día se dio cuenta de que lloraba por él. Lloraba porque ya no sabía donde estaba la verdad, porque tenía miedo. Miedo a que ella fuera la mujer de su vida, miedo a perderla, miedo a volverle a causar daño, miedo a equivocarse, miedo a que le rechazara después de tanto dolor. Miedo. Y sufría. Y su sufrimiento me llenaba de tristeza…

A los días, otra persona llegó a mi presencia. Lloraba. Sabía por qué lloraba pero no me lo decía. Me lo dijo unos días más tarde, por whatsapp. Le daba vergüenza. Tenía miedo de que mi imagen de él cambiara. Me dijo que lloraba porque su mujer ya no sabía si le quería. Y le daba miedo. Miedo a quedarse solo. Miedo a perder a sus hijos. Miedo a dejar el trabajo que tanto le apartaba de ella. Miedo a no poder recuperarse. Miedo. Y sufría. Y su sufrimiento me llenaba de tristeza…

Aún otra persona vino a verme. Lloraba. Directamente lloraba porque tenía miedo. Miedo a que a su hijo le pasara algo. Miedo a la enfermedad de su hijo. Miedo a quedarse sola. Miedo a no poder superarlo. Miedo. Y sufría. Y su sufrimiento me llenaba de tristeza…

Entonces entré en silencio -¡Qué bella expresión “entrar en silencio”!. Realmente es así. No “hacemos” silencio sino que entramos en Él…- Entré en el Silencio sin querer nada, sin expectativas. Sólo entré porque Él me llamó. Y en el Silencio, sí sí, allí, Aquí, es donde vive la mirada secreta. Ya me estaba esperando: la sonrisa sutil, dulce, traviesa; la transparencia más bella; la paz más amorosa… Allí estaba la mirada esperándome. Nunca se cansa de esperarme. Creo que se quiere casar conmigo…

Entré en el Silencio y la mirada empezó a susurrarme en el oído. Y ahora que ya me pone a escribir, todavía no sé lo que me ha de decir…. la escucho. La escucho tanto que solo hay ese escuchar…

Y se pone a hablar:

¿Por qué las personas tienen miedo? Mira bien… Vuelve a leer lo que has escrito hasta ahora y mira con mi ojo y dime qué ves…

  • Veo que todos los miedos tienen que ver con el futuro, con algo que no ha pasado y no se sabe si pasará.
  • Veo que todos los miedos tienen que ver con el miedo a sufrir en el futuro.
  • Veo que el hecho de tener miedo al futuro nos hace sufrir hoy.
  • Veo que todos los miedos vienen porque dudamos de nuestra capacidad para afrontar lo que venga.
  • Veo que todos los miedos vienen porque juzgamos algunas situaciones como buenas y otras como malas porque las evaluamos separándolas de la vida una.
  • Veo que todos los miedos son el resultado de la falta de confianza, en nosotros, en la vida.
  • Veo que todos los miedos viven en la mente, de lo que pensamos. No están en ningún otro sitio.
  • Veo que todos los miedos tienen que ver con cómo creemos que tiene que ser la vida.
  • Veo que todos los miedos son el resultado de una imaginada amenaza a nuestra felicidad.
  • Veo que si tengo miedo hoy, la felicidad ya no existe hoy.

Eso es lo que veo:

miedo = perder la felicidad mañana =  me hace sufrir hoy = pierdo la felicidad hoy

La mirada sonríe.

El miedo es un producto mental. Sólo existe en la mente.

Si no pienso, no tengo miedo.

La felicidad no está en el pensamiento. La felicidad está en la vida. Y la vida es hoy.

¿Querrá el ego perder el protagonismo de ser quién sufre, de quién tiene miedo y dejar paso a la felicidad de hoy? Porque hoy, tanto para el dulce chico de alma divina, como para el hombre de enorme corazón como para la madre de anhelo de Amor y como para quien esto escribe, para todos hoy ha salido el sol. Porque estamos vivos. Y la vida nos quiere enteros, para darnos en abundancia. Enteros.

En la entrega total a la vida, nunca hay miedo. Y sí, felicidad.

Así, ¡feliz ahora!

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La bolsa o la Vida

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“porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.”

Mateo, 6:21

Si tu y yo vemos en un escaparate unos zapatos, puede ser que a tí te gusten mucho y a mi me parezcan horribles. Y no pasará nada, seguiremos siendo amigos porque ya nos enseñaron que contra gustos no hay nada escrito. Pero si en vez de estar en el escaparate, los zapatos están puestos en tus pies y al verlos exclamo “¡qué zapatos tan horribles!”, lo más probable es que te enfades conmigo, o te duela mi comentario. ¿Cómo es posible? ¿Qué ha cambiado?…. Lo único que ha cambiado es que antes solo eran unos zapatos, pero ahora ya no son unos zapatos, sino que son tus zapatos. Han entrado en la bolsa de tu identidad, llena de mis y mios: mi pais, mi familia, mis vivencias, mis ideas, mis costumbres, mis gustos, mis recuerdos, mis zapatos, mis creencias. Esa es la bolsa en donde cada uno de nosotros, por no saber quiénes somos de verdad, vamos llenando de todo lo que decidimos apropiarnos. Y esa bolsa se convierte en el yo que creo ser. Y esa bolsa pesa muchísimo, ¡hay tanto que defender! ¡hay tanto que demostrar! Al fin y al cabo, se trata de mi. Cuando te metes con mis zapatos, te metes conmigo y eso no lo puedo tolerar. Aunque los zapatos me vayan estrechos, aunque tengan agujeros, son mis zapatos y eso los convierte en yo.

A todo lo que le pongo el mi delante se convierte en una esclavitud más que defender, incluso con mi propia vida

Pero son precisamente todos estos artículos posesivos lo que no me deja ser. Porque todos estos artículos no son más que sustitutos de la verdadera identidad. Y ¿cómo lo sabe la mirada secreta? Porque

yo no puedo ser aquello que tengo.

Yo soy quien lo tiene, pero no lo tenido. Y un día cualquiera puedo liberarme de esos zapatos y entonces ¿qué sentido tuvo ese enfado? ¿Qué pasaría si dejara de llamar mio a todo, a todo todo lo que llena la bolsa de mi identidad?

¿Para qué necisito una bolsa si cuando nací ya era sin bolsa alguna?

El otro día vino una preciosisima alma a verme y me contó qué feliz era cuando viajaba solo, porque ¡podía ser quien quisiera!  Si supieramos cuanto nos atan todos los mios… Si supieramos que esos artículos que llevo en la bolsa de quien creo ser ¡son el origen de todo conflicto! Y, sobre todo y por encima de todo, si supiera que esa bolsa me está impidiendo vivir plenamente, amar plenamente, ser plenamente libre,  ser realmente quien soy…

En tiempos remotos, los bandoleros asaltaban a los caminantes en el más inesperado momento y poniendose frente a ellos les gritaban: ¡¿la bolsa o la vida?! Les hacían decidir en un instante si preferían luchar por lo suyo o garantizar la propia vida, aún llorando por lo robado.

Desde tiempos inmemoriables, los sabios son asaltados por la Inteligencia de la Vida en el más inesperado momento y poniéndose frente a ellos les reclama en un instante la bolsa para así ganar la Vida. La mayoría de ellos, en tan ansiado momento, bailan alborozados, entregando la bolsa como quien se quita un disfraz viejo y gastado porque en el robo de la bolsa la liberación de lo falso queda garantizada y así descubren la Vida, la verdadera Vida, la plenitud total.

Y ahora la mirada secreta te asalta en el momento más inesperado y te coloca delante de la decisión más crucial y más revolucionaria que podrías tomar: ¿La bolsa o la Vida? Date cuenta de que en ello, realmente, te va la Vida.

¡Feliz Ahora!

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Lo natural es el amor


Soñé que estaba en algún lugar de la China, y que estaba con una niña. La niña tendría unos 6 años pero parecía más pequeñita. Era de rasgos chinitos, con media melena negra y lisa y estaba triste y preocupada aunque era niña y eso no le impedía trastear, reír y jugar. En el sueño estábamos en los espacios subterráneos de lo que parecía una red de metro y yo tenía la misión de llevar a la niña a su casa. Sabía qué metro coger pero no encontraba el camino. También, en el sueño, debía saber chino porque hablaba con los encargados que me ofrecían descuentos en los billetes y un reloj. Bueno, aparte de la vivencia extraña de los detalles tan claros de la aventura soñada, lo que realmente me mantiene en dulce perplejidad es que a la niña la amaba. Pero no solo en el sueño. Y es aquí donde entra la mirada…A la mañana siguiente recordaba el sueño, el metro, los chinos y a la niña soñada. Y para mi sorpresa, del corazón brotaba un amor tan real como si la niña fuera mi hermana.

No importa que la niña sea fruto de la nada. Tanto creemos que el amor depende de la cosa amada. Y sin embargo, que claro me lo presentas, querida, amada mirada. El objeto del amor es quizás lo que desobtura la naturarelza de mi alma que es Amor sin excepciones, que hasta en sueños me llama.

¡Feliz Ahora!

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Somos Uno

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“Este mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros.  Así como yo os he amado, también vosotros debéis amaros unos a otros.”

Juan 13:34

Lo que le ocurre a la “gente” no nos suele importar mucho, mas allá de ser un impacto de corta duración, una anécdota que contar o una excusa para hacer crecer la importancia de uno mismo ( -yo esto nunca lo haría-,  -¡qué bárbaros!-, etc).

La “gente”. Que palabra más extraña. Viene definida por el diccionario como “pluralidad de personas” y pluralidad quiere decir “multitud”. Lo que llamamos “gente” es una masa de muchos, una masa informe en la que no hay individualidades, no hay personas concretas. Continuamente hablamos de la gente como si fuera algo ajeno a nosotros. Por eso, lo que le ocurre a “la gente” lo vivo muy diferentemente a lo que me ocurre a mi o a personas que yo conozco. Lo que le ocurre a las personas que conocemos si que nos afecta.

¿Por qué? Y la mirada secreta me insta a que investiguemos un poco. Me hace ver que

la afectación es mayor conforme es mayor el conocimiento que tenemos de los demás.

Por ejemplo, si durante un tiempo conviví con una familia de otro país, les conocí y llegué  a estimarlos, una noticia sobre ellos o incluso su país, me afectará de forma muy muy diferente que si no les conociera. Ya no son “gente” para mi. Son “personas”. Así que el grado de afectación por lo que le ocurre al otro depende del grado de conocimiento personal que tengo de él, y eso es así porque

el conocimiento del otro despierta en mí el amor hacia esa persona.

Nos es muy difícil amar aquello que creemos que no conocemos. Pero al conocer, puede ser que sintamos amor y al sentirlo, entonces ya no podemos obviar el dolor del otro o su alegría. Cuando amo, lo que le sucede al otro me impacta a mí, tiene que ver conmigo, no me puede ser ajeno. Y

cuanto más profundamente conocemos a alguien, más amor sentimos.

El amor es la conexión que me une al otro. Me une. Me hace sentir UNO con el otro.

El amor me moviliza por dentro y por fuera. Me coloca en un lugar diferente, un lugar del que brotan la generosidad, la compasión, la bondad, etc. Pero ¿qué pasa con todas los otros millones de personas que no conozco y por lo tanto no amo? Pues lo más probable es que sigan siendo “gente” para mí y, por ello, sigo estando colocado en ese estado de indiferencia…

Pero la mirada secreta sabe de la ceguera de la mente humana y me zarandea para que abra el ojo a la verdad, a la verdadera realidad, diciéndome

¿No te das cuenta de que CONOCES A  TODOS Y CADA UNO DE LOS SERES HUMANOS del planeta?

No conoces sus nombres, su idioma, su historia, sus gustos. Pero conoces sus anhelos, porque sus anhelos son los tuyos. No es que sean iguales que los tuyos, sino que son exactamente los tuyos: el anhelo de paz, de amor, de libertad, de felicidad.

Conoces sus sentimientos, porque sus sentimientos son exactamente los tuyos: su alegría es exacta a tu alegría, su tristeza es tu tristeza, la misma. Igual que su miedo, su tranquilidad, su desesperación, su afecto, su cariño, su odio, su bondad.

Conoces sus preguntas más profundas, porque sus preguntas son las tuyas: ¿quién soy? ¿Por qué he nacido? ¿Qué hay detrás de la muerte?

Conoces al otro en su humanidad porque es tu humanidad.

Lo que te diferencia del otro es circunstancial,

el ser humano que es cada uno de los millones de personas que hasta ahora has vivido como “gente”, eres tú.

Así de profundamente les conoces. Tan profundamente como te conoces a ti. Date cuenta de ello. Urge que te des cuenta. Porque cuando te des cuenta, ningún ser humano te será indiferente porque a todos conocerás tanto como te conoces a ti mismo. Y es así como amarás a todos. Este es el “como” de Jesús. Si. Somos Uno.

¡Feliz ahora!

El silencio de mí

imageEn el silencio del yo cabe lo que tenga a bien la Verdad

La mirada secreta

Queremos convertirnos en maravillosos seres humanos y para eso queremos un cuerpo hermoso y una personalidad digna de admiración. La pregunta es ¿por qué? Pues por lógica diría que no nos creemos maravillosos. Y, como los niños, me surge otra vez ¿por qué? ¿Por qué no nos creemos maravillosos?

El otro día en un programa de televisión vi las imágenes de las actrices que, en los años 80 eran consideradas las más bellas. La mayoría casi no tenían pechos y sus piernas, hoy en día, se hubieran considerado gordas. Y fueron ¡chicas Bond! Queremos un cuerpo hermoso sin darnos cuenta que, por un lado, no sabemos lo que es la Belleza y por el otro, esa “hermosura” que buscamos es fruto de una moda pasajera, de un condicionamiento. Creemos que estamos decidiendo desde la libertad y no nos damos cuenta que nuestras mentes están programadas, y que en nuestros deseos y acciones no hay libertad ni verdad. Y seremos capaces hasta de pasar por el quirófano si es necesario, para conseguirlo.

Y respecto a la personalidad pasa lo mismo que con el cuerpo. Hace unas décadas, una personalidad admirable estaba ligada a parámetros de obediencia, perseverancia, lealtad, humildad y paciencia. Ahora la personalidad estrella es la que demuestra independencia, inconformismo, rapidez, seguridad, ambición. De nuevo, modas que no contienen verdad precisamente por su superficialidad pasajera. Y de nuevo, somos capaces hasta de ponernos en manos de los terapeutas para “arreglar” nuestra personalidad.

¿Por qué queremos ser de otra manera?

Hace un tiempo, le hice esta pregunta a la mirada secreta y ella me contestó con otra pregunta:

¿querrías cambiar tu cuerpo o tu personalidad si estuvieras en una isla desierta?…

¡Ah, la mirada! Esta pregunta me hizo ver muchas cosas. Vi con claridad que

quiero cambiar para que los demás me vean de otra manera.

No quiero cambiar por mi. Eso que dicen que la operación o la terapia enfocadas al cambio se hacen con el objetivo de aumentar la autoestima… Uff. Ese tipo de autoestima de auto no tiene nada más que vernos valorados en los ojos de los demás. Así que lo que estamos buscando realmente es que los demás cambien su mirada respecto a nosotros. Y lo buscamos tratando de cambiar nuestra apariencia, tanto física como comportamental. Creemos que si lo conseguimos, nos querrán más. Y quizás sea así. Pero ese amor que hemos conseguido, ¿a qué va dirigido? ¿a nosotros o a la nueva apariencia? Y si vemos que va dirigido a la nueva apariencia, ese amor ¿nos llenará?

No hace falta ir a una isla desierta para comprobar que lo que nos preocupa es como los demás nos ven. ¿Cómo estoy conmigo cuando estoy en soledad? ¿Me preocupo de cómo me ha quedado el pelo hoy o de que me he levantado de mal humor? ¿Me preocupo por mi inseguridad o por tener la nariz un poco grande? ¿Qué hago con mi pelo, mi nariz, mi mal humor o mi inseguridad cuando estoy en soledad? Pues lo más probable es que no haga nada, que ni siquiera “me piense” y me dedique a ser simplemente quien soy sin proponermelo, sin esfuerzo. Libre de mi yo pensado.

Alguien diría que hemos de ser así y así y asá porque vivimos en sociedad. Lo que mi querida mirada secreta me enseña es que yo no soy de ninguna manera, que

cualquier definición viene por comparación,

y que

todos somos recipientes de vida y que la forma del recipiente no importa.

Muchos líos y sufrimientos vienen de creerme que soy de una forma concreta y quererla cambiar. La paz interior que anhelo y que busco en el reflejo de la mirada ajena, no me la va a dar la valoración que los demás hagan de mí, ni siquiera una “buena” valoración propia, sino el silencio de mí. En el silencio de mí, nada quiero cambiar porque al no pensarme, nada juzgo de mí.

En el silencio de mí encuentro la paz y se abre el espacio para que el Amor pueda brotar desde el centro y pueda llegar el día en que también deje de pensar en los demás y de juzgarles…

De hecho, la mirada secreta escribe cuando hay el silencio de mí. Aquí encuentra este yo desocupado y puede utilizarlo.

El yo poco ha mejorado estos años, pero al estar vacío de mí, la mirada secreta lo ha tocado. Y ¡ay, amigos! Cuando es la mirada la que toca, ¡que bella es la melodía, que plenitud sin fronteras! ¿Será Aquí donde vive la Belleza, la Libertad y el Amor?

¡Feliz Ahora!

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La formación de un pensamiento

foto-pensamientoLa sabiduría hace su trabajo cuando el pensamiento calla.

La mirada secreta

Silencio.

Dime mirada secreta, ¿de dónde salen los pensamientos? Porque en el silencio de tu presencia, veo las cosas que piensa la mente y me doy cuenta de que ni las he escogido yo ni sé de dónde salen.

Yo no elijo los pensamientos que tengo

Y sin embargo, hasta ahora los había tomado como míos y les había hecho mucho caso. Tanto caso que de hecho, esas cosas que son los pensamientos eran mis jefes, quienes llevaban las riendas. Los pensamientos llevaban las riendas de todo. De todo: de las decisiones que parecía que tomaba yo… de los juicios que parecían mios… de las emociones que parecían mías… de los recuerdos que parecían míos… de los deseos que parecían míos… de los temores que parecían míos… de mi persona… de mi vida.

Lo que pensaba la mente llevaba las riendas de todo.

Hasta que en tu silencio, dulce mirada, me di cuenta de que los pensamientos no son míos porque yo no los he escogido. Si los pudiera escoger ¡qué pensamientos más bellos tendría! Sólo tendría pensamientos llenos de amor, de felicidad, de belleza que irían siempre a mi favor, a tu favor. Pero ¡que va! Son tantos pensamientos cada día, tantos y tan variopintos.

Bueno. Pues si no son mios, ¿por qué voy a seguir obedeciéndolos? ¿Puedo vivir sin hacer caso a los pensamientos?

En los primeros tiempos pensaba que eso era imposible. Pero, claro, todavía no había visto que eso -pensar que era imposible- también era en sí un pensamiento.  Cuando vi que estaba pensando sobre los pensamientos me quedé en un estado de perplejidad tan grande que se me cortocircuitó la mente. Y ahí es cuando sucedió…

Desde el imperturbable silencio que tanto arropa al alma en su periplo, andaba un buen día la mirada secreta en su quietud infinita, haciendo un tour turístico por los miles de caminitos y rincones neuronales que entretejen y estructuran el palacio mental (mmmm, quizás sería más adecuado llamarle “museo” en vez de “palacio”, porque todo allí es un poquito viejo). La mirada secreta, como siempre, observaba virgen de conocimiento alguno. Y vio de donde surgen los pensamientos.

… Era como un magma indiferenciado de materia extraña. Un magma muy espeso, como un mar de lava. A veces brotaban burbujas desde el fondo hacia la superficie de la mente. Unas eran grandes y otras más pequeñas. Era impredecible saber por donde saldrían. Y algunas de ellas se inflaban cada vez más hasta que la tensión que soportaban las hacía estallar. ¡Pam! Y ese estallido era una impresión mental, lo que llamamos un pensamiento…

Después de aquella visión tan vivida como el aire que respiro, la mirada me ha seguido enseñando como se construyen los pensamientos.

En el momento del estallido, el cerebro registra esta impresión, este pensamiento que todavía no se ha formulado en lenguaje alguno pero que ya se sabe lo que va a decir -como cuando llega alguien conocido con cara de pocos amigos y tu levantándole la mano, le dices que no te diga lo que ya sabes que te va a decir-.

El siguiente paso en la formación del pensamiento es ponerle palabras, lenguaje. Eso sucede por aprendizaje. La impresión puede ser una y la interpretación de esa impresión podría ser muy variada. Según la programación mental de cada uno, esa impresión primera es traducida a un lenguaje concreto y ¡ya está! Ya tenemos el pensamiento totalmente formado.

Bueno, aunque suene extraño, así me lo hizo ver la mirada secreta. Así lo vivo ahora. Y lo que sucede es que cuando siento esa burbuja que estalla, esa impresión mental, en vez de dejar que siga su curso y que se formule en palabras, si le veo cara de pocos amigos, le “levanto la mano” y le digo “hasta aquí has llegado”. Realmente siento que ahora dejo a los pensamientos con la palabra en la boca.

La sorpresa es que, conforme he empezado a mandar yo, el reinado de la mente es cada vez más débil. Digamos que la burbuja ha de ser realmente grande para que me abduzca.

La libertad de vivir desde otro sitio se hace cada vez más presente. Y con ella, viene la paz, se agranda el corazón y se va convirtiendo uno en la propia vida, ya sin distinción.

Gracias a la mirada. Así si.

¡Feliz Ahora!

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El amor que cura

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“La compasión sin egoismo es hija del verdadero amor.”

La mirada secreta

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aaEn este nuevo día, acariciado por la brisa del eterno anhelo, el mar infinito brilla resplandeciente. Cada sonido de agua y viento es un bella nota en la sinfonía de la vida; cada ola, cada reflejo del sol en la cresta, una nueva coreografía en la creación del Instante.

El viento suave de la mañana  trae consigo la inspiración de la mirada secreta.

Vuelve a rondar la compasión, expandiéndose …

La niña lucha por su vida en el hospital, mientras el novio de la madre siente su dolor. Le duele porque la ama. Y porque la ama, le cura abrazándola y estando a su lado día y noche… El hermano desapareció, quizá asesinado, dejando dos pequeños y una esposa desesperada tras de sí. La hermana siente el dolor de su madre porque la ama. Y como la ama, la cura guardando su dinerito y enviándole de a poquito para hacerle más fácil la pena… La chica llora por su corazón roto, mientras el chico siente su dolor porque la ama. Y como la ama, la cura llorando con y por ella. La abuelita no entiende nada, mientras su esposo se duele. Se duele porque la ama. Y como la ama, la cura sosteniéndole con amor la desorientación de ella.

Nos duele el dolor del otro porque amamos. Y porque amamos, curamos su dolor

Si, hay dolor en la vida. Dolor que no podemos comprender. Pero, entre lágrimas, el alma sonríe con dulzura. A un dedal de dolor reparten los que aman un mar de amor. Esta es la compasión del alma limpia de egoísmo. Es el alma que opta por dar amor en vez de hundirse en el derrotismo.

La compasión es como el amor se expresa frente al dolor.

Y cuando se ama, el dolor se suaviza, se pacifica, se aligera. Amar al otro es llenar el corazón del otro de amor, aunque esté llenito de tristeza. El amor es muchísimo más potente que el dolor.

En el amor, todo dolor es sostenido.

Dime mirada, ¿como no sentir paz cuando sabemos del Amor?  El Amor, la energía más poderosa, el aliento de la Verdad.

Hoy, mientras el sol calienta los cuerpos y el viento seca las lágrimas, el alma se inclina agradecida a la mirada, desvelada ya la visión al Amor que nos hace Ver.  Realmente, el Amor nos salva.

Y si. ¡Feliz Ahora!

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La razón y la verdad

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Cuando hubo el boom de la mediación,  alguna alma caritativa me enseñó este diagrama para comprender el conflicto y desde entonces, me ha ayudado mucho a comprender. Ahora sigue dando sus frutos gracias a la mirada secreta. Hoy quiere que hagamos el camino de profundización juntos. ¡Vamos a ello, a ver donde nos lleva!

Si le preguntamos al señor de la izquierda cómo es la esfera, dirá que de puntitos. Si se lo preguntamos al señor de la derecha, dirá que de cuadraditos. Ambos serán capaces hasta de matar si llega el caso, por “su” verdad.

Así es como funcionamos siempre. Tanto en las relaciones personales como en las sociales, económicas, etc. Tanto individualmente como colectivamente (sociedades, religiones, países). Este es nuestro patrón.

Lo que pensamos sobre lo que vemos, lo damos como verdadero.

Todos los conflictos, todos, vienen de aquí. Y dime, ahora que ves el dibujo, ¿cuál de los dos señores tiene razón?

La razón no es más que lo que la mente ve desde una perspectiva concreta. Es una visión relativa al lugar desde donde estoy viendo. Eso es la razón. Nada más. Y sin embargo, la absolutizamos.

Creemos que tener la razón es tener la verdad.

Hacemos sinónimos razón y verdad, y la consecuencia de ello es que tener razón nos da derecho a todo. Pero la mirada secreta nunca se conforma con lo creído y mira por primera vez y ve. Ve con total claridad que

la razón y la verdad no tienen nada que ver.

Mira el dibujo y dime ¿dónde está la verdad?

Esta investigación empezó el otro día entre un grupo de vibrantes corazones. Estábamos descubriendo que existe otra manera de ver, más allá de lo que la mente nos dice. Y alguien dijo que si eran muchas las personas que lo veían de la misma forma, entonces seguro que era verdad. Es bastante frecuente que demos la verdad a lo que la mayoría dice. Incluso el sistema de gobierno más avanzado se basa en este precepto: la mayoría gana. Creemos que

si todo el mundo lo dice, entonces debe ser verdad

Pero ¿es así? Si volvemos al dibujo, sólo hemos de imaginar muchos señores en uno de los lados y un solo señor en el otro lado de la esfera. ¿Tendrán más razón los que son muchos frente al que es solo uno? Incluso si toda la humanidad estuviera a un lado del círculo, aún y así no tendrían más verdad que el pobre solitario del otro lado. ¡Ah! -y esto va por los que quieren ser “personas únicas”- el que está solo al otro lado de la esfera, tampoco tiene más verdad. Entonces ¿dónde está la verdad?

-La verdad nunca ha estado en posesión de la mayoría-, dice la mirada secreta. Si la verdad hubiera estado en posesión de la mayoría, el mundo sería maravilloso.

La razón y la verdad no tienen ningún punto en común.

Siempre que uno cree tener la razón, trata de convencer a los demás. La razón trata de ser demostrada y se puede conseguir que otros lleguen a estar de acuerdo contigo, “te den la razón”. Y si no comparten “tu” razón, entonces están en “tu” contra. De la razón salen los dogmas, sucedáneos de la verdad que absolutizan creencias. E igual que la razón trata de ganar adeptos para así sentirse más verdadera, puede ser cambiada por argumentos más contundentes. Hoy le doy la razón a uno y mañana a otro. La razón no entiende al que está en el otro lado. Le llama mentiroso, o tonto, o enemigo, o malo. La razón siempre divide. Siempre

La razón es un sucedáneo de la verdad que tiene que ver con lo que yo veo desde una perspectiva concreta en este momento. En cuanto cambia la perspectiva, cambia la mirada. Pero es muy importante que me de cuenta de que no puedo estar creyendo tener razón y viendo. Porque el ver no se puede hacer desde la mente y cuando estoy atrapado en mi razón, es signo de que estoy atrapado en la mente. Por creer tener razón se pelean las familias, se enfrentan los países, se mata, se condena… Ese es el peso de la razón.

La verdad es ver la totalidad en cada momento y eso solo se puede hacer trascendiendo la razón en un estado de apertura total. La verdad no puede ser demostrada porque no tiene argumentos. Solo se puede ver, solo puede ser vivida, porque está más allá de la mente (como el sabor de una manzana, que no puede ser demostrado…). A diferencia de la razón, la verdad no se puede dar a otros, lo único que se puede hacer es ser fuente de inspiración para que el otro vea, para que el otro suelte la mente para ver (¡gracias mirada secreta!). Y aunque el ver lo verdadero es tan contundente como la razón, no necesita convencer a nadie para afianzarse. Sabe que lo visto es así, sin pensarlo (igual que sabemos a qué sabe una manzana sin que la mente pueda decir nada al respecto). A diferencia de la razón, el ver lo verdadero no está supeditado a cambios, nadie ni nada te puede convencer de otra cosa. Por eso es contundente. El ver lo verdadero no deja nada afuera. Es ver la pelota desde todas las perspectivas en una sola vez. La comprensión del ver lo verdadero lo abarca todo. Nunca hay contrarios. No los puede haber porque

la verdad vive en la totalidad

Así como se puede tener la razón, no se puede tener la verdad. La razón está en lo visto, mientras que

la verdad está en la mirada.

Mientras yo crea que tengo la verdad, eso me va a impedir ver. Para ver, tengo que abandonar la razón. Porque la razón es resultado de la mente mientras que la verdad es un ver directo, sin mente. Y es en el ver lo verdadero en donde nos espera todo lo que anhelamos. Es aquí, en la mirada que ve donde está el amor, la belleza, la sabiduría, la unidad.

¡Gracias mirada!

¡Feliz Ahora!

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Sobre la compasión

IMG_8283“Llena tu mente de compasión”

El Buda

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Se despierta el niño gritando y llorando en mitad de la noche. Al oír los gritos, corre la madre a su lado. Le abraza, le susurra al oído …”todo está bien”…”solo ha sido un mal sueño “…

El niño habla de un monstruo que le perseguía y le quería hacer daño. La madre le deja hablar mientras le mece en sus brazos amorosos… “todo está bien” le sigue susurrando. Y en ese arrullo, el niño se va calmando, deja que la pesadilla se desvanezca y se vuelve a dormir, confiado… Así es como cura el verdadero amor.

La mirada investiga hoy el sufrimiento, el sufrimiento creado en la mente por lo que creemos que tendría que ser de otra manera, por lo que la mente interpreta, supone, imagina, desea, rechaza, sueña. El sufrimiento, a diferencia del dolor, nunca está ubicado en el presente tal cual es, siempre está en lo que pensamos del pasado, lo que tememos del futuro o lo que pensamos del presente. Vivir de lo que la mente dice es un no vivir, un no vivir que nos hace sufrir mucho ahora. Los seres humanos sufrimos mucho, muchísimo a nivel mental aunque la mayor parte del tiempo si alguien nos preguntara que problema tenemos que nos haga sufrir justo ahora, la respuesta sería: -ahora, justo ahora, emmmm… ninguno, pero…-   O bien sería toda una explicación de un presente interpretado… Es muy muy chocante ver por lo que sufrimos con la mirada limpia de pensamientos. De hecho, es muy chocante descubrir que

sin pensamientos puede haber dolor pero no sufrimiento.

El sufrimiento que sentimos no es una sensación imaginada ni supuesta ni interpretada ni soñada. El sufrimiento lo sentimos de verdad, como el niño que tiene una pesadilla sufre de verdad. Lo que ocurre es que aquello que nos hace sufrir casi nunca lo ponemos bajo la luz de la mirada despierta, sino que nos quedamos hipnotizados por el sueño que está creando la mente. Y

tanta realidad le damos a lo pensado, tanto sufrimos.

Imaginaros que en la escena nocturna anterior, la madre cogiera al hijo de la mano y se pusiera a correr por la habitación para huir del monstruo. O llorara desesperada junto con su hijo… Y sí, quizás trataría de buscar una solución para liberar a su hijo del monstruo… No sé, no sé si eso puede ser un acto de amor o más bien sería una caída al mismo sueño que está teniendo el hijo.

Ve la mirada secreta. Ve y ama. Y vuelve a susurrar en el ojo abierto:

Sufrir con el que sufre no puede ser un acto de Amor.

¡Dios mío! ¡Qué tremenda la mirada con esa claridad que nada deja de mirar! Sigo escuchándola, a ver dónde me quiere llevar…

Nos hemos creído que sufrir con el otro o sufrir por el otro es un acto de amor. Y quizá si. Pero quizá solo en el mundo de los sueños. ¿Cómo podríamos sufrir igual que sufre el niño si vemos que el monstruo es una imaginación? Sufrir con otro solo da más realidad a la pesadilla -sigue susurrando la dulce mirada.

En el Reino del Amor, el sufrimiento no existe.

El sufrimiento es hijo de la ignorancia (o del sueño, o del pecado, que viene a ser lo mismo). Cuando vemos el contenido del sufrimiento, nos damos cuenta de que “todo es del color con el cristal que se mire”, no tal cual es (sin cristal alguno). Pero cuando tenemos una pesadilla, mientras estamos soñando sufrimos. Y aunque lo soñado no sea real, el sufrimiento si que lo vivimos. Lo vivimos con tanta intensidad como realidad le damos al sueño. No podemos dar realidad a aquello que hace sufrir al otro (y ojalá pudiéramos hacer lo mismo con nosotros mismos), pero sí que damos realidad a su sufrimiento. ¿Ves la diferencia?  Y aquí, en ese dar realidad al sufrimiento del otro, no se despierta un sufrimiento empático en nosotros, sino la compasión.

La compasión no es sufrir, es amar. Es amar al otro. Es comprender que sufre, que siente dolor. Es saber que el dolor que siente le hace daño a la vez que comprendes que su mente le tiene atrapado. Es confiar en que todo está bien, aunque en ese momento la persona no lo pueda ver. Siempre. Es, como la madre, dejarle sacar sus monstruos, mientras le ama y le comprende. Sólo eso.

La compasión verdadera es amor más comprensión.

La compasión es un acto de amor, profundo, limpio. La compasión exhala paz, seguridad, confianza desde la humildad de saberse pequeñas hojas a merced del viento de la mente, tantas veces huracanado. La compasión, la verdadera compasión no quita ni una brizna de poder al que sufre. No es la piedad del que se siente por encima y da la “limosna de una buena obra” al pobre desgraciado que lo está pasando mal, para el beneficio propio de sentirse “bueno” durante un rato. La compasión es sentir que el otro y tu sois uno, es el socorro que la mano derecha da a la izquierda cuando esta duele (querido Thich Nhat Hanh). El Amor es unión. Unión de lo verdadero del otro con lo verdadero que hay en ti.

La compasión también es comprensión. La madre de nuestro relato simboliza la mirada despierta que ve. La mirada despierta puede VER lo que es sueño como tal (sueño=creación mental). Por eso comprende. Porque ve. Y por eso no sufre con el otro, por el otro. Porque ve. Y es aquí, en esta mirada donde vive siempre el amor, la  paz, la comprensión, la compasión que nada tiene que ver con la empatía mal entendida (ponerse en el lugar del otro y quedarse ahí).

La compasión no es sufrir, es amar. Es amar al otro. Es comprender que sufre, que siente dolor y saber que ese dolor es producto de un sueño del que puede despertar. Por eso, la compasión es confianza plena en que todo acaba bien. Siempre. Lo que nos hace sufrir se desvanece en el amor, en la confianza. Podemos soltar cuando confiamos, como el niño que se vuelve a dormir arrullado por la madre que ve.

La compasión es uno de los frutos de la mirada que ve. Dulce fruto que es bálsamo de cualquier sufrimiento.

¡Bendita mirada!

¡Feliz Feliz Ahora!

 

 

 

 

La compasión comprende al que sufre porque le ve perdido en su sueño.

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La dimensión relativa

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La plenitud no tiene contrarios

Consuelo Martín

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¿Qué nos pasa a los seres humanos que todos nos sentimos incompletos?- le pregunto hoy a la mirada secreta.

Y Ella, feliz de expresarse (así es su naturaleza) me habla de la dimensión de la relatividad…

Hay infinitas dimensiones en este mundo. Infinitas dimensiones que conviven superpuestas, la mayoría desconocidas a la conciencia humana, aunque las estemos viviendo. Y una de ellas es la dimensión de la relatividad.

Ya en otras ocasiones, la mirada me habló de “lo que sobra y lo que falta“, de vivir en plenitud. Y cómo esta visión nos hace vivir sin ver, como si no estuviéramos completos. Porque

creemos que para sentirnos en plenitud hemos de tener todo lo que deseamos.

Delante de mi hay una piscina que solo se puede llenar hasta el límite que marca un escape en la pared. ¿Está la piscina medio llena o medio vacía? Eso me recuerda al disco rallado de lo del vaso medio lleno y el vaso medio vacío (disco rallado de la mente que siempre habla de lo conocido…)

La mirada me increpa a seguir investigando…

Así dice la mente: si vemos el vaso medio vacío, somos negativos. Y si lo vemos medio lleno somos positivos, optimistas y parece que tenemos más puntos para ser felices, para vivir en plenitud. Así que tratamos de verlo medio lleno. Y si no podemos, buscamos ayuda para que nos enseñen a verlo medio lleno. Pero, ¿cuál es la verdad?

Para creernos que el vaso está medio vacío o medio lleno, hemos de juzgarlo en relación a algo. En este caso, podría ser muy bien la capacidad que tiene el vaso… Ahora imagina la misma cantidad de agua en un vaso la mitad de pequeño… ¿Estaría medio “algo” o estaría lleno? Entonces, ¿qué estamos valorando?

Medio vacío… Medio lleno… Vacío…. Lleno…. Todo lo que valoramos lo solemos valorar con respecto a algo  -en este caso, la cantidad de agua respecto al tamaño del vaso- y por lo tanto,

es una valoración relativa que no tiene más verdad que la que da esa perspectiva concreta.

¡Oh, mirada! ¿Dónde está la verdad? ¿Dónde está la plenitud?

La verdad, lo real, no puede depender de nada. Ha de ser en si misma. Todo juicio, toda valoración que depende de algo no tiene verdad en si mismo. ¿Para qué voy a estar tratando de ver el vaso medio lleno? ¿Con qué propósito? ¿Es  para creer que tengo suficiente? ¿Mucho?…. ¿Con respecto a qué?

Si es para sentirme satisfecho, esa satisfacción será tan endeble como endeble es la verdad que se atribuye a lo relativo. Endeble y pasajera. Además, esa es una plenitud por comparación (necesita de la carencia para ser vivida porque si no es así, nos acostumbramos y ya no nos damos cuenta), y que ahora está y ahora ya no está, dependiendo de los factores que nos han hecho valorarla como “plenitud”.

-Entonces ¿qué hago?-, pregunta la mente que piensa que haciendo algo hallará la solución… La mirada sonríe, (la sonrisa de la mirada es pura belleza) y sigue mostrando…

No podemos saltar de una dimensión a otra “haciendo”, por una razón muy sencilla: porque la persona existe como tal sólo en el mundo de lo relativo. Así que ¡no puede ser la persona la que cambie de dimensión!

Para ver más allá de lo relativo, es la mirada la que se amplia.

Aquí tenemos una piscina con agua. La piscina tiene el tamaño que tiene. Y la cantidad de agua es la que es. No es ver la piscina medio llena o medio vacía, si no verla en su justa medida.

Cuando vemos las cosas en su justa medida (sin comparaciones), lo que vemos así es perfecto en si mismo. Y eso es conciencia de plenitud. La plenitud es vivir lo que hay.

En lo que Es, sin juicios ni comparaciones, vive la Plenitud.

Está en tu mirada -dice la mirada secreta– el verlo.

Tengo calor. Me voy a bañar. Así SI.

¡Feliz Ahora!

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